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Sacrificio — capítulo 4
Si le hubieran interesado las mujeres, estaba seguro de que habría caído de inmediato a los pies de Serai. Estaba frente a él, desnuda, y a pesar de estar maniatada al techo, tiritando de frío y con un par de moretones…A pesar de todo, se veía hermosa.
El hombre de la calavera en la cara cogió un cuchillo y lo movió lentamente ante la atenta mirada de la curandera, que siguió cada uno de los gestos sin perder detalle…ni tampoco la calma de sus rasgos.
La mayoría, a esas alturas, ya pedían perdón, decían que se lo habían pensado mejor y aceptaban formar parte del Imperio. Suponía que los golpes recibidos durante el viaje hasta la ciudad, los gruñidos de los canes que resonaban cerca de las puertas negras y las salas oscuras y húmedas donde los ataban y torturaban debía intimidar a cualquiera. No obstante, ella no suplicó perdón, no gritó, no derramó ni una sola lágrima.
Lo solucionaría. La haría llorar y rogar, haría que se arrepintiera de haber rechazado la oferta de Elvos. Pero, como todos los que llegaban a ese momento, no tendría otra oportunidad. Estaba condenada desde el mismo momento en que dijo “no”.
-
¿Qué me vais a hacer? – Preguntó la curandera, sin que su voz denotara ni el más mínimo ápice de miedo.
-
¿Quieres saberlo? – Dijo él, divertido. - ¿Ves este cuchillo?
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Sí.
-
Con él voy a abrirte tantas heridas que desearás no haber nacido.
-
Eso podría matarme.
-
Estamos preparados para que no ocurra. Pero el dolor existirá, ya lo creo. – Sonrió, arrogante y burlón.
-
¿Y luego?
Se frustró. Esperaba que se echara a temblar, o que al menos su mirada se volviera asustada. Pero nada. Ni un cambio. Como si estuvieran hablando del tiempo que iba a hacer al día siguiente.
-
Te llevaremos a la pasarela. – Respondió, un poco malhumorado. – Allí el emperador os verá a ti y a tres o cuatro idiotas más que decidieron no aceptar la oferta. Luego te hundirás en el foso…y sólo saldrás para que las heridas vuelvan a ser abiertas.
-
Hm. – Serai ladeó la cabeza, como pensativa. – Parece un horrible destino.
-
Y a ti no parece afectarte. ¿Qué pasa? ¿No tienes miedo?
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No.
El hombre arrugó el ceño, molesto. Avanzó hasta ponerse frente a ella, y se permitió admirarla una vez más. Observó su melena negra, con el largo flequillo abierto por el medio para enmarcar su bello rostro blanco, sus ojos azules y profundos como dos pozos, rasgados; era delgada, de una estatura perfecta y sensuales curvas. No debía tener más de veinticinco años, puede que menos.
Apoyó el filo del cuchillo en la mejilla de la curandera, y lo hundió un poco. Salió un hilillo de sangre, pero Serai ni se inmutó.
-
¿Duele? – Preguntó él con una sonrisa siniestra.
-
Un poco. – Fue la franca respuesta de la joven.
-
¿Sí? Pues espera a ver cómo sigue.
Con un movimiento brusco cortó por encima de la clavícula. La sangre empezó a manar, pero todo lo que la curandera hizo fue cerrar los ojos un instante y volver a abrirlos. El hombre gruñó por lo bajo, y, molesto, abrió otra herida, esta en el brazo. Tampoco hubo mayor respuesta.
La mayoría de los cortes eran cerrados por unas mujeres que había cerca; se cerraban con grapas. Los más superficiales se dejaban tal cual.
Aunque el hombre había dicho que estaban preparados para que las víctimas no murieran, era cierto que alguno caía…No era muy común, pero a veces el dolor era demasiado grande, y la sangre manaba más de lo esperado.
No fue el caso de Serai.
Le cortaron trescientas veces por todo el cuerpo, heridas profundas, superficiales, largas, pinchazos o cortes, igual daba. Todo sumado a las grapas, desiguales y puestas sin mucho tacto.
No lograron arrancarle a la curandera más de un par de gemidos contenidos, alguna mueca y una lágrima.
