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Historia 24978 — capítulo 9

CAPÍTULO 9: UN LICÁNTROPO EN HOGWARTS

Llegando al despacho de la profesora, se sentó en su escritorio entrelazando las manos y apoyando los codos encima de unos pergaminos. Los miró casi con odio. La furia podía hacerse casi palpable.

— ¡No puedo creerlo! — vociferó indignada con la voz entrecortada — ¡No puedo creer que dos alumnos se hayan tratado con tal salvajismo! ¡Esto no es ni siquiera una pelea entre animales!

Los dos chicos estaban a una considerable distancia entre ellos, pero con las manos tomadas detrás de ellos y temblando. Severus tiritaba por la rabia de no haber podido continuar golpeando a su enemigo, y también porque la profesora le estaba haciendo perder el tiempo, y por el temor; McGonagall era un monstruo en ése instante.

— Ambos estarán castigados por tres semanas — Severus y James miraron con cara de perro herido a la señora — ¡Si, tres semanas, escucharon bien!

"Yo tenía, a pesar de que sabía que había una cierta rivalidad entre ustedes dos, una buena visión de ambos. Usted señor Snape, pensé que era alguien pacífico, algo lúgubre, sí, pero pacífico, y tú, Potter, sé que eres inquieto, ¡pero nunca para tanto!, Se me han caído del altar — dijo con énfasis —. Ahora, señor Snape, tendrá que ayudar durante las tres semanas al señor Filch a limpiar el vestíbulo, todas las tardes, directo después de clases, mientras tanto, Potter, no tendrás las prácticas semanales de Quidditch.

James Potter dio un aullido de dolor, eso era lo que más temía en realidad, pero McGonagall continuó.

— Y, eso quiere decir que tienes solo diez minutos para ir a buscar todo el material que necesites para hacer tus deberes, y te quedarás en tu sala común hasta la hora de la cena. Ah, y por supuesto, el castigo para los dos incluye el fin de semana. Sin reclamos, ahora, váyanse, ¡y pobre que los encuentre en otra pelea, porque serán expulsados de Hogwarts!

Cada muchacho salió por su lado, pero cuando se aseguraron de que nadie podía oírlos, dijeron al unísono:

— Esto no se queda así.

Sev se fue a la sala común, y ahí lo esperaban Ray, Nathaniel, Skandar y Álvaro, que obviamente estaban hablando de él.

— ¿Qué pasó, Sev? — preguntó Skandar emocionado.

— Pues... — balbuceó Severus — La vieja esa me ha castigado a mí y al otro idiota por tres semanitas ¿qué les parece? — dijo con ironía.

— ¡Oh, no! — exclamó Ray con compasión — ¿Y qué "tendrrás" que "hacerr"?

— El castigo no es tan grave, tengo que ayudar a Filch a limpiar el vestíbulo todas las tardes, después de clases, pero cuentan los fines de semana, lo que quiere decir que voy a perder mi valioso tiempo ayudando a ese ridículo enemigo del poltergeist... No podré leer los libros que me gustan... — dijo en tono soñador pensando en sus exquisitos libros de Artes Oscuras.

— "Crreo" que ése Filch es un Squib— sentenció Nathaniel como si eso zanjara el asunto.

— Con razón nunca lo he visto usar la varita — declaró Sev —, sin embargo, será pan comido eso de ayudarlo.

Luego de decir eso, se había arrepentido totalmente; retiraba lo dicho. Al otro día se encontraba, como cumplimiento de su castigo, ayudando al conserje cascarrabias, que pasaba gritando disparates a los alumnos si pisaban la alfombra con barro, o si corrían por los pasillos. Y las siguientes dos semanas fueron iguales de molestas, y peor: Peeves era una verdadera carga, su pasatiempo favorito era hacerles bromas pesadas a los estudiantes, y hacer sufrir a Filch que cada cinco minutos salía corriendo tras él para pillarlo y acusarlo al director del colegio.

— ¡Tú quédate aquí! — voceaba a Sev cuando salía echo una furia en busca del poltergeist.

Y, en realidad, era bastante cansador, porque Filch, como desquite le dijo que todo era sin magia, y por la culpa de eso muchas veces, se quedó fregando las armaduras, las paredes, el suelo, los tapices y alfombras. Se alegró eso sí, porque no había visto a Potter pavoneándose como siempre, aunque en las clases sí, pero él no decía nada. Para ser franco, ese cuarteto estaba bastante extraño últimamente. Se amontonaban en las clases y cuchicheaban entre ellos, como si estuvieran planeando algo malo. Severus se preguntó que sería lo que tramaban... Pero notó que Lupin tomaba muchos apuntes en un pergamino, hacía dibujos y florituras.

