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Historia 24978 — capítulo 18
CAPÍTULO 17: UNA NUEVA RIVAL
Habían transcurrido varias horas desde que Severus había llegado al Colegio Hogwarts de Magia y hechicería. En el momento que fue a saludar a Dumbledore, éste se había comportado con total normalidad, sin decir absolutamente nada de lo ocurrido hace casi una semana atrás, en la Madriguera. El director siempre había sido así, sabía perdonar, además de saber parar de darle vueltas a un asunto.
Estaba muy relajado, en ese instante, sentado en la silla de su escritorio, revisando todos los deberes que había dejado pendientes a los alumnos de todos los cursos.
—Profesor Snape —dijo alguien, imprudentemente entrando a su despacho.
—Filch, ¿Cuántas veces le he dicho que debe tocar antes de entrar?
—Lo siento — se disculpó el squib con un gruñido — pero la profesora McGonagall dice que ya es hora de bajar a cenar, el Expreso de Hogwarts no tardará en llegar.
Le encantaría faltar a la cena. No era que la comida fuera mala, sino que estar oyendo los mismos discursos del director durante tantos años, le comenzaba a dañar los oídos.
—Ya bajo — avisó cansinamente. Dejó en orden los últimos pergaminos, y salió a paso de militar, con el “frufrú” característico de su túnica. Procuró tener la camisa tapándole las muñecas.
Caminó por las frías mazmorras, dobló un pasillo, subió dos escaleras, dobló otra vez… pasó por un camino secreto y entró por la puerta que estaba detrás de la mesa de profesores. El lugar estaba vació, excepto por el director, Minerva, el profesor Flitwick, la profesora Sinistra, Madame Hooch y la maestra Sprout.
—Creo que Hagrid ya los debe estar esperando, así que iré al Vestíbulo para aguardar a los de primer año — dijo McGonagall en voz alta, bajando de su silla y saliendo a paso rápido por entre medio de las largas mesas del centro.
En el momento que la profesora de Transformaciones iba saliendo por las puertas, una bruja estaba caminando hacia allí. La desconocida tenía un pasamontañas debajo de la capucha. Ambas dirigieron unas rápidas palabras.
“¿Quién será?” Se preguntó Severus mirándola con curiosidad.
— ¡Ah, sí! Ahí llega nuestra nueva profesora. “¡Ah, así que era profesora!”
La mujer siguió avanzando rápidamente, sintiéndose observada por los otros profesores.
—Esperemos que sea buena — se limitó a farfullarle a Albus.
—Oh, desde luego lo será — le contestó éste, con una afable sonrisa en los labios.
—Pero no viene del ministerio —dijo Flitwick con su vocecilla chillona, radiante de alegría.
Cuando la mujer llegó, se aproximó a Dumbledore y se sacó la capucha y el pasamontañas.
Quizá creyó que era otro de sus sueños estúpidos, como el que había tenido este día, o podía ser una ilusión óptica de sus ojos. O tal vez se estaba volviendo completamente loco. Su cara se había quedado paralizada en una espantosa mueca.
—Hola a todos… ¡Sorpresa, Severus!
— ¿Qué haces aquí? —indagó, pero no la dejó contestar—. Veo que eres la nueva profesora de Defensa, Donna Keith. Me esperaba cualquier cosa de ti, excepto que pudieras enseñar —replicó con sarcasmo, pero, no supo si Donna no se dio cuenta, o no quiso contestar con mayores palabras a eso.
—Bueno, sí…
—Tenías el trabajo desde antes, y no me dijiste nada —expresó enojado, con los dientes muy apretados. Pero no le molestaba tanto eso, sino que, como siempre, su puesto era arrebatado por gente necia, con poca experiencia, loca, estúpida…
Ante sus ojos estaba aquella mujer que supuestamente trabajaba en el Caldero Chorreante. Ahora había comprendido todo: su comportamiento, su sueño, en donde ridículamente estaba Donna como directora.
—Bueno, quería que fuera una sorpresa — explicó ella, algo alarmada.
—Quédate con tu sorpresa, Keith. Y para que sepas — agregó —no me gustan las cosas repentinas.
— ¿Podrías ser más, amable…? — le solicitó Sprout, con el entrecejo fruncido.
Tenía rabia porque habían estado una semana antes hablando amistosa con ella, y en ningún momento le había mencionado acerca de su trabajo. ¡Lo había conseguido de mucho antes!
