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Historia 25512 — capítulo 2
Capítulo 2. Muerte
El sabor de la sangre fue lo primero que sentí después de una larga oscuridad. El sabor oxidado y el olor ferroso. Después, un incesante golpeteo que me martilleaba la cabeza. Un sonido apenas perceptible, lento pero constante. Todo un instrumento de tortura para mi martirizada cabeza confundida, en el perturbador silencio reinante.
Tardé unos instantes en comprender que el sabor de la sangre se hallaba en mi propia boca, y cuando tuve conciencia de mover mis manos, sentí al llevármelas al rostro que una sustancia espesa y pegajosa embadurnaba mi cara. No quise abrir los ojos, el olor de la sangre era asfixiante.
Las lágrimas se acumularon repentinamente en mis ojos cerrados, sellados bajo un lacre sangriento que se agolpaba en mis pestañas. No eran lágrimas de tristeza, si no de miedo, de un miedo terrorífico hacia lo desconocido, un miedo atroz acerca de la situación en que me encontraba ¿Por qué había tanta sangre? ¿Acaso me estaba muriendo?
Lentamente sentí como, pues hasta entonces solo había tenido conciencia del sabor de la sangre en mi boca y su textura en mis manos, empezaba a recobrar el sentido de mi propio cuerpo. Sentía las piernas agarrotada dobladas en una rígida postura, el cuerpo en tensión apoyado sobre una superficie ligeramente mullida y los brazos todavía apoyados en el posabrazos. Sabía que podía moverme, aún con dificultad pues el cuerpo me dolía como si un camión me hubiera atropellado. Pero estaba aterrorizada, no quería abandonar aquella postura ni la seguridad que me aportaba la oscuridad de mis parpados cerrados, tenía miedo a lo que vería si abría los ojos y me alzaba. Sabía que el espectáculo que me esperaba no era en absoluto conciliador.
Pero al fin, después de unos largos minutos de reflexión y tras haberme asegurado de que me hallaba convenientemente despierta y no en una pesadilla, intenté abrí los ojos. La sangre coagulada que se agolpaba en mis pestañas me impidió por unos instantes abrirlos, pero después, cuando me la hube sacudido de un manotazo, se precipitó sobre mis ojos cubriendo de motas rojas mi visión. Sentía la piel del rostro tirante, y la respuesta era el reguero seco de sangre que se agolpaba en mi mejilla derecha y descendía hasta la barbilla en donde, todavía, una gota medio seca se arriesgaba con precipitarse al vacío.
Me miré las manos, amoratadas y cubiertas de sangre. Sangre que no parecía la mía propia pero a la que no podía encontrar ninguna explicación. Después mi vista ascendió, por encima de la superficie de plástico de la bandeja alojada en el asiento en frente de mí. Y me encontré con mi peor pesadilla.
Sabía que la única explicación por la que había permanecido en mi sitio, a salvo de cualquier peligro, era el cinturón que me aferraba al asiento con tenaz desesperación. El mundo estaba inclinado y yo amenazaba con precipitarme al vacío solo prendido por un débil cinturón de tela reforzada. La cabeza me daba vueltas de solo pensar la forma en la que podría salir de allí.
Al parecer no había sido un sueño, el avión se había estrellado de todas las maneras. Sabía que me encontraba en el avión pues estaba rodeada de pesados asientos que amenazaban con precipitarse hacia el fondo del avión, pues éste estaba apoyado sobre su costado izquierdo de forma que todo lo que un principio había estado anclado en el lateral derecho amenazaba con despeñarse contra un lecho confuso de asientos, equipaje revuelto y destrozado y por increíble que pareciera, restos de plantas...
Mi respuesta a la existencia de éstas últimas se vio aclarada cuando alcé la mirada hacia lo que había sido el principio del pasillo. No podía verlo pues un tronco retorcido y grueso lo atravesaba de parte en parte, hacia lo que había sido la mitad del avión, más cerca del principio que del final. El avión se bamboleaba suavemente ¡Estaba partido por la mitad! Solo unas cuantas chapas, el apoyo de alguna superficie estable bajo su lateral izquierdo y otras causas desconocidas que no me podía imaginar le mantenían en aquella desastrosa pero segura posición para mi pervivencia.
