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Sacrificio — capítulo 12

La Batalla en las Puertas Negras parecía ya un evento lejano, aunque habían pasado apenas un par de meses. No obstante, había mucho que hacer, demasiado.

Por un lado, los Salvadores se encargaron de vestir, alimentar y curar a todos los prisioneros vivos que salieron de la Ninnpa Fosc, y luego les ayudaron a volver a sus casas, con sus familias.

Por otro, siguieron con sus actividades de siempre, predicando sobre la bondad, el valor, la honestidad y la lealtad, y luchando contra los interceptores del Imperio, que estaban más activos que nunca.

También había una muy buena noticia: el rey le dio le visto bueno a Salvadores, convirtiéndolo en una organización oficial que no tenía que rendir explicaciones al monarca ni al reino, sólo a la gente, al pueblo, a los inocentes.

Se estaba construyendo una sede oficial cerca de la capital; tenían previsto que fuera un complejo de edificios de entrenamiento y consulta, con sus apartamentos, bibliotecas y pistas, lugares donde aprender a usar las distintas habilidades.

Pero, por ahora, sólo estaba el edificio central, circular y rojo con una cúpula terminada en punta como techo. Allí iban aquellos que querían entrar a formar parte de los Salvadores; por supuesto, debían pasar por el examen del magnus Janowar, el mentalista, que decidía si eran fieles a la causa o, por el contrario, estaban allí por gloria, fama o traición. En muchas ocasiones se les daba una oportunidad, pero estaban muy vigilados.

Y aquí venía la nueva tarea de Salvadores: enseñar a sus nuevos miembros. Los curanderos les mostraban los secretos de la sanación a los jóvenes, los invocadores les mostraban los lugares donde los kirin solían estar, los zoodor les enseñaban a ejercitar su sentido de la Emisión-Recepción,…

Sasha y Mila fueron de las primeras en entrar a formar parte de los Salvadores. Rápidamente, la joven de cabello azul hizo muy buenas migas con Giyn, que parecía impresionado por la cantidad de kirin que había tenido con ella a pesar de su corta edad; le regaló un nuevo anillo y la llevó a buscar otros espíritus que compensaran la falta de los antiguos. Muchos de los prisioneros entraron en la organización en cuanto se recuperaron de sus heridas y el cansancio.

No obstante, había un grave problema: no habían encontrado el modo de deshacerse de los brazaletes. Había alquimistas, hechiceros, curanderos e incluso psíquicos trabajando en ello.

Los primeros intentaban tratar con Natura para hacer un Intercambio Equivalente que deshiciera esas pulseras a cambio de cualquier cosa…Pero no había resultado, como si no se pudiera hacer.

Los segundos usaban poderosos hechizos y conjuros de rechazo y de contra-sellos, sin conseguir nada.

Los terceros se basaron en la idea de que, si su poder era mortal para los mágicos oscuros, y los brazaletes tenían el mismo poder corrupto que éstos, deberían “morir” cuando se les “sanaba”. No obstante, no lograron quitarlos, aunque muchos parecieron a punto de conseguirlo.

Los psíquicos, por su lado, basaban su poder en la capacidad de mover objetos. Si se hacía con precisión, esperaban abrir los cierres el tiempo suficiente como para que los brazaletes pudieran caer. Pero parecía que no había cierres.

Los antiguos prisioneros no sintieron amargura, sin embargo. Sabían que Salvadores daba lo mejor de sí, y siguieron luchando contra esos sellos con fuerza y valentía, con fe inquebrantable.

El tiempo pasó, los días, las semanas y los meses, y dejaron que la Batalla en las Puertas Negras quedara aparentemente en un pasado lejano.

Pero era sólo en apariencia, y todos lo sabían. Sólo esperaban que las cosas se calmaran, que todo volviera a una normalidad relativa, recuperar fuerzas. Y, cuando los magnus creyeron que era el momento, mandaron llamar a Serai.

La curandera llegó a lo que había sido la sede central de Salvadores, bajo aquella destartalada cabaña. Los nuevos miembros no sabían que aquel era el lugar donde los magnus se reunían normalmente, y se había acordado que sería, de ahora en adelante, el punto de encuentro para tratar los temas más especiales.

Serai entró sin prisas. Giyn y Feb la acompañaban; no la habían dejado sola desde que lograron rescatarla de la Ninnpa Fosc. En cuanto a Rilran…Lo cierto es que no se habían visto. Ella no lo sabía, pero él estuvo a punto de ir a hablar con ella; no obstante, la oyó hablar con Giyn, diciendo que sin duda seguiría adelante con el plan, y eso le hizo cambiar de idea.