Donna le dirigió una última mirada, con sus grandes ojos, no se sabía si expresaba rabia o tristeza. O quizá las dos cosas.
Un barullo de pasos se oyó desde las afueras del Gran Salón, por lo visto, los alumnos de segundo hacia arriba ya habían llegado.
La ira se le pasó de un momento a otro, divisó a Draco, flanqueado por sus dos estúpidos escoltas, pero estaba tal como la vez que lo había ido a visitar: más pálido que lo habitual. ¿Le había ocurrido algo? Debía averiguarlo, pero ya habría tiempo para eso.
Los alumnos de primer año llegaron casi cinco minutos después, en una muy corta hilera. Los padres cada vez temían más por sus hijos, y nadie quería confiar realmente en que ese colegio era el lugar más seguro de todos. Severus lo podía afirmar, ya que había vivido casi toda su vida allí, y aún no le ocurría algo realmente malo.
—Los llamaré por lista y…
Miró a Donna. Ella tenía la mirada fija en el plato de oro, vacío. ¿Qué le ocurría, otra vez, por los mil demonios? Ni siquiera se conocían bien como que para ella se pusiera triste por su reacción. “Es una mentirosa” pensó asqueado. “Una vil mentirosa, que quiere ser actriz, sí, seguramente así quiere demostrar su falso talento…”
—… ¿listos?...
—Pero aunque sea mentirosa, no puedes evitar encontrarla linda — le dijo una maligna voz, proveniente detrás de su cerebro. “Claro que no ¡Mira esos ojos de huevo que tiene! Y el cabello que tiene es peor que el de Granger”
— ¡Galatea Conery!
Donna se dio cuenta de que Severus la estaba observando. Levantó la vista, con cara de “lo siento”. No supo por qué, pero no podía utilizar Legeremancia contra ella. Y por eso no podía saber lo que estaba pensando ella. ¡Qué curiosidad tenía!
La selección acabó, y el hombre de barbas blancas se puso en pie.
—Solo presentaré a su nueva profesora de Defensa Contra las Artes Oscuras, Donna Keith.
Aplausos de aprobación se escucharon en todo el comedor. Hermione Granger parecía muy contenta de que fuera una mujer la que impartiera la asignatura. Y Potter le dirigió una mirada de burla a Severus.
Era una simple mujer, desconocida, sin estudio, sin gracia, mandoneada…
La cena acabó. Los platos de los postres desaparecieron, y los estudiantes comenzaron a levantarse. Severus se movió con rapidez, tratando de desaparecer lo antes posible de allí.
—Severus —lo llamó Donna cuando todos los alumnos del colegio habían desaparecido en dirección a sus salas comunes.
El que había sido llamado, salió rápidamente por la puerta trasera, sin tomar en cuenta a la mujer. Caminó a paso rápido, tratando de perderse por algún pasillo.
—Severus — volvió a llamar con insistencia, haciendo resonar sus zapatos de tacón.
— ¿Qué? — contestó con brusquedad, Sev, volteándose y mirándola con exasperación.
—Quiero saber el porqué de tu enojo.
— A ver —caviló Severus, en un suspiro—… no. No te voy a decir, creo que no es de tu incumbencia saber lo que pienso — intentó recitar esto con la mayor convicción posible (ya lo tenía preparado), pero su voz sonó extrañamente débil.
Donna arqueó las cejas.
—Pensé que estábamos en confianza.
—Desde ahora, no. Simplemente… me deberías haber dicho que ibas a trabajar acá. Me cuesta mucho lograr tener lazos con las personas —reconoció —, pero tú ya las perdiste todas conmigo. Adiós.
— ¡Tonto!
— ¡Cállate!
Cada uno se fue por su lado, sin mirarse ni gritarse nada más.
La primera semana estuvo repleta de hostilidades de parte de ambos. Y la verdadera razón del enojo de Severus era que sentía celos no haber conseguido el puesto, y alguien como ella lo había hecho sin ningún tipo de problemas. Lo más extraño era que todo el colegio hablaba de ella como si fuera una diosa en la materia.
—… Sí, y te fijaste como realizó el hechizo Caracolus ¿no?, fue genial…
Pero tenía una manera fácil de desquitarse.
En la clase de pociones que le tocaba con séptimo curso de Gryffindor, aprovechó de desahogarse, paseándose por entremedio de los pupitres para intimidar a algún alumno.
—Longbottom, ¿qué te acabo de decir del filtro Desembotador de Cerebro?