Observé a mí alrededor durante largos minutos, buscando una respuesta a lo que había ocurrido, un camino estable por donde escapar y salir al exterior, en donde quiera que estuviese. A través de las ventanillas del lado derecho, no adivinaba gran cosa. La mayoría estaban manchadas de tierra, cubiertas de vaho, y lo que era mucho peor ¡Algunas estaban marcadas por restos de sangre seca! Solo alcanzaba a distinguir una confusa mancha color verde profundo en cualquier ventanilla que mirase.
Gracias a Dios, y también, para mi desesperación, el avión estaba desierto. No había ningún signo de vida en cualquier dirección que mirase, y a primera vista, por lo que respiré tranquila, tampoco de muerte. Sin embargo, la sangre en mis manos, y en los cristales encogió mi corazón de puro terror y por unos momentos lloré paralizada por el terror y el desconocimiento de lo que había pasado ¿Dónde estaba todo el mundo? ¿Habían muerto o habían conseguido escapar?
La sangre de mi frente, por suerte, era explicable. Solo había que observar la ligera abolladura cubierta de sangre seca que marcaba la bandeja correspondiente a mi asiento. Casi me hizo gracia... Durante el impacto (hacia lo que hubiera impactado el avión), mi cabeza había rebotado como la de aquellos muñecos que utilizan en las pruebas de seguridad para coches y se había pegado un golpe bastante fuerte contra el asiento de delante (de la misma forma que esos muñecos). Solo había que percatarse del intenso dolor de cervicales que me hacía rechinar los dientes para no llorar al volver la cabeza y el horrendo chichón sangriento en mi frente. Nada grave desde luego, gracias a Dios, pero no podía aguantar la risa al imaginarme aquella patética situación ¡Quien me viera! Encerrada en un avión volcado con restos de sangre, un chichón sangriento y preocupante en mi frente y riéndome a mandíbula batiente... Como aquellos muñecos diabólicos armados con cuchillos de cocina y la cabeza de su dueña en una de sus pequeñas manos... esos que tanto me asustaban en las películas ¡Me tomarían por loca! Ya me podía ver maniatada con una camisa de fuerza camino al psiquiátrico. Pero ¿Qué otra cosa podía hacer? Por lo menos reía, para tratar de ocultar la verdadera realidad que se avecinaba...
Durante mi lento escrutinio había encontrado una vía de escape hacia la salvación... o lo que fuera que me esperara al otro lado de la salida de emergencia abierta de par en par en el fondo del pasillo izquierdo. Al parecer, si alguien había sobrevivido cosa que esperaba pues no veía a nadie (ni muertos ni vivos) acompañándome, todo el mundo habría escapado por allí y estarían esperándome fuera (A no ser de que se tratara de uno de esos sueños macabros en los que tu sola debes enfrentarte a todo tipo de peligros y por más que buscas nadie parece dispuesto a ayudarte).
Respirando hondo, y haciendo acopio de fuerzas, levanté la trabilla metálica que permitía mantener unido el cinturón y me agarré con fuerza al posabrazos de la butaca para evitar caer al fondo en cuanto me liberara de la única cosa que me mantenía a salvo y sujeta. Ignorando el dolor de mi cuerpo y de mi cabeza (la mayor parte del dolor provenía de mi frente como es lógico) me deslicé con cuidado hasta el último de los tres asientos de mi módulo. Aquel que había estado ocupado por Lucía y apoyé los pies sobre su posabrazos. Respiré tranquila orgullosa de haber logrado mi objetivo, en ningún momento me acordé de mis amigas. En aquel momento solo importaba yo y mi supervivencia.
