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Sacrificio — capítulo 13

Se citaron para al cabo de dos semanas, en terreno neutral: un valle que había en las montañas Taro, lo suficientemente grande como para albergar a dos grandes ejércitos. Los canes no irían, y por tanto los wargo tampoco; por lo demás, cada bando era libre de traer tantas fuerzas como las que pudiera disponer para la batalla. Sería al amanecer, sin trampas ni malas jugadas: iban a luchar limpiamente.

  • Bien. – Dijo el Emperador. – Si no hay nada más que hablar sobre el tema…Marchaos.

  • Vaya, cuánta hospitalidad. – Se burló Giyn.

  • ¿Hospitalidad? No tengo por qué mostrar hospitalidad con unos infieles como vosotros.

El invocador arrugó la nariz. Se levantó bruscamente, inclinándose por encima de la mesa.

  • ¡Nekro del…!

Se oyó un fuerte golpe, y al instante siguiente Giyn estaba gimiendo, con las manos en la cabeza y sentado de nuevo. Serai soltó un soplido, aunque su expresión no había cambiado en ningún momento, y volvió a atarse el bastón a la espalda, donde solía estar.

  • ¡Dioses! – Se quejó Giyn en cuanto pudo articular palabra, con los ojos llenos de lágrimas de dolor. - ¡Será jodida la curandera! ¿¡Y ahora por qué me das semejante bastonazo?!

  • Vámonos. – Dijo ella, sin hacerle caso, mientras caminaba hacia la salida.

Él la miró un momento, enfadado.

  • Te odio. – Sentenció, mirándose las manos para comprobar que no había sangre.

Serai se volvió hacia él, clavó su mirada azul en él…y luego mostró una de esas extrañas medias sonrisas, estremecedoras.

  • Mentira.

Feb hizo un ruido extraño mientras subía y bajaba la cabeza. Era su forma de reír. Elvos dio un respingo al oírlo; se había quedado paralizado al ver a Serai, una curandera, usar la fuerza física contra otro ser vivo. Era…en fin, inaudito.

Se esforzó por despejarse, y los guió hasta las puertas negras. Por el camino, otros prisioneros alzaron sus manos hacia la joven y rogaron por su salvación; esta vez, no obstante, ella no respondió a sus súplicas.

Las Puertas Negras se abrieron para dejar salir a los invitados. Giyn y Feb salieron, y Serai iba a hacerlo…

Pero entonces algo pareció asustarla, porque retrocedió hasta chocar con Elvos, que, inconscientemente, la cogió por los hombros para que no cayera.

  • ¿Qué pasa? – Preguntó, tratando de imprimirle a su voz algo de desprecio o burla, aunque no pudo tapar del todo la preocupación.

El invocador chasqueó la lengua y miró al cielo. Estaba enrojecido; ya caía la noche, y el sol debía estar casi puesto al otro lado de las montañas.

  • Es el crepúsculo. – Explicó de mala gana. – Serai le tiene una especie de fobia.

Elvos alzó una ceja, se apartó de la curandera y la observó. Vio su rostro crispado en una mueca extraña, de odio y a la vez de anhelo, de temor, su mirada dirigida hacia el cielo de fuego, todo su cuerpo en tensión.

  • Pues quédate.

Inmediatamente se preguntó por qué había dicho eso.

  • Sólo esta noche, claro.

Idiota, idiota, idiota…

  • Por la mañana ya podrás volver adonde quiera que vayas.

¿Qué clase de necio le decía a la chica que lo había abandonado…que se quedara a dormir en su casa porque “tiene fobia a los crepúsculos”?

Serai ladeó lentamente la cabeza, sin despegar la mirada del exterior, y al fin asintió con la cabeza, nerviosa.

  • ¿Estás segura? – Preguntó Giyn. – Podemos esperar a que se haga de noche y…

  • Es peligroso viajar de noche. – Interrumpió Elvos. – Sobretodo para una chica.

