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Historia 26529 — capítulo 5

Lo cierto es que en el pequeño armario, donde había algunos platos y cuencos de madera, cubiertos y una olla hecha de algún material desconocido, apenas tenía comida. No obstante, Jack encontró milagrosamente los ingredientes justos para hacer un estofado, aunque la carne fuera a quedar un poco seca.

El problema vino cuando miró la plataforma donde se suponía tenía que cocinar. Medía como un metro de alto, con un círculo requemado y un poco hundido en el centro; dentro de ese círculo había cenizas y trozos de madera a medio quemar, pero si esperaba encontrar algo para encender el fuego…Se equivocaba. Exploró el pequeño armario de la “cocina” y también el grande, donde habían guardadas un par de túnicas negras y otra como las de los elementales aéreos, llena de plumas y de mangas vaporosas.

Cuando pensó que no encontraría nada, oyó un golpecito. Se volvió, y allí estaba Terra, con la cabeza ladeada y observándolo desde la entrada, entre las lianas. La joven sonrió y vocalizó.

“Egon no te lo ha dicho. Viste dos piedras en el armario. Al chocar, producen una chispa que enciende la madera.”

  • Oh. – Hizo Jack. – Eu…Gracias.

Por algún motivo, de pronto le ponía nervioso hablar con Terra. Le dio la espalda y, al abrir las puertezuelas, dio con las dos piedras. Las miró. Eran blancas, con algunas hendiduras y rascadas. Cogió una con cada mano y las chocó; saltó un chispazo que lo sobresaltó.

Volvió a hacerlo, esta vez más cerca de la madera a medio quemar, y ésta prendió.

  • ¡Wow!

Oyó la risa muda de Terra, poco más que un resoplido entrecortado; eso sólo contribuyó a hacer mayor su nerviosismo.

Buscó con la mirada algo más de madera. Dio con unos troncos abandonados en un rincón, así que los cogió y los echó al fuego; empezaron a prender.

A ambos lados del círculo había unos palos de material desconocido para sostener otro palo central, que a su vez servía para aguantar el asa de la olla. No parecía tan complicado. Lo puso todo en su sitio…

  • Oh, maldita sea. ¿Dónde demonios está el agua?

Titubeó, pero finalmente se volvió hacia Terra. La chica había avanzado hacia él apenas un par de pasos, y seguía mirándolo con los labios curvados en una media sonrisa de comprensión,

“Fuera, en el pozo. Puedo ir yo.”

  • No hace falta.

Salió por la otra entrada de la casa. Una vez fuera, suspiró y se preguntó por qué se mostraba tan nervioso con ella.

Tal vez porque había desaparecido para cumplir con su misión.

Vio el pozo junto al huerto, se acercó y echó el cubo.

Siempre supo que, como Guardiana, Terra luchaba contra los humanos que invadían su bosque. No obstante, no había pensado en ello, no había querido hacerlo. Porque eso significaría admitir que muy probablemente, a sus dieciocho años, Terra había matado a más hombres que muchos asesinos en serie.

Trató de no pensar en eso. Sacó el cubo rebosante de agua; se alegró de ver que era transparente, totalmente normal. Lo llevó de vuelta a la cocina.

La chica siguió sus movimientos mientras echaba el agua en la olla y empezaba a trocear y poner los ingredientes. El silencio sólo se rompía por el suave hervor que ya empezaba a oírse.

Entonces, Jack notó que Terra lo cogía de la camisa y tiraba con suavidad, tratando de llamar su atención. El joven la ignoró un par de veces, pero finalmente se volvió hacia ella y la miró.

“Me odias.”

La expresión de la muchacha no mostraba una afirmación; trataba de preguntarlo.

  • ¡No, claro que no! – Exclamó Jack casi de inmediato. - ¿Cómo iba a…? Es sólo que…

Pero las excusas, los argumentos y las palabras murieron en sus labios. No sabía exactamente qué decir sobre ello.

Terra sí.

“No puedes evitar pensar que he matado a hombres del exterior. No puedes evitar pensar que, si no tuvieras un don, cualquiera de ellos podrías ser tú de aquí a unos años.”

