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Sacrificio — capítulo 7

Cada semana, una docena de prisioneros eran llevados a las mazmorras para que volvieran a abrir sus heridas, para recordarles su condena. Era inusual que un recién llegado fuera sometido a esto, ya que los cortes eran muy recientes.

No obstante, Alev llevó a Serai a la misma sala donde la había torturado la primera vez. Arrancó las grapas y volvió a herirla, con saña, con odio, con frustración.

Salió casi una hora después, dejando que otros la devolvieran al foso, todavía más enfadado que antes.

Ni un grito. Ni un sollozo. Ni una lágrima.

¿De dónde sacaba esa mujer la fuerza para soportar el dolor sin un solo gemido? ¡No era humanamente posible! Todos, sin excepción, todos se echaban a suplicar, destrozados por el dolor. Los que aguantaban la primera vez, a la segunda se rendían y rogaban sin parar durante horas. Pero ella…Ella…

Había estado caminando por los pasillos, sin rumbo fijo y sin fijarse por dónde pasaba. Por eso no paró atención cuando giraba, y chocó con otra persona, que lo sujetó por los hombros para que no cayera al suelo.

  • ¿Alev?

  • ¡Elvos!

El joven de la calavera en el rostro no pudo evitar sonrojarse y apartarse.

  • Lo…lo siento. – Se disculpó, avergonzado.

  • Es raro verte tan distraído. – Comentó el Emperador, alzando una ceja. - ¿Hay algún problema?

Alev lo miró y titubeó. Un gesto de su señor hizo que decidiera contarle.

  • Es esa maldita curandera. – Admitió.

  • ¿Serai? ¿Qué pasa con ella?

  • Nada, eso pasa. Es como si el dolor no le afectara.

  • ¿Qué quieres decir?

  • Que la vez que la he visto más cerca del llanto fue cuando Cerbero la tocó.

Elvos estrechó la mirada. Hizo un gesto hacia la puerta por la que había salido, la de su habitación, y Alev entró. El Emperador cerró tras él y se sentó en la cama, muy bien hecha.

  • Cuéntame. – Pidió.

El hombre de la calavera en la cara respiró profundamente y se sentó a los pies de su señor, apoyando la cabeza en sus piernas. Estuvieron en silencio unos segundos, sin hacer nada, sólo haciéndose compañía el uno al otro. Alev era consciente de que era una de las pocas personas que podía estar con Elvos sin hacer nada en especial.

  • No soporto su actitud. – Dijo. – Esa…tranquilidad, esa calma, esa maldita entereza. ¿Cómo lo hace? ¿Cómo es posible que soporte el dolor sin ni siquiera gemir? ¡Ni una sola lágrima, Elvos, ni una!

  • ¿Por eso te ensañas con ella de esta manera? No es normal que la metas en las mazmorras otra vez cuando llegó hace menos de siete días.

Alev se sorprendió. Se quedó pensativo durante unos minutos, preguntándose qué más había aparte de la frustración. No era que disfrutara realmente torturando a la gente, sólo le era indiferente. Pero lo de esa mujer era…

  • Quiero que se rinda a ti. – Admitió al fin, arrugando el ceño. – Quiero que suplique por una segunda oportunidad, que ruegue por entrar en el Imperio. Quiero que te respete por encima de cualquier cosa.

  • Alev…

El Emperador se inclinó hacia delante y le pasó un brazo por detrás de los hombros a su compañero, apoyando los labios en su cabello negro.

  • Te empeñas en decir esas cosas. – Comentó en voz baja. – Pretendes que todos me veneren, y te enfurece pensar que alguien no lo haga, como si no fuera natural. Pero no tienes por qué esforzarte tanto.

  • Quiero hacerlo. – Replicó el otro, alzando la mirada hacia él, decidido. – Quiero que todos te amen…igual que yo te amo.

Elvos alzó una ceja. Ambos se dieron cuenta de que sus rostros estaban muy cerca, quizá demasiado. Alev contuvo la respiración, dejándose mecer por la mirada azul de su compañero, y trató de avanzar. Pero él se apartó.

  • Sabes que no me van los hombres. – Dijo Elvos, sonriendo de una forma extraña.