Cuando terminó, el hombre dejó a la joven allí colgada, frustrado con su reacción…o su falta de reacción, depende de por dónde se mire. La dejaría allí hasta que los otros cuatro idiotas estuvieran listos, y luego iría a por ella; tal vez entonces, con el frío, el dolor y la oscuridad, hubiera descubierto el miedo.
Salió de las mazmorras que había debajo de las galerías de la Ninnpa Fosc; cuando subió unas de las estrechas escaleras dio al fin a un pasillo iluminado con la luz eléctrica que suministraban los kirin elementales de aire.
Muchas veces se preguntaba qué demonios tenía que ver la electricidad con el aire.
El pasillo era de roca, pero lo habían pulido, como casi todas las galerías, para darle un aspecto más hogareño. Las paredes eran marrones, y el suelo estaba embaldosado de rojo. A un lado había largas ventanas que daban a la pasarela y los fosos; entre ventana y ventana se alzaban anchas columnas en espiral. El techo estaba lleno de lámparas colgantes, una cada pocos metros, para iluminarlo todo de forma uniforme. En la otra pared había puertas negras que daban a los apartamentos; la mayoría constaban de entre una y tres habitaciones y un baño. Los comedores estaban en la planta más alta de las galerías.
El otro lado de la pasarela era igual que este, pero todo lo que estaba a la derecha lo encontraban a la izquierda, y viceversa.
El hombre caminó hacia la ventana que tenía más cerca y se asomó. Si miraba abajo veía a los prisioneros en el fondo del foso, con sus ojos a la altura del suelo de la pasarela, sin fuerzas para intentar siquiera escapar. No había modo. La plataforma estaba siempre vigilada por los guardias; al fondo de los fosos, allí donde el pasillo giraba, se encontraba la cueva de Cerbero, donde vivían los canes, y donde todo prisionero que tratara de huir encontraría una muerte segura.
Oyó pasos y se volvió. Una mujer vestida con un vestido negro y sencillo se paró y le sonrió.
- Hola, señor Alev. – Saludó.
Tras ella, cogida a su falda, había una niña pequeña, de unos cinco o seis años. El hombre se acuclilló junto a ella y le acarició la rubia melena. Era una de las pocas personas nacidas en la ciudad.
-
Hola. – Saludó finalmente, dirigiéndose tanto a la hija como a la madre.
-
¿Trabajando? – Preguntó la mujer cautamente.
-
Sí. – Alev se levantó de nuevo. – He terminado mi tarea, pero los demás aún estaban terminando, así que subí a tomar el aire.
-
Entiendo. – Titubeó. - ¿Es cierto que habéis capturado a la famosa curandera Serai?
-
Sí, es cierto.
-
Oh. ¿No quiso formar parte del Imperio?
-
No, aunque ya sabíamos que se negaría.
-
Pensaba que ella lo entendería. Ya sabe, señor Alev, como va acompañada por criaturas oscuras y esas cosas…
Él asintió.
- Pero no vale de nada pensar en eso. – Dijo, resuelto. – Ahora es sólo una prisionera más.
La mujer afirmó con la cabeza y sonrió. Alev le devolvió la sonrisa…Aunque no estaba seguro de querer hacerlo.
Sabía muy bien el juego al que jugaba esa pobre desgraciada. Era una mágica oscura de poco potencial, al igual que lo fue su marido; él murió hacía un tiempo por una enfermedad causada por su propio poder corrompido, y ella se quedó de pronto sola con una niña pequeña. Necesitaba a otro hombre que cuidara de ambas.
Pensó que Alev era perfecto. Era joven, atractivo, valiente,…No tenía poder mágico ni tampoco ningún tipo de sensibilidad, era cierto; era una de las pocas personas sin habilidades, y por eso en su infancia había sido víctima de vergüenza, abandonado y maltratado. No obstante, el Emperador lo acogió, y Alev decidió ser un guerrero al servicio del Imperio. Pese a todo, sus relaciones con el Elvos eran muy estrechas, eran íntimos amigos, y eso lo convertía inmediatamente en un buen partido.
Pero a Alev no le interesaban las mujeres. Si le hubieran interesado…Quién sabe, quizá se hubiera dejado seducir por aquella. No era fea, en realidad era mona, a pesar de esa nariz retorcida que le daba un aire cómico.
