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Historia 24978 — capítulo 16

CAPÍTULO 15: VACACIONES ESPECIALES

Le tocó el turno a Severus y le hicieron la entrega del pequeño mapa de pergamino del lugar. Le recordó a esos planos que indicaban tesoros ocultos, pero en un lugar como aquepol debieron haberlos desenterrado todos. Por mientras se lo guardó en el bolsillo. Primero debía salir de esa apestosa multitud de gente frenética y furiosa; muchos eran extranjeros y disparataban endemoniadas e incomprensibles frases.Caminó rápidamente por entremedio de la muchedumbre antes de que la gente de los otros barcos que estaban llegando se bajara.

— ¡Ouch! — voceó alguien — me pisaron.

— ¡Hey, no empujen!

Pero realmente era imposible no empujar o pisar a otro porque todos luchaban por atravesar la barrera de piedra que llevaba al lado mágico de Isla de Pascua. "Vamos" se dijo a sí mismo cuando estaba a punto de llegar a la meta, pero…

—Bienvenido sea usted a la Isla — dijouna mujer robóticamente, interponiéndose ante él y colocándole un chillón collar de flores y semillas autóctonas.

No era fea, pero a Severus no le gustaban las mujeres con rasgos asiáticos. Sin embargo, el problema no era ese, sino el hecho de que le había cortado el paso.

— ¡Maldita sea! — exclamó enrabiado a la mujer, pero ésta ni se inmutó; al parecer no había entendido ni jota lo que había dicho él. Había seguido con la misma sonrisa de bienvenida, quizá mil veces practicada. O tal vez estaba acostumbrada a los insultos.

Tratando de no ser demasiado brusco la apartó y atravesó la muralla por fin, pero en realidad no fue por cuenta propia, alguien igual de desesperado lo había empujado. Abrió lo los ojos y notó que el paisaje no había cambiado mucho, no obstante, podía sentir la magia en su entorno.

—Qué payasada…—murmuró quitándose el ridículo collar que le habían colado por la cabeza.

Sus pies desde el primer momento reclamaron que no pertenecían a tal soleado paisaje y a ese incómodo calor bochornoso que le pedía a gritos que se sacara algo de ropa. Tuvo que ceder y desprenderse de la pesada capa, quedándose con el delgado pantalón de tela y su camisa, ambos de color negro. La guardó de inmediato en el equipaje de la ropa.Qué habría dado por subirse las mangas, pero la marca… esa horrible marca que tenía en el antebrazo izquierdo… No era algo que se pudiera exhibir tan fácilmente, como si fuera un tatuaje cualquiera.

Con una maleta en cada mano, fue caminando hacia el pueblo mágico apuntando con un gran letrero y una flecha que citaba "Bienvenido a Rarekoa" en veinte idiomas diferentes. Acordándose del vale que Dumbledore le había dado para el albergue, lo sacó del bolsillo de su pantalón para revisarlo.

—Veamos… —farfulló entrecerrando los ojos: su vista ya no era la de antes, además, con ese sol tan potente, veía casi todo radiante —"La Octava Maravilla del Mundo"

El hecho de que la denominación del lugar estuviera escrita en inglés significaba que se haría entender con la gente de allí.

A medida que bajaba (el camino iba descendiendo), aumentaba el sonido de la música tropical y las carcajadas estrepitosas de las personas. Una parte de él, en el más recóndito lugar hallado en su corazón, expresaba:*"Tengo miedo a sentirme solo entre tanta gente…".*Pero no era momento para cursilerías y sentimentalismos.

De pronto un hombre macizo y moreno apareció de la nada, con un pantalón corto, floreado y de un rojo impactante, y absolutamente sin nada que le protegiera el torso y la abultada barriga llena de cerveza, salvo un tosco tatuaje de un gran oso ubicado un poco más arriba del ombligo. Miró a Sev con una enorme sonrisa que le marcaba hoyuelos en las mejillas. Dijo algo.

— ¿Qué? — gruñó Severus, no había captado ninguna frase pronunciada por el sujeto.

— ¡Ah, veo que eres un inglés! Excelente, hola — saludó éste despidiendo un pesado olor a cerveza y vino muggles.

