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Historia 25512 — capítulo 1

Capítulo 1. El viaje.

Aquella noche no dormí apenas, unos minutos menos de lo habitual. Como era habitual en mí, me desperté a las seis de la mañana sin que ningún despertador del mundo lo hiciera. El despertador biológico de mi cabeza ya se había puesto en marcha. Pero aquel día, al contrario de lo demás, no me quedé en la cama, intentando conciliar el sueño de nuevo mientras miraba al techo esperando que Dios me concediera aquella valiosa hora más de descanso. Aquel día me levanté de un salto y subí la persiana con una sonrisa impaciente y emocionada en el rostro.

Fuera, el mundo dormía, y el cielo apenas había empezado a teñirse de luz. Suspiré con desaprobación y aún en pijama me dediqué a ultimar los últimos detalles de mi equipaje y a chequear con entrega la lista de ropa y útiles que debía de haber empaquetado ¡Estaba a punto de marcharme de viaje y solo faltaban cuatro horas!

Después de una hora, cansada ya de la lista y de la maleta cerrada que descansaba en el pasillo frente a mi cuarto bajé al cuarto de estar y encendí el televisor dispuesta a pasar los minutos en vano hasta que llegara la hora de partir. A las ocho de la mañana, cuando yo ya me hallaba más que desayunada, vestida, peinada y con una mano en la manilla de la maleta y otra en el picaporte de la puerta, mis padres bajaron a la cocina y tras desayunar avisaron que era la hora de llevarme al aeropuerto.

Reí con júbilo y di unos cuantos saltos ante la mirada atónita de mis padres antes de meterles prisa y obligarles a entrar en el coche casi a medio vestir. Durante el camino hablamos poco, mis padres solo lo hicieron para recordarme como debía portarme en su ausencia y por supuesto para amenazarme con que no me metiera en líos.

Media hora después, la moderna estructura de la terminal 4 del aeropuerto de Barajas de Madrid se alzó monstruosa ante mí mientras mi padre salía del coche y mi madre me proporcionaba un carrito para llevar la maleta. Una singular emoción me embargó por dentro, acompañada por un impaciente y acusado nerviosismo.

Yo no era una de esas chicas de quince años que jamás habían salido de casa, pegada a las faldas de su madre y que contemplan la perspectiva de un viaje de fin de curso como la cosa más intimidante del mundo. Al contrario, yo sabía lo que era viajar, andar por países que no eran el tuyo, comer comidas que jamás habías probado y escuchar a tu alrededor idiomas que ni por asomo vas a aprender. Yo era una chica “viajada” como diría mi padre. Había pasado fuera del alcance de mis padres el suficiente tiempo para no asustarme ante esa perspectiva. Había ido a campamentos de verano, había pasado un mes en Inglaterra y de todas las formas era una chica demasiado independiente como para no gustarme escaparme de todo control paterno.

Conocía la T-4 a la perfección, sabía por donde había que ir y caminaba con la seguridad de una persona que sabe que jamás va a perderse en aquel terreno. Tiré más que guié a mis padres hasta los mostradores de la compañía aérea con la que viajábamos y donde nos encontramos con el resto del grupo.

Victoria, Lucía, Ferran, y algunos más se hallaban ya ahí esperando a los más tardones. Todos lucían la misma sonrisa nerviosa y tímida, al tiempo que intentaban entablar una conversación con el que tenían más cerca sin poder disimular su impaciencia y sus continuas miradas a los relojes. Dejé a mis padres con la maleta y corrí más que caminé hacia mis amigos.

-¡Hola Afri! –exclamó Victoria como era habitual en ella.

-¿Qué tal? –pregunté como toda respuesta.

-Nerviosa –respondió ella sonriente.

-¡Nerviosísima! –añadió Lucía a su lado.

-¿Se te han pegado las sábanas? –pregunté a Ferran que parecía adormilado apoyado sobre su carrito.

-Un poco –respondió con sinceridad antes de sonreírme.

-¿Cuánto falta para el despegue? –preguntó Lucía escrutando el reloj de Ferran.

-Una hora y media –respondió el cronometrando.

-Ya debería de haber llegado todo el mundo –comenté yo frunciendo el ceño.

