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Historia 27195 — capítulo 1

–La varita da mas problemas de lo que en realidad vale– dijo Harry –. Y a decir verdad– dijo mientras daba la espalda a los retratos, pensando solamente en su cama que le esperaba en la torre de Gryfindor y preguntándose si Kreacher le llevaría un sándwich ahí–, he tenido demasiados problemas para toda la vida.

Una vez salieron al pasillo Hermione, que parecía haberle leído el pensamiento a Harry, le dijo:

–Vete a la cama, Harry. Tú más que nadie necesitas descansar. Le diré a Kreacher que te suba algo de comer. Te despertaremos por la mañana.

Harry iba a protestar, pero antes de que pudiera siquiera abrir la boca Ron dijo:

–Sí tío, vete a dormir. Nosotros te cubriremos abajo. Estarán todos de acuerdo en te mereces un buen número de horas de sueño.

Harry se dio cuenta de que la determinación de sus amigos era firme y él estaba demasiado cansado para discutir.

–Está bien– dijo un poco resignado–. Muchas gracias, chicos. Por todo.

Los tres se fundieron en un fuerte abrazo tras el cual Harry se dirigió a la torre de Gryffindor. El cuadro de la Señora Gorda estaba vacío, como la mayoría de los retratos que se encontró por el camino, así que entró en la que una vez fue su Sala Común y se dirigió casi sin pensar a su antiguo dormitorio.

Allí todo estaba igual. Las cinco camas con dosel de terciopelo invitaban al descanso. Antes de acostarse se dirigió a la ventana, donde reposaban una jarra con agua y una palangana, y se lavó la cara, que todavía estaba llena de hollín, de sangre, de sudor y de barro. Se sintió renacer al contacto con el frescor del agua, fue más consciente de su dolor y su cansancio.

Apoyado en el alféizar pensó en todo lo ocurrido en las últimas horas. Parecía que había pasado un siglo desde que salieron de Shell Cottage en dirección a Gringrotts y sólo habían transcurrido veinticuatro horas. Veinticuatro horas en las que todo había cambiado. Voldemort había muerto y él seguía vivo. Pero a cambio se habían perdido demasiadas vidas. Recordó con dolor a Fred, a Colin Creevey, a Lupin y a Tonks. Y entonces cayó en la cuenta. Ahora Teddy era huérfano, y Andrómeda había a perdido a su hija y a su yerno además de a su marido. No pudo evitar soltar unas lágrimas que estaban cargadas de tristeza y amargura. ¿Qué sería de ellos ahora? Pero aún en ese estado febril y falto de sueño tomó una decisión. Remus y Dora lo habían nombrado padrino de su hijo, y él no permitiría que nada le pasase a su ahijado ni a la abuela de éste. Decidió que él cuidaría de ellos, se preocuparía de que nunca les faltase nada y él mismo se encargaría de que Teddy supiera lo valientes que fueron sus padres y que murieron intentando un mundo mejor en el que él pudiera crecer feliz.

En ese punto de sus pensamientos se vió interrumpido por un fuerte “crack” que le sobresaltó. Se volvió, encarando el dormitorio, y vió a Kreacher en medio de la habitación haciendo una profunda reverencia y sosteniendo en una mano una bandeja con numerosos sandwiches.

–Le he traído esto, amo Harry– dijo el elfo–. Es todo lo que he podido conseguir después de la batalla.

–Eso será perfecto, Kreacher. Gracias– dijo con una sonrisa. Y mientras cogía la bandeja y se sentaba en su antigua cama añadió–: Ahora vete tú también a descansar, Kreacher. Te lo mereces. Estuviste estupendo dirigiendo a los elfos domésticos en la batalla. Te estoy muy agradecido por ello. Estoy muy orgulloso de ti.

El rostro de Kreacher se vió adornado con una enorme sonrisa. Hizo una reverencia tan profunda que tocó el suelo con la frente y dijo:

–Gracias amo Harry. Kreacher está contento por haber hecho lo correcto. Kreacher no quiere defraudar al amo Harry.

