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Sacrificio — capítulo 5

Rilran, el zoodor más respetado de los Salvadores, no pasaba mucho tiempo con el grupo. En realidad era un hombre solitario, como un lobo. Tal vez por eso estaba acompañado de uno.

Sea como fuere, todos sabían que desde hacía algunos años estaba más distante que nunca. Si se paraban a pensar, era así desde la incorporación definitiva de Serai a los Salvadores. Y entonces la gente creía empezar a atar cabos.

Creía, porque las deducciones no eran muy acertadas. Todos pensaban que estaba…enamorado de esa niña. ¡Por dios, si casi le doblaba la edad! La conoció cuando ella tenía diecisiete años y él treinta, cuando ella era una muchacha hermosa, en la flor de la vida, y él empezaba a verse solo a su edad. Pero nunca sintió ningún tipo de atracción por la chica.

Pero, tres años después, Serai se unió definitivamente a los Salvadores, y Rilran descubrió que no quería verla allí, en peligro constante, bajo presión. Decidió alejarse, sí, para no verla en esa situación, sí, pero no era amor lo que sentía. Al menos, no ese tipo de amor.

Lo que sentía por ella era algo difícil de describir. No la veía como una mujer. En realidad, la veía como a una amiga, una hija, una hermana. La quería, la quería mucho, pero no era el tipo de cariño que todos pensaban.

Rilran se encontraba cerca de la frontera, a un día de camino de la sede de los Salvadores, cuando el águila llegó hasta él, asfixiada por el esfuerzo. Su fiel compañero, Fenris, un lobo gris con el ojo derecho herido y ciego, gruñó cuando el ave descendió del cielo a velocidades inauditas.

El zoodor dejó que el águila descansara en su brazo.

  • ¿Qué pasa? – Preguntó en un susurro.

No necesitaba hablar para comunicarse con los animales, claro. En realidad, sólo los zoodor principiantes lo hacían, pues sus habilidades aún no estaban muy desarrolladas. Para los que ya estaban más avanzados, como él, usar los pensamientos para hablar con las criaturas era pan comido. Sólo debía ejercitar un sexto sentido mental, llamado Sentido de la Recepción-Emisión, que enviaba y recibía mensajes psíquicos, por decirlo así.

Pero hacía años se había acostumbrado a hablar en voz alta con los animales, sobretodo en aquel tiempo en que estuvo enseñando a cierta jovencita curandera las habilidades de un zoodor, aunque ella nunca pudiera convertirse en una.

La respuesta del águila fue más bien vaga. En parte por el cansancio, y en parte porque, a pesar de ser criaturas bastante inteligentes, no tenían comparación con el ser humano, así que para los zoodor las criaturas como esa tenían una forma de comunicarse bastante básica.

/La niña Serai. Problemas. El hombre de los espíritus me envía./

  • Muy bien, bonita. – Dijo.

Cogió el pergamino que el águila llevaba atado a la pata, y el ave alzó el vuelo para posarse en un árbol cercano.

Serai. ¿Qué le habría ocurrido? Sabía lo que le pasaba gracias a Giyn, pero hacía casi un año que no la veía directamente. Por un instante sintió nostalgia, y deseó verla, mirarla a los ojos y tratar de arrancarle una de esas escasas sonrisas.

Desenrolló el pergamino y leyó a media voz lo que ponía.

“Rilran, tenemos problemas. Es Serai. Feb volvió sin ella esta tarde. ¡Sin ella! No hay ningún zoodor cerca, así que necesito que vengas y nos digas qué nos puede decir. ¡Por favor! Te estaré esperando.

Giyn”

Rilran releyó con cierto temor, esta vez para sí. Fenris lo miró fijamente durante los segundos que tardó, y luego el zoodor clavó sus ojos oscuros en él.

Ese fue el mensaje que le envió su compañero. Para ser un lobo, la capacidad comunicativa de su sentido de recepción-emisión era increíble. Claro que también era más grande que un lobo normal, más fuerte y más rápido. Tal vez se debía a que su padre era un wargo.

Rilran asintió. Pensó en un medio de transporte con el que pudiera llegar a la cabaña de los Salvadores en el menor tiempo posible.

No tuvo que pensar demasiado.

Se oyó el batir de unas poderosas alas, y un vampiro apareció por entre unos árboles.