Durante nuestra corta conversación habían empezado a llegar casi todos los miembros del viaje. Reconocí entre la marabunta de gente a la mayoría de los rostros de mi clase y también unos cuantos que no conocía.

Uno de los monitores de la agencia se encargó a nosotros y nos repartió la documentación al tiempo que nos indicaba a donde teníamos que dirigirnos para facturar. Todos los chicos, acompañados por nuestros padres, avanzamos tras la camiseta con el distintivo de la agencia del monitor más cercano que se disponía a guiarnos.

Cuando llegamos, los tres mostradores a nuestra disposición estaban ya ocupados con más gente de nuestra edad que viajaba junto a nosotros. No los conocíamos, no eran gente de nuestra ciudad, más bien parecían de algún colegio público de Madrid por las palabras sueltas que alcanzamos a escuchar entre ellos. También había gente de otros lugares.

Nuestro pequeño grupo se situó en la cola, detrás del nutrido grupo de jóvenes desconocidos quienes nos echaban miradas curiosas y evaluadoras. Nosotros, nos apresuramos a hacer lo mismo y pronto cundieron los murmullos de excitación en ambos grupos.

Un pequeño grupo de chicas, frente a nosotras se dedicó a observarnos descaradamente al tiempo que murmuraban en voz lo insuficientemente baja echándonos miradas mal disimuladas. Eran todas más bien bajas, de pelo negro o teñido de rubio barato, pintadas, con pendientes de oro en las orejas y pantalones de colores chillones justos y acampanados. Las reconocimos en seguida, aquellas eran el tipo de chicas con las que tendríamos problemas tarde o temprano.

Frente a ellas estaba otro grupo también de chicas totalmente distinto acompañadas por un buen número de chicos. Otra mirada también nos bastó para calificarlos de ahora en adelante: “los pijos” pensamos todos a coro. Tanto las chicas como los chicos iban bien peinados, con el flequillo caído sobre un ojo, ropa de marca, zapatillas caras y ademanes cursis. Hablaban entre sí como si solo ellos existieran mientras echaban rápidas miradas de autosuficiencia y altanería a su alrededor.

También había distintos grupos de chicos y chicas pertenecientes a los demás grupos sociales de la juventud del momento y otros, que como yo y la mayoría de mis amigos, no pertenecían a ninguno: “los normales” nos auto describíamos.

La cola se reducía progresivamente a medida que los chicos y chicas facturaban sus maletas y recogían sus billetes. Pronto nos llegó el turno a mí y mis compañeros y momentos después, portando orgullosos nuestros respectivos billetes y libres de maletas nos dirigimos en manada y con entusiasmo hasta el control que daba paso al pabellón de embarque.

En ese momento se produjo el momento de las despedidas. Los más mimados se abrazaron a sus progenitores y repartieron besos y los más independientes corrieron con entusiasmo hacia el arco detector de metales desapareciendo al otro lado para luego pararse de súbito, recordar que habían dejado atrás a su familia y saludar con alegría desde el otro lado del cristal con la mano. Yo como buena chica independiente, imité a los segundos después de besar rápidamente a mis padres y escaparme de su alcance y de sus consejos de última hora con un par de largas zancadas. Arrastré a mi paso a mis amigos y los llevé hasta el principio de la cola, por donde pasamos rigurosamente por el arco detector y entregamos nuestras bolsas de mano a los encargados de revisarlas mediante un escáner. Una vez al otro lado nos embargó la euforia.

Nos reímos como posesos antes de pegar la nariz al cristal y hacer muecas a nuestras familias que se despedían con la mano desde el otro lado. Después, un último saludo y nos dedicamos a explorar las tiendas libres de impuestos de la terminal antes de que el monitor diera la señal de reunirse para embarcar.

Victoria y Lucía se escaparon hacia la zona de marcas caras corriendo como chiquillas y yo no tuve más remedio que quedarme junto a Ferran, Daniel, y otros chicos y chicas más. Arrastré a mi mejor amigo a la tienda de comestibles y me compré una chocolatina pues sentía el estómago rugir pidiéndome el tentempié de media mañana (el “piscolabis” como diría mi padre”. Ferran se compró una bolsa de patatas fritas y me ofreció repetidas veces antes de marcharnos hacia otro lado.

