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Historia 26529 — capítulo 1

  • ¡Vuelve aquí, monstruo!

  • ¡Demonio, vas a morir!

  • ¡Corre, corre mientras puedas, engendro!

  • ¡Diablo!

  • ¡Brujo!

Las voces de su madre, sus hermanos, sus amigos y sus conocidos llegaban a sus oídos cargadas de odio y desprecio. Corrían tras él, estaban cerca, muy cerca. Jack no quería seguir corriendo; quería detenerse, esperarles y tratar de comprender por qué lo perseguían, si al fin y al cabo no había hecho nada malo.

¿O tal vez sí?

Todo había sucedido muy deprisa. Él estaba con su madre en el mercado, y de pronto vio a una niña cayendo de lo alto de una azotea. Habría tropezado, o jugando un amigo la habría empujado…El caso es que, a esa altura, se mataría.

El grito de la pequeña fue desgarrador, y despertó en él una fuerza extraña, una reacción. Alzó los brazos hacia ella, como si pudiera alcanzarla, y luego…

Su cuerpo se quedó súbitamente vacío, se levantó una especie de torbellino bajo la niña, y ésta fue depositada con suavidad en el suelo, sin un rasguño.

Debería haber sido algo bueno. Al fin y al cabo, la había salvado. No obstante…

  • ¡Vamos a quemarte, bastardo!

  • ¡Te descuartizaremos!

  • ¡Serás pasto de las llamas, monstruo!

Todos sus seres queridos, asqueados por aquella extraña fuerza que había salvado a la niña de una muerte más que probable, lo perseguían para matarlo.

Aquello debía ser una pesadilla, no podía ser real.

Y, sin embargo, lo era.

Jack siguió corriendo, oyendo las voces un poco más lejos. Jadeaba. No aguantaría mucho más. Nunca había sido muy dado al ejercicio, y si bien podía levantar bastante peso, era incapaz de correr más de dos minutos.

Y ya llevaba una eternidad. Su corazón desbocado parecía querer salir de su pecho, y los pulmones le ardían, suplicando por un poco de compasión.

Una compasión que no podía permitirse.

Aún estaban allí, pisándole los talones.

Sus ojos humedecidos dejaron escapar un par de lágrimas cuando pensó otra vez que aquellos que lo perseguían para matarlo eran su madre y amigos, todos aquellos que lo habían visto crecer, que jugaron con él en su infancia, que le enseñaron a ser quien era y como era.

Vio el linde del bosque, aquel bosque maldito que, según decían, estaba protegido por un espíritu que devoraba a los humanos que se adentraban en su territorio. No titubeó y cruzó el límite.

Se encontró sorteando ramas y raíces con una maestría envidiable, pero sus perseguidores no podían ser menos. Siguieron gritando tras él, corriendo, deseosos de darle caza y matarlo como al monstruo en que parecía haberse convertido.

La luz llegaba allí de una forma difuminada, entre las hojas de las copas de los árboles, y le daba a todo un aspecto fantasmagórico y, a la vez, fantástico. Jack se habría permitido observarlo todo con detenimiento, admirar la delicada belleza de aquel maravilloso bosque, virgen y salvaje, si no tuviera que salvar su vida.

Y entonces falló.

Tropezó con una raíz que sobresalía del suelo y cayó cuan largo era, golpeándose en la cara con la tierra húmeda.

Las voces se acercaron. Los tenía encima.

Se preguntó, aterrado.

Trató de levantarse y seguir corriendo, pero no tenía fuerzas. Se giró para mirar de frente a sus perseguidores; ya los veía llegar, con los rostros brillando por el inminente triunfo, la ira y el desprecio relampagueando en sus miradas llenas de odio.

La piel se le erizó, todo su cuerpo se tensó ante la llegada de la muerte.

Pero se vio un fogonazo de luz, y sus perseguidores se detuvieron. Ahora eran ellos los que parecían asustados.

Jack, confundido, miró a su alrededor. Y entonces la vio.

Era una chica de más o menos su edad, vestida con una túnica extraña. Tenía una larga y ondulada melena castaña, los ojos risueños, verdes como dos esmeraldas, piel tersa y pálida; llevaba una diadema tejida con ramas y juncos, y portaba una vara larga cuya punta brillaba con un suave resplandor.

La muchacha le dirigió una breve mirada, de frente a los que perseguían a Jack, y le mostró una media sonrisa que lo tranquilizó; se sintió a salvo de pronto, y se permitió relajar todo el cuerpo, a sabiendas de que nada malo podía pasarle ya.

