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Sacrificio — capítulo 8

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Se muerde el labio inferior. Todos los niños de la aldea pueden hacer que un capullo se abra, ¿por qué él no iba a poder? Así que, lejos de miradas indiscretas, pone las manos cerca de una flor cerrada que crece a los pies de un árbol centenario; se concentra.

Los pétalos empiezan a separarse, abriéndose. El niño, de apenas ocho años, sonríe, excitado, y le pone más énfasis en lo que hace.

Entonces la flor se marchita, muere.

  • ¿Elvos?

Ella llega, curiosa. Él arruga la nariz y le da la espalda, enfadado y triste. No lo ha conseguido. Su poder…Su poder…

Pero Ella lo entiende sin necesidad de palabras. Le pone la mano en el hombro para que se vuelva, le dedica una dulce sonrisa y acaricia la flor.

Y los pétalos recuperan su color, el tallo vuelve a ser verde como antes. Revive, como si nada hubiera pasado, y muestra todo su esplendor.

Ella sonríe cariñosamente, y le acaricia el rostro.

  • Algún día, Elvos…Tú también podrás hacerlo.

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Elvos despertó bruscamente. Parpadeó varias veces antes de conseguir enfocar la mirada y darse cuenta de que era de noche; las luces se habían apagado hacía horas.

Resopló, frustrado. Hizo un movimiento brusco con la mano, y las velas se encendieron todas a la vez. Miró a su alrededor, reconociendo su familiar habitación, sus estanterías, las lámparas.

Otro recuerdo convertido en pesadilla. Muchas veces le ocurría, sobretodo cuando estaba más sensible, o cuando estaba nervioso.

Llevaba varios días estando ambas cosas.

Se levantó y desperezó. Luego se acercó al armario, sacó la túnica, se la puso y luego se cubrió con la capa negra que solía llevar. Dio media vuelta para sentarse frente al escritorio y leer, pero su mirada topó con las ventanas.

No estaba seguro de querer asomarse, y aún así lo hizo, y dio de inmediato con la lejana y difusa silueta de Serai, allí al fondo, acurrucada entre sus compañeras. Si forzaba la vista, podría ver a Mila apoyándose en el regazo de la curandera en busca de algo de calor, y a Sasha con la cabeza sobre su hombro, las tres dormidas muy juntas las unas con las otras, compartiendo la calidez y la compañía.

Pero no lo hizo. Estaba cansando de asomarse a esa ventana y buscar instintivamente a esa maldita curandera, de levantarse pensando en ella y de que su último pensamiento por la noche fuera para Serai.

Qué ocurría, no lo sabía. Lo único que sabía era que no podía quitársela de la cabeza, llenaba cada uno de sus sentidos. No había vuelto a tenerla cerca desde hacía varios días, cuando intentó violarla para hacerle daño y terminó volcándose completamente en…

¿Qué? ¿Amarla? ¡Por los dioses, menuda locura!

Se apartó de la ventana y se sentó junto a su escritorio para leer uno de sus libros, este de Sanación y curanderos.

En el foso, dos ojos azules abandonaron las tinieblas y se alzaron para mirar arriba, hacia las largas ventanas que daban a la habitación de Elvos.

  • ¿Estás seguro?

Eso le había preguntado Rilran cuando Fenris propuso el plan. El mestizo había asentido, convencido de que era lo mejor, y salió poco rato después en dirección al bosque donde vivía la jauría de wargo, junto a las montañas Ore. Galopó sin parar durante horas, todo el día y toda la noche, hasta llegar finalmente a la colmena.

Allí, el rey lo recibió. Algunos lo miraban con desdén por ser como una versión degenerada de su raza, pero el Suksh era uno de los que pensaban que, como no era culpa suya, no era necesario tratarlo como a un engendro.

/Imaginaba que vendrías./ Comentó el wargo cuando ambos estuvieron sentados en una de las cuevas, dejando que el recién llegado descansara.

/Necesitamos ayuda. Lo sabes./ Emitió Fenris.

