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Sacrificio — capítulo 10
Keyra arrugó el ceño. Cuando lo miró con más atención, se dio cuenta de que había algo diferente. Tal vez fuera la luz, que venía únicamente del candelabro sobre la mesita y le daba a todo un aspecto un poco siniestro; quizá fuera su expresión relajada, sus ojos entrecerrados o aquella forma tan suave de posar la mano delicadamente sobre el vientre de Serai, que dormía, ajena a todo.
- Lo entiendo. – Dijo Elvos en voz baja. – Tarde o temprano tenía que pasar. No podías jugar a dos bandas para siempre.
La pirotécnica notó que toda su piel se erizaba.
-
Nos has ayudado muchas veces, Keyra. Nos has contado cuándo, cómo y por dónde iban a atacar los Salvadores, y eso nos ha ayudado a proteger la ciudad y a su gente. Ahora ya intuyen que algo no anda bien, y es normal. Eres libre.
-
¿Qué…quieres decir?
-
Que puedes elegir. No tienes por qué seguir como hasta ahora. Si es lo que quieres, puedes irte con los Salvadores definitivamente. Ya no les podrás servir como espía, claro, pero seguirás siendo su única pirotécnica.
Keyra se puso muy tensa. No pudo evitar levantarse de un salto y apartarse, asustada.
Lo sabía. Elvos lo sabía. Sabía que había estado informando a los Salvadores sobre la ciudad, sobre su gente, sus métodos. ¿Desde cuándo? ¿Y por qué no lo impidió? ¿Por qué la había dejado con vida? ¿Quizá porque le servía para conocer los ataques de los Salvadores? Entonces, ¿iba a matarla?
Pero entonces el Emperador sonrió. No fue una sonrisa sádica, arrogante o tenebrosa. Fue una sonrisa en cierto modo triste, cansada, pero amable.
- ¿Tienes miedo? – Preguntó en un susurro. – Supongo que es normal. Tengo muy mala fama. Sea como sea, ahora que están todas las cartas sobre la mesa, me gustaría hablar seriamente contigo. Siéntate. No te preocupes por Serai, duerme como un bebé.
Keyra titubeó. Estaba segura de que iba a matarla, y sólo estaba jugando con ella. No obstante, no tuvo fuerzas para oponerse, así que se sentó cerca de él, en la cama, con su poder preparado para defenderse. No sobreviviría, claro, pero no iba a rendirse sin pelear.
- ¿Qué te llevó a jugar a dos bandas? – Preguntó Elvos.
Habló sin reproche, sin desdén, sólo con curiosidad. No apartó la mano de Serai, que se movió un poco y siguió durmiendo.
- No lo sé. – Respondió la pirotécnica tras titubear. – Me…me uní a los Salvadores hace algunos años, porque…porque luchaban por el pueblo, no por el rey, ¿sabes? Ellos protegen a la gente, viven para ellos. No es como un ejército ni nada por el estilo. “Patria” o “Rey” son palabras con poco sentido para ellos; sólo significan algo en la medida que vaya bien a las personas, pero nada más. Sus motivos, sus acciones…Todo me parecía tan noble que no dudé un instante, y en cuanto me topé con un Salvador que buscaba nuevos miembros me uní de inmediato.
Dudó antes de seguir.
-
Me…me gustaba, ¿sabes? Me enviaban de aquí para allá, persiguiendo a criminales, buscando a gente que quisiera formar parte, entrenando. Era…maravilloso. Pero entonces…- Boqueó un par de veces. – Entonces llegaste tú, o mejor dicho tus interceptores. Hacía ya un tiempo que se te oía nombrar, tú y tu ciudad subterránea, tus mágicos oscuros y tus marginados. Entonces me interceptaron, y me…me asusté. Mucho. Estaba sola y eran seis, tal vez siete hombres de aspecto siniestro. Me dieron la oportunidad…y no me atreví a rechazarla.
-
Así que aceptaste por miedo.
-
Sí. Pero…
Titubeó otra vez. Nunca había hablado de esto con nadie, y hacerlo con el que en pocos minutos se convertiría en su ejecutor era…En fin…Confuso.
- Pero entonces llegué aquí. – Dijo al fin. – Los Salvadores, al ver mi tatuaje, y cuando les dije que había aceptado para ser espía…Bueno, pensaron que era una buena idea, y me dejaron estar. No obstante…Las cosas no salieron como pensaba. No sólo porque Alev llegó y me dijo que sabía que pertenecía a Salvadores, y que debía convertirme en vuestro espía, y tampoco porque tú decidieras enviar al foso a tu amante y encapricharte de mí…
Elvos alzó una ceja, y Keyra pensó que se había pasado, pero no quiso retirar lo dicho. Tampoco hubiera podido.