La joven alzó la mirada hacia los demás, que dieron un paso atrás, atemorizados. Cogió con fuerza su vara e hizo un arco.

La punta, una piedra de color verde pálido, dejó en el aire una estela dorada que, de pronto, se disparó contra los intrusos, los empujó y los expulsó hasta varios metros más allá.

Gritaron.

  • ¡La Guardiana!

  • ¡La Guardiana del Bosque existe!

  • ¡Va a devorarnos!

  • ¡Nos matará!

  • ¡Corred!

Y huyeron.

El silencio se había hecho en el bosque, aunque nadie se había dado cuenta, y siguió así durante unos segundos más. Entonces los pájaros empezaron a piar de nuevo, como si nunca hubieran dejado de hacerlo.

Jack suspiró, aliviado, pero su alivio duró apenas un instante.

Se volvió hacia la muchacha, que se giraba hacia él para mirarlo de frente, y no pudo evitar retroceder.

Si esa…criatura…era el espíritu que guardaba el bosque…

  • Yo…Yo…- Musitó con la voz ahogada. – No quería…

La chica rió por lo bajo. Fue una risa muda, como si resoplara, pero acompañada de una dulce sonrisa. Negó con la cabeza con suavidad y tendió la mano libre hacia Jack. Él, dudando, la aceptó y se levantó.

La joven amplió su sonrisa. Era hermosa. Tenía una cara redonda de mejillas rosadas que le daba un aire infantil, pero sus ojos, risueños, verdes y profundos, parecían los ojos de un ser centenario, llenos de conocimiento y experiencia.

Su cuello, desprovisto de cualquier adorno, estaba marcado por una espeluznante cicatriz que lo cruzaba de lado a lado.

Dio un paso atrás y le señaló a Jack que la siguiera. Se volvió y empezó a caminar lentamente; él pudo ver que iba descalza y tenía una pulsera en el tobillo, hecha también de juncos y hojas.

Dudó, pero finalmente fue tras la desconocida. Fuera una mujer, un espíritu o un ente sobrenatural, lo cierto era que lo había salvado de una muerte segura, y no parecía quererle ningún mal.

  • O…oye…- Murmuró tras unos minutos, titubeando. - ¿A…adónde me llevas?

Ella no respondió.

  • ¡Oye!

Jack se detuvo en seco, y la joven se volvió hacia él, dejando de caminar, con las cejas alzadas. La miró con aparente cabezonería, como si no fuera a hacer otra cosa que la que él decía.

  • Te agradezco que me hayas salvado, y eso…- Dijo. - ¡Pero ni siquiera sé quién eres! ¿Adónde me llevas? ¿Cuál es tu nombre? ¿Por qué me has ayudado?

La chica negó lentamente con la cabeza y se puso la mano en el cuello. Rozó la cicatriz con la punta de los dedos, alzando la barbilla para que Jack pudiera ver bien la herida.

Tardó apenas un segundo en comprender.

  • Oh…¿No puedes…hablar?

Ella asintió una vez y volvió a indicarle que la siguiera, volviéndose de medio lado. Él dudó; seguir a una completa desconocida por le interior de aquel bosque inexplorado después de…

Se sintió desfallecer al pensar en lo ocurrido, en la niña, los murmullos, las acusaciones, los gritos y la persecución. Movió la cabeza con fuerza para deshacerse de esos pensamientos, y al fin optó por seguir a la chica. Ella le mostró una cálida sonrisa llena de comprensión, le dio la espalda y siguió caminando.

Anduvieron durante unos minutos más. Jack se permitió mirar a su alrededor durante el trayecto. Aquel era realmente un lugar fantástico; los gruesos troncos de los árboles indicaban que la mayoría eran centenarios, tenían unas raíces retorcidas que sobresalían del suelo hasta alzarse por encima de un metro, algunos incluso de dos. Se oían ruidos por todos lados, entre las sombras: el canto de los pájaros, las hojas al rozarse, e incluso en un par de ocasiones el joven creyó percibir los lentos pasos de un animal que acechaba.

La luz que se filtraba por entre las altas ramas era anaranjada, lo que indicaba que ya era tarde avanzada. Y entonces los árboles se cortaron en seco, dando paso a un nuevo escenario.

La chica se detuvo para dejar que Jack observara a su antojo; lo miraba con una sonrisa pintada en los labios, como si se divirtiera.

Habían llegado a un claro en el bosque, un claro bastante grande. Las ramas de los árboles de alrededor se curvaban, largas y cada vez más finas, hacia el centro, como si quisieran cubrirlo.

