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Historia 26529 — capítulo 10
Jack había visto un par de “templos” en su vida. Uno eran unas ruinas de una antigua civilización que creía, según recordaba, en los dioses elementales: Fuego, Tierra, Agua, Aire. Una civilización que se extinguió hacía varios miles de años. El otro era un edificio austero de alto campanario y que divinizaba al que en vida fue un rey guerrillero y obsceno pero que, al parecer, unificó todos los territorios del continente en uno solo. Todos, excepto el bosque.
De aquello también hacía milenios, así que nadie sabía los detalles, pero lo cierto era que ese monarca violento se había convertido, después de su muerte, o puede que antes, en un dios al que casi todos adoraban. Absurdo, en opinión de Jack, pero se había guardado sus opiniones para sí. En muchas ocasiones había clamado, junto al resto, un creíble “¡Todopoderoso Välnir, bendícenos con tu gracia!” o tonterías por el estilo.
El Sanctar no era como los otros templos. Si tenía que buscar semejanzas, tenía un cierto parecido al santuario de Terra. Estaba constituido por árboles, más altos o más bajos, que dibujaban puertas, ventanas y torres. Con todo, no era especialmente ostentoso. Las hojas eran rojizas, igual que sus ramas, troncos y raíces.
Había una gran arcada frente a Jack y su maestro, de la que pendían lianas grisáceas. Egon le dijo a su alumno que esperara, y ni diez segundos después un hombre salió del templo. Era rechoncho, medio calvo, altísimo y con unos grandes brazos de gorila, peludo todo él. Llevaba una túnica de color blanco y varias tonalidades de azul. Aunque parecía capaz de arrancarle al cabeza a alguien, su sonrisa bonachona y sus ojos risueños le daban aspecto de niño grande.
- ¡Mi querido amigo Egon! – Exclamó el hombre, en un tono excesivamente alto.
El que Jack supuso era el sacerdote abrió sus enormes brazos y achuchó a Egon como si fuera un muñeco. El maestro hizo una mueca y aguantó el apretón.
-
¡Pensaba que no volvería a verte por aquí! – Dijo el hombretón, gritando aún y soltando a su “querido amigo”. - ¡Me alegro mucho, muchísimo de que estés en el Sanctar de nuevo!
-
Y no vengo solo. – Respondió Egon, frotándose un costado. – Este…- Señaló a su alumno, que sonrió. - …es Jack, mi aprendiz.
-
¿Aprendiz? ¡Aprendiz! ¡¡Aaaah, bienvenido, querido muchacho!!
Fue el turno de Jack de sufrir un abrazo de oso. Le cortó la respiración y casi, casi le partió las costillas.
-
¡Encantado, chico! – Exclamó el hombretón, soltándolo para dejar que recuperara el aliento. – Soy Oleg, el sacerdote de Gea. En nuestros buenos tiempos éramos más, pero ya son pocos los que aceptan abandonar el aprendizaje de su don mágico para volverse al sacerdocio.
-
Ah. – Fue todo lo que Jack consiguió emitir, aún con los costados destrozados por el abrazo.
-
¡Pero pasad, pasad, no os quedéis ahí! ¡Seguro que estáis cansados, agotados, reventados, hechos polvo por el viaje! ¡Adelante, queridos amigos!
Oleg los cogió a los dos por los hombros, casi rompiéndoles los huesos, y los instó…obligó a entrar dentro del Sanctar. El interior estaba iluminado por la luz anaranjada del atardecer, pero las hojas ya empezaban a encenderse con luces de colores aún indefinidos.
Se encontraban en una estancia no muy grande; un arbusto había quedado modificado hasta formar una sólida mesa de una sola pata enraizada en el suelo. Al otro lado del pequeño recibidor había otra cortina de lianas grisáceas.
-
¡¡Ondine!! – Llamó el sacerdote con su voz atronadora. - ¡¡Ondine, ven, hija mía, tenemos visita!! Ahora verás a Ondine, Egon, ¡ha crecido tanto desde la última vez que la viste…!