- …Sino porque empecé a ver lo que se cocía aquí abajo. Vi que no erais sólo…nekros. No erais gente a quien odiar. Los mágicos oscuros…tenéis sentimientos. Me di cuenta al pasar la mayor parte del tiempo aquí, en la ciudad. Sentís dolor, amor, miedo…Y me di cuenta de que no había por qué odiaros, aunque vuestro poder no estuviera…completo. Y de pronto me vi avisándoos de los ataques de los Salvadores, no sólo porque mi condición de espía lo exigía, sino porque quería…quería convertir la Ninnpa Fosc en un lugar seguro para todas esas personas que, en el exterior, son rechazadas.
Negó con la cabeza, más confundida que nunca.
- Pero tampoco había dejado de creer en los ideales de los Salvadores. – Dijo. – Tampoco había olvidado la bondad, la lealtad y la justicia con la que ayudaban a la gente inocente. Por eso, yo…De pronto…Me encontré en los dos lados a la vez.
Suspiró y bajó la cabeza, dando a entender que su explicación había terminado. Sin querer, había ido hablando más alto cada vez, pero Serai seguía durmiendo.
Elvos asintió. Keyra vio por el rabillo del ojo que alzaba la mano hacia ella, y concentró la magia para protegerse con el fuego que llameaba en su sangre.
No obstante, el Emperador pareció pensárselo mejor, y bajó el brazo otra vez.
-
Hace cinco años que fuiste interceptada. – Comentó. - ¿Verdad?
-
S…sí. – Respondió la pirotécnica, sorprendida.
-
Y dos que compartes cama conmigo de vez en cuando.
-
S…sí, dos años.
Elvos se agachó y la miró desde abajo, con el ceño ligeramente arrugado.
-
Llevas dos años muerta de miedo. – Dijo. – Pensando que en cualquier momento se me cruzarían los cables y te mandaría al foso porque me cansaría de ti. Keyra, no soy así.
-
¿Q…qué?
-
A Erika…¿La recuerdas? Mi antigua amante. Acabó en el foso porque nos traicionó.
-
¿Eh?
La pirotécnica se irguió, sorprendida, y Elvos pudo hacer lo mismo para seguir mirándola a la cara. Parecía serio y muy seguro de lo que decía.
- Erika decidió un buen día que había estado siendo un juguete en mis manos, y se enfadó tanto que nos dio la espalda. – Explicó el Emperador. – Fue derechita a los Salvadores y les dijo que había una entrada a la ciudad que no eran las puertas negras, sino la salida de la cueva de Cerbero. El mentalista lo descubrió en seguida, y por eso fue condenada. No tuvo nada que ver con que me cansara o no de ella. – Se echó para atrás, con el ceño arrugado. – No te hubiera hecho nada si te hubieras negado a meterte en mi cama.
El silencio cayó en la habitación unos instantes. Keyra empezó a boquear, y al fin, muy bruscamente, se puso en pie, se alejó y se volvió.
- Vale, ¡vale! – Exclamó. – Me estás diciendo todo esto, genial, un poco tarde pero genial. Pero hace un minuto me has dicho…¿qué?
Elvos rodó la mirada y suspiró.
-
Que puedes irte con los Salvadores si quieres. – Dijo.
-
Bien, eso creía. Ahora me vas a decir qué has hecho con el Emperador Elvos, porque desde luego esto es algo que él no diría en la vida.
-
Lo sé. – El hombre respiró profundamente y le echó una mirada de soslayo a Serai, que a pesar de todo seguía durmiendo como un tronco. – No pensaba condenarte de todos modos. Nos has servido bien, a pesar de estar con los dos lados, y no hubiera sido justo hacerte algo así.
-
¿Me estás hablando de justicia? ¿Tú?
-
Así que la idea sería matarte de una forma rápida e indolora, para que no sufrieras.
-
Oh, genial. ¿Y esa idea sigue en pie?
-
No. – Fijó la mirada en la pirotécnica, que cada vez parecía más nerviosa y confusa. – Ni voy a matarte, ni voy a condenarte. Te doy a elegir. Para mañana tendrás que estar con nosotros o con ellos. Nadie se interpondrá en tu camino. Escoge lo que creas más correcto.
Keyra exhaló el aire, como si llevara mucho tiempo reteniéndolo. No pudo apartar su sorprendida mirada de Elvos, que suspiró otra vez y se volvió hacia Serai.
Estuvieron casi un minuto en silencio, hasta que él decidió actuar.
-
¿Hay algo más que quieras decirme? – Preguntó.
-
N…Bueno, sí.
-
Adelante.
