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Historia 26529 — capítulo 7

Terra le dio unas frutas para comer. Parecía que se alimentaba única y exclusivamente de frutas. Luego, ambos sentados en la orilla del lago ya anaranjado, Jack le explicó cómo le iba todo, cómo Egon le había dicho que no quería tenerlo en casa demasiado tiempo hasta que no desarrollara su sexto sentido.

“No te preocupes, Jack. Es un maestro muy exigente, pero te hará bien. Es un buen hombre.”

  • Sí, pero ¿cómo tengo que hacerlo? Es decir, me dice que abra la mente…pues bien, llevo todo el día con la mente bien abierta, ¡y todo lo que he sacado ha sido un dolor de cabeza insoportable!

Terra dio un respingo y lo miró con fijeza, sorprendida, con las cejas alzadas. Se relamió los finos labios.

“¿Dolor de cabeza?”

  • Sí. – Respondió Jack. - ¿Por qué, qué tiene de raro?

La joven dudó y se volvió hacia el agua.

“Oh, nada, supongo. Debe ser la falta de sueño.”

El muchacho titubeó.

  • ¿Abriste tú la flor? – Preguntó a bocajarro.

“Sí. Imaginé que no podrías dormir bien, así que antes de irme la planté allí. Por la noche, se abrió para que la encontraras y pudieras dormir. ¿Te sirvió?”

  • Sí. – Se sonrojó. – Dormí bien las últimas horas. Gracias.

“De nada, Jack. Es un placer serte de ayuda.”

Estuvieron casi un minuto en silencio, sin decir nada. Sus protectores estaban un poco alejados, Eos sobre Skoth, probablemente hablando entre ellos.

  • Terra. – Dijo Jack entonces. - ¿Por qué te has sorprendido cuando dije que me dolía la cabeza?

La muchacha dudó, como si no estuviera segura de querer responder.

“El despertar del sexto sentido provoca un fuerte dolor de cabeza, porque la mente aún no está preparada para recibir los mensajes mentales.”

El joven se sorprendió.

  • ¿En…serio?

“Sí. Pero es demasiado pronto. Supongo que es sólo el sueño. No te preocupes, ¿vale?”

Terra sonrió y alargó una mano delicada hacia él; le acarició la mejilla, muy dulcemente, como sólo ella podía hacerlo. Jack olvidó el tema y se dejó llevar por la caricia.

Soñó en que esos gestos significaban mucho más de lo que parecía. Soñó que Terra lo amaba.

Dio un respingo y se apartó. La muchacha lo miró con sorpresa, pero Jack no supo excusarse. Ese pensamiento…esa absurda idea…

/Oh, pero qué idiota soy./ Se reprendió a sí mismo.

Además, ¿por qué debería querer que ella le quisiera? Bueno, si se paraba a pensarlo…Todo humano se siente bien al saber que otra persona siente algo hacia él, todos necesitan ser necesitados. Pero Jack nunca había querido algo así, jamás quiso sentirse…deseado.

Terra ladeó la cabeza, observándolo y sin decir nada. El joven forzó una sonrisa de disculpa y se volvió hacia el agua…pero se aseguró de apartarse un poco. Ella no trató de acercarse otra vez.

  • Bueno. – Dijo Jack tras unos tensos segundos de silencio. – Creo que volveré a la aldea.

No miró a Terra para ver una posible respuesta, sino que se puso en pie y se desperezó. Pasó tras ella sin tocarla, y Eos revoloteó hasta su hombro. El joven se fue sin despedirse, y la muchacha no lo siguió, sino que se quedó allí sentada.

Se alejó del lago sin volver la vista atrás, y sólo cuando estuvo lejos se permitió detenerse y apoyarse en un árbol. Respiró hondo, cerró los ojos.

/¿A qué ha venido esto?/ Pensó. /¿Por qué me he apartado? ¿Por qué me he marchado sin despedirme, sin tocarla, sin siquiera mirarla? ¿Y por qué ella no se ha ofendido?/

Resopló. Eso era precisamente lo que le molestaba: que Terra no parecía haberse enfadado en lo más mínimo…Claro que tampoco se había preocupado de ver si su mirada se humedecía, su rostro se ensombrecía o su cuerpo se tensaba.

Y entonces, de pronto, un dolor agudo taladró su cabeza, nublando su vista. Era un dolor atroz, demasiado grande para soportarlo. Gritó y cayó de rodillas, apretándose la cabeza entre las manos.

Lo oyó.

/Eso no ha estado bien./

El dolor cesó. Jack se dejó caer al suelo, jadeando. Sus mejillas estaban mojadas de lágrimas saladas, y todo el cuerpo le temblaba.

Eos se posó con suavidad junto a él y arqueó el cuello hasta tocarle el cabello con el pico, muy dulcemente, con ternura, produciendo un gorjeo amable.

  • ¿Qué…ha sido…eso? – Murmuró el joven.

Pero no volvió a oír ninguna voz en su cabeza, y en unos pocos minutos recuperó las fuerzas y pudo ponerse en pie.