Como siempre los meses pasaron rápidamente, el tiempo necesitaba tiempo, estaba apurado, era alucinante que sólo quedaba un mes y medio para salir del colegio. Había sido tan aburrido ese año... no estuvo muy movido como los anteriores, aunque debía aceptar que había algo que lo inquietaba, y era absurdo, y totalmente vergonzoso para admitirlo. Era... una chica. Florence MacDougall, una niña de Ravenclaw, hermosa, de piel blanca y frágil, y cabello negro, sedoso. Cada vez que la veía era inevitable ponerse nervioso, le ardía la cara cuando ella pasaba por al lado del meneando su cabellera, o cuando se daba cuenta que él la miraba, ella le dirigía una mirada dura, pero aún así, le gustaba.

*"Bueno, bueno, este no es momento para pensar eso ahora..."*pensó enojado cuando estaba en a biblioteca leyendo "Moste Potente Potions" que ya se lo había leído cuando pequeño, pero no lograba recordar muchas cosas.

Y en ese mismo momento entraba la niña a la biblioteca.

*"Ay, no otra vez..."*se quejó su conciencia. Se vio obligado a esconderse tras el libro. Trató de leer, pero el saber que no estaba muy lejos le revolvía el estómago.

Disimuladamente echó un vistazo y casi se cae de espalda ¡iba directo hacia él! Miró de nuevo el libro.Segundos más tarde una mano se posó en su hombro.

— Disculpa... ¿me prestas ése libro?

Severus dirigió su mirada lentamente a la fuente de voz: Florence estaba parada al lado de él mirándolo con sus ojos castaños.

— Ah... eh... si, llévatelo si quieres... — se sintió totalmente estúpido al escucharse a sí mismo.

— Gracias, te lo devuelvo en cinco minutos — dijo ella sonriendo.

— No... de todas maneras yo ya me iba, adiós — se paró con dificultad por el nerviosismo, le dirigió una desabrida sonrisa y se fue de allí.

Yeso no era lo más interesante que le había pasado hasta ése momento, en los exámenes finales le estaba yendo muy bien, como de costumbre. Estaba orgulloso de ello, y el profesor Mason también, le daba muchas felicitaciones. No obstante, los alumnos mayores que él, de Slytherin, estaban más cercanos a él, trabando más "amistades". Narcisa y Bellatrix también estaban más apegadas a él, pasaban horas y horas preguntándole maldiciones, más aún Bella, que tenía unos pensamientos bastante diabólicos.

— Me gustaría usar alguna maldición contra mi querido primo Sirius — reveló satisfecha.

Rodolphus Lestrange y su hermano Rabastan eran unos de los que acompañaban a Severus casi todas las tardes para que les contara sobre pociones y maldiciones, iban en sexto año; Avery que estaba en su último año comentaba acerca de torturas y matanzas que fascinaban a todos, Mulciber solía contar leyendas, mitos o historias sobre los mestizoso que había escuchado muchas profecías de que un día un rey de iba a alzar de las "tinieblas" y que iba a poner orden en el mundo mágico dejando solo a los de sangre pura.

En el último partido de Quidditch — Slytherin contra Ravenclaw — pudieron ganar por trescientos a ciento setenta, pero como siempre los Gryffindor se llevaron la Copa de Quidditch, y una vez más recibió molestias de los cuatro chiflados, aunque, por suerte no dio como para que se formara otra pelea como la otra vez, y esos todavía andaban en malos pasos, estaban completamente ausentados de los lugares que se habitaban más en Hogwarts, y muchas veces Severus los vio salir de las partes más insólitas.

— Bueno, es que así nadie se dará cuenta...

— Sirius, es mala idea...

El muchacho de pelo negro se encontraba sentado justo atrás de los cuatro muchachos que cuchicheaban emocionados. Dejó de poner atención a la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras y se dedicó a oír lo que conversaban los otros.

— Pero si es fácil, presionar el nudo de la rama del Sauce Boxeador...

— Sirius, quédate callado, nos pueden escuchar, después hablamos de eso...

— Todos ponen atención, nadie nos va a escuchar...

— Después te digo...

— Eres un aguafiestas, James...

Severus frunció el entrecejo, ¿qué había con el Sauce Boxeador? "Voy a seguirlos" pensó entusiasmado "Voy a seguirlos y delatar sus maldades". Por un breve instante se imaginóa Potter, Black, Lupin y Pettigrew siendo expulsados de Hogwarts por la profesora McGonagall y Dumbledore, quedando en vergüenza ante todo el colegio, y él siendo felicitado por los maestros, recibiendo honores...

— Bueno alumnos, eso es todo por hoy.