-
¿Qué piensas hacer, Elvos?
Se miraron de nuevo. El Emperador acarició con suavidad el vientre de la curandera, que se movió, dio la vuelta, dándoles la espalda, pero no se despertó.
-
¿Vas a soltar a Serai? – Preguntó Keyra, sentándose de nuevo junto al hombre.
-
No sé.
-
¿La vas a devolver al foso?
-
No lo sé, Keyra.
-
Elvos. – Por primera vez se atrevió a tocarlo sin temor, cogiéndole de la mano libre con suavidad.
Él movió la cabeza y arrugó el ceño, alzando las cejas. Parecía agotado.
-
¿Qué es? – Preguntó la mujer en voz baja. - ¿Qué hay con ella? ¿Por qué la tienes durmiendo en tu cama, si es una prisionera? ¿Por qué le has quitado los brazaletes, si es peligrosa?
-
No lo sé.
-
¿Acaso te has enamorado de Serai?
-
…Creo que sí.
Keyra comprendió entonces su situación. Había caído a los pies de Serai…una curandera, ni más ni menos, que se había negado a formar parte de su Imperio, y que probablemente no aceptaría nunca. No podía hacerle daño, la quería demasiado. No obstante, liberarla sería devolverla a los Salvadores, dejar que la recuperaran…
-
No sería tan grave soltarla, ¿verdad? – Dijo Elvos de pronto.
-
¿Qué quieres decir? ¡Pertenece a…!
-
Sé muy bien a qué pertenece. No obstante…Es sólo una curandera. Muy poderosa, es verdad, pero nunca usaría su poder para herir a los mágicos oscuros, y su único uso en los Salvadores es el de sanar a los heridos.
-
Eso…- Keyra titubeó. – No es del todo cierto.
De pronto, el hombre la penetró con la mirada. Por un instante volvió a ser el Emperador que hacía cualquier cosa con tal de cumplir sus sueños, siniestro y arrogante. Pero fue sólo un instante.
-
Yo…ya sabes, no soy importante en el grupo. – Dijo la pirotécnica. – Soy sólo “una más”. Pero Giyn, Rilran, y los magnus…bueno, los miem…
-
Miembros de alto rango en los Salvadores. Lo sé.
-
…Serai es importante para todos ellos. No digo que le tengan estima, o no sólo eso. Hay algo…un plan importante. No estoy segura, la mayor parte de los miembros no saben nada de esto. Yo lo oí de casualidad cuando Giyn y Rilran hablaban, hace ya tiempo. Al parecer hay un plan definitivo en el que Serai es una pieza clave, indispensable, pero que la pone en un peligro muy grave. No sé los detalles.
Elvos ladeó la cabeza, pensativo. Luego se levantó, con cuidado de no despertar a la curandera, y se asomó a la ventana en silencio.
-
Me estás diciendo que una simple curandera es importante para un plan definitivo de los Salvadores. – Dijo, no como pregunta, sino como afirmación, para asegurarse de que había oído bien.
-
Sí, eso es.
-
Quizá debiste decirme esto un poco antes.
-
No creí que tuviera mucha utilidad. Intenté informarme por mi cuenta, pero nadie me decía nada, como si el plan no existiera. En más de una ocasión pensé que me había equivocado, pero…no podía ser. Estoy segura de lo que oí, y de lo que significaba. No puedo decirte más.
-
Ya.
Durante los siguientes minutos, nadie dijo nada. En una ocasión Serai dio la vuelta, y Keyra pudo ver su rostro dormido, tan relajada.
Entonces Elvos se volvió y las miró a las dos intensamente.
-
No puedo devolverla al foso. – Dijo, resuelto. – No podría hacerle eso.
-
¿Vas a soltarla? – Preguntó la pirotécnica.
-
No. Pertenece a Salvadores, y forma parte de un plan, como tú lo has llamado, definitivo. Si la libero…Podría ser peligroso, tanto para nosotros como para ella misma.
-
¿Entonces qué? ¿La convertirás en tu emperatriz?
Elvos dio un respingo y rió. No fue la risa burlona que solía tener, era dulce y agradable.
-
No, no. – Respondió. – Serai jamás aceptaría algo así. No, la pondré al cuidado de alguien.
-
¿Al cuidado de alguien? ¿De quién?
-
No sé, alguien de confianza. Todavía no lo he pensado.
-
En Alev ni pienses, con lo cruzada que la tiene la matará y hará parecer que fue un accidente.
-
Ya.
Empezó a dar vueltas por la habitación, pensativo. Keyra lo siguió con la mirada, sumida en sus propias deliberaciones. Una última mirada a Serai inclinó la balanza.
- Yo lo haré.