Jack hizo una mueca. Ella tenía razón. Si no tuviera ese…poder…su vida habría sido de lo más normal: habría cumplido los veinte años, habría terminado su aprendizaje y luego hubiera seguido los pasos de su padre, se habría convertido en cazador y muy probablemente hubiera muerto en ese mismo bosque a manos de Terra.

Supuso que eso era lo que lo asustaba. Su salvadora podría haber sido su asesina.

De pronto, sobresaltándolo, la chica tiró al suelo su bastón, se puso de puntillas y le rodeó el cuello con sus delgados brazos, apoyando los labios sobre su hombro. Jack se quedó paralizado.

Los brazos de Terra lo apretaron con fuerza, toda ella se puso tensa; alzó el rostro y empezó a respirar de una forma irregular, forzada, como si intentara…

¿Hablar?

  • ¿T…Terra? – Musitó el joven. - ¿Qué…pasa?

Si hacía memoria, sólo su madre y su hermana mayor lo habían abrazado. Nunca una chica que no fuera de la familia, y por descontado ninguna que hiciera apenas unos días que conocía.

De modo que, sin saber muy bien qué hacer, rodeó la cintura de Terra con torpeza y le acarició la espalda, suavemente.

Y entonces lo oyó.

  • Jack…

Una palabra apenas susurrada, casi inaudible. Probablemente, si no llega a ser porque prestaba mucha atención a lo que lo rodeaba, ni siquiera lo hubiera oído.

Pero Terra había hablado. Había pronunciado su nombre.

Lentamente, la muchacha se separó, aunque sus manos siguieron apoyadas en los hombros de Jack. Se miraron a los ojos; ella jadeaba. Y entonces él entendió con sorprendente exactitud lo que había pasado.

Terra no había perdido la voz del todo, pero para pronunciar una sola palabra tenía que esforzarse como si chillara a pleno pulmón, y lo único que conseguía era un murmullo que a duras penas se podía oír poniéndole muchísima atención.

Los ojos de Jack se empañaron de lágrimas. Ella se había esforzado mucho por darle una especie de…muestra de afecto. Hacer lo imposible por pronunciar su nombre…había sido su forma de decirle que no le haría daño, que era su amiga, que le quería.

Boqueó un par de veces, pero no le salieron las palabras. En su lugar, saladas lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. Terra arrugó el ceño y sonrió, como si no entendiera a qué venía esa extraña sensación; le acarició el rostro, llevándose las lágrimas con sus finos dedos, volvió a ponerse de puntillas y besó los labios de Jack, muy dulcemente, apenas un roce.

Pero alguien interrumpió el mágico momento. La voz de Egon estalló en el silencio:

  • ¡Jack! ¡Sal aquí ahora mismo!

El joven soltó un jadeo, como si llevara un rato aguantando la respiración, y forzó una sonrisa trémula. Terra amplió su sonrisa y se agachó para coger el bastón; luego le lanzó una última mirada llena de ternura, y finalmente salió de la casa.

Jack se tomó unos segundos para recomponerse. Se secó las lágrimas, comprobó que el estofado no se fuera a salir de la olla en al menos unos minutos y atravesó la cortina de lianas y hojas.

Fuera, Terra y Egon lo esperaban. Skoth estaba allí; sobre su lomo había un ave blanca, del tamaño de una cigüeña pero de pico más corto, garras de halcón y ojos cristalinos; las plumas de las alas eran plateadas. El ave en sí tenía un porte elegante.

En el brazo de Egon estaba posada un águila, que chilló al ver a Jack y lo observó fijamente con sus ojos dorados.

  • Ya era hora. – Se quejó el hombre.

  • Lo siento, estaba con la comida. – Respondió el muchacho.

  • Como sea. Esta es Rem, mi protectora, y esa pajarilla que hay sobre Skoth será la tuya de ahora en adelante.

Jack dio un respingo y miró al ave con más detenimiento. La criatura ladeó la cabeza y emitió un sonido extraño, un bello canto parecido al de un águila pero más suave.

  • Ah. – Hizo al fin.

  • ¿“Ah”? ¿Eso es todo lo que puedes decir, demonios?

  • Sí. – Titubeó. – No me encuentro muy elocuente en estos momentos.

Egon rodó la mirada.