Nuestra siguiente parada fue la tienda de dvds, videojuegos, discos y demás artículos tecnológicos que comprar en el último momento. Allí tuve que soportar un buen rato escuchando aburrida la discusión de Ferran junto a su amigo Nacho sobre los pros y los contras del último juego de fútbol en el mercado para su consola predilecta. Después de aprenderme de memoria el sistema de juego, los equipos y demás componentes reconocí aliviada en mi reloj que cada vez estaba más cerca la hora de reunirnos con el grupo.

Aburrida, me despedí temporalmente de los chicos y salí al exterior para examinar con desgana el escaparate de la tienda de enfrente y dar una pequeña vuelta antes de volver. Después, decidí que volvería al punto de encuentro y volví a la tienda para avisar a mis amigos de que nos veíamos allí. Ellos me ignoraron y siguieron obcecados en su conversación mientras yo me marchaba.

Cuando volví a la antesala que comunicaba con la puerta de embarque me senté aburrida en uno de los asientos de metal. Allí no había nadie todavía, solo un pequeño grupo de chicos y chicas de desconocidos. Urgé en mi mochila, saqué mi Mp3 y me lo enchufé en las orejas mientras cerraba los ojos para que el tiempo pasara más rápido.

Cinco minutos después abrí los ojos con sorpresa, sonaban voces cerca de mí. Pero al volver la cabeza si que a mi lado se habían establecido un grupo de chicos que no conocía, habían dejado sus bolsas de mano en el suelo y hablaban despreocupadamente entre sí sentados de forma dejada un par de asientos a mi derecha.

Me dediqué a observarlos con fastidio, echándoles rápidas miradas cautelosas de reojo. Tendrían un año más que yo, y no pude dejar de notar que se trataban de ese tipo de gente con la que no estaba acostumbrada a tratar y con la que tampoco estaba deseosa de hacerlo.

El chico más cercano a mí me llamó sobre todo la atención junto al amigo con el que hablaba. La primera impresión que me dio al verle fue la cautela y un ligero desagrado, y el primer pensamiento fue “vaya pintas”. Aquel chico era todo lo contrario de lo que mi madre hubiera calificado como una buena compañía o un muchacho respetable. Era alto y delgado, y vestía con pantalones negros caídos a media pierna y camiseta también negra de manga corta que dejaba ver sus brazos con músculos suaves pero definidos, propios de un chico de su edad. Llevaba pulseras negras con pinchos en su muñeca morena y un cigarrillo apagado en una de las manos. Su rostro era agradable e indudablemente atractivo, pero estaba marcado por un arete de plata que cruzaba su labio inferior. Tenía las orejas cruzadas de otros pendientes similares y el mechón de la parte de arriba de su cabeza, estaba teñido de color azul, mientras que el resto era negro, ligeramente largo y despeinado. Sus ojos eran grises, como el cielo en un día de lluvia, claros y desconcertantes.

Su amigo vestía de la misma manera que él, pero este era rúbio y llevaba el pelo peinado en cresta. Hurgaba en su mochila con interés, al tiempo que fruncía el ceño, parecía estar buscando algo. Alzó la mirada y paseó la vista a su alrededor, como si esperara encontrar lo que estaba buscando, sus ojos castaños se clavaron un instante en los míos y yo retiré la vista al instante disimulando, pero el chico no parecía haberse dado cuenta de haberme descubierto.

-¡No lo encuentro! –exclamó indignado volviéndose a su amigo.

-¿No te lo habrás dejado en casa? –preguntó el otro poniendo los ojos en blanco.

-¡Estoy seguro de que lo he metido! –Respondió el otro convencido- ¡Siempre lo llevo encima! Estará en la maleta…

El chico moreno giró sobre sus talones y observó a su alrededor para luego, posar definitivamente su mirada en mí. Yo intenté ignorar su acción clavando mis ojos en la butaca de enfrente de mí y poniendo cara de concentrada en la música.

-Perdona ¿No tendrás un mechero? –preguntó educadamente mirándome con fijeza.

Alcé la mirada intentando parecer sorprendida e interrumpida de mi escucha.

-¿Qué…? –Me pregunté más bien a mi misma- Ah, no. Lo siento…

El chico embozó una media sonrisa antes de volverse. Su amigo le recriminó con la mirada.

