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Sacrificio — capítulo 6
Aquella misma tarde se empezaron a oír gritos al fondo del foso. Poco a poco se fueron acercando, ahora acompañados por rugidos y gruñidos.
- ¡Los canes! – Chilló Mila, asustada.
Todos se apretujaron contra las paredes o la plataforma, muchos incluso subiéndose al bebedero. Serai puso rápidamente a Sasha y Mila tras ella, para protegerlas con su cuerpo si era preciso. Al fin, por el corredor que se había dejado en medio del foso, aparecieron los canes.
El primero se movió con lentitud, mirándolos a todos, olisqueando. Pasó de largo, gruñendo por lo bajo. El segundo, no obstante, no se lo puso tan fácil: detectó el olor nuevo de la curandera, y se volvió hacia ella enseñando los dientes.
Cautamente, Serai se arrodilló en el suelo. El can siguió cada uno de sus movimientos. Entonces la joven tendió sus brazos hacia él, abriendo las manos y juntando los brazaletes. Y esperó.
El animal gruñó, desconfiado, pero finalmente acercó el morro y olisqueó. Muchos aguantaban la respiración, preguntándose por qué el can no había mordido todavía a la nueva; muchos de los que caían eran nuevos.
No obstante, la criatura se dio por satisfecha. Había notado el olor de otro can en aquella mujer, de modo que pasaba inmediatamente a ser alguien a quien valía la pena dejar en paz.
Pasó de largo, y tras él pasaron casi una docena más de canes. Llegaron al fondo del foso y dieron media vuelta; esta vez, dos de ellos arrastraban tras de sí los cuerpos inertes de sus víctimas muertas.
Alguien llamó a la habitación de Elvos. Keyra estaba allí, tendida en la cama donde hacía un rato el Emperador le había hecho el amor sin mucho entusiasmo. Algo le estaba pasando, lo sabía. Tal vez…
La pirotécnica sintió pánico al pensar que Elvos había dejado de interesarse por ella, que ya habían hecho aquello tantas veces que se había cansado.
- Adelante. – Dijo el hombre.
Una mujer entró. La conocía, era una zoodor. La mejor de la ciudad, en realidad. Se llamaba…Algo como Zezile. Era joven, más o menos de su edad, con el cabello largo, rebelde y negro y los ojos castaños. Y adoraba a los animales.
- Se…señor. – Saludó, inclinándose hacia Elvos. – Eu…Yo…N-no quería molestarle, pero…Pero…
El Emperador sonrió. Estaba situado junto a la ventana; hacía un rato que estaba allí, observando. Se volvió hacia Zezile.
-
¿Qué? – Preguntó.
-
¿Lo habéis visto? – Dijo ella al fin. – Lo de esa…curandera.
-
Sí, he visto cómo los canes han pasado por su lado sin apenas mirarla. ¿Sientes curiosidad?
-
No es sólo eso. Los canes no pueden mirar y atacar a todos los prisioneros, sería demasiado. Pero esto…unido al que la acompaña en sus viajes, ese…Kero. Bueno, todo se me hace demasiado extraño. Parece que tenga…cierta empatía.
-
No puede ser. Los curanderos no tienen sensibilidad con los animales.
-
¿Entonces qué? El can que viaja con ella…realmente la adoraba, como sólo podía adorar a su madre. ¿Cómo pudo pasar?
-
No lo sé.
Se volvió de nuevo hacia el exterior, mirando por la ventana, viendo a Serai allí abajo, sentada junto a sus amigas y acariciando el cabello azul de Mila, que parecía muy afectada por el paso de los canes.
-
Pero también siento curiosidad. – Comentó, arrugando el ceño. - ¿Por qué no la ponemos a prueba?
-
¿Señor?
Miró a Zezile, y mostró una sonrisa siniestra que la hizo estremecer. Incluso Keyra, acostumbrada a esas cosas, sintió un escalofrío.
- Presentémosla a Cerbero.