-
Bueno, Kathy. – Dijo. – Creo que iré a dar una vuelta antes de llevar a los prisioneros a la pasarela.
-
Oh, desde luego. – Sonrió la mujer. – Gracias por tomarse la molestia de hablar con nosotras, señor Alev.
-
Faltaría más.
Madre e hija se alejaron por el pasillo, y el hombre suspiró, lanzó una última mirada al foso y bajó de nuevo a las mazmorras.
El hombre de la calavera en la cara la empujó, y Serai cayó al suelo pesadamente, aunque no gimió ni gritó. Con ella estaban los otros cuatro “infieles”, como los llamaban los miembros del Imperio, tres hombres y una mujer de aspecto aterrado y enfermizo que parecían a punto de morirse de miedo en cualquier momento.
Ella era la única que permanecía impasible, calmada, a pesar del frío, del entumecimiento de sus miembros, de las heridas, las grapas y de esos horribles brazaletes que se pegaban a su piel y, de algún modo que no sabría explicar, estancaban su poder, haciéndole sentir una angustia que le daba escalofríos, la ahogaba.
A ambos lados de la plataforma, cientos, tal vez miles de cabezas asomaban sus ojos a la altura del suelo, y tras esas personas se alzaban las paredes de las galerías, con multitud de ventanas abiertas.
Al fondo, frente a ella, había una pared. Había dos ventanas largas y tan anchas como una puerta, arriba, muy arriba, y a la altura de la pasarela había dos entradas que se hundían en la piedra.
Entre ambas había un trono gris, hecho de algún material rugoso pero resistente, sin cojines ni nada para hacerlo más cómodo. Y sentado en él había un hombre de cabello castaño claro, escalado, y ojos azules. Vestía una túnica plateada y negra con una capa oscura atada al cuello; cruzaba las piernas, con un codo apoyado en uno de los brazos del trono y la cara puesta en la mano, con expresión aburrida.
- ¡Emperador Elvos, señor de la Ninnpa Fosc y próximo amo del reino de Mekira! – Exclamó el hombre de la calavera en la cara, con mucho énfasis y orgullo. - ¡Estos son los cinco infieles que se han negado el día de hoy a formar parte de nuestro Imperio! ¡Como castigo, trescientas heridas se han inflingido en sus cuerpos, y serán condenados a caer en el foso y a pasar el resto de sus días entre tinieblas, frío, hambre y muerte!
Serai notó que se volvía hacia ella, tal vez buscando una reacción, pero no hubo nada. Siguió mirando al frente, hacia el llamado Emperador, hacia Elvos. Él le devolvió una mirada aburrida, cansada; profundas ojeras enmarcaban sus ojos azules.
Alev se frustró todavía más. Odiaba su no-emotividad, su pasividad, su calma y su entereza. ¿Por qué no lloraba, como los demás? ¿Por qué no suplicaba, o al menos parecía asustada?
Con furia, el hombre la cogió del brazo y la obligó a levantarse. Por un instante, Serai sintió pudor al verse desnuda ante todas esas miradas, no sólo las de los prisioneros, sino también las de aquellos que se habían asomado a las largas ventanas de las galerías, los guardias que paseaban por la plataforma….La mirada de Elvos, el Emperador.
Se repuso de inmediato. Ni siquiera tuvo tiempo de sonrojarse. Sin consideración alguna, Alev tiró de ella hasta acercarla a la barandilla…
Y la lanzó al foso.
Los prisioneros se apartaron y dejaron que cayera pesadamente al suelo con un golpe seco. Ella no se quejó. Al contrario, se quedó tirada en el suelo un momento, luego se arrodilló y al fin se puso en pie, tambaleándose un breve instante. Se volvió.
Estaba rodeada de personas que, como ella, habían sufrido innumerables heridas, estaban todas desnudas, ojerosas y con expresiones de cansancio, miedo o incluso curiosidad. Como había calculado, el suelo de la pasarela le llegaba un poco por encima de los ojos.
A sus pies, pegado a la plataforma, había una especie de bebedero que iba de principio a fin del pasillo, y por el que corría un agua sucia y helada. Se preguntó si sería capaz de beber de eso sin morir por intoxicación.
