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Sacrificio — capítulo 3

  • Sigue ganando seguidores a marchas forzadas. – Informó la pirotécnica con seriedad.

  • ¿Cómo es posible? – Se quejó el hechicero, golpeando la mesa con un puño. - ¿Es que no sirve de nada todo lo que hacemos, lo que decimos?

La mujer negó con la cabeza. Era cierto que los Salvadores se dedicaban a ir por el mundo no sólo reclutando a nuevos miembros, a pesar de su rango de grupo no-oficial, sino también explicándole a la gente que el Emperador Elvos era sólo un maníaco que buscaba el trono, y que sumiría el reino en la oscuridad.

Por supuesto, también eran un grupo ofensivo. En muchas ocasiones unían fuerzas para atacar la ciudad subterránea…Sin éxito. Era impenetrable, y además estaban el Cerbero y sus canes protegiéndola.

Ni siquiera los zoodor, con su sensibilidad para comprender a los animales y hacerse entender, con esa habilidad innata de ganarse el favor de las criaturas…Ni siquiera ellos podían impedir que los canes lucharan con todas sus fuerzas contra los invasores. Daba igual cuántas veces les trataran de explicar que no le harían daño a Cerbero.

  • Algunos se ven cegados por sus promesas de un mundo mejor. – Dijo Keyra tras un suspiro. – La mayoría, no obstante, aceptan ser sus aliados por miedo a los rumores. Deberíamos desmentir que Elvos torture a sus enemigos hasta la muerte.

  • No es mentira. – Murmuró el aprendiz, de apenas quince años.

El curandero dejó su vara suavemente sobre la mesa, iluminándola con su luz. Tenía la mirada perdida en algún punto indefinido del fondo de la sala; era ciego.

  • Keyra, no podemos predicar por el reino que Elvos no tortura a aquellos que se oponen a él. – Dijo con su voz dulce y calmada. – Sería mentir, y eso no está bien. Debemos ser siempre fieles a la verdad. Tú sabes mejor que nadie que lo hace.

Instintivamente la pirotécnica se llevó la mano al hombro. Sobre el omoplato derecho tenía la marca de una calavera, el tatuaje que los aliados de Elvos le dejaron cuando aceptó seguir al Emperador. No lo hizo ni por miedo ni por ansias de poder; lo hizo para ser la espía de los Salvadores. Iba y venía de la Ninnpa Fosc, observando, y luego contándoles lo que descubría a sus compañeros.

Pero a veces no podía evitar sentirse culpable por lo que veía y no podía evitar, por todas las personas que morían en los fosos, ya fuera de hambre, de frío o devoradas por los canes.

Canes. ¡Qué horribles criaturas!

  • Sea como sea…- Dijo, tratando de cambiar de tema. – Debemos terminar con esto. Pronto. Tiene tantos aliados que en cualquier momento podría lanzarse contra la capital, derrotar al ejército del rey con insultante facilidad y hacerse con el trono. Entonces no habrá salvación para nadie.

  • ¿Confía en ti?

Todos se volvieron hacia Serai. La joven alzó la mirada de la mesa a Keyra, inexpresiva como siempre. Pero sus ojos azules y profundos brillaban de un modo extraño, casi con desdén.

  • ¿Confía en ti? – Repitió. - ¿Te dice lo que piensa, te confiesa sus verdaderas intenciones?

  • Si pasaras más tiempo entre nosotros, curandera, sabrías que sí. – Replicó la pirotécnica, ofendida. – Elvos suele cerrarse en banda hacia todos, pero soy una de sus pocas escogidas. A mí me ha hablado muchas veces de sus pensamientos y sus…intenciones.

  • ¿En serio? ¿Y qué dice?

  • ¡Ya lo sabes!

  • Repítemelo.

Keyra gruñó por lo bajo y buscó apoyo en sus compañeros, pero todos se encogieron de hombros y la instaron a hablar.

Todos los Salvadores parecían tener a Serai sobre un pedestal. Su palabra era ley. A pesar de eso, no era un miembro activo, no iba a atacar la ciudad, no predicaba en contra de Elvos.

Por supuesto, probablemente los demás sabían algo que la pirotécnica desconocía. Era por ese maldito tatuaje, y por su condición de espía. Si podía traicionar a Elvos…¿por qué no a ellos?

Pero ya estaba acostumbrada, así que suspiró, resignada.

  • Según sus propias palabras, desea el poder del rey…- Dijo. - …para conseguir que los mágicos oscuros sean aceptados. ¡Los mágicos oscuros, esos monstruos, esos errores de la naturaleza! Sabe que convertirse en el líder que la nación es el único modo de hacerlo. Si logra el poder…los malditos nekros dominarán el reino. Sólo de pensarlo…es repugnante.

