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Sacrificio — capítulo 11
Estaba en su habitación, leyendo una enciclopedia sobre kirin mientras Keyra le enseñaba la ciudad a Serai, con la intención de mostrarle que no era tan malo.
Alguien llamó a la puerta, y entró sin esperar respuesta. Alev le dirigió a Elvos una mirada extraña, brillante, mezcla de arrepentimiento y compasión.
-
¿Qué pasa? – Preguntó el Emperador, cerrando el pesado volumen con suavidad.
-
Tengo que hablar contigo. – Respondió el guerrero, cerrando la puerta tras él. – De amigo a amigo, ¿entiendes?
-
Claro, siéntate.
Alev asintió con la cabeza y se sentó en la cama. Elvos, al verlo muy nervioso, optó por acercarse y sentarse a su lado.
-
Verás, yo…mandé investigar a Serai.
-
¿Que hiciste qué?
-
Después de hablar contigo sobre ella y la manía que le tengo a esa…esa curandera, envié a uno de mis hombres a informarse sobre ella. Qué tipo de persona es, de qué se encarga en Salvadores, de dónde salió, quiénes son sus padres.
Elvos movió levemente la cabeza.
-
¿Y bien? – Preguntó. – Desde luego, no me lo dirías si no hubieras descubierto algo interesante.
-
Irónico, diría yo. – Respondió Alev.
-
Cuéntame.
-
Nació en la capital de Mekira. Sus padres no tenían nada de especial; ella era curandera, él un psíquico de poca monda. Sea como fuere, desde su nacimiento supieron que había algo raro en ella, algo especial. Había sido un parto difícil, la madre estaba a punto de morir…y entonces, mágicamente se curó. Su hija la sanó.
-
¿Serai? ¿Recién nacida?
-
Increíble, ¿verdad? Cuando cumplió los tres años sus padres descubrieron que su poder, un poder estremecedoramente grande, no se desarrollaba bien en la ciudad. Creyeron que crecería mejor en el campo, y cuando Serai tuvo seis años se mudaron lejos. Muy lejos.
-
¿Adónde?
Alev le dirigió otra mirada extraña, cargada de significado.
- A una aldea perdida entre el pueblo de Esmet y el río de Zare.
Elvos abrió mucho los ojos.
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Se encuentra junto a un árbol, en las afueras. Desde allí, en lo alto de la colina, puede ver la pequeña aldea sin que nadie vea de él más que una silueta difusa en la sombra, y lo prefiere así.
Tiene siete años. Su madre murió cuando nació, todos dicen que por su culpa, su padre casi nunca está en casa, y cuando está ni lo mira, no tiene amigos y todos lo desprecian.
Pero está acostumbrado. Sabe que nunca…nadie le querrá.
De pronto llega alguien hasta la colina. Elvos la mira un instante; es una niña pequeña, con el pelo recogido en dos adorables moños negros, los ojos azules y redondos y un cuerpo excepcionalmente delgado para su edad.
Piensa que se echará a llorar como la mayoría de las niñas, o que le tirará piedras y le insultará como los niños, así que le da la espalda para no mirarla a la cara.
La chiquilla se acerca.
- ¡Hola! – Saluda alegremente, con cierta curiosidad, inclinándose tras él. - ¿Cómo te llamas?
Él titubea y se vuelve hacia ella, confundido. La mira a los ojos, y, sin querer, responde.
-
Elvos.
-
¿Elvos? ¡Qué nombre más raro! Encantada, yo soy Serai.
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Keyra guió de la mano a Serai hasta la habitación de Elvos. El Emperador las había mandado llamar; el hombre que las fue a avisar dijo que parecía muy nervioso.
Así que se dieron prisa, y cuando llegaron entraron sin llamar. El hombre esperaba junto a la ventana, y cuando se volvió hacia ellas les dirigió una mirada extraña, brillante de desesperado enfado. Señaló la cama con un gesto brusco; Serai se encaminó hacia allí.
-
Keyra, puedes irte. – Dijo, muy seco.
-
¿Se…seguro?
-
Largo.
Titubeó, pero finalmente se fue. Estaba segura de que no el haría daño a la curandera, así que no había peligro.
La joven se sentó en la cama y esperó a que Elvos dejara de mirarla y hablara. El hombre se acercó a ella, se inclinó sobre la curandera, apoyando las manos en la madera que sostenía el dosel ligero y rojizo.
- Lo sabías, ¿verdad? – Dijo con amargura. – Siempre lo supiste. Por eso conocías tan bien mi infancia. Sabías muy bien que tú y yo…
Tras unos instantes de duda, Serai asintió. Entonces Elvos agachó al cabeza, derrotado.
Aquello era demasiado irreal para ser verdad.
