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Historia 25602 — capítulo 1
HENRY
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Vamos, acuéstate. Se está haciendo tarde – pidió con paciencia, mientras retiraba las mantas hacia atrás, facilitándole el camino.
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¡No tengo sueño! – protestó el niño, intentando embaucar con sus brillantes ojos castaños a su interlocutora. No sirvió de nada, pues ella lo levantó en brazos y lo tumbó, arropándolo amorosamente.
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¿Me cantas una canción, mamá?
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Está bien – suspiró resignada. – Pero me tienes que prometer que luego te dormirás sin quejarte – el niño asintió tímidamente. - ¿Me lo prometes, Henry?
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Sí…
Hermione miró con cariño a su hijo y luego intentó pensar en una canción bonita (y corta) que conformase al pequeño y que le acompañara en el camino de los sueños. Tras recapacitar unos segundos, comenzó a cantar:
- “Conocimos esa tierra una vez, tú y yo,
Y una vez llegamos allí,
En los largos días hace ya tiempo transcurridos,
Una niña morena y un niño rubio.
¿Fue en los senderos del pensamiento luminoso
En el invierno frío y blanco,
O en las horas azules del crepúsculo
De camas prontamente arropadas,
En la noche adormecida del verano,
Que tú y yo al Sueño descendimos
Para encontrarnos allí,
Tú con el pelo negro sobre el camisón blanco
Y yo con el mío rubio enmarañado?
Erramos tímidos de la mano,
Pequeñas huellas quedaron en la arena dorada,
Y en cubos recogimos perlas y caracolas,
Mientras alrededor los ruiseñores
Cantaban en los árboles.
Cavamos buscando plata con la pala
Y de soslayo veíamos el resplandor del mar,
Luego corrimos tierra adentro a claros luminosos y verdes,
Y encontramos la cálida senda retorcida
Que ahora ya no podemos encontrar
Entre altos árboles susurrantes.
¿Y por qué llegó Mañana
Y con una mano gris nos arrastró;
Y por qué no encontramos nunca el mágico sendero
Que cruza un mar de plata,
Y esas antiguas costas y jardines hermosos,
Donde están esas cosas que fueron una vez…?
Ni tú ni yo lo sabemos.”
Hermione acabó su canto y observó, complacida, que Henry se había dormido. “Henry”, pensó con dulzura, mientras le apartaba los suaves cabellos castaños de la frente para poder depositar ahí un beso de buenas noches. Para ella ése era el nombre más maravilloso del mundo. Representaba su más valiosa posesión, un cariño tan inmenso que no se podía comparar con nada y la alegría diaria de tener a alguien a quien adorar. Verdaderamente, había sido un acierto ponerle un nombre que no pudiera relacionar con nada triste o negativo. Cuando decidió romper con el mundo mágico, lo hizo de forma definitiva, proponiéndose también olvidar todo y a todos los que le unían a él. Y sabía que, si su hijo llevaba el nombre de algún mago, por muy grande que fuera el afecto que le profesase a esa persona, cada vez que llamara al pequeño vendrían a su mente imágenes amargas que empañarían su felicidad.
Se levantó despacio y se dirigió a la puerta, sin dejar de mirarlo, pero tratando de hacer el menor ruido posible. Cuando estaba a punto de apagar la luz, oyó una voz tras ella.
- ¿Ya se ha “dogmido”?
Hermione asintió y le dejó el paso libre, para que se despidiese también del niño.
- Bonne soir, “Enrie” – al igual que ella, también le dio un beso en la frente.
Etienne salió de la habitación y fue hasta la cocina, con Hermione tras él. Hermione pasó una bayeta por la vitrocerámica, donde su marido había preparado la cena.
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Mione, ¿estás “seguga” de que “Enrie” venga conmigo?
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Sí, sí. Está muy ilusionado. No para de decírselo a todo el mundo – se dio la vuelta y sonrió con orgullo. – Ayer paró al señor Lamour, del 4ºD, cuando salía del ascensor, para decirle que iba “de negocios” con su papá.
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¿Y tú qué “hagás”? ¿Te “igás” a “visitag” a “tes parents"?
Hermione dio un largo suspiro.
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No puedo. Voy retrasadísima con la traducción de “In your shoes, in my life”. Se supone que ya debería ir por el décimo capítulo por lo menos, pero me he atascado en el sexto.