/Que los humanos peleen entre ellos no es problema nuestro. Si al menos pudieran darnos algo equivalente…/

/No pueden daros nada. No tienen nada. No necesitáis nada suyo./

/Si lo sabes, ¿por qué has venido?/

/La niña. Tenemos que salvarla./

/Podéis hacerlo sin nosotros./

/No. Hemos intentado muchas veces, nunca hemos conseguido. Necesitamos… Complementar…todas defensas. Hay canes. Muchos. Un Cerbero. Necesitamos a wargo./

Suksh negó con la cabeza con un gruñido y se levantó.

/No, Fenris, no lo haremos./

/¡Hermano!/

El wargo se volvió hacia el mestizo y lo fulminó con la mirada. Fenris se puso en pie lentamente, sin acobardarse.

Suksh era hijo de un escogido negro con una hermosa hembra gris y blanca, preciosa. Pero era bien sabido que a ese…escogido…le gustaban las lobas. La concepción entre un wargo y un lobo era difícil, sobretodo por el tamaño, pero al parecer nació un cachorro. La madre murió al dar a luz, y el padre no quiso saber nada, de modo que Fenris no pudo entrar en la jauría porque no era reconocido, y por eso creció entre lobos.

Recordarle a Suksh que eran hermanos, al menos en parte, era su mejor arma. Entre hermanos, los wargo eran muy fieles, y se ayudaban en todo lo que podían. Nunca habían tratado demasiado, pero aún así Fenris y Suksh se reconocían, y si uno estaba en problemas el otro sin duda se desviviría por apoyarlo.

/La niña es importante para muchas cosas./ Emitió el mestizo. /Para Salvadores, para su plan…Para Rilran, mi amigo. Para mí./

/¿Qué te une a esa simple humana?/

/Que no es una simple humana./

Suksh dudó. Movió la cabeza y miró afuera. Allí, en la colmena, estaban todos sus súbditos, wargo capaces de grandes hazañas, fuertes y sanos, preparados para enfrentarse a una camada de canes, a un Cerbero si hacía falta.

¿Pero todo para qué?

Se inclinó levemente hacia Fenris.

/De acuerdo, hermano. Por ti, porque esa criatura es importante para ti…Os ayudaremos./

Apenas pudo contener el deseo de lanzarse hacia Serai cuando la vio. Sabía que debía pasar de largo, como los demás, pero verla al fin, bien dentro de lo que cabía…

Finalmente había entrado en la camada. Se fue acercando un poco cada día, hasta que los canes permitieron que se postrara ante Cerbero. Hablaron largo rato. Le dijo por qué pretendía entrar en su camada: no le mintió.

Y el perro de tres cabezas comprendió su situación, los sentimientos que lo unían a esa humana, y por eso aceptó que se uniera a sus hijos. De inmediato se convirtió en uno más, y cuando llegó la zoodor, Zezile, a decir que podían ir a por algo de comer, salió galopando con los demás hacia el foso.

Al principio pensó que se había equivocado de lado. Al fin y al cabo, la salida se partía en dos, lo cual indicaba que había dos fosos.

Pero luego resultó que Serai estaba muy al fondo. Estaba bien. Malherida, mal alimentada, fría, pero al menos no había muerto y no parecía grave. Incluso tuvo la percepción despierta.

Porque lo reconoció.

Pero no pudieron acercarse el uno a la otra. No, nadie debía saber que estaba allí si quería proteger a Serai. Y lo haría.

No obstante, empezaba a dudar. ¿Podría ganarse el favor de Cerbero y los canes? ¿Cuánto tardaría? Su plan era conseguir que lo ayudaran a sacar a la curandera de allí, pero…Realmente el Cerbero no parecía muy dispuesto a darles la espalda a aquellos que habían prometido su seguridad hacía tanto tiempo.

Una jovencita, apenas entrada en la adolescencia, le llevó una bandeja de comida a su habitación. Era mona, de mirada nerviosa y una actitud que pretendía ser coqueta. Muchas soñaban con ostentar el título de Emperatriz.

No estaba interesado.

Despachó a la chica con toda la amabilidad que pudo, que no era mucha, y dejó la bandeja sobre el escritorio.

Un cuenco de sopa caliente lleno a rebosar, tres trozos de carne con una salda rojiza, un panecillo y dos piezas de fruta.