-
¿Por qué? – Murmuró unos momentos después. - ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué hiciste como si fuéramos completos desconocidos? Cuando te hablé…de ti, te hablé de ti y no dijiste nada…Y tú hablaste de mí, cuando dijiste que…que una vez heriste a alguien aunque pretendías sanar. Y no me di cuenta. Pero qué ciego he sido. ¿Por qué no me lo dijiste, Serai?
-
¿Para qué? – Respondió la joven. - ¿Qué hubiera significado eso?
-
¿¡Qué hubiera significado?!
Elvos se agachó, soltando la madera para apoyarse en el colchón y mirarla a la cara, lanzándole una mirada desesperada cargada de arrepentimiento, culpabilidad, dolor y angustia.
-
¡Hubiera significado que nunca, jamás habría dejado que te pasara todo esto! – Gritó, fuera de sí. - ¡Nunca habría dejado que Alev te pusiera la mano encima, no te habría expuesto a los canes, no te habría dejado en el foso, ¡por los dioses, no habría intentado violarte!!
-
¿Por qué?
El hombre se quedó helado. Por un momento, su mente es quedó en blanco. Era el momento perfecto para decirle lo que sentía, lo que siempre había sentido, lo que sintió en su infancia…En definitiva, lo mucho que la amaba.
No obstante, boqueó, sin palabras, y no supo qué decir.
Lentamente, terminó sentándose en el suelo, entre las piernas de la curandera, y apoyó la cabeza en la rodilla de Serai, con el ceño arrugado y la mirada perdida.
Pasaron varios minutos así. De pronto, no obstante, se irguió y la miró intensamente.
-
¿Serás sincera conmigo ahora, Serai? – Pidió, en un tono dulce y amable cargado de amor.
-
Claro, siempre lo soy. – Respondió ella.
-
¿Por qué te auto-castigas?
Silencio.
- Serai, sé que tiene que ver conmigo. Tienes que decírmelo. Por favor.
Lentamente, la curandera alzó las piernas para ponerlas sobre la cama y acurrucarse, abrazándose las rodillas con suavidad, apoyando en ellas la barbilla. Arrugó el ceño, con la mirada perdida y una extraña expresión en el rostro, mezcla de enfado, decepción y tristeza.
-
Todo es culpa mía. – Dijo en voz baja.
-
¿Qué?
-
Si sólo hubiera sido un poco más fuerte aquella vez…tú…no te habrías ido, no habrías llegado aquí y no habría empezado el Imperio. Pero fui débil, débil y cobarde, y te traicioné y…
-
¿Pero qué demonios estás diciendo?
Serai alzó la mirada hacia él con aspecto desvalido.
Aquello era ilógico, imposible. Ella…¡ella se había estado culpando! ¿Pero cuál pudo ser su error? ¡Fue él quien usó el poder, aunque fuera inconscientemente, quien la hirió! ¡Fue él el que traicionó su confianza hiriéndola con ese poder corrupto!
Sintió ganas de llorar y de reír. No hizo ninguna de las dos cosas, sino que respiró profundamente, se levantó y se arrodilló frente a ella, sobre la cama. Tendió los brazos hacia Serai, la rodeó con ellos, la abrazó, apretándola contra su pecho.
-
No digas bobadas. – Dijo. – Tú no tuviste la culpa. Fui yo, usé el poder contra ti…
-
Tú sólo querías curarme…
-
Pero sabía que te haría daño, lo sabía y aún así…
-
No fue conscientemente…
-
Debí haberlo evitado, tendría que haber controlado…
-
¡Elvos, no!
De pronto, la curandera se zafó de él, retrocediendo, y le lanzó una mirada herida y húmeda. Por un momento pareció una niña asustada y arrepentida, y el hombre se sintió aún más culpable.
-
No lo entiendes. – Dijo Serai. – No puedes entenderlo.
-
¡Claro que no lo entiendo! – Replicó él. - ¿Cómo voy a entender que sientas este remordimiento cuando fuiste la víctima de un poder corrupto?
-
¡No, no es eso, no sólo es eso! ¡Me quedé paralizada, Elvos, paralizada de puro terror! ¿Puedes creerlo? ¡Sabía que nunca, nunca me harías daño adrede, siempre supe que podría pasar, que no te darías cuenta, y estaba preparada para hacértelo saber, para sobreponerme al dolor y…! Pero…cuando llegó el momento…¿Sabes?…No pude hacerlo. ¡No pude hacerlo! Me quedé ahí, parada, sin hacer nada, sin…sin poder hacer nada.
Calló. Elvos dudó, pero cuando fue a decir algo, acercarse a ella, Serai se movió bruscamente, extendiendo los brazos y mostrándole los brazaletes que seguía llevando sobre sus muñecas.