No era un vampiro de los que tenían forma humana, esas criaturas que vivían, se decía, en otro país, en Enik, justo al lado contrario de Mekira. No, eran murciélagos de gran envergadura, sin ojos y bastante inteligentes, más que un águila pero menos que Fenris.

  • ¡Eh, ven aquí! – Llamó.

El vampiro batió sus alas apergaminadas varias veces, pensando si debía obedecer las palabras del zoodor o no. Pero todos los animales confiaban en aquellos que tenían sensibilidad especial con ellos, así que optó por acercarse en un vuelo veloz y colgarse de la rama donde estaba el águila. Movió sus orejas hacia Rilran.

Escucho.

  • Necesito llegar a las montañas. – Dijo el hombre, caminando hacia él. – Cuanto antes. Una amiga tiene problemas. ¿Me ayudarás?

La criatura movió la cabeza, pensativa, y evaluó si valía la pena. Optó por afirmar y bajó del árbol. Se quedó plano en el suelo, como si hubiera muerto. Rilran le acarició el lomo, agradecido.

  • Fenris, ¿podrás seguir el ritmo? – Preguntó.

Fue la respuesta.

  • Bien. Nos vemos allí entonces.

Montó sobre el vampiro. El animal batió las alas un par de veces hasta que consiguió alzarse en el aire; usó el radar para encontrar las montañas, y luego salió disparado hacia ellas.

El lobo corrió tras ellos…pero pronto se convirtió en poco más que una mancha borrosa en la lejanía. Rilran lamentó separarse de él, pero sabía que era algo urgente y debía darse prisa.

El vampiro voló durante largas horas, toda la noche. Cuando tras ellos empezó a salir el sol llegaron a las montañas. El animal descendió finalmente y dejó a su jinete justo en la entrada de la cabaña.

  • Gracias. – Dijo Rilran, bajando de su lomo.

Sacó el cuchillo de su funda, atado al cinturón, y se cortó la palma de la mano. Fue un corte superficial, pero lo suficiente como para que manara un poco de sangre. Vio como el vampiro acercaba el hocico, ansioso, y sacaba su lengua larga y húmeda para lamer el líquido carmesí.

Era como un premio. Las criaturas como esa adoraban la sangre; quizá de ahí les venía el nombre.

Se despidió del animal, que alzó de nuevo el vuelo y se dirigió a las montañas Taro para buscar una cueva donde dormir, y luego se metió en la cabaña. Sin mucho cuidado apartó la mesa y levantó la trampilla, bajó corriendo las escaleras y se encontró al fin en la Sala Principal.

  • ¡Rilran!

Giyn se lanzó hacia él. Parecía histérico. Había dos personas más en el cuarto. Una era esa pirotécnica que espiaba en el Imperio, de la que no recordaba el nombre, y el otro era el curandero ciego.

Y al fondo estaba Feb, acurrucado, que alzó al cabeza al oírlo entrar.

Rilran pasó de Giyn y los demás y se sentó junto al fobos. La criatura emitió un mensaje básico de lamento, sin palabras.

  • ¿Qué pasa? – Susurró el zoodor. - ¿Dónde está Serai?

Emitió Feb.

Rilran estrechó la mirada.

No era posible. Serai…¿capturada? ¿Por el Imperio? ¿Su Serai?

Se puso en pie de pronto.

Aquello no podía ser. Por mil motivos, Serai no podía caer en manos de Elvos. No sólo porque era una parte importante del plan de los Salvadores (el cual odiaba por la muerte casi segura de la curandera), si no también porque sufriría mucho, probablemente moriría…Por no hablar, por supuesto, de lo que significaría para ella ser torturada por orden de…Elvos.

Se volvió bruscamente hacia Giyn, que esperaba una explicación con ansia.

  • La han cogido. – Dijo.

  • ¡No!

  • Sí.

Feb llamó su atención de nuevo, y se miraron a los ojos.

  • ¿Puede hacerlo? – Preguntó en un susurro.

La cueva de Cerbero estaba a la derecha de las puertas negras que daban entrada a la ciudad; había dos salidas: una que daba al exterior y otra a los fosos.