El hombre de la calavera en la cara sacó a Serai del foso de malos modos, procurando apretarle una de las heridas para hacerle daño; la curandera no se quejó. Él y otro guardia la llevaron a empujones por la pasarela, sin darle explicaciones; pudo ver las grandes puertas negras que salían de la ciudad, pero fue sólo un instante: la obligaron a bajar unos escalones, cruzar un pasillo y entrar en una cueva.
Se le puso la piel de gallina. Sus captores pensaron que era de miedo, y Alev sonrió de forma siniestra; no obstante, la verdad era distinta: estaba excitada.
La cueva de Cerbero, ni más ni menos. Allí estaba el poderoso perro de tres cabezas, tendido en el fondo, inmenso y rodeado de dos docenas de canes de pelo rizado y negro. Allí estaban también Elvos, Keyra y la zoodor que había ido a capturarla con los demás.
- Bienvenida a la casa de Cerbero. – Dijo el Emperador con burla.
El hombre de la calavera en la cara empujó a Serai hacia el interior. Varios canes se volvieron hacia ella y gruñeron por lo bajo, pero la curandera no pareció verse afectada. Se irguió, calmada, y esperó a que le dijeran por qué la habían llevado a ese lugar.
Keyra la miró un momento y luego le dio la espalda, angustiada.
-
Esta es Zezile, una zoodor. – Explicó Elvos, señalando a la mujer de ojos marrones. – Supongo que la recordarás, ¿no, Serai?
-
La recuerdo. – Respondió ella, ladeando la cabeza.
-
Por supuesto. – El Emperador sonrió, divertido. – Sentimos cierta curiosidad por un detalle inusual. Los canes ni te miraron esta tarde, ¿verdad?
-
Me miraron.
-
Pero no te hicieron daño.
-
No.
-
Y te llevas muy bien con…Kero, creo que se llama.
-
Es un amigo.
-
Oh, entiendo.
-
¿Cómo es posible? – Interrumpió Zezile, cansada de aquella conversación que daba vueltas y vueltas. - ¿Por qué una simple curandera como tú tiene esa relación con un can? ¿Es que acaso tienes empatía con los animales?
-
No. – Serai movió la cabeza y titubeó. – Yo sólo…Me llevo bien con ellos.
-
¡No puedes llevarte bien con un can! ¡Es…es imposible! Los canes toleran a los humanos…al resto de criaturas sólo en la medida de que no tengan que separarse de su Cerbero, y de que no sean un peligro para él. ¡Y casi todos son peligros en potencia!
La curandera se encogió de hombros, restándole importancia. Zezile quiso replicar, intentar encontrarle un sentido a aquello, pero Elvos se le adelantó: cogió a Serai del brazo y la empujó hacia el perro de tres cabezas, que alzó una de ellas mientras las otras dos sólo habrían sus ojillos rojos.
Volvió a empujarla, y esta vez la joven cayó de rodillas frente a Cerbero. Los canes empezaron a gruñir, con los lomos erizados, enseñando los dientes, pero no atacaron.
Lenta, muy lentamente, Serai estiró una mano hacia la hermosa y oscura criatura. De haberse inclinado un poco más hacia delante podría haberlo tocado, pero prefirió esperar a que él diera ese paso.
El perro la olfateó, sopesando las posibilidades de que esa pequeña humana le hiciera daño. Eran mínimas, y además olía un poco a can.
Finalmente, rozó la mano de Serai con la nariz, dando a entender que aceptaba su presencia. Era algo que los Cerberos no hacían casi nunca. Aquel en especial sólo dejaba que lo tocaran Elvos y Zezile, y los demás debían permanecer a una distancia prudencial.
El Emperador se dio cuenta entonces de que los ojos de Serai se habían llenado de lágrimas.
-
Conocí a un Cerbero, hace mucho tiempo. – Dijo con la voz temblorosa. – Pero estaba muerto. Yo tenía…tenía quince años. Salí de la aldea y llegué a una cueva. Estaba dentro, al fondo; los cazadores lo habían matado, a él y a todos sus canes. O casi todos. En unos matorrales, junto a la entrada, quedaba un cachorro tembloroso que no paraba de llorar. Tenía todo el pelo erizado de miedo, de puro pánico. Pensé que no podría dejar que muriera allí, así que le di de comer. Decidí que esa noche volvería allí; si estaba esperando, me lo llevaría conmigo y me marcharía de la aldea para siempre. Y, cuando cayó el sol, allí estaba él, aguardando.