-
¿Sabes lo que se siente? – Preguntó en tono apremiante.
-
N…no. – Respondió él, titubeando. – Bueno, no lo he sentido, pero lo sé.
-
Pues la angustia de que tu poder esté estancado, inútil, no es nada, ¡nada!, en comparación con lo que sentí aquella vez.
El hombre retrocedió con un respingo, sintiéndose herido. No quería saber lo que le había hecho sentir, no quería seguir recordando aquel momento de su vida.
Pero Serai siguió hablando.
- No se trata del dolor. Dolía, ¡claro que dolía!, y sabes muy bien cómo, al fin y al cabo una vez te lo hice sentir, ¿no es cierto? No, lo que me paralizó no fue eso, no sentí miedo por algo así, estaba preparada, estaba lista para enfrentarme…Fue otra cosa. Cuando llegó el momento, Elvos, sentí tu poder dentro de mí, sentí algo oscuro que se filtraba en mi interior y pretendía…- En ese punto se le quebró la voz, y sus ojos se llenaron de lágrimas agónicas. - …unirse a mi propio poder. No puedes entenderlo, no comprendes lo que sentí, es peor, muchísimo peor que estas malditas pulseras, peor que lo que pasaría si tratara de quitármelas. Mi poder iba a corromperse, se estaba corrompiendo, y la sola idea me hizo sentir un pánico tan atroz que no pude moverme, no pude impedirlo, evitarlo, pararte, sabía que tenía que detenerte porque no querías hacerme daño pero no pude hacerlo, tenía miedo, y no podía pensar en ti, en que lo hacías intentando curarme, sólo pude pensar en mí, en mi poder, tan puro e inmaculado, siendo corrompido por el poder de un mágico oscuro. ¿Lo entiendes ahora? ¿¡Puedes entenderlo?! ¡Claro que no! ¡No puedes comprender cuán culpable me siento!
Y se deshizo en lágrimas.
Elvos se quedó parado, petrificado. Por primera vez estaba viendo a Serai, su Serai, tan calmada, tan entera, llorando desesperadamente por los fantasmas del pasado. Durante unos segundos no recordó cómo se hacía para moverse, y sólo pudo seguir mirando a la curandera mientras lloraba amargamente.
Luego recuperó la movilidad y se acercó a ella, la rodeó con los brazos y la apoyó en su pecho.
-
Tu…poder…¿puede corromperse? – Preguntó, dudando.
-
No lo sé…¡Maldita sea, no lo sé! ¡Pero fue lo que sentí, y lo lamento, lo siento…!
-
Ssshhhh…No es culpa tuya. Sólo…tuviste miedo…es normal.
-
¡No, no es normal, no es normal! ¡No lo entiendes, no puedes entenderlo…! – Serai se aferró a él, apretándose contra su pecho, llorando como nunca había llorado. – Ojalá hubiera sido más valiente…Ojalá no hubiera tenido tanto miedo…Ojalá…Oh, desearía haber podido avisarte…Decirte lo que estabas haciendo…Ojalá…Ojalá…
Las palabras se perdieron en su llanto, cada vez más callado, cada vez más amargo. Elvos no supo qué debía hacer, así que, impotente, se limitó a abrazar a la curandera, acariciándole la melena negra con dulzura, con suavidad, deseando poder hacer algo más por aliviar su dolor.
Instintivamente apartó las manos, aunque Serai no se movió. Pensar en “aliviar el dolor” de otra persona podía significar que, inconscientemente, usara su poder para intentarlo. No quería torturar a la joven por tercera vez.
No obstante, en apenas unos segundos se encontraba de nuevo rodeándola con sus brazos, meciéndola en su abrazo. El llanto fue remitiendo, desapareciendo, hasta que sólo quedaron unos pocos estremecimientos y una respiración agitada.
Pero no hubo tiempo de seguir hablando.
La puerta se abrió bruscamente. Elvos se volvió hacia ella, y se encontró con la mirada fiera de Alev; conocía aquella mirada: la que advertía del peligro.
El guerrero los miró a los dos un momento, y una chispa de celos se encendió en sus ojos. No obstante, decidió dejar el tema par a otro momento.
-
Elvos, tenemos problemas. – Dijo, hablando muy deprisa.
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¿Qué pasa? – Preguntó el Emperador, soltando a Serai, aún a su pesar, y poniéndose en pie.
-
Los Salvadores nos atacan. Es un suicidio, pero aquí están.
-
¿Tan pronto?
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Están atacando por la entrada de Cerbero. Los canes no los tocan, y Zezile no entiende por qué.
-
¿Y Cerbero?