Apenas cenó aquella noche, y Egon no le preguntó por su falta de apetito, ni tampoco se interesó por cómo le había ido el día. Ambos se metieron en sus respectivas camas tras un breve intercambio de “buenas noches”.

Un par de horas después, Jack se levantó y salió, sin preocuparse por el ruido. Eos, que había pasado el tiempo apoyada en la ventana, alzó el vuelo y lo siguió durante un rato, en silencio, hasta que Jack detuvo sus pasos sobre una colina, desde donde vio la aldea por primera vez, y se volvió hacia ella.

Sus miradas se cruzaron. Los ojos de la eharin, negros como escarabajos y cristalinos como el agua de un arroyo, eran inteligentes y calmados.

  • Fuiste…tú. – Murmuró el joven.

El ave inclinó la cabeza, como si estuviera asintiendo. Se apoyó en una rama baja y esperó.

  • Me hablaste. – Dijo Jack, sorprendido. – Quiero decir, me enviaste un mensaje, y yo…¿Te oí? Pero…¿tan pronto? Y el dolor…

De algún modo ya se esperaba lo que iba a ocurrir, así que cuando volvió a sentir ese terrible dolor de cabeza apretó los dientes para no gritar y cerró los ojos, muy fuerte, a la espera de algo.

/Natural./

Cesó, pero fue sólo unos instantes, apenas lo suficiente para poder saborear la dulzura que deja el dolor al desaparecer.

/Irá remitiendo conforme tu mente se acostumbre a recibir mensajes en lugar de sonido./

Silencio.

Se dio cuenta entonces de que había caído de rodillas y todo su cuerpo temblaba como una hoja. Jadeaba. Y, no obstante, se sentía extrañamente orgulloso.

Podía oír la voz de Eos. Difusa por el dolor, sí, lejana y difícil de comprender, pero ahí estaba, dos veces en un día, tres mensajes.

Sonriendo, se puso en pie, aunque con dificultades. El ave voló hasta su hombro, y Jack acarició su suave plumaje.

  • Gracias. – Murmuró.

Varios días después, Egon despertó al oír la risa contenida de Jack. Se volvió hacia él en la cama, confundido por el sueño, y lo vio sentado en su lecho, con las piernas flexionadas y Eos sobre sus rodillas.

  • ¿En serio ocurrió? – Dijo en muchacho en voz baja, divertido. – No pensaba que los pájaros tuvieran problemas amorosos.

El hombre se sentó de golpe, sobresaltando a su alumno.

  • Buenos días. – Saludó el joven. - ¿Te he despertado?

  • ¿Con quién hablas? – Preguntó.

Jack no pudo contener una sonrisa orgullosa.

  • Con Eos, por supuesto.

  • Espera, espera. ¿Cuánto hace que llegaste a la aldea?

  • Unos…cuatro días.

  • Cuatro días. Y llevas en el bosque…

  • Once, creo.

  • ¿En once días has despertado y desarrollado el sexto sentido?

  • Eso creo. No del todo, claro. Aún me duele un poco la cabeza, pero cada vez menos.

  • ¡Once días! Menos, ¡sólo cuatro desde que empezaste!

Ven, el maestro de Denzel, respiró hondo, sin dejar de mirar a su alumno y a Jack mientras hablaban, algo alejados de sus profesores.

  • Es increíble. – Comentó en voz baja para que ellos no los oyeran. - ¿Es verdad? ¿En cuatro días lo ha conseguido?

  • Parece imposible. – Respondió Egon, de brazos cruzados. – Hemos pasado a ver a Karnak antes de venir hacia aquí…y él ha confirmado que es así. Nunca antes había oído hablar del sexto sentido, pero en este poco tiempo ha logrado dominarlo casi a la perfección.

  • Inaudito. Es un genio.

Se quedaron en silencio. Jack le explicaba la llegada del primer mensaje mental a Denzel, muy contento con sus progresos, sin pensar en lo inusual que era su situación. Nadie, nadie lo había conseguido tan pronto. Ningún genio, nadie con un don especial, ni siquiera la Guardiana.

Jack siguió a Egon hasta pasada la aldea, cuando ya no se veían las casas; allí, su maestro se detuvo y se sentó en la raíz de un árbol gigantesco, invitándolo con un gesto a sentarse junto a él.

  • Estamos aquí para que aprendas al menos las nociones básicas de tu poder. – Explicó el hombre.

  • De acuerdo, maestro.

  • Pero antes de eso…

Egon titubeó visiblemente. Miró para otro lado, como molesto:

  • Debo felicitarte. Es increíble lo mucho que has progresado en sólo cinco días. La mayoría no reciben el primer mensaje hasta al cabo de un par de semanas, y por descontado no se les pasa el dolor de cabeza hasta dos o tres meses después. Eres muy especial.

Jack dudó y luego sonrió.

  • Gracias. – Dijo.

  • Como sea. Empecemos con tu verdadero aprendizaje.

  • Vale.