-
Teniendo en cuenta que han pasado unos diez años…
-
Sí, y eso me recuerda…¡Diez años sin vernos! ¿Qué has hecho durante todo este tiempo? Estás relativamente cerca del templo…¡La gente pasa por aquí, como mucho, cada cinco años, incluso los que viven en la otra punta del bosque! ¿Qué demonios has estado haciendo para…?
-
¿Me llamabas, padre?
Una chica cruzó la cortina de lianas que había frente a ellos. Tenía dieciséis o diecisiete años y vestía un conjunto de falda larga, azul oscuro, estrecha, y un top de tirantes de color celeste. Su larga cabellera ondulada de puntas rizadas era del color del océano, y sus ojos, de mirada dulce, parecían turquesas. Iba descalza. Sonreía amablemente, y en conjunto tenía un aspecto tímido y adorable.
-
¡Ah, hija! – Oleg se acercó a la muchacha y le dio una fortísima palmada en la espalda, aunque ella aguantó sin un quejido ni una mueca, ni siquiera pareció que se le cortara el aliento. - ¡Mira, Egon, mi viejo amigo!
-
Vaya, Aéreo Egon, pensé que no volvería a verle nunca. – Sonrió la jovencita.
-
Ondine. – Saludó el hombre, con una leve inclinación de cabeza.
-
¡Mira, hija mía, este es Jack, el nuevo aprendiz de Egon!
La joven miró al muchacho, que le dedicó una sonrisa.
- Encantado. – Dijo, sin saber muy bien cómo actuar. – Soy Jack.
La chica dio un paso para apartarse de su padre y se inclinó con gracia frente a él, cerrando los ojos un momento antes de volver a erguirse.
- Igualmente. Soy Ondine, la hija del sacerdote Oleg y única sacerdotisa de Madre Gea.
Jack se sorprendió. Tan joven, ¿y ya sacerdotisa? Bueno, todo aquello era diferente de lo que él conocía, así que se limitó a hacer ver que lo entendía, asintiendo con la cabeza. Ella amplió su sonrisa.
-
Padre, ¿puedo enseñarle a Jack el Sanctar? – Preguntó dulcemente.
-
¡Por supuesto! Encárgate del chico…Muéstrale el Sanctar, instrúyelo en los saberes de Madre Gea, instálalo, no dejes que se aburra…Yo estaré con mi buen amigo, poniéndonos al día.
Se rió estrepitosamente y, cogiendo a Egon del hombro, lo forzó a seguirlo al exterior del templo otra vez. Jack y la joven Ondine se quedaron a solas, y el silencio cayó sobre ellos durantes unos momentos, un poco tenso.
-
Este…- Hizo él. – No hace falta que te encargues de mí, puedo cuidarme solo.
-
Oh, no es ninguna molestia.- Sonrió ella, cogiéndose las manos frente al pecho. – Imagino que estarás cansado por el viaje…Ven, te enseñaré el Sanctar y luego te llevaré a una habitación para que duermas.
-
Bueno, gracias.
Ondine amplió su sonrisa y dio media vuelta.
- Sígueme, por favor.
Jack obedeció. La amable y joven sacerdotisa lo llevó a través de la cortina, y se encontraron en un pasillo largo con multitud de arcadas que llevaban a otras estancias.
Pasó por dos cocinas, una de las cuales estaba en desuso, y una especie de enorme comedor donde las largas mesas eran, nuevamente, arbustos deshojados con las ramas entrelazadas tan firmemente que formaban una superficie totalmente lisa.
Tras ésta, pasaron a una estancia circular que se parecía a la sala principal del santuario de Terra, pero en lugar de un altar había la estatua de una mujer. Amplias oberturas iluminaban con la luz casi nocturna su figura divina y blanca, y su cabello casi parecía real.