El profesor Hemingway acababa de poner fin a la clase haciendo desaparecer las letras de tiza de la pizarra. Los estudiantes se pararon con frenesí para ir a almorzar, a todos les sonaba las tripas. Severus miró con desprecio a sus enemigos que cogían sus libros y se ponían las mochilas en la espalda. Él también tomó sus cosas y estaba a punto de irse cuando se percató de algo: a Black se le había caído un trozo de pergamino de uno de los libros. Con precaución lo recogió y lo leyó.

¿12: 30 de la noche entonces?

Sí Sirius, ¡¡maldita sea!!

OK, no te enojes.

Esa nota era sospechosa y, obviamente, el primer párrafo era de Black, el segundo de Potter y el tercero de Black nuevamente. Estaba decidido: los seguiría. Cualquier cosa haría para que estos ineptos terminaran siendo expulsados.

Salió del aula y se fue a almorzar embargado de felicidad, primera vez que se podría vengar de verdad de esos malditos infelices que odiaba con toda su alma...

Cuando llegó al gran comedor sintió un exquisito olor a pollo lo que le abrió aún más el apetito. Se sentó con el grupo alcual concurría más ahora (Regulus, Narcisa, Ray, etc) y siguieron conversando sobre los temas que concordaban totalmente, o sea: la purificación de sangre yArtes Tenebrosas.

— Yo digo que deberían sacrificar a los mestizos, es lo mejor para dejar la verdadera raza mágica que va de mal en peor — dijo con total madurez Avery.

Luego de cenar en el gran salón fue a hacer sus deberes, y por supuesto, a prepararse para ir a la siga de esos cuatro detestados enemigos, aunque más era Potter, ése era su blanco, Black tal vez, pero Potter, el maldito Potter, el venerado por los profesores, no podía seguir permitiendo eso, tenía que poner fin a su enemigo, con que lo expulsaran sería feliz toda su vida.

Partió por la tarea de Cuidado de Criaturas Mágicas "Describa a un Moke macho, tanto físicamente y en comportamiento".

Escribió 20 centímetros con una letra pequeñísima. Se asombró de sí mismo del tanto saber que tenía. De esa actividad continuó con la de Pociones, luego con la de Runas Antiguas, y así sucesivamente, hasta que dieron las nueve cincuenta y tres. Ninguno de sus otros compañeros habían hecho sus deberes porque el día siguiente sería sábado, pero a él no le importaba: prefería ser responsable con sus cosas y liberarse lo más pronto de los deberes.

Subió las escaleras de piedra hasta el cuarto de varones del tercer año. Ninguno estaba durmiendo, incluso estaban conversando lo más bien. Severus se puso el pijama y se acostó, pero no participó en la aburrida tertulia de los búlgaros. En vez de aquello se puso a leer un libro de "Tortura a Muggles yMestizos en 1753" para "relajar tensiones" antes de cumplir su plan.

— Ya es muy "tarrde" —dijo Skandar cuando eran las 11:30 de la noche.

— Sí, tienes "rrazón", mañana tengo que" prracticar" Quidditch, aunque ya terminamos los partidos, pero "Krripta quierre" más "perrfección" — dijo Nathaniel dándose aire de superioridad.

"Idiota — pensó Severus mirándolo con exasperación ­— ¿y a quién le interesa lo que tengas que hacer tú, maldito engreído?".

Nathaniel no notó el mensaje que contenía la mirada de Severus, y nadie dijo nada por el comentario de él, por eso todos apagaron las velas y se durmieron. Pero alguien no se iba a dormir ahora, tenía algo que hacer.

Severus esperó a que dieran las doce para marcharse. Se colocó la túnica arriba y las zapatillas. Salió con sigilo de allí, sin despertar a sus compañeros, que como de costumbre estaban roncando. Se fue por la oscura mazmorra, subió la escalera que conducía al vestíbulo y se escondió detrás de una armadura para esperar a que llegaran los niños estos.

Tuc, Tuc, Tuc.

Se escucharon unos pasos silenciosos pero secos en la escalera. Severus asomó un poco la cabeza y ahí vio tres sombras que bajaban con cuidado.

— Apurémonos... — susurró una de las voces con nerviosismo — si nos pilla esa maldita gata de Filch...

