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Historia 24978 — capítulo 17

CAPÍTULO 16: DÍAS DE MALA SUERTE

La rapidez con la que regresó a Gran Bretaña fue perfecta para utilizarla en alguna de esas maratones muggles. Tuvo que hacer un trato con el boletero, le pagó con el pasaje de vuelta más otros galeons para que lo dejara ir en el barco que estaba a punto de partir cuando el había llegado. A veces, sobornar a la gente en casos urgentes, era útil y necesario.

Como el viaje duraba casi tres horas, llegó cerca de las dos de la madrugada al embarcadero, lo cual era realmente peligroso, no mucha gente había viajado y la noche estaba oscurísima. El cielo estaba nublado y hacía mucho frío, se podía sentir la melancolía de las personas. Esa putrefacción que despedían los dementores se percibía en cada rincón de la ciudad. Cuando llegó a un lugar seguro — entre unas cajas de exportación, seguramente debían escobas (se sentía una leve vibración) —hizo un ligero movimiento con su cuerpo y desapareció. Con un “¡Plop!” apareció en la tétrica sala de su casa, ubicada en el final de la calle Las Hilanderas. Tuvo la sensación de que una presencia estaba en su casa. Sentía respiraciones.

—Sabía que llegarías —dijo de pronto una fría voz.

Cada centímetro de piel se le congeló en no más de dos segundos. Sin embargo, no dejó que su mente se paralizara, y utilizó Oclumancia raudamente, evitando todo pensamiento, evadiendo los sentimientos, expulsando las rabias, para que Él no pudiera enterarse de nada….

La pequeña y oxidada araña de las velas se prendió, dejando ver a dos personas dentro del lugar.

—Mi señor —dijo Severus abandonando todo tipo de temor, inclinándose ante el cómodo Lord Voldemort que estaba en la butaca más cómoda, junta al fuego de la chimenea.

—Me preguntaba donde estabas, Snape, y también indagué a Colagusano para ver si sabía algo de ti… —miró con desprecio a Peter Pettigrew que estaba a su lado, en pie, y como siempre algo temeroso —, pero me dijo que no. Ahora, que estás frente a mí, te pregunto a ti: ¿Dónde estabas?

—Mi Oscurísimo Señor, me encontraba en Isla de Pascua. Dumbledore me indicó que fuera de vacaciones, y yo, ni tonto, aproveché de hacer un pequeño movimiento… ya sabes usted, reclutar de los nuestros, pero lamento decir que mis ideas no funcionaron.

Sev miró directamente a los rojos ojos de Voldemort. No denotaban enojo, sino que inseguridad. El hombre con rasgos de serpiente observó escrutadoramente cada rasgo de Severus. No encontró nada extraño.

—Espero que… si Dumbledore te manda a otro lugar puedas traer a alguien, aunque sea a la fuerza —siseó por lo bajo, casi inaudiblemente —, pero me temo que hoy no estoy con mis mejores humores, debiste haberme avisado… Eso de desaparecerte sin siquiera decirme palabra, sin señales… No me gustó nada, porque a veces me huele a traición ¡Crucio!

Cayó pesadamente al suelo, sintiendo cómo cada partícula de su cuerpo se retorcía al ritmo de la varita de Lord Voldemort. Cuántas veces ya había experimentado eso ya… su corazón estaba a punto de explotar. Quizá hasta un desmembramiento habría sido menos doloroso que un Cruciatus. Los tendones se torcían, los músculos se contraían, la sangre hervía…

Los ojos de Voldemort estaban más rojos que nunca, pero se contuvo de seguir desquitándose con su Mortífago favorito, y cesó la maldición. Severus, con dificultad, se logró arrodillar. Los ojos le ardían. Se sentía humillado, no se esperaba eso. Le dolía hasta el alma.

— Dime que no volverás a fallar — amenazó poniéndose en pie, y paseándose de un lado a otro — ¡dilo! — insistió al ver que Sev temblaba.

Pero eso estaba tratando de decir, pero hasta las cuerdas vocales le ardían.

—No le fallaré más, Señor – titubeó.

—Eso espero, sino, tu ya conoces las consecuencias, y no solo puede ser un maleficio o una mano cortada —miró otra vez a Peter señalando la plateada mano —, pero no, tranquilo, Peter, lo tuyo no fue por venganza, nada más y nada menos para servirme a mí, me ayudaste a sobrevivir dándome tu mano.

Pasaron unos segundos de lucha, donde Snape se paró y se sacudió la ropa. En la cara tenía sudor frío.

— ¿Viene a encomendarme alguna misión, Mi Señor? — indagó evitando sonar asustado. Y la verdad es que no lo estaba, solo se sentía mal. Hace muchos años que le había perdido el miedo a ese ser repugnante llamado, en realidad, Tom Riddle. Desde que había matado a L… los Potter.