—Hola — contestó Sev gélidamente. No le agradaba la gente cuando estaba ebria.

— ¿Buscas un lugar para quedarte? Tengo el lugar perfecto.

—Gracias, pero busco "La Octava Maravilla del Mundo"

— ¡Entonces, a ello! Yo soy el dueño — explicó bonachonamente. El alcohol estaba surtiendo efecto, se le habían sonrojado levemente las mejillas — yo le llamo mi BAMUHOCODI. "BAr, MUjeres, HOtelería, COmida y DIversión —agregó al ver la cara de desconcierto de Snape, como si fuera demasiado gracioso —y exclusivo para gente que hable inglés, y él único, todos los demás con para gente con acento endemoniado.

¡Pero qué mala suerte tenía! Qué espanto de persona, sería inaguantable, pero si no tenía que gastar ni un knut, entonces, valía la pena.

—Llévame, entonces — aceptó con fingida felicidad, pero la ironía rebosaba —, tengo un vale de todos los gastos pagados…

—Sí, sí, lo supuse, eso se lo tienes que entregar a las cajeras —interrumpió (y otra cosa que odiaba, precisamente que lo interrumpieran) —, y no te preocupes, podrás beber el día entero y si quieres el bar completo sin pagar ni un solo sickle.

¿Beber? Detestaba beber y para Severus eso no era lo más importante en la vida.

Caminaron un tramo hasta llegar a una enorme construcción completamente de madera y pintada con vivos colores que dejarían ciego a cualquiera que mirara directamente. Sev no se arriesgó.

—Aquí te dejo, hombre — estiro la mano — y cualquier cosa llama a Julius Tenhessi, es mi nombre.

Obligado a solar una maleta (que estaba alivianada mediante un simple encantamiento) tuvo que estrechar la curtida y callosa mano de Julius.

— Severus Snape.

Julius, dando tumbos se fue donde unas jovencitas bailaban al son de la melodía, vistiendo con faldas de plumas, muy exhibicionistas.

Adentro el ambiente estaba muy fresco y silencioso. Todavía no llegaban tantos turistas, pero para él era buen presagio, menos aglomeración, más tranquilidad. Había por lo menos cien mesas con cuatro sillas cada una.

Se aproximó a la recepcionista. No tenía ninguna pizca japonesa, su cabello era abundante y castaño oscuro, su piel blanca y sus ojos muy grandes. Tenía aspecto de loca.

—Ejem — carraspeó Severus, había aprendido el ejemplo de llamar la atención de la ex profesora Umbridge.

La mujer lo miró, y su semblante de aburrimiento cambió a una expresiva sonrisa.

— ¡Al fin un cliente! Hemos comenzado verdaderamente mal. Sin embargo, peor es nada. ¿Qué desea?

—Vengo a entregar esto —contestó el de profundos ojos negros blandiendo un pequeño trozo de pergamino.

—A ver… ah, sí, un vale, el dinero ya debe haber sido depositado— dijo recibiendo el papelito — ¿su nombre?

—Severus Snape.

La señora había estado a punto de mojar la pluma en el tintero, pero torpemente lo derramó sobre todo el documento.

— ¡Diablos…! ¡Evanesco! —la tinta vertida en la hoja se esfumó al instante.

La mujer sonrió tímidamente a Severus y anotó temblorosa el nombre. Se había puesto pálida como la leche.

—Se siente bien, ¿no? — indagó Severus, rogando por no tener que hacer ningún tipo de atención.

—Sí… sí, listo, firme ahí, eso, cualquier cosa llame a Donna Keith.

— ¿Usted?

—Sí, cualquier problema… estoy todo el día, tome su llave. Disfrute —todo eso lo dijo como una autómata.

Severus fue a dejar sus cosas a la habitación sesenta y siete, estaba casi al último de los pisos.El dormitorio era amplio y con un baño, no muy elegante, pero cómodo. Guardó ordenadamente — y con cierto escrúpulo — la ropa y sus brebajes en el roído cajón. La cama era de dos plazas y muy antigua. El catre sonaba cada vez que uno se movía. *"Supongo que tendré dulces sueños"*pensó con ironía.