  • Ya. Lo siento. A mí tampoco, ¿eh?

  • Ya…

  • No, es en serio. Es sólo que…

  • No quiero explicaciones, Alev, de verdad. – El Emperador se puso en pie y se dirigió a una de las estanterías.

El guerrero se levantó del suelo y observó a su señor durante casi un minuto, en silencio, mientras éste buscaba algún libro.

  • No…- Dijo finalmente, ladeando la cabeza y bajando la mirada. – No deseo de ti nada que no quieras darme, Elvos.

  • Lo sé. – Respondió el hombre, sin volverse hacia él.

  • Para mí es más que suficiente…permanecer a tu lado, y protegerte, y ayudarte. Realmente no quiero nada más. Es sólo que a veces…- Se llevó una mano al corazón, apretada en un puño, y arrugó el ceño. – Me supera. No lo hago adrede, pero en ocasiones siento que si no…si no te beso, me moriré. – Titubeó al ver que él no respondía. – ¿Recuerdas cómo nos conocimos?

  • Sí. – El Emperador sonrió, cogiendo un libro de cubierta roja y aterciopelada. – Yo viajaba por todo el reino, buscando aliados o nuevos habitantes de la Ninnpa Fosc. Tú eras sólo un niño pobre y huérfano que pedía limosna en la calle de una ciudad. Nadie te hacía caso.

  • Excepto tú. – Alev se acercó un poco. – Me miraste, realmente me viste, y te compadeciste de mí. Me tendiste la mano cuando los demás sólo me miraban con desprecio. Fuiste el único, Elvos. Aún lo eres.

  • Venga, hombre. Han pasado diez años desde entonces, ¿no?

  • Más o menos.

  • Ahora todos te ven. Tienes una buena posición en la ciudad.

  • Sólo porque soy un allegado del Emperador.

El guerrero se puso a la espalda de Elvos, pero no lo tocó.

  • Desde que me tendiste la mano y me llevaste contigo…- Dijo. – Desde entonces he sentido esto. No ha cambiado en estos diez largos años, y empiezo a preocuparme. ¿Crees que puede ser…?

  • Admiración, tal vez. – Interrumpió el Emperador. – Agradecimiento. Afecto. Cariño fraternal. Nada de amor. Te van los hombres, pero no éste.

  • ¡No me van los hombres!

Mila la había ayudado a sentarse contra el bebedero, y llevaba ya algunas horas así. Le dolía todo el cuerpo: Alev se había ensañado mucho con ella.

  • ¿Qué tiene contra ti? – Preguntó la invocadora con amargura, tras largo rato de silencio.

  • No lo sé. – Respondió Serai, y una punzada de dolor cruzó su labio partido.

Sasha, acuclillada junto a ellas, farfulló algo. Por algún motivo, Mila había aprendido a comprenderla mucho más y mejor que la curandera.

  • Dice que es porque Alev está por Elvos. – Tradujo. – Ya sabes, que está…enamorado.

  • ¿Enamorado? ¿De Elvos? – Se sorprendió Serai.

  • Sí. Pero él parece interesarse por ti, y quizá Alev se siente amenazado, invadido.

La curandera calló. Titubeó un momento, preguntándose si debía callar o dar el paso de contarles las cosas a sus amigas tal y como eran.

  • ¿Puedo…deciros algo? – Preguntó en voz muy baja. – Es un secreto.

  • Claro. – Asintió Mila.

Sasha se acercó un poco más. Era muy curiosa, y el hecho de que le faltara parte de la lengua no la hacía menos cotilla.

  • Se trata de algo muy…muy personal. – Dijo Serai. – Algo que hace años que no le digo a nadie, y que sólo mis más allegados saben. En realidad, sólo Rilran y Giyn están al corriente, sin contar a Kero y Feb.

  • No creo que tu secreto salga de aquí. – Comentó la invocadora.

  • Se trata de eso, precisamente. No quiero que nadie…nadie se entere. Por encima de todo, no quiero que esto llegue a oídos de Elvos.

  • ¿De Elvos? ¿Qué tiene que ver él con este secreto?