Apuraron el paso las dos figuras más altas y la más pequeña y salieron por la enorme puerta. Severus esperó un minuto y salió también. Los vio caminando hacia el Sauce Boxeador, y vio algo asombroso: el sauce empezó a dar golpes con sus ramas pero al segundo se quedó quieto y desaparecieron por un agujero que se hizo en la parte inferior del tronco. "Es hora" pensó. Corrió hacia el Sauce que de nuevo comenzó a dar sacudidas y por suerte encontró tal nudo y lo apretó. Éste se quedó quieto y se abrió el agujero. Se deslizó por ahí y cayó al duro suelo lleno de polvo. Se levantó y caminó durante diez minutos, más o menos, por un pasillo ascendente lleno de telas de arañas, con la varita prendida para iluminar. Escuchó nuevamentelas voces, las siguió hasta que llegó a un rellano amueblado y ahí estaban los tres muchachos hablando, y lamentablemente se dieron cuenta de la presencia obvia de él.

— Vaya, vaya, si no tenemos a nuestro amigo Quejicus el metenarices que inte...

AAAAAAUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU

Un aullido surgió de la nada. Severus miró a los muchachos y notó algo muy extraño.

Primero que todo no estaba Lupin; segundo, el aullido. Hubo otro más. Quiso también seguir el aullido.

— Mira, Snape... no creo que sea buena idea — dijo asustado Potter

— Déjalo, James — profirió Black enojado.

— ¡Quiero ver que esconden! — gritó Severus amenazador y apuró el paso.

— ¡NO! ¡Snape, ven! ¡QUEJICUS! — Potter no le hizo caso a los comentarios de su amigo y corrió tras Severus.

— ¿A qué juegas Potter? ¿Te da miedo que yo sepa que tienen? — dijo desafiante corriendo hasta la única puerta que había, puso la mano en el picaporte, lo giró y...

¡¡GRAUUUUUUUUUUU!!

Severus se quedó de piedra, helado. No podía creer lo que sus ojos veían: un cuerpo encogido de tamaño mediano, con unas zarpas de garras que te podrían desgarrar por completo y un par de ojos amarillos de mirada asesina y feroz.

El animal abrió el hocico y mostró sus colmillos mucho más anchos y largos que el de los vampiros y miró a Severus.

— ¡AUUUUUU! — volvió a aullar el animalejo, el hombre lobo, el licántropo.

— Snape... — masculló Potter, muy asustado y con una expresión de incredulidad en la cara al estar viendo tal escena. Severus no respondió nada. Estaba más blanco que un papel, y todo ya le parecía ser la muerte, cuando Lupin, ese asqueroso hombre lobo dio un salto y trató de abalanzarse contra él. Pero antes de que le tocara un pelo, un chorro de luz roja le dieron de lleno en el pecho y cayó en seco. Había sido Potter el que había realizado un encantamiento aturdidor al licántropo.

— ¡Vamos! — le gritó Potter a Severus agarrándolo de la túnica, tirando de él hacia atrás y cerrando la puerta de golpe.

Un golpe hueco y un ronco gemido de dolor se hicieron escuchar para dar aviso a que Lupin se había estrellado con la puerta.

Severus volvió en sí. Se giró hacia el niño de lentes redondas que estaba tan pálido como él, sudoroso y con un leve ensimismamiento.

— ¡ERES UN IMBÉCIL, TÚ CON TUS AMIGOTES! — gritó con toda su fuerza cuando volvió en sí — ¡Esto lo sabrá el director, sabrá que me querían matar! ¡Todo el colegio sabrá que ÉL — apuntó la puerta cerrada con un dedo tembloroso — es un hombre lobo! ¡Y los expulsarán, y a ti, y a Black y a Pettigrew, y a Lupin lo encerrarán!

Hubo una pausa corta pero de respiraciones agitadas. Severus temblaba de la ira, la impotencia, la rabia, todo el odio que sentía hacia sus enemigos, y mucho más hacia Potter que se había hecho el "héroe", se había intensificado. Durante ese lapso aparecieron los otros dos mugrosos, Black sonreía radiante, mientras Pettigrew tiritaba de miedo y nerviosismo.

— ¡Pero qué gritos son estos, Quej...!

— ¡Te dije, Sirius! — vociferó James interrumpiéndolo. Sirius lo miró serio sin dar crédito a que su amigo le gritaba.

— Fue una bromita, nada más — se excusó encogiéndose de hombros y como dando a entender que eso era una disculpa y que zanjaba todo el asunto.

— ¡Una broma! ¡Una bromita sana, Black! ¡Una broma que haría cualquier persona! ¡Una broma que haría cualquier mierdoso sin cerebro que está rodeado de personas que valen mierda, como ustedes!

Desahogó parte de su ira. Miró a los tres con un odio, más del que sentía hacia su padre, el odio más grande que no había sentido nunca antes, más grande que el odio de todas las personas juntas.

Ni siquiera Black se atrevió a rebatir algo.

— Lo sabrá Dumbledore ¡y los EXPULSARÁN!