—Lo mismo de siempre… que me tengas informado de cada movimiento de ese vejete loco por los muggles y los sangre sucia y que intentes conseguir ese maldito puesto de Artes Oscuras.

—Defensa, Mi Señor — corrigió con respeto Sev.

—A eso me refiero — contestó apesadumbrado —, y ya tu sabes lo que quiero que hagas… a fin de este curso…

—Sí, no hace falta decírmelo, señor, lo sé a la perfección.

—Excelente… entonces, veo que queda todo claro. Entonces, en vacaciones de Navidad y Semana Santa nos veremos — finalizó Voldemort poniéndose en pie — Por cierto —agregó con perspicacia — ¿Hay algo que debas decirme, Snape?

Las millones de neuronas comenzaron a funcionar en la cabeza de Severus para concentrarse en responder sin duda alguna, cada vez que mentía a ÉL lo hacía.

—Nada, mi señor. El director de Hogwarts no ha planeado nada por ahora, cualquier cosa informaré mediante Lucius Malfoy.

—Entonces Colagusano tendrá que estar comunicándose con las ratas asquerosas para averiguar si has ido a visitar a Lucius, y así enviar a alguien para que sepa tus informaciones. Espero que la simple labor de Malfoy la haga bien, porque la verdad que encerrado en esa celda, llena de musgo, en Azkaban, no le veo mucha utilidad…

—Ya veremos los Mortífagos la manera de sacarlo.

—Bien. Vamos, Colagusano.

—Adiós Snape.

—Adiós.

Cuando ambas figuras se hubieron esfumado, el alivio cayó sobre el cuerpo de Severus. Tanto cuidado había tenido para que no fuera visto por ningún Mortífago, y al fin y al cabo El Señor de las Tinieblas en concreto se había aparecido en su propio hogar. Las manos las tenía sudadas y la marca le quemaba el antebrazo. Reconocía que le había espantado en ese momento aquella inesperada visita. Hace unos cuantos meses que no veía a su “amo”, aunque realmente no lo fuera. No le importaba poner en riesgo su propia vida con tal de agradecerle a Dumbledore y proteger al desquiciado hijo de Lily Evans (para él jamás sería Lily Potter), pero va que va, ya estaba comenzando otra vez con eso. ¿Para qué darle más vueltas al asunto?

Para distraerse un poco fue a dejar sus cosas a su habitación. Ese lugar era totalmente cuadrado, las paredes estaban cubiertas con madera negra y no había ventanas, pero el ambiente se mantenía fresco gracias a la actuación de un hechizo.

La cama era lo más bonito que había, de suave terciopelo negro y lo demás hecho de mármol. Contrastaba.

Cansado y con sueño — eran cerca de las tres — se postró en su cama y se tapó la cara con las manos dando un gran bostezo. “¿Qué habrá pasado con Donna Keith?” pensó bajando las manos y observando el entretenido paisaje de madera que tenía enfrente de él. Donna Keith, la verdad, no tenía nada que estar vagando en sus pensamientos. De la nada la había recordado.

— Debe haber ido a su casa — se auto -respondió en voz alta. “Pero cómo, acuérdate que te dijo que no tenía casa, que dormía en una de los dormitorios alquilados”.

—Entonces se dio a la fuga.

Entre que pensaba en esa mujer y parpadeaba, estaba comenzando a cabecear. Lentamente se fue deslizando hasta quedar completamente tendido en la litera y se durmió.

“You know my hips don't lie… Como se llama, bonita, mi casa, su casa Shakira, Shakira”

La potente música de la casa muggle de la calle de enfrente lo despertó de su componedor sueño. Todas las veces que iba a su casa era lo mismo, la maniática del 45 repetía una vez tras otra las canciones de la cantante muggle.

— ¡Aaaah! ¡Muffliato! — gritó enojado, apuntando a las cuatro paredes para que el sonido no retumbara en el cuarto — Malditos muggles… enfermos…

Con todo el letargo en sí, se paró y se fue a mirar al espejo del baño. Estaba amarillo y ojeroso. Y uno que otro músculo le dolía por la dosis de dolor recibida la noche anterior.

Se arregló con toda parsimonia, total sería su último día de vacaciones, y luego regresaría a Hogwarts, aunque aún quedaban 2 semanas para entrar. Sin embargo, tenía que conseguir el puesto de Defensa. No era que estuviera haciendo caso a las órdenes de Voldemort, pero siempre habría anhelado eso, y así sabría que nadie estaba haciendo algo malo contra Harry Potter, y era el deber que le había impuesto Dumbledore (o uno de los tantos), pero bajo las clases de Pociones.

“Bruta, ciega, sordomuda, torpe…” TOC –TOC “Es todo lo que he sido, al fin me he…” Toc—toc—toc—toc.

