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Sacrificio — capítulo 9

Elvos llevaba al menos media hora leyendo. Serai se había quedado en la cama, recuperándose del devastador poder de su anfitrión; ella no lo culpaba, había sido un acto reflejo. En el fondo, se sentía incluso halagada de haber incitado a su subconsciente a iniciar la sanación.

Sanar con el poder mágico era algo muy íntimo. Se trataba de purificar a otra persona entregándole parte de las energías de uno mismo, se trataba de ayudar, aliviar el dolor, curar. No era algo tan burdo como el ataque mágico; no, era algo puro y dulce.

Por eso, el hecho de que alguien, inconscientemente, intentara sanar heridas ajenas significaba que esa otra persona era importante.

Pero le daba miedo ser importante para Elvos.

Cuando se sintió bastante mejor, después de mirar al Emperador durante largo rato mientras él pasaba página tras página de ese libro suyo, se puso la túnica negra y gris, que le venía grande, y empezó a curiosear. No es que fuera curiosa por naturaleza, pero era nerviosa, aunque no lo pareciera, y necesitaba ir haciendo algo.

Elvos debió darse cuenta, pero prefirió ignorarla. Llevaba ignorándola un buen rato.

Dio un par de vueltas por la habitación, se asomó una vez por la ventana y luego empezó a mirar títulos en las estanterías.

La magia.

Mágicos, nivel Aprendiz.

Mágicos, nivel Brujo.

Mágicos, nivel Hechicero.

Los mágicos oscuros, ¿escoria o víctimas?

Zoodor y sus habilidades.

Magia negra, ¿mito o realidad?

Invocadores, los aliados de los espíritus.

Zoodor, los hombres-bestia.

Curanderos.

Oradores, ¿por qué necesitan los conjuros verbales?

Pólvicos, los pseudo-mágicos.

Sanación.

Sanación. ¿Sanación? ¿Qué demonios hacía un mágico oscuro con un libro de sanación? Serai lo cogió, confundida. Era grande, de cubierta blanca y letras rojas.

  • ¡Deja eso!

Alguien la empujó a un lado y le arrancó el libro de las manos. Miró a Elvos sin miedo ni sorpresa, sólo con calma. El hombre le devolvió una mirada desagradable.

  • No deberías tocar cosas que no son tuyas. – Dijo, desagradable. – Vuelve a la cama. Más te vale hacerme pensar que estás hecha polvo por lo que ha pasado, o te enviaré al foso de nuevo.

Dejó el libro en la estantería de nuevo y volvió al escritorio. Pero Serai no dejó que empezara a leer de nuevo, ni siquiera que se sentara.

  • ¿Por qué tienes un pesado volumen de sanación como ese? – Preguntó. - ¿De qué te sirve?

Elvos titubeó visiblemente. Luego giró la cabeza hacia ella, y la miró. No llevaba túnica, sólo los pantalones, así que la curandera pudo ver a la perfección cómo todo su cuerpo se ponía tenso; en su espalda se marcaban los omoplatos y la columna.

  • Quiero…- Dijo al fin, no muy convencido. – Quiero encontrar una forma de compensar la deficiencia de mi poder.

Serai se quedó helada durante unos instantes que se le hicieron eternos. Luego sufrió una convulsión; Elvos se volvió completamente hacia ella, pensando que estaba sufriendo algún tipo de espasmo producido por la magia que había usado antes contra la joven.

No obstante, la curandera se arqueó un poco y soltó una carcajada rápida y seca.

  • ¿De qué te ríes? – Hizo el hombre, ofendido.

  • Lo siento. – Musitó ella, con los labios curvados en una sonrisa extraña. – Es que me ha hecho gracia. ¿Cuánto tiempo llevas buscando eso?

  • ¿Te importa?

  • Oh, sí. Es que sería una lástima que llevaras mucho tiempo.

  • ¿Por qué?

  • Porque no hay forma, Elvos.

Serai se irguió de nuevo, completamente seria otra vez.

  • ¿Qué quieres decir? – Quiso saber el Emperador.

  • Si esa deficiencia la hubieras iniciado tú, o te hubieran castigado con ella por algún crimen o alguna falta…Quizá, sólo quizá tendría solución. – Dijo la mujer. – Pero no fuiste tú, fue tu madre. Naciste con ello, y morirás con ello.

Elvos arrugó el ceño y ladeó la cabeza. Señaló a la cama, instándola a sentarse, y ella obedeció.