-
Esta es, como puedes imaginar, Madre Gea. – Explicó Ondine. – Aquí vienen los peregrinos a pedir suerte en sus viajes, las madres durante el embarazo para pedir buena fortuna para sus hijos, ancianos para pedir una muerte sin dolor,…Todos sabemos que la diosa no tiene tiempo para oírnos, pero a muchos les alivia pensar que, quizá, sus plegarias lleguen casualmente a sus oídos.
-
Si no escucha, ¿por qué la adoráis?
Jack hizo una mueca en cuanto las palabras salieron de su boca. No debía parecer escéptico, eso había prometido. ¿Y si hería a la chica con sus comentarios, su no-creencia?
No obstante, Ondine sólo sonrió, como una maestra paciente enseñándole algo especialmente difícil a un alumno sin ganas de estudiar.
- Hoy no, Jack. – Dijo con voz suave. – Mañana, tal vez pasado, te explicaré quién es Madre Gea y por qué le debemos respeto. Cuando lo sepas, cuando…lo aceptes, ¿sabes?, tú también la adorarás.
Lo dudaba enormemente, pero se limitó a encogerse de hombros y sonreír a modo de disculpa.
Por una de las oberturas entró una criatura que Jack no había visto nunca. El chico se sorprendió, pero no se asustó; estaba acostumbrado a apariciones desconocidas.
El ser se acercó a Ondine y produjo una especie de gorjeo. Era como un pez, un pez regordete de ojos saltones, mirada distraída y escamas de color naranja; tenía larguísimas aletas y cola, semitransparentes. Con todo, era una criatura, cuando menos, hermosa.
-
Oh, disculpa. – Dijo Ondine, tocando la cabeza del ser. - ¿Te ha asustado?
-
La verdad es que ya nada me asusta. – Respondió Jack.
-
Es mi protectora, Arina. ¿Tú…? ¿Dónde está la tuya?
-
Eos se quedó fuera, no le gustan los edificios, por…naturales que sean.
Ondine sonrió. Acarició a Arina, que gorjeó otra vez, y luego el pez se fue. Era curioso verla…volar. Su mirada debió transmitir su sorpresa, porque la sacerdotisa rió suavemente.
-
Disculpa, pensé que ya te lo habrían explicado. – Comentó.
-
¿Perdón? – La atención de Jack volvió a la muchacha.
-
Los protectores de aquellos con el don del agua, como yo, son criaturas acuáticas, pero nosotros vivimos mayormente en tierra, así que la guardiana permite que nuestros protectores usen el aire como medio para acompañarnos siempre.
No sabía por qué, pero ya había imaginado algo así.
- ¿Seguimos?
Después de la sala donde residía la estatua de la diosa, subieron por una escalera de ramas hasta el piso superior, lleno de habitaciones; la mayoría estaban en desuso.
-
Las flores que nos hacen de cama fueron plantadas aquí por la primera guardiana. – Explicó Ondine cuando una de ellas, amarilla, abrió sus pétalos para invitarlos a entrar. – Y siguen aquí desde entonces.
-
¿Cómo sobreviven si sus raíces no tocan el suelo?
-
Eso es algo que ni siquiera los elementales terrestres se explican. Supongo que sólo la guardiana lo debe saber…Y no comparte sus secretos con nadie.
Las habitaciones no tenían gran cosa más. Unas plantas formaban armarios, escritorios y sillas; éstas últimas crecían casi instantáneamente cuando uno hacía ademán de sentarse frente al escritorio. Había una obertura en cada cuarto que hacía la función de ventana. A esas horas, las hojas ya se habían encendido: azul, rojo, amarillo, blanco…Esa luz multicolor le daba al templo un aspecto místico, sobrenatural,…divino.
La última sala que visitaron fue una especie de torre. Las ramas, en el techo, se enroscaban como un capullo, pero se abrieron como una flor en cuanto pasaron dos segundos allí. Pudieron ver el cielo estrellado y la luna menguante.
-
Este es el observatorio. – Explicó la sacerdotisa. – Es uno de los pocos lugares desde el que se ve el cielo sin esfuerzo. Uno de los pocos problemas de vivir en un bosque, ¿no crees?
