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Sacrificio — capítulo 14
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Recuerda. – Dijo Janowar cuando el sol empezaba a despuntar. – Quédate atrás.
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Sí, con los curanderos. – Respondió Serai. – Lo sé.
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No, más aún. No podemos permitirnos ni el más mínimo fallo. Quédate conmigo hasta que llegue el momento.
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Debes guardar fuerzas. – Dijo Damodar. – Eres nuestra pieza clave.
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¿Y si no sale bien? – Preguntó la joven curandera. - ¿Y si no traen todas las fuerzas del Imperio, de qué servirá…esto?
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Sabe que es la batalla final. – Comentó el mentalista. – Sabe que aquí se dará el todo por el todo. No creo que deje gran cosa en la ciudad.
Rilran y Giyn se miraron fijamente durante varios segundos.
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¿Te vas? – Preguntó el invocador.
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No puedo hacer nada en esta lucha. – Respondió el otro. – La tarea de los zoodor es traer a criaturas aliadas, y es lo que he hecho; ahora no puedo hacer más.
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¿Ni siquiera vas a pasar a verla? Rilran…¡Va a morir!
El zoodor se volvió bruscamente, cerrando los ojos. No respondió.
No comprendía.
Elvos, sentado cerca del valle, mirando como el cielo pasaba del azul al naranja, seguía dándole vueltas. Había buscado en los libros, pero no tenía nada que hiciera referencia a la “Luz del Crepúsculo”.
Y, no obstante, había algo en sus recuerdos. Todavía no se acordaba, pero esa “luz”, si es que lo era, aparecía en su pasado.
Habían pasado dos semanas desde que empezó a buscar. No había descubierto su significado, pero ya era tarde: la batalla final estaba a la vuelta de la esquina.
Dejó el tema a un lado y empezó a hacer memoria de las fuerzas que había traído. Por recomendación de Alev había dejado a algunos mágicos oscuros en la ciudad, aquellos que estaban enfermos, discapacitados o ancianos, para proteger la Ninnpa Fosc en caso de que los Salvadores, en el hipotético caso de que vencieran, quisieran borrarla del mapa.
El resto de mágicos oscuros, también algunos invocadores, guerreros,…Todos los demás habitantes de la ciudad que estaban capacitados para luchar, a excepción de los niños y algunas mujeres, estaban allí.
Se oyó el sonido de un cuerno al otro lado del valle. Era la llamada de Salvadores, que indicaba que estaban allí, listos para luchar y morir en combate.
Se permitió una sonrisa.
Iban a morir, sin duda. Aquel atajo de infieles no podía hacer nada contra ellos, porque la verdad, el dolor y la desesperación estaban con de su lado.
Nunca debieron desafiar a las fuerzas del Imperio.
Damodar y Dalia se lanzaron miradas significativas antes de volverse hacia el enemigo. Estaban más avanzados que su ejército, para hacer de portavoces, y hablarían también en nombre de Janowar, que era demasiado frágil para una batalla de tal magnitud, y Mina, que, dado que era una curandera, estaba en la retaguardia, preparada para curar a los heridos.
Dos hombres se acercaron. Uno era Elvos; no lo habían visto nunca, pero su túnica oscura y su capa negra delataba su condición de mágico oscuro, ¿y qué otro iría a hablar con los magnus? El otro hombre…bueno, parecía un guerrero, con su armadura y su cuerpo robusto.
Damodar hizo una mueca de disgusto. Un guerrero, ni más ni menos. Eran criaturas escasas, ya fuera porque realmente nacían pocas, ya fuera porque se ocultaban. El caso es que desde tiempos inmemoriales los guerreros y los mágicos se habían llevado mal, sin motivo, sólo un odio irracional.
Algo como lo que había entre mágicos y mágicos oscuros.
Elvos y su compañero llegaron hasta ellos, quedándose a un par de metros de distancia. Los cuatro se miraron intensamente durante unos instantes, midiéndose.
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Es cierto lo que dicen. – Comentó Dalia, con la cabeza bien alzada. – El tan nombrado Emperador es…un crío.
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Y vosotros sois sólo cuatro vejestorios. – Interrumpió el otro hombre de malos modos.
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Dalia, si no me equivoco. – Respondió Elvos fríamente. – Y tú debes ser Damodar, el hechicero. Imagino que la curandera Mina se habrá quedado en la retaguardia, y vuestro mentalista…¿Janowar?…permanecerá alejado de batalla.
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No eres estúpido del todo, por lo que veo. – Comentó Damodar, con desdén. – Pero sí algo duro de mollera. De no ser así, habrías aceptado la oportunidad que te dimos por el bien de tu gente.