No sabía si era la música o la puerta, pero de todas maneras decidió ir a ver. Dejando la peineta en el tocador fue a mirar. Asomó con cuidado uno de sus negros ojos por el visillo.

— ¡Draco! — gritó abriendo la puerta de golpe. El chiquillo estaba pálido como la cera y sin saludar entró.

Severus cerró la puerta sin antes mirar a los al rededores.

— ¿Qué pasa, Draco? — preguntó, asustado. Asustado porque era el hijo de Lucius y Narcisa, y ambos en algún momento habían sido buenos amigos. Además, esa expresión de terror espantaría a cualquiera.

El rubio tardó en contestar, al parecer le costaba articular palabra y tiritaba. Los ojos los tenía hinchados, como si hubiese estado llorando.

— Lo he hecho… —balbuceó.

— ¿Qué has hecho?

¿Era lo que temía? ¿O le estaba jugando una mala pasada?

—He… —se agarró con fuerza el antebrazo izquierdo.

— ¿Qué? ¡No! ¡Draco! ¿Pero qué diablos se te cruzó por la cabeza?

Si hubiese podido le habría maldecido, hechizado, zarandeado, pateado, golpeado, maltratado, pero por ningún motivo utilizaría la violencia. Era un momento delicado.

— ¿Crees que tú puedes salvar a tu padre? ¡Pondrás en peligro a tu madre también, Draco! —y no lo decía como simple razón, apreciaba mucho a Narcisa, una de las pocas personas a las que le tenía algo de ¿cariño? — No tenías que entrometerte, no tenías que hacer absolutamente nada, ¿Sabes de lo que es capaz de hacer el Señor de las Tinieblas? ¡No tienes que por qué hacer el papel de héroe!

El jovencito de diecisiete años, con esas mágicas palabras pareció reaccionar. Miró con odio a Sev. Mucho aborrecimiento se reflejaba en sus ojos.

— ¿Cree que no lo pensé? ¡Lo hice por los dos! Mire ¡Mire! — gritó levantándose la manga de aquella mano, dejando ver ese horrible figura — ¿Lo ve? ¡Lo que pasa es que usted nunca tuvo amor de padres y no me entiende!

Un chorro de sangre hirviendo se extendió por sus venas. De un segundo a otro agarró del cuello a Draco y lo apuntó con la varita apoyándolo bruscamente en la pared de ladrillo.

— No… nunca… — “¡Segundo plato que rompes un día!” esas palabras resonaron en su cabeza mientras hablaba — nunca… no hables de mi familia… tú no sabes nada… ¿Entiendes? ¡No hables de lo que no sabes!

Lo soltó con brusquedad. Ambos seguían despidiendo fuego por los ojos. Los ojos le querían llorar, pero de rabia.

— ¿Me ayudará?

— Lo haré… pero mientras estés en Hogwarts no harás nada. NADA.

— ¿Por qué?

Ni Lucius, ni Narcisa, ni Draco, ni nadie de los Mortífagos sabía que él estaba al servicio de la Orden y de Albus Dumbledore. Ni un alma extra sabía que estaba traicionando al mago más grande y perverso que haya habido en todos los tiempos existentes, en el mundo mágico. Una gota de sudor resbaló por su frente, pero su semblante de seguridad no flaqueó ningún momento.

—Porque si Dumbledore descubre que realmente trabajo para el Señor de las Tinieblas, ambos lamentaremos haber nacido. Ahora debes volver donde Narcisa, rápido.

La conversación llegó hasta ahí y ninguno de los dos dijo adiós. Sev todavía estaba resentido por lo que había dicho el pequeño Malfoy, y el otro al igual con él por haber cuestionado sus intenciones de “salvar a sus padres”. Draco, mucho más calmado, salió de la casa y desapareció, sin importarle si era visto por algún muggle o no.

Y ahora, las cosas habían cambiado. Debía viajar a Hogwarts en ese instante, Dumbledore debía saber que Draco se había vuelto un Mortífago. Pero no, no para eso, no para matarlo, sino, para protegerlo. Al fin y al cabo, era hijo de su amigo… o quien había sido su amigo.

************************* Flash Back *************************

Dos personajes discutían acaloradamente en un callejón sin salida, tenuemente iluminado por los relámpagos. Llovía a cántaros. Estaban encapuchados. Un mechón rubio platinado se asomaba por uno de los gorros.

— Me metiste en un embrollo del que jamás voy a poder salir. ¿Por qué…? Tú y tu estúpidos contactos…

— Tú elegiste, Severus. Yo te ofrecí, tú aceptaste. ¿No que tanto poder buscabas? ¿No que querías vengarte de todos? ¿Tu padre? ¿Potter?

