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Sacrificio — capítulo 15

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  • Serai…

  • ¿Sí, Elvos?

  • ¿Qué es la “Luz del Crepúsculo”?

La niña da un respingo y lo mira, sorprendida.

  • ¿Dónde has oído eso? – Pregunta.

  • Unas mujeres hablaban hace un rato. – Responde él, con el ceño arrugado. – No entendí nada de la conversación, sólo eso. ¿Qué es?

Serai mueve la cabeza lentamente de lado a lado, mirando al cielo azul.

  • ¿Te gusta el crepúsculo, Elvos? – Pregunta entonces.

  • ¿El crepúsculo? Sí, claro. Es bonito.

  • Hay un momento…apenas una milésima de segundo…en que el crepúsculo emite una luz tan intensa y tan pura que hace que todos los que lo miran se unan en un solo ser, y les hace sentir la calma. Eso es lo que se llama “Luz del Crepúsculo”, ese breve instante en que todos los que la ven quedan unidos por lazos de paz.

Elvos la mira, sorprendido por su explicación. La mirada de Serai es…triste, en cierto modo distante. Quiere preguntar, pero entonces descubre que ella no ha terminado:

  • Hace mucho, mucho tiempo, cuando todos los mágicos empezaron a luchar entre sí por el control de Emeran, en la Gran Guerra Mundial, nació una niña con el poder de la Luz del Crepúsculo. Cuando llegó a la adolescencia, hizo que todos se reunieran en un único punto del mundo, un lugar mágico, para que solucionaran sus diferencias en una última batalla. Lucharon, y casi todos murieron. Pero entonces la niña se alzó entre los cuerpos de los difuntos.

La niña baja la mirada, cierra los ojos y suspira. De pronto parece más cansada que nunca, más mayor y más sabia.

  • El cielo se tiñó de rojo. Llegó el crepúsculo, y entonces su Luz la atravesó para llegar a todos los presentes, muertos o vivos. La Luz, impregnada con el poder curativo de esa niña, revivió y sanó a todas las personas, purificó sus almas y les hizo entender que la violencia, los combates, los odios, los rencores,…que nada de eso llegaba a ninguna parte, que las diferencias no son malas, que cada uno es bueno a su manera y la discriminación es sólo la faceta más ruin del miedo a lo desconocido.

Entonces, Serai sonríe. Sus ojos azules se llenan de lágrimas.

  • Pero La Luz del Crepúsculo…Ese poder, ¿sabes?, al usarlo tuvo que pagar un precio muy alto. Su vida. La niña murió para que todos vivieran en paz al menos unas generaciones más, hasta que todo volviera a empezar. Fue un sacrificio. Su destino era morir para que otros pudieran vivir.

  • …Es cruel.

  • Pero es real.

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/Lo entiendo./ Pensó Elvos.

Se sorprendió. No había sido consciente de sí mismo desde…¿cuándo? Tal vez había pasado una eternidad, tal vez sólo una milésima de segundo…

Elvos…

Descubrió que tenía un cuerpo, pero no recordaba cómo moverlo. No pudo ni abrir los ojos. No obstante, pudo oír una voz dulce que pronunciaba su nombre con infinito cariño.

  • Elvos…

Quiso hablar para responder…¿Pero cómo debía hacerlo?

Una cálida sensación llenaba su ser, meciéndolo como una madre mece a su hijo en sus brazos. Luz, paz, bienestar,…

  • ¿Lo entiendes ahora, Elvos? La Luz del Crepúsculo, el plan de Salvadores…y yo.

Sus ojos se abrieron de pronto. Tuvo que cerrarlos de nuevo, pues la luz lo cejó. Parpadeó varias veces y al fin pudo mirar a su alrededor.

Pero no había nada, sólo luz.

Luz, y una figura etérea frente a él, o tal vez sobre él, flotando. Su melena negra ondeaba, enmarcando su rostro blanco; tenía unos preciosos ojos azules que brillaban intensamente, como si la luz de las estrellas se hubiera resguardado en ellos. Su cuerpo desnudo aún estaba marcado por vagas cicatrices de torturas pasadas, y sus brazos abiertos parecían invitarlo a apoyarse en su cálido pecho.

Pero no podía moverse.

  • Se…Serai…- Logró pronunciar, con la boca seca y pastosa.

  • ¿Lo entiendes?

Lo entendía. Ahora todo estaba claro, todo encajaba.

Serai…Su Serai había sido bendecida…no, había sido maldita con la Luz del Crepúsculo. De ahí su inmenso poder, de ahí que todos quisieran protegerla a toda costa. Porque tenía un destino: morir para que otros vivieran.