La poción de Neville estaba verde y no azul, como indicaban las instrucciones que él había escrito en la pizarra.
— ¿Qué dice ahí? Añadir cinco, CINCO cucharadas de uñas de Kneazel. No una, ¿entiendes? ¡Ponle las otras cuatro, Longbottom! — bramó viendo que el chiquillo lo único que hacía era mirarlo y tiritar —¿O acaso quieres que las eche yo?
Neville no contestaba, estaba aferrándose con las manos a la silla, para no caerse. Hace sólo un segundo que había echado la primera (Severus ya lo sabía) y estaba a punto de ponerle las otras cuatro cuando su maestro de Pociones le gritó.
— Quieres que la eche yo, ¿no? — por su mente se pasó la imagen de Keith ayudando bonachonamente a algún alumno perdido — bien, ¡toma! — agarró la bolsa de uñas de Kneazel y volteó todo el contenido en el caldero.
La clase miraba espantado a Snape. Ron Weasley estaba al borde de las lágrimas de felicidad, Potter igual, y Hermione se cubría con la mano, la boca. Primera vez que no se atrevía a interrumpir una escena como esa. Y preferible que no, porque quizá él se habría atrevido a lanzar a esa Granger por la ventana. ¡De veras que no tenía ventanas! Estaban en su mazmorra. ¡Qué rabia!
Severus, con mucho ímpetu, revolvió el filtro que ahora estaba negro y sumamente espeso.
Sev se sentía fuera de sí. Miró al resto de la clase. Hasta Draco Malfoy estaba con los ojos desorbitados, pero sus labios estaban en una rara careta, como queriendo reírse. La situación, más que terrible, era graciosamente impactante.
—¿Alguien más quiere que le ayude a hacer la poción? ¿O acaso no les he enseñado ni siquiera a cómo revolver un caldero o a tratar de reparar una poción? ¿Qué me dices tú, Potter? —se acercó al muchacho de ojos verdes, que miraba con extrañeza —. Celeste. Tu poción está celeste, Potter. ¿Sabes cual es el color azul? ¡Dije cuarenta ojos de hormigas! Ni más, ni menos. Pero al parecer no sabes cual es el color azul. Yo te lo enseñaré.
Severus se sentía incapacitado para volver en sí. Se dirigió a su despacho.
—Pintura… pintura… —murmuraba con la voz temblorosa buscando en su estantería — pintura.
Regresó al aula con el balde de pintura azul y lo puso al lado del caldero de Harry.
—Esto, Potter, es pintura.
—Profesor —dijo Granger, interrumpiendo la escena, ya era hora de que metiera su incansable cuchara parlanchina —, no se preocupe, Harry mejorará su poción…
—Señorita Granger —susurró, a punto de estallar —, cierre su gran bocota y deje que le enseñe a su amiguito cual-es-ese-maldito-color-que-debe-mantener-su-filtro, si vuelve a entrometerse, juro que la lanzo por la ventana del séptimo piso —miró a Harry nuevamente—. Dame tus gafas Potter.
—No se las daré —respondió el joven descaradamente, afirmándose los hierritos de éstas.
— ¿No? Bien, si no es por la razón, es por la fuerza —con un movimiento simple y rápido le quitó los lentes, los untó en la pintura y se los volvió a colocar.
Los de Slytherin estaban riéndose a todo pulmón. Daba la casualidad de que Severus estaba humillando solo a los de Gryffindor.
— ¿Ahora sabes lo que es el azul Potter? Bien, con el color en tus anteojos no podrás olvidarlo más.
Iba a atreverse a molestar a algún otro, pero los estudiantes fueron salvados por la campana que anunciaba el recreo.
Por suerte, el profesor de pociones, no tuvo que oír todas las cosas que estaban hablando los estudiantes de él.
Sev se fue a su despacho sin importarle el desastre que había quedado con los calderos. No revisaría ninguno, ni podría calificación.
— ¿Qué me pasa…? —se dijo a sí mismo (una de las tantas veces que tenía que hablar con su yo interior) sentándose en un sillón y restregándose los ojos —. Esto no puede ser…
— ¿Severus, estás allí dentro? —pregunto alguien desde el salón de clases. Era la voz de Donna.
—¡Sí, qué diablos quieres!
—Permiso…
—No te he invitado a pasar, Keith.
—Oye, ¿qué demonios te pasa? —bramó ella, sin hacer caso al comentario. Entró al despacho — He venido a aclarar las cosas contigo. Además, los alumnos estaban diciendo que en la clase te habías vuelto completamente loco y me preocupé.