  • Siempre he querido preguntarte algo. – Comentó, quedándose en pie frente a la joven. – Hablabas de mí con Sasha cuando llegaste, ¿lo recuerdas?

  • Cómo olvidarlo, mi amiga farfulla por eso.

  • ¿Qué sabes de mí, Serai?

  • Muchas cosas. ¿Quieres que te lo cuente?

  • Por favor.

  • Naciste en la aldea que hay situada entre el pueblo de Esmet y el río Zare. Tu madre pactó con un kirin demoníaco para quedar encinta, pero olvidó que a ese kirin en especial le encantaba corromper el poder de los no-natos. Cuando naciste, ella murió. No fue culpa tuya, al fin y al cabo ni siquiera eras consciente; sencillamente…ocurrió. Tu padre te odió por ello, igual que el resto de la aldea, pero nadie se atrevió a hacerte daño, a expulsarte o a sacrificarte. De modo que creciste sin amor, sin que nadie quisiera ni verte. Un día llegó una niña que dejó atrás los prejuicios y no temió a tu poder oscuro; se acercó, se hizo tu amiga y estuvo a tu lado siempre que la necesitaste. Pero…

Serai titubeó, y la mente de Elvos escogió aquel preciso instante para evocar el momento en que, sin quererlo, La traicionó al usar su poder destructivo contra ella.

  • Cuando tenías doce años, te fuiste. – Dijo la curandera al fin. – Lo dejaste todo atrás, ya que nada te ataba a la aldea ya.

Pensó.

No estaba seguro, pero algo no le cuadraba en aquello.

  • Tengo entendido que pasaste un año vagando sin rumbo fijo. – Siguió Serai. – Entonces parece que diste con la Ninnpa Fosc, donde se ocultaban muchos mágicos oscuros como tú. Te enseñaron a utilizar tu poder, y en un año más te hiciste un lugar en la ciudad. Un lugar prestigioso. Eran un gran alumno y tenías grandes planes. No ibas a someterte, como hacían ellos. En algún momento te nombraron su líder, te convertiste en Emperador, y la ciudad se transformó en el principio del Imperio. Empezasteis a buscar aliados, y así habéis seguido hasta ahora.

La curandera ladeó la cabeza, sin apartar la mirada de su anfitrión.

  • Tu deseo no es el del poder. No eres ambicioso, y no quieres el trono del rey ni nada que se le parezca. – Dijo. – Sólo deseas convertir Mekira en un lugar mejor para los que son como tú, para los mágicos oscuros. Todos rechazan a los que tienen poderes como los vuestros: sólo quieres solucionar eso. Y estás dispuesto a lo que sea, cualquier cosa, con tal de conseguirlo. Si hace falta matar y torturar, lo harás. Si es necesario convertirse en rey…No dudarás ni un instante.

Elvos arrugó el ceño.

  • Vaya. – Dijo tras unos momentos, confundido. – Pareces saber mucho.

  • Lo suficiente. – Respondió ella.

  • Y comprendes muy bien mi situación.

  • La comprendo.

  • ¿En serio? Entonces…¿Por qué rechazaste formar parte de esto?

  • Porque está mal.

  • ¿Qué quieres decir?

  • Que te comprenda no significa que comparta tu punto de vista. Yo no siento ningún rechazo hacia los mágicos oscuros, al contrario. La mayoría de vosotros sois víctimas. No habéis hecho nada malo, y aún así se os castiga con este poder corrupto. No obstante…Hacer daño, arrebatar la vida, usurpar el poder…Este no es el camino.

  • Oh, típico de un curandero. ¿Y cuál es el camino?

Serai se encogió de hombros.

  • Tal vez no lo haya.

Rilran y Giyn estaban en presencia de los miembros de más alto rango de los Salvadores. Uno era un hechicero, vestido con esa túnica pesada y molesta, con el cuello hasta la nariz y la capa imposible; otro era un mentalista, muy anciano y de aspecto frágil; había también una elemental aérea, vestida con su ligero traje vaporoso, y una curandera.

Rilran y Giyn no eran miembros importantes como ellos, pero había algo que los hacía necesarios en aquella situación: eran los más cercanos a Serai.

  • Bien, ultimemos los datos. – Pidió el mentalista con su voz cascada y cansada.

Giyn se puso en pie.

  • Tenemos bajo nuestro mando a cinco mágicos elementales terrestres. – Expuso. – Ellos se encargarán, desde una distancia prudencial, de ensanchar la entrada e impedir que nuestros enemigos la cierren.