  • Sí, repugnante. – Comentó Serai. – Pero eso no te impide meterte en la cama de Elvos cuando te lo ordena.

Eso fue un golpe bajo. Keyra lo acusó como pudo.

  • Es mi deber. – Se quejó. – Si me negara, probablemente me tomarían por traidora y me meterían en los fosos como una prisionera más.

  • ¿Cómo lo sabes?

  • Porque ya ocurrió una vez. – Titubeó. – Otra mujer…su antigua amante…Una vez decidió que no quería seguir calentando la cama de ese bastardo, y él la metió en el foso con los demás.

Serai entrecerró los ojos, y por un instante una sombra extraña cruzó su mirada.

  • ¿En serio?

En el exterior, empezaba a despuntar el sol cuando Serai y sus dos compañeros salieron de la casucha. Habían dormido en una de las habitaciones cercanas a la Sala Principal, pero ya era hora de marchar. A la curandera no le gustaba quedarse mucho allí; se sentía extraña, fuera de lugar.

Al fin y al cabo, ella no era como los demás. No era un miembro de los Salvadores. Era sólo…

Una herramienta.

Kero se volvió intempestivamente. La puerta de la caseta se abrió de nuevo con un chirrido desagradable, y Giyn salió. Sonrió, y el can se relajó. Sabía que no le haría daño a Serai.

El joven, de cabello rubio y largo recogido en una cola, y ojos azules como el cielo, se puso junto a la joven, dejando caer el brazo por encima de sus hombros, y miró al horizonte con ella.

Estuvieron en silencio durante unos minutos, viendo al sol salir.

  • ¿Sabes? – Preguntó el invocador con suavidad. – Deberías quedarte. Con esos inútiles viajes no sólo te expones a que los aliados de Elvos te intercepten y te intenten someter…Sino que también te haces daño a ti misma.

  • No sé por qué dices eso. – Respondió Serai.

  • Tus idas y venidas tienen dos motivos, ¿no es verdad? Uno es la búsqueda del perdón, pero no lo conseguirás ayudando a todo aquel que se cruce en tu camino, Serai. El otro…es la esperanza de toparte con él y reconocer en su rostro a la persona a la que amaste una vez. Pero no le encontrarás, y lo sabes.

La curandera movió con brusquedad la cabeza.

  • Estoy bien, Giyn. – Dijo en voz baja. – No tienes por qué preocuparte.

  • Pero lo hago. Deberías quedarte. No te expongas más. Eres la única esperanza de los Salvadores…del reino. Es más, eres la persona más importante para mí. Si algo te pasara…

  • No pasará nada. Ya me he encontrado en otras ocasiones con los “interceptores” de Elvos, y siempre he salido bien parada.

  • ¿Por cuánto tiempo? Feb y Kero te protegerán con sus vidas si hace falta, pero en algún momento ellos serán más fuertes que vosotros tres, ¿y entonces qué? ¿Te someterás al mandato de Elvos?

  • No.

  • ¿No? ¿Por qué?

  • Porque lo que hace no está bien.

Giyn entrecerró los ojos y le acarició el cabello con dulzura a su amiga.

  • ¿Estás bien así, Serai? ¿De verdad no te importa luchar contra él?

  • Debo hacerlo. Al margen de mi corazón, de mis sentimientos…sé que esto está mal, y debo pararlo.

  • ¿Para enmendar tu error? ¿Un error que, en realidad, nunca cometiste?

No obtuvo respuesta.

Una hora después, Serai ya había desaparecido de su visión con Feb y Kero junto a ella, sus guardianes y compañeros. Pero Giyn se quedó, sabiendo que debía darle la libertad para actuar por su cuenta.

No obstante, no pudo evitar sentir que era la última vez que la vería.

Llevaban un rato siguiéndolos, Serai lo sabía por la forma en que Kero gruñía y se revolvía; le acariciaba constantemente la cabeza, tratando de calmarlo para que no se lanzara contra ellos. Feb también parecía nervioso.

Finalmente, dos hombres vestidos de negro se plantaron frente a Serai y sus amigos, con ojos brillantes y sonrisas arrogantes. Uno de ellos tenía tatuada la calavera del imperio en la mejilla.

Otros aparecieron por detrás, y finalmente quedaron rodeados.

  • ¿Eres Serai, la Curandera Vital? – Preguntó el hombre del tatuaje en la cara.

  • Sí. – Respondió ella con calma, sabiendo muy bien lo que ocurría.