Janowar el mentalista, Dalia la aérea, Mina la curandera y Damodar el hechicero estaban allí, sentados alrededor de la mesa.

  • Bienvenida, querida. – Saludó Mina con una de sus cálidas sonrisas.

Serai respondió con una inclinación de cabeza, pero no sonrió. Nunca lo hacía; ninguna de las personas de aquella habitación sabía cómo era su sonrisa.

  • Por favor, sentaos. – Pidió Dalia.

La joven curandera fue consciente de la mirada inquisitiva de Janowar; aunque se suponía que los cuatro tenían el mismo rango, era el mentalista el más importante de todos, ya que era el que tenía una sensibilidad más escasa: leer la mente de los demás con el contacto visual, comprender sus sentimientos y motivaciones.

Así que, por indicación de este, se sentó a su lado. Giyn, que no estaba dispuesto a separarse de Serai, la siguió y quedó de pie junto a ella, a menos de un paso; Feb se quedó a una distancia prudencial, junto a la salida.

  • Bien, Serai. – Dijo Damodar en ese tono duro e inflexible que tenía al hablar. – Hace ya dos meses que fuiste rescatada de la ciudad subterránea. Las cosas han vuelto a la normalidad, y ya es hora de que hables con nosotros.

  • Ya lo hago. – Respondió la joven, ladeando la cabeza.

Golpeó con fuerza la mesa, arrancándole un suspiro exasperado a Mina.

  • No te hagas la tonta. – Exigió el hechicero, con el cuello de la túnica cubriéndole la boca y la nariz. – Estabas mejor alimentada que el resto de prisioneros, por no hablar de que vestías una túnica de la ciudad. Además, Sasha y Mila nos han dicho que había algo entre tú y Elvos…

  • No quisieron dar detalles, por supuesto. – Comentó Dalia, conciliadora.

  • Te hemos dado este tiempo de descanso, pero ya va siendo hora de que nos expliques exactamente qué ocurrió.

Serai cerró los ojos un momento, volvió a abrirlos, y toda su respuesta fue alzar una ceja. Damodar volvió a golpear la mesa con un puño; sus ojos castaños chispearon de impaciencia.

  • ¡Si no es por las buenas, será por las malas! – Exclamó. – ¡O hablas por tu cuenta o Janowar te…!

  • Silencio, Damodar. – Interrumpió el mentalista.

Y calló.

  • Ven, querida, dame la mano. – Pidió Janowar con suavidad.

Serai obedeció, y dejó que las manos arrugadas y frágiles del anciano tomaran la suya, muy dulcemente, con cuidado. Se miraron a los ojos; la curandera estaba preparada para resistir cualquier tipo de tanteo mental, de modo que si él trataba de leer sus pensamientos apenas alcanzaría los más superficiales.

Si no se esforzaba, claro.

No obstante, no llegó ningún tanteo.

  • No desconfiamos de ti, Serai. – Dijo Janowar.

  • ¡Eso nunca! – Coincidió Mina, horrorizada ante la idea.

  • Si no quieres contarnos qué pasó, o qué ocurrió entre tú y Elvos…Lo comprendemos. Sabemos que no nos volverás la espalda, por nada ni nadie. Pero…¿puedes responder a nuestras preguntas?

  • Puedo intentarlo. – Respondió Serai con cautela.

  • Bien, querida. ¿Elvos…sabe que os conocisteis?

  • Sí.

  • ¿Te sacó del foso por ello?

  • Eso creo, sí.

  • ¿Te haría daño?

  • No voluntariamente.

Janowar asintió, sabiendo que decía la verdad. Serai nunca, bajo ningún concepto, mentía. Y eso era un punto a su favor: lo hacía todo más fácil.

  • Mira, querida, vamos a darte una última oportunidad. – Dijo, con seriedad. – Dale la opción a Elvos. Si se niega…El plan tirará adelante.

  • Me pregunto…- Comentó ella suavemente. – Por qué hacéis lo imposible por evitar el plan. Fue idea vuestra.

  • Sí. – Janowar titubeó.

  • Eres nuestra mejor carta. – Dijo Damodar. – No obstante, si se pueden evitar sacrificios innecesarios…

  • ¿Y si no se puede? – Preguntó Serai, ladeando la cabeza. - ¿Y si Elvos no acepta el ultimátum?

  • Entonces los dioses acogerán tu alma en su seno, donde el dolor y la tristeza no existirán para ti.

La curandera suspiró.

  • Así que…ese es mi destino.

Zezile se mordió el labio inferior, esperando que Elvos actuara primero. El hombre siguió con la vista fija en Kero, que se erguía con la seguridad de que no podían hacerle daño: formaba parte de la camada de Cerbero, y Cerbero no consentiría que nadie hiriera a uno de sus retoños.

