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Historia 26529 — capítulo 2
Despertó con un grito atascado en la garganta, sin poder respirar, el rostro perlado de sudor frío, la piel de gallina y los ojos desorbitados.
Durante unos segundos, el pánico se apoderó de él: no sabía dónde estaba ni lo que le pasaba. Entonces recordó a Terra, su sonrisa, su calidez, la sensación de seguridad. Se calmó, y al fin supo dónde se encontraba y por qué.
Mientras dormía, había revivido aquella…persecución.
Movió la cabeza de lado a lado, deseando poder olvidarlo todo al menos por una noche. Su respiración se fue regulando, al igual que los desbocados latidos de su corazón.
Necesitaba aire fresco. Decidió que saldría fuera un rato a aclararse un poco y luego volvería a dormir…si podía; se quitó de encima los pétalos, sin poder evitar un estremecimiento al pensar que estaba durmiendo dentro de una flor, y puso los pies en el suelo.
Las hojas se encendieron con su fantasmagórico brillo fosforescente, y no fue hasta entonces que Jack se dio cuenta de que habían estado apagadas. Se preguntó cómo debían actuar, y por qué.
Apartó las lianas y se encontró en el pasillo. Lo cruzó, y finalmente salió del edificio. El cielo apenas era visible entre las altísimas ramas, pero se adivinaba una noche avanzada. Miró a su alrededor.
La superficie del lago era blanca.
- ¿Blanca? – Murmuró, arrugando el ceño. - ¿No era naranja esta tarde?
Se acuclilló, alargando los dedos para rozar la superficie, y a la vez lanzó una última mirada a su alrededor.
Y se quedó helado, casi tocando el agua perlada, con los ojos muy abiertos.
La superficie se había roto en la otra orilla, y un cuerpo pálido subió a tierra firme, desnudo y empapado de blanco.
Terra volvió la cabeza hacia él y lo miró. Jack fue incapaz de desviar la mirada, y siguió observando, paralizado, la espalda estrecha de la muchacha, sus piernas largas y delgadas, su piel tersa. Su melena castaña y mojada se pegaba a su cuerpo, cubriéndola apenas un poco.
La chica sonrió. Se volvió hacia el joven, que no pudo contener un escalofrío; nunca había visto a una mujer desnuda, y, aunque tenía sus fantasías, no había imaginado que sería así, a la pálida luz de la luna reflejada en un agua blanca, viendo a una total desconocida que le había salvado la vida.
Terra se tiró al agua otra vez, y buceó en dirección al islote. Jack logró clavar las rodillas en el suelo y apartar la mano de la superficie justo antes de que ésta se rompiera; la joven sacó la cabeza, mostrando una sonrisa dulce.
Tras unos segundos de quietud, la chica rió por lo bajo, apenas un bufido, y pareció ir a decir algo. Titubeó, y finalmente movió los labios; no profirió ningún sonido.
- ¿Qué? – Hizo él, arrugando el ceño.
Volvió a vocalizar, ahora más lento. Jack tampoco supo lo que quería decir esa vez, pero a la tercera pudo leer sus labios con bastante exactitud.
“Apártate un poco.”
Se puso rojo como un tomate. Qué estúpido era.
Se puso en pie y se apartó un paso. Titubeó, y finalmente optó por alargarle la mano a Terra, que, agradecida, aceptó su ayuda y salió del agua. En esta ocasión, el chico consiguió desviar la mirada antes de ver más allá de los hombros; la joven se lo tomó con bastante gracia, riendo otra vez, como si fuera una reacción extraña. Le cogió con suavidad la mano y lo guió hacia el interior, sin preocuparse por estar mojada de líquido blanco.
Ya no era blanco. Se había vuelto transparente, como si fuera agua normal.
Llegaron a la sala principal. Terra soltó a Jack y se dirigió al altar, donde estaba su túnica; la cogió y empezó a ponérsela.
- ¿No puedes dormir?
Se estremeció al oír aquella voz de nuevo, como si fuera la voz del eco, venida de otro mundo, otra dimensión.
-
Me he despertado. – Fue la respuesta del joven, que aún no miraba a su guía y protectora.
-
Es normal dadas las circunstancias. Créeme, muchos hemos pasado por esto, sé lo que es.
Jack alzó la mirada bruscamente hacia ella. Ya estaba vestida, y se había vuelto hacia él.
