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Historia 26529 — capítulo 4
Era sencillamente magnífico.
Los edificios eran algo más grandes que el de Terra, pero hechos de la misma forma: los árboles vivos se enlazaban entre sí para formar paredes, las ramas hacían los techos, las lianas descendían para hacer de cortinas en el hueco de las puertas.
Jack no era capaz de pararse a pensar de qué servía cada edificio. De haberlo hecho, habría descubierto distintos tamaños y formas, e incluso distintos árboles con distintas hojas, que creaban diferentes lugares para distintas funciones: había casas más grandes o más pequeñas, había lugares de encuentro para comer, una biblioteca enorme,…
Pero Jack no podía prestar atención a todo eso. Lo haría más adelante. Por ahora, ya ni siquiera miraba los árboles que se entrelazaban: sólo tenía ojos para la gente.
Había personas vestidas con túnicas de lo más llamativas, algunas algo más discretas que vestían pantalones y camisas, como él, personas con cabellos castaños, negros, rojos, rubios, e incluso creyó ver una melena verde en algún lugar indeterminado. Había ojos de todos los colores, azules, verdes, negros, marrones, rojos o grises.
Pero nada de eso llamaba su atención, al menos no demasiado. No, lo que más le sorprendía, le atraía, era lo que hacían.
Lo primero que vio fue a una niña de apenas siete años con la mirada estrechada y clavada en una piedra del tamaño de un huevo que inexplicablemente levitaba frente a ella. Luego pasó junto a un hombre que parecía haber invocado una nube justo sobre su pequeño jardín, y regaba las plantas con la lluvia. Miró dentro de una casa donde la cortina de lianas estaba abierta, y vio dentro, al fondo, a una mujer que con chasquear los dedos encendió una hoguera para cocinar.
Estaba atónito. Todos allí parecían tener dones excepcionales, y nadie odiaba a nadie por ello. Por un momento sintió ganas de llorar de emoción, pero se contuvo porque, en ese instante, Terra se detenía y se volvía hacia él.
La joven lo miró y sonrió de forma comprensiva. Jack se sonrojó y se secó los ojos, humedecidos ahora; Denzel negó con la cabeza, medio burlón, pero no dijo nada. La chica movió los labios lentamente.
“Esta casa que hay detrás de mí es la de Karnak, el mentalista. Hablará contigo y determinará tu don.”
-
Karnak es un buen tipo, en serio. – Dijo Denzel entonces. – Pero hay que hacerte un pequeño aviso antes de que le veas.
-
¿C…cuál? – Preguntó Jack, desconfiado.
-
Nada grave. La habilidad de los mentalistas es la de leer la mente…bueno, y pueden llegar a confundirla, controlarla e incluso atacarla, pero no es el caso. Karnak puede hacerlo, pero no lo hará, no hay problema. A no ser que le enfades. – Recibió un bastonazo de aviso por parte de Terra. – Sí, bueno…Lo que quiero decir es que, si tienes secretos, quedarán al descubierto para él. Da igual cuánto trates de ocultarlo, puede topar con eso y leerlo como si se tratara de un libro abierto. No se lo dirá a nadie, claro, es como un pacto de silencio entre el mentalista y su víctima. Sólo creo que es bueno saberlo. Yo no me enteré hasta un poco después, y me frustró bastante.
-
Oh. – Jack pensó. – Bueno, no tengo nada que esconder. Creo.
-
Bien, pues adelante.
Terra sonrió. Alargó la mano y acarició con suavidad la mejilla de Jack, tratando de infundirle ánimos; luego dio media vuelta y atravesó la cortina de lianas para entrar en la casa. Los dos chicos la siguieron en silencio.
El interior estaba bastante iluminado. Los árboles dejaban entre sí rendijas altas que dejaban pasar la luz; Jack se preguntó cómo lo harían para no mojarse si llovía.
Dejó las dudas para después cuando vio a un hombre que se levantaba de una silla, en el otro lado de la habitación. Era bastante anciano, encorvado sobre un bastón retorcido; vestía una túnica blanca, era calvo de larga barba gris y tenía una sonrisa bonachona, como un adorable abuelo.
- Bienvenidos, chicos. – Saludó con voz cascada pero agradable. – A ti también, muchacho. – Jack se ruborizó un poco y agachó la cabeza. – Por favor, venid y sentaos.