Kero trató de entrar. Los canes no eran hostiles entre sí, aunque fueran camadas diferentes, de modo que se arriesgo pensando en ello. No dejaron que pasara más allá de la entrada: era un peligro potencial para su madre.

Pero sólo necesitaba tiempo. Poco a poco les daría a entender que el Cerbero no le interesaba, no para hacerle daño, y entonces dejarían que se adentrara un poco más, hasta que se convertiría en un miembro adoptivo de la camada.

Entonces podría proteger a Serai.

Sólo esperaba que su propio olor, que impregnaba las manos y el rostro de la humana, durara hasta entonces. Eso, con suerte, haría que los canes la dejaran en paz.

De lo demás tendría que salir sola.

Durmió fatal, si es que a los cabeceos que dio, apoyada en el bebedero y sentada en aquel frío suelo, podía llamarse “dormir”. A pesar de haber dormido pegada a Sasha y Mila, dándose calor las unas a las otras, el dolor de sus heridas y sus miembros entumecidos no le dejaron tener un sueño reparador.

Pero había otra cosa. Era esa…angustia. Esa sensación de tener el poder parado en su interior, estancado, sintiendo que poco a poco se iba ensuciando por el desuso. El pensamiento de que podría corromperse hacía que se le acelerara el corazón como si quisiera salirle por la boca.

Trataba de no pensar en ello. Había cosas más importantes. Como sobrevivir en aquel infierno.

Por la mañana les daban de comer. No, no es la expresión correcta. Desde la pasarela y las ventanas de las galerías, guardianes y habitantes de la Ninnpa Fosc tiraban comida a los fosos, pan, restos,…Cualquier cosa.

Pero con lo que tiraban no daba para alimentar ni a la mitad de los prisioneros. Además, parte de la comida estaba podrida ya.

Pero Serai hizo alarde de buena suerte. Llegó a sus manos una barra de pan a la que sólo le faltaba una punta, y eso que ni siquiera se esforzó en coger nada. Estaba un poco dura, pero por lo demás parecía comestible.

Se quedó mirando la comida un momento y luego dio una mirada circular.

Sasha le farfulló algo, ahogando una mueca de dolor. No se le entendía casi nada, pero Serai intuyó lo que quería decir: qué suerte. Mirando a su compañera, que debía tener veinte o veintiún años, un sentimiento cálido estalló en su corazón. Acarició el cabello rizado de Sasha, con dulzura, y ella le dirigió una mirada interrogante.

Partió la barra de pan en dos, y le dio un trozo a la joven.

  • Ten cuidado al masticar, podrías hacerte daño. – Advirtió en voz baja.

La otra pareció escandalizarse. No era usual…nada usual compartir la comida. Al fin y al cabo, era muy escasa. No obstante, no muy convencida cogió lo que le daban y agachó la cabeza como agradecimiento.

Serai se volvió y vio a Mila sentarse de nuevo en el suelo con un suspiro. No había conseguido nada para comer, pero a pesar de eso no trató de pedirles a sus amigas que le dieran un poco.

Se acuclilló junto a la chica de cabello azul y le alargó la otra mitad del pan.

  • ¿Qué? – Hizo Mila, sorprendida.

  • Para ti. Aún tienes que crecer.

  • ¡No digas bobadas! Necesitas esa comida tanto como yo. Además, ya tengo diecisiete años, ¡no voy a crecer más!

La curandera alzó una ceja al oír la edad de la joven, y sintió cierta nostalgia. Los diecisiete fueron una etapa de su vida muy feliz. Fue cuando conoció a Rilran.

  • A esa edad, yo conocí a mi maestro. – Dijo con media sonrisa.

  • ¿Maestro? – Preguntó Mila, mientras Sasha se acuclillaba junto a ellas para oír mejor. - ¿El que te enseñó a usar tus poderes?

  • Oh, no, mis poderes los aprendí a utilizar yo sola, con la práctica. En realidad tenía un don natural, como un instinto innato para usarlos. No, lo que él me enseñó fue a entender a los animales. Era un zoodor.

  • Pero tú…no tienes empatía con las criaturas, ¿verdad?

