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Historia 26529 — capítulo 9

Cuando Jack recuperó la consciencia, apenas habían pasado unos segundos desde su caída. Ahogó un grito al recordar lo ocurrido, sin saber aún dónde estaba, y se aferró con fuerza a lo primero que encontró: un cuerpo recubierto de plumas.

Eos ululó suavemente, molesta.

/Calma, chico./ Emitió. /Estás a salvo./

Jack parpadeó varias veces y reconoció la cabeza de su protectora, que se volvía hacia él. Se encontraba sobre su lomo, aferrado a su plumaje como un náufrago a una tabla de madera. Titubeó. ¿Qué había ocurrido?

/Te caíste. Era de esperar, no estás preparado para algo así. Por suerte, te cogí a tiempo./

El chico boqueó varias veces hasta que pudo hablar, con la boca seca y la voz ronca:

  • ¿A tiempo…?

Eos ululó otra vez y curvó su delgado cuello para mirar abajo. Jack siguió su mirada, y sufrió un espantoso estremecimiento.

Bajo ellos, a varios metros, había un río de lava.

Egon no dio muestras de arrepentimiento, aunque sus ojos tenían un raro brillo. Sólo miró a su alumno, preguntó si se encontraba bien y siguió su camino. Jack se vio obligado a seguirlo, a pesar del temblor de sus rodillas y la debilidad de todo su cuerpo.

Se había desmayado por la caída, o eso suponía. No recordaba nada casi desde que perdió la concentración hasta que reaccionó a lomos de Eos.

Pero su protectora sabía la verdad. Cuando lo vio caer, con un chillido voló en su busca, esperando no llegar tarde y maldiciendo a Egon por su estupidez. No habría llegado por más rápido que volara, era una locura, pero…

Allí lo encontró, flotando a varios metros de la roca líquida, con los ojos en blanco. En trance.

Apenas se puso bajo él, Jack cayó sobre su lomo limpiamente, sin un rasguño.

Prefirió no decirle a nadie nada de eso, ni siquiera a su propio protegido. Era demasiado pedir que explotara semejante poder; si Egon lo supiera, le impondría un ritmo aún más rápido, y eso terminaría por matarlo.

Era ya entrada la noche. Egon dormía a varios metros de su alumno, tendido en el suelo y tapado con una manta delgada. Jack no paraba de dar vueltas, hasta que finalmente se quedó boca arriba, con los ojos abiertos como mandarinas, y suspiró.

  • ¿Eos…? – Susurró.

/Aquí estoy./ Respondió su protectora, a su lado.

  • Me gustaría…decirte algo.

/Claro, cariño. Dime lo que sea./

  • Tenías razón.

Se puso de lado. Eos, sentada junto a él, curvó el cuello y apoyó la punta del pico en el suelo suavemente para que sus ojos quedaran a la misma altura. Con un suave ulular, lo instó a hablar.

  • Cuando…

Se le atascaron las palabras en la garganta. No quería hablar de esa experiencia. Respiró hondo y tragó saliva.

  • Cuando caía, ¿sabes? – Dijo al fin en una exhalación. – Fue curioso, lo último en que pensé fue en Terra.

/¿Y qué pensaste?/

  • Muchas cosas. Fue un segundo, o menos, una milésima de segundo, pero pensé en muchísimas cosas a la vez. Me di cuenta, ¿sabes?, de que la quiero. Es raro. Estaba a punto de morir y sólo se me ocurría pensar que quería a Terra, y que era muy triste terminar mi vida de aquella forma, sin podérselo decir a ella.

Eos asintió. Su garganta produjo una especie de ronroneo cruzado con su ulular característico, sonido que solía hacer cuando estaba satisfecha.

/Muy bien, Jack. Has hecho un gran paso: aceptar tus sentimientos, por extraños que te parezcan. Si dentro de un año sigues sintiendo así, ve con ella y díselo./

  • ¿Serviría de algo? Quiero decir, me parece que sólo la pondría en un apuro.

/Es posible, pero los sentimientos nunca, jamás, se deben guardar./

Egon apenas desayunó a la mañana siguiente, y mientras caminaban parecía meditabundo, distraído. Pero Jack no quiso preguntarle. En circunstancias normales tampoco lo hubiera hecho, pero ahora era porque estaba enfadado; al fin y al cabo, fue la insistencia de su maestro lo que casi lo mató. Ahora ya no lo consideraba huraño y triste, lo consideraba huraño, triste e irresponsable.

Casi a medio día, no obstante, su opinión cambió.

  • Jack. – Lo llamó el hombre.

  • ¿Sí?

Le indicó con la cabeza que se pusiera a su lado. Rem, su protectora, aleteó y se adelantó; Eos, a regañadientes, la siguió.

  • Verás. – Dijo Egon. – Quería pedirte disculpas.

  • Ah.

  • No me lo pongas más difícil, ¿quieres?

Jack rodó la mirada.