Bien. Le había dicho a esa niña que le trajera “cualquier cosa”. No tenía hambre, y ahí estaba, la bandeja más completa que había visto nunca. ¿Pero es que nadie le había mirado bien? Era un hombre de constitución delgada, ya de por sí comía poco. ¿Cómo esperaba que se terminara todo eso?

Cogió en panecillo con un bufido y le dio un mordisco mientras caminaba hacia la ventana. Miró afuera sin aparente interés, pero su mirada buscó de inmediato a Serai. Como siempre, iba acompañada de sus dos amigas.

Los guardias estaban lanzando comida a los fosos. Elvos observó durante varios minutos, hasta que la tarea terminó.

Serai y las otras chicas no consiguieron nada en aquella ocasión.

Lo ignoró, o eso intentó. Volvió al escritorio, se sentó en la silla y observó su comida. Demasiada.

Ella no tenía nada que comer, él tenía lo suficiente para alimentar a un regimiento. No podía haber nada de malo en compartir con esa curandera, ¿no?

/Sí lo hay./ Se dijo. /Es tu prisionera. ¿Compasión? ¿Arrepentimiento? No deberías sentir esto. Y, por encima de todo, no deberías pensar en ella a todas horas, como si tu vida dependiera de esa maldita…/

Suspiró y apoyó la frente sobre la mesa, junto a la bandeja, rendido.

/¿A quién quiero engañar?/ Se preguntó.

Salió de la habitación y bajó a la pasarela, sin prisas, pero no se paró a saludar a nadie. Por suerte, la mayoría estaban en sus apartamentos, comiendo.

Llegó a su destino, y se preguntó por última vez si estaba seguro de lo que hacía. Al fin y al cabo…

Suspiró y se acercó con paso rápido a la zona donde estaba Serai, no muy lejos. Las vio a las tres sentadas, muy pegadas; Sasha se mordisqueaba las uñas, como cada vez que el hambre se hacía más fuerte que ella.

  • Eh, tú. – Dijo de malos modos.

Las chicas se volvieron hacia él. En realidad, casi todos los presentes lo hicieron. Pero Serai no era como los demás. No lo miró con miedo ni con odio, sólo con su calma, su…frialdad.

Lenta, muy lentamente, Elvos se inclinó sobre la barandilla y le tendió la mano para ayudarla a subir. La curandera titubeó.

Ella y sus dos amigas se miraron las unas a las otras por un instante, cómplices, compartiendo un importante secreto. Mila fue la primera en asentir con la cabeza, de forma apenas perceptible, y al fin Serai se volvió hacia el Emperador y aceptó la mano que le ofrecía. Trepó por la barandilla como si llevara toda la vida haciéndolo; no hizo falta que sus amigas la ayudaran desde abajo, y Elvos apenas tuvo que estirar. O quizá sí lo hizo, pero la curandera pesaba demasiado poco como para darse cuenta.

No pudo evitar comprobar que llevaba los brazaletes y suspirar de alivio.

La guió en silencio hacia su habitación, y cerró la puerta cuando entraron.

  • Ni siquiera te has esforzado. – Dijo en voz baja en cuanto pasó la llave para que no los interrumpieran.

  • ¿Qué quieres decir? – Preguntó Serai, ladeando la cabeza.

  • No has intentado conseguir comida. No te has puesto a llamar la atención de los guardias ni has saltado para coger algo. – La miró al fin, con el ceño arrugado. - ¿Es que quieres morir?

  • No me importa lo que me pase.

  • ¿Por qué? ¿Es algún tipo de auto-castigo, o algo así?

La curandera calló, y finalmente Elvos se dio cuenta de que así era.

  • ¡Te estás auto-castigando! – Exclamó, sorprendido. - ¡No te quejas por el dolor para enfadar a Alev y que te haga más daño aún! ¡Y pasa lo mismo con la comida, no comes para castigarte! ¿¡Pero qué locura es esa?! ¿¡Por qué harías algo así?!

Serai dio un paso atrás y desvió la mirada a un lado. Inconscientemente se abrazó a sí misma, tratando de ocultar su desnudez ahora que, de pronto, se sentía más desnuda que nunca.