Bajó a almorzar, las tripas le rugían del hambre. Cuando llegó a la entrada Julius nuevamente estaba coqueteando con dos meseras que reían tontamente, y cuando divisó a Severus, lo llamó.

— ¡Eh, Severus! Ven a comer aquí conmigo y conversemos un rato.

Bufó e hizo una despectiva mueca, pero aceptó la invitación. ¿Qué sacaba con hacerse un enemigo? Se suponía que eran vacaciones. Y, era irónico: había huido de Hogwarts por la supuesta presencia de gente ajena, y llegaba a un lugar peor.

—Bien Severus, ¿de…? ¡Vaya, Donna! Habías dicho la otra vez que nunca más me ibas a atender.

La misma mujer que había recibido el vale de Severus se había aproximado a ellos con un vistoso vestido azul muy acorde a la moda incandescente de la Isla y con una libreta en las manos.

—Lo dije en broma — aseguró ella, apartándose el cabello de la cara —, además eres el jefe y debo atenderte, no me gustaría ser despedida.

—Esa es mi chica — comentó risueñamente, Julius. En el momento en que dejó de mirar a la mujer, ésta puso los ojos en blanco.

— ¿Y bien, qué desean? — preguntó más segura, había dejado atrás todo el nerviosismo que tuvo casi hace media hora.

—Zumo de calabaza —contestó Severus al instante — y el plato del día, lo que sea… en fin.

— ¿Zumo de calabaza? ¿Sólo eso? Donna, trae un par de botellas de jerez.

— Lo siento, si el cliente no quiere, no lo obligues — dijo ella y se fue detrás de la barra, nuevamente al puesto de cajera. Envió flotando la boleta con los pedidos.

— Y bueno, ¿por qué estás en esta isla tan paradisíaca?

—Vine de vacaciones — "o, mejor dicho, me las consignaron".

—Realmente lo pasarás bien, no te arrepentirás de nada, las mujeres son bellísimas, pero no te fijes en la única inglesa que hay en el negocio (mi Donna) — cuando dijo lo último, su tono se tornó algo amenazador.

—No te preocupes, no me interesa.

—De todas maneras, no te puedo reprochar nada si la miras, hace años que llevo pidiéndole que sea mi novia, y aún ella con treinta y siete años ni me ha mirado.

Cortaron el tema porque nuevamente había llegado la susodicha a entregar una bandeja con humeantes platos.

—Mariscos con salsa de Yorkshire… son deliciosos.

— ¡Qué buen plato del día! Te gustará Severus, pruébalo.

Después de todo, la comida no estuvo mala. Sí eran algo fuerte los sabores, y la conversación se había tornado molesta, a cada rato Julius sacaba a la ronda a Donna Keith.

—Solo me gana por cinco años, y aún así se niega, aunque sé que le importo, aunque diga que no me quiere ni un poquito.

— Qué cursilería…

— ¿Qué dijiste?

—Qué triste tu vida.

—Sí, muy triste. La verdad, no sé que hacer, eres un buen amigo, gracias por los consejos.

El hombre estaba demasiado ebrio, Severus en ningún momento le había dicho algo, lo único que había hecho era mover la cabeza de arriba hacia abajo.

Terminaron de comer en silencio. Julius cayó dormido después de mover por última vez el tenedor.

Donna se acercó rápidamente a desaparecer los platos.

—Discúlpalo — dijo algo afligida —supongo que te aburrió con sus estúpidas conversaciones.

Severus asintió, otra vez le harían perder su tiempo.

—Todas las tardes hace lo mismo, se emborracha mucho más y se duerme en la mesa… realmente es una molestia, pero cuantas veces le he tratado convencer de que yo como jefa sería mucho mejor, pero aunque esté bajo el efecto del alcohol, me dice que no.

—Bien, qué pena, lo siento mucho por los dos, debo ir a hacer algo. Gracias por la comida.

No supo por qué zanjó a Donna Keith de esa manera, pero no tenía ganas de conversar. Después de haber escapado de allí, no le quedó otra que ir a la playa y pasar el resto de la tarde ahí.

Cuando decidió retornar eran cerca de las ocho de la noche y nuevamente se estaba volviendo famélico. Julius había despertado de su sueño y estaba cantando a todo volumen una canción para Donna. Ella estaba muy avergonzada limpiando los vasos con la varita. Apuntaba a uno, luego a otro, y así, sin mirar a nadie, menos al cantor.