Se abrió camino empujando a Sirius y a Peter que chocó contra la pared. Salió de ahí lo más rápido posible, maldiciendo, hablando a disparates, palabrotas y garabatos; pateando todo lo que encontraba en su camino. No pudo evitar que una lágrima se deslizara por su mejilla que estaba tan fría como la noche. Pero esa lágrima no era de tristeza, emoción o decepción, o cualquier sentimiento sensato. Es lágrima contenía todo el odio, todo lo podrido que tenía dentro de sí. Analizó cada imagen dentro de la casa del Sauce Boxeador y se dio cuenta en donde había estado: la Casa de los Gritos. Por eso, pensó, habían plantado el saucecito ése. Por eso en la casita embrujada se escuchaban AULLIDOS, por eso era todo.

Entró al pacífico vestíbulo que parecía no haberse enterado nada de lo recién ocurrido y de ninguno de los sentimientos de Severus. Caminó hasta el muro de las mazmorras que conducía a la sala común de Slytherin y murmuró un vago y enojoso "Mort ale Metizé" — "Muerte a los Mestizos" en un idioma sumamente antiguo que utilizaron los magos franceses — y el muro le dio paso al muchacho. La sala estaba tan tranquila, igual al resto del castillo y de las personas que estaban en este. El fuego de la chimenea crepitaba y las llamas expandían su acogedor calor al resto del lugar.

Ya no tenía sueño. Le apestaba la idea de saber que se tenía ir a acostar, y que no se iba a poder dormir de un sopetón porque primero tenía que conciliar el sueño, y con esos espantosos ronquidos de los cuatro búlgaros le sería imposible concentrarse en dormir, así que se sentó en el sillón más cercano al fuego y contempló las llamas que le hacían arder sus profundos ojos negros que parecían túneles sin fin. Apoyó el codo izquierdo en el sillón y su mentón en la mano.

Mañana mismo iría a ver al director para plantearle lo ocurrido, pero primero tenía que buscar la mejor manera de decirlo, y antes que todo necesitaba apoyo moral del profesor Mason, jefe de la casa Slytherin.

Así mismo, en esa cómoda posición ante el ardiente fuego trató de maquinar lo que le diría a Mason y a Dumbledore, despierto, sin dormir ni un poco. Algunos de los planes eran tan inverosímiles, otros más concretos y realizables, otros tan solo eran sueños que durante algunos segundos le hacían sonreír. Ya se imaginaba a McGonagall y a Dumbledore poniendo de patitas en la calle a esos cuatro.

— ¡Severus! Nos has asustamos "porrque" no te vimos en la cama, ¿pasaste toda la noche aquí?

— Sí Ray, ¿algún problema? — preguntó Severus de mal genio.

— No, "clarro" que no...

— Iré a tomar desayuno — interrumpió mirando a sus compañeros que estaban en pijamas.

—"Perro" si aún es "temprrano" — sentenció Nathaniel frunciendo el entrecejo aunque casi no tenía cejas.

— Lo sé, pero tengo que hacer muchas cosas, los veo después.

Dicho esto, dejó plantado al cuarteto y salió de la sala común. En realidad no tenía cosas que hacer, salvo hablar con las personas indicadas en las que había pensado ayer en la noche, o mejor dicho, hoy pero muy temprano, —pero con el profesor Mason hablaría después de clase, le tocaba con él a la quinta hora —. De verdad, no quería compartir con nadie, aunque quizá nunca quiso compartir con nadie. Pensó en Lucius, en sus risueñas y alegres cartas que le enviaba, demostrándole lo cuán feliz estaba en Bulgaria, en cambio él le daba cortas respuestas llenas de frialdad por la inacabable envidia que sentía.

¿Por qué tengo que ser así? — se preguntó mentalmente, malhumorado, mientras se sentaba en la mesa que estaba con las delicias matutinas. Se reprochó. — ¿Para qué pienso en mi "amigo" si me hace daño? ¿DAÑO? ¡Por Dios, me estoy volviendo un maldito sensible llorón, quejoso...! — en ese momento se acordó de Potter y Black diciéndole "Quejicus" y se le derramó un poco de leche, y parte fue por eso, porque en ese mismo momento una linda muchacha pasaba enfrente de la mesa, yendo hacia la de Ravenclaw. Era su Florence, ¡bah!, era simplemente Florence, nada más. — Piensa en tu desayuno — se obligó y probó bocado. Se dio cuenta que estaba muerto de hambre, así que comió más de lo normal.

"El amor..." dijo una voz detrás de su cabeza, y éste le respondió "Maldita conciencia, ¡cállate de una vez!"