-Anda que ha quien preguntas… -le criticó burlón observándome de arriba a bajo- ¿Cómo crees que va a llevar eso encima?

Volví la mirada al vacío y le ignoré intentando mostrar que no le había escuchado. Subí el volumen de la música de mi Mp3, estaba escuchando una de mis canciones favoritas de Simple Plan, el sonido de la voz de Pierre, el vocalista del grupo llenó entonces mi mente por completo y olvidé la ligera rabia que las palabras de aquel chico me había provocado. Antes de sumirme en una especie de trance provocado por la voz del cantante me examiné desde los pies calzados con deportivas hasta la camiseta de sport esperando encontrar algo fuera de lo normal. No encontré nada, era solo eso, una chica normal entre tantas normales, solitaria y muda en medio de un aeropuerto. Quizá fuera eso lo que sorprendiera.

Un breve golpeteo en el hombro me hizo volver a la realidad después de que mi mente hubiera abandonado mi cuerpo para embarcarse en una fantasía en la que Pierre era el protagonista. Abrí los ojos con furia y examiné a mi alrededor avinagrada esperando encontrar el causante de la interrupción. El rostro de Ferran y Victoria se inclinaban sobre mí, mirándome, curiosos.

-¡Te estaba buscando! –Me reprendió Ferran frunciendo el ceño-. No sabes que susto nos has dado al ver que no estabas por ninguna parte…

-¿Has estado aquí sola todo este tiempo? –preguntó por su parte Victoria incrédula.

Me encogí de hombros y me encaré a Ferran.

-Para tu información, os he avisado. Pero Nacho y tú estabais los suficientemente ocupados discutiendo de videojuegos que ni siquiera os habéis enterado…

-¿A sí? –el muchacho se rascó la cabeza, confuso.

-¿Qué habeis visto? –le pregunté a Victoria desviando la atención a la bolsa que portaba en una de las manos.

-Nada. Esto es de Lucía –explicó y extrajo de la bolsa una camiseta con un bonito estampado en la parte de delante-. Se lo ha comprado en una de las tiendas.

-¿Ya estáis gastando dinero? –Le reprendí- Cuando lleguemos a Nueva York no os quedará nada. No pienso prestar dinero a nadie…

-Tranquila, siempre eres tú la que siempre nos acaba pidiendo… -respondió ella alzando una ceja-. Ya sabes como te llaman por ahí… morosa.

Enrojecí visiblemente y descargué una mirada de furia contra ella.

-¡Eso es porque siempre se me olvida el dinero en casa! –Le espeté- ¡No por falta...!

-Venga chicas, parad. Ya llega el monitor –nos cortó Ferran.

En efecto, en el tiempo en que yo había cerrado los ojos para escuchar música y durante la repentina llegada de mis dos amigos, la sala de espera se había llenado con la muchedumbre de adolescentes viajeros. Estaban ya allí todos los miembros de mi grupo y el resto de los estudiantes desconocidos. Lucía, y otras amigas se acercaban a nosotros en ese momento para recuperar sus bolsas que había dejado al cuidado de Victoria.

-¡Vamos, que nos vamos! –Exclamó con un nervioso chillido Lucía- ¡Que ilusión! ¡Ay, que nervios!

Puse los ojos en blanco al tiempo que recogía mi pequeña mochila y enrollaba el cable de los cascos de mi Mp3 para después guardármelo en un bolsillo con impaciencia. A mi lado, el grupo de chicos en el que estaban los dos que me habían pedido un mechero recogió sus cosas con alboroto y nos adelantó hacia la cola en la que las azafatas revisaban nuestras tarjetas de embarque.

-¡Daos prisa que se nos cuela todo el mundo! –les avisé a mis amigos y compañeros.

-¿Tienes la tarjeta de embarque? –me preguntó Victoria revisando como siempre que no me había despistado.

-Emmm… -la verdad era que se me había olvidado, como no- Un momento…

Me incliné y vacié mi mochila sobre un asiento antes de hallarla. La había metido cuando habíamos ido a ver las tiendas para que no se me perdiera. Al fin la hallé, pero perdí unos minutos en los que la cola se alargó espectacularmente. Por suerte, Ferrran, atento a mi tardanza me coló junto a las demás en una posición más que avanzada.