Alzó la mirada para comprobar que Alev ya le daba la espalda y desaparecía de su campo de visión. De modo que volvió a bajar, y observó lo que había a su alrededor.
- Hola. – Saludó cautamente una chica de pelo azul y encrespado que le llegaba por debajo de las orejas.
Serai ladeó la cabeza, mirándola. Sus ojos eran oscuros, apagados y nerviosos. Observó que no llevaba brazaletes, lo cual la llevó a pensar que no tenía un poder que pudiera utilizar. Luego vio una marca en su dedo: la falta de un anillo. Y comprendió que era una invocadora.
Los invocadores, como era bien sabido, buscaban a los kirin por todo el mundo. Si lograban vencer las pruebas que les ponían, sellaban un pacto; el kirin quedaba ligado a una joya especial del invocador, y aparecía cada vez que éste lo llamaba.
Sin joya, no había kirin.
-
Hola. – Saludó Serai finalmente.
-
¿Cómo te llamas? – Preguntó una voz a su espalda.
Se volvió. Una jovencita de cabello rizado y negro, no muy largo, y ojos oscuros y redondos le lanzó una mirada curiosa. Parecía más segura de sí misma que la otra joven, y sus heridas estaban más curadas.
-
Serai. – Respondió.
-
Yo soy Sasha. – Dijo la de cabello negro, como si le hubiera preguntado. – Ella es Mila. – Señaló a la de pelo azul. - ¿Eres la curandera?
-
Sí.
Callaron unos instantes. Se oían pasos.
- Es Elvos. – Susurró Sasha, inclinándose hacia Serai para hablar mejor. – Le encanta pasear por la plataforma cuando hay nuevos. Si estamos tan adelante no le vemos porque camina por el otro lado, pero cuando vuelva vendrá por aquí.
Los pasos se alejaron.
-
Yo soy una oradora. – Explicó, como si estuvieran hablando en un lugar lejano donde no había peligro. – Ya sabes, puedo usar la magia…podía, pero necesitaba pronunciar unas palabras para que surtiera efecto. Ahora…- Se miró los brazaletes, frunciendo el ceño. – Estas cosas me ahogan. ¿Lo notas tú también?
-
Sí. – Respondió la curandera.
-
Es horrible. Mila no tiene esa mala suerte.
-
No es cierto. – Se quejó la otra joven. – Me han quitado mi anillo. No puedes ni imaginarte lo que significa eso para mí. ¡Mi madre me lo regaló cuando nací, y con él me convertí en invocadora! Muchos kirin habían pactado conmigo, a pesar de mi temprana edad…Y van y me hacen prisionera.
-
Haber aceptado. – Respondió Sasha.
-
¿Cómo iba a hacerlo? ¡No puedo aceptar esta barbaridad!
La de cabello rizado se encogió de hombros.
-
Serai, ¿es cierto que perteneces a Salvadores?
-
Más o menos.
-
¿En serio? Entonces debes saber mucho de Elvos, ¿no?
La curandera se preguntó cómo había llegado a esa conclusión. La mayoría de los Salvadores no se interesaban por Elvos en sí…Sólo en lo que hacía, y en cómo impedir que su imperio siguiera creciendo.
Claro que ese no era su caso.
-
Sí, algo sé. – Respondió finalmente.
-
¿Sí? ¿Qué sabes? – Preguntó Sasha, llena de curiosidad.
-
Nació en una aldea, muy lejos de aquí, entre el pueblo de Esmet y el río Zare. ¿Sabes de dónde te hablo?
-
No. La verdad es que nací en la isla del sur, en el pueblo de Zela. Nunca salí de allí…hasta que vine hacia aquí con mi padre, a busca trabajo. ¡Y van y me pillan!
-
Bueno, digamos sólo que es un lugar muy, muy lejano. Está como a tres cuartos de la frontera.
-
Entiendo. ¿Y qué más?
-
Nació corrompido.
-
¿Nació? – Interrumpió Mila. – Pero…Dicen que los mágicos oscuros tienen el poder corrupto por un crimen contra los dioses, ¿no?