—No seas absurda, preocuparte…
— ¡En serio! Me caes bien, Severus…
—Tú a mí no, Keith.
—Yo pensé que…
—Pensaste mal.
— ¡Pero, entonces, dime que te pasa! —exigió ella con rotundidad.
Severus no le quería decirle la verdadera versión de su antipatía con ella. Se sentía estúpido pensando así, pensando que ella era mejor que él, que enseñaba mucho mejor que él, y que era –aunque en eso no cabía duda — mucho más simpática que él.
— ¡Dime, Severus Snape!
—Me ganaste el puesto que yo con tantas ansias quería, Keith –—reveló, aunque era un cuarto de la razón real —, así que te declaro mi enemiga. Veamos quién hace mejor su papel.
— ¿De qué hablas? — chilló Donna, hallando eso insólito — ¡Tú enemiga! Qué imbecilidad, por las barbas de Merlín, no te entiendo nada. No me digas que me tienes envidia.
—Yo no envidio a nadie — adujo con fiereza, Sev, poniéndose rojo como un tomate —, pero quiero ver si puedes soportar estar en ese puesto, compitiendo conmigo.
—No entiendo. No sé a qué quieres llegar con esto.
—¡No sé como estás de profesora, con esa cabeza hueca que tienes! — e gritó el de cabello negro, desesperado — Bueno, para que lo entiendas de una manera más directa: el que logre que más estudiantes hable bien de sus MÉTODOS DE ESTUDIO (no simpatía, Keith, no creas que con eso ganarás) queda libre de penitencia. El que pierda, tendrá que hacer lo que quiera el otro.
Ni él sabía lo que estaba diciendo. La idea de competir se le había ocurrido a último momento. Se sentía embargado de una nueva energía.
—Creo que era verdad… has perdido la cordura. Como quieras, no soy cobarde… —se fue de su despacho murmurando cosas como “su enemiga”, “loco” y “bobadas”.
Días de guerra, semanas de estudio para los alumnos, noches de cuestionamientos, tardes de discusiones, cenas de odio, desayunos de desafíos y almuerzos de amenazas. Eso fue lo que tuvieron Donna Keith y Severus durante el mes de septiembre y el mes de octubre. Keith no tenía problemas para hacer el papel de buena persona, ella lo era, además, tenía la delicadeza de una mujer, pero Severus, semi-podrido por dentro, le costaba tratar a los alumnos con amabilidad, pero hasta el momento había logrado que Luna Lovegood, una chiquilla de sexto año de Ravenclaw dijera “Puede ser simpático cuando quiere”, pero lo que no alcanzó a escuchar después, de la misma boca de la muchacha fue “Aún, así, la mala yerba nunca muere”. (N/A: hierba o yerba, es lo mismo, solo que “yerba” lo utilizamos comúnmente para el dicho éste). Había quedado tan contento con el primer comentario, que sus oídos se taparon después.
Nadie de los profesores, ni de los alumnos, ni el mismo Dumbledore sospechaban de la apuesta que ambos habían hecho. O si lo sabían, preferían no hacer comentarios, porque les convenía, sobre todo a Dumbledore, que los chiquillos de Hogwarts se sintieran a gusto con los profesores.
Pero mientras tanto, tampoco tenía cosas que descuidar, y que no las podía evadir, como por ejemplo, el dolor de la marca, y peor aún, los pasos de Draco Malfoy.
Normalmente, cuando lo seguía, iba a la biblioteca y le pedía a la bibliotecaria que le dejara entrar a la sección prohibida. A Irma Pince le causaba poca gracia que manoseara tales valiosos libros, pero a Severus, le daba mala espina, algo estaba maquinando, y solo esperaba que no fuera alguna locura.
—¿Qué tal tu día, Keith? — le preguntó Severus a la mujer de cabello castaño oscuro, después de haber seguido a Draco. Se la había encontrado camino a las mazmorras.
—Bien — respondió, parándose en seco. Tenía cara de enfado.
—Es extraño que estés aquí — dijo Sev con suspicacia. Tenía la leve impresión de que Donna algo planeaba, pero estaba equivocado.
—Vine a hablar contigo. Snape — añadió, lo más fríamente posible.
—Ahora tú eres la que estás enojada. Vamos a mi despacho.