La túnica de Terra era una prenda que no había visto ni siquiera en dibujos fantásticos. Tenía un cuello que se habría hasta la mitad de los hombros, mangas anchas y la cintura justo debajo del pecho; esa parte era de color verde oscuro. Luego, la falda se dividía en dos: la de encima, de color verde-hierba, se abría por delante; la de debajo, verde pálido, era más larga que la primera.
El joven miró a los ojos a la muchacha, y vio en ellos comprensión y compasión.
- ¿Tú…también? – Preguntó.
No estaba seguro de querer hablar de ello. Tenía motivos para dudar: en primer lugar, tal vez despertara malos recuerdos en Terra; en segundo lugar, inevitablemente tendría que contarle lo que le había pasado, y no creía estar preparado.
La chica asintió con la cabeza.
- Ven, siéntate conmigo.
Le señaló a un lado, y Jack dio un respingo al ver otra flor, más grande que la suya, de color rosa pálido. La muchacha ya se sentaba en su interior, y los pétalos se cerraron un instante a su alrededor; luego se abrieron de nuevo para dejar pasar al chico.
Terra sonrió.
-
Era muy pequeña cuando mostré ciertos dones. – Dijo la voz de eco. – Tenía tres o cuatro años. Cuando mis padres se dieron cuenta, montaron en cólera. Empezaron los insultos, los gritos. Tardaron un par de días en decidir que debía morir. Pero huí.
-
¿Con cuatro años?
-
Mi aldea estaba cerca del bosque, así que cuando intuí que me matarían…vine hacia aquí. Me cogieron poco más allá del linde.
Jack no estaba nada seguro de querer seguir oyendo. Aún así, guardó silencio para terminar de escuchar.
- ¿Ves la herida de mi cuello? Me la hizo mi hermano mayor al intentar degollarme. Estuve a punto de desangrarme, y no podía respirar. Entonces llegó mi predecesora, la anterior Guardiana del Bosque, ahuyentó a mis enemigos y me salvó. Me trajo aquí para comunicarse conmigo, me enseñó a comunicarme con ella. Con el tiempo me eligió como su sucesora, y cuando murió sus poderes pasaron a mí.
El chico desvió la mirada.
-
Debiste…pasarlo muy mal.
-
Mucho. Pero ella estuvo allí para apoyarme en todo momento.
-
¿Era humana?
-
Cuando llegaste ya te dije que yo era la primera Guardiana humana. No, era una cierva.
-
¿Cierva?
-
Así es. La piedra brillante de mi vara…ella la llevaba en una especie de corona para ciervos; es el símbolo de nuestro poder. Ella era una hembra preciosa, elegante y grácil. Me cuidó como a una hija.
-
¿La…echas de menos?
-
A veces, pero sé que nunca me dejará.
-
¿Qué quieres decir? Cuando alguien muere…
Terra sonrió, con la paciencia de un maestro que le enseña a su alumno favorito. Acarició el cabello castaño claro y corto de Jack, con dulzura.
-
Una parte del alma de todas las Guardianas se queda en la piedra. Mi predecesora murió, es cierto, pero esa parte de ella seguirá conmigo hasta mi muerte, y luego pasará a mi sucesora.
-
Pero no es…ella.
-
No, no lo es. Sólo es un pedazo de su poder, supongo. Pero, al menos, me reconforta. ¿No es mejor así, pensar que nunca me dejará del todo?
Jack titubeó.
-
Lo…lo siento.
-
No tienes que disculparte. Son cosas demasiado distintas a lo que tú conoces, es natural que te resulte difícil comprender.
Cayó el silencio en la sala. Terra siguió acariciando el cabello del joven, con mucha suavidad, y él se mantuvo callado, dejándola hacer.
- ¿Quieres hablar?
Jack negó efusivamente con la cabeza. No obstante, dos segundos después su mirada se había perdido en uno de los pétalos y había empezado a hablar:
- Estaba en el mercado con mi madre. Habíamos ido a comprar algo para la cena. Había una niña pequeña en la azotea de una casa…Estaba muy arriba. Debió tropezar o algo…porque cayó. Era muy alto. Iba a…a morir.
Tragó saliva, o eso intentó. Se le habían llenado los ojos de lágrimas, y tenía la garganta seca.