  • No para una curandera, imbécil. Ni tampoco para ella, precisamente. Además, estamos Feb y yo para protegerla.

  • Uy sí, los bandidos temblarán sólo de veros.

  • Callaos los dos. – Soltó Serai.

Ambos la miraron. No era normal en ella hablar en ese tono, autoritario y nervioso. Debía de ser una fobia muy fuerte. ¿Pero a qué clase de persona le daban miedo los crepúsculos?

  • Giyn, vuelve a casa. – Ordenó. – Yo me quedaré aquí con Feb hasta mañana; entonces nos reuniremos con vosotros.

  • …Vale. – Aceptó él. – Pero ten cuidado.

  • Lo tendré.

Cuando el invocador desapareció al otro lado de las Puertas Negras, Elvos se sintió súbitamente impotente, sin saber qué hacer o decir. Serai se volvió hacia él; todo rastro de miedo o nerviosismo había desaparecido de su rostro: volvía a ser la de siempre.

El Emperador suspiró.

  • Bueno. – Dijo. – Aquí estás otra vez.

  • Sí. – Respondió ella.

  • Creo recordar que Keyra ya te enseñó la ciudad.

  • Bastante bien, sí.

  • Entonces no me queda mucho por hacer. ¿Te apetece pasear?

Volvió a llamarse imbécil mentalmente. ¿Cómo era posible que en esos momentos hubiera perdido todo su placaje, toda su arrogancia, para convertirse en…?

¡Dioses, parecía un quinceañero enamorado!

Serai asintió con la cabeza. Elvos agradeció que ella fuera tan…¿comprensiva? ¿Discreta? ¿Indiferente? Daba igual. Echó a caminar, y la curandera lo siguió. Feb titubeó, pero finalmente optó por irse con Kero y sus nuevos hermanos: su joven amiga no sería herida por ese hombre.

Y, mientras andaba de vuelta a las galerías, preguntándose qué demonios iba a hacer, el Emperador se acordó de algo.

  • Oye, ¿te parece si te presento a mi familia? – Titubeó. – No mi familia biológica, claro, al fin y al cabo ellos…

  • Tranquilízate, Elvos. – Pidió Serai. – Sé mejor que tú dónde y cómo está tu familia.

Elvos dudó, sorprendido.

  • ¿Ah, sí? – Preguntó, sin saber si quería saberlo.

  • Ajá.

Con mucha suavidad, la curandera puso una mano bajo la capa del Emperador, posándola sobre la base de la espalda; él no pudo evitar estremecerse. Esas manos podrían matarlo en cualquier momento, libres de cualquier joya que sellara su poder, y aún así deseaba que lo tocaran.

  • Tus abuelos maternos, a los que no llegaste a conocer, murieron poco después de tu nacimiento, al parecer demasiado destrozados por la marcha de su hija mayor. – Explicó, mirándolo fijamente. – En cuanto a los paternos, fallecieron hará un par de años. Tu padre aún vive…- Elvos sufrió otro escalofrío. - …pero no sé dónde está; lo último que supe es que, poco después de tu desaparición, él cambió de país. No tienes más familia directa a excepción de una tía, hermana de tu madre.

  • No sabía que mi…madre…tenía hermanas.

  • Sólo una. Era una mujer un poco especial, vivía la vida al máximo sin importarle nada, pero hace un tiempo sentó la cabeza y decidió cuidar de lo que quedaba de su familia.

  • ¿Ah, sí?

  • Sí. Descubrió dónde estaba su único sobrino y decidió tenerlo vigilado. Ahora vive en algún lugar de esta ciudad.

Elvos dio un respingo y se volvió hacia Serai. Su mirada mostraba una reencontrada ansia por saber más de su familia biológica, un imperioso deseo por saber dónde, exactamente, estaba esa tía suya.

No obstante, la curandera ladeó la cabeza y eludió el tema.

  • ¿No decías que me ibas a presentar a alguien?