—No gracias, prefiero aquí — lo agarra del brazo y lo obliga a sentarse en la única banca de madera que estaba en medio del corredor, poco iluminado por las sutiles velas.
— ¿Y?
— Eres un tramposo. Te vi siguiendo a Draco Malfoy. ¿Pretendías decirle que hiciera de apoyo para ti?
—Tengo misiones, y no era una trampa, tonta.
—No me digas tonta — amenazó ella, de mala gana — ¿Qué tipo de misiones, entonces?
—Nada que te importe, tú no trabajas para la Orden del Fénix.
—Entonces, qué pena por ti, porque Dumbledore me acaba de reclutar ayer. Sí, fíjate, tuvimos una pequeña charla y me contó todo lo ocurrido durante todos… durante… en fin, soy parte, y voy a ayudar.
Donna se paró, y pretendía marcharse.
—Crees que es tarea fácil. No lo es, Donna. Yo tengo que arriesgar el pellejo, por lo menos, cuatro veces al año. Calcula, quizá, unos quince años de mi vida — de un momento a otro, su enojo cambió a enfado, pero no sabía por qué. ¿Es que todos creían que era tan fácil estar en la Orden de Fénix?
— No te he dicho eso, Snape. No creo que sea fácil. En fin… dejo la apuesta Severus, no voy a seguir perdiendo mí tiempo todos los días, discutiendo contigo.
Dicho esto, lo dejó solo.
— ¡Pero me debes la penitencia! — gritó cuando ella la había doblado una esquina.
Por una extraña razón le gustaba aquella falsa rivalidad con ella. En un resquicio de su corazón, donde todavía el color era rojo, sentía que… la apreciaba. Durante esos dos meses que había estado ella en el colegio, se había ganado —era cierto — fácilmente la confianza de todos. Dumbledore hablaba muy seguido con ella, hasta McGonagall la había abrazado un par de veces. Durante solo un segundo pensó en el indudable sentimiento que tenía hacia Donna. “No es amor” se reprimió con testarudez. “No es amor, es solo… admiración, eso es lo que es”. Decidiendo no pensar más, se puso en pie y se dirigió a su despacho, y de la puerta de su despacho, a su dormitorio.
Tenía que cobrarle la penitencia a Keith, de eso estaba seguro. Ahora, ¿qué le pediría que hiciera? No tenía idea. Mañana intentaría hablar con ella.
Se levantó muy temprano esa mañana de 31 de octubre. Casi toda la noche se desveló pensando en lo que le haría cumplir a la profesora de Defensa, pero con su poca imaginación, no se le había ocurrido nada. Dejaría las cosas tal como estaban. Subió a desayunar con todas las ganas, dejando de lado el pensamiento de que ese día sería un año más de aniversario de muerte para Liliana Evans. Sin embargo, se acordó por compromiso, para no insultar su memoria. Quizá, realmente ya su muerte no le importaba tanto, además, eso había ocurrido hace muchos años atrás.
Se sentó en su puesto habitual, pero el asiento que estaba al lado del suyo, no estaba ocupado por la profesora Sprout, sino que por Donna.
—Buenos días — lo saludó con la boca llena.
Le dio mucha risa, pero se mantuvo serio.
—Hola, Keith.
—Anoche, la verdad —dijo por lo bajo, acercando su cara a la del (cosa que puso nervioso a Severus; mariposas volaron por su estómago) — no iba a eso solamente… quería hablarte de algo…
—¿Qué? — el corazón se le había acelerado de repente a Sev. No podía evitar pensar mal… y sí, pásense películas no más, si lo que están pensando que piensa Snape de lo que Keith le va a decir, es lo que están pensando ustedes.
— No te lo puedo decir acá. Tiene que ser privado.
Severus comió a toda velocidad. Tenía una curiosidad tremenda por lo que ella le iba a decir, pero algo le decía que no era para nada bueno. Ambos terminaron al mismo tiempo. Seguidos por la mirada de varios estudiantes, salieron juntos por la puerta trasera, no obstante, ninguno se dio cuenta de aquello.
—Vamos a mi aula, que está cerca.
Caminaron hasta la sala de Defensa, entraron y se sentaron frente a frente en uno de los pupitres. Ella parecía triste y nerviosa.
—Dumbledore me advirtió, para ser franca, los trabajos que hacía la Orden.
—Es obvio, tenía que hacerlo.
—Sí. Y también… bueno… —carraspeó y su semblante pasó a pensativo, como tratando de escoger correctamente las palabras —, me advirtió lo… enojoso que podías resultar tú, si uno te provocaba.