Severus no pudo evitar ir a burlarse de ella.

—Parece que no te deja en paz,qué lástima.

—Sí… —respondió ella sin levantar la mirada ni darse cuenta de la ironía del que estaba con su atuendo totalmente negro.

—Pues deberías escapar —le propuso Sev con el mismo tono de voz.

—Sí, buena idea, y tú acompáñame, por favor. Salgamos por la puerta trasera, aprovechando que está contando uno de sus aburridos chistes…

No era esa la verdadera intención de Severus, pero ella lo había tomado del brazo y se lo llevó lo antes posible. Con la rapidez que salieron de allí, Sev alcanzó a distinguir gente muy rechoncha que estaba cocinando, haciendo florituras con la varita mágica aquí y allá. Cebollas pasaron por encima de sus cabezas a toda velocidad.

—Bien… —suspiró Donna apoyándose en una palmera a la luz de las estrellas cuando estaban casi a veinte metros del recinto.

—Mmmh…

—Tardará un rato en darse cuenta. Y nadie me extrañará porque mi labor de estar secando los vasos no estaba siendo muy importante en ese momento.

—Sí.

El único hombre que estaba ahí, no sabía qué contestar. Hace mucho tiempo que no trataba directamente con una mujer, y no era que no le agradara estar acompañado, pero el ya estaba amoldado a la soledad.

—Sé que te gusta estar solo —comentó Donna como si le hubiese leído el pensamiento —, lo sé, se te nota en la cara. Pero, conversemos un rato, no puedes ser tan malo —agregó, con seguridad.

Severus asintió nuevamente, tenía poca inspiración para dirigir la palabra.

—Veo que no te convenzo…

—No.

—La próxima semana comenzaremos con las fiestas nocturnas (son tres a la semana) para atraer clientes, ganamos premios y todo eso. Será para gente de la Isla y para los que hablen nuestro idioma. ¿Participarás?

—Mira… Keith — dijo con firmeza, intentando de dejar la frialdad a un lado —, no me gustan las fiestas, esa es la verdad, así que no iré. Lo siento.

—Ooh… pero vamos, anda, será divertido, no es necesario que bailes o que converses, solo es estar presente… ¡Hazlo por la clientela!

—No, es que tu no me conoces y me pongo muy idiota si me obligan a hacer algo —declaró mostrando su varita.

—No me amenaces, entiendo lo que dices.

Donna transformó su cara a una profunda tristeza. Severus por una extraña razón sintió… ¿compasión?

—Está bien, iré… como quieras, pero por la clientela.

— ¡Claro!

—Creo que tengo hambre.

—Ven, te serviré algo.

Al siguiente día se despertó muy temprano. Creía que el local de la comida no estaría tan temprano abierto, pero se equivocaba. Había bajado a comprobar y Julius estaba rigiendo a lengua batiente a los empleados para que prepararan el desayuno.

— ¡Buenos días, Severus! — saludó con entusiasmo el moreno.

—Buenos días… veo que ahora recién tienes bastante trabajo.

—Es que llegaron los camiones con la comida, y es cansador estar dirigiendo, haces mucha fuerza mental para darte cuenta quien está trabajando y quien no.

—Por supuesto… una labor demasiado pesada para ti…

Diciendo esto con toda molestia, se dirigió a la barra a pedir el desayuno. Lo atendió esta vez una mujer auténtica de la isla.

—El desayuno, de inmediato — dijo con voz gangosa.

Cinco minutos más tarde, la misma chica le llevaba la bandeja con un par de tostadas y una taza de té.

—Gracias.

¡Paf!

Donna Keith entró violentamente con unas cajas en los brazos, con aspecto ceñudo. Julius la seguía rápidamente, con su cara de perro faldero.

—Oh, vamos, fue una simple broma…

—No me interesa. Puedo hacer cosas sin que me las digan, gracias, ¡y déjame!