  • Lo siento. – Respondió. – Te recuerdo que estuve a punto de morir.

  • Bueno, pero no moriste. – El hombre hizo una mueca. – No tendría que decir eso…Verás, pensé que, con tu potencial, lo tendrías fácil.

  • Te equivocaste. No soy todopoderoso. ¡Por favor, si hace nada ni sabía que la magia existía!

  • Repito, no lo hagas más difícil, ¿quieres?

  • ¿¡Que no lo haga más difícil?!

Jack se sorprendió a sí mismo plantándose delante de Egon, furioso. Se preguntaba por qué respondía de esa forma. Su vida ya había peligrado en otra ocasión; ¿habría reaccionado igual si hubiera tenido la oportunidad?

Miró a su maestro con el ceño arrugado y el miedo aún latiendo en su interior, tal palpable como el día anterior mientras caía por el precipicio.

  • ¡Estuviste a punto de matarme al pensar que era un genio o vete a saber qué! – Se quejó el joven. - ¡Por favor, querías que cruzara un precipicio de esas dimensiones con AIRE! ¡No estaba preparado!

  • ¡Ya sé que no estabas preparado, me he dado cuenta, deja de gritarme, insolente!

  • ¿¡Insolente yo?! ¡¿Y tú qué eres?! ¡Te lo diré! ¡Eres…!

Pero no pudo encontrar palabras, así que carraspeó y, lentamente, trató de clamarse, lazándole a su maestro una mirada desagradable llena de rencor. Egon suspiró y siguió andando.

Jack acarició la idea de dejarlo de una vez, dar media vuelta y volver a la aldea. Estaba bastante seguro de saber encontrar el camino de regreso. No obstante, él no era así: solía dejarse llevar. De modo que, armándose de paciencia, siguió al hombre, y éste de nuevo empezó a hablar:

  • Supongo que habrás oído de vez en cuando el nombre de Jeremy.

  • Constantemente.

  • Cuando yo era joven…sí, una vez fui joven…Tuve un alumno llamado Jeremy. Llegó del noroeste; era unos años menor que tú, pero parecía aún más pequeño porque estaba desnutrido, asustado y pálido. Era un chico enfermizo. Me cayó bien al primer momento, y pedí que se convirtiera en mi aprendiz. Le enseñé a un ritmo muy lento, sin meterle prisa, siempre de forma muy suave, así que estuvo aquí como dos años. Le cogí mucho afecto, casi…casi como si fuera mi hijo, ¿entiendes?

Jack lo entendía, y empezaba a intuir por dónde iba todo aquello. Egon no lo miraba.

  • Luego comenzamos el viaje iniciático, y fue aprendiendo, poco a poco, sin presiones,…fui, decididamente, demasiado blando. Cuando llegamos al noroeste, Jeremy pensaba que sabía controlar su poder, y…

El hombre suspiró, y pareció más cansado y triste que nunca.

  • Pensé que me apreciaba lo suficiente, que en ese tiempo que habíamos pasado juntos había podido sustituir, al menos un poco, a su familia perdida. – Continuó. – Pero no fue así. Digamos que yo le quise como a un hijo, pero él no a mí como a un padre. En realidad, siempre echó en falta a su madre, a sus hermanos, sus amigos, aunque trataron de quemarlo cuando dio muestras de poder. Yo fui sólo un maestro molesto. Nunca dejó de sentir añoranza, aunque llegué a pensar lo contrario. Así que, en cuanto tuvo la oportunidad, se fue.

Silencio.

  • No volvió nunca. – Siguió al fin. – Escapó de mí, como si yo lo hubiera tenido prisionero, se fue a la aldea y murió allí.

  • Quizá no murió. Quizá…

  • No, Jack. Lo sé. Murió. Lo supe en cuanto lo mataron, desangrándolo y apedreándolo, y luego la guardiana encontró su cuerpo mutilado en el linde del bosque.

El chico hizo una mueca. No supo responder. Aquella debía haber sido una experiencia horrible, y ahora entendía que Egon fuera huraño y triste.

Debió ser como…como recibir una puñalada de la persona a la que más quería. Sí, como una puñalada; había llegado a querer a ese chico por encima de nada, ¿y qué hacía él en consecuencia? Irse con su antigua familia, la familia que lo había rechazado y odiado, irse a buscar el perdón y el amor de su antigua vida.

Y había muerto por ello.

Jack trató de imaginar el dolor de Egon, su desesperación, su tristeza…pero no pudo. Era demasiado.

  • Lo siento. – Fue lo único que atinó a decir.

El hombre se encogió de hombros, intentando hacerse el duro, dar la impresión de que no le importaba. Pero su mirada extraviada y húmeda dejaba bien claro que sí importaba.

  • Con todo esto quiero decirte que si te fuerzo tanto es para no cometer el mismo error. – Explicó. – Cuando escojas volver con tu familia en lugar de quedarte aquí, con…nosotros, a salvo, quiero que estés plenamente preparado para protegerte y huir.