Volvió a caer sobre la silla pesadamente, como si no tuviera fuerzas ni para tenerse en pie. Terra guió a Jack hasta un taburete que había junto al anciano; ella quedó en pie junto a él, pero Denzel se sentó en una silla que había en un rincón, con las piernas abiertas y mirándolo todo con atención.
Skoth y Skoll se habían quedado fuera. Dentro, no obstante, había una serpiente enroscada sobre la mesa; debía ser la protectora del anciano, pero Jack se preguntó qué tenía que ver una serpiente con la mente.
-
Soy Karnak, el mentalista. – Se presentó el hombre. – Aunque ya lo sabes, desde luego.
-
Yo…yo soy…Bueno, Jack.
-
Jack. ¿Te lo puso tu madre?
Se preguntó a qué venía eso ahora.
-
Bueno, creo que no. – Respondió tras titubear. – Me parece que lo eligió mi hermana mayor.
-
Ah, ya. ¿Te gusta tu nombre, Jack?
-
Me es indiferente, al fin y al cabo es mi nombre.
-
Ya entiendo. ¿Crees que tu nombre es tu identidad?
-
¿Mi…? No sé, nunca lo había pensado.
El anciano sonrió.
-
Comprendo. Disculpa si estas preguntas te resultan molestas, chico, pero si estuviéramos en silencio mientras entro en tu mente podrías sentirte incómodo, ¿no crees? Además, que tus pensamientos se muevan siguiendo una conversación me ayuda a entenderte mejor.
-
Oh.
-
No has comprendido nada de lo que he dicho, ¿verdad? No te preocupes, es natural. Todavía es pronto, jovencito. Bueno, háblame de tu don.
-
¿Mi…don?
-
¿Cuándo lo utilizaste por primera vez?
-
Pues…hace unos días, en el…mercado.
-
¿Estás seguro?
Jack arrugó el ceño. ¿Que si estaba seguro? ¡Claro que lo estaba! Nunca antes había mostrado ningún…
-
Cuando era pequeño creo que hice algo raro. – Recordó de pronto, sorprendido. – Estaba solo, al otro lado del pueblo; mi hermana se había ido con su novio a…bueno, a retozar, supongo. Se me acercó un pájaro…No recuerdo lo que era, tal vez un gorrión. Siempre me han gustado mucho las aves, y…creo…- Arrugó el ceño, con los ojos muy abiertos. – Dios…Cre…creo que hice…no sé…¿Es posible que…levantara una especie de ráfaga de aire?
-
Casi todo es posible, chico. – Respondió Karnak con una sonrisa. - ¿Qué ocurrió?
-
Bu…bueno…hice esa…ráfaga…Y el pájaro planeó por ella durante un rato…Luego se fue volando cuando llegó mi hermana, y me fui a casa.
-
Es un bonito recuerdo.
-
Lo cierto es que lo había olvidado.
-
Es normal, chico. Tuviste suerte de que no te descubrieran entonces, ¿no crees?
-
…Sí, creo que sí.
-
La siguiente ocasión fue en el mercado, ¿no?
-
Sí.
-
¿Qué pasó?
Jack arrugó la nariz. No tenía muchas ganas de volver a hablar sobre ello; aún así, suspiró y le explicó lo ocurrido en el mercado, la niña cayendo, el torbellino y luego la persecución. Esta vez, no obstante, no lloró y tampoco sintió dolor, al menos no tanto como antes; de algún modo…había empezado a aceptarlo.
Era una de sus mayores habilidades. Adaptabilidad.
El anciano escuchó sin una palabra. Luego asintió con la cabeza, comprensivo; se volvió hacia Denzel y finalmente hacia Terra.
- Es como pensaste, querida. – Dijo.
La muchacha sonrió.
-
Bien, Jack. – Karnak lo miró, afable. – Perteneces al elemento del aire. Eres un elemental aéreo, tal y como Terra pensó. ¿Sabes lo que eso significa?
-
Que…puedo controlar el aire, ¿no? – Respondió.
-
Eso mismo, chico. No tienes por qué estar tan inseguro. Estás a salvo, y si no respondes bien a mis preguntas no es culpa tuya. Puedes estar tranquilo. Ahora, Jack, ¿quieres aprender a controlar este don?