— ¡Sabes toda mi vida, maldito cretino! ¡Sabes perfectamente que no quería convertirme en un asesino! Maté a los Potter, ¿entiendes? ¿Sabes lo que es matar a la gente, maldita sea?

Lucius se contó los dedos.

— Sí, ya sé lo que es torturar y matar. He matado a dos personas y he torturado a cinco, y no me siento culpable, y no ando lamentando, y no ando llorando como un bebé, ni pataleando ni…

Severus hizo un rápido movimiento con la mano en donde tenía la varita. Lucius se agarró el brazo derecho, maldiciendo. Se levantó la túnica, tenía un profundo tajo que sangraba a chorros.

—¿Qué te sucede? ¿Desde cuándo te pone tan triste Potter? No me digas que sentías compasión por lo de su hijo…

—Fui yo quien escuchó la Profecía, y no tenía nada que ver el engendro, ese…

—Es porque te importaba la sangre sucia, no es cierto? ¡No soy tan tonto, Snape! ¡Siempre lo supe pero no quise reconocerlo, no pensé que mi amigo…!

—Deja de decir que somos amigos — le interrumpió agarrándolo del cuello violentamente — que tú y yo dejamos esa amistad desde que nos unimos a esta porquería.

—¿Ah sí? ¿Y que harás, cobarde, retirarte? El Señor de las Tinieblas no perdona…

— No me llames cobarde… ya veremos quién es el cobarde.

— ¿Me declaras tu enemigo?

— Creo que aún, enemigos es una palabra que engloba cariño. Creo que no te conozco. Sólo eso, no sé en qué momento cambiaste tanto…

—Siempre he sido igual, Severus, busco lo que me conviene, y me da igual, métete tu amistad por donde te quepa, a ti es el que te afecta todo esto, a mí no. No sé en qué momento te volviste tan sensible. Tienes veintidós años y sigues siendo el mismo bebé que eras cuando falleció tu madre.

Lucius Malfoy desapareció, esa fría noche de 1º de noviembre de 1981, dejando a Severus solo, empapándose bajo la lluvia.

************************* Fin Flash Back *************************

—Adelante — dijo la voz de un anciano desde adentro de una sala. Alguien había tocado la puerta doble que daba camino a su despacho. Una mano cetrina se posó sobre el picaporte de oro de la puerta, con la intención de girarlo y poder entrar.

—Buenas noches, señor director —saludó el sujeto que había entrado, cerrando la puerta tras él.

— ¡Severus! ¡Qué sorpresa! La verdad es que no te esperaba para nada –—dijo acercándose, Albus Dumbledore, para tenderle la mano — , no pensé que la cuestión de Isla de Pascua fuera tan cierta.

—Bueno, tengo que contarle muchas cosas… —explicó sentándose en la silla que estaba al otro lado del escritorio, sin ser invitado por el anciano, pero eso ya no hacía falta, cada cual sabía hasta donde llegaba el círculo de confianza como para poder sentarse sin decir un “permiso”.

Dumbledore se sentó en su butaca, mirando penetrantemente con sus ojos azules, a Severus Snape, a través de esos cristales con forma de media luna.

—Dime todo lo que sepas, Severus.

Sev le contó todo, como él se lo había solicitado. Le relató desde lo que ocurrió en la isla (y que tuvo que arriesgarse representando la Marca Tenebrosa en el cielo), hasta que llegó Draco pidiendo auxilio, sin, por supuesto pasar por alto la visita del Innombrable a su morada.

—Voldemort cree que lo tiene todo bajo control — comentó Albus; Sev tembló al oír el nombre. No le gustaba para nada tal atrevimiento —, lo que no sabe es que con la Orden hemos avanzado mucho más. Por cierto, este jueves celebraremos una reunión en la casa de Molly Weasley. Tienes que asistir porque designaremos nuevas tareas.

¿Ir a la casa de los traidores a la sangre? ¡Qué espanto! Y más espantoso, seguramente, sería lo que se encontraría ahí.

—Director… ¿estará Potter allí?

—Eso no lo puedo asegurar, Severus, pero me temo que sí… no creo que esté con los Dursley. “Que bien” pensó Sev, amargamente. “Lo único que me faltaba para completar unas felices vacaciones sería verle la cara a ese maldito engreído, hijo de James”.

Iba a dar media vuelta, cuando de pronto se acordó de algo.

—Señor, me preguntaba si…

— ¿Mmmh?

—Me preguntaba si este año me podrá ceder la impartición de Defensa Contra las Artes Oscuras, si queda la vacante libre...

—Lo siento, Severus — se adelantó a decir Dumbledore sin dejarlo acabar —, ya conseguimos a alguien.

—¿Ah sí? — la cara se le puso rígida de frustración — pues, qué bien, creo que ningún año nos han hecho falta profesores… Hasta luego.