-
¿Te…convertiste en su Cerbero? – Preguntó Zezile, atónita.
-
No lo sé. Mi maestro zoodor trató de explicarme el lazo que Kero había formado conmigo. Por supuesto, no puedo ser su “madre”, para empezar porque soy humana. No obstante…Era una unión muy poderosa, fiera. – Serai ladeó la cabeza. – Siempre quise ver un Cerbero vivo. El de Kero era infinitamente más pequeño; aquella debía ser su primera camada.
De pronto, el perro de tres cabezas gruñó. Elvos se había acercado con brusquedad, de mal humor; cogió a la curandera del brazo y la obligó a levantarse. Tiró de ella con mucha fuerza para apartarla de Cerbero, para devolverla al foso.
Tiró con demasiada fuerza. Serai se tambaleó y perdió el equilibrio. Elvos aferró con fuerza su muñeca para no soltarla…Y entonces el brazalete cedió.
La curandera quedó de rodillas en el suelo, con la mano liberada puesta sobre la pierna de él, la otra en el suelo. El Emperador se quedó helado cuando se dio cuenta de cómo estaban las cosas, cuando notó que la mano de Serai, libre al fin del sello que mantenía estancado su poder, lo apretaba con firmeza.
Pero no ocurrió nada. Ambos se miraron a los ojos durante unos instantes, con todos los presentes conteniendo el aliento. Luego, Elvos arrugó el ceño y bajó los brazos, que se le habían quedado helados en alto.
-
¿Pero qué estás haciendo? – Preguntó, confundido. – Tenías la oportunidad perfecta. El poder de los curanderos es letal para los mágicos oscuros. Lo sabes, ¿no?
-
Lo sé. – Respondió Serai, calmada.
-
Era el momento de atacarme con ese poder de sanación y matarme, o al menos de vengarte por todo lo que estás pasando. ¿Y no haces nada?
-
Nadie en su sano juicio haría algo así, al menos no un curandero con dos dedos de frente. Por varios motivos.
-
Sorpréndeme.
Se dio cuenta de que Serai no apartaba la mano de él, y se preguntó si tan sólo estaba buscando el momento.
-
En primer lugar, porque el poder de los curanderos es para sanar, no para herir. – Explicó la joven, alzando una ceja. – En segundo lugar, porque si fuera lo suficientemente estúpida como para intentarlo tendría a tus guardaespaldas, a los canes e incluso a Cerbero despedazándome antes de que pudieras gritar. – Entonces titubeó visiblemente.
-
¿Y tercero? – Quiso saber Elvos, inclinándose un poco hacia atrás, sintiendo que el contacto lo estaba empezando a asustar.
-
Yo…Ya herí a alguien una vez. Hace mucho tiempo. – La mirada de Serai se volvió triste, triste y húmeda. – No quería hacerle daño, sólo quería curar un rasguño que se había hecho. Debí haber sabido que no podía funcionar. No puedes ni imaginarte la angustia de ver como un poder supuestamente sagrado, un acto tan íntimo como el de sanar, en el que vuelcas toda tu alma…No te imaginas lo que se siente al ver que, a pesar de todo, lo único que logras es hacer daño a otros.
El hombre arrugó el ceño, estrechando la mirada. Había algo en esas palabras que le traía un lejano recuerdo, o menos que eso, una emoción que no terminaba de ubicar. Una sensación.
Una sensación de angustia, un dolor atroz, algo que le ocurrió en su infancia.
Ella, aquella niña de la que no recordaba el nombre o el rostro, había tratado de sanarlo una vez. Sólo logró hacerle más daño. Y, no obstante, lo que más le dolió no fue aquello, sino la expresión que puso Ella después, al darse cuenta de su error, sus ojos llenos de lágrimas de arrepentimiento.