  • Todo.

Estaba preparada. Realmente iba a contarlo, explicarles a sus nuevas amigas y compañeras todo lo que ocultaba en el fondo de su corazón.

No obstante…

  • Curandera, el Emperador exige tu presencia. Vamos.

El guardia dejó a Serai en la habitación de Elvos y se marchó por orden del Emperador. No obstante, él siguió leyendo durante algunos minutos más, al parecer absorto en las palabras que ponía un libro grande de páginas amarillentas. La joven se quedó quieta en la entrada, en silencio, hasta que el hombre cerró el enorme volumen y se volvió hacia ella con una sonrisa siniestra pintada en los labios.

  • Se te ve bastante bien, dadas las circunstancias. – Comentó, poniéndose el pie.

Serai respondió sólo ladeando la cabeza.

  • Ya sabes a lo que me refiero. Te has cruzado con la mala leche de Alev, y eso es un peligro mortal para ti. Pareces caerle muy, pero que muy mal. Para ti debe ser horrible, pero para mí es incluso tierno, no sé si me entiendes.

  • ¿Qué es lo que quieres de mí? – Preguntó la curandera, cortándolo.

Elvos arrugó el ceño, pero en seguida volvió a sonreír.

  • Saber cómo lo haces, y por qué. – Dijo. – Aguantar todo ese dolor sin un solo gemido…¿para qué? ¿Qué sacas con eso?

  • Nada.

  • ¿Entonces qué te lleva a soportarlo?

Serai guardó silencio. Tenía una respuesta, una en la que no quería ni pensar por lo estúpido que sonaba, pero era realmente lo que sentía.

El Emperador arrugó la nariz.

  • Contesta.

  • ¿Por qué?

  • Porque soy tu amo, te guste o no, y si te me cruzas como a Alev puedo hacértelo pasar mucho peor.

  • Sorpréndeme.

En un arrebato poco usual en él, Elvos la golpeó en la cara, tan fuerte que la tiró al suelo. Pero no se oyó ni una exclamación de sorpresa ni un gemido de dolor. Todo lo que Serai hizo fue apoyarse en los codos y volver el rostro hacia él, inexpresiva; su labio se había vuelto a partir, y sangraba.

Por un instante el Emperador sintió algo extraño y bastante nuevo, o al menos algo que hacía mucho, mucho tiempo que no sentía. Compasión. Arrepentimiento. Ternura.

Y eso lo asustó.

Por eso soltó un rugido y pateó a la curandera con saña, deseando librarse de aquellos horribles sentimientos. Serai se encogió en el suelo, pero no emitió ni tan siquiera un jadeo.

  • ¿Por qué? – Soltó Elvos, arrodillándose junto a ella y cogiéndola de la melena, tirándole del pelo. - ¿Por qué callas?

Todo lo que recibió fue una silenciosa y calmada mirada. El labio de la joven seguía sangrando, y respiraba muy deprisa, recuperando el aliento que se le había cortado con la patada.

La obligó a levantarse, sin miramientos, sin compasión, y la empujó hacia un lado. Serai cayó sobre la cama como una muñeca desmadejada, pero Elvos decidió que no pensaba dejarla descansar. Le rodeó el cuello con una mano, apretó contra el colchón y se arrodilló entre las piernas de la chica.

La curandera le lanzó una mirada seria, de entereza y calma, como si no estuviera pasando nada. Pero estaba pasando. Si bien su rostro no dejaba ver nada especial, su cuerpo se puso tenso y sufrió un escalofrío.

Y fue entonces cuando el Emperador fue consciente de que tenía a una mujer, poco más que una adolescente, desnuda bajo él, débil, inofensiva, incapaz de defenderse. Totalmente a su merced.

Sonrió, más siniestro que nunca, lleno de arrogancia. Soltó con suavidad el cuello de Serai, mirándola de arriba abajo, preguntándose cómo no se había dado cuenta antes. Las mujeres no soportaban ser un objeto sexual, pero las curanderas menos que ninguna. Si el dolor y la tortura no servían para hacerla desesperar de terror…

Se inclinó sobre ella, pretendiendo asustarla, apoyando las manos a cada lado de su cabeza. Lamió casi con dulzura la sangre que manaba del labio y resbalaba por la barbilla de Serai; lo hizo lentamente, sin prisas, hasta que la herida dejó de sangrar.