Después del desayuno, como le quedaba media hora antes de la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas, fue al baño de la habitación de su sala común, quién sabe porqué, a arreglarse. Se dio un rápido pero completo baño, se peinó, y su cabello quedó igual de liso — ahí se le notó el largo que tenía — pero esa desgraciada grasitud no se le salió para nada, era como una maldición permanente.

Diez minutos antes de la impartición de la clase salió con su mochila al hombro, y tras sus pisadas dejaba una agradable fragancia a perfume de hombre, que cualquier mujer desearía oler.

En el terreno se encontró con los búlgaros que no le tomaron mucho en cuenta. Parecían ofendidos por la rara actitud del chiquillo de irse a tomar desayuno sin ellos, pero no les hizo caso, se sentó y esperó a que el profesor Kettleburn llegara para enseñar.

Llegaron los de Ravenclaw antes que el profesor, y Severus no pudo evitar quedarse observando a la niña morocha de piel blanca, de expresión dura pero hermosa...

— Buenos días — saludó jovial el vital y joven profesor dando un aplauso para que todos colocaran atención, y eso sacó del ensimismamiento al muchachito — hoy día repasaremos un poco de ética del cuidado hacia las criaturas mágicas, también reglas y puntos importantes; decretos y leyes legisladas por el Ministerio de Magia en relación a las criaturas mágicas y a lo que tiene que ver con experimentos como hacer que nazcan nuevas especies, o sea, dándoles el nombre de "híbridos", lo cual está tajantemente prohibido por los muchos problemas que se han causado.

"Una vez una bruja llamada Kony Maguire, fanática de los animales, se le ocurrió cruzar a una paloma — esas aves muggles — y un tritón de Peripets, ¿y saben en lo que se convirtió la cría que nació del huevo de la paloma? Un reptil que crecía cinco centímetros cada dos horas, tenía un pico y unos ojos rasgados, echaba fuego por la boca y también quemaba e incendiaba todo lo que pisaba. Eso le dio muchos problemas a Kony, le destruyeron la varita, a parte de pasar dos horribles días en Azkaban, junto a un dementor.

Muchos dieron respingos y exclamaciones de terror. Severus sabía lo que eran los dementores; había escuchado muchas veces a sus padres hablar de estos, de lo horribles y tétricos que eran, Lucius también le había dicho eso, y que quitaban toda la felicidad a las personas, dejándolas locas por momentos, delirantes. Deseó jamás ir allí porque ya sabría a la perfección lo que le harían recordar esos monstruos putrefactos: muertes, muertes y sufrimientos, y la verdad, es que no eran en absoluto necesario.

Tomó nota de esto y fijó por otro momento la vista en la cabellera negra de MacDougall que brillaba por el sol abrasador.

La clase terminó y pasaron a la de Transformaciones con la severa profesora McGonagall y con los... Gryffindor. Ese día tenían casi puras clases compartidas.

Durante la clase —tenían que convertir una caja musical en un ratón sin cola, y a Severus le resultaba bastante bien excepto porque su animal cantaba una "dulce canción" según Narcisa, pero para él sonaba horrible — miró a esos cuatro que también le devolvían la mirada, pero más bien con temor que con algún sentimiento de odio.

"Tengan miedo de mi plan..., sí..., les queda poco en Hogwarts gracias a su propia medicina... de ésa medicina, las suyas beberán..." pensó Snape mirando a Potter que le devolvía la mirada a través de las gafas y movía la varita para tratar de mejorar a su ratón que tenía una pequeña bailarina giratoria en el lomo.

En la hora de Pociones del profesor Mason les dio a hacer una solución para encoger, como siempre él fue el primero en terminar y en recibir una gran E y una felicitación, y dado el momento aprovechó de decirle al hombre — que escribía en un gran cuaderno de pergamino en donde tenía la lista de los estudiantes de tercer año de Slytherin con sus hojas de vida, etc, una E en donde decía "Severus Snape" — lo que tenía planeado.

— Profesor Mason, ¿me concedería un poco de su tiempo después de la clase?

— Por supuesto, Severus — dijo con una sonrisa amistosa, el hombre.

Luego de que todos guardaron en las botellitas el contenido de los calderos — solución para encoger —, fueron saliendo del aula rápidamente y quedó Severus solo ahí.

— Bueno, acércate, siéntate allí — le indicó el profesor y el chico obedeció —. Cuéntame.

Severus con poca dificultad le contó lo acontecido en la noche anterior, lo de que el túnel conducía a la Casa de los Gritos, y obviamente que Lupin era un licántropo.

El profesor se lo tomó peor de lo que creía. Se puso blanco.

— ¡Odio a los híbridos! — exclamó encolerizado y nervioso — Vamos, muchacho, tenemos que hablar inmediatamente con Albus Dumbledore, me debe y te debe una explicación. ¡Cómo puede permitir eso!