Y desapareció de repente con otro fuerte “crack” dejando a Harry de nuevo solo en la habitación. Empezó a comer los sandwiches que le había llevado Kreacher y, una vez tuvo el estómago lleno, se quitó los zapatos y se metió en su cama.

Habían pasado sólo unos minutos cuando escuchó que se abría la puerta del dormitorio seguido del ruido inconfundible de unos pasos que le resultaban familiares. Sintió que su propio colchón cedía bajo el peso de un cuerpo que se había sentado al borde de la cama y decidió que era hora de abrir los ojos y averiguar quién había entrado en su habitación. Y cuando lo hizo se encontró con los ojos marrones de Ginny fijos en los suyos.

–Ginny– susurró mientras intentaba levantarse, pero ella le puso la mano en el pecho y lo obligó suavemente a seguir acostado.

–Sssch– su voz apenas era un murmullo–. Sigue durmiendo. No era mi intención despertarte.

–No estaba dormido aún– Harry no podía creerse que ella estuviera allí con él. Tenía los ojos rojos e hinchados y marcas de lágrimas recientes en el rostro, pero estaba viva e ilesa.

–Pues deberías dormir– dijo con toda la dulzura de que fue capaz–. Tú ya has hecho suficiente y te mereces un buen descanso.

Así era Ginny. Sólo tenía dieciseis años, había estado peleando toda la noche con mortífagos que le doblablan la edad y el tamaño, había perdido a uno de sus hermanos y sin embargo era ella la que estaba cuidando de él.

–¿Cómo estás, Ginny?–. Harry no pudo evitar la pregunta, aunque sabía que era probable que recordarle la muerte de Fred la haría llorar de nuevo. Pero él necesitaba saber que estaba bien, que realmente no había sufrido ningún daño.

Ginny cerró los ojos fuertemente, como si quisiera aprisionar la pena que pugnaba por salir.

–Estaré bien. La muerte de Fred es un golpe muy duro, pero lo superaremos. Era algo que todos teníamos muy presente cuando vinimos aquí. Todos aceptamos la muerte como algo más que probable. Él murió como quería, luchando y riéndose de una broma– al decir esto soltó una amarga sonrisa–. Murió protegiendo Hogwarts. No se me ocurre una manera más noble de morir. Él estará satisfecho.

Harry no sabía qué decir.

–Ginny, yo... Lo lamento tanto. Nada de esto debería haber pasado...

Pero ella negó firmemente con la cabeza.

–No, Harry. Era cuestión de tiempo que tuviéramos que enfrentarnos a... Voldemort– pareció costarle horrores pronunciar ese nombre– en una batalla abierta. La única diferencia entre ahora y dentro de unos meses son los muertos que esta guerra hubiera dejado por el camino. En realidad ha sido mejor así. De esta forma hemos acabado por fin con todo esto. Ahora sólo nos queda enterrar a nuestros muertos y continuar nuestra vida en este nuevo mundo que ellos han ayudado a conseguir.

Harry la miraba con total admiración. No sabía de dónde sacaba ella tanta fuerza y coraje.

–Además– continuó Ginny–, tú eres la última persona en este mundo que debe pedir disculpas. No sé qué habría sido de todos nosotros sin ti, Harry. Tú acabaste con... Voldemort hace diecisiete años y has vuelto a acabar con él ahora. Esta vez para siempre. Sin ti la batalla se habría convertido en una aunténtica masacre, en un baño de sangre. No habríamos sobrevivido ninguno.

Miró a Harry a los ojos y añadió:

–Tú no tienes que disculparte, somo nosotros los que debemos darte las gracias.

Él estaba impresionado a la vez que complacido. Por un momento se perdió en la mirada de Ginny, en esos ojos marrones que le daban la vida. Pero entonces cayó en la cuenta de que no sabía para qué habría ido ella a su habitación. Creía que después de lo ocurrido en la Sala de los Menesteres ella no querría hablar con él, al menos al principio, y que tendría que trabajar duro para que se le pasara el enfado. Y sin embargo allí estaba ella, triste aunque hermosa, sentada en su cama, diciéndole que durmiera y dándole las gracias.