Como si hubiésemos llegado a la terminal del aeropuerto norteamericano, abrí la puertecilla del compartimiento situado encima de nuestros asientos (unos de los pocos que permanecían cerrados pues el resto estaba abierto y sus puertas colgaban sacadas de sus ejes y el equipaje esparcido por el fondo), y tomé mi mochila que por suerte se hallaba intacta. Las bolsas de Victoria, Lucía y otras más de los que habían viajado en los asientos de delante cayeron en el confuso montón a mis pies como todas las demás. Ignoré aquel hecho y cargándome la mía propia sobre un hombro continué mi camino hacia la salvación.
La ruta no era en absoluto fácil y encima había que contar con el horroroso dolor que me atenazaba y la violenta desesperanza que se iba acumulando en mí, gota a gota al ver el espectáculo que me rodeaba. De un salto me encaramé al lateral del bloque de asientos centrales en frente mía y sentada sobre el borde del respaldo inclinado me dispuse a avanzar a hacia el siguiente asiento y así progresivamente hasta el final.
Cuando creía que me había tranquilizado, concentrada en aquel nuevo reto del destino, vino la primera prueba de templanza para mí y la que más recordaré en la vida. Un hecho que me hizo estremecerme, paralizó mi cuerpo y mis sentidos durante unos instantes e hizo desplomarse toda la esperanza que hasta el momento me quedaba. Después, lloré durante horas, lloré como una niña pequeña con la cabeza entre las manos intentando borrar aquel espantoso recuerdo. Pero jamás se disipó de mi mente y en ocasiones regresa para atormentarme al igual que el resto de las penurias de las que fui testigo. Todavía lloro, me desahogo en el silencio de la noche segura en mi apartamento hasta que, cansada, el sueño se apodera de mí y me permite unas horas de descanso. Es lo único que me evita enloquecer....
Recuerdo como si todavía estuviera allí el pequeño pie enfundado en una zapatilla de tenis que asomaba por uno de los bordes del asiento, la mano cubierta de sangre, abierta en un gesto lánguido que colgaba hacia el vacío, el pelo suave y castaño como una cortina de seda desparramado sobre su cabeza y sobre todo, la postura desmadejada, los asientos cubiertos de manchas oscuras.
Dormida... Pero cuando le cogí de la mano lánguida, esperanzada de despertarla de su sueño, su frialdad marmórea me indicó que no estaba dormida. Tenía el cuello quebrado cruelmente. El futuro se había borrado macabramente para ella... Aquella adolescente desconocida por la que tanto lloré en el futuro, nadie en el mundo derramó más lágrimas por ella que yo, una niña como ella a la que tantas cosas deparaba el destino. Cosas que ella no tendría nunca la oportunidad de disfrutar o sufrir. Había tenido una vida tan corta... Por lo menos me queda el consuelo de que no volvió a sufrir y su recuerdo se inmortalizó en aquella imagen perfecta de una adolescente hermosa y elegante. Las huellas del tiempo jamás marcarían su frente perfecta, pero nunca más volvería a reír, llorar, ni sentir por nadie. En aquel momento, aunque no creía mucho en lo que estaba haciendo, recé por ella con esperanza, para asegurarle un lugar en donde quiera que su alma estuviera, si es que había algún lugar al que ir después de que el cuerpo hubiera muerto. El dilema espiritual regresó en mí en aquellos momentos y tuve que abandonar su mano lánguida para evitar que mis huesos también se quedaran allí para siempre, pues el avión había comenzado a dar sacudidas.
Antes de abandonarla, pues después no volví la cabeza para mirar su cuerpo vacío con la esperanza de no derrumbarme, hurgué en el bolsillo de su vaquero de marca y extraje una tarjeta plastificada: el Documento Nacional de Identidad del Estado Español. Alba María Fernández Cuadrado, se leía al lado de su foto, su rostro muerto sonriente y lleno de vida, 8 de Julio de 1991, Madrid, hija de Alberto y Teresa... Recuerdo que tras echarle un último vistazo me lo guardé en el bolsillo, y lo conservé toda mi vida como una especie de amuleto protector, un tributo a su recuerdo... No podía dejar de afligirme: tenía la misma edad que yo, y sin embargo... Jamás celebraría más cumpleaños. Me limpié las lágrimas de un manotazo y continué mi propio vía crucis hacia la libertad.
