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Historia 27195 — capítulo 2
Ginny cruzó despacio el hueco del retrato y se dirigió hacia el Gran Comedor. Había dejado a Harry durmiendo en su habitación. No quería dejar a su madre sola y él necesitaba descansar. Esperó a que se durmiera y salió silenciosamente del dormitorio.
Mientras caminaba por los pasillos desiertos Ginny pensaba en los últimos acontecimientos. No podía evitar sentirse feliz por su reconciliación con Harry a pesar de las recientes desgracias. Esa relación era como una pequeña luz de esperanza que se encendía en la oscuridad. Sabía que, con Harry a su lado, podría superar todo aquello.
Aunque no podría olvidar a todos aquellos que se habían ido y no volverían. Sintió un dolor agudo en el pecho al recordar a su hermano. Aún no podía creer que no lo volvería a ver, que no escucharía nunca más una de sus bromas. No era capaz de imaginarse a George sin Fred. ¿Qué sería ahora de su hermano? Para él sería mucho más duro. Lo más seguro es que no hayan estado separados más de unas pocas horas a lo largo de toda su vida. Y ahora tendría que acostumbrarse a estar solo, sin su inseparable gemelo. ¿Y su pobre madre? Perder un hijo era su mayor temor. A Ginny le aterraba la sola idea de que ella nunca lo superase, que se convirtiera en algo más que una sombra llevando apenas una media vida.
No. No lo permitirían. Ninguno de sus hermanos, ni su padre. Ella aún tenía seis hijos y un marido que la querían y que no permitirían que se hundiera en su propia tristeza. No la dejarían sola. Ella era fuerte, entre todos lo superarían. Juntos.
Siguió caminando por el colegio pensando en los otros caídos. Especialmente en Lupin y en Tonks. Recordó la breve conversación que había mantenido con Harry hace tan solo unos minutos.
«-¿Sabes algo de Andrómeda y Teddy?- le había preguntado Harry antes de echarse a dormir.
»-Sí. Fleur está con ella.
»-¿Fleur?- preguntó Harry extrañado.
»-Ajá. En cuanto acabó la batalla pensamos que lo mejor sería no dejarla sola. Debía estar destrozada. Pero no queríamos dejar a mamá, así que Fleur se ofreció a ir. Lleva allí más o menos una hora. Cuando llegó mandó un Patronus diciendo que Andrómeda se había quedado dormida llorando en su regazo y que Teddy estaba durmiendo plácidamente. Dijo que se quedaría allí hasta que Andrómeda despertara.
»-Tal vez debería ir. Teddy es mi ahijado y...- empezó a decir mientras que trataba de incorporarse. Pero Ginny lo obligó a seguir acostado diciendo:
»-De ninguna manera, Harry. Ellos estarán bien con Fleur y tú necesitas dormir. Cuando despiertes yo misma iré contigo a casa de Andrómeda, si quieres, pero ahora duerme.
»Y le dio un beso en la frente zanjando definitivamente la discusión. Harry decidió que era inútil duscutir con ella y se dispuso a dormir.»
Casi sin darse cuenta había llegado a las escaleras del vestíbulo. Allí seguía todo igual que cuando subió a la Torre de Gryffindor. Reinaba la misma desolación y detrucción que hace unos minutos.
Lo que sí había cambiado era el Gran Comedor. En los casi treinta minutos que había estado con Harry en el dormitorio el Comedor se había vaciado notablemente. Ahora sólo quedaban allí unas cuarenta o cincuenta personas, entre los que estaban los profesores de Hogwarts, los miembros de la Orden del Fénix, varios estudiantes, algunos de ellos con sus padres, y su propia familia.
-¿Qué ha pasado aquí?- preguntó cuando alcanzó a sus padres.
-Nada- contestó su padre-. Es solo que hay mucha gente que ha preferido volver a sus casas después de la batalla. Volverán más tarde, cuando hayan descansado.
-¿Y por qué os habeis quedado vosotros?
-Hay mucho que hacer aquí. Le hemos dicho a Minerva que cuente con nosotros. Con todos. Pero si tú prefieres irte a casa...
-No papá- interrumpió Ginny-. Me quedo. Quiero ayudar.
-No esperaba otra cosa, querida- dijo el señor Weasley lleno de orgullo.
En ese momento la profesora McGonagall se situó en el centro de la tarima de los profesores y se aclaró la garganta en un claro intento por hacer el silencio en el Gran Comedor. Las pocas conversaciones que se mantenían por todo el salón pararon al instante, y todo quedó sumido en un expectante silencio.
-Antes de nada- comenzó la profesora-, quiero daros las gracias. Todos vosotros habeis estado luchando toda la noche, algunos habeis perdido seres queridos, familiares, compañeros, amigos. Estais tristes y cansados. Pero habeis decidido quedaros a ayudar. Realmente no tengo palabras para agradecéroslo lo suficiente.