—Pero si ya lo has comprobado —le recordó, extrañado. Habría creído ser lo suficientemente malvado e hiriente con ella, ¿quería alguna otra demostración?
—Es que no me refiero a como me has tratado este último tiempo —repuso ella —, te vas a enojar mucho, mucho con lo que te voy a pedir.
Qué va, ¿había algo más malo acaso que ser un Mortífago? Pensó mucho más intrigado aún.
—Ve al grano.
— ¿Me puedes mostrar la Marca… Tenebrosa?
— ¿Qué? — saltó, perdiendo todo el control que tenía —¿Estás bromeando?
Ella negó con la cabeza. Le tomó la mano izquierda, pero Severus sacó la mano de inmediato. Se sentía desfallecido, se sentía enfermo.
— ¿Te lo dijo Dumbledore? ¡Dime!
—Me lo tuvo que decir, Severus… nunca me atrevería a decirle a alguien que tienes eso en el brazo, te lo juro por…
—No es eso Keith. ¿Crees que siento orgullo porque tú me digas que te muestre este horrible tatuaje?
— ¡No! No te vayas, déjame terminar —imploró, viendo que él estaba haciendo el ademán de salir de su asiento.
—Quedan veinte minutos para que las clases comiencen.
—Es suficiente, con diez minutos.
Por ningún motivo iba a mostrarle la calavera que tenía dibujada, no quería, se sentina repugnante cuando pensaba en eso, ¡se sentía sucio! Sentía que había traicionado a las personas…
—Oyeme, Severus. Dumbledore me dio dos opciones para entrar en la Orden del Fénix. Solo dos, y elegí la más arriesgada, porque supe que tú estabas allí, también.
Su cerebro quedó en blanco por un par de segundos, intentando procesar esa ambigua información, ¿se refería a lo que él creía? No podía ser…
—Explícate, por favor — su voz estaba a punto de quebrarse de la ira.
—Quiero que… quiero participar contigo en… tengo que volverme Mortífaga, Severus…
—No…
—Estás solo en eso y, me gustaría hacer algo que valga la pena…
Severus volvió a negar con la cabeza, sin dar crédito a lo que le estaban diciendo.
—He estado tanto tiempo fuera del mundo real que tengo que sentirme útil… “No, es mentira, es un sueño, una pesadilla”.
—Viviendo tantos años en Isla de Pascua, sin mover un dedo, viviendo feliz, mientras sabía que acá había gente que estaba sufriendo… “Cállate, voy a matarte, no aguantaré nada más, voy a despedazarte, juro”.
—Los tiempos son difíciles, y hay que arriesgarse, no me importa correr esos peligros, al fin y al cabo, todos lo están haciendo de distintas maneras… “Cierra esa boca, te cortaré la lengua, no hables de lo que no debes o no volverás a estar contenta, cállate de una vez…”
— ¿Me comprendes? La verdad es que te he aprendido a conocer y no me gustaría a una de las pocas personas que me ha agradado le pasara algo, así que ayúdame, no me importa sufrir para hacerme la marca y fingir que me paso al lado Oscuro… “No me conoces, no me quieres, tengo rabia, siento ira, siento pena, aléjate, me estoy desesperando, ¿acaso no ves como estoy? ¿No ves cómo me siento? Si dices saber de mí, entonces no hables idioteces…”
—Te juro que no me importa, te juro que puedo ser valiente, pero para todo esto tienes que ayudarme, de todas maneras, Dumbledore te lo pensaba decir después de que yo te lo dijera; si voy a salvar unas cuantas vidas, no me importa unirme falsamente a Lord Voldemort…
— ¡SILENCIUS! ¡SECTUSEMPRA!
Esas dos palabras retumbaron en el aula. Una pintura de una mujer que se peinaba el cabello mirándose a un espejo, se soltó del pendón que lo afirmaba y cayó estruendosamente al suelo.
Un líquido de color escarlata comenzó a salir por el pecho y los brazos de Donna, manchándole rápidamente la túnica a ella.
—Sev… erus…
—¡Qué hablas tú! ¡QUÉ HABLAS TÚ DE UNIRTE AL SEÑOR DE LAS TINIEBLAS, MALDITA SANGRE SUCIA! ¿Crees que el Señor Tenebroso perdonará algún error tuyo? ¿Crees que aceptará a alguien cómo tú? Dices conocerme, ¡Nadie me conoce! ¡No es un orgullo para mí estar trabajando como doble agente!