Sabía que había más cuerpos sin vida diseminados por distintos lugares, sin embargo me obstiné en ignorarlos. Avancé a ciegas, con los ojos cerrados fuertemente para no ver más desgracias pero mi cuerpo se empeñaba en recordarme el espantoso espectáculo del que había sido testigo. Me sentía muy débil, las piernas me temblaban como mantequilla derretida y mi estómago amenazaba con volcar todo su contenido al exterior. Un sudor frío se acumulaba en mi frente, la muerte nunca deja impune a nadie, seas autor o espectador.
De repente, me sobresalté de tal manera que casi me despeño de mi débil sujeción. De echo, perdí el pie y caí confusamente sobre el asiento más alejado del módulo central, magullándome el cuerpo brutalmente y torciéndome un pie de tal manera que pensé por un momento que me lo había arrancado de cuajo. Pero el golpe había merecido la pena, pensé satisfecha, las voces que llamaban desde el exterior eran sin duda conocidas. Y gritaban mi nombre... ¡Mi nombre! Junto al de algunos más que según deduje jamás responderían a la llamada ¡Pero yo estaba viva! ¡Viva! Podía gritar que lo estaba... Sin embargo en aquel momento, por más que quise, no me salió la voz. No se si fue por la emoción, por el dolor, o por el show que había sufrido.
Las voces seguían gritando y al ver que yo apenas podía contestar, mi voz parecía ridículamente débil en aquel silencio mortal, avancé con más ahínco hacia la salida de emergencia y conseguí asomar mi pie ileso por el hueco. Las voces emprendieron en exclamaciones sorprendidas en ese mismo momento. Suspiré, aliviada y me dispuse a asomarme por el hueco dejado por la puerta abierta, lo poco que podía ver era una abundante vegetación.
En ese momento algo distrajo mi atención ¡Un sollozo! En cuanto volví la cabeza me encontré con una silueta cubierta de sangre de pies a cabeza que se deslizaba hacia mí. Me asusté, por un instante pensé que era el cuerpo poseído de algún muerto que había despertado para clamar venganza pero entonces adiviné que se trataba de una chica que yo conocía muy bien. Me pregunté como no había podido darme cuenta antes de que se hallara a solo unos pasos de mí y la respuesta era que había avanzado a ciegas empeñada en no ver el macabro espectáculo del avión. Ella había estado cerca de la salida todo ese tiempo pero incapaz de moverse un metro más y salir al exterior. Me arrodillé a su lado y la observé con impotencia.
-¿Estás herida? –le pregunté a sabiendas de la respuesta.
Ella asintió imperceptiblemente, estaba muy pálida y parecía débil. Alzó una mano temblorosa y señaló una de sus piernas. Reprimí una mueca de asco, no había tiempo para remilgos. La pierna colgaba en un ángulo muy distante de lo normal, partida justo en la mitad de la tibia, algo que se adivinaba por la extraña posición en la que se encontraba y la cantidad de sangre que manaba de la herida por la que aparecía una astilla marfileña.
-Un asiento me cayó encima –explicó en apenas un susurro-. No tienes ni idea de lo que me ha costado salir.
-¿Nadie te ha ayudado? –le pregunté extrañada. Sentí una punzada de dolor en el pecho “a ti tampoco” me recordé a mi misma luchando por reprimir las lágrimas.
-He estado inconsciente todo este tiempo –explicó la chica a media voz, parecía que cada palabra le costara un mundo-, supongo que me tomarían por m... –la chica bajó la mirada incapaz de pronunciar aquella dolorosa palabra-. Cuando me desperté ya no había nadie, supongo que a ti también te pasaría lo mismo... –Alzó la mirada para mirarme la frente-. Tienes un golpe feo en la cabeza.