Elvos se apartó de Serai con un movimiento brusco y se encaminó hacia las galerías.
-
Alev, métela en el foso. – Ordenó de malos modos.
-
Si, señor.
Kero ahogó un suspiro. Había olido a Serai allí, en el interior de aquella cueva, y por unos angustiosos segundos pensó que iba a morir, y él no podría hacer nada por evitarlo. Pero, contra todo pronóstico, Cerbero aceptó la presencia y la compañía de la curandera, lo cual era todo un logro para una simple humana.
Tenía que darse prisa. Debía meterse pronto en la camada para proteger a Serai.
-
¿Qué me dices, Zezile? – Preguntó Elvos cuando caminaba con ella por los pasillos de las galerías. - ¿Qué decían los canes?
-
No mucho. – Respondió ella. – Al principio se decían entre ellos que al mínimo movimiento extraño destrozaran a la chica, pero parecían poco convencidos de querer hacerlo. Creo que es porque aún huele a Kero. Entre canes es muy raro que se ataquen, ¿entiende, señor?
-
Entiendo. ¿Y Cerbero, qué dijo?
-
La olió, y les preguntó a sus hijos si era el olor de otro can lo que estaba notando. Ellos lo confirmaron. Entonces empezó a meditar, emitiendo mensajes poco conexos entre sí. O tal vez es que yo no podía seguirlo, no lo sé. Lo que me ha parecido entender es que esa chica le causó una buena impresión, ¿comprende?, que el hecho de que oliera a un can significaba que era buena y merecía su confianza. Y se la dio.
-
¿Así de fácil?
-
Sí, sin más.
Caminaron en silencio durante unos momentos.
-
Señor…
-
¿Mm?
-
¿Qué es? Quiero decir, ¿es realmente humana?
Elvos se lo pensó un poco antes de responder.
-
Hay rumores que cuentan…- Dijo cautamente. - …que es una elegida de los dioses.
-
¿Una…? – Zezile dudó, confundida. - ¿Usted cree, señor? Quiero decir…
-
Sé lo que quieres decir. Hay muy poca información con respecto a eso, y probablemente sea sólo una habladuría nacida de lo extraña que es. No obstante, si se diera la posibilidad…¿Elegida con qué fin? ¿Y quién dice que un elegido no tenga poderes que otros no puedan ni soñar?
-
Señor…me parece que estoy empezando a preocuparme.
Elvos sonrió.
- No hablo en serio. No creo que sea una elegida de los dioses, Zezile. Pero es cierto que es extraña. Que no parece…humana.
Los wargo eran como la versión evolucionada de los lobos. Eran más grandes, rápidos, fuertes, resistentes e inteligentes. Podían hablar la lengua humana, si bien los odiaban y los veían como a seres inferiores.
Siempre había excepciones, claro. Los zoodor, sin ir más lejos, eran respetados por los wargo.
Por eso Rilran pudo entrar en “la colmena”, como se llamaba al hogar de estas criaturas. Recibían este nombre porque parecía una montaña hueca por dentro, con la punta extirpada, y todo el interior lleno de cuevas unas encimas de otras, a las que se llegaba saltando de roca en roca.
La jerarquía de los wargo estaba muy definida. La mayoría de los machos eran “soldados”; llevaban una piedra de color verde colgada en un collar alrededor de sus cuellos, y que indicaba que su misión era la de proteger la colmena y a las hembras, y que no podían reproducirse. Por encima de ellos estaban los “escogidos”, unos pocos wargo de alto rango que tenían una hembra para cada uno, con las que podían procrear; llevaban un collar con una piedra roja. Finalmente estaba el único rey, que tenía poder sobre todas las otras wargo; su piedra era negra.
Los “estamentos” no estaban cerrados, pero era difícil pasar de uno a otro. Un soldado lo tenía difícil para convertirse en un escogido, y un escogido no podía ser un soldado.
Un joven wargo de piedra roja guió a Rilran al interior de la colmena después de hablar brevemente con él. El zoodor, en compañía de su fiel Fenris, lo siguió en silencio, tratando de seguir su rápido trote. Calculó que el wargo medía poco menos que él, sentado.