  • Con que…- Dijo el Emperador al fin, con la voz cansada y apagada. - …viene hacia aquí.

  • Eso ha dicho el can. – Respondió Zezile. – Sólo si estás dispuesto a escuchar lo que tenga que decir, claro, y si prometes su seguridad. Si sufre algún daño…Cerbero ha dicho que se volverá contra nosotros. Los amigos de Kero son sus protegidos, también, o eso ha acabado pensando.

Silencio.

  • ¿Qué…responde, señor Elvos? – Preguntó la zoodor, no muy convencida de tener que hablar.

Tras unos momentos, el Emperador asintió con la cabeza.

  • Que venga. – Susurró. – Escucharé lo que tenga que decir.

Dio media vuelta y abandonó la cueva de Cerbero.

Al atardecer de aquel mismo día, dos personas y un fobos detuvieron su marcha frente a las mismísimas Puertas Negras de la Ninnpa Fosc, altas como robles y fuertes como rocas; hacía rato que los vigías los observaban desde las sombras, pero habían recibido órdenes explícitas de no interceptarlos.

Aguardaron allí, a sabiendas de que alguien saldría de un momento a otro. Y, en efecto, a los pocos minutos las Puertas se abrieron, apenas lo suficiente para que pasaran; una mujer de cabello rojizo y ojos azules salió para recibirles. Vestía el traje típico de las pirotécnicas, rojo con adornos en forma de llamas, con la falda larga y pegada a las piernas y el top poco más grande que un sostén.

Miró a Giyn, angustiada, y se volvió hacia Serai. Titubeó un poco ante la mirada desagradable del invocador.

  • Me…me alegro de verte. – Dijo al fin, forzando una sonrisa.

  • Y yo, Keyra. – Respondió la curandera.

Tras dudar, la pirotécnica se atrevió a alzar los brazos y rodear con ellos a la joven vestida de blanco, que se dejó abrazar y, tras unos momentos, la correspondió.

  • Veo que estás mejor. – Comentó Keyra con una risilla nerviosa.

  • Sí, lo estoy.

  • Dejémonos de sentimentalismos. – Interrumpió Giyn, arisco. – Llévanos ante tu señor de una vez.

La pirotécnica sufrió un estremecimiento. Lentamente se apartó de Serai y, forzándose otra vez a sonreír, asintió con la cabeza.

  • Por supuesto. – Dijo. – Seguidme, por favor.

Dio media vuelta y echó a caminar. La curandera la siguió sin parecer en absoluto nerviosa o afligida por encontrarse en aquel lugar de tortura; fue el invocador el que, por el contrario, pareció no muy convencido de querer estar allí. Feb los siguió a ambos, fiel hasta el final.

Caminaron por un túnel oscuro durante un rato, en un silencio sólo roto por sus pasos tranquilos. Luego giraron a la izquierda, y se encontraron en la plataforma.

A los lados, los fosos, a pesar de estar casi vacíos, exhibían nuevas víctimas. Giyn se estremeció al ver a aquellos prisioneros, aquellos pobres desgraciados, malheridos, mal nutridos, desnudos y a punto de desfallecer. Uno de ellos tuvo fuerzas para alzar la cabeza y mirar a los recién llegados.

Sus ojos dorados se abrieron como platos, y se abalanzó contra la barandilla, incapaz de escalarla pero tendiendo un brazo hacia ellos.

  • ¡Serai! – Gritó con las energías que le quedaban. - ¡Serai, curandera…! ¡Sácame de aquí, te lo ruego, sácanos de este infierno!

  • Lo haré. – Susurró ella al pasar junto a él, en voz apenas audible pero dirigiéndole una mirada llena de compasión. – Te juro que lo haré.

Algunas cabezas asomaron por las ventanas de las galerías, curiosas, pero se ocultaban al reconocer a Serai, la curandera que había huido de la Ninnpa Fosc con los Salvadores y la mayor parte de los prisioneros.

Llegaron al trono. La joven se permitió observarlo un momento antes de cruzar una de las entradas, y casi pudo ver sentado allí al Emperador Elvos, con gesto aburrido, mientras miraba sin mucho interés a los nuevos prisioneros.

Keyra los guió en silencio hasta una sala pequeña con estanterías, lámparas y una mesa rodeada de sillas; no había ventanas.

  • Esperad aquí. – Pidió. – Elvos vendrá en seguida.

Y se marchó, cerrando la puerta tras de sí.

  • Esa maldita traidora…- Masculló Giyn en cuanto se quedaron a solas.

  • Déjala. – Dijo Serai, en un tono que no iba ni a la petición ni a la orden. – Hizo lo que creyó conveniente.