Asentí lentamente sin apartar la mirada de sus manos, ensangrentadas y cubiertas de heridas.
-Tenía atrapada la pierna –explicó la chica, con voz ahogada.
En ese instante me la imaginé atrapada entre un amasijo de hierros y tratando inútilmente con sus manos desnudas de liberarse de su encierro. Silvia alzó la mirada como una muda súplica de ayuda y después sus ojos se cerraron y se desplomó sobre la superficie metálica cercana a la salida de emergencia. Ahogué un grito y la sostuve entre mis brazos.
-No te preocupes –musité en su oído-. Ya no estás sola.
Con Silvia sujeta fuertemente en mis brazos me asomé por la abertura y me encontré mirando, exactamente dos metros más abajo un suelo cubierto por arena y raíces nudosas que se perdía más allá en tierra roja y cubierta de abundante vegetación.
Más allá, las cabezas de un pequeño grupo de adolescentes se hallaban vueltas hacia nosotras al tiempo que proferían en exclamaciones preocupadas. Reconocí entre aquellos rostros algunas caras conocidas.
-¡África! –gritó una voz temblorosa pero segura.
Bajé la mirada, Ferrán me miraba con el miedo pintado en sus ojos velados tras las gafas de cristal al aire. Parecía hallarse intacto pero no pude dejar de advertir que una parte de su camiseta estaba manchada de sangre seca.
Un pequeño corrillo corrió hasta situarse precisamente bajo la abertura y nos tendió los brazos con desesperación.
-¡África! ¡Silvia! –gritó una voz asustada.
Victoria se había abierto paso entre el grupillo de chicos y miraba hacia nosotras con preocupación. Alzó los ojos estudiando la situación con una mirada fría y el rostro vuelto con una mueca carente de toda expresión. Apretó los dientes, advertí como se esforzaba por mantener el perenne autocontrol que la caracterizaba, advertí como se esforzaba por mantener su fría cordura en aquella situación desesperada. No, Victoria solo tenía un objetivo en la vida, dominarse, y quizá fuera aquello lo único que nos salvara a todos de la locura en las situaciones como la que nos encontrábamos, y la que nos esperaban… Sin embargo, cuando habló, su voz tembló ligeramente para luego alzarse con firmeza.
-¡Tienes que descolgarte! –Me indicó y luego señaló a Ferrán, y el resto de chicos que me miraban con curiosidad- ¡Nosotros te cogeremos!
-¡No puedo! –Respondí- ¡Silvia está inconsciente, tiene una pierna rota!
Victoria frunció el ceño y miró en torno a sí.
-¡Descuélgala! –me incitó.
Asentí, y con un movimiento seco le arrojé mi bolsa. Victoria la cogió y la dejó en el suelo a un lado. Ferrán y Daniel, otro chico que yo conocía se situaron debajo del hueco acompañados de algunos más y miraron hacia arriba con los brazos preparados para recibir el peso inerte de Silvia, mientras Victoria escrutaba la situación con seriedad.
Reuniendo todas y cada una de las fuerzas que me quedaban y haciendo un esfuerzo sobrehumano, agarré a Silvia por las axilas y rechinando los dientes a causa del esfuerzo la descolgué lentamente por el hueco de la salida de emergencia. Sergio, el amigo de Ferrán, que también estaba abajo y otros dos chicos que no conocían la sujetaron con firmeza ayudados por Ferrán y David. Después, Sergio y los otros dos la cogieron en volandas, como quien coge un saco de patatas, y se alejaron de allí con rapidez. Miré confusa a mí alrededor, ahora me esperaban a mí.
Bajo mis pies, Ferrán y Daniel intercambiaron una rápida mirada que no descifré y se colocaron bajo el hueco con una tensa expresión en sus rostros, brillantes de sudor, por la tensión, el esfuerzo y el calor asfixiante que yo empezaba a percibir. Me miraron con decisión y en ese momento yo me encogí sobre mi misma, aterrorizada sin saber porqué de su decidida expresión. Victoria me apremió.
-¡Vamos!