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¿El bien de mi gente? ¿Me dirás que te importa el bien de mi gente, que no son otros que mágicos oscuros?
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No estamos aquí para discutir. – Interrumpió Dalia, dando un paso al frente, haciendo ondear su vestido vaporoso. – Te damos una última oportunidad: entrégate junto a tus más allegados, y tu gente no sufrirá ningún daño. Tampoco atacaremos la Ninnpa Fosc, si eso es lo que te preocupa.
El compañero del Emperador soltó una breve carcajada y se cruzó de brazos en actitud chulesca. Elvos ladeó la cabeza, se inclinó hacia ellos y dijo:
- No.
La elemental aérea cerró los ojos. Había tenido la esperanza de que aquellas dos semanas hubieran sido suficientes para hacer que ese estúpido pensara en lo que debía hacer.
- Todo está dicho, entonces. – Sentenció Damodar. – Que los dioses se apiaden de tu pútrida alma, nekro. – Arrugó el ceño, mostrando una fiera mirada por encima del cuello de su túnica. – Morirás de los primeros para que Su poder no te alcance.
Sin darle tiempo a preguntar de qué poder hablaba, el hechicero y la elemental dieron media vuelta y se alejaron. Elvos y su compañero volvieron con su bando, se pusieron en primera fila y giraron otra vez hacia el enemigo.
El ejército de Salvadores era inmenso; probablemente habían usado todas las fuerzas que tenían. Pero el suyo también era un gran ejército.
Ambos bandos se miraron desde una distancia prudencial, midiéndose el uno al otro.
En Salvadores, la fe inquebrantable de la lealtad y la bondad mantenía firmes a sus hombres; muchos sabían que iban a morir, pero no les importaba si con sus vidas contribuían a la victoria. Pero había otros, tres, tal vez cuatro, o incluso cinco, que tenían claro que muy pocos iban a fallecer en aquella lucha; y todos ellos, sin excepción, lamentaban que las cosas no pudieran suceder de otra manera.
En el ejército del Imperio, la fe se basaba más en la desesperación y el rencor. Estaban dispuestos a lo que fuera. No tenían escudos mágicos como sus enemigos, pero tenían fuerza, capacidad de hacer tanto daño que sus víctimas no podrían levantarse del suelo. No había miedo en los seguidores del Emperador, sólo la seguridad de la victoria. Pero la mente de Elvos, dividida entre la batalla y sus recuerdos, empezaba a intuir algo, apenas un atisbo.
No obstante, no se acordó a tiempo de qué era. Si lo hubiera hecho…Las cosas hubieran sido distintas para todos.
Ambos bandos alzaron sus banderas e hicieron sonar sus cuernos. Instantes después, como si hubieran dado una señal, cada uno se lanzó contra el otro.
Los ejércitos chocaron.
En primera fila, Salvadores disponía de poderosas criaturas convocadas por los zoodor, también de brujos y magos que empezaron a lanzar hechizos en cuanto tuvieron al enemigo a tiro, psíquicos que hacían volar por los aires a sus rivales y un par de ilusionistas que hacían creer que era un ejército mucho mayor de lo que en realidad era. En segundo lugar estaban los invocadores, que se apresuraban a invocar a sus más poderosos y eficientes kirin, también había oradores, hechiceros y elementales de tierra, agua y aire. Luego estaban algunos brujos y magos poco capacitados para el ataque, y cuya función se basaba en la de crear escudos que protegieran a sus aliados. En la retaguardia, los curanderos ya alzaban sus varas, dispuestos a dar su vida a cambio de sanar a sus amigos.
Serai y Janowar estaban lejos de allí, a la espera de que Fenris, que lo observaba todo desde una distancia prudencial, llegara para darles la señal.
Rilran no estaba con el lobo. Él, lejos de las montañas, se negaba a estar presente en aquella matanza que culminaría con el sacrificio.
La primera línea de mágicos oscuros atacó con todo su poder a las criaturas de Salvadores cuando Zezile y los otros dos zoodor fracasaron al intentar convencerlos de que huyeran; los escudos los protegieron, pero aquello estaba previsto, igual que estaba previsto que, con unas pocas embestidas, las defensas caerían.
Era uno de los problemas de que se explicaran las estrategias mágicas en los libros. Elvos había aprendido hacía mucho tiempo cómo funcionaban los escudos: sólo se trataba de levantar una barrera en el exterior usando la energía propia, y con cada golpe recibido el cuerpo se cansaba más y la mente se resquebrajaba.