Apenas había un par de metros de suelo. Luego, se abría un lago tranquilo que parecía de cristal y que reflejaba la rojiza luz del anochecer; en el centro se alzaba un pequeño islote con un…

Por la forma debía ser, cuando menos, un edificio. Parecía un templo, o un santuario, pero podría haber sido una casa o a saber qué. Sea como fuera, el problema no era qué era, sino de qué estaba hecho.

  • ¿Son…árboles? – Musitó Jack, atónito, con los ojos como platos.

La chica asintió con la cabeza.

Árboles. Inaudito. Eran árboles que se habían entrelazado entre sí, los troncos y las ramas convertidos en un entramado perfecto para crear un edificio. Y lo mejor es que las hojas eran verdes, había frutos y flores: eran árboles vivos.

Sin poder creer lo que veía, el joven avanzó, tratando de acercarse. Se detuvo en seco cuando notó la mano cálida que le sujetaba el brazo, con dulzura pero firmemente. Se volvió hacia su guía, que sonrió y señaló con la cabeza hacia delante.

Ah, el lago. Qué estúpido era.

  • Lo…lo sien…

Y calló de pronto. Había algo extraño en ese lago.

Se acuclilló junto a él y, con cuidado, rozó la superficie con la punta de los dedos; se ondeó, produciendo un extraño sonido estremecedor y hermoso, como si fuera realmente de cristal. Luego volvió a la normalidad.

Esta vez con algo más de decisión, Jack metió la mano. Era cálido. La sacó, y entonces se dio cuenta de lo que había de extraño allí.

El líquido era de color anaranjado, como la luz.

  • ¿Es…agua? – Preguntó, dudando y volviéndose hacia la chica.

Ella movió la cabeza de lado a lado, encogiendo los hombros.

  • ¿No lo sabes?

La joven negó con la cabeza, arrugando el ceño, dando a entender que se equivocaba.

  • ¿Entonces qué? ¿Es o no es agua?

La muchacha suspiró, rendida, y sonrió. Avanzó hasta la orilla del lago y miró hacia el…edificio, fuera cual fuera su función. Jack la estuvo observando durante varios segundos, esperando una respuesta que no llegó.

  • ¿Eres la Guardiana del Bosque? – Preguntó de sopetón.

Se sorprendió a sí mismo al haberlo hecho. La chica se volvió hacia él con las cejas alzadas, sorprendida por la pregunta; luego titubeó, ladeando la cabeza, y finalmente asintió.

Jack no sabía si eso era bueno o malo.

Ella chasqueó la lengua e hizo ademán de avanzar un paso.

  • ¡Espera, espera!

Él la cogió del brazo y la tiró hacia atrás. La chica lo miró, interrogante, con el ceño ligeramente arrugado.

  • ¿Estás loca? – Hizo. - ¡Ibas de cabeza al lago!

La joven volvió a reír con esa risa muda.

  • ¿Cuál es el chiste? ¿De qué te ríes?

Pero ella negó con la cabeza. Le acarició con suavidad la mano, muy dulcemente, provocándole un estremecimiento; luego le dio la espalda, avanzó un paso sobre el lago…

Su pie sólo se hundió unos centímetros en el agua anaranjada, produciendo aquel extraño sonido de cristal.

Jack, atónito, vio cómo se levantaba ligeramente la falda para no mojársela, la sostenía con su mano libre y luego ponía el otro pie bajo la superficie del lago. Se giró de medio cuerpo hacia él, sonriendo, y le indicó con la cabeza que lo siguiera.

  • Espera…¿Cómo lo haces? – Preguntó el joven.

Ella ladeó la cabeza, desvió la mirada y luego dio unos golpecitos en el agua con el pie. Jack creyó entender el mensaje; se arrodilló en la orilla y, con cuidado, volvió a meter la mano en el agua.

Esta vez dio con una especie de camino, una superficie dura y lisa de apenas dos palmos de ancho; a los lados, desaparecía. Hundió el brazo hasta el codo, pero no encontró un nuevo fondo.

  • ¿Es…un camino? – Preguntó.

La chica asintió y volvió a indicarle que la siguiera, señalando al edificio de árboles. Él dudó; aquel no parecía un paso seguro, y además esa extraña agua de color…

Dejó de titubear cuando su guía le dio la espalda de nuevo y empezó a caminar con pasos seguros hacia el islote. Decidió que, ya que la había seguido hasta allí, terminaría con su viaje.