  • ¿Habrá suficiente? – Preguntó la elemental aérea, ladeando la cabeza.

  • Si complementamos todas las otras defensas, sí, habrá suficiente. Al menos para poder sacar a Serai de allí.

  • ¿De qué otras fuerzas disponemos?

  • La jauría wargo del rey Suksh han aceptado ayudarnos. – Dijo Rilran, levantándose. – Ellos se ocuparán de los canes, y entretendrán al Cerbero, si sale, tanto como puedan.

  • Tenemos a dos docenas de curanderos en la retaguardia para que sanen a los heridos que haya en batalla. – Siguió Giyn. – Los aprendices de magia no entrarán en combate; por el contrario, tenemos a doce brujos, cinco magos y dos hechiceros.

  • También contamos con seis invocadores, contando a Giyn. – Continuó el zoodor.

  • Con nosotros están algunos kirin muy poderosos: tenemos a Niv, kirin de alto nivel, elemento agua pero experta en nieve y hielo.

  • Pero no rendirá todo lo que podría. – Comentó Rilran. – Su presencia baja la temperatura por sí sola, y por ser de un nivel tan alto, podría encerrar a los enemigos en bloques helados. No obstante…No está en un lugar lo suficientemente frío, y no mostraría todo su potencial.

  • Otro kirin de nivel alto, Gaasd, del elemento tierra.

  • Puede pulverizar el suelo y convertirlo en arena para crear arenas movedizas que se traguen a nuestros enemigos. Se mueve mejor en el desierto, pero no será mal aliado.

  • Como último kirin destacable, aunque tenemos varios más de rangos inferiores, tenemos a Valiant.

  • No es elemental. Es, como sabrán, un kirin divino, cuyo poder se basa en la luz. Será de gran ayuda, especialmente contra los mágicos oscuros.

Los demás asintieron.

  • ¿Algo más? – Preguntó el hechicero.

  • Sí. – Respondió Giyn. – Siete elementales acuáticos.

  • ¿Y pirotécnicos?

  • Sólo tenemos a Keyra.

Cayó el silencio durante algunos momentos.

  • ¿Ella sabe cómo va el plan? – Preguntó el mentalista.

  • No, señor. – Dijo Giyn.

  • Mejor que siga así. No termino de comprender dónde se encuentran sus lealtades; estoy seguro de que, al igual que nos informa a nosotros de los movimientos de Elvos, les cuenta nuestros ataques y nuestras tácticas al Imperio. Será mejor que no sepa nada esta vez.

  • Sí, señor.

  • ¿Algo más que se deba destacar?

  • Sí: tenemos a una ilusionista.

  • ¿Ilusionista? – Preguntó la aérea, sorprendida. - ¿De los que pueden manipular la mente de la gente para hacerles ver cosas?

  • Sí, señora. No ha terminado de desarrollar su poder, pero no es mala. Nuestro plan es que haga que el enemigo piense que somos más.

  • Muy ingenioso.

  • ¿Por qué hay tan poca gente para este ataque? – Dijo el hechicero.

Giyn se volvió hacia él. Hizo un repaso mental de todos los miembros de ese “escuadrón”.

Cinco terrestres, veinticuatro curanderos, doce brujos, cinco magos, dos hechiceros, seis invocadores con sus respectivos kirin, siete elementales acuáticos, una ilusionista y, por descontado, un zoodor con muy buenas influencias entre los animales. También Kero se uniría a ellos en cuanto llegaran, y tal vez llevara a algunos canes con él, pero era poco probable.

En total, sin contar kirin o criaturas animales, no eran ni ochenta personas contra toda una ciudad.

  • Porque no podemos arriesgar todas las fuerzas de los Salvadores en este ataque. – Fue Rilran el que respondió, con cierta amargura. – Ya sabemos que ese lugar tiene algo que protege a los mágicos oscuros…o quizá algo que los nutre y los vuelve más poderosos. Sea como sea, sabemos que es su territorio, y no podemos ganar.

  • Pero nuestra intención no es ganar. – Siguió Giyn. – Debemos recuperar a Serai.

  • Se sincero, querido. – Pidió la curandera con su cándida voz. - ¿Hay posibilidades de dar con la chica y traerla de vuelta?

  • Sí, señora.

  • Pero muchos morirán, ¿verdad?

  • Es probable. Hemos previsto que, como mínimo, la mitad de los humanos morirán.