La primera visita era en una de las plantas más bajas de la galería derecha, una habitación bastante pequeña. No había gran cosa, sólo un armario, una estantería casi vacía y una cama.

Sobre la cama, sentada, había una anciana de aspecto centenario, muy arrugada, de mirada vidriosa y expresión demente.

  • Hola, abuela. – Saludó Elvos al entrar, muy dulcemente.

  • El fin…- Musitó la mujer, alzando las manos hacia él.

El Emperador trató de sonreír y las tomó entre las suyas, con dulzura.

  • No hagas mucho caso de lo que diga. – Le pidió a Serai, que aguardaba en la puerta, sin saber si entrar o no. – En sus tiempos fue una gran vidente, ¿sabes? Conocía el destino más probable de todas las cosas, e incluso algunos más improbables. Pero, como todos los buenos videntes, terminó loca.

  • Es el precio a pagar por la videncia. – Respondió la curandera. – O eso dicen.

  • Sí, eso dicen. Ahora dice cosas sin sentido…al menos para nosotros. Tal vez sean visiones, quizá sólo delirios. No podemos saberlo.

  • Es una pena.

  • El fin está cerca…- Murmuró la anciana, mirando con desesperación a Elvos, como si pretendiera hacerse entender. – Todo terminará pronto, la Luz llenará nuestros corazones, y ya no habrá dolor…

Serai sufrió una especie de espasmo, pero el Emperador no lo vio.

  • Calma, abuela. – Pidió el hombre. – Deberías descansar.

  • La Luz, hijo mío, la Luz…- Musitaba ella mientras Elvos la tendía de nuevo en su lecho. – Cuando la Luz llegue, entonces todo…todo habrá pasado, el dolor, la tristeza, la desesperación, sólo la bondad y la paz quedarán para apaciguarnos…Pero…- Entonces, la anciana empezó a llorar. – Desgracia, pobre criatura, el sacrificio innecesario de una guerra que no es suya, oh, pobrecilla…

  • Duérmete, abuela.

Elvos besó la frente de la mujer con dulzura, y luego salió tras Serai, cerrando la habitación de nuevo.

La joven curandera tenía una expresión grave.

  • ¿Qué pasa? – Preguntó, confundido. - ¿Te ha asustado lo que ha dicho?

  • ¿Asustarme? – Repitió ella. – No. ¿A quién más voy a conocer?

La siguiente parada fue unos pisos más arriba, en la galería izquierda. Era una habitación algo más grande que la de la anciana, con más cosas pero decoración pobre. Había un hombre mayor sentado junto a una mesa pequeña y redonda; era casi calvo, y sólo unos pocos pelos blancos caían por encima de sus orejas y su nuca; tenía una mirada pétrea, dura, a pesar de su aspecto frágil. A Serai le recordó a Damodar por su expresión dura, pero sin duda aquel no era un hechicero.

Intuía que era algo peor.

  • Abuelo, esta es Serai. – Presentó Elvos.

  • La chica. – Dijo el anciano con voz cascada y despectiva. – No creí que llegaras tan lejos con una estúpida curandera.

El Emperador rodó la mirada.

  • Serai, este es mi…abuelo, el mentalista de la ciudad.

Mentalista.

Instintivamente la joven dio un paso atrás, pero topó con la puerta que acababa de cerrar. Sus ojos se cruzaron con los del hombre, y él le dirigió una mirada que parecía querer tantearla.

Pero su mente no se vio invadida.

  • Así que tienes miedo de mis habilidades, ¿eh? – Preguntó. - ¿Algo que ocultar?

Serai no respondió, pero tampoco hacía falta.

  • Temes que descubra qué es eso del “plan definitivo” de los Salvadores. – Sonrió el anciano, burlón. – No te preocupes, sea cual sea no es suficiente para vencernos. Con Elvos a nuestro lado, nada puede con nosotros. Yo me dedico sólo a encontrar la semilla de la traición en nuestros fieles, no a desentrañar estrategias ajenas; eso se lo dejo a Alev. ¡Y tú! – Se volvió bruscamente hacia Elvos. - ¿Cómo puedes dejar que lleve su bastón? ¡Es un arma en potencia! ¡Podría usarlo contra ti! ¡En realidad, toda ella es peligrosa!