  • Hay un crimen…- Murmuró. - …por el que tengo que pagar.

  • ¿Tú? ¿Una curandera? Es más, ¿una curandera vital que va por medio reino sanando a los enfermos, curando a los heridos y ayudando a los granjeros que tienen problemas con las cosechas? ¡Venga ya! ¿Qué clase de crimen podrías haber hecho? ¿Y qué puede ser lo suficientemente grande como para sufrir este castigo?

  • ¿Preocupado, Elvos?

El hombre se encontró con la mirada tranquila de Serai clavándose en sus ojos, y sintió un escalofrío.

Estuvo a punto de replicar alguna cosa como “¿Yo? ¿Por ti? ¡Ni en sueños!”, pero sonaba tan infantil que le asqueó. Pensó que podría darle una bofetada para callar esa maldita lengua que tenía, pero se dio cuenta de que no quería ponerle la mano encima…de esa forma.

Así que sólo gruñó, cogió a Serai del brazo y la empujó hacia el escritorio.

  • Come algo. – Dijo de malos modos. - ¡Ya!

  • Esto es tuyo. – Observó ella, alzando una ceja y rozando el borde del cuenco con la punta de los dedos.

  • No como demasiado.

  • No has comido nada.

  • ¡Que comas y te calles!

Le lanzó una de sus túnicas para que se vistiera. Serai la cogió al vuelo; malos reflejos no tenía. Finalmente Elvos pudo mirar a su prisionera sin heridas ni desnudez de por medio. La ropa le venía grande, pero a ella no pareció importarle; se sentó sobre sus talones en la silla y comió, tal y como le habían ordenado.

El Emperador se sentó en la cama y la miró atentamente durante un largo rato. Mientras lo hacía tuvo tiempo de pensar.

Llegó a la conclusión de que, cuando menos, deseaba a la curandera. ¿Cómo sucedió? Ni idea. Tenía a Keyra, que era atractiva y llevaba en su cama desde hacía ya bastante tiempo; pero ahora, cuando tocaba a la pirotécnica, no podía evitar pensar en Serai, en su cuerpo, sus ojos, sus labios, sus caricias.

Caricias. ¿Por qué había habido caricias? ¿Por qué trató de aliviar la molestia de esos estúpidos arañazos cuando ella misma sufría horribles heridas, frío, hambre y miedo?

De pronto, Serai se volvió hacia él y lo miró a los ojos. Elvos movió levemente la cabeza y tendió la mano hacia ella. La curandera se levantó y caminó hacia él; le rodeó la cintura con los brazos y cerró los ojos, apoyando el rostro en el vientre de la joven.

  • ¿Estás bien? – Susurró la mujer.

  • ¿Por qué me preguntas algo así? – Respondió el Emperador, sin moverse. - ¿Por qué aceptas mi mano cuando te la tiendo? ¿Por qué el otro día no intentaste buscar venganza? ¿Por qué intentaste aliviar esa tontería? ¡Por los dioses, acababa de violarte!

  • ¿Tú crees?

  • ¡Lo estaba intentando! – Alzó la cabeza y la miró a los ojos, apretándola más contra él. - ¡Quería hacerlo! Pero no creo que “eso” pueda ser una violación. ¡Ni siquiera trataste de impedirlo!

En un arrebato estiró de Serai y la tendió en la cama; luego se arrodilló sobre ella, con una pierna a cada lado. Se miraron, pero ella no pareció en absoluto intimidada.

  • ¿Por qué? – Preguntó, inclinado sobre la curandera. - ¿Qué es esta maldita actitud? ¿Es un desesperado intento por hacernos enfadar, se trata de eso?

  • No. – Respondió la joven, alzando las cejas.

  • ¿Entonces eso de “pagar” por un “crimen”?

  • Sí.

  • ¿Qué crimen puede ser lo suficientemente grande para esto? ¿Qué has hecho para dejar que cualquiera te haga lo que quiera?

Ella no respondió. Ladeó la cabeza, rozando la mano de Elvos con suavidad, y alzó los brazos para acariciar el rostro del hombre, dulce, amablemente. Él boqueó; una parte de sí mismo no soportaba que hiciera esas cosas, y deseaba impedirlo, pero la otra quería…necesitaba rendirse.