Esperamos con impaciencia, alzando las cabezas para tratar de ver más allá de donde empezaba la cola, con los billetes en la mano derecha, la mochila colgada a la espalda esperando para pasar el control y lanzarnos de cabeza por el túnel móvil que conducía hasta el avión.

Al fin, la cola avanzó con lentitud y por fin las azafatas nos devolvieron el resguardo que indicaba nuestros asientos para despedirnos del aeropuerto con un cortes: “Buen viaje”.

El avión era uno de esos enormes aparatos que cuentan con dos plantas adecuadas para pasajeros y con tres bloques de tres asientos cada uno, para la clase turista. Una de esas máquinas que solo esperas ver en las películas, un “trasatlántico” bien cargadito de cientos de pasajeros. La sola idea de que tamaña mole de metal alzara el vuelo me provocaba mareos, era mejor no tratar de descubrir las leyes de la física que apoyaban aquel complejo hecho si no quería quedar al borde del colapso. Nunca se me dio bien la física, la consideraba absurda y aburrida.

Una riada de estudiantes entramos en el avión acompañados de un pequeño puñado de hombres de negocios que habían cogido un vuelo de última hora y que por supuesto iban destinados a la segunda parte del avión, donde estaba la primera clase. Las azafatas salieron en equipo para tratar de organizar el desorden que cundía en los dos pasillos de la planta baja. Los chicos y chicas se arremolinaban tratando de meter sus bultos en los portaequipajes situados en la parte de arriba de los asientos o discutían por que alguien había ocupado su sitio. Después de tres cuartos de hora, cuando todo el mundo había ocupado su sitio, las mochilas estaban situadas en sus respectivos compartimentos y las azafatas estaban al borde del colapso, se hizo la calma.

La calma relativa, por supuesto. Pero por lo menos el piloto del avión pudo por fin decidir que ya había llegado la hora de intentar el despegue sin incidentes y gracias a Dios sin retraso. Los chicos y chicas nos quedamos rígidos en los asientos, embargados por la emoción de la sensación que estábamos a punto de sentir al despegar mientras que los que estaban cerca de las ventanillas se desvanaban las cervicales tratando de ver algo a través de ellas. Los pocos creyentes dedicamos un último y rápido pensamiento a Dios, por si pasaba algo que nadie dijera que no nos habíamos confesado.

Sentada en mi asiento, al lado de Victoria y Lucía me presiné discretamente más por pura afición que por convicción. Yo era lo que se llamaba una católica no practicante y poco convencida. Lo del catolicismo, me venía de la fuerte insistencia y educación recibida de mi madre y de mi abuela durante los largos quince años de toda mi vida. Ellas eran mujeres que juraban y afirmaban sin reserva la existencia de Dios Cristo, tradición que les venía de educación por sus padres, y a estos de sus padres, y así largas generaciones desde que los clavos de Cristo fueron clavados. Yo no reconocía abiertamente mi escepticismo hacia la religión, lo que les hubiera provocado un infarto, y tampoco me lo reconocía a mi misma. La verdad es que ni yo misma sabía muy bien lo que opinaba de este difícil asunto que todo el mundo a lo largo de su vida se ha tenido que plantear. Me mostraba escéptica acerca de la gran mayoría de las tradiciones cristianas, sobre todo con aquellas que afirmaban Dios dijo tal... o palabra de Dios. Iba en contra de la lógica creer que los hombres podían interpretar los designios divinos o que Dios se había preocupado de dictárselos. La verdad no creía ni por asomo que existiera un Dios con una personalidad tan... “humana”.

Otro motivo por el que me hallaba escéptica era la ciencia. La ciencia encuentra respuestas para todo, todo hecho por increíble que sea tiene su propia explicación, es fácil confiar tus decisiones a la ciencia y dejar que esta decida por ti. Lo que no se puede demostrar no existe, así de fácil, por lo tanto, se supone que Dios no existiría. Ese era mi primitivo pensamiento al respecto, sin embargo mi propia explicación no me bastaba, no me convencía. Era difícil no creer que había “algo” en algún lugar por encima de la existencia humana.