Egon tomó aire y lo soltó en un suspiro, preparándose para empezar. Pero lo cierto es que no sabía por dónde empezar. En su vida había tenido un único alumno…y debió enseñarle fatal, visto cómo terminó. No quería cometer los mismos errores que cometió con Jeremy,…y de todos modos hacía tanto tiempo que ya no recordaba cómo se comenzaba un aprendizaje.

  • Tu elemento es el aire, como bien sabes. – Dijo.

Se sintió bastante estúpido por empezar así.

  • El aire es un elemento difícil de dominar. El segundo más difícil, en realidad, después del fuego. – Trató de explicar. – La tierra es sólida, de modo que se modifica fácilmente…lo mismo ocurre con el agua, que es líquida, pero el aire es algo sencillamente inmaterial que no se puede coger con las manos. No puedes utilizar tu cuerpo físico para controlarlo, por eso debes imprimir más energía, más poder para hacerlo. ¿Me entiendes?

  • Sí, maestro.

  • Y no es fácil. Los humanos nos acostumbramos desde muy pequeños a utilizar el cuerpo para todo, el cambio de eso a usar la energía es como un abismo, te costará mucho conseguirlo. O debería costarte.

Jack ladeó la cabeza, alzando una ceja un instante. Egon pensó que parecía consciente de su propia genialidad, y no obstante el hombre sabía que no lo era; era un joven ingenuo que no conocía los límites de su potencial.

  • La teoría es tan sencilla que resulta ridícula. – Comentó el hombre. – Es, para mucha gente, incomprensible. Debes…sentir el aire que te rodea. No sólo con tu cuerpo, también con tu mente. Forma parte de ti. Es como una prolongación de ti. Debes creer en eso. Una vez lo hagas, podrás hacer que tu energía vital fluya de tu cuerpo al aire, y aprenderás a moverlo a tu antojo, convirtiéndolo en un vendaval o parándolo por completo. Con el tiempo, incluso cambiarás la gravedad y podrás jugar con la electricidad, pero eso es algo más avanzado.

El joven asintió. Egon calló, pues ya no tenía más que decir. Como había dicho, la teoría era ridículamente sencilla. Sólo quedaba esperar, que su alumno comprendiera, aceptara, creyera y practicara. Los elementales aéreos más poderosos tardaban varios días en crear una leve ráfaga de viento apenas perceptible, pero no podía adivinar cuánto tardaría Jack.

  • Vale. – Dijo el muchacho, poniéndose en pie de un salto. – Iré a probar.

  • No tengas prisa. – Le recomendó su maestro.

  • No la tengo.

Dio media vuelta y fue a marcharse…pero Egon lo impidió.

  • Jack, espera.

El joven se detuvo en seco y volvió la cabeza con expresión interrogante. El hombre titubeó.

  • Sé que soy muy desagradable. – Dijo al fin. – Huraño, dicen. Pero que a veces sea arisco y te hable de malos modos…no significa que no me caigas bien. Quiero decir, te estoy enseñando lo mejor que sé. Pienso que es así como aprenderás más deprisa.

  • Maestro, no te estoy juzgando.

Egon se sorprendió, y Jack sonrió. Eos se posó sobre su hombro con suavidad y gorjeó.

  • No quieres herirme con tu…bueno, tu actitud. Quieres que todo salga bien, y yo me alegro. No juzgo que lo hagas mal. Cuando aprenda un poco más, quizá las cosas mejoren; hasta entonces, está bien así. No te preocupes.

El muchacho se marchó para entrenar a solas, sin siquiera sentir el más mínimo rencor. Egon se sintió mal; debería…estar con él, supervisar sus avances de una forma más estrecha, desde más cerca. No podía. No se atrevía a encariñarse con él como le ocurrió con Jeremy, para que, de todos modos, acabara saliendo mal.

Aire. No podía ser tan difícil, desde pequeño fue muy consciente de que estaba siempre rodeado de aire, aire convertido en brisas, vientos o vendavales, igual daba. Ya sabía que estaba con él; sólo hacía falta aceptarlo como parte de sí mismo, convertirlo en una extensión de su cuerpo…de su mente. Eso había entendido, al menos.

Se había hecho el fuerte delante de Egon, como si aquello fuera a ser fácil. No obstante, no las tenía todas consigo.

Se concentró. Sintió el aire a su alrededor. Trató de aceptar que formaba parte de él, como sus brazos y sus piernas.

Eos batió las alas junto a él, lanzándole una suave ráfaga, fresca y tranquilizadora. La disfrutó con un suspiro; siempre le había gustado el movimiento de viento, daba igual cuál. Jack deseó que no se detuviera.

La eharin se posó en una rama baja mientras lo observaba…pero el aire no paró.

Lo había conseguido. El joven abrió los ojos, confundido, y comprobó que el aire se movía a su alrededor en una brisa fría. Con sorprendente facilidad, había mezclado su energía con el viento para crearla. Lo había hecho. Así de sencillo.

No pudo evitar reírse.