- Gritó, ¿sabes? Se me puso la piel de gallina al oírlo. Pensé…pensé que no era justo que una pobre niña muriera. No era justo. Entonces…- Se miró las manos, y notó que estaba temblando. - …tendí los brazos hacia ella, como si…como si quisiera cogerla…y…- Tenía la voz ahogada. - …y de pronto sentí como si algo saliera de mi interior, ¿sabes?, como si se me escaparan las fuerzas. Se levantó una especie de…torbellino, ahí…debajo de la niña…que la sujetó y…y luego la dejó en el suelo…sin un rasguño…a salvo.
Respiró profundamente, tratando de dominarse. No quería seguir, pero ya no podía parar.
- Pero nadie…nadie se fijó en que la niña estaba bien. – Siguió tras un instante. – Todos me miraron…y…empezaron los…los murmullos…los insultos por lo bajo…Yo no sabía qué hacer…o qué había pasado…No entendía nada…Pero ellos…todos…Empezaron a…
Se le quebró la voz, pero no le importó.
- …insultarme. Cada vez más alto. Monstruo, engendro, hijo del diablo…Me dijeron tantas cosas…Y luego…fue mi madre…mi propia madre… “¡Muerte al monstruo!” ¡Mi propia madre me condenó!
Lágrimas saladas escaparon de sus ojos. Trató de ahogar los sollozos mientras sus hombros empezaban a convulsionarse.
- Eché a…a correr…- Intentó continuar. – Y…ellos…todos…me…me siguieron…todos me persiguieron…y…no paraban de gritarme…cosas horribles…Y yo…no podía parar…tenía miedo…estaba asustado…y…y…
Su voz se perdió en un sollozo que no pudo reprimir. Se encogió, y dio rienda suelta a su llanto. Terra, comprensiva, lo rodeó con sus brazos y lo apoyó en su pecho con mucha dulzura; le acarició el cabello suavemente, y estuvieron largo rato así.
Al fin Jack pudo dejar de llorar, y sólo de vez en cuando sufría espasmos.
-
Lo siento. – Murmuró, con la voz ahogada.
-
No tienes que disculparte. Está bien que hayas podido hablar de ello, y está bien que hayas llorado. Es lo mejor.
-
No me dejes solo. Por favor. No quiero estar solo.
-
No te dejaré, Jack. Estaré a tu lado.
El chico asintió con la cabeza, cerró los ojos…y al instante se durmió.
Por la mañana, Jack despertó sintiéndose a gusto, más a salvo que nunca, envuelto en un manto cálido. Tardó un poco en darse cuenta que lo que lo cubría no era un manto, sino pétalos de flor gigante, y lo que tenía por almohada no era un almohada, sino el regazo de Terra. Su lado racional tardó aún unos momentos más en imponerse y sentenciar que aquello podía ser considerado como irrespetuoso, molesto y descarado.
Se sentó bruscamente, presa de un susto momentáneo, y miró a la chica.
Ella, con los ojos cerrados, permanecía recostada contra un pétalo que inexplicablemente no cedía bajo su peso. Estaba dormida.
Jack suspiró y se relajó.
Se volvió a tensar casi de inmediato.
- Veo que has despertado.
En aquella ocasión, la voz que llegaba a sus oídos no era la voz femenina y dulce de Terra; era masculina, calmada y en cierto modo incluso fría.
Miró a su alrededor, buscando a su dueño, y sus ojos toparon con un ciervo de prominente cornamenta y pelaje tupido en el cuello. Tenía unos profundos ojos negros que lo observaban con una fijeza estremecedora.
Jack recordó vagamente el ciervo que entrevió al llegar a aquel edificio, antes de entrar.
-
¿Tú…has hablado? – Preguntó, atónito.
-
No exactamente. – Dijo la voz masculina. – He emitido un mensaje mental, y las hojas de esta sala lo han recibido para devolverlo en forma de sonido.
-
Ah.
No se le ocurrió nada más elocuente que decir. Al fin y al cabo, ¡hablaba con un ciervo!
-
Mi nombre es Skoth. – Se presentó el animal con su voz de eco. – Soy el protector de Terra.
-
¿Pro…tector?
-
Ah, no ha tenido tiempo aún de contártelo. Bueno, digamos que todos los humanos con poderes que llegan al bosque, como tú, son puestos bajo la protección de un animal que sea afín con sus dones.
Jack se permitió una mueca.
-
Yo no tengo “poderes”.
-
Los tienes. De no ser así, Terra no te habría salvado. Tienes un don, sólo que aún no quieres aceptarlo. Con un poco de tiempo lo harás, no te quepa duda.
Entonces sonó la voz femenina de Terra.