  • Sabemos que perteneces a Salvadores.

La joven no respondió.

  • No obstante…- Siguió el hombre. – Queremos darte una oportunidad. Nos has evadido en varias ocasiones, usando a tus mascotas como apoyo…

  • Son mis amigos.

  • …Pero esta vez no te dejaremos escapar. Únete al Imperio del Señor Elvos, curandera, o sométete a tu destino.

Serai ladeó la cabeza, como si no se sintiera en absoluto amenazada.

  • ¿Y si me negara? – Preguntó.

Su interlocutor sonrió. Lanzó una rápida mirada hacia una mujer que tenía cerca y volvió su atención hacia la curandera.

  • Serías hecha prisionera, como todos aquellos que rechazan el Imperio. – Explicó. – Serías torturada y condenada al foso para el resto de tus días; probablemente acabarías siendo comida de los canes. – Miró a Kero, que seguía gruñendo.

  • ¿Le haríais daño a una curandera? – Preguntó Serai, como si le sorprendiera.

  • Ni que fuera la primera vez.

  • Los curanderos no nos movemos por política, ni ansias de poder, ni tampoco por miedo. ¿Realmente tenéis la sangre fría para atacar a uno de nosotros, a sabiendas de que nunca seremos una amenaza?

  • No seréis una amenaza…Pero tú, sin ir más lejos, perteneces a Salvadores. ¿Sigues diciendo que no te mueves por política?

  • Mis motivos son sólo ayudar a la gente.

  • ¿Incluso a los mágicos oscuros?

  • Incluso a ellos.

El hombre se permitió ampliar su maliciosa sonrisa.

  • Entonces, no tendrás problemas en aceptar nuestra propuesta. – Comentó.

  • ¿Qué pasaría si dijera que sí…y os traicionara? ¿Os espiara?

  • Oh, es algo que no se puede concebir.

  • ¿En serio?

  • Sí. – Volvió a mirar a la mujer, que arrugaba el ceño, mirando fijamente a Kero y Feb, que cada vez estaban más nerviosos. – Una de nuestras mejores cartas es un mentalista.

  • Mentalista. Son escasos.

  • Sí, es una suerte que él comprendiera los motivos del amo Elvos y accediera a formar parte del proyecto…Como bien sabrás, los mentalistas son aquellos hombres cuyo poder les permite leer las mentes de los demás.

  • Es una forma muy vaga de decirlo.

  • Nuestro buen amigo revisa las mentes de todos los aliados periódicamente, ya vivan fuera o dentro de la ciudad. Por eso, si la traición es concebida…Él lo sabrá de inmediato, e informará al Emperador.

Serai no pudo evitar pensar en Keyra, en su posición de espía y en todo lo que ese hombre le estaba contando. Tal vez fueran sólo mentiras para ganar tiempo.

Hacía un rato que sabía que aquella mujer que miraba a Kero y Feb era una zoodor, y trataba de convencerlos de que la abandonaran.

En efecto, ni un segundo después ésta se inclinó hacia el hombre.

  • Hay un problema. – Dijo en voz baja, pero no lo suficiente como para que Serai no pudiera oírlo. – Ese can…Tiene una actitud extraña. La protege como si fuera su Cerbero, y sabes que es imposible convencer a los canes de que se pongan en contra de algo así.

  • ¿Y el fobos? – Susurró él.

  • Un lazo muy fuerte lo une a la chica. No puedo romperlo.

Asintió, como si ya lo hubiera intuido, y miró fijamente a Serai. Se permitió otra sonrisa altanera.

  • ¿Y bien, curandera? – Preguntó. - ¿Decides formar parte del Imperio…o no?

Ella hizo como que se lo pensaba. Todos los presentes conocían la respuesta, pero le gustó hacer un poco de teatro. Finalmente clavó su mirada azul en el hombre, y contestó:

  • No.

  • Bien.

Kero emitió un rugido desgarrador y se lanzó contra sus enemigos, dispuesto a darlo todo por su compañera, su madre, su protegida. Pero ellos ya estaban preparados; uno, un orador, que necesitaba pronunciar palabras para hacer funcionar su magia, alzó un escudo en el que el can rebotó. Se vio desplazado varios metros.

No hubo pausa. Un hombre y una mujer trataron de alcanzar a Serai, pero Feb se interpuso, con los cuernos por delante, preparado para matar a cualquiera que se acercara lo más mínimo.

La zoodor trató de convencerlo de que la dejara; al fin y al cabo, ella sólo era humana. Pero no logró que el fobos se pusiera contra su amiga y compañera, de modo que fue atacado.