Instintivamente, la curandera apretó las piernas, tratando de cerrarlas, pero todo lo que logró fue estrechar la cintura de Elvos. Sólo eso logró excitarlo.

Bajó un poco más. Notó que su cuerpo se pegaba contra el de Serai; rozó con sus labios el oído de la mujer, y notó su aliento en su cuello, un aliento cálido pero irregular.

  • Voy a hacerte gritar. – Susurró. – Haré lo que sea. Esto…se ha vuelto algo personal. Realmente quiero verte destrozada de dolor y miedo.

Tuvo las fuerzas suficientes como para caer a un lado de la curandera y no sobre ella. Sólo cuando se hubo apartado se dio cuenta de que se había preocupado de no aplastarla, pero decidió dejarlo estar para cuando pudiera respirar otra vez.

Jadeando, cerró los ojos, con todo el cuerpo temblando de placer. Aún tenía el brazo sobre el pecho Serai, que temblaba, aunque menos que al principio.

Primero había ido a hacer todo el daño posible. Antes de llegar a tocarla, la joven ya estaba tan tensa que parecía a punto de romperse ella sola; cuando la penetró por primera vez no pudo ahogar un gemido y una mueca de dolor. Trató de embestirla de modo que no pudiera soportarlo…Pero logró arrancarle poco más que jadeos y un par de lágrimas. No se defendía ni trataba de zafarse, y no abrió la boca más que para soltar un grito mudo en una ocasión.

De pronto se sorprendió a sí mismo olvidando que lo que intentaba era torturarla hasta destrozarla, y abrazándola, aferrándose a ella, apretándola contra su pecho mientras le besaba el cuello y los hombros. Había pasado de un intentar violarla a hacerle el amor.

Abrió los ojos y enfocó la mirada. Vio a Serai tendida a su lado, sin moverse, con el rostro vuelto hacia el otro lado. Bajó la cabeza para mirarla de arriba abajo; en algún momento indefinido se habían tapado con una sábana…o él lo había hecho, de modo que ahora la curandera estaba cubierta hasta la cintura. Bajo la manta, sus piernas flexionadas temblaban visiblemente; el pecho de la joven se agitaba con su respiración irregular.

Elvos resopló y se sentó. Buscó rápidamente los pantalones que usaba bajo la túnica y se los puso; no le gustaba andar desvestido delante de otras personas, aunque acabaran de intimar.

Pensó, alarmado.

Serai se movió a su lado, y lentamente se sentó. Llevó la sábana con ella para cubrirse del todo, se acurrucó en una punta de la cama. Dejó a la vista la parte del colchón donde había estado tendida.

Había sangre.

Elvos sonrió de forma desagradable.

  • Virgen, ¿eh? – Comentó, divertido. – Con veinticuatro años y aún virgen. ¿Es que no has tenido pretendientes?

  • Alguno.

La mujer habló con voz apenas susurrada, y sin mirarlo a la cara, sino agachando la cabeza y clavando su mirada entrecerrada en el suelo, con la sábana enrollada entorno a su cuerpo.

Esa extraña sensación de culpabilidad y compasión atenazó el corazón del Emperador.

  • ¿Y no dejaste que ninguno te tocara? – Preguntó, burlón, como si aquello fuera una estupidez.

Serai arrugó el ceño y ladeó la cabeza, pensativa.

  • Me estaba guardando para alguien. – Respondió al fin.

  • Qué lástima.

Sacó las piernas de la cama para levantarse. Al moverse, no obstante, sintió un leve dolor que cruzaba su espalda. Se llevó la mano al hombro, y entonces recordó otra de las cosas que habían ocurrido. Se volvió, lanzándole una sonrisa siniestra a la joven.

  • Eres como un gato. – Comentó. – Me has arañado, y fuerte. Tendría que cortarte las uñas, o directamente los dedos.

Serai lo miró, y vio en su espalda blanca las marcas diagonales que le había dejado cuando, al no poder más, se aferró a él y sin querer lo arañó.