  • Qué cruz me ha caído. – Comentó tras un suspiro. – Terra, haz los honores.

La chica inclinó la cabeza como asentimiento y se acercó al ave. Entre tanto, el hombre explicó:

  • Se trata de un eharin hembra. En el exterior se extinguieron hace décadas, pero aquí siguen siendo prósperas y abundantes; con sus plumas caídas se adornan las túnicas de los elementales aéreos, son criaturas dóciles y fieles. Esta se llama Eos.

Terra acarició el plumaje blanco del ave, que cerró sus ojos cristalinos y arqueó el cuello en señal de agrado; el pájaro batió las alas una vez y luego se posó sobre el brazo extendido de la joven, que se dirigió a Jack.

“Puedes tocarla, no muerde.”

Terra sonrió, divertida.

El ave arqueó el cuello, como si fuera de goma, hasta casi tocar la nariz del joven con la punta del pico; lo miró a los ojos, con la cabeza ligeramente ladeada. Jack sostuvo su mirada durante varios segundos, sin saber reaccionar.

Siempre le habían gustado los pájaros, pero nunca había querido enjaular a ninguno; aún así, de vez en cuando se le acercaban en el jardín, sin temor, y era como si tuviera una bandada entera de canarios para él solo.

No obstante, con la eharin era diferente; la miraba y no veía a un ave. Qué era exactamente, no lo sabía. Era como si, de pronto, un vínculo se formara entre los dos.

Pero qué estupidez. Era un pájaro. Por muy listos que hubieran sido los eharin, no dejaban de ser pájaros.

Los labios de Jack se curvaron en una media sonrisa, y el joven alargó una mano hacia el ave. Acarició su sedoso plumaje blanco como la nieve, su cuello delgado y sus alas plateadas; largas plumas delgadas salían de su cabeza y su cola, como si fueran cabellos. Nunca había visto un ave de ese tipo, ni siquiera en pinturas, pero desde luego aquel debía ser un ejemplar de los más bonitos.

Casi sin darse cuenta, pronunció el nombre de la criatura:

  • Eos…

Terra levantó el brazo bruscamente, y la eharin batió sus hermosas alas para alzar el vuelo. La punta de la vara empezó a brillar, muy intensamente; su luz bañó el cuerpo blanco del ave, haciéndolo resplandecer, y Eos pronunció un canto maravilloso, cálido y cristalino, como si viniera de muy lejos.

Y creció.

Para cuando la luz de la vara se apagó, quedando reducida a un suave resplandor, Jack ya no estaba muy seguro de estar mirando a un eharin. Esta criatura era mucho más grande, capaz incluso de sostener sobre su espalda dos cuerpos humanos adultos.

Pero había sido hermoso.

Por algún motivo que no atinaba a comprender, sus ojos se habían llenado de lágrimas de emoción. Su cuerpo no respondía; siguió mirando a Eos, que descendió y se posó frente a él, erguida y elegante, tan blanca que parecía brillar.

  • La Guardiana del Bosque le ha concedido nuevos dones para ser tu compañera. – Dijo Egon con solemnidad. – Esta es Eos, la eharin que, desde este momento, será tu protectora por el resto de vuestras vidas.

Jack sirvió la comida, aunque todavía se sentía como si estuviera en un sueño. Cada dos por tres su mirada se desviaba a una de las ventanas, donde Eos, de nuevo en su tamaño natural, se había posado para no perderle de vista.

Puso los platos en la mesa, se sentó y volvió a mirar a su protectora. Se sentía extraño con esos ojos mirándolo todo el rato, pero no era incómodo; tal vez se debía a su rápida forma de adaptarse a lo que fuera, pero lo cierto es que comenzaba a parecerle natural.

Egon empezó a comer. Durante algunos minutos no dijo nada; luego, cuando el cuenco estuvo medio vacío, se permitió dejar la cuchara de madera y mirar a su alumno, que apenas había probado bocado.

  • Está bueno. – Comentó.

Jack dio un respingo y se volvió hacia él.

  • Ah…gracias, maestro. – Respondió. – Es una receta familiar.

  • ¿Sí? – Egon no parecía muy entusiasmado con el tema, pero aún así preguntó. - ¿De tu madre?