-
No le han hecho daño. Han entrado y están liberando a los prisioneros, pero…- Desvió la mirada hacia la curandera, aunque fue sólo un instante. – Como sea, tenemos que hacerlos retroceder. Sin Cerbero y sus canes, sólo nos quedan nuestras propias fuerzas.
Elvos asintió. Decidió que más tarde se preguntaría por qué demonios el perro de tres cabezas había decidido no seguir protegiendo la Ninnpa Fosc.
Se volvió hacia Serai.
- Quédate aquí, aún tenemos que hablar. –Dijo, resuelto. - ¡Keyra!
La pirotécnica entró en la habitación, visiblemente nerviosa.
-
Quédate con ella. – Ordenó.
-
¿Qué? – Hizo la mujer, sorprendida. - ¿No quieres que…luche?
-
No. Quédate, vigila que no se escape ni nada por el estilo. Probablemente vienen a por ella.
Elvos y Alev se fueron rápidamente. Serai saltó de la cama y corrió a asomarse por la ventana; ni medio minuto después vio a los dos hombres corriendo por la pasarela; al fondo del túnel se veía movimiento, sombras, siluetas difusas peleando, algún destello de armas o poder, rugidos, gruñidos,…
Junto al trono se estaban reuniendo unos pocos canes.
- Keyra, ¿puedes decirle algo a Elvos? – Preguntó, sin mirarla.
La pirotécnica arrugó el ceño y se acercó.
-
C…claro. – Respondió, sin comprender.
-
Dile que he estado, estoy y siempre estaré de su lado. – Dijo la curandera. – Pero no con esto. Este…no es el camino. Si no encuentra una forma mejor de solucionar esto, una forma que no sea la guerra…me estará matando.
Y, sin avisar, Serai se tiró por la ventana.
- ¡¡¡SERAI!!!
Un can gimoteó cuando la curandera cayó sobre ellos.
- Lo siento, lo siento…- Susurró la joven, levantándose rápidamente.
Kero se apresuró a alzarse sobre sus patas traseras, apoyar las delanteras en su pecho y lamerle el rostro con ansia.
- Ya, ya, no hay tiempo. – Murmuró Serai. – Vamos.
Echó a correr, acompañada de los canes. La guiaban hacia el fondo del túnel, con aparente intención de protegerla del peligro. Cómo lo había hecho Kero para convencer a los demás de que hicieran algo así era un verdadero misterio.
Pero Serai giró y se encaramó a una de las barandillas.
- ¡Deprisa! – Gritó.
Tendió las manos hacia abajo. Mila y Sasha la miraron, sorprendidas, pero no dudaron en aceptar su ayuda.
-
¿Qué está pasando? – Preguntó la de pelo azul. - ¡Todos corren hacia el fondo!
-
Los Salvadores han venido. – Respondió Serai. - ¡Todos! – Llamó la atención de los prisioneros más cercanos. - ¡Los Salvadores están aquí! ¡Pongámoslo fácil y salgamos!
-
Pero…- Murmuró un chico de aspecto desvalido. – Los brazaletes…
-
Ya nos ocuparemos de eso. ¿Queréis quedaros y morir? ¡Bien, hacedlo! Los que deseéis vivir, ¡salid de este maldito foso!
Pero no había tiempo que perder. Ahora que había encendido la chispa de la revuelta entre los presos, debía irse cuanto antes. Muchos saldrían vivos de allí, y quizá no quedaría nadie en los fosos cuando todo terminara.
Echó a correr, cogiendo a Sasha y Mila de la mano, protegida por los canes y Kero.
Cuando llegó al fondo del túnel se encontró con la batalla. Mágicos oscuros y otros marginados y criminales peleando contra otros mágicos, los Salvadores, que iban acompañados por algunos fobos y wargo, criaturas magníficas pero que, en esta ocasión, parecían frustrados.
No podían enfrentarse a los canes, sus Némesis.
El Cerbero al fondo, observando en silencio, rodeado por algunos de sus hijos. Y cerca del perro de tres cabezas estaba Elvos, usando su poder contra los enemigos que caían.
De pronto oyó un rápido galope, un brazo rodeó su cintura, y se vio montada a lomos de Feb, apretada contra el pecho de Giyn.
-
¡Corre, a la salida! – Ordenó el invocador.
-
¡No! – Exclamó Serai. - ¡Espera, Sasha y Mila…!
-
¡Ya nos ocuparemos de eso, tienes que salir de aquí!
Se rindió. Sabía que tenía razón.
Mientras Feb galopaba hacia la salida, la mirada de la curandera se topó con la de un hombre vestido de negro y gris, el llamado Emperador, el líder del Imperio, que, sorprendido, la vio marchar abrazada a otro hombre.