Pero cuando iba a dar un paso hacia el frente la joven golpeó con fuerza el lago con su vara. Jack se quedó helado, con el pie en alto, mirándola de forma interrogativa y sorprendida, incluso con cierto temor. Pero la expresión de la muchacha no infundía miedo, sólo paciencia y dulzura. Lo señaló con la punta brillante del bastón.

  • ¿Q…qué?

Volvió a señalarlo, esta vez hacia abajo.

  • ¿Los…zapatos?

La chica asintió. Jack se quitó los zapatos, dejándolos en la orilla. Ella asintió otra vez, y finalmente el joven pudo, tras tomar aire, dar el paso.

Como había ocurrido con ella, se hundió sólo hasta el tobillo. El puente parecía, cuando menos, sólido, así que se atrevió a dar otro paso, y luego otro, y otro más. No parecía que fuera a ceder, así que, con más confianza, alcanzó a la muchacha, que sonrió y siguió avanzando hacia el islote.

A pesar de que, con su buen equilibrio, no había peligro de que cayera al agua en un traspié, Jack no pudo evitar sentirse aliviado cuando alcanzó tierra firme.

La muchacha le dirigió una mirada de complicidad, como si entendiera perfectamente su situación, y luego se dirigió a la entrada del edificio, una cortina de lianas y hojas que caían con suavidad hacia el suelo. Él, tras dudar, la siguió y entró en aquel extraño lugar.

Antes de pasar, vio a un ciervo asomar por un costado del edificio.

El techo estaba formado por ramas y hojas entrelazadas que dejaban pasar la luz aún menos que en el exterior, las paredes eran de troncos de árbol, y el suelo seguía siendo la tierra del islote, plagada de hierbas y plantas pequeñas.

Jack vio un nuevo detalle de su guía. Allí donde pisaba, la vegetación parecía alzarse y crecer, sólo un poco, tal vez unos milímetros.

La joven lo guió por el edificio. No era muy grande. Desde la entrada cruzaron un pasillo; pasaron de largo de unas nuevas cortinas y siguieron adelante. Encontraron otras lianas, y esta vez cruzaron.

Se encontraron ahora en una sala relativamente grande, dadas las proporciones del edificio. Las ramas del techo eran finísimas, casi como hilos, y las hojas eran semi-transparentes; entre los troncos había huecos que dejaban entrar la luz anaranjada.

Al fondo había un altar de roca. La muchacha se dirigió hacia él y, tras inclinarse un instante, depositó en él su vara; la piedra de la punta titiló un instante y luego se apagó.

Y entonces fue cuando Jack lo oyó.

  • No te asustes.

El joven dio un brinco y miró a todos lados. Había oído una voz…femenina, probablemente, tranquila y dulce, llena de amabilidad, pero con un timbre extraño, como si viniera de otro mundo, como la voz del eco.

Miró a su guía, que en ese momento se quitaba la corona con movimientos gráciles. No parecía haber oído nada.

  • Sé que esto es difícil para ti.

Otra vez esa voz. Jack retrocedió un paso.

  • ¿Q-quién anda ahí? – Preguntó, intentando parecer amenazador.

La muchacha levantó una mano y la zarandeó en el aire, aún de espaldas a él, mientras ponía la corona sobre el altar.

  • No…¿No lo has oído? ¡Hay alguien más aquí!

  • Soy yo.

  • ¿Quién es yo?

  • Yo. Me tienes delante.

Jack sintió un escalofrío. Inconscientemente, retrocedió otro paso, con la mirada clavada en la chica y los ojos muy abiertos, las pupilas dilatadas.

  • Tú…No, no es posible. Dijiste que no podías…

  • Y no puedo.

La joven alzó la cabeza hacia el techo y lo señaló.

  • ¿Ves las hojas, y ese tinte semitransparente? Las convierte en amplificadores. Yo emito un pensamiento, y ésta sala lo intercepta y devuelve convertido en una voz audible.

  • ¿Qué…estás diciendo? ¡¿Qué locura es esa?!

  • No tengas miedo.

La chica se volvió hacia él, haciendo ondear su preciosa melena castaña y ondulada. Lo miró con preocupación, con dulzura.

  • No te haré daño. Si quisiera hacerlo, ya lo habría hecho.

Pero el miedo se había impuesto a la sensación de bienestar y de confianza que inspiraba la joven. Jack retrocedió otro paso; el cuerpo apenas le respondía. Negó lentamente con la cabeza y trató de hablar, pero no fue capaz.