Peleas ininteligibles como éstas ocurrieron durante el primer mes de vacaciones, pero no podía negar que lo estaba pasando, desde hace mucho tiempo, muy bien. Había logrado ser menos reacio con Keith, pero a Julius no lo podía digerir, era un sujeto muy cargante y realmente impertinente. Pero, de corazón, agradecía a Albus Dumbledore en haberle regalado esas vacaciones. ¿Y si hubiese rechazado la idea? Se habría quedado encerrado en su lúgubre despacho, soportando el frío olor a humedad, sumergido en la lectura de grandes volúmenes, renovando sus pociones, aguantando las inacabables peleas de Peeves y el viejo celador, Filch, con un bullicio indeseado…

Y el agua era deliciosa. Furtivamente, cerca de las tres de la mañana había ido a bañarse al templado mar, a esa hora todos estaban durmiendo y en realidad era muy difícil que alguien lo divisara en medio del espesor de la oscuridad.

Y como Donna Keith le había dicho, las fiestas habían dado comienzo hace tres semanas atrás. Ella se había puesto muy contenta de que haya asistido a la fiesta semanal, y eso le hacía sentirse como una buena persona, pero no lo disfrutaba para nada. Se la pasaba sentado en un rincón evitando las indiscreciones de Julius y sus estúpidas indirectas de que "a ti te hace falta una mujer, eso es, una mujer, de estas morenazas y candentes". Sin embargo, no pudo aguantar este mismo día miércoles.

—Lo que pasa es que yo creo que no le gustan las mujeres a mi amigo, el pálido de pelo negro. ¿No Severus? Es que eres realmente extraño… —comentaba a uno de sus conocidos.

No aguantó más y se fue a la cocina, donde estaba trabajando Donna, en ese momento estaba pelando unas cuantas papas con ayuda de magia.

—Sé que no debo estar aquí, y debo ponerme todo ese atuendo de cocinero, pero no soporto a Julius. Se ha puesto muy estúpido e indecente, ¿sabes?

Donna rió.

— ¿Qué es gracioso? —indagó, enojado.

—Bueno, es que quizá que te dijo…

—Insinuó que no me gustaban las mujeres.

—Eso nadie lo sabe.

—¿Te vas a poner tonta tú tam..?

—Vaya, vaya, mi querida prima — interrumpió una voz femenina, cercana a la puerta. Varios de los cocineros se dieron vuelta a ver.

—Oh… ¡por las barbas de Merlín! ¿Qué quieres, Annelisse? ¿Vienes otra vez a molestar? Oh, seguramente vienes a ofrecerme a tu manga de elfos domésticos. Ya te dije la otra vez que NO ACEPTO. Y a Julius tampoco le gusta la esclavitud.

Severus, algo consternado miró a la persona que había aparecido. Era una mujer mayor, no muy alta, pero muy elegante, pero con un leve aspecto grosero en los ojos.

— ¿Es así como tratas a un cliente? —rezongó la mujer con desprecio —, ¿Un nuevo esclavo? ¿Quién eres tú? —indagó con pesadumbre mirando a Sev.

Él la miró desconcertado ¿quién se creía para hablarle así?

—Con todo respeto, a usted no le importa en absoluto.

—Ah… veo que entonces por fin conseguiste un pretendiente, Donnita, o mejor dicho…

—Cállate y vete — interrumpió la otra poniéndose nuevamente pálida.

—Buen hombre, lamento que haya conocido a esta lunática… no es necesario que la tome en cuenta.

—Vete, Annelisse, antes que te mate.

—En fin, le aconsejo que…

—Mire, señora, usted no es absolutamente nadie para darme consejos. Sé cuidarme bien, y antes ya he tratado con lunáticos. No se moleste en nada.

—Disculpe, señor, no fue mi intención… ¿cuál es su nombre? Creo que debemos ser formales.

—Severus Snape, ahora, váyase.

La llamada Annelisse abrió considerablemente los ojos.

— ¿Severus Snape? ¿En serio? ¿Te acuerdas de mí? — dijo abandonando todo su tono de elegancia — ¡Soy Annelisse Wiegratz! Nos conocimos cuando éramos pequeños en el campamento del Mount Zares…

A toda velocidad el cerebro se puso a funcionar, y una imagen llegó a su mente: "su primer beso". Se quedó mirándola espantado. Tantos años habían pasado… ni lo recordaba, casi…

— ¡Pero cómo el destino nos une! Vamos — dijo agarrándolo del brazo y llevándoselo al genterío.