  • Por eso…- Dijo Rilran. - …no hemos hecho una llamada obligatoria. Hemos pedido voluntarios, y tenemos las fuerzas que ellos, aún sin saber lo que significa Serai para los Salvadores, nos han dado.

El mentalista se levantó con dificultad, apoyado en un largo bastón que necesitaba para caminar.

  • Necesitamos a esa niña. – Sentenció. – Es una lástima que vayan a morir personas por liberarla, cuando al fin y al cabo esa pobre desgraciada no tiene nada contra los mágicos oscuros que la torturan…Pero, si no la recuperamos, nuestro plan no se llevará a cabo, y esto se convertirá en una guerra abierta que durará toda la eternidad. Haced lo que sea, pero, por los dioses, traed de vuelta a Serai.

Al fin la respiración de Serai se volvió regular y profunda, indicando que se había dormido. Elvos se sentó, con mucho cuidado de no despertarla, y sopló; las velas que había en el candelabro sobre la mesita de noche, al lado de la curandera, se encendieron sin hacer ruido, y el hombre pudo verla a la luz de las pequeñas llamas anaranjadas.

Allí estaba ella, dormida a su lado, con una expresión tan relajada,…como una niña. Se inclinó sobre Serai, apoyándose en un codo para no molestarla, y dulcemente le dio un beso en la frente. La joven se movió un poco, pero no despertó. Se quedó observándola largo rato.

Se dio cuenta de que adoraba su cabello, esa larga melena lisa y dócil, con el flequillo largo y partido que enmarcaba su rostro; tenía un mechón que cruzaba su frente y caía con suavidad por su cara. Pero también le gustaban sus ojos, azules y profundos como pozos, rasgados, de mirada calmada pero, de algún modo, alerta. Amaba su piel, tan fina, tan tersa y suave, blanca como la nieve.

Oh, había vuelto a hacerlo. “Amaba”, “intimar”. Eran cosas que nunca había dicho ni pensado, y ahí estaba ahora, mirando a una de sus prisioneras mientras dormía plácidamente, sorprendiéndose al pensar en sentimientos que nunca antes había experimentado.

Bueno, una vez. Pero fue hace mucho tiempo, en el principio de su adolescencia. Se enamoró, o eso creía, de una niña poco menor que él, dulce y cálida. Tal vez ni siquiera estuvo verdaderamente enamorado, sólo confundido por el torrente de amor y bondad que Ella dejaba caer sobre él. No recordaba su nombre ni su aspecto, al menos no de forma exacta, pero aún ahora, al acordarse de ella, algo cálido palpitaba en su corazón.

Y ahora Serai…

Sería cruel decir que sentía lo que sentía por la curandera porque le recordaba a su amiga de la infancia. Era cierto que tenía un aire indefinido a Ella, tal vez sus ojos, o su cabello, no estaba seguro. Pero no, sus sentimientos no se basaban en eso. Era algo indescriptible, y que lo asustaba.

Se estaba dando cuenta de que, para su horror, se había enamorado. Y no de cualquier mujer, no, de una prisionera, de una maldita curandera que estaba contra su plan, y cuyo poder podría matarlo en cualquier momento.

Claro que Serai nunca lo atacaría. De haberlo querido, ya lo habría hecho: al fin y al cabo, hacía un buen rato le había quitado los brazaletes, y horas después seguía estando perfectamente.

Alguien llamó con suavidad a la puerta, muy flojo. Elvos titubeó, y finalmente susurró un apenas audible “adelante”. Keyra entró en la habitación; parecía azorada.

La pirotécnica se quedó un momento en al entrada. Miró a Serai, luego al Emperador y de nuevo a la joven; tal vez decidió no decir nada sobre la presencia de la curandera en aquella habitación, durmiendo como si estuviera en su cama, porque cerró tras ella y se acercó a Elvos.

  • He venido tan rápido como he podido. – Dijo en un susurro.

  • ¿Sí? – Hizo él, ladeando la cabeza.

  • Me han descubierto. – Se arrodilló junto a su señor, con el miedo pintado en el rostro. – No me han dicho nada, pero está todo claro. Están planeando un ataque, estoy segura; mucha gente que se mueve, águilas y halcones hiendo de aquí para allá llevando cartas y mensajes…Pero nadie me dice nada. No, Keyra, todo está como siempre, ¿por qué lo preguntas? Sigo entre ellos, pero no…

  • Keyra.

  • ¿S…sí?

  • Tranquila.