No quiso preguntar quién sería el profesor, seguramente un idiota como Lockhart — cada vez surgían más de esos sujetos — o una lunática como Umbridge, o quizá un Vampiro como el año anterior.

Los pocos días que faltaban para que el día jueves hiciera presencia, transcurrieron a la velocidad de la luz. Dumbledore se había ido mucho antes, debía ser otros de sus planes, imposible que se haya ido tan temprano a la Madriguera, donde vivían los Weasley.

Y como él no sabía donde quedaba ubicada con exactitud esa casa, tuvo que hacer otras de las cosas que detestaba (a parte de su vida, a Potter, a las mentiras, a los sangre sucia, al color rosa, el Quidditch, a su difunto padre, al Señor de las Tinieblas, etc): viajar en el Autobús Noctámbulo.

Bajó hasta Hogsmeade con su capa de viaje. Se dirigió a una de las calles menos concurridas, sacó su varita y la extendió.

¡Fuuuumm!

El llamativo ómnibus de tres piso se estacionó exactamente al frente de él. Un muchacho flacucho y de no más de catorce años apareció en el umbral de la puerta.

—Soy hermano de Stanley Shunpike, Warner Shunpike, no estoy involucrado con él, así que no me pueden llevar preso, le doy la bienvenida al auto…

—Cierra la boca, muchacho ridículo —le espetó Severus. No le gustaban los graciosos. Ni tampoco los que hacían perder el tiempo.

Se subió y le entregó la plata justa para el viaje.

—Quiero que me lleven a la Madriguera.

— ¡Para allá vamos! —anunció Warner, no le había importado que Sev le hablara de modo golpeado.

El bus partió a una velocidad que ningún coche muggle podría igualar. Sev casi sale disparado hacia el otro extremo si no es porque se afirma del fierro que estaba para afirmar la cortina de la ventana.

Se tuvo que ir todo el camino así, las sillas temblaban para todos lados y las mesas se estrellaban unas contra otras, y las tres personas que estaban en el primer piso blasfemaban cada cinco segundos.

El ómnibus se detuvo y subió una mujer con un bebé en los brazos. Cuando comenzó a andar otra vez, la señora a duras penas se sujetó de una silla, al lado de Severus. El bebé no tendría más de ocho meses y estaba de un color verde espantoso.

Tuvo la idea de decirle a la mujer que algo le pasaba a su hijo, pero este respondió de una manera muy sucia.

—Buuagsh

—¡Oh, señor! ¡Billy, diablillo! ¡Vomitaste a este señor!

—Qué criatura tan… — se miró con asco el abdomen, conteniendo él ahora las ganas de vomitar. Sacó la varita del bolsillo.

—Deje ayudarlo —ofreció la madre.

—No, gracias, puedo hacerlo solo. Evanesco.

El vómito desapareció, y el olor también, pero en su nariz todavía podía percibir el olor a la comida procesada.

Cuando se bajó fue una bendición del cielo, aunque estaba algo mareado.

Había quedado en un cambo, y a lo lejos se divisaba una casa de varios pisos y algo chueca. Se aproximó dando zancadas. Cuando llegó a la puerta tocó fuertemente.

Se oyeron unos pasos.

—¿Contraseña?

¡Contraseña! ¡Dumbledore no le había dicho la contraseña! Ahora se quedaría esperando ahí todo el día, hasta que llegara otra persona.

—No la sé, pero soy Severus Snape.

—Lo siento, se quedará af…

— ¡Fred! Sal de allí — espetó la voz de una mujer, muy enfadada — ¿Quién es?

—El profesor Snape.

La puerta se hizo a un lado dejando ver a una mujer pelirroja y rechoncha.

—Pase, Severus — dijo con amabilidad.

Fred Weasley estaba cerca de su madre, sonriendo descaradamente, con el cabello espantosamente teñido de un azul intenso.

—Muy gracioso, Weasley —se limitó a rezongar.

—Aún no ha llegado Tonks ni Albus, pero están Alastor y Remus, y los demás — agregó Molly como si no valiera la pena nombrarlos.

—Justo a los que quería ver.

La señora no se percató del sarcasmo de eso.

—Hola, Snape — saludó un hombre de cabello castaño entrecano, cuando había llegado al comedor.

—Hola, Lupin, Alastor. Hola.

—Ermgg — gruñó Alastor Moody en forma de respuesta.

—Hola — contestaron a coro Mundungus Fletcher, Dedalus Diggle y Kingsley Shacklebolt.

—Espero que Dumbledore llegue luego —comentó con su voz suave —, creo que no soportaré mucho tiempo estando aquí… el ambiente no me gusta.

Lupin no hizo caso al comentario, pero estaba serio. Los otros no habían escuchado eso.

Pasaron cinco silenciosos minutos hasta que llegó Nymphadora Tonks, con su chillón cabello rosa.