Obligadamente se tuvo que sentar en una de las mesas vacías.

—Divino... mira, esos dos muchachos de allá son mis hijos —señaló a dos jovencitos que estaban bailando con sus respectivas parejas —, Gloriade diecisiete y Apolo de doce —hizo una pausa, y con mayor énfasis dijo —Soy divorciada.

—Qué pena.

—No lo sientas, Severus, en realidad es maravilloso… puedes disfrutar sin que te controlen…pero a ver, ¿Y tú, estás casado?

—No. No me interesa el matrimonio.

Severus Snape tenía muy claro que cuando era joven le había agradado mucho Annelisse, pero el estar investigando vidas privadas, le estaba haciendo enfadar.

—No creo que no te interese, yo daría cualquier cosa con volverme a casar… aunque fuera menor que yo… ¿Te gustaría casarte con alguien unos cuantos años, mayor que tú?

—Ya te dije, Annelisse que no me interesa. No me agrada la conversación.

—Bueno, comprendo, ¿Qué te parece si vamos a bailar como aquella… vez?

¿Qué demonios? Esa mujer se le estaba insinuando.

—No, tengo que hacer cosas. Nos vemos.

Y sin pensarlo dos veces subió a su habitación. No pudo dormir hasta pasado las horas. El bullicio no era la razón (hizo el encantamiento Muffliato, así el ruido no penetraría por la puerta), sino que los vagos y lejanos recuerdos que tenía del campamento de esa vez. Cuando Lucius y él tenían el legajo limpio. Cuando ninguno de los pensaba que podrían ser enviados a Azkaban, esa mugrosa prisión de magos, por futuros delitos.

—Hola.

— ¿Desayuno? Espera. Toma.

—Este… ¿te sucede algo?

—Nada de importancia.

—Es por lo de Annelisse, ¿no?

—Tal vez.

—No te pediré disculpas. Yo no pido disculpas, y no hice nada malo.

— ¿Y quién te lo ha preguntado, Snape? No me interesa lo que tú hagas con Annelisse, sí me interesa que esa vaca bruta me haga la vida imposible.

Severus se aproximó a la mujer.

—¿Y por qué, si se puede saber, se odian tanto?

—Veo que igual te gusta entrometerte en las cosas de los demás. Bien, yo no la odiaba —explicó Donna dejando la fuente del desayuno a un lado —, ella comenzó con todo eso.

— ¿Por qué te odia?

—Porque yo soy sangre sucia.

—Ah…

—Pero supongo que tú no eres uno de esos monigotes que se anda burlando de la estirpe de los magos. ¿Te molesta?

—No… antes sí, cuando era pequeño —mintió, aun le desagradaba la gente no mágica en su totalidad —, pero ahora no.

—Qué bien. Vete a desayunar. Ojalá que esa idiota no pase aquí más de una semana…

Severus pensó que Keith era la única que perdía simpatía con las personas, en este caso su prima, Annelisse, incluso creyó que podría aguantar las borracheras de Julius y sus bromas, pero fue así hasta esa misma noche, nuevamente habría fiesta (era recién el segundo día de esa semana), que nuevamente se presentó a la celebración para no desilusionar a Donna…

Las puertas se abrieron de par en par, dejando entrar a una aglomeración tremenda de magos turistas, a las nueve en punto. La música tomó ese aire nocturno con la suave música tropical, nada agradable para sus oídos.Sus profundos ojos negros pasaban de un lado a otro, viendo como la gente se movía alegremente. Quería ir a dormir, se sentía agotado, nunca, tantas veces en un mes había asistido a tantas jaranas.

—Vamos a bailar, ¡una amiga me reemplazó en el puesto!

Donna Keith había aparecido con un traje normal, no con esas batas y gorros blancos.

—Yo no bailo.

—No te voy a obligar a que me abraces o bailes una canción romántica.

—Aún así no —contestó Severus simplemente. ¡Quería estar en paz! Eran sus preciadas vacaciones…

—Lo siento, vamos —Keith, con una fuerza impresionante lo arrastró hasta la pista de baile, trazada por los mismos magos.