Y ese era el plan de Salvadores. Dejar que ambos ejércitos se mataran entre sí, y luego usarla a ella, como si fuera un objeto, para resucitar a los muertos, sanar a los heridos y hacer que todos se aceptaran y se comprendieran.

  • Serai…Perdóname…- Musitó, apenas capaz de hablar.

Ella sonrió. Fue una sonrisa cálida, luminosa, que hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas.

  • No es culpa tuya. – Dijo con dulzura. – Está bien así. Es mi destino.

  • No…Serai…no…por favor…

  • Voy a ayudaros a todos. Es lo que debo hacer.

  • Pero…¿y tú?

  • ¿Yo? Como la niña que acabó con la Gran Guerra Mundial…moriré, seré consumida por la Luz…para que vosotros viváis.

  • No…Te lo ruego…no lo hagas…no lo hagas…- No pudo evitar llorar, observando ese rostro angelical que empezaba a desvanecerse.

  • Quiero que todos sepáis que…os amo. A todos vosotros, sin excepción. Amo la vida y todo lo que ello implica. Por eso, Elvos…Vive, vive tanto como puedas. Y recuerda que, por encima de todos los demás…te amo a ti.

Lo primero que sintió fue dolor, un dolor atroz que lo cruzó de parte a parte. No tenía fuerzas para gritar, retorcerse, llorar, y eso lo hizo todo más agónico. Creía que iba a morir.

Y, de pronto, el dolor fue sustituido por un torrente de pureza y dulzura que sanó su espíritu y arrastró la corrupción, borrándola, haciéndola desaparecer.

Estaba limpio.

Cuando reencontró su propio cuerpo, abrió los ojos sin dificultad y, confundido, se sentó. Estaba curado. La herida que el erek le había hecho en el hombro había sanado por completo, su cuerpo estaba rebosante de energía, como si nada hubiera pasado, como si no hubiera habido una batalla.

¿O lo habría soñado?

Miró a su alrededor, y supo que había sido real. Todos se levantaban, atónitos y confundidos, sorprendidos de estar vivos cuando hacía tiempo que se daban por muertos. Se miraron entre sí, primero a sus aliados, luego a sus enemigos.

Y descubrieron que nada los instaba ya a considerarlos como tales. Aquellas personas contra las que habían estado luchando…no eran diferentes a ellos mismos. Habían sido sanados y resucitados por el mismo poder purificador; su sangre era roja, como la suya, tenían corazón y emociones, sentimientos, podían llorar o reír, podían divertirse, aprender, desarrollarse.

Eran todos iguales, a pesar de sus distintas habilidades, de sus distintos poderes.

Y de pronto los que habían sido enemigos se encontraron abrazándose unos a otros, llorando, pidiendo perdón entre sollozos, dando las gracias por la bendición que habían recibido, por la comprensión y el entendimiento.

La mirada de Elvos se cruzó con la de Damodar, que, no muy lejos, se había sentado en el suelo con aspecto mareado. Ya no se odiaron, no hubo miradas de desprecio, de asco ni de desdén.

El Emperador abrió la boca para hablar, para pedir perdón, para agradecer, tal vez sólo para llorar…

Cuando una voz desesperada y agónica gritó una única palabra que lo devolvió a la realidad con la fuerza de una maza:

  • ¡SERAI!

Giyn gritó. Elvos lo vio caer de rodillas junto al único cuerpo inerte que quedaba en el valle, el cuerpo de una joven vestida de curandera, de piel cetrina y mirada vidriosa.

Muerta.

El invocador no pudo tocarla. Gritó otra vez, y lloró.

El Emperador negó con la cabeza, sin poder creer la verdad. Se levantó y caminó hacia allí. A su alrededor, muchos se empezaban a dar cuenta de lo que había ocurrido. Todos habían descubierto al despertar que habían sido salvados, y en aquel momento supieron por quién y cómo; y no les gustó.

Las lágrimas se volvieron amargas, los abrazos gestos de apoyo entre sí, y el dolor se hizo palpable.

Con su estupidez habían matado a la criatura más pura…más hermosa…más buena de Emeran.

Elvos dio un traspié cuando vio el rostro inerte de Serai, y cayó de rodillas junto a ella. Giyn no le impidió que se acercara, tal vez porque estaba demasiado trastornado, quizá porque su odio había desaparecido.

El joven de cabello castaño alargó las manos hacia la mujer. Estaba temblando. La tomó con cuidado por detrás de los hombros, alzándola.