El joven alzó la mirada hacia el anciano, y se sintió más seguro que nunca al decir:
- Sí, quiero hacerlo.
Karnak sonrió, complacido.
-
Bien, chico. Tengo el maestro perfecto. – Se levantó con esfuerzo, y Jack lo ayudó sujetándolo por el brazo. – Bueno, para serte sincero es que es el único elemental aéreo libre o apto.
-
¿Qué quiere decir?
El anciano empezó a caminar hacia la salida. El muchacho lo siguió, y detrás fueron Terra y Denzel.
- Hay dos aéreos más, pero están ocupados con un alumno cada uno, y también hay otra, pero es demasiado mayor para enseñarle a un jovenzuelo como tú cómo utilizar su don. Sólo nos queda él…Es un poco huraño, pero en el fondo es muy buen hombre. Ya verás.
Karnak empezó a caminar por el pueblo. Jack titubeó, pero finalmente optó por retroceder y ponerse junto a Terra. El anciano sonrió.
De pronto, la muchacha se detuvo en seco.
- ¿Qué pasa? – Hizo Jack, sorprendido.
Pero ella, en lugar de responderle, dirigió la mirada hacia un punto indeterminado. No sonreía. Sus ojos se habían vuelto más pálidos, y su rostro se había convertido en una máscara de piedra, endurecida.
Y, en un abrir y cerrar de ojos, ella y su protector desaparecieron.
Jack dio un brinco y miró a todos lados, tratando de localizarla. Aquello no era humanamente posible. ¡No podía haberse evaporado sin más!
Una mano tranquilizadora se posó sobre su hombro. Karnak le dirigió una sonrisa comprensiva; Denzel, por su lado, había arrugado el ceño, con la mirada ensombrecida.
- Ha ido a cumplir con su misión. – Explicó el anciano con calma. – Algún humano atrevido habrá osado cruzar el linde del bosque, y Terra ha ido a detenerlo. No te preocupes, para ella esto es un juego de niños.
Para ella esto es un juego de niños. Esas palabras se clavaron en la mente de Jack como espinas; no pudo evitar zafarse de Karnak con una mueca de asco.
-
Y ya está, ¿no? – Escupió. – “Es su misión, así que dejemos que luche sola contra todos los que viven en el exterior”. ¿Esa es la excusa? Como es la Guardiana, ¿está bien que se lance contra cualquier enemigo sin poder pararse a pensar en lo que quiere? Dime, dime, ¿alguien le preguntó si quería hacer esto? ¿Esa…cierva…le dijo si quería ser la Guardiana, eh, lo hizo? ¡Por dios, tiene dieciocho años!
-
Es su misión, chico. – Respondió el anciano en un tono calmado y amable. – Lo comprenderás con el tiempo.
-
…¿Es que nadie va a ayudarla?
Karnak negó con la cabeza con un suspiro, dio media vuelta y siguió avanzando, como si no pasara nada. Denzel se acercó a Jack, que temblaba de ira y se preguntaba por qué había estallado de esa manera.
- Eh. – Lo llamó el muchacho, apretándole el hombro. – Si tanto te molesta que nadie la ayude en su misión…hazlo tú. Aprende a utilizar tu don, Jack, y ve con ella para apoyarla. Yo no puedo hacerlo.
No preguntó por qué no. Podría haberlo hecho, pero en aquel momento sólo podía pensar en una cosa.
Lo haría. Aprendería a dominar su poder, aprendería deprisa y pronto, muy pronto, podría ir con ella para ayudarla.
Era una promesa.
Karnak le señaló a su próximo maestro desde la lejanía. Estaba junto a su casa, encorvado en lo que parecía un huerto; su hogar se situaba alejado de los demás, fuera de la aldea, en dirección contraria al santuario de Terra; era una casita pequeña donde las ramas de algunos árboles se volvían mustias, con las hojas secas.
Cuando se acercaron, una suave brisa de bienvenida los recibió. El hombre, de cabello negro, ojos pequeños y labios finos torcidos hacia abajo en una mueca de permanente disgusto, los miró, estrechando la mirada, calculador.
-
Karnak. – Saludó al reconocer al anciano.
-
Hola, Egon. – Respondió el anciano de forma afable mientras llegaban hasta el hombre.