- ¿Skoth?
La muchacha abrió sus ojos verdes como esmeraldas y miró al ciervo. El animal inclinó la cabeza como saludo, y luego…
Silencio.
Pero era un silencio que parecía estar cargado de significado. Terra y Skoth se miraron fijamente durante varios segundos; Jack se fue poniendo más y más tenso, como si estuviera fuera de lugar. Luego la chica sonrió y se volvió hacia él.
-
Veo que has conocido a Skoth, mi protector.
-
Eh…sí. – Respondió el joven.
-
No te preocupes, no te hará daño.
-
Eu…ya, ya.
-
¿Tienes hambre?
-
…A decir verdad, estoy hambriento.
-
Lo suponía.
Terra salió de la flor con suavidad. El pétalo en el que había estado apoyada se dobló hacia delante y volvió a su posición original, como si se relajara. Jack siguió a la chica y se puso de pie en el suelo.
- Sígueme, te daré de comer.
Él obedeció. Terra y Skoth caminaron hacia el exterior del edificio. El joven se dio cuenta de que ambos caminaban con una elegancia similar, con gracia; se pregunto si era que ella andaba como un ciervo o él como un humano.
Salieron, y, sin detenerse, la chica y su protector se pusieron la una detrás del otro para cruzar el puente hacia la otra orilla. Jack los siguió, no muy contento de volver a pasar por aquel estrecho camino.
El agua se había vuelto de un pálido color azul.
Llegaron al otro lado. Terra le dirigió una dulce sonrisa al joven y echó a andar; Jack tuvo el tiempo justo de reencontrar sus zapatos, sacar un ratoncillo, ponérselos y seguirla antes de que ella y su protector desaparecieran entre los árboles.
No caminaron demasiado antes de pararse otra vez junto a un gran espécimen de tronco grueso y nudoso.
- ¿Qué hacemos aquí? – Preguntó el joven.
Skoth agachó la cabeza hasta rozar la hierba con el morro, y Terra alzó una mano hacia las ramas.
Y, sorprendentemente, éstas descendieron para depositar en ella unas frutas purpúreas del tamaño de manzanas. Luego se retiraron otra vez.
La muchacha acarició la piel rugosa del árbol como agradecimiento, le sonrió a Jack y volvió a la orilla del lago; el ciervo la siguió, y el joven, tras un momento más de atónita sorpresa, también.
Los humanos se sentaron junto al agua azulada, Skoth se estiró y empezó a mordisquear la hierba. Terra le dio una fruta a Jack, que, tras titubear, le dio un mordisco. Era sorprendentemente jugosa y tierna, dulce y fresca.
Estuvieron un rato comiendo, en silencio.
- Terra…- Hizo el joven al fin. – Quería agradecerte que me escucharas. Ayer, ya sabes.
La chica sonrió y le acarició el cabello con ternura. Pareció dudar unos instantes, y luego movió los labios. Jack arrugó el ceño, mirándola fijamente, y ella volvió a intentarlo.
“Que harás ahora.”
- ¿A qué te refieres?
Se sintió estúpido por haber hecho esa pregunta. Sabía muy bien a lo que se refería. Terra le había dado un lugar donde dormir, le daba de comer y un hombro sobre el que llorar, pero no podía durar para siempre; tenía que plantearse adónde iría o qué haría con su vida ahora que no podía volver a su casa.
Se sorprendió de lo fácil que era pensar que nunca volvería con su familia.
- Bueno, no sé. – Dijo casi inmediatamente después, mirando hacia el edificio de árboles con semblante preocupado. - ¿Qué puedo hacer? Estoy perdido…No tengo a nadie, no tengo nada, y yo…
Calló cuando los dedos de la chica se cerraron entorno a su barbilla y, con suavidad, fue obligado a volverse hacia la muchacha. Terra movió los labios formando dos palabras que Jack leyó de inmediato.
“Tu don.”
- No tengo ningún don. – Replicó él, reticente, zafándose.
Leyó los labios de la chica. Cada vez lo hacía con más facilidad, si bien ese método era muy inflexivo.
“ Lo tienes. Salvaste a esa niña.”
Él lo sabía, pero no podía aceptarlo. Si lo hacía, sería darles la razón a todos aquellos que lo habían llamado monstruo.
“No es malo.”
¿Cómo que no era malo? ¿Los poderes diabólicos no eran malos? ¡Venga ya!