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¿Y eso? – preguntó con interés, terminando de sacar los platos del lavavajillas y guardándolos en el armario.
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Me debato entre ser fiel a la escritora o hacer una adaptación más cercana a la forma de ser francesa.
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Bueno, “espego” que lo consigas. – Cerró el armario y le dio un beso en la mejilla. – Me voy a la cama.
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Que descanses. Bonne soir.
Etienne ya se había acostumbrado a los hábitos nocturnos de su esposa. Rara vez se acostaba pronto. Se podría decir que sufría de insomnio crónico y odiaba estar tendida en una cama sin poder dormir.
La paz que se respiraba en la casa era para Hermione un arma de doble filo. Había días que la relajaba, como un bálsamo protector y otros, como en aquel momento, la llenaba de nostalgia y melancolía. Se estiró para alcanzar una caja con infusiones y escogió una especialmente olorosa. Esperó con paciencia viendo como el agua cambiaba de color hasta adquirir el tono apropiado. Sólo entonces retiró con cuidado la bolsita y la depositó en el cubo de la basura. Miró la taza fijamente, dudando.
“Hoy sin azúcar”, decidió. “Amarga, como mi vida”. Tomó el cálido recipiente entre sus manos y regresó a la salita, iluminada ahora solamente por una lámpara de pie. Se sentó de nuevo, muy cerca de la fuente de luz y calor, y cerró los ojos. No tenía derecho a quejarse. No era justo. Había sido su decisión. Había abandonado el mundo mágico para siempre. O eso creía.
Hacía unos meses, Harry se había presentado en su casa para invitarla a su boda con Ginny. Su primera intención había sido rehusar, pero sabía que se lo debía. Los había dejado casi sin ninguna explicación y ellos ni siquiera se lo habían echado en cara. No los culpaba por desear volver a verla, ya que ella se acordaba casi a diario de ellos. En la ceremonia se encontró de nuevo a mucha gente a la que casi no recordaba, entre los que destacaba sin duda Lavender Brown. Pertenecía a una época que le causaba mucho dolor, por eso al enterarse de que se había casado con Blaise Zabini, había tenido que excusarse y encerrarse en el baño para disimular su cara de turbación.
Un pensamiento fugaz llegó hasta su mente al recordar esos momentos. “Otra vez no”, se dijo con convicción. Muy a menudo llegaba a esa situación y, a pesar de que siempre trataba de mantenerse firme, de que se prohibía a sí misma volver a hacerlo, sabía que caería irremediablemente en la tentación. Volvería a cometer el mismo error.
Decidió que esa noche no tenía ganas de mentirse. Lo iba a hacer, así que no tenía sentido postergarlo durante más tiempo.
Se puso en pie y fue hasta su despacho. No necesitó encender la luz. Dejó la puerta entreabierta para que entrara un poco de claridad y tanteó hasta encontrar la pequeña rueda giratoria. La movió para señalar la combinación. 19, 11, 24. Día de su cumpleaños, mes de nacimiento de su hijo y edad a la que se casaron sus padres. Un número estúpido y poco seguro, desde luego, que cualquiera podría averiguar en no más de diez intentos, pero no había ningún peligro de que alguien se interesara en descubrirlo.
El cajón se abrió con un simple “click”. Dentro no había dinero ni joyas, sólo una sencilla caja de madera, sin tallar; y dentro de ésta, un pergamino doblado por la mitad.
Volvió a su asiento habitual y se puso a leer, como tantas otras veces, aquella carta que ya se sabía de memoria.
“Hermione,
Sé que no quieres que te escriba y yo sé que no debería hacerlo. Me prometí que no lo haría, como también prometí que sería fuerte y no me desmoronaría. Me juré a mí mismo que resistiría y que no perdería la esperanza. Sin embargo, esto está muy lejos de ser como imaginaba. Hace frío, estoy calado hasta los huesos y el viento me traspasa como cientos de puñales clavándose a la vez. El único calor que me queda procede de tu recuerdo, que para desgracia mía sigue vivo y fresco como el primer día.
Pero divago y me prometí que no lo haría. Otra promesa incumplida: la historia de mi vida. Sólo te escribo por una razón, y no me avergüenza confesarlo: el miedo. No es miedo al peligro y a la muerte, sino al olvido. Presiento que me quedan ya pocos días de vida y mi único temor es que no encuentren mi cadáver, que no puedan decirte que he fallecido.