Severus estaba liberando cosas que nunca antes le había dicho a nadie, salvo a sí mismo.
—Yo… sí… lo estaría…
— ¡No, eso no lo sabes! ¿Y si tienes que torturar a alguien? ¡DIME! ¡Si tienes que matar a alguien para ganarte la confianza de ÉL! ¿Lo harás? ¿Y luego qué? ¿Intentarás de revivir a la persona que TORTURASTE o MATASTE?
Sus ojos se pusieron llorosos; Donna estaba sollozando hace mucho rato atrás. Se estaba desangrando, pero Sev, totalmente ido, totalmente enloquecido, no ponía atención al constante goteo de sangre que caía de la túnica de la mujer.
— ¡No es de la noche a la mañana! ¡Y luego tienes pesadillas, todos los días, PESADILLAS, donde ni siquiera aparece la gente que mataste, propiamente tal, sino que A TUS AMIGOS, A TUS PADRES, A TU FAMILIA, A TUS SERES QUERIDOS! ¡Y más tarde te das cuenta de lo utilizado que estas siendo por ambas parte, tanto por el lado Oscuro y por la Orden del Fénix, y por Dumbledore! ¡Y después te percatas que todo esto fue solo para proteger a Harry Potter al niño que Vivió!
—Y… luego… sabrás… que me estás… matando a mí…
Esas palabras surtieron un rápido efecto en su cerebro.
—Keith ¡Keith! — se agachó rápidamente a su lado, sintiendo el corazón a mil por hora, sabiendo que solo diez minutos faltaban para que los estudiantes entraran alegremente a sus aulas.
Sacó su varita, apuntó hacia ella, y con todas sus fuerzas comenzó a recitar, de manera no verbal “Scareshara, Scareshara, Scareshara”. Poco a poco las heridas se fueron cerrando, y quedaron como sangra coagulada. “Llévala a la enfermería”. La tomó en brazos y se fue corriendo a toda velocidad a la torre de enfermería. Las fuerzas que había sacado para llevar el cuerpo inerte de Donna, habían sido más que las de un jugador de boxeo.
Entró a la enfermería y depositó a Keith en la primera cama.
—Profe… ¡Gárgolas galopantes! — Madame Pomfrey acababa de salir de su despacho, y se asustó mucho cuando vio la palidez de la inconsciente mujer.
—Se desangró —se limitó a explicar Severus, sabía que ella no iba a hacer preguntas — con una maldición.
Madame Pomfrey se acercó rápidamente, tomándole el pulso, tocándole la cara y abriéndole los ojos y la boca.
—¿Se pondrá bien? —inquirió Sev, temiendo lo peor.
—Por supuesto que sí, pero perdió bastante sangre… yo diría que casi un litro. Tardará por lo menos dos días en la enfermería para recuperar toda la sangre.
—Sí, sí… iré a decir al profesor Dumbledore que Keith está incapacitada, sí… —volvió a bajar las escaleras, tan rápido como las subió. Llegó al frente del horrible pájaro que custodiaba la entrada a la “vivienda” de Albus.
— Pasas al Ron — musitó agitadamente. El ave se hizo a un lado, mostrando una escalera de caracol. Subió, y no pensó en tocar la puerta, solo entró.
—Severus, las clases ya comenzaron —dijo el anciano, despegando la mirada de una carta que tenía en la mano. Fawks, el fénix, emitió un leve alarido de disgusto.
—Lo sé, señor, pero… cometí un grave error. Mandé a Donna Keith a la enfermería. Le eché una maldición desangradora. Perdió bastante sangre, Madame Pomfrey la está atendiendo — dijo todo esto muy rápidamente, pero sin que se le trabara la lengua ni una sola vez. Prefirió confesarse de inmediato, tarde o temprano le tendría que revelar al hombre, lo ocurrido.
—Siéntate y cálmate — le ordenó apesadumbrado. Severus obedeció —¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué la atacaste?
Todo había ocurrido tan rápido que por poco había olvidado la secuencia de sucesos.
Se concentró para no desequilibrar su temple de ánimo nuevamente.
—Me pidió que le mostrara la marca…
—Pensé que no se atrevería a hacerlo — replicó Albus, con asombro —, le di un montón de excusas y razones, Y advertencias para que no te pidiera eso.