  • Mi padre. Se le daba muy bien la cocina.

De pronto se dio cuenta de que no quería hablar de su padre, no quería pensar en él. No pudo evitar que la ternura cruzara su rostro al recordarlo, al acordarse de cómo era, cómo reía y cómo bromeaba.

Su maestro no lo pasó por alto.

  • ¿Es un buen tipo? – Preguntó, aunque con cierto temor, como si no quisiera saberlo.

  • Oh, lo era, era muy bueno. – Respondió Jack, con la mirada clavada en el cuenco.

  • …¿Era?

El joven se permitió una media sonrisa triste.

  • Era cazador de profesión. – Explicó. – Estaba tres días fuera, y uno en casa. Debería descansar, pero cuando estaba con nosotros nos enseñaba muchas cosas, y jugábamos mucho. Un buen día se fue al bosque a trabajar…y no volvió nunca.

Egon hizo una mueca; no debió haber preguntado.

Jack recordó el día en que su padre debió regresar y no lo hizo. Recordó también la angustia de los días siguientes, a la espera de que llegara pidiendo disculpas por el retraso. Nunca estuvieron del todo seguros de que hubiera muerto, pero…

  • ¿Odias a Terra por ello?

Pero era un cazador. Atacaban a las criaturas del bosque, las mataban para llevarlas al exterior. La Guardiana tenía que evitar eso; era su misión.

Ahora sabía, mejor que nunca, que su padre había muerto hacía mucho tiempo, que lo habían matado, que Terra, su salvadora, había acabado con su vida.

  • No. – Respondió tras unos segundos. – Cada uno hace su trabajo, supongo. Mi padre cazaba para poder darnos de comer a mí, a mi madre y a mis dos hermanas. Terra mata a los hombres que entran en el bosque para protegerlo. No tengo por qué guardar rencor por eso. Además, hace ya mucho tiempo.

Tras unos momentos de silencio, Egon optó por seguir comiendo, sin saber qué contestar.

El hombre convenció a su alumno de que dejara los platos tranquilos junto al pozo, que no iban a desaparecer; una vez conseguido, ambos salieron de la casa y caminaron por la aldea. Sus protectoras volaron un rato tras ellos pero finalmente se posaron en sus hombros, ligeras.

  • Ahora te buscaremos una túnica de elemental aéreo. – Explicó Egon mientras andaban entre las casas de árboles. – Se lo pediremos a Sybila, mi antigua maestra; casi siempre tiene. Lo cierto es que coser es lo único que puede hacer a su edad. Entre tanto te explicaré tu plan de estudios.

  • De acuerdo, maestro. – Respondió Jack, acariciando el suave plumaje de Eos.

  • Lo primero que harás será aprender a recibir mensajes mentales. Como todo elemental que se precie, debes despertar y desarrollar un sexto sentido que toda criatura viva tiene, el sentido de la Recepción-Emisión; con él puedes recibir mensajes mentales que otros envíen, y puede que aprendas a emitirlos también, pero es poco probable. Puede que tardes, en realidad lo normal son varios meses de intenso trabajo, de modo que, por ahora, nos limitaremos a esta parte del aprendizaje.

Egon respiró profundamente.

  • Después, cuando puedas comunicarte con algo de soltura, nos iremos a hacer un viaje, el Viaje Iniciático, aunque hay quien lo llama Viaje de Peregrinación. Maestro y alumno se van por el bosque durante algo más de un año, van al Sanctar, a las demás aldeas,…Entonces aprenderás a utilizar tus poderes, durante el viaje. Cuando volvamos aquí ya serás un elemental aéreo con todas las de la ley, podrás empezar a trabajar y pertenecerás del todo a la comunidad del bosque.

Jack asintió con la cabeza en silencio. Esperaba que su maestro continuara, o más bien volviera a empezar y le explicara cómo despertar y desarrollar ese supuesto sexto sentido; no obstante, Egon siguió andando sin decir nada más.

Se detuvieron junto a una casa pequeña de árboles muy delgados, casi como ramas; no obstante, no había ventanas, sólo una cortina de lianas que cubría la entrada. El hombre se detuvo frente a ellas y aguardó.