—Hola a todos — dijo alegremente —, hola Remus.

Prefirió no observar esa escena, era obvio que se iban a besar, así que corrió los ojos hacia el techo. “Qué romántico, dos fenómenos juntos” pensó, reprimiéndose a decirlo en voz alta. Aunque cualquiera pensaría que querría decir “No cuenten dinero delante de los pobres”.

Dumbledore no llegó mucho más tarde. La reunión se celebró de inmediato, sin Weasley hijos entrometidos, ni una Granger sabelotodo, ni menos un patético Potter

—Solo vengo a ajustar algunos puntos — anunció el hombre de barbas largas y plateadas—. Remus, quiero que te dirijas a Escocia… he sabido que hay un pueblo de licántropos, y quizá puedas convencer a algunos cuantos — Lupin asintió con la cabeza —. Tonks, quiero que sigas tus intentos de reemplazar a Katherin Bloom para que puedas entrar al departamento de misterios.

—Sí —contestó.

—Bien, Arthur, tienes que ayudar a Tonks. Tú, Mundungus, sigue realizando tus turbias conexiones con los magos mafiosos, necesito que encuentres un arco idéntico al de la Cámara de la Muerte del Departamento de misterios. Dedalus, lo mismo de siempre. Severus, quizá unas cuantas andadas por cerca de Voldemort en Navidad y Semana Santa, bastarán. Y protección, ya lo sabes — Severus sabía a que se refería con eso: tenía que cuidar a Draco por muy cerca de él —. Kingsley, quiero que sigas trabajando para el Primer Ministro muggle, tienes que seguir brindando resguardo. Molly, sigue reclutando a la gente que más puedas.

Dumbledore nunca era demasiado específico para designar las tareas de cada uno. Nadie sabía cuál era la verdadera intención de “tomar prestado” — según el director, aquello no era robar — el Arco del Velo del Ministerio de Magia. ¿Acaso Potter había hecho una pataleta para que le devolvieran a su padrino? ¡Imposible! Sirius Black estaba muerto, eso todos lo sabían y debían aceptarlo. 

— ¿Se quedarán a cenar? — preguntó Molly Weasley, cuando acabaron de conversar.

—Yo, no — dijo Severus de inmediato. No quería quedarse con la familia feliz. Se puso en pie, pero Dumbledore lo agarró del brazo.

—Severus, no tienes nada que hacer, anda, cena con nosotros.

—No — insistió, secamente —, prefiero que no — echó un vistazo de soslayo a Lupin.

— Albus, no se preocupe, está claro que a Severus no le gusta compartir.

— ¿Quién pidió tu opinión, Lunático?

¿Qué se creía ese mugroso híbrido, para hablar así de él? Claro que le gustaba solidarizar un poco, pero con personas como él, nunca, ¿Por qué tenía que soportar a uno de los amigos de la persona que había odiado más en su vida?

—Creo que lo has demostrado suficientemente, Quejicus, como para saber que eres un antisocial.

La sangre la tenía hirviendo hace mucho rato, ahora la vena de la sien estaba a punto de escapársele por la piel.

Severus y Remus se pusieron de pie, apoyando las manos en la mesa. Todos observaban expectantes, pero Arthur y Albus estaban preparados para separarlos, si es que llegaban al extremo de atacarse.

— ¿Podrías definirme, entonces, cerebro caminante, qué es ser antisocial?

—Vaya, supongo que tú lo sabrías, solo tienes que recordar tu dulce pasado.

—Me estás provocando, Lunático. Y para que sepas, no soy antisocial, el que tú tengas tantos amigos de tu “tipo” no quiere decir que yo no los posea.

Miraban tanto a uno como a otro, como si estuvieran contemplando un partido de tenis. Por ahora, ninguno de los dos había desenvainado su varita.

—Bueno, hasta ahora ni siquiera te he visto con tu oscuro amiguito Lucius. Ni si quiera a una novia.

Gritos de desesperación se oyeron en toda la casa. Se habían lanzado los dos encima de la mesa y se golpearon cuanto pudieron. Nunca en la vida ellos se habían peleado, siempre habían conservado las aguas tranquilas en su relación.

—¡Eres un maldito asqueroso licántropo!

Pum, crash, pataplum, pataplam, cronch.

Rápidos pasos se oyeron por la escalera. Pronto se asomaron seis cabezas: Harry Potter, Ronald Weasley, Hermione Granger, Ginny Weasley y los gemelos, pero Severus no se dio cuenta, estaba muy preocupado de azotarse con Lupin.

— Qué… pena que… no tengas amigos ya… Quej… Quejicus

—Sabes perfec….

— ¡BASTA! ¡Petríficus totalus!