Jack, semioculto detrás de Karnak, observó que no vestía de una forma tan pintoresca como los demás. Había visto túnicas de aéreos, o eso creía; eran túnicas largas de mangas semitransparentes, vaporosas, todo adornado con plumas. Ese hombre no vestía así: su traje era negro, como si fuera de luto, con pantalones debajo.
-
¿Qué te trae por aquí, anciano? – Preguntó el desconocido, limpiándose las manos manchadas de tierra con un trapo marrón.
-
Tengo una petición para ti. Te lo imaginas, ¿verdad?
Por un instante, la mirada del hombre se cruzó con la de Jack. El chico arrugó el ceño y salió de detrás de Karnak, permitiendo que el otro lo viera.
-
Ni hablar. – Sentenció el tal Egon, dándoles la espalda para volver a su huerto.
-
Egon, vamos…
-
Karnak, prometiste que no me volverías a cargar con un mocoso. No después de Jeremy.
-
Lo comprendo. Al menos habla con él. Míralo, es un buen chico.
-
Sí, claro. ¿Y por qué yo? – Egon se volvió hacia ellos otra vez con gesto enfadado. - ¿Qué hay de Airis?
-
Tiene a su cargo a Atagra, no puede ocuparse de otro alumno.
-
¿Y Jade?
-
Lo mismo, está con Isaías.
-
¿Y qué hay de Sibyla?
-
Oh, vamos, es demasiado mayor para esto, apenas puede usar su poder.
Nuevamente, el hombre dejó que su mirada se cruzara con la de Jack. Lo miró de arriba abajo, evaluándolo; el joven aguantó el examen sin una queja, sin titubear y sin retroceder. Por algún motivo, aquel hombre no le caía mal; aunque parecía huraño e incluso desagradable, había algo en él, algo triste.
- ¿Sabes cocinar?
Jack se sobresaltó. Descubrió que la pregunta iba para él.
-
Oh…sí, señor. – Respondió, confundido.
-
No me refiero a si sabes cómo se hace. ¿Se te da bien?
-
Creo que sí.
-
¿Sabes cómo se cuida un huerto?
-
Sí, en casa tenemos…- Titubeó. – Bueno…había uno. Pequeñito.
Egon calló, pensativo, sin dejar de mirarlo. Karnak sonrió antes de que dijera nada.
- Oh, está bien. – Se rindió al fin. – Está bien, chico, serás mi alumno. Pero hay condiciones. Tendrás que cocinar si quieres seguir tu aprendizaje, ¿te enteras?
Jack no pudo ocultar una sonrisa.
-
Sí, señor. – Respondió.
-
Nada de “señor”. De ahora en adelante me llamarás “maestro”.
-
Sí, maestro.
-
Sabía que lo harías. – Comentó Karnak, divertido.
-
¡Bah! Chico, ven conmigo. Te enseñaré tu cama.
-
Sí, se…maestro.
Egon entró en la casa, y Jack lo siguió. Karnak, no obstante, dio media vuelta y se fue; Denzel suspiró y también se marchó tras unos instantes.
El interior era oscuro y un poco destartalado. Constaba de una sola sala. En una esquina había dos camas separadas apenas por medio metro; al otro lado había una plataforma con un hueco para el fuego en el centro y un pequeño armario encima para poner ollas y trastos de cocina. Había también otra salida cubierta por lianas, unas estanterías con algunos libros, una mesa redonda con tres sillas, un armario destartalado en un rincón…y ya está. Había una “ventana” que daba a la plataforma y otra a la mesa: no había más fuentes de luz a excepción de las dos entradas.
-
Esa será tu cama. – Egon señaló uno de los lechos, el que no estaba pegado a la pared. – Como ya te he dicho, cocinarás para los dos y me ayudarás con el huerto. Yo te enseñaré todo lo que debas saber como elemental aéreo.
-
De acuerdo. – Asintió Jack.
-
¿Es que todo te parece bien?
El joven se sorprendió.
-
Bueno, no todo. – Dijo, dudando. – Pero si está bien, está bien.
-
Hm. Jack, ¿verdad?
-
Sí.
-
¿Cuántos años tienes?
-
Diecinueve. Los cumplí el mes pasado.
-
Pareces un quinceañero sumiso y obediente. Remedia eso. ¡Por la diosa, que ya eres mayorcito! Anda, ponte a cocinar algo. Usa lo que encuentres en el armario de la cocina; volveré en un rato.
Y se fue.