Agarró a Sev por el brazo y lo condujo por unos pisos, por aquí y por allá, pasillos, escaleras, y llegaron al frente de una espantosa gárgola.

— ¡Chicle Superhinchable! — exclamó con frenesí dando un saltito, urgido.

La gárgola se movió dando paso a una escalera en forma de caracol por la cual subieron y llegaron a un cómodo despacho con muchos cuadros de gente que dormía o que charlaba, objetos extraños de plata que hacían ruiditos, y un hombre en el escritorio, de barbas y pelo blanco con algunos mechones rojizos que contrastaban. Albus levantó la mirada y los vio a través de sus gafas de media luna.

— Buenas tardes profesor Kirley, Severus, qué sorpresa, ¿cómo est...?

— ¿Cómo que cómo estamos? ¡Yo estoy decepcionado! — voceó indignado el profesor acercándose al escritorio con paso firme, aun agarrando a Sev por el brazo.— ¡Esto es el colmo! — discutía testarudamente Mason, y escupió todo lo que le había contado Severus.

— Sé comprensivo, Kirley. El muchacho necesitaba un apoyo y yo se lo di. Necesitaba estudiar para salir adelante, y yo le di la posibilidad. Es inofensivo, ¡es un estudiante modelo y lo sabes! No le hace daño a nadie, solo a él mismo y no es adrede. Además el señor Snape no tendría que haber estado a esa hora ahí, no lo culpo por la situación...

— ¿Y qué me dices de esos otros tres de Gryffindor? ¡Ellos lo incitaron a seguirlos! —volvió a interrumpir el otro hombre que ya había soltado hace veinte minutos el brazo de Severus.

— Y yo no he dicho lo contrario, Kirley. Razona, son muchachos de trece años. Seguramente tu también tuviste algún rival que deseaste vencer a tal punto que casi lo odiaste. No niego que Potter y Black sean unos malandras, pero tampoco niego que el señor Severus no tendría que haber estado ahí. A veces hay que pensar las cosas dos veces antes de hacerlas.

— ¡Y tú mismo lo estás diciendo, Albus! Tú no pensaste las cosas dos veces para meter a Hogwarts a ese chico... Lupin.

— Tú no sabes lo que pienso, Kirley. Lo pensé más de dos veces, y te mentiría si te dijera que fueron menos de diez veces lo que pensé la situación. Remus Lupin también es un chico igual a los demás que merece respeto y no ser discriminado por su estado. Él no deseó ser licántropo, ¿sabes eso?

— Ese no es el punto, Albus — dijo Mason más calmado.

— Sí es el punto.

— ¡No lo es! — dijo no tardando en desesperarse otra vez — ¿Y si le hace daño a alguien? ¿Qué dirían los padres de los alumnos de mi casa?

— ¿Y por qué hablas de los de tu casa, como si fuera a atacarlos?

— ¡Es un Gryffindor!

— Sí, ¿pero por qué tendría que atacarlos si va a estar en la casa de los gritos, solo, precisamente en las noche de luna llena? No seas infantil, Kirley. Ya te lo dije, además si quieres que lo saque del colegio, no lo haré. Simplemente, no digas nada a tus alumnos para que no se entusiasmen en ir al Sauce Boxeador y encontrarse con lo que hay, porque no saldrían vivos, y ahí si que los padres de los muchachos te pedirían explicaciones, y a mí también, claro. Y por la otra razón que no quiero que digas nada es porque van a hacerle muchas preguntas embarazosas a Lupin, y va a sufrir mucho de burlas de los demás, así que espero — dijo fijando sus penetrantes ojos azules hacia el silencioso Severus — que tu tampoco digas nada. No digas nada, por favor.

— Entonces — dijo pomposamente Mason — yo renuncio Albus. No pienso seguir aquí con alguien al que le fascinan las bestias peligrosas, no, no. Renuncio, Albus.

— Bueno, pero le pediría que se quedara la próxima semana, ya que es la última y da ahí vienen las vacaciones.

— Pues no lo haré — dijo tajantemente el profesor — ¡Pues quédese sin profesor durante esa semana! ¡Adiós!

Salió altaneramente del despacho de Dumbledore el profesor. Severus se quedó ahí, parado como idiota, pero luego decidió irse también, sin decir nada. Su plan se había ido por la borda. Cuando se dispuso a salir el profesor le habló y se tuvo que girar.

— Por favor — susurró — no digas nada a nadie de lo ocurrido, sobre lo de Lupin. ¿Me lo prometes, Severus?