Él sabía cómo funcionaban los poderes de sus enemigos. Ellos no sabían cómo funcionaba le suyo. Era lo bueno de que los mágicos oscuros fueran odiados: sólo se hablaba mal de ellos, y no de magia corrompida.
Las primeras bestias empezaron a sufrir los efectos, junto a un par de brujos. Tras unos minutos de embestir contra los escudos con los poderes oscuros, éstos finalmente cedieron; se oyeron gritos más atrás, y el ejército del Imperio comprendió que los que se encargaban de ellos habían caído.
Inmediatamente, el campo de batalla se llenó de aullidos, gañidos, graznidos y chillidos de dolor. Los Salvadores fueron alcanzados con el “poder sanador” de los mágicos oscuros; era insoportable.
Pero no sólo ellos sufrieron daños. Kirin, criaturas aliadas de los zoodor y mágicos ya lanzaban ataques contra el enemigo, y se iniciaron las bajas.
Las muertes ya habían empezado.
Damodar encontró en seguida a Elvos. Estaba dispuesto a cumplir su palabra: iba a matarlo de los primeros, aunque perdiera la vida con él, para que Ella no pudiera salvarlo.
Lanzó un ataque de fuego contra el Emperador. Creyó alcanzarlo…Pero luego descubrió que se había teletransportado varios metros a un lado, y además lo había descubierto.
Se preguntó cómo un vulgar mágico oscuro podía hacer algo tan avanzado como teletransportarse; era algo que sólo los hechiceros más poderosos, como él mismo, lograba alcanzar. Y sin embargo aquel mocoso, aquel crío con pretensiones de líder, sin ningún tipo de educación mágica…
No tuvo tiempo de pensar más: Elvos ya le lanzaba un ataque, un rayo negro que surgió de sus manos unidas y se dirigió contra él, raudo. Damodar levantó un escudo para protegerse; recibió el impacto en sus energías, pero al menos salvó su cuerpo físico. Cuando el rayo se extinguió, deshizo la barrera.
Hubo un breve intercambio de miradas, como si ambos contrincantes se midieran. La batalla a su alrededor parecía no existir; sólo ellos dos, y el deseo, la necesidad de aniquilar al contrincante.
Elvos fue el primero en romper el contacto visual. Se agachó, acercó las palmas de las manos frente a su pecho, gritó y lanzó un nuevo rayo, tal vez más poderoso que el anterior. En esta ocasión, Damodar se echó al suelo y rodó para esquivarlo: no se podía permitir levantar otro escudo, y la teletransportación usaba demasiada energía como para malgastarla ahora.
El hechicero se levantó rápidamente y contraatacó; puso las manos en el suelo, y de éste brotaron lianas y zarzas que apresaron al Emperador, rodeándole las piernas, la cintura, los brazos y buscando alcanzar su cuello y estrangularlo.
Y, de pronto, todas esas plantas se marchitaron y murieron.
Damodar vio, horrorizado, cómo Elvos sonreía, malévolo y sádico, pero a la vez…triste.
- Ningún mágico podría hacer algo así. – Comentó el joven. – Matar de este modo…sólo nosotros, aquellos que estamos corrompidos, podemos hacerlo. ¿Asustado, hechicero? Yo de ti lo estaría.
No tuvo ni que moverse. Sólo abrió más los ojos, esos ojos de un color azul indefinido, y el dolor le llegó a Damodar como un torrente. Gritó y se retorció, convulsionado, presa del dolor más atroz imaginable. Pero Elvos no cedió. Lo miró con aparente tranquilidad mientras sus ojos brillaban de un modo extraño, antinatural. Era el brillo de la corrupción.
No obstante, se interrumpió cuando un kirin se lanzó contra él, y tuvo que esquivarlo, dejando a Damodar tirado en el suelo, jadeando y demasiado débil como para levantarse. Observó a su enemigo; era un golem, un kirin de tierra, nivel medio, formado por rocas y tierra. Su elemento eran las piedras, pero sus fuertes brazos podrían aplastar a un humano con facilidad.
Desvió la mirada hacia el invocador.
Ah, por supuesto.
Giyn estrechó la mirada y señaló a Elvos con un dedo.
- Acaba con él, golem. – Ordenó, con veneno en la voz.
El kirin alzó los brazos, emitiendo un sonido que parecía cruzar el entrechocar de miles de rocas que resonaban en una cueva. Corrió hacia el Emperador, pero era un espíritu lento y su enemigo tuvo tiempo de sobras para esquivarlo y lanzar contra él una bola de fuego que conjuró y salió disparada de sus manos.