Ella debió darse cuenta del cambio de expresión de Harry porque le dijo:

–Harry, sé que estás cansado y que llevas casi dos días sin dormir. Por eso no quería despertarte. Quería esperar a que despertaras para hablar contigo.

–Pero ahora estoy despierto. ¿De qué quieres hablar?–. Harry tenía una ligera idea pero no quería hacerse ilusiones.

–Harry, yo...– empezó–. Sé que todo lo que hiciste fue para protegerme, que sólo querías que yo estuviera bien. Aun así, yo todavía me pregunto si tú sientes por mí lo mismo que antes. Si tú me sigues queriendo.

–¿De verdad necesitas preguntar eso?– contestó Harry entre ofendido y divertido.

–Pues la verdad es que sí– dijo ella repentinamente seria. Una ola de pánico llenó cada rincón de Harry.

–Pero claro que te quiero, Ginny–. Harry se incorporó de la cama y la miró directamente a los ojos cuando le dijo–: Ginny, tú eres todo mi mundo. Yo, realmente no sé qué haría sin ti. He pensado en ti cada segundo de cada día durante todos estos meses. Y hoy, en la batalla, a pesar de que debía mantener todos mis sentidos en mi misión, en el plan para acabar definitivamente con Voldemort, lo único en lo que podía pensar era en que tú estuvieras bien, en que estuvieras a salvo– a Ginny se le llenaban los ojos de lágrimas con cada palabra de Harry–. Para ti ha sido el que yo creía que era el último pensamiento de mi vida. Tú eras en quién pensaba cuando Voldemort me lanzó la maldición asesina en el Bosque.

Al llegar a este punto Ginny no pudo más. Se abrazó a Harry y se deshizo en lágrimas sobre su pecho. Harry la abrazó y le acarició suavemente el pelo.

–¡Eh!– a Harry la situación le parecía extrañamente divertida, el hecho de que afrontara con tanta entereza la muerte de su hermano y, sin embargo, rompiera en llantos al decirle él que la quería–. No llores por esto, tonta. ¿Pensabas acaso que ya no te quería?¿Que no iba a ir a buscarte cuando todo esto acabara?

Con la cabeza aún enterrada en su pecho, Ginny asintió. Harry la separó despacio de su cuerpo, le cogió la cara con dulzura y apoyó la frente en la suya.

–Mírame Ginny– dijo clavando sus ojos verdes en los marrones de ella–. Nunca, ¿me oyes?, nunca podré querer a nadie como te quiero a ti. Y te prometo que, a partir de ahora, nada, absolutamente nada, podrá separarme de ti. Y no quiero que dudes de esto ni por un segundo. ¿De acuerdo?– con las frentes aún juntas, ella asintió de nuevo–. Y, ahora que lo pienso– continuó Harry, que de repente pareceía muy divertido–. Ahora eres tú la que no me has dicho si me sigues queriendo.

Ginny soltó una carcajada totalmente sincera y dijo con una gran sonrisa en la boca:

–Pues claro que te quiero, Harry. Siempre has sido tú. Desde que te conocí en Kings Cross hace siete años. No podría querer a nadie más.

Harry supo que no podría aguantar más. Le cogió con cariño la barbilla, le levantó la cara, se acercó muy despacio y depositó en sus labios un beso increiblemente suave, de infinita dulzura. Un beso que hizo que un escalofrío recorriera toda la columna vertebral de Ginny.

Después de ese beso, que pareció durar horas, Harry se separó solo un poco y, con los labios a sólo unos centímetros de los de ella, dijo:

–Entonces, ¿esto significa que volvemos a ser novios?

–Por supuesto que sí– contestó ella con una enorme sonrisa-. Y ahora fue ella quien lo besó a él.