  • Y tú eres un paranoico. – Replicó el Emperador. – Los curanderos no usan su poder para herir.

  • ¡Ella no es una curandera corriente!

Elvos arrugó el ceño, y al mismo tiempo Serai se apretó más contra la puerta, como queriéndose fundir con ella. No obstante, él negó con la cabeza, suspirando.

  • Cena pronto y vete a dormir, estás muy raro hoy. – Recomendó. – Vamos, Serai.

Y salieron de la habitación.

En anciano se quedó allí, mirando a la puerta nuevamente cerrada, y respiró hondo.

Lo había notado de inmediato. Aún sin tocar la mente de esa chica, lo supo; no era normal. Ella era…

No podía ser, ¿verdad? Aquello era sólo…un mito. Un cuento. La Gran Guerra Mundial no terminó gracias a eso.

¿Verdad?

Caminaron en silencio por los pasillos. Aquella expresión grave que había marcado el rostro de Serai fue desapareciendo, y unos minutos después, cuando llegaron a otro piso de la galería, ya pasado el ocaso, volvía a estar normal.

  • Dime una cosa. – Dijo Elvos.

  • ¿Qué?

  • ¿A qué vino eso de darle un bastonazo a tu compañero?

La curandera rodó la mirada al recordarlo.

  • Giyn es un buen chico. – Explicó. – Es mono, simpático, agradable, es caballeroso y encantador…

Por algún motivo, esas palabras lograron que el Emperador se pusiera celoso.

  • …Pero tiene un grave problema, y es que es bastante intolerante. – Siguió ella. – No me refiero a que sea como la mayoría y odie todo lo que es diferente a él. Eso es de locos. Odia a los mágicos oscuros y casi todo lo que tenga que ver con ellos; acepta a Kero y Feb porque saben que están de mi lado, que si no…Bueno, no es culpa suya, al fin y al cabo lo educaron así. Pero es que cuando se pone de esta manera, que si los nekros, que si los mágicos oscuros y que si porras en vinagre…¡Me hierve la sangre!

  • ¿Pero por qué? Quiero decir, ¡eres curandera! Deberías estar de acuerdo con él, al fin y al cabo tú…

Enmudeció ante la mirada de Serai, tan fría y herida, como si acabara de darle una puñalada por la espalda.

  • Muy bonito. – Dijo. – Yo haciendo lo imposible por borrar del mapa esos absurdos tópicos de “los mágicos oscuros son malos” y “los curanderos son la encarnación de la pureza”, y vas tú y…

Entonces soltó un bufido de frustración y le dio la espalda.

Elvos se sintió enternecido. De algún modo sabía…o quería creer…Que toda esa lucha por la igualdad, por el respeto hacia los mágicos oscuros…que todo era por él, por ayudarle. Por darle un camino distinto a la guerra.

Típico de los curanderos, tan pacíficos.

Se acercó, con cautela, y le rodeó la cintura con los brazos, suavemente. Serai lo dejó de hacer, sin moverse, sin volverse hacia él, sin mirarlo.

  • Yo también lucho contra esos tópicos. – Susurró el hombre, hablando a su oído. – Pero, al contrario que tú, no escojo la palabrería. Eso no sirve de nada.

  • La guerra sólo consigue más guerra. La “palabrería”, bien usada, puede hacer entrar en razón a las criaturas inteligentes.

Elvos rodó la mirada y acarició el vientre de la joven.

  • Lo que tú digas, curandera. No discutamos esto.

Lentamente, Serai se volvió entre sus brazos y lo miró a los ojos. Estuvieron un rato así, sólo mirándose, sin decir nada, sin moverse. Entonces él avanzó, queriendo besarla, deseándolo de corazón, probar sus dulces labios,…

Pero dudó en el último momento, y se detuvo.