Fue lo primero que se le ocurrió, pero no lo más eficiente. Las llamas rodearon al golem, pero no le hicieron daño; como kirin terrestre, su debilidad no era esa. Elvos pensó rápidamente en cual era el elemento contrario a la roca. El agua probablemente lo resquebrajaría al hincharla, pero no había tiempo; visto lo visto, el fuego tampoco era eficaz; tal vez el viento cortante podría partirlo, pero de nuevo no tenía tiempo para dedicarlo. Sólo quedaba…la propia tierra.
Erosión.
Alzó las manos con decisión. El golem volvió a rugir y se lanzó contra él; no obstante, se vio detenido por un golpe de viento que lo hizo tambalearse. Este viento, a gran velocidad, iba acompañado por pequeñas piedras y partículas de arena. Era una buena estrategia: el aire que golpeaba y giraba a su alrededor lo mantenía más o menos quieto, mientras la tierra hacía su trabajo. Luego sólo haría falta usar el viento cortante, y ¡zas!, se acabó el golem.
Por supuesto, eso no significaría su muerte, sólo la desaparición de su cuerpo físico. No podría recuperarlo hasta varios días después, y para entonces ya se habría perdido el pacto con Giyn.
Por supuesto, el invocador no iba a dejar que venciera tan fácilmente. Juntó las manos de manera que se viera bien su pulsera, donde había incrustada una preciosa piedra azul cielo que empezó a brillar.
- Erek, kirin del aire y la electricidad. – Llamó. - ¡Por el pacto que nos une, ven en mi ayuda ahora y elimina a mis enemigos!
Un relámpago bajó del cielo despejado y cayó cerca; se oyó un potente trueno mientras el golem volvía a rugir, tratando de alcanzar a Elvos. Otro rayo cayó, y en esta ocasión se materializó en el kirin al que acababan de invocar: erek, un espíritu con forma de unicornio azulado con marcas amarillas y crines y cola en mechones rectos, blancos; su cuerno, que zigzagueaba como un relámpago, brillaba levemente.
El kirin movió la cabeza y relinchó, alzando el cuerno al cielo. Fue un sonido sobrenatural, estremecedor y hermoso; con ese relincho llamó a un torrente eléctrico que cayó sobre él. Lo absorbió, y luego lo lanzó contra Elvos.
El Emperador tuvo el tiempo justo para apartarse, pero se vio obligado a dejar al golem para escapar del ataque. Ahora tenía dos kirin contra él, y controlados por un invocador que parecía tener algo personal contra él.
Bueno, no estaba asustado. Eran sólo de nivel medio, nada que no pudiera controlar solo.
Si uno no puede enfrentarse a un kirin, por cualquier motivo, el truco está en atacar al invocador. Probablemente, el espíritu lo protegerá hasta que su cuerpo físico muera, pero en caso de que no ocurriera y el invocador cayera inconsciente…el kirin probablemente se desharía del pacto y se iría.
Así que Elvos reunió energía en sus manos y lo lanzó, en forma de onda de choque, contra Giyn. Como era de esperar, el golem se interpuso mientras erek relinchaba y cargaba contra el Emperador.
El kirin de tierra se resquebrajó; uno de sus brazos cayó al suelo pesadamente: el ataque anterior había dado resultados. Elvos esquivó al otro espíritu con ciertas dificultades.
Empezaba a estar cansado.
Se las ingenió para mandar otra onda de choque contra Giyn; el golem volvió a protegerlo. Esta vez, no obstante, todo su cuerpo se quebró. No se había roto, pero un solo ataque más y…
- ¡Golem, márchate! – Ordenó el invocador.
Elvos se sorprendió. No había conocido nunca ningún invocador que protegiera a sus kirin. Era algo…inusual. No pudo evitar pensar en Serai, en su bondad innata, y preguntarse si esa forma de actuar la habría aprendido de ella.
El golem rugió una última vez…y luego desapareció.
Sólo quedaba el erek, que se lanzó de nuevo contra él, con el cuerno por delante. Elvos recibió la cornada a la altura del hombro; ahogó un grito de dolor y puso las manos en el cuello del espíritu.
Y usó su poder corrupto contra él.
El erek, horrorizado, se apartó y retrocedió hasta ponerse junto a su invocador.
Giyn se veía ya agotado. No obstante, con sus últimas fuerzas estaba haciendo una última invocación.
- Valiant, kirin divino. – Llamó, mientras la piedra de su pulsera brillaba y sus ojos azules parecían sonreír, arrogantes. – Ven a mí por el pacto que nos une, llénalo todo con tu luz y acaba con mi enemigo.
Elvos retrocedió, casi tan horrorizado como el erek, que en ese momento se había interpuesto entre su invocador y él.