Severus no se atrevió a rebatirle más, pero no se movió. Ella, sin embargo comenzó a moverse con bastante gracia, y de vez en cuando empujándolo, para que aunque fuera, diera un paso.

—Eres muy aburrido, vamos muévete.

Como dominado por una fuerza superior, meneó un poco los pies.

De un momento a otro las luces bajaron su potencia, pero la música siguió totalmente su ritmo alocado y movedizo.

—¡Ahora te puedes mover con tranquilidad, Severus, nadie te ve!

—No es vergüenza —contestó con frialdad —si es lo que crees, simplemente no me gusta bailar.

Donna le tomo una mano, y por lo que Severus dedujo, estaba dando vueltas como trompo, pasando por debajo de su brazo.

—Deberías intentar esto, es muy entretenido.

Las luces volvieron, pero con una grata sorpresa: una mesa voló sobre ellos, rozando las cortinas del cabello negro de Severus. Se desprendió de la mano de Donna. Las luces bajaron nuevamente.

— ¡MALDITO! —gritó una voz conocida al lado del. No veía nada por la poca luz que había, pero podía sentir que un par de manos lo agarraron por los hombros y lo zarandearon con ímpetu.

Sintió dolor. Un fuerte puño le había golpeado el la nariz, dejándolo algo adormecido.

—¡Te lo advertí!

Las luces se prendieron otra vez, pero la música cesó por tales rugidos que estaba dando Julius.

Severus atinó a sentarse y colocarse ambas manos en la nariz. Hace mucho tiempo que no recibía un golpe como ese.

—¡Cómo se te ocurre darle la mano a Donna! ¡Creí que éramos amigos!

Severus intentó decir que no eran amigos, pero no pudo formular ninguna frase, Julius atacó de nuevo.

Otra vez dolor, pero esta vez en el estómago. Y luego… vidrios cayeron en su ropa. Logró divisar a Donna que estaba de piedra,y a otra gente que se movía desesperada. Y de pronto, oscuridad.

Severus Snape no supo cuanto tiempo estuvo inconsciente, pero cuando despertó, viendo algo borroso, sus dolores habían desaparecido y su ganchuda nariz había dejado de sangrar. Sin embargo, donde estaba tendido, era muy incómodo. Palpó con su mano, aún seguía en el piso, pero veía solo un par de cabezas por encima de él.

De la lejanía llegó la voz de Donna, que nuevamente discutía acaloradamente con Julius.

— ¡Él nunca fue tu amigo! Y, entiende que yo contigo no quiero nada. Mira como dejaste al pobre, ¡sólo porque le tomé la mamo!

— ¡Cállate, víbora!

— ¿Víbora? ¡Já! Y tú, mírate, maldito, cerdo, borracho… Eres un asco…

Severus se sintió muy bien al oír esas palabras, eran las que justo quería decirle él a ese estúpido, y tal vez acompañado con una maldición.

—Ni siquiera lo atacaste con la varita, Julius —insistía Donna Keith, furiosa.

—No se lo merecía, por traicionero. Un mago que traiciona un mago no merece ser atacado con varita.

—Eres un idiota Julius. ¿Sabes? Tuve la esperanza de que me despidieras, pero ahora yo RENUNCIO.

— ¿Donna? Donnita, no, por favor…

¡Paff!

— Vete a coquetear con tus modelitos. Adiós.

Pasarondiez minutos enteros tratando de analizar todo lo ocurrido. Cuando vio sin ningún tipo de perturbación, se dio cuenta que las dos cabezas que veía eran la de dos brujas sanadoras, seguramente de algún hospital cercano.

—Despertó, señor, está a salvo, puede pararse.

Se puso en pie con algo de dificultad y aún algo mareado. Por las ventanas se divisaba la espesura de la noche, y ya toda la gente se había ido. Solo quedaban los de la barra, ni siquiera Julius estaba. Y Donna no se hallaba en ningún lado, se había ido definitivamente.

Se dirigió a su habitación. Iba a abrir la puerta, pero justo cuando iba poner la mano en el picaporte, Annelisse apareció haciendo un "bum" delante del.

— Te lo dije, Severus… es realmente mala suerte estar juntándose con ella. Es increíble, y realmente triste que te hayas ilusionado con alguien como ella.