Asentí entonces y tragando saliva deslicé lentamente mi cuerpo hacia el exterior. Me temblaban los brazos, no podía sostenerme. Entonces mi cuerpo se hizo ligero y caí hacia el vacío con confusión. Justo cuando empezaba a darme cuenta de lo que había pasado, me hallaba sana y salva aferrada fuertemente por los brazos de dos chicos que me miraban asustados, como si aún no se hubieran dado cuenta de que ya me tenían atrapada.
Ferrán, Daniel y yo misma suspiramos con alivio y pasaron unos momentos antes de que los dos chicos se decidieran a soltarme. Parecía como si quisieran cerciorarse de que el rescate se había resuelto satisfactoriamente, aunque después, incómodos se separaron de mí bruscamente. Los miré con mudo agradecimiento, pero sus rostros se distorsionaban, la cabeza me daba vueltas, las piernas me temblaban. Caí al suelo de rodillas sin poder sostenerme.
Victoria prorrumpió en una asustada exclamación y corrió hacia mí para levantarme al tiempo que los dos chicos se miraban, confusos. Me así a su hombro y me incorporé con dificultad, con una triste sonrisa aturdida en el rostro, mi amiga me abrazó con firmeza, con fuerza, como si quisiera cerciorarse de que yo era algo real y no una ilusión. Yo respondí a su abrazo, agarrándola como si en ello me fuera la vida, en esos momentos, la presencia tangible de Victoria era lo único que evitaba que no me volviera a derrumbar, mi bote salvavidas.
-¡No sabes el miedo que he pasado, no te imaginas la angustia…! –Exclamó en mi oído con voz entrecortada- ¡Cuando vi que no estabas con los demás…. por un momento pensé… pensé…!
Me separé de ella y la miré a los ojos con seriedad. Ella lo interpretó como un mudo reproche. Se encogió sobre sí misma y balbuceó una excusa.
-¡Cuando se estrelló…todo el mundo salió corriendo….pensé…que tu también te habías marchado…! –El temblor de su voz resquebrajó por completo su fuerte coraza de autocontrol. Victoria se encogió aún más y empezó a temblar, dándome la sensación de estar lidiando con una niña pequeña. En aquella ocasión, las palabras cortantes y frases recurrentes que siempre utilizaba parecían haber quedado en el olvido- ¡Te lo juro…todo el mundo quería salvar su vida…pensé que estabas fuera…!
Victoria calló bruscamente, me miró entrecerrando los ojos, como pensando las palabras que había dicho, el modo del que se había comportado ¡Había dado una excusa! ¿Pero por qué? Nunca había excusa para sus actos, siempre estaban bien hechos. En ese momento se estiró y alzó la cabeza con altanería para mirarme con frialdad, Victoria volvía a ser ella misma. No volvería a vacilar, a temblar, a cuestionarse sus actos, ella era la lógica y la lógica siempre actuaba correctamente. Estudió mi expresión, como esperando una burla de la manera en la que se había comportado, desafiándome a cuestionándola, pero en mis ojos solo encontró agradecimiento y compañerismo.
-Victoria… -empecé con suavidad- no tengo nada que reprocharte, mejor dicho, es mucho lo que tengo que agradecerte –dijo con sinceridad-. Entiendo la situación, entiendo la desesperación vivida en esos momentos y comprendo perfectamente el modo del que has actuado. Todo el mundo hubiera hecho lo mismo. Pero tú te has preocupado por mí, y has venido aquí con la esperanza de encontrarme. Eso es lo más grande que me has podido demostrar. Gracias.
Victoria asintió en silencio, por una vez en la vida, parecía haberse quedado sin palabras. Sin embargo alzó la cabeza, altiva, orgullosa, pero algo en sus ojos expresaba el más sincero agradecimiento. Lentamente, primero cautelosamente, las dos esbozamos una misma sonrisa. Una sonrisa tímida, avergonzada, pero sincera y agradecida, las dos expresamos nuestra más profunda amistad en aquel simple y tímido gesto.
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