Valiant era un kirin divino, y además de nivel alto. Su poder se basaba en la luz, la sanación,…Casi como si fuera un curandero, pero con ataques físicos como ondas de choque y una lanza luminosa de arma. Si ese espíritu usaba su poder contra él…
- ¡Ni hablar! – Gritó.
Lanzó un torbellino de viento cortante contra Giyn. El erek se interpuso y recibió el impacto. Se le abrieron un par de heridas de las que nacieron chispas en lugar de sangre, pero nada más; por supuesto, el aire era su elemento y no podía hacerle daño.
Alrededor del invocador empezó a aparecer una luz sobrenatural. Valiant.
- ¡No! – Hizo Elvos, horrorizado.
Con un gruñido, el Emperador lanzó una columna de fuego que se alzó hacia el cielo y avanzó contra sus enemigos. El erek lo recibió…y, en esta ocasión, su cuerpo físico quedó carbonizado y desapareció.
Pero era tarde.
Valiant, el kirin divino, se materializó al fin junto a su invocador, luciendo su brillante y gigantesca armadura pálida, armado con su lanza luminosa. Si tenía cuerpo, no se le veía.
Valiant alzó la lanza y apuntó con ella a Elvos. Él rápidamente puso en juego todo su poder corrupto para atacar a su enemigo; éste recibió el impacto antes de poder moverse, pero no pareció inmutarse. Avanzó. Era lento pero letal.
El kirin divino levantó su mano libre, que brilló más que el resto de su cuerpo…
Y entonces el dolor atenazó a Elvos, como una cascada, como una descarga eléctrica, un dolor que no esperaba volver a sentir, más grande que cualquier cosa que hubiera sentido nunca. Cayó al suelo, gritó, se retorció, derramó lágrimas de desesperación y pánico.
Iba a morir. Iba a morir.
Y, justo cuando el último suspiro de vida que había en él iba a desaparecer…Todo cesó. Cesó el dolor, cesó la luz de Valiant, el fragor de la batalla.
Giyn había perdido todas sus fuerzas y había caído al suelo, cerca de él, consciente pero demasiado débil. Valiant no podía mantenerse por sí mismo; oh, podría haberlo hecho si hubiera estado preparado para ello, si su invocador le hubiera dado energía extra para mantener su cuerpo físico o le hubiera avisado de que debía extraer fuerzas del ambiente. Pero no lo había hecho, así que el kirin se desvaneció.
Elvos fue consciente a medias de esto, y de que la batalla había terminado. Ahora, el valle estaba lleno de cuerpos inertes, de sangre, de cadáveres, heridos. El aire estaba cargado de gritos, llanto, gemidos, jadeos y lamentos. La muerte y el dolor se podían respirar por doquier.
Y se preguntó si había hecho bien, si aquella era la opción correcta.
- N…no…
Volvió lentamente la cabeza, con dificultad, y vio que de los ojos azules de Giyn escapaban unas lágrimas. Se le desenfocó la vista.
- No…- Musitó el invocador. – No lo hagas…Se…rai…
¿Serai? ¿Qué pasaba con ella?
Entonces oyó pasos. O eso le pareció, porque cuando reunió fuerzas para alzar la cabeza y mirar vio que alguien se acercaba, pero estaba lejos, muy lejos, apenas una silueta recortada contra las montañas.
Pero, a pesar de la distancia, de su mirada desenfocada, del dolor, de la seguridad de que la muerte llegaría de un momento a otro, la reconoció.
Serai miró el espectáculo con los ojos llenos de lágrimas pero el semblante impasible. Lenta, muy lentamente, alzó la mano y cogió el bastón que tenía atado a la espalda.
- ¡SERAI, NO LO HAGAS! – Gritó Giyn con sus últimas energías.
Pero ella…ella sonrió, con dulzura, con tristeza.
- Lo siento. – Susurró la joven curandera, y su voz apenas audible le llegó a Elvos como si hablara en su oído. – Al final…no puedo escapar a mi destino.
Alzó el bastón con las dos manos, y la punta empezó a brillar. Mucho. La luz se hizo más y más intensa, pero el joven Emperador no quiso cerrar los ojos. Tenía miedo, y esta vez no era por la muerte inminente, por el peligro de ser “sanado” en cualquier momento. No, era por ella. Por sus palabras.
Porque de algún modo supo que iba a morir.
Entonces vio el cielo enrojecido. Se preguntó, estúpidamente, cuándo había caído la tarde.
No, no la tarde. Aquello era…El crepúsculo.
De pronto, un torrente de luz atravesó el cuerpo de Serai, que gritó, y todo el valle se llenó de luz.