  • Lo siento. – Dijo con sinceridad.

Elvos bufó por toda respuesta y volvió a girarse hacia delante. Quiso levantarse, pero notó que aún le temblaban las piernas. Silbó, sorprendido; hacía casi seis años que había perdido la virginidad, y a esas alturas podía aguantar varios asaltos seguidos. No obstante, en esta ocasión parecía haberse volcado tanto que había acabado realmente agotado.

Serai se movió a su espalda, como si se acercara.

El Emperador ladeó la cabeza de un lado al otro un par de veces, y luego dejó que su mirada vagara por donde quisiera.

Y vio los brazaletes de la curandera.

Las manos de la mujer dieron con su cuerpo y rozaron su piel, que se erizó de miedo. Lentamente, Elvos arqueó la espalda, tratando de alejarse, pero ella siguió sus movimientos y tocó las heridas.

Se acababa. Allí, a solas con él, sin los sellos que estancaban su poder, Serai iba a atacarlo, iba a “sanarlo” para matarlo, y no podría impedirlo.

Las manos de la curandera descendieron otra vez, acariciaron con estremecedora suavidad su cuerpo. Pasaron bajo sus brazos, rozando los costados, llegando al vientre, subiendo y deteniéndose finalmente en su pecho.

Notó que Serai se pegaba a él, y los labios de la joven se posaron con dulzura en los arañazos.

Boqueó. Tenía toda la piel de gallina.

Llegó el primer beso a sus heridas.

Recuperando finalmente la movilidad, al menos un poco, cogió la muñeca de la curandera; en efecto, estaba liberada. ¿Cuándo se los quitó?

Ah, no había sido ella. No hubiera podido, ni tampoco sus compañeras: si se forzaban por alguien que no fuera un mágico oscuro, producían una angustia indescriptible, mayor que cualquier dolor físico.

Había sido él. En algún momento, no sabía cuándo, entre jadeos, embestidas y caricias, la cogió de los brazos, trató de alcanzar sus manos, y por el camino se llevó los brazaletes, que resbalaron por la piel fina de la joven sin oponer apenas resistencia.

Pero qué idiota era.

Sintió que otro beso era depositado sobre las heridas de sus omoplatos, y se sintió confundido. Aquello no era lo esperado, desde luego. Tampoco se lo esperaba cuando las manos de Serai bajaron de nuevo y acariciando su pecho con suavidad, y sus labios volvían a besar los arañazos; esta vez resiguieron una de las líneas, dulcemente.

Cuando el siguiente beso se fundió con la siguiente caricia, se le olvidó que aquella era una curandera prisionera, que era potencialmente peligrosa para él, podría ser mortal, y se dejó llevar por el placer. La ligera molestia de las heridas quedó enmascarada tras la fina capa de besos que cubrió su espalda.

Serai trepó por su espalda hasta apoyar la barbilla en su hombro, sin dejar de besarlo, de acariciarlo.

  • Elvos…- Susurró en su oído.

///

La niña se lanzó sobre él, riendo.

  • ¡Elvos! – Exclamó alegremente. - ¡Te quiero mucho, Elvos!

///

Lanzó una mano hacia atrás, zafándose de Serai, poniéndose en pie tan rápidamente que perdió el equilibrio; habría caído al suelo si no hubiera logrado dar un par de pasos para sostenerse en el escritorio. Luego se volvió.

La vio en la cama, inexpresiva, con la cabeza ligeramente agachada pero clavando en él la mirada azul de sus ojos profundos como pozos. La sábana aún cubría su cuerpo, pero insinuando sus sensuales curvas. Tenía los labios humedecidos y el cabello, liso y dócil, un poco desordenado.

En ese mismo instante, la puerta se abrió.

Keyra observó el cuadro con sorpresa y cierto miedo. Allí estaba Serai, en la cama del Emperador, desnuda y apenas cubierta por una sábana que insinuaba más de lo que escondía. Y frente a ella, apoyándose en el escritorio y sólo con los pantalones puestos estaba Elvos, cuyo rostro parecía un poema de miedo, sorpresa y confusión.