El hombre es un animal de costumbres, y a lo largo de los siglos siempre ha necesitado un ente sobrenatural que explicara la existencia de su propia especie, ahora no lo necesitamos, sabemos perfectamente que procedemos de formas de vida primitivas. Pero más que una explicación de nuestra existencia, es porque necesitamos una certeza de que no estamos solos en este mundo, de que hay alguien que nos escucha y atiende a nuestros ruegos, alguien a quien hablar cuando estamos solos, alguien a quien rogar cuando sufrimos... Y lo más importante de todo, necesitamos saber que no todo el mundo tiene el mismo fin, que el mundo no es tan injusto como nuestra lógica quiere afirmar, que hay algo después de ésta vida. Así me lo decía mi padre cuando yo le planteaba mis dudas ideológicas: ¿De verdad crees que puede tener el mismo fin una persona que ha matado a cientos de semejantes que una que ha dedicado su vida y servicio a la causa de lo más necesitados? Tenía razón, como responder a esa pregunta. Mi cabeza me decía que la materia viva muere, se descompone y mi corazón insistía en la existencia de algo más, un alma que continúa nuestra existencia en algún lugar que juzgué lo hecho en vida. Sin embargo en aquella época yo era más incrédula que crédula, y el principal motivo era por comodidad.

Las rígidas costumbres de la sociedad católica ataban las alas de una juventud que dedicaba su cuerpo y alma a la juerga, al sexo, y a los vicios ¿Eran compatibles iglesia y juventud? Los más mayores afirmaban que sí mientras que los jóvenes negábamos con profusión. Era imposible realizar penitencia, había que disfrutar de la vida y todavía nos quedaba mucha. Además, la iglesia tampoco nos dejaba tantas opciones. Yo vivía todavía en la época en que estaba mal visto (por los más viejos) que una pareja viviera junta antes del matrimonio, o que alguien tuviera un hijo antes de casarse y la curia condenaba y perjuraba contra aquellos hechos considerándolos anti-religiosos. Yo defendía en mucho a la Iglesia, pero había algunas cosas que me sacaban de quicio.

Los estudiantes, mientras unos pocos nos abrochábamos los cinturones, proferimos en exclamaciones de emoción y excitación y aplaudimos al ver que nos marchábamos por fin. Se escucharon canciones aisladas antes de que un sector de la parte derecha profiriera en sonoras carcajadas. Antes de lo previsto el avión alzó el vuelo y casi más de cien pasajeros de la planta baja se aplastaron contra sus respaldos. En las ventanillas, el suelo desapareció bajo nuestros pies.

Tras la impresión inicial, volvió la calma al avión y las luces se encendieron de nuevo. Un buen número de estudiantes desabrochó sus cinturones y se levantó para ir a visitar al vecino. Las azafatas reanudaron su labor y los monitores las acompañaron para tratar de civilizar a una multitud de adolescentes alborotados. En mi asiento, me recliné brevemente hacia atrás y charlé un largo rato con Victoria y Lucía. Pasada una hora y media, las azafatas se acercaron a ofrecernos una bebida.

Pedí un vaso de agua y mis amigas dos refrescos de naranja, y así pasamos otra media hora hasta que el personal aéreo se acercó de nuevo repartiendo bandejas de comida envasada. Mis amigas y yo desplegamos la bandeja anclada en la parte trasera del asiento delantero y recibimos con una sonrisa de las alteradas azafatas nuestras respectivas bandejas. Contenían lo de siempre: un reducido táper con comida caliente, otro con fría, y un bollito de postre. Nada del otro mundo. Lo típico en los viajes de clase turista.

Después de dar buena cuenta de nuestras raciones de comida informé a mis amigas que quería relajarme. Ellas asintieron y siguieron hablando mientras yo me conectaba de nuevo a los cascos de mi Mp3. En esta ocasión la canción American Idiot de Green Day se escuchó a través de los auriculares. Sonreí, una canción muy oportuna. Moví la pierna al compás de la música hasta que la voz de Amy Lee, de Evanescence, empezó a sonar acompañada de los compases de la canción My Inmortal. Lentamente me sumí en una ligera duermevela y llegué a conciliar el sueño.

Cuando me desperté, no sabía cuanto tiempo había estado durmiendo. Miré a mi alrededor, Victoria y Lucía no estaban en sus asientos, y Ferrán, a mi derecha, escuchaba música con los ojos cerrados mientras que sus dos amigos jugaban a las cartas.

Me paseé por el pasillo y visité a un par de chicas de mi clase que estaban unos asientos más adelante.