Quizá te suene absurdo que lo diga (y tal vez sea mejor así), pero no me esperes, Hermione. Rehaz tu vida, si es que no lo has hecho ya, porque no voy a volver.
Siempre tuyo,
D.M.”
Apartó rápidamente el pergamino, para no estropearlo con sus lágrimas. Sollozó en silencio, como había hecho tantas noches durante aquellos años. Mucho tiempo había pasado desde que había recibido la carta y sin embargo seguía torturándose, leyéndola casi a diario. Y en el fondo, ella sabía por qué sucumbía siempre. Necesitaba hacerlo, quería obligarse a sí misma a seguir con ese doloroso ritual, para no olvidar el sacrificio de aquel muchacho, para no olvidar que ella era la culpable de su muerte.
Cuando se tranquilizó, volvió a guardar la fuente de su amargura en el lugar que le correspondía y, despacio, fue a su habitación. Se tumbó con mucha cautela, para no despertar a Etienne.
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Ya nos vamos.
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¡Nos vamos, nos vamos! – coreó alegremente Henry.
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Está bien. ¿Lo llevas todo? – preguntó Hermione a su marido.
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Sí, sí, todo.
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¿Las cosas del niño?
Etienne agarró a Hermione por los hombros y la obligó a que lo mirase.
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Está todo, Mione. No nos va a “pasag” nada, ¿de “acuegdo”? Te “llamagué” en cuanto lleguemos – la besó en la frente y la soltó. - ¿No te “abuguigás” sola? – preguntó mientras recogía las maletas.
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No te preocupes por mí, estaré muy ocupada. Aunque os echaré mucho de menos…
El hombre sonrió coquetamente, mostrando una dentadura blanca y perfecta.
- Lo sé.
Hermione levantó del suelo a su hijo y lo llenó de besos y de recomendaciones, con los ojos anegados en lágrimas.
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Pórtate bien. No le des trabajo a tu padre. Obedece todo lo que te diga. No te separes de él…
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Vale, vale, ya sé a quién vas a “extgañar” más – comentó su esposo, fingiendo sentirse ofendido. – “Enrie”, ayúdame con esto.
El niño se soltó de su madre y agarró su pequeña mochila, para echársela a la espalda. Hermione les abrió la puerta y lo vio inmediatamente. Nadie podría haber afirmado si estaba a punto de llamar o simplemente esperaba que la puerta se abriera por arte de magia.
Llevaba zapatos y pantalones negros, y encima, una capa oscura raída por el tiempo. Estaba encapuchado, lo que le daba un aspecto fantasmagórico. Hermione instantáneamente pensó en un dementor, pues sintió que le faltaba el aire, que sus recuerdos más dramáticos se agolpaban en su mente, y la poca felicidad que tenía se escapaba de golpe. Y todo eso lo había ocasionado una sola presencia: la de un dementor con el rostro pálido de la muerte… y ojos grises.
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Los reviews finales de "Doble Venganza" están contestados uno por uno. Podéis leerlos en el apartado "reviews" de ese fic.
Aclaraciones:
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El nombre del niño lo decidí hace mucho tiempo, porque me permitía cambiar la pronunciación. Tanto en inglés como en francés el equivalente de “Enrique” se escribe de la misma manera: “Henry”, pero se pronuncia de forma diferente y es para ilustrar ese cambio que lo escribo distinto cuando lo dice Etienne. El nombre no tiene nada que ver con el ff “Henry” de Snape White y Kaworu, es una simple coincidencia, ya que ni siquiera lo había leído cuando lo escogí, pero de todas maneras os lo recomiendo, porque es muy divertido.
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La canción que canta Hermione es una adaptación de un poema de J.R.R. Tolkien, titulado “La Casita del Juego Perdido (Mar Vanwa Tyaliéva)”. Se pueden encontrar dos versiones (que yo he mezclado y reducido) en “El libro de los Cuentos Perdidos 1”.
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Supongo que os habréis dado cuenta de que las mayúsculas acentuadas aparecen en esta pág como "...", así que tuve que cambiar el nombre del marido de Hermione para que no pasara eso. en realidad no es Etienne, sino "étienne", acentúado en la "e" inicial. Lo cambié para que sea más fácil de leer.