-
En ocasiones, pero muy pocas veces. La mayoría son lo que son de nacimiento. Como Elvos. Según tengo entendido, su madre pactó con un kirin demoníaco de alto nivel; a cambio de permitir que se quedara encinta, él recuperaba su libertad. La cosa salió bien…o eso parecía. Quedó embarazada, pero murió durante el parto, con el útero completamente seco. Corrompido.
-
¡Qué horror! – Exclamó Sasha. – Fue él, ¿verdad? Ese bastardo de Elvos mató a su propia madre cuando aún ni había salido de su seno.
-
Vaya, aquí tenemos a unas cotorras.
Las tres se volvieron, como muchos otros, hacia delante. Y allí estaba el Emperador, apoyado en la barandilla y lanzándoles una mirada divertida pero que escondía dolor e ira.
- Veo que la nueva ya ha hecho amigas. – Comentó. – Pero no ha aprendido la primera norma: silencio. Alev.
El hombre sonrió de forma siniestra y se acercó. Elvos y Alev se miraron unos instantes, como si hablaran de mente a mente, y luego el guerrero sacó de su cinto una daga curva. La alargó hacia abajo.
Sasha y Mila se apartaron instintivamente, pero Serai permaneció firme en su sitio.
- Por charlatanas…- Dijo el Emperador. – Tú…- Señaló a la de cabello rizado. – Y tú…- Señaló a la curandera. – Os cortaréis vosotras mismas esas lenguas de víbora. Y deprisa, que no tengo todo el día. ¿Quién quiere ser la primera?
Ambas se miraron. Sasha parecía aterrorizada, y no obstante fue la primera en dar un paso al frente y coger la daga con manos temblorosas. La observó. Debía hacer mucho tiempo que no tenía un arma tan magnífica en su poder; era de hoja plateada y brillante, muy pulida, y empuñadura de color dorado oscuro con rubíes incrustados.
Sacó la lengua, y puso el filo de la daga bajo ella. Serai observó cada uno de sus movimientos. Durante unos momentos, Sasha se quedó quieta, así que la curandera pensó que no lo haría.
Y luego se cortó la punta.
Soltó la daga con un grito y se llevó la mano a la boca, arqueándose hacia delante. Por entre sus dedos escapaba la sangre que manaba de su lengua mutilada.
Elvos sonrió ampliamente, viendo complacido ese instinto sádico que lo llevaba a mandar esas cosas. Se volvió hacia Serai, que le devolvió una mirada calmada. Con mucha lentitud, la curandera se acuclilló, ignorando el dolor de sus heridas, cogió la daga y se levantó de nuevo.
- ¿Quieres que me la corte? – Preguntó en voz baja, ladeando la cabeza.
Alargó el arma hacia el Emperador.
- Hazlo tú mismo.
Y sacó la lengua, alzando la cabeza y poniéndose de puntillas.
Elvos la miró fijamente durante unos momentos, sorprendido por su actitud. Luego hizo un ruido extraño, como si ahogara un estornudo…Y finalmente estalló en sonoras carcajadas.
El Emperador dio un paso atrás, cogiéndose con fuerza el estómago, arqueándose por la risa.
- ¿Se…señor? – Hizo Alev, sorprendido.
Trató de serenarse. Aún medio riendo, se irguió y se secó las lágrimas de los ojos.
- Dejadla en paz. – Dijo, divertido.
Luego dio media vuelta y se retiró.
Feb llegó hasta la caseta. No tenía manos para abrir la puerta ni la trampilla, así que se quedó allí, ancló las patas delanteras en el suelo…y relinchó, chilló, rugió, hizo todo el ruido que pudo para llamar la atención de los Salvadores.
Finalmente, alguien subió. Era Giyn.
- ¿Qué pasa? – Preguntó, sorprendido de verlo.
El fobos resopló y dio una vuelta sobre sí mismo, como si quisiera morderse la cola. Luego clavó su mirada roja en el invocador, que no pareció entender…hasta al cabo de unos segundos. Entonces abrió muchos los ojos, más pálido de lo habitual.
- Serai…
La escena que se basa en mi sueño es desde que Serai (que era yo) es empujada en la pasarela hasta que Sasha se corta la lengua y Serai (o sea, yo) tiene que hacerlo también.