  • Es cierto, pero hay ciertas reacciones que pueden ser leídas por alguien sin sensibilidad. Siempre me han gustado los animales. Cuando conocí a Rilran…mi maestro, le pedí que me enseñara, y él hizo lo que pudo. Durante tres años estuve con él, viajando de aquí para allá. Íbamos con su amigo, un lobo gris y tuerto; se llamaba…se llama Fenris. Por aquel entonces también íbamos con un fobos, Feb, que luego me acompañó a mí.

  • ¿Y luego?

  • ¿Luego? Nada. Entré a formar parte de los Salvadores cuando cumplí los veinte, hace ya cuatro años. Rilran también estaba en el grupo, pero no le gustó que me expusiera al peligro de esa manera, y decidió que no quería verme. Como si intentara castigarme.

  • ¿Castigarte? ¿Le querías mucho?

  • Es una de las personas a las que más he querido en mi vida.

  • ¿Y él a ti?

  • Creo que sí. Creo que me veía como a una hija o una hermana pequeña. Por eso le dolió tanto verme en peligro, y para protegerse decidió alejarse. No puedo evitar sentirme traicionada cuando pienso en ello. Necesitaba su apoyo, no su ignorancia.

Sasha le tiró del brazo con suavidad. Cuando la miró, farfulló algo. Tuvo que repetir varias veces antes de que Serai lograra entenderla. Le preguntaba que, si al fobos que la acompañaba lo conoció con Rilran, dónde encontró al can que se decía iba con ella a todos lados.

  • Oh, Kero. – Dijo. – Fue antes. Cuando abandoné la aldea.

Se sintió triste al recordarlo. No era agradable. No fue el feliz encuentro con un can encantador que decidió abandonar a su manada para seguirla a ella.

  • Tú, curandera.

Alzó la mirada. Un guardia tendió una cuerda áspera y gruesa hacia ella.

  • El Emperador quiere hablar contigo.

Notó el respingo que dieron Sasha y Mila. Probablemente, era inaudito que Elvos mandara llamar a uno de sus prisioneros. No obstante, Serai asintió con la cabeza, como si lo tuviera previsto, y trepó por la cuerda hasta llegar a la plataforma. Allí, el guardia la cogió de los hombros y la empujó hacia las entradas que había a los lados del trono.

La luz eléctrica de los pasillos la cegó, pero no pudo detenerse a acostumbrarse. Caminó a paso rápido, a trompicones, hasta llegar a una escalera que subía y subía. No tuvo tiempo de pararse a ver las hermosas columnas en espiral, o las trabajadas lámparas de araña, o el suelo embaldosado, o los altos techos sostenidos con pronunciadas arcadas. Cuando al fin el guardia dejó de empujarla, estaba frente a una puerta negra.

El hombre picó con los nudillos, arrancando un sonido atronador y metálico.

  • Adelante. – Dijo una voz en el interior.

El guardia abrió y empujó a Serai una última vez para hacerla entrar ante él.

Se encontraban en una habitación. Al fondo estaban las dos ventanas largas que se veían desde la pasarela, y a la izquierda estaba el emperador, leyendo un libro.

  • Traigo a la curandera, señor. – Dijo el guardia.

  • Gracias, puedes irte.

  • ¿Qué? ¿Está…seguro?

Elvos sonrió, alzando una ceja, y se volvió hacia los recién llegados. Serai sostuvo su mirada.

  • Aunque esta chica tuviera un arma con la que herirme, no la usaría. – Dijo, divertido. – Va contra su código de conducta.

  • Pero su poder…

  • Su poder está estancado ahora. Puedes irte, sabré defenderme de los arañazos de una gata desgraciada.

El guardia titubeó, pero finalmente asintió con la cabeza y salió de la habitación, soltando un suave “con permiso” y cerrando la puerta tras él.

Elvos repasó a la mujer con la mirada durante los siguientes segundos. La miró atentamente por primera vez, y comprobó que era en realidad hermosa. Se acercó con lentitud, con movimientos casi felinos, y alzó una mano con la que acarició la mejilla de la curandera. Luego se dirigió a su cabello, aquel cabello que le había gustado desde el primer momento.

Tenía el mismo peinado que Ella.

  • Serai, ¿verdad? – Dijo en un tono suave, casi dulce.

  • Sí. – Respondió ella, con la voz visiblemente temblorosa.

  • Sí. Tenía muchas ganas de conocerte.