  • Serai. – Llamó con voz trémula.

No hubo respuesta. Un mechón de cabello negro cruzaba el rostro de la curandera, pero no parecía notarlo; sus ojos vidriosos tenían la mirada perdida en algún punto indefinido que ya no veía, y no vería nunca más.

Estaba fría. Su corazón no latía. No respiraba.

Estaba muerta.

  • Serai, por favor…- Suplicó Elvos, negándose a creer lo evidente. – Serai…Serai, responde…te lo ruego, Serai…Serai…

Daba igual cuánto suplicara o cuántas veces pronunciara su nombre. No iba a volver. No lo haría. Estaba muerta.

Cuando logró aceptar la verdad, lágrimas saladas saltaron de sus ojos y rodaron por sus mejillas. Las vio caer sobre el rostro de la curandera y deslizarse hasta el suelo, donde se secaron.

Se inclinó hacia ella, sintiéndose débil de pronto.

  • Serai…- Murmuró, con la voz quebrada. – Perdóname, Serai…Perdóname…Oh, dioses, pero qué ciego fui…Debí haberlo entendido…Si no hubiera sido tan estúpido, tan obstinado…Esto…esto no habría pasado…Dioses…¿Qué he hecho…?

Repasó las facciones de Serai con la mirada, aunque tenía la vista nublada por las lágrimas. Lenta, muy lentamente, se arqueó sobre la joven y rozó sus mejillas, su frente, sus labios. Sintió que aquello era lo único que podía hacer…y la besó.

Fue un beso triste, amargo, un beso de despedida, lleno de dolor y angustia.

Pero se convirtió en algo más cuando sintió algo perdido en el fondo de Serai, un último atisbo de vida, algo que se escapaba ya, unos últimos segundos, no, milésimas de segundos, sólo un instante, un suspiro, un aliento,…

Y se encontró volcándose totalmente en ella, usando su poder para sanarla, para devolverle la vida que se le escapaba. Ya no le hacía daño. Había sido purificado y ahora era un mágico normal; no lo comprendía, no sabía por qué ni cómo había sucedido, sólo sabía que así era, y que aquella era la última oportunidad de su amada por seguir adelante.

Y aquel distante punto de luz que había en el cuerpo inerte se hizo más intenso.

/¿Por qué?/ Preguntó una voz, no en sus oídos, sino en su mente, o tal vez en la de Serai, no podía estar seguro.

/Porque te amo./ Respondió con franqueza, sin dejar de poner en juego todo lo que tenía.

/No sabes lo que haces. Estoy muerta. Déjame marchar./

/Nunca./

/Tu cuerpo necesita acostumbrarse al cambio, a tu nuevo poder. Si lo fuerzas ahora, es muy posible que pierdas la capacidad de sanación y vuelvas a convertirte en un mágico oscuro. Déjalo, Elvos. Ríndete./

/No lo haré./

  • Te amo. – Esta vez las palabras salieron de sus labios en un susurro apenas audible, rozando los de Serai. – Siempre te he amado, y siempre te amaré. Por eso…no voy a dejar que te vayas. No aún.

Y el punto de luz se hizo más intenso, cada vez más, se convirtió en una estrella, en un sol, cada vez más grande, más brillante, más cercano,…

Y entonces el dolor lo cegó.

Fue como si lo apuñalaran por mil lugares, desgarraran su cuerpo y arrancaran sus pulmones, todo a la vez.

Luego cesó, y pudo volver a respirar.

Se negó a soltar el cuerpo que seguía yaciendo entre sus brazos, pero no pudo evitar caer de lado al suelo, agotado, tembloroso, destrozado.

Y entonces el cuerpo se movió, muy levemente. Estaba cálido.

  • Tonto…- Susurró una voz conocida en su oído. – Dioses…Eres tan tonto…

Lágrimas saladas mojaron su rostro, pero no eran suyas. El cuerpo que sostenía entre sus brazos se zafó con mucha suavidad y se inclinó sobre él. Pudo ver, a pesar de su desenfocada mirada, unos ojos azules y brillantes que lloraban por él, agradecidos.

  • No sabes lo que has hecho. – Murmuró Serai, presa del llanto. – Te quiero, Elvos. Te quiero.

Esta vez, ella lo besó a él, y en esta ocasión fue un beso lleno de gratitud, de amor y de deseo, un beso que significó el fin de la Guerra de los Mágicos Oscuros, el fin del Imperio y de la discriminación, e inició una nueva etapa de igualdad y de paz.