El hombre se volvió hacia ella. Por un momento, la pirotécnica lo vio como un animal acorralado.

  • Keyra. – Soltó el Emperador. – Estás aquí.

  • S…sí, señor. – Respondió ella, arrugando el ceño. – Eh…Venía a…

  • Llévatela al foso.

  • ¿A…a Serai?

  • ¿A quién si no? Llévatela. No quiero ni verla. Pero vuelve de inmediato.

Keyra decidió que, aunque en otras circunstancias hubiera tratado de oponerse, aquella ocasión no lo habría hecho. De modo que se acercó a la joven, que ya se ponía en pie, dejando la sábana sobre la cama con cuidado; la cogió del brazo y la sacó.

En el pasillo se detuvo, parando a Serai con ella, y la miró de arriba abajo. La curandera soportó el examen sin mover ni un músculo.

La pirotécnica se dio cuenta de que las piernas de la mujer temblaban.

  • ¿Te ha violado? – Musitó, mirándola a los ojos. - ¿Elvos te ha…?

  • No. – Respondió en voz baja.

Pero su aspecto decía lo contrario. No sólo el temblor de sus rodillas, también la dificultad que tenía para caminar, la tensión de su cuerpo, el ligero tiritar que nada tenía que ver con el frío.

Keyra se mordió el labio inferior.

  • Serai…yo…Lo siento, Serai, de verdad…Si yo…Si yo…

  • No podrías haber hecho nada. Al fin y al cabo, estás con él.

  • ¡No, yo…!

  • Escúchame, Keyra. No quiero excusas ni explicaciones. Cuanto menos pienses en dónde se encuentran tus lealtades, más fácil lo tendrás todo. Sólo debes saber que no te estoy culpando, ni de lo que ha pasado hoy ni de lo que ha pasado nunca. Yo confío en ti.

Keyra volvió a entrar en su habitación, pero esta vez llamó antes de abrir. Elvos le indicó sin palabras que se sentara junto a él, en la cama, y ella obedeció.

En cuanto la tuvo al lado la abrazó, apretándola muy fuerte contra su pecho.

  • Ah…El…Elvos…- Hizo ella.

Le estaba cortando la respiración. La presión disminuyó un poco, pero de pronto se encontró con el rostro del hombre hundido en el hueco entre su hombro y su cuello. Sintió su respiración agitada, sus manos crispadas buscando aferrarse a ella, apretando fieramente la espalda de la mujer.

Le costó un poco darse cuenta de que Elvos estaba excitado, muy excitado, y buscaba hacerlo con ella. Pero nunca lo había visto tan…tan…

Apasionado.

Ahogó un gemido cuando el Emperador apartó el tirante de su traje y rozó su hombro, lo resiguió y finalmente besó su cuello. Keyra, temblando, alzó los brazos y rodeó el cuello de Elvos con ellos, dulcemente.

Jadeó cuando un nuevo beso cubrió el anterior, y luego otro. Las manos del hombre buscaron los bordes del top rojo, poco más que un sostén, y lo retiró. Ni siquiera la miró. Con los ojos fuertemente cerrados, volvió a su cuello, devorándolo entre besos.

Keyra, jadeando, lo apretó contra ella con suavidad, pero empezó a acariciarlo, excitante. No pudo ahogar un gemido de placer cuando recibió un beso estremecedoramente intenso.

  • E…Elvos…- Musitó.

Y todo terminó.

El Emperador se volvió, zafándose de ella, y golpeó la pared con fuerza.

  • ¡MIERDA! – Gritó, furioso. - ¡MIERDA, MIERDA, MIERDA!

  • ¡Elvos! ¿¡Qué pasa, Elvos?!

Pero él no contestó. Golpeó de nuevo a la pared con el puño. Keyra le puso las manos en los hombros, y notó que empezaba a convulsionarse.

  • ¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado, Elvos? ¡Responde!

No obstante, el hombre no lo hizo. Se inclinó hacia delante, y allí se quedó, furioso consigo mismo, con ella, con la maldita curandera.

Mientras trataba de entretenerse con Keyra…estaba pensando en Serai.