-
En casa de Terra también se veía. – Comentó Jack, más para sí que para ella.
Ondine sonrió.
- Parece que la guardiana te gusta mucho.
El chico se sonrojó.
- ¿Es tan evidente?
/¿Soy tan evidente que incluso una completa desconocida puede verlo?/ Pensó, no sin cierta amargura.
- No quería turbarte, Jack. No hablaré sobre esto si te molesta. – Dijo la sacerdotisa.
Él la miró. Parecía temerosa de haber metido la pata; trató de tranquilizarla sonriendo.
- No te preocupes, no pasa nada.
Jack durmió en una de las habitaciones, donde había dos flores, una negra y otra lila. Eligió la segunda, que cerró los pétalos a su alrededor. Unos minutos después entró Egon, que, sin decir nada, subió a la otra flor y se dejó mecer por ella hasta dormirse.
Sólo entonces las protectoras se posaron en la obertura de la pared y dormitaron allí, siempre vigilantes.
A la mañana siguiente, Jack despertó solo. Eos le comunicó que Egon se había levantado temprano y se había ido con Oleg para seguir hablando de los viejos tiempos, de modo que el joven debía quedarse con Ondine.
La encontró en la estancia de la estatua, arrodillada frente a su diosa y limpiando su pedestal con un paño mojado.
-
Buenos días. – Saludó la sacerdotisa.
-
Hola. – Respondió Jack. - ¿Quieres que te ayude?
-
Si eres tan amable…Después de limpiar iremos a asearnos y a desayunar, ¿qué me dices?
-
Que me parece un buen plan.
El joven se arrodilló junto a la joven, cogió un paño que había dentro de un cubo de piedra y empezó a frotar el pedestal. Imaginaba que aquella actividad no era mera diversión. ¿Se trataba de un ritual? ¿Una costumbre matutina? ¿Una necesidad religiosa? ¿O tal vez…?
- En el principio de los tiempos, Madre Gea fue creada por los Padres para dar alma y vida a toda criatura naciente del Primer Mundo, Geo. – Dijo Ondine.
…Tal vez sólo una oportunidad.
Jack se forzó a prestar atención. Conocía otras religiones extintas, muchos mitos y poca realidad. Aquello no podía ser diferente.
-
No voy a explicarte los pormenores de los Padres, ni de Geo, ni de nada relacionado con aquella época…porque ninguno de nosotros los conocemos. Sólo sabemos que, en algún momento de la Historia, Geo se dividió en cientos, miles, tal vez millones de dimensiones. Quizá el número no pueda ni contarse, quizá sea infinito. Los Padres desaparecieron y la Historia fue olvidada en casi todos los lugares, pero Madre Gea perseveró en su tarea. Oculta en algún lugar del Vacío, más allá de todos los mundos, da a luz un alma tras otra para enviarlas a las dimensiones. El alma es nuestra identidad, nuestra consciencia, nuestro verdadero yo.
-
Así que…- Dijo Jack mientras pasaba del pedestal a los bajos de la túnica. - …es la diosa de la vida.
-
No solo eso. Es la diosa de la vida y la muerte, la diosa de la naturaleza, de las almas, de la luz, también de los sentimientos…No diré que es todopoderosa, porque no lo es. Tiene debilidades, como toda criatura, pero es, sin lugar a dudas, el ente más poderoso que existe después del propio Vacío y los Padres.
El joven respiró hondo. Su escepticismo se negaba a dejarle creer en algo tan extravagante. Dioses, poderes, almas,…No creía en nada de eso, y estaba bien así.
La mano de Ondine se posó suavemente en su hombro.
-
Durante un tiempo seguirás sin creer. – Le dijo con dulzura. – Pero pasarán los días, las semanas, los meses…y entonces ocurrirá algo, algo que hará que veas la verdad.
-
¿Y cuál es la verdad?
-
Que Madre Gea existe y, aunque no siempre puede escucharnos, porque está demasiado ocupada creando vida, está constantemente a nuestro lado para protegernos en los momentos de crisis.