Severus sintió como sus extremidades quedaron pegadas a su cuerpo, sin poder mover ni un trocito de piel, solo los ojos. Cayó al suelo de madera. A su lado se desplomó Lupin.

—Es suficiente — espetó Dumbledore —, están comportándose como adolescentes de quince años. Si vuelve a suceder esto, prometo despedirlos de la Orden del Fénix, por muy útiles e importantes que me sean. Finite incantatem.

Su cuerpo recuperó la movilidad. Se levantó del suelo, todos los estaban mirando ceñudos. Golpearse con los puños era algo muy innoble en el mundo mágico, pero qué más daba si tenías rabia acumulada de tanto tiempo. A veces las varitas era innecesarias, ¿y para qué utilizar una maldición imperdonable, si están prohibidas? No valía la pena. Severus desde los trece años que tenía esa cólera guardada.

—Ahora sí te puedes ir, Snape.

—Bien, adiós director —no se quiso despedir de ningún otro.

Alguien que podía tener tanta mala suerte en tan pocos días, ese, era él.

No fue directamente a Hogwarts ni a su casa, sino que al Caldero Chorreante. Tenía ganas de beber algo, habían sido demasiadas emociones en una semana.

Tom, el desgreñado tabernero del bar le atendió desconfiadamente. Severus una vez a las quinientas había frecuentado ese lugar.

— ¿Qué quiere tomar?

—Una cerveza de mantequilla.

Estuvo bebiendo un buen rato solo. “Ni siquiera a una novia” “…amiguito Lucius Malfoy”. Cuando joven había tenido una novia. Y varias chicas lo habían besado. Y Lucius Malfoy no era su amigo, hace mucho tiempo que había dejado de ser su amigo, desde que había cambiado tanto, desde que se había vuelto un sádico.

— ¿Snape?

Una voz femenina resonó en su cabeza desde ala lejanía. Dejó la jarra de cerveza a un lado y miró a quién le había hablado.

—Eh… ¿Keith?

—Nos volvemos a encontrar, qué gusto.

La mujer que trabajaba en Isla de Pascua como camarera, nuevamente estaba allí, pero como bodeguera, llevaba unas cuantas cajas en los brazos. Severus, por un momento que la miró, sintió que la conocía. No de Isla de Pascua precisamente, sino que de antes. Esos ojos… el cabello… la sonrisa… Pero su nombre no lo había escuchado nunca. De eso podía estar seguro.

—Veo que encontraste trabajo.

—Sí, bueno, es solo temporal, pronto voy a trabajar en… o sea, quiero decir, voy a buscar un trabajo — miró hacia atrás por si estaba Tom, luego volvió y bajó la voz — mejor, ya sabes que… aquí, un futuro bueno…

—Claro — “…antisocial…” —. Si hubiese sabido que iba a pasar todo eso, podríamos haber venido juntos, yo te podría haber ayudado a encontrar trabajo.

—Oh, claro, bueno, de seguro me sabrás ayudar en algún momento. Gracias de todos modos… —Donna parecía nerviosa, tan nerviosa como la vez que lo atendió para conseguir la habitación.

—Oye — la llamó Severus, aproximándose a ella —, ¿es normal que te den esos ataques de pánico? Te pones extrañas, ¿o te doy miedo?

Tuvo que sonreír. Se había dado risa a sí mismo. “Aquí ves que puedo solidarizar, idiota” pensó imaginándose a Lupin frente a él. La miró fijamente a los ojos, para lograr descubrir algo en su mente con la Oclumancia, pero ella desvió rápidamente la vista, como si fuera a saber lo que pensaba hacer.

—No, es que, son bajas de presión que me dan regularmente. Pero no te preocupes, no es nada grave.

— ¿Por qué no tomas una cerveza de mantequilla conmigo? — la invitó. Qué más daba si ya estaban ahí, charlando. Y después de todo, no era incómodo estar con ella.

—Lo siento, no puedo.

— ¿Por el trabajo?

—No, me hace mal la cerveza de mantequilla, aunque no lo creas, me emborracha.

—¡Vaya! ¿En serio? Nunca había conocido a alguien que tuviera ese problema — comentó, tratando de sonar simpático, pero a él, ese papel no le iba.

—Sí, bueno, soy un caso especial.

— ¿Y se puede saber donde estudiaste?

—Agh… no tuve estudios. La verdad es que yo sola aprendí todo lo que sé.

—¿Y te quedas aquí?

—Es donde vivo ahora y…

—¡Ey, Keith! ¿Trabajas aquí o te estoy pagando para nada?

—Lo siento, Severus, debo volver adiós — diciendo eso, le plantó un repentino beso en la mejilla y se fue.

Fue una sensación extraña, sentir sus labios en su fría y reseca mejilla. Se pasó la mano por el lugar afectado. Ella ya había salido de la barra para ir a tomar los pedidos.