Y se rindió.

Dejó que su frente se apoyara en la cama, sobre el hombro de Serai, y permitió que sus manos rozaran su cuello y se enredaran en su cabello castaño. Entonces se puso en marcha; se apoyó con un codo en el colchón, y la mano libre la usó para levantar el bajo de la túnica. La curandera no se lo impidió, aunque se puso tensa. Pero esto no lo paró. Le quitó la ropa con cierta suavidad, como si intentara no hacerle daño, y empezó a besar y acariciar su cuerpo.

Pero nunca, bajo ninguna circunstancia, tocó sus labios.

  • ¿Por qué yo?

Elvos entreabrió los ojos. Se encontró donde no esperaba encontrarse nunca: en su cama, sí, después de un asalto especialmente intenso, con la cabeza apoyada sobre el regado de la chica con la que acababa de intimar.

Serai.

Respiró profundamente, rodeó la cintura de la joven con un brazo, rozando las heridas de su espalda con la punta de los dedos. Pero no la miró a los ojos.

  • Es algo que también me pregunto. – Respondió en voz baja. – Por qué tú. Te deseo…más de lo que he deseado nunca a nadie. ¿Qué tienes que otras no tengan? ¿Qué hay en ti que no haya en Keyra, o en cualquier otra mujer? – Titubeó. – Creo…creo que he llegado a una conclusión.

  • ¿Sí?

  • Cuando te miro…siento ternura. Y entonces me siento culpable por lo que estás pasando. Pero no es por ti. Eso creo, al menos.

  • No, claro. Es por ti.

  • No exactamente. – Inconscientemente siguió acariciando una fea herida que había en la espalda de Serai, resiguiéndola. – Me recuerdas a alguien muy importante para mí. Una amiga. Sí, incluso yo puedo tener amigos. La perdí hace mucho…mucho tiempo. Creo que yo tenía doce años. – Estrechó la mirada. – Desde que te conozco, sueño constantemente con Ella. Mejor dicho, la recuerdo en sueños. Cosas que pasaron, ¿entiendes? Hacía años que no me pasaba…que no me acordaba apenas de que una vez tuve a alguien que me quería, y a quien yo quería con locura. Entonces llegaste tú, y…

Notó el suave fluir del poder en su cuerpo. La magia.

/Oh, mierda./ Pensó.

Se apartó de un salto, el contacto se rompió y el poder se detuvo. Pero ya era tarde.

Serai finalmente se inclinó hacia delante, arqueándose. Se tapó la boca con una mano cuando la sacudió una arcada; tenía los ojos bañados en lágrimas, muy abiertos, y la piel cenicienta.

Elvos la observó mientras se recuperaba, y trató de calmarse.

Había usado su poder de sanación contra ella. En algún momento, sin darse cuenta, trató de curar la horrible herida que estaba tocando. Mientras hablaba empezó a “sanarla”. La había empezado a torturar.

Y Serai no se había quejado. Una persona normal…Gritaría, lloraría, se zafaría. El dolor es atroz, no sólo físico, también psicológico, la peor de las angustias, el más poderoso miedo. Pero Serai, al igual que una vez hizo Ella, había callado todo el rato, y sólo cuando se liberó del contacto con ese horrible poder se permitió actuar.

Probablemente habían sido sólo unos instantes, menos de cinco segundos. De haber sido más tiempo, era muy posible que la curandera hubiera muerto.

Aún así…

  • Lo…lo siento…- Musitó Elvos, levantándose de la cama con lentitud.

La joven negó con la cabeza, pero no se atrevió a destaparse la boca. Parecía a punto de vomitar en cualquier momento. La sacudió una nueva arcada.

  • Pero…¿por qué…? – Hizo el Emperador. - ¿Por qué no lo dijiste? ¿Por qué no actúas como una persona normal? ¿Por qué no te apartaste, o gritaste, o lloraste?

Al fin, Serai se irguió. Parecía débil y más ojerosa y mal nutrida que nunca.

  • ¿Te hubieras sentido mejor? – Preguntó con voz trémula.