El Emperador se volvió hacia ella, ladeando la cabeza y arrugando el ceño.
-
¿Tú? – Preguntó. – ¿Pero no te ibas?
-
Nunca dije que lo fuera a hacer. – Replicó la pirotécnica. – No lo sabía. Pero creo…Bueno, en los Salvadores no me tienen en muy alta estima, todos piensan que estoy con vosotros, y en cambio aquí…Personalmente me encuentro bastante bien. Y pienso que me necesitáis…Me necesitas para cuidar de Serai.
-
¿Tú…lucharías contra los Salvadores? ¿Contra todos esos ideales que te llevaron a ellos al principio?
-
No exactamente. Lucho por la justicia, la bondad y la lealtad. ¿No es lo justo luchar por aquellos que son marginados sin motivo? ¿No es acaso un buen motivo proteger a todas esas mujeres y niños que buscan un lugar en el mundo? ¿No es leal permanecer al lado de mis amigos y compañeros, aquellos que me han aceptado más incluso que los propios Salvadores?
El Emperador estrechó la mirada…y sonrió. Fue una sonrisa dulce, amable y encantadora, llena de agradecimiento y afecto.
- Gracias, Keyra.
Era el momento.
Los ochenta hombres y mujeres, acompañados por wargo y algunos otros animales aliados con Rilran, se acercaban a la Ninnpa Fosc con la misión de liberar a Serai, la curandera vital.
Era un ataque suicida, y lo sabían. Pero no les importaba. Por la gloria y el honor de morir en combate, por la lealtad a un compañero y amigo, por la fascinación hacia los curanderos, sólo porque la vida no tenía valor…Por un motivo u otro, los Salvadores se dirigían en tropel hacia la ciudad subterránea, preparados para morir.
Keyra le prestó un vestido negro y gris, la túnica típica de la ciudad. Todavía no había acabado de entender lo que ocurría, y se sentía desconcertada: era como si hubiera aceptado formar parte del Imperio…pero no lo había hecho, nunca lo haría, y Elvos lo sabía. ¿Por qué, entonces, no la devolvía al foso?
¿Por qué la dejó dormir en su habitación? ¿Por qué, al despertar, estaba a su lado, abrazándola, dándole calor? ¿Por qué le dijo con una sonrisa que acompañara a Keyra? ¿Por qué ahora la vestían con las ropas de la Ninnpa Fosc?
Demasiados interrogantes sin respuesta.
-
Te queda bien. – Comentó la pirotécnica, evaluándola. – Es un poco grande para ti, sobretodo de…- Hizo un gesto circular sobre el pecho, dudando. – Bueno, un poco grande. Pero mientras encuentro algo de tu talla, mi túnica te servirá. Ahora debemos buscar un apartamento para las dos, y luego te enseñaré la ciudad, ¿vale?
-
Keyra, ¿qué pasa aquí? – Preguntó Serai, mirándola con el ceño levemente arrugado.
No obstante, en ese momento la puerta de la habitación de Keyra se abrió sin previo aviso. Elvos pareció titubear un momento, y finalmente entró. La curandera se volvió completamente hacia él, quien la observó atentamente de arriba abajo.
-
Te queda bien. – Dijo el hombre, asintiendo con la cabeza. – Aunque te va un poco grande, sobretodo de pecho. Da igual, pronto encontraremos algo de tu talla. ¿Keyra te ha dicho algo?
-
No. – Respondió la joven, alzando una ceja.
-
Mejor, yo lo haré. Sigues prisionera, Serai, porque bajo ningún concepto podemos liberarte. No obstante, en lugar de cumplir condena en el foso permanecerás bajo la custodia de Keyra, que vigilará que no te escapes ni hagas ninguna tontería. ¿Lo has entendido?
-
No.
Elvos se sorprendió.
-
¿Qué parte no entendiste?
-
El por qué de todo esto.
El hombre respiró profundamente. Keyra, por un instante, pensó que iba a ser sincero y le iba a decir a Serai todo lo que sentía en realidad.
No obstante, el Emperador avanzó, cogió a la curandera del cuello de la túnica y la atrajo hacia sí.
- No me busques los dientes. – Murmuró, amenazador.
Luego la soltó y se fue.
Serai se volvió inmediatamente hacia la pirotécnica.
-
¿Por qué lo hace? – Preguntó.
-
No puedo contestarte. – Dijo Keyra, encogiéndose de hombros. – Sólo deberías estar agradecida de tener una posición tan privilegiada.
-
Tú también, supongo.
-
¿Yo? No, ahora soy definitivamente una más en este lugar. Antes era la amante del Emperador, pero ahora…
-
¿Ya no?
-
¿Contigo de por medio? No.