-Hola –me dijo Isabel tomando un mazo de cartas y barajándolas-. Si quieres cuando terminemos te las dejo.

-Déjalo, tiene Ferrán ¿Habéis visto a Victoria y Lucía?

-Que va –respondió Isabel.

-OK, me voy buscarlas –me despedí y continué andando hasta el final del pasillo.

Mientras andaba muchos volvían la cabeza para mirarme curiosos y aburridos.

Esperando en la puerta del baño me encontré a Cristina.

-¿Qué tal? –la pregunté, parecía aburrida.

-Muerta de aburrimiento –me contestó-. Como no lleguemos pronto creo que me voy a suicidar.

-¿Sí? Pues todavía quedan más de cuatro horas –reí- Y encima sin móvil...

-Creo que lo voy a encender de un momento a otro, no puedo vivir sin él.

-No, mejor no. No quiero tener un accidente –comenté muy seria- ¿Y Sara? ¿No te da la lata?

-Está ahí dentro –se acercó a mí y me dijo al oído-: Me está poniendo de los nervios.

-¡No me sorprende! –exclamé soltando una sonora carcajada.

La puerta del baño se abrió y salió mi querida amiga sonriente.

-¿Qué pasa? –preguntó al ver que la mirábamos con fijeza.

Cristina y yo intercambiamos una mirada cómplice.

-¿Qué tal el viaje? –La pregunté- ¿Ya has visto algún tío bueno hacia el que dirigir tus encantos? –reí.

-Alguno que otro hay por ahí –respondió con una sonrisa-. Delante de nosotras hay un pivón, madre mía...

Sara empezó a contarme las cualidades que poseía tan dotado maromo y después de una intensa charla, yo me despedí con una rápida excusa.

-Bueno, tengo que marcharme que no encuentro a estas...

-Vente con nosotras a hablar un rato, estamos ahí –me señaló dos asientos de la segunda fila-. Al lado hay un chico que no habla nada, creo que no le importará que te vengas.

-Le puedes decir que si te cambia el sitio –propuso Cristina.

-No déjalo. No creo que les hiciera mucha gracia a Victoria y Lucía –me excusé con prontitud.

La verdad, lo que menos deseaba en esos momentos era sentarme al lado de aquellas dos chicas y aguantar su charla sobre tíos que no conocía de nada y sobre los que no podía dar opinión.

Volví a mi sitio acompañada por las dos chicas que se sentaron en los asientos libres y esperaron hasta que mis dos legítimas compañeras de viaje regresaron de nuevo. Una vez allí, para mi fastidio, no se marcharon, si no que se quedaron ha hablar con las otras dos durante más de media hora, de pie en el pasillo y molestando a todo el que quisiera pasar. Solo se fueron cuando una azafata llegó para avisarles de que se acercaba un área de turbulencias.

Dando gracias a las turbulencias, pues empezaba a tener dolor de cabeza a causa de sus voces agudas e impertinentes, y con una sonrisa en el rostro me apalanqué en el asiento y me abroché el cinturón. A mi lado, mis compañeras me imitaron distraídamente. En menos de dos minutos el avión empezó a dar tan violentas sacudidas que muchos no pudieron ahogar una exclamación horrorizada.

Parecía haber problemas en la cabina del personal aéreo. Las azafatas y azafatos salían a toda prisa y atravesaban a medio correr la planta baja del avión para subir sofocadamente por las escalerillas que conducían a la planta superior. Después las turbulencias desaparecieron por completo.

Se escuchó una sofocada discusión entre dos integrantes del personal aéreo, un hombre y una mujer. La mujer parecía muy alterada y el hombre preocupado. Los gritos de la mujer y el hombre comenzaron a subir de tono y en menos de unos minutos, la mitad del avión se había acercado para saber lo que había pasado.

La mujer lloraba a lágrima viva y el hombre empezó a obligar a los pasajeros a ocupar de nuevo sus asientos mientras les indicaban que estábamos pasando por una zona de baja presión por lo que era necesario utilizar la mascarilla de aire que caería en esos instantes desde la parte de arriba de nuestros asientos.

Todos los adolescentes, muertos de miedo, obedecimos aquellas inconclusas órdenes y en ese instante empezó la pesadilla.