  • ¿Apoyar a ese bast…? Lo siento.

  • No lo sientas.

  • Es que no puedo contenerme. Ese…nekro…no sólo te abandonó de niña y formó toda esta locura, sino que luego te torturó, te…¡te violó, maldita sea!

La curandera se volvió bruscamente hacia él, con una mirada extraña. No le había dicho a nadie lo ocurrido allí, excepto a Sasha y Mila, a quien se lo confesó en cuanto estuvo a su lado.

Pero no habían sido ellas, estaba segura.

  • No pensarás que soy ciego, ¿verdad? – Preguntó el invocador, acusador. – Algo ha cambiado en ti. Ya no eres virgen. Y la única forma en que te dieras a ese monstruo es…

  • No me ha violado, Giyn. Cálmate. No traté de resistirme.

  • Pero tampoco consentiste.

  • …No, no lo hice.

  • Entonces te forzó a hacerlo. Sigue siendo un maldito nekro que merece la peor de las muertes.

Serai pensó rápidamente en una respuesta…pero con la misma rapidez suavizó su mirada y mostró una de esas escasas medias sonrisas que, en cierto modo, eran más tétricas que dulces.

  • ¿Sabes? – Dijo. – Eres un buen chico, bastante pacífico, y encantador. Pero…cuando se trata de tus seres queridos…Te vuelves una fiera. Y eso no está bien. Templa tu ánimo, Giyn: es la mejor forma de vivir.

  • ¿Cómo tú? – Preguntó él. - ¿Aparentemente insensible, como si nada te…importara?

No hubo tiempo de responder, aunque tampoco existía una respuesta. En ese momento, la puerta volvió a abrirse, y un hombre vestido de negro y gris entró en la habitación.

Elvos miró a sus invitados largamente, en silencio. Pasó su mirada fría por Feb, casi sin verle, por Giyn, que arrugó la nariz como única muestra de odio, y finalmente por Serai. Ella lo sostuvo durante largos segundos, impasible, calmada como siempre.

  • Bien. – Dijo el Emperador al fin. – Sentaos.

El invocador y la curandera obedecieron, él con recelo, ella con tranquilidad. Feb se quedó en pie tras ellos, y Elvos se sentó al otro lado de la mesa.

  • Kero dijo que teníais algo que hablar conmigo. ¿De qué se trata?

  • Salvadores me envía como embajadora y mensajera. – Explicó Serai. – Los magnus concluyeron que era la más apropiada, pensando que no me harías daño.

  • ¿Eso crees?

  • Bueno, antes de mirarte a la cara sí. Ahora ya no sé qué pensar.

Elvos alzó una ceja al oírla; por supuesto que no le haría daño, ni ahora ni nunca, aunque quisiera, pero es que estaba tan enfadado…¡Ella se fue sin decir nada, como si todo lo que había ocurrido fuera sólo una distracción para mantenerse con vida!

  • De todos modos tenemos un seguro. – Interrumpió Giyn con aires de importancia. – Kero pertenece a la camada de vuestro Cerbero, y Serai es íntima de Kero, de modo que vuestro querido perro de tres cabezas no dejará que le hagáis daño.

  • Oh, ¿en serio? – Preguntó el Emperador, permitiéndose una sonrisa arrogante. – Deja que comente algo, ¿quieres? Como tú bien has dicho, Kero ha encontrado un Cerbero que lo acepta en su camada, y ya tiene un hogar y una familia. Esto quiere decir…¿realmente sigue siendo “íntima”, ahora que ya no…? – Se volvió hacia Serai. - ¿…te necesita?

Notó que la curandera se tensaba, pero su expresión no varió ni un ápice. Estaba acostumbrándose a aquella impasibilidad que la caracterizaba.

Fue Giyn el que se puso en pie, dispuesto a discutir, y fue Serai la que lo cogió del brazo y tiró hasta sentarlo de nuevo. Elvos se sorprendió de que, a pesar de su delgadez, tuviera la fuerza para sentar a un hombre como aquel.

  • Bueno, los mensajeros tienen siempre un mensaje. – Comentó. - ¿Cuál es el vuestro?

La joven movió la cabeza para poner bien su melena negra.

  • Ríndete, Elvos. No puedes ganar esta guerra. Nadie puede. Te damos una última oportunidad, un ultimátum. Disuelve el Imperio, entrégate junto a tus más allegados, y los demás no sufrirán ningún daño.

El Emperador ladeó la cabeza, estrechando la mirada. Durante unos momentos parecía que meditaba la respuesta a aquella propuesta; luego se puso en pie, se inclinó por encima de la mesa para estar más cerca de Serai, y finalmente habló:

  • ¿De verdad esperabas que…aceptara?