  • Pero yo no voy a volver al pueblo.

Egon soltó una risilla corta y amarga, dudando visiblemente de la veracidad de esas palabras. Jack se sintió un poco ofendido.

  • ¡Es cierto! – Insistió. – Veamos, intentaron matarme, me persiguieron hasta el bosque, hubieran acabado conmigo si Terra no me hubiera encontrado…¿Por qué iba a regresar?

  • Ya veremos, chico. – Dijo su maestro. – Después de un año tal vez pienses, al igual que pensó Jeremy, que tienes la posibilidad de recuperar la confianza de tus seres queridos.

El tema no volvió a salir, y su relación pareció volver a su estado anterior, distante, una relación estricta entre profesor y alumno. Pero el enfado de Jack se había esfumado. Aunque había estado a punto de morir igualmente, ya no culpaba a Egon por intentar llevarlo al límite. Eso sí, el hombre no volvió a ser tan exigente…tal vez porque no hubo más acantilados que cruzar.

Durante los días que siguieron, Jack practicó con su don mientras caminaban. Creaba ráfagas de viento para dejar que Eos y Rem planearan en ellas, a veces más fuertes, a veces más débiles. En un par de ocasiones consiguió hacer, durante unos segundos, pequeños tornados que giraban sin parar con una potencia inaudita; después pasaba un par de horas sin poder moverse.

Egon estaba muy satisfecho con los avances de su alumno, aunque no se lo decía. Que a aquellas alturas, un aprendiz de elemental aéreo fuera capaz de hacer un tornado…bueno…era realmente inaudito. Jack tenía un potencial mucho mayor que la mayoría, y podría aprender a controlarlo en su totalidad en unos pocos meses.

Pero, de pronto, el hombre tenía miedo de forzarlo. Si volvía a hacer peligrar su vida, él mismo no se lo perdonaría. Fue estúpido por su parte obligarle a cruzar el acantilado; el chico era ya mayor como para olvidar, en tan poco tiempo, que había una ley gravitatoria que lo devolvía al suelo si se alzaba en el aire.

Bueno, en aquella ocasión Jack lo había perdonado. Egon lo sabía, aunque el joven no se lo había dicho, porque su mirada volvía a estar como siempre: ligeramente distraída, curiosa, siempre de aquí para allá, observadora, pero sin un deje de tristeza o miedo. Mientras había estado enfadado, en su mirada sólo había habido rencor.

Procuró no exigir tanto a su alumno. Y no era porque creyera realmente que escogería no irse…sino porque no quería estar a malas con él el tiempo que permaneciera en el bosque. Quién sabe, quizá unos bonitos recuerdos lo hicieran dar media vuelta al llegar a su pueblo y volver a las aldeas.

En ocasiones chasqueaba la lengua distraídamente, tratando de convencerse a sí mismo de que no le tenía ningún tipo de afecto a Jack. Si lo tuviera…Sólo volvería a pasarlo mal. Ah, por eso pidió que no le dieran más alumnos; no quería volver a apreciar a alguien como apreció a Jeremy, no quería volver a ser traicionado. No ahora que su corazón había dejado de sangrar por fin.

Tras cinco días después del acantilado, Eos se posó suavemente en el hombro de Jack y apoyó un ala abierta en su cabeza en actitud confiada.

/Ya casi estamos./ Dijo Eos.

/¿Dónde?/ Emitió él, no sin dificultad.

/Al lugar al que nos dirigimos, naturalmente./

/No seas misteriosa, Eos./

/Al Sanctar, tesoro. El Templo dedicado total y únicamente a nuestra diosa./

Jack alzó una ceja.

  • Ah. – Hizo en voz alta.

Egon volvió la cabeza hacia él sin dejar de caminar, mirándolo por encima del hombro.

  • No pareces entusiasmado. – Comentó el maestro.

  • Bueno, probablemente sea muy bonito y eso, pero no es algo que me llame particularmente la atención.

  • Escéptico, por supuesto. Me pone de muy mala uva tu escepticismo.

  • Lo siento.

El hombre rodó la mirada.

  • Acércate. – Ordenó, y Jack estuvo a su lado en un momento, caminando junto a él. – Vamos a tener una pequeña charla para que no digas cosas así mientras estemos allí.

  • Prometo que no las diré.

  • …Así de fácil.

  • ¿Para qué voy a complicarlo? Imagino que en un templo hay sacerdotes, y no les gustará oír nada que tenga que ver con mi ateismo, así que prometo no decir cosas escépticas mientras estemos en el…

/Sanctar./ Lo ayudó Eos.

  • …Sanctar. – Finalizó Jack con una sonrisa.

  • …Bueno, supongo que puedo fiarme de tu palabra.

  • Claro que puedes. ¿Tardaremos mucho?

  • Antes de anochecer ya estaremos allí.