En esta ocasión se trataba de un invocador.

  • Borkha, kirin elemental de la tierra. – Recitó, mientras una suave brisa removía su cabello negro. – Por el pacto que nos une, ayúdame ahora en esta empresa, ¡ata a mis enemigos!

Serai se permitió alzar una ceja con burla. Aquel era un invocador mediocre, sin duda, poco preparado. Giyn le había enseñado hacía tiempo que cada kirin elemental debía invocarse junto a su elemento; efectivamente, Borkha era de tierra, por lo que teóricamente podría llamarse en cualquier parte del continente…Pero, a la práctica, aparecía un pequeño problema: este kirin pertenecía a otra rama de la tierra.

Las plantas.

Y allí cerca sólo había hierbas, algunos arbustos y un par de árboles solitarios. Nada que pudiera fortalecer a un Borkha.

El suelo tembló un momento, y el kirin, en unos segundos, brotó de él, grácil y hermoso. Tenía aspecto femenino y una dulce sonrisa en sus labios finos, la piel de color verde pálido, el cabello del color de la hierba, los ojos rasgados y completamente negros; vestía, como el resto de sus hermanas Borkha, con ramas y hojas.

El kirin miró a su alrededor. Notó la falta de vegetación que pudiera ayudarla; le lanzó una mirada suplicante al invocador, que señaló a Feb con un gesto rápido.

Obediente, el espíritu abrió la boca para pronunciar un sonido extraño, como el bello canto de un millar de pájaros, y alzó las manos. Del suelo nacieron lianas y enredaderas que se lanzaron contra el fobos.

Feb puso en marcha su poder oscuro, y cuando las plantas tocaron sus cuernos, que brillaban ahora con un suave resplandor rojizo, se marchitaron.

Serai concluyó que era la hora de escapar. Como curandera podría haber usado hechizos de poca monda para protegerse,…Pero no era su caso. Por algún extraño motivo, su poder se basaba absolutamente en la sanación, y no podía hacer nada más.

Otro guión en su lista de rarezas.

Dio media vuelta y echó a correr. Pero ya la esperaban.

El hombre con el que había hablado, joven y de cabello negro recogido en una cola, sonrió con arrogancia.

  • Así que los rumores son ciertos. – Comentó, divertido. – La gran Curandera Serai huye de los problemas, ¿eh? Según dicen, tienes tanto poder sanador…que no puedes ni levantar un escudo para protegerte, ni siquiera encender una llama en lo alto de una vela.

Ella calló. Empezaba a pensar que, esta vez, la habían pillado. Por un lado tuvo miedo, pero por otro…

  • ¿Es verdad lo que dicen? – Preguntó el hombre. - ¿Es cierto que eres una elegida de los dioses?

  • No lo sé. – Fue la franca respuesta de Serai.

Él sonrió aún más ampliamente, burlón.

  • Comprobémoslo. Si lo eres, harán lo que sea por protegerte, ¿verdad?

Se oyó un lamento de Kero. La curandera se volvió de inmediato, preocupada, y vio al can retorciéndose en el suelo, presa de un dolor indescriptible: un mágico, probablemente de nivel brujo, lo estaba torturando. No muy lejos, Borkha había conseguido amarrar las patas de Feb, que se debatía furiosamente, tratando de alcanzar las lianas con sus cuernos.

Pero estaba todo perdido.

  • Suéltales. – Dijo Serai con seriedad. – Suelta a mis amigos y no opondré resistencia.

  • No lo dudo. Me sorprende que te dispongas a sacrificarte por unos animales…De todos modos, sabes perfectamente que te vamos a llevar con nosotros, te resistas o no. – Chasqueó los dedos, y Kero dejó de retorcerse, empezando a jadear de cansancio. – No somos idiotas. Nunca mataríamos a un can. Los Cerbero protegen a todos los canes, sean o no de su camada, y si el nuestro descubriera que hemos arrebatado la vida de uno…Podría enfadarse.

Borkha desapareció, y con él las lianas que mantenían preso a Feb. Ambos animales se volvieron hacia Serai, a punto para lanzarse en su ayuda, pero ella los miró fijamente y movió la mano en señal de silencio.

  • Marchaos a casa. – Dijo en voz baja.

El fobos comprendió. Debían escapar, volver con los Salvadores y pedir ayuda. Pero abandonar a su amiga…

  • ¡Ya!

Feb dio un brinco y echó a correr. Kero gruñó por lo bajo, soltó un rugido…y lo siguió.

  • Bien, chica. – Sonrió el hombre de la calavera en la cara. – Espero que estés lista, porque vas a sufrir…mucho.