Todo empezó a hacérsele una montaña. Una chica muda que hablaba con la mente a través de unas hojas semitransparentes, un edificio construido con árboles vivos, el bosque inexplorado, su familia persiguiéndolo, y esa niña…

Gimió al volver a recordarlo. Se llevó las manos a la cabeza y se encogió sobre sí mismo, intentando protegerse de los recuerdos, del dolor, del miedo.

Y notó una caricia que rozaba su cabello, su frente y su rostro. Se atrevió a alzar la mirada y vio a la chica justo frente a él, acariciándolo con dulzura. La muchacha sonrió.

  • Me llamo Terra. – Dijo la voz – Soy la Guardiana del Bosque. Mi tarea es la de proteger este lugar de la acción del hombre…y la de recoger y ayudar a aquellos que llegan aquí expulsados de sus hogares. Como tú. Ahora, ¿cuál es tu nombre?

Él boqueó varias veces. Poco a poco, se fue calmando. El miedo y la angustia remitieron; no desaparecieron, era cierto, pero al menos pudo pensar con algo más de claridad.

  • Jack. – Respondió al fin.

  • Jack. ¿Estás asustado, Jack?

  • S…sí. Un poco.

  • Es natural. Todo es extraño para ti, pero no hay nada que temer. Ya no. Estás a salvo.

Lo sabía. De algún modo, lo había sabido desde que vio a esa chica que llegó para ayudarle y salvarlo de la muerte.

  • ¿Has dicho que te llamas…Terra?

  • Un extraño nombre, ¿verdad? Te lleva a pensar que no soy…humana.

  • Pero…lo eres.

  • Sí, nací como tal. Soy la primera Guardiana humana.

La muchacha mostró una cálida sonrisa.

  • Debes estar cansado, Jack. Ven conmigo: te llevaré a un lugar donde podrás dormir.

  • Pero…

  • Mañana hablaremos, ¿de acuerdo? De todo. Por ahora no tienes que pensar en nada: estás a salvo, y es lo único que debe importarte en estos momentos.

La chica…Terra pasó junto a él tras acariciarle una última vez la mejilla, y se dirigió fuera de la sala.

  • ¡Espera! – Hizo Jack, volviéndose hacia ella. – Fuera no podré oírte, ¿verdad?

  • No, es verdad. – Respondió ella, girando la cabeza para mirarlo. – Pero no hay mucho que decir. Y, además, hemos llegado hasta aquí sin muchas complicaciones, ¿no?

Salió. Ya sin dudar, él la siguió.

Volvieron al pasillo de antes, y esta vez cruzaron la cortina que anteriormente habían pasado de largo. Dieron con una nueva sala, bastante oscura y pequeña.

Vio que las hojas que había dentro empezaban a brillar, como si fueran fosforescentes. Era esa luz la que iluminaba una gran flor que llenaba la mayor parte de la habitación; allí podría caber un hombre que fuera dos veces más ancho que él. El tallo era grueso como su cintura.

Terra se acercó a la flor de delicados pétalos blancos y la acarició. Se volvió hacia Jack, dirigiéndole una mirada que brillaba con la luz de las hojas.

  • ¿Qué…tengo que hacer? – Preguntó el joven.

La chica dio unos golpecitos en la flor, y Jack entendió.

  • ¿Que…suba? ¿Quieres que suba ahí? Pero…¿no me caeré? – Ella negó con la cabeza. – ¿Es como…una cama?

La muchacha asintió. Él no las llevaba todas consigo, pero aún así se puso al lado de la planta y se apoyó en ella; cedió un poco hacia atrás, como si fuera una hamaca. Tras dudar, Jack decidió arriesgarse: se dio impulso y subió.

La flor se tambaleó por un instante, como si fuera a romperse, pero luego se estabilizó. Era blanda y aterciopelada.

Con cuidado, Terra cogió al joven por los hombros y lo instó a tenderse; luego dobló los pétalos de la flor sobre él, cubriéndolo con ellos. Eran suaves como la seda.

  • Es…práctico. – Comentó Jack, sin saber qué decir ni cómo actuar.

La chica sonrió. Le acarició con dulzura la frente, sus ojos brillando con la luz fosforescente y fantasmagórica de las hojas, se inclinó sobre él y besó sus labios. Fue un beso inesperado, poco más que un roce, una caricia. Luego, Terra cruzó nuevamente las cortinas, desapareciendo tras ellas.

Ni un minuto después, Jack ya había caído rendido ante el sueño.