“Naciste con un don, Jack. Con ese don puedes hacer muchas cosas buenas. Puedes salvar vidas, ya lo has hecho.”
El joven titubeó.
- Bueno. Aunque lo aceptara…Sólo hipotéticamente hablando, ¿eh? Digamos que tuviera un “don”. ¿Qué pasa? ¿De qué me sirve?
“En este bosque hay muchos como tú, cientos, miles. Tienen diferentes dones, los desarrollan y los utilizan. No estás solo. Mi misión como Guardiana también es la de llevar a los nuevos llegados, como tú, a las aldeas más cercanas para que alguien les enseñe. Puedo llevarte. Tendrás un maestro, una nueva familia.”
Si Terra había acabado de hablar o no, Jack no lo sabía; el caso es que desvió la mirada, sin querer escuchar más. Lejos de molestarse, ella suspiró y le acarició el cabello con ternura y comprensión. Él, tras titubear, volvió a mirarla. La chica sonrió y volvió a mover los labios, formando palabras.
“Tienes tiempo para pensarlo. Todo el tiempo del mundo. Cuando estés listo te llevaré a la aldea. Hasta entonces, cuidaré de ti.”
Jack agachó la cabeza y asintió.
- Necesito…pensarlo. – Dijo tras un instante. – Y descansar. Necesito tiempo.
Terra, comprensiva, se inclinó hacia él y le dio un tierno beso en la cabeza, aceptando su decisión de esperar.
Pasaron unos días. En la primera noche, Jack tuvo pesadillas otra vez y terminó en la flor de Terra; a la siguiente fue directamente con ella. La chica estaba todo el tiempo con él. Hablaron bastante, pero de cosas sin mucha importancia. Terra resultó ser una jovencita paciente, muy agradable y habladora aunque no pudiera usar la voz, risueña, simpática,…
Debía tenerlo todo, además de sus dieciocho años largos.
El joven aprendió que lo que había en el lago era realmente agua, solo que estaba como “hechizada” para que indicara con color el momento del día en que se encontraban, como un reloj de sol; descubrió que las flores que le hacían de cama se cerraban cuando uno se levantaba, y encogían hasta volverse apenas más grandes que un tallo de hierba.
Jack terminó de hacerse a la idea de que su familia lo había rechazado. Si se le hubiera ocurrido volver al pueblo, hubiera muerto sin remedio. Lo sabía, y lo aceptaba.
Y había pensado mucho sobre ese “don” del que hablaba Terra. Tal vez tuviera razón. Tal vez los “poderes” no fueran malos, como siempre le habían enseñado: todo depende de cómo se usen.
Y así, un día cogió a Terra de la mano cuando se levantaban de la flor rosada; había despertado de madrugada, cuando aún no había salido el sol, y mirando a su salvadora había tomado la decisión. Ella se volvió hacia él, interrogante.
-
¿Qué pasa, Jack? – Preguntó con su voz de eco.
-
Yo…he estado pensando. – Dijo él. – Quiero…ir a la aldea. Quiero aprender sobre este…don. Quiero controlarlo, y hacer cosas con él. Creo…creo que puedo hacer cosas buenas.
La muchacha sonrió.
-
Me alegra oír eso. – Alzó una ceja. – Has sido más rápido que la mayoría. Muchas veces, los nuevos llegados tardan varias semanas en aceptar sus dones, y unos días más en querer aprender a dominarlos. Eres un fenómeno. Y eso está bien.
-
¿Tú cuánto tardaste?
Terra pareció sorprenderse con la pregunta. Titubeó y desvió la mirada.
-
Mi caso era un poco especial. – Respondió al fin, con un tono extraño en la voz que sonaba.
-
¿Por…qué? – Preguntó Jack, dudando.
La joven se encogió de hombros.
-
Era muy pequeña, así que el hecho de tener poderes no resultaba tan horrible para mí. Lo acepté fácilmente. Pero nunca quise que nadie me enseñara a controlarlos.
-
¿No? ¿Por qué?
-
Porque ya sabía.
El chico arrugó el ceño, mirándola con fijeza. Terra sonrió.
-
Tenía el instinto necesario para controlar mi don en toda su magnitud sin que nadie me enseñara nada. Supongo que por eso fui elegida como sucesora de la Guardiana, porque era excepcional. – Explicó.
-
Terra…¿Cuál es tu don?
La muchacha ladeó la cabeza y mostró una sonrisa seductora.
- ¿Quieres verlo?