—Pues lo hizo y, empezó a conversarme de una serie de cosas que para mí no tenían sentido… que quería participar conmigo en…
Le contó cada detalle de lo sucedido media hora atrás. Dumbledore lo comprendió, pero…
—No puedes rechazar la petición Severus. Ella es así, lo desea así. Quiere desempeñarse en ese cargo, la subestimas demasiado. El que no haya tenido estudios, o no sea de un buen linaje de sangre, no quiere decir que no sea fuerte.
—No me entendió, Albus.
—Sí te entendí, Severus, te pido que te relajes, por favor. Sé que tratas de decir que te terminas sintiendo podrido y utilizado, y la verdad es que me los has dicho una vez tras otra, durante tres años seguidos. Sé como te sientes, y no quiero que lo niegues, creo que soy uno de los pocos que me sé tu vida casi completa, y de los que te conoce tan bien.
Se quedaron en silencio un par de minutos, y Severus insistió.
— ¿Pero no hay forma de convencerla?
—No. Me temo que no, conozco ya lo suficiente a Donna como para saber que está diciendo las cosas con sinceridad y sin escrúpulo alguno.
—Realmente no la comprendo.
—Y no la entenderás nunca, al menos que ella haga algo por ti. Listo. Creo que es hora de que vayas a la clase, yo iré a avisar a los estudiantes de su clase que tienen la hora libre, vamos, Severus.
No, definitivamente no comprendería a Donna, aceptaba que era valiente y todo eso, pero no podía ser… cualquiera que estuviera cuerdo odiaría la posición en la que se encontraba él, ahora.
Albus no dijo absolutamente nada de lo que había ocurrido entre el profesor Snape y la maestra Keith, y era primera vez que una noticia tan fuerte como esa se mantenía en secreto en tan solo tres personas. Lo que no fallaba nunca, eran las noticias que se contaban, pero Severus no se preocupó en modificarlas.
—Mi hermana me dijo que cuando ella había entrado al aula, en el suelo había visto sangre. Ella cree se tragó un Sangolium y luego vomitó sangre.
—No seas tonta, es obvio que se agarró a patadas con alguien, quizá con McGonagall.
—O tal vez con la profesora Sprout, ella tenía un moretón en la cara.
—No, no fue ella, a la profesora Sprout la golpeó el sauce Boxeador por rescatar a un niño de primero, yo la vi.
Historias como esas eran las que rondaron por el colegio, y tan solo el segundo día que Donna no había hecho clases. Sev, la había ido a visitar en la noche, y aún estaba muy amarilla, y Poppy le dijo que tardaría, ahora tres días en recuperarse, ya que le había entrado una infección en una de las heridas y se había desangrado otro poco. “Por poco te conviertes en un asesino, igual que tu padre” dijo una voz en su cerebro. Pero él no era un asesino, su intención nunca fue hacerle daño, solo quería hacerla callar, ¡ella también le había dejado heridas muy profundas! Pero no físicamente. Había dejado a flor de piel todos los peores recuerdos, aunque a pesar de eso, no la odiaba.
Decidió quedarse toda la noche allí, esperando a que despertara, porque no podía evitar sentirse culpable. Puso una silla al lado de su cama, y se sentó allí, contemplando por primera vez el cielo, durante muchos días. Una nube se hizo a un lado y apareció una pequeña estrella rojiza.
“No puedes hacer nada, si tienes que llevarla donde el Señor de las Tinieblas, lo harás, si tiene que hacerse la marca, la dejarás, si tiene que arriesgar su vida, la dejarás. No puedes evitar que haga eso, no eres su dueño, no eres nadie para ella” le reprochó con malignidad esa vocecilla en su conciencia. “No puedes culparla de nada, además tu situación fue diferente, tú te uniste por sed de poder y de venganza, ella arriesgará su bondad y vida para ayudar a otros”.
Los ojos se le empañaron en lágrimas. Miró la hora; eran las doce en punto. Madam Pomfrey ya se había ido a dormir, y hace una ahora atrás le había dado una cucharada de sangre de dragón a Donna.
—Con esto se recuperará de la infección — le había explicado contenta.
Le tomó una mano, su fría mano que en ese momento parecía sin vida.
A penas llevaban dos meses ahí, en el colegio. Faltaba casi todo un emocionante año por delante. Cerró los ojos.
—Creo, que con todo lo que te hice ya, la penitencia de nuestro trato ya ha quedado pagada — susurró.
El cuello se le ladeó y se quedó profundamente dormido, con la mano de Keith entre la suya.