- Espera aquí. – Dijo el ser, usando la voz para comunicarse.
Lo dejó en el centro de la colmena. A su alrededor, otros asomaban la cabeza por las cuevas, y algunos incluso bajaron para verle mejor. Aguantó el examen en silencio, y entonces llegó el rey.
Era un wargo de pelaje gris y blanco, enorme. Así, a cuatro patas y con la cabeza bien erguida, medía casi medio metro más que Rilran, que no era un hombre de baja estatura, que digamos.
Fenris fue el primero en inclinarse, respetuoso, y luego lo hizo el humano.
-
Levantaos. – Pidió el rey con una voz profunda. – Soy Suksh, el rey de esta jauría.
-
Es un honor. – Respondió el hombre. – Soy Rilran, un zoodor cualquiera.
-
No me vengas con historias, he oído hablar de ti. Sé que eres bueno en lo que haces, uno de los mejores, y no sirve de nada quitarte mérito.
El wargo gruñó por lo bajo y señaló hacia una cueva con la pata. Rilran entendió la indirecta y se dirigió hacia ella, con Fenris pegado a sus talones. Los siguió Suksh. Llegaron a una cavidad excavada en la roca, oscura y no muy grande.
-
Hablemos. – Dijo el rey, sentándose. – Me han dicho que vienes a pedir ayuda.
-
Sí. – El hombre titubeó y optó por sentarse también, frente al wargo, mientras su compañero se tendía tras él, un poco alejado para dejarles intimidad. – Se trata de un problema…humano.
-
No lo dudo. Al fin y al cabo, eres un simple humano.
-
Quiero involucraros lo menos posible, así que…Digamos sólo que una persona muy importante para mí…y mi gente, mi grupo, ha sido capturada por los enemigos.
-
Salvadores contra el Imperio, ¿eh?
Rilran se sorprendió.
-
¿Conoces el tema? – Preguntó.
-
Algo sé. No porque me importen los problemas humanos, claro, pero me pareció interesante. Sea como sea, no tienes que hablarme como si fuera idiota. Sé claro.
-
Va…vale. Lo siento, alteza.
-
Abrevia, no me gustan las largas charlas.
-
Una pieza importante en el plan de los Salvadores ha sido capturada por el Imperio de Elvos. No sólo eso, es una persona muy…muy importante para mí. Es como…como una hija, ¿entiendes?
-
Entiendo. Yo también tengo una cachorrilla.
-
Pueden matarla, ¿comprendes?
-
Comprendo.
-
En estos momentos está sufriendo. ¡La están torturando! Y yo…Nosotros…Los Salvadores estamos ideando un plan para atacar la Ninnpa Fosc. La ciudad subterránea, ¿sabes? No pretendemos invadirla…sabemos que es impenetrable. Pero al menos queremos la oportunidad de sacar a Serai de allí.
-
Entiendo vuestra situación. ¿Para qué nos necesitáis?
-
Para complementar a los canes de Cerbero.
Suksh soltó un gruñido de pronto, con todo el pelo erizado. Canes y wargo no se llevaban bien.
-
Queremos tener algo que anule cada una de las defensas de la ciudad. – Explicó Rilran. – Contra las paredes de la montaña tenemos a los elementales terrestres, contra los mágicos oscuros tenemos otros mágicos, y contra los canes…Os necesitamos a vosotros. Sois la mejor opción.
-
¿Qué nos daríais a cambio? – Preguntó el rey, ahora en tono bastante malhumorado.
Rilran se ensombreció.
- Lo único que podemos daros…- Respondió con cautela. - …Es la promesa de que, si algún día os veis en problemas, los Salvadores os ayudaremos.
El wargo soltó una carcajada seca y corta.
- ¿Eso es todo? – Hizo, divertido. – Sin ánimo de ofender, la palabra de los humanos vale muy poco. Si una simple promesa de ayuda es lo único que podéis darnos…Lo siento, pero no nos interesa.
El wargo se levantó y salió de la cueva, dejando allí a sus invitados.