  • ¿Maestro? – Preguntó Jack tras unos instantes.

  • Chist. – Hizo él.

  • Pero…

  • ¡Chist!

Y entonces llegó del interior de la casa una voz cascada pero afable, aguda y dulce:

  • Egon, querido, podéis pasar…

Egon inclinó la cabeza con respeto y, al fin, cruzó la cortina. Jack lo siguió, un poco confundido.

El interior era oscuro y aún menos decorado que la casa de su maestro; lo cierto es que el joven apenas podía distinguir las difusas siluetas de unos pocos muebles. Y también vio una figura encorvada que se levantaba de una silla en el fondo de la única habitación y se acercaba con pasos cortos.

  • Hacía ya días que no venías a verme, Egon, mi querido aprendiz. – Dijo la voz con dulzura.

  • Ya.

El hombre alargó una mano, y otra, ésta arrugada y pequeña, aceptó la ayuda. A la luz de la entrada salió una anciana aún mayor que Karnak, de larga melena ondulada y cabello muy fino; sus ojos estaban totalmente blancos, y su mirada era desenfocada. Caminaba encorvada pero sin bastón, y su sonrisa era cálida y amable.

  • Así que tienes un nuevo aprendiz. – Comentó la mujer. – Pensé que después de Jeremy…

  • Venía a presentártelo. – Interrumpió Egon.

Jeremy. Ya era la segunda vez que oía ese nombre, y siempre en un tono extraño; Jack se apuntó mentalmente que debía preguntar de quién se trataba.

  • Y también si pudieras encontrarle una túnica de su talla…

  • Desde luego. ¿Dónde está el muchacho?

Entonces fue cuando se dio cuenta de que la anciana era ciega. Alzó una mano y tanteó en su dirección, tratando de alcanzarlo; Jack la tomó y se la acercó a la cara. La mujer acarició su mejilla; tenía la piel muy fría.

  • ¿Cómo te llamas, hijo? – Preguntó con dulzura.

  • Jack, señora. – Respondió él.

  • Yo soy Sybila, la maestra de tu maestro.

  • Encantado.

  • Así que eres un elemental aéreo.

  • Sí…eso parece.

  • No te sientes del todo cómodo con esto, ¿verdad?

  • No hasta que aprenda a usarlo.

La anciana rió; era una risa cristalina y graciosa. Soltó la mano de Egon y la puso en la otra mejilla de Jack, acercándose a él un par de pequeños pasitos.

  • Eso está bien. – Dijo. – Veo que estás ansioso por aprender y desarrollar tu don. Magnífico. Serás un buen alumno, ya lo creo.

  • Gra…gracias.

  • Disculpa, cielo.

Sus manos bajaron por el cuello del joven, rozándolo, y pasaron por sus hombros, sus brazos y su pecho. Él se empezó a poner nervioso, sobretodo cuando esas manos descendieron por su cintura hacia la cadera. A la mujer le pareció divertido, porque rió de nuevo.

  • Te estoy tomando medidas, encanto. – Explicó. – Me gustan los hombres jóvenes, pero no tanto.

Se sonrojó. La anciana dio media vuelta y se alejó de ellos con sus pasitos diminutos y lentos.

  • Creo que tengo una perfecta para ti. – Dijo. – Dame un minuto, la encontraré enseguida.

Se perdió en las sombras de su casita, aunque se siguieron oyendo sus pasos, y luego cómo abría una portezuela que chirriaba y rebuscaba en el interior de un armario o un baúl.

Egon y Jack estuvieron en silencio hasta que Sybila volvió hasta ellos, con una túnica entre sus brazos.

  • Toma, querido.

Alargó la ropa un poco demasiado a la derecha; el muchacho medio sonrió y lo cogió con cuidado.

  • Gracias. – Dijo.

  • Ah, no me lo agradezcas. Siempre es un placer darles ropa a los nuevos llegados. Tendré dos túnicas más para cuando empieces tu Viaje Iniciático, que intuyo no está demasiado lejano.

  • No tengas prisa, Sybila. – Interrumpió Egon. – Será difícil para él aprender a usar su sentido receptor-emisor.

  • Ah, no tanto como crees, querido aprendiz. No tanto como crees.