Severus dudó. Le gustaría que todo el colegio se enterara de eso, perorealmente Dumbledore era su director, y era un hombre sensato.

— Sí, lo prometo.

Salió por la puerta, bajó la escalera circular, salió por el lado de la gárgola y fue a la sala común. Se había perdido la sexta hora que había sido de Historia de la Magia, pero mucho no importaba, esa clase era muy aburrida, Binns pasaba recitando textos que parecían verdaderos monólogos.

La sala común no estaba sola. Estaba Narcisa encorvada en uno de los escritorios, escribiendo algo o leyendo. Severus se acercó por detrás disponiéndose a ver lo que anotaba. Tarareaba la musiquita de la caja musical de la clase de Transformaciones.

Escribía en algo de pergamino rosa. Bueno, multicolor, parecía un diario de vida.

Trató de no respirar y se asomó un poco más, y en ese momento mismo, quiso desaparecer.

Me he sentido últimamente muy rara, pero, ¿qué puedo hacer? Extraño con toda mi alma a Lucius, pero es terrible que el no esté conmigo porque mi corazón y mente se confunden.

Va a ser terrible lo que voy a revelarte, diario, pero... creo que me gusta... pero solo un poco... este... aah!! Bueno, es... Severus...

No supo que pensar, pero sí retroceder. Procuró no tropezarse y llegó hasta el muro, y de ahí hizo como si acabara de entrar.

— Hola Narcisa, tu también estás aquí — dijo con sorna de sorpresa.

Ella se sobresalto y volteó. En una fracción de segundos se puso colorada y dijo un tímido "Sí, hola".

— ¿Qué haces?

— N-nada — dijo y cerró su diario de golpe.

— A, pensé que escribías.

— Bueno, sí — se atrevió a reconocer ella.

— ¿Puedo saber qué?

— No — lo atajó ella, tragando saliva.

— A, bueno, vale, ¿vas a ir a Herbología?

— Sí.

— ¿Vamos? Está por comenzar.

— No, v-ve tú y yo voy solita — rezongó sonrojada.

Severus salió con su bolso en la mano, riendo. Así que le gustaba a Narcisa... eso le subía un poco el ego, de todas maneras no era feo. Si no tuviera siempre esa cara de malas pulgas quizá muchas chiquillas tontitas se fijarían en él.

— Narcisa es hermosa — pensó soñadoramente — y Florence igual. Pero Narcisa es de Lucius, así que, descartada.

Se sorprendió estar pensando en chicas. Se preocupó porque frecuentaba sus pensamientos más en chicas que en los estudios, pero luego en la clase ya se distrajo de todo tipo de esos "vicios" e hizo el trabajo pedido por la profesora Henley.

Durante los últimos días de clase, Narcisa poco fue lo que se dirigió a él. Lo miraba nerviosa, aunque a Sev eso le gustaba. "Se ve más linda" pensaba, pero eso desaparecía cuando pasaba MacDougall.

Bellatrix entablaba más conversación con él, no solamente en los grupos nocturnos cuando conversaban con los más grandes de muggles, sangre sucias, torturas, magos puros, etc, sino que también en las clases. Se preguntó si Bella quizá quería sacarle algo de información, y si es que así era, no lo demostraba porque conversaba más de su primito — a insultos — o también de los temas de todas las noches.

El 30 de junio llegó casi de un día para otro. Las últimas clases, como el profesor Mason había renunciado — y nadie sabía por qué, sólo Severus y el director — tuvieron varias horas libres para descansar lo que fomentó las ganas de salir a vacaciones.

El Expreso de Hogwarts estaba humeando, como siempre, esa linda mañana donde el cielo estaba intensamente azul.

Severus con atrevimiento, cuando subían los equipajes, les dijo a Potter y a sus amigos:

— Esta vez no me resultó lo de su expulsión, pero, para otra vez, ya verán. No me rindo.

— Nosotros tampoco, Quejicus — dijo Potter que ya se le había pasado toda esa benevolencia que tuvo la noche memorable.

Se lanzaron una última mirada de desprecio y cada uno fue por su lado.

Como siempre, Severus se sentó en un vagón solo, pero al momento llegaron los búlgaros a hacerle compañía, y luego quedó otra vez solo. Leyó y aprendió fantásticos hechizos, conjuros, encantamientos y maldiciones, durmió, y otra vez. A la bajada del andén 9 ¾ se hallaba su padre con la misma cara despreciable, esperando a recibir a su odiado hijo, para poder hacerle la vida imposible. Trataría de que este verano la pasara mal ya que en el otro no pudo cumplir su deseo por la culpa de los Malfoy, pero no sabía nada de que otra vez no le resultaría. Además, ¡qué sorpresa esperaba a Sev!