De pronto le tiró con fuerza del pelo y de un empujón la lanzó contra la cama. La curandera se sentó, aún de espaldas a él, y giró el torso para mirarlo a la cara.

  • Me preguntaba si entiendes lo que estás haciendo. – Comentó el hombre, anclando una rodilla junto a ella e inclinándose sobre Serai. – Supongo que tus amiguitas te habrán comentando que la comida no da para alimentar ni a la mitad de los prisioneros. ¡Y tu vas y regalas lo que recibes! ¿Estás loca? ¿Es que acaso quieres morir?

  • No se trata de eso. – Respondió la curandera, con el rostro a escasos centímetros del de Elvos. – Mila tiene sólo diecisiete años. Es una niña, y necesita comer.

  • Tú también necesitas comer, y no eres mucho mayor que ella. ¿Qué tienes, veintidós, veintitrés años?

  • Veinticuatro.

  • Veamos si entiendes esto: morirás si no comes.

  • ¿Preocupado?

Elvos se sorprendió. Alzó las cejas, sin saber qué responder. Por supuesto que no estaba preocupado por esa chica, al fin y al cabo era una prisionera más…Pero, entonces, ¿qué?

  • Curiosidad. – Dijo al fin. - ¿Por qué iba a preocuparme por alguien como tú? Pero siento curiosidad por esa estúpida actitud suicida.

  • Entiendo. ¿Cómo sabes lo que ha pasado?

  • Desde la ventana veo tu zona con bastante claridad.

  • Comprendo.

Se quedaron en silencio. Elvos clavó la mirada en los ojos de Serai, hundiéndose en esos pozos sin fondo, en cierto modo tenebrosos. Era cierto lo que decían: para ser una curandera, era bastante tétrica.

Entonces, ella entreabrió los labios y movió ligeramente la cabeza, como si quisiera…

¿Besarlo?

Pareció titubear un instante. Luego avanzó un poco, y al fin su mejilla quedó junto a la de él, tocándola pero sin apoyarse. Elvos se quedó paralizado. Sintió la calidez de ese cuerpo ajeno, la suavidad de ese rostro, y recordó ese cabello en sus manos, esos ojos azules, esos labios.

Justo cuando la puerta se abría, el Emperador recuperó el movimiento y, cogiéndola del cuello, empujó a Serai hasta tenerla tirada en la cama.

La mujer que acaba de entrar titubeó. Lanzó una mirada sorprendida y angustiada hacia la curandera mientras Elvos se volvía hacia ella; el hombre sonrió.

  • Keyra, bienvenida. – Saludó con burlona dulzura.

  • E…Elvos. – Hizo la pirotécnica, sin poder apartar la mirada de Serai, que, aún con la mano del hombre rodeándole el cuello, aún tendida en el lecho, la observaba, inexpresiva.

El Emperador soltó al fin a la curandera, que se sentó de inmediato, y fue hacia Keyra. Le rodeó los hombros con un brazo, en una desagradable mofa del afecto, y se volvió de nuevo hacia Serai.

  • Te presento a Keyra, una de mis aliadas más preciadas. – Dijo con una sonrisa siniestra. – Supongo que ya os conocéis.

  • Así que es cierto. – Murmuró la pirotécnica. – Habéis capturado a Serai.

  • ¿Apenada?

Keyra titubeó. Le lanzó una última mirada a la joven que yacía, desnuda y herida, en el lecho de su Emperador.

  • No es eso. – Respondió, sin saber si debía o no contestar. – Es sólo que…Siempre me ha parecido un poco…

  • Bárbaro.

  • …hacer esto con los curanderos. No digo que esté mal, pero ellos son tan…

  • Inofensivos.

  • Sí.

  • Sí, para la mayoría de criaturas son inofensivos e incluso bien recibidos.

Lo dijo con amargura, con dolor.

  • Lleva a tu “aliada” al foso de nuevo. – Ordenó, sentándose de nuevo frente a su escritorio y abriendo el libro. – Está entre Sasha y Mila. Esa invocadora tan joven, ¿la recuerdas?

  • Sí.

Keyra titubeó, pero finalmente cogió a Serai del brazo, con suavidad, y la sacó de allí. Estuvieron en silencio durante el camino, un silencio sólo roto por una única frase que la pirotécnica pronunció de forma apenas audible:

  • Lo siento, Serai.