—Bueno, presentamos al nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.

Sev, apenas oyó esa frase provenir de Donna Keith, la nueva directora de Hogwarts, dirigió sus ojos donde todos los habían puesto. Un puesto más allá, donde usualmente estaba la profesora McGonagall, había una gran serpiente, muy larga y muy ancha, sentada, sacando la lengua y mirando con sus grandes ojos rasgados al público, que le aplaudía con entusiasmo y aprobación.

—Lo siento, Severus Snape — dijo Keith mirándolo con antipatía —, Dumbledore me dijo que hasta una anaconda era más inteligente que tú, y la verdad que con la conversación que tuvimos anoche me di cuenta.

—¿Pero por qué? — le decía Severus con lágrimas en los ojos.

—¿Por qué? — dijo agudamente. Sus ojos se habían tornado a rojos — porque soy la esposa de Lord Voldemort y yo lo digo.

—¿La esposa? — no podía creerlo, ¡Si el Señor de las Tinieblas no tenía esposa!

Hubo un gran portazo, alguien había abierto las puertas del Gran Comedor. Una mujer esbelta se dirigía hacia él. Cuando estuvo lo bastante cerca, le vio la cara. Era Annelisse.

—¿Ves Severus? Hasta el Señor Oscuro tiene una mujer. Yo te lo ofrecí, te insinué si querías casarte conmigo, pero no quisiste aceptar, pero ya encontré esposo. Un muy buen esposo. ¡Roderick, ven para acá!

Su padre se paró de la mesa de Gryffindor, vivito y coleando, con una gran cara de maniático.

De repente todo se volvió oscuro, y solo una llama verde quedó en el centro.

— Dumbledore me dijo todo, Severus Snape — dijo Lord Voldemort aproximándose a la llama. Alrededor estaban los Mortífagos, incluido Lucius — me dijo que me traicionaste.

—No amo, no amo, no lo he traicionado, es todo…

— ¡Silencio! Debes morir, MORIR. Lo que deberías haber hecho hace mucho tiempo.

¡Avada Kedavra!

Avada Kedavra, Avada Kedavra.

Qué horrible pesadilla. Se despertó transpirando, y apagó de inmediato su despertador que decía “Avada Kedavra” para despertarlo. Cerró los ojos con fuerzas. Que idiotez, una anaconda de profesor, Voldemort con una esposa…

Miró la hora, eran las nueve con un minuto. Se sentía algo angustiado. Algo le decía que ese año no sería bueno. Su instinto pesimista, tal vez. Pero era cierto, no poseía amigos, debía tener por obligación un doble estándar, se sentía utilizado, no amaba a nadie, ni nadie lo amaba a él. “A veces lo mejor es no crecer. La vida adulta no es tan maravillosa como uno suele pensar. La adolescencia es la etapa más complicada, pero tal vez, la más bonita, donde uno vive más aventuras que nunca”.

El primero de septiembre o y los pocos días que le quedaban los pasó allí, releyendo un libro que le habían regalado una vez —pero aún no recordaba quién se lo había obsequiado—, muy enojado con Dumbledore como para osar a volver a Hogwarts, antes de que comenzaran las clases.

Se bañó, se vistió, desayunó, se arregló y se materializó en Hogsmeade. Como cada principio de año escolar, el cielo estaba nublado y amenazando con llover. Seguramente en la noche, a los alumnos les tocaría tormenta. 

—Hola, Severus.

—Qué tal, Minerva. Veo que llegaste de tus relajadas vacaciones, mientras nosotros trabajábamos para la Orden.

Cómo le gustaba hacer enfadar a la Jefa de Casa de Gryffindor, que alguna vez había sido su profesora de Transformaciones, y que también le había dado unos cuantos castigos por quebrantar las reglas.

—No te ilusiones tanto, no creas que estuve de vaga en Dinamarca. Además, Dumbledore me contó que estuviste en Isla de Pascua… y que nuevamente no conseguiste el puesto de Defensa porque estaba copado.

—Bueno, quizá el próximo año lo intente, aunque lo único que voy a lamentar es no haber podido perjudicar a Potter en su ramo favorito.

—Lo siento, Snape, no voy a discutir contigo… aunque no creo que llegue a pasar entre ambos lo que sucedió con Remus Lupin. Sabes que encuentro totalmente vergonzoso la lucha sin magia. Y vete preparando para la noche, a ver si puedes tolerar al próximo profesor, o profesora, la verdad es que no tengo idea que es. Solo espero que no sea un animal, o un vampiro como el año pasado. Buenos días.

—Quédese con los buenos días —dijo en voz alta, no le importaba ser descortés.

Y, en realidad, se preparó para recibir al próximo inepto en el puesto maldito. Y también, para hacerle una vez más un año difícil a Harry Potter “el Niño que vivió”.