—Disculpa, Wiegratz, nada a ti de esto te incumbe. Vete.

—Eres muy malo, sí, deberías cam…

— ¡FUERA! ¿Entiendes esa palabra de tan solo cinco letras?

Qué excelente día. Nuevamente quedaba en vergüenza. ¡Cómo Julius le recordaba a James Potter! Le encantaría maldecirlo, y quizá ver como se retuercen sus gordos huesos bajo esa gruesa capa de pellejo. "Deja de pensar en estupideces" pensó sentándose en su cama "No hagas nada que pueda llamar la atención".

Al día siguiente no bajó a desayunar. Casi no comió. Todas las ganas que había tenido de ir a vengarse de Julius habían desaparecido. No sabía exactamente el motivo de su hosco comportamiento, pero hasta ahí había llegado la diversión.

Cuando estaba oscureciendo, una rojiza lechuza penetró por la ventana y se le posó en las piernas. Era raro que le escribieran allí, ¿quién podría ser? La desplegó.

Severus:

Te debe ser sorprendente que interrumpa tus entretenidas vacaciones con esa gente tan maravillosa, pero ha llegado una tarea muy importante para ti.

Gracias a mis fuentes, he sabido que en la Isla hay un Mortífago. No sé cuan cierto es eso, pero tu ayuda es indispensable, sé que sabes algún método para averiguarlo, porque eso es lo que necesito que hagas. Intenta no poner en riesgo tu vida, pero apenas creas que vaya a suceder algo malo, devuélvete de inmediato. No te arriesgues

Buena suerte.

Albus Dumbledore.

PD: Las bodas han estado de maravillas. Hay gente a la que le falta un poco de amor.

Hizo caso omiso al último comentario del director, pero se puso de inmediato a lo demás. Pensó en una idea rápida para saber si había algún Mortífago en Isla de Pascua. Sería peligroso, pero eficiente… si lo descubrían…

Miró el reloj, iban a ser las ocho. No había visto ninguna cara conocida, pero la verdad era que hace tiempo no veía en masa a todos los actuales partidarios del Señor de las Tinieblas.

Dejó sus maletas preparadas por cualquier cosa, y las puso encima de la cama. Las llaves las colgó en un llavero de la puerta, y salió con sigilo de ahí.

El bar estaba poco concurrido, así que nadie se fijó en él.

"Un bosque" pensó urgido, caminando a paso rápido hacia varias palmeras que se alzaban cincuenta metros más allá. Detrás de estas, había un bosque común y corriente.

Comenzó a sudar, estaba muy nervioso.Empuñó su varita hacia el cielo.

"Debo hacerlo, estoy al servicio de Dumbledore, desde un principio me dijo que correría riesgos. Y si hago cualquier paso en falso, moriré. Por algo hice ese Juramento Irrompible con él"

— ¡MORSMORDRE!

De la punta de la varita surgió un hilo de color verde que ascendió en un segundo hasta las alturas del bosque. El hilillo se expandió y dio forma a una colosal calavera con una serpiente saliendo de su boca. La dejó flotando en el aire solo cinco segundos y luego la desapareció.

No hubo gritos, quizá nadie se había percatado de la presencia verde del dibujo hace segundos atrás trazado en el cielo, pero unos pasos resonaron en las ramas caídas, se aproximaron donde estaba.

—Estoy seguro de haber visto la marca aquí, Annelisse.

—Imposible, Julius. Fue tu imaginación, sino, todos estarían gritando.

Severus se asustó y salió corriendo entre los árboles, tratando de no ser visto "Iré a Azkaban".

Lo único que pudo escuchar fue un "¡Hay alguien!" provenido de Julius.

— ¡Accio, maletas! — pronunció con dificultad cuando ya estuvo en el límite del bosque. Casi en cinco segundos el equipaje llegó a sus manos. "Debo salir de la isla ahora mismo" pensó, asustado. Su respiración estaba agitada. Partió rápidamente al embarcadero con el corazón en la mano, imaginándose qué tal sería estar en Azkaban, aunque sabía que los dementores ya no estaban custodiando las celdas, pero sólo pensar que tendría que estar encerrado, apartado del mundo… no podría soportarlo.