Repentinamente la soltó y le dio la espalda.

  • Te llevaré a una habitación. – Dijo muy rápido, como si tuviera prisa. – Le diré a alguien que te suba algo de cenar, y podrás descansar.

Empezó a caminar, pero se detuvo cuando notó que Serai le tiraba de la capa. No se volvió a mirarla, pero aún así ella se acercó, muy lento, le rodeó con sus brazos y se apretó contra su espalda, con dulzura pero firmeza.

  • La verdad…- Murmuró de forma apenas audible, pero con un tono sensual y estremecedor. - …es que preferiría pasar esta noche…contigo.

Elvos no pudo dormir aquella noche. Se quedó largas horas en vela, mirando el rostro tranquilo de Serai, que estaba vestida sólo con un camisón pálido y vaporoso que había sacado de una bolsa que Feb llevaba sobre su lomo. Su melena negra se desparramaba por la almohada, y su piel, pálida como la luna, parecía brillar a la suave luz del candelabro.

Se empezó a hacer muchas preguntas.

¿Por qué no podía decirle lo que sentía? ¿Por qué no podía besarla? ¿Por qué no estaban en el mismo bando, si pensaban igual? ¿Por qué no podían llegar a un acuerdo?

¿Por qué, por qué, por qué?

¿Qué era el plan definitivo de Salvadores? ¿Qué era ella en ese plan?

¿Y por qué Serai no se lo decía? ¿Y qué sentía hacia él? ¿Lo odiaba, lo amaba, sencillamente lo quería como al amigo que fue? ¿O acaso ni siquiera ocupaba un lugar relevante en su corazón? ¿Qué significaban esas miradas vacías, esas súbitas caricias, esa pasividad?

Durante la noche, en muchas ocasiones dejó caer la cabeza sobre el pecho de Serai, con cuidado pero derrotado. Había demasiadas preguntas sin respuesta. Debía formularlas, pero…¿podría hacerlo? ¿Sería capaz de mirarla a la cara y preguntarle cualquiera de esas cosas?

Cuando el sol ya había salido fuera de la ciudad, por encima de las montañas, Serai abrió los ojos como si no hubiera estado dormida. Se volvió de inmediato hacia Elvos, que la miraba, y ninguno de los dos dijo nada en los siguientes segundos.

  • Buenos días. – Saludó él al fin. – Duermes como un bebé.

  • Eso dicen.

La curandera se desperezó disimuladamente y se levantó de la cama.

La noche había pasado. Era el momento de que cada uno volviera a su camino, con su gente. Por más que les doliera, debían separarse, otra vez y para siempre.

Y la próxima vez que se vieran, probablemente serían enemigos.

Las Puertas Negras se abrieron de nuevo. En el último momento, Elvos no pudo soportarlo; cogió a Serai por el brazo, tiró de ella y la abrazó, apretándola muy fuerte contra su pecho. La joven lo correspondió rodeando su cintura con delicadeza, con dulzura.

  • Quédate conmigo. – Suplicó el Emperador con la voz ahogada.

  • No puedo. – Respondió la curandera en voz baja.

  • ¿Por qué? ¿En qué bando estás? ¡No lo entiendo, Serai! Estás aquí como en tu casa, crees en nuestra causa, sabes que tenemos razón, y aún así…¿De qué lado estás?

  • Del lado de la vida.

Lentamente, Elvos la soltó para mirarla a los ojos. Los suyos palpitaban, al borde de la histeria. No quería dejarla marchar, y sin embargo debía hacerlo.

Fue a decir algo, pero Serai le puso un dedo en los labios para acallarlo.

  • La Luz del Crepúsculo. – Susurró.

Se apartó unos pasos.

  • Búscalo en tus libros.

Luego dio media vuelta y, seguida de cerca por su fiel fobos, se fue.