»-Dicho esto- continuó con los ojos ligeramente humedecidos-, hay mucho por hacer. Nos dividiremos en cuatro grupos. El primero deberá ayudar a la señora Pomfrey a atender a los heridos. El segundo se encargará de recostruir el castillo. El tercero deberá trasladar a los mortífagos a Azkaban, a todos ellos- hizo especial hincapie en esta última frase-. Y el cuarto...- cerró momentáneamente los ojos e inspiró fuerte por la nariz- trasladará los cadáveres de los nuestros a un lugar tranquilo y los preparará para el funeral- fuertes sollozos resonaron por distintos rincones del Gran Comedor, pero la profesora McGonagall, seguramente queriendo aprovechar la poca entereza de la que había hecho acopio, sigió hablando como si no los hubiera oído-. Así pues, los que quieran unirse al primer grupo que suban a la enfermería, allí la señora Pomfrey les dirá qué deben hacer. Los del segundo grupo que permanezcan aquí, los profesores les indicaremos cómo se deben reconstruir las diferentes partes del castillo. Los del tercero que sigan a los aurores del ministerio a las mazmorras, allí están encerrados los mortífagos atrapados con vida, así como los cadáveres de los que murieron. Estos últimos serán enterrados en Azkaban, lejos de todo lo que nos es querido. Y en cuanto a los del cuarto grupo, se va a habilitar la clase de Encantamientos en el octavo piso para depositar los cuerpos. Es la más grande y está lejos de las zonas más transitadas del colegio. Así podrán descansar en paz- en este punto los ojos de la profesora se llenaron por completo de lágrimas. Con un hilo de voz añadió-: Muchas gracias por vuestra atención- y bajó de la tarima enjugándose el llanto con su pañuelo de cuadros escoceses.
Cuando la profesora acabó de hablar todos se pusieron manos a la obra. Ginny y Hermione decidieron unirse al primer grupo y atender a los heridos. Ron y George anunciaron que se unirían al tercero, seguramente encontrarían un gran placer en encerrar mortífagos. Por su parte, los señores Weasley iban a encargarse de trasladar a los caídos. Ante el anuncio de sus padres de unirse al cuarto grupo Bill pareció dudar un momento, pero Percy se adelantó a los pensamientos de su hermano y le dijo de forma que sólo él lo oyera:
-No te preocupes, Bill. Yo me quedaré con ellos.
Bill agradeció el ofrecimiento de su hermano con un cálido abrazo y él y Charlie se unieron al grupo de reconstrucción.
A pesar de que había mucha menos gente que de costumbre, el castillo no tardó en tener un aspecto similar al de siempre dado que todo el mundo llevaba una actividad frenética. Varios estudiantes iban y venían de la enfermería al salón de pociones llevando ingredientes o pócimas para curar a los heridos. Los profesores dirigían a todos aquellos que se habían ofrecido a arreglar los destrozos provocados por la batalla. Los aurores preparaban trasladores a Azkaban para trasladar allí a todos los mortífagos lo antes posible. Cuanto antes estuvieran encerrados allí mejor. Casi todo el castillo bullía de actividad, con gente trabajando a destajo, cada uno en lo suyo. La excepción era el pasillo del octavo piso. Allí el tiempo parecía haberse detenido. De la clase de Encantamientos habían retirado los pupitres y en su lugar habían puesto unas cincuenta camas donde reposaban plácidamente todos los caídos.
Los señores Weasley, Percy, Neville y su abuela, que también habían decidido unirse a este grupo, tapaban los cadáveres con finas sábanas blancas, les limpiaban la sangre de la cara y les acomodaban bien el pelo. Más tarde se encargarían de procurarles una ropa digna. No iban a permitir que se los enterrara con túnicas sucias y rotas.
Al final del día, cuando empezaba a anochecer, todos estaban cansados y extenuados. Cuando una alumna de Ravenclaw casi se desmaya en el pasillo la profesora McGonagall decidió que era hora de descansar. Los convocó a todos en el Gran Comedor donde los elfos domésticos habían preparado una cena que les supo a gloria después de todo el día trabajando. Allí se habían cambiado las cuatro mesas que había normalmente por una sola que atravesaba a lo ancho todo el comedor donde se sentaron todos juntos. Al acabar de cenar, la profesora McGonagall se levantó de su asiento y dijo:
-Este ha sido un día muy duro para todos. Hemos trabajado árduamente para que la batalla de ayer no sea más que un mal recuerdo. Y este trabajo ha dado sus frutos. Hemos logrado reconstruir la escalera del Vestíbulo así como tapar bastantes agujeros de las paredes. Hemos atendido a todos nuestros heridos que se recuperan favorablemente en la enfermería y hemos llevado lejos a cuanto mortífago, vivo o muerto, quedaba en el castillo. Aún queda mucho por hacer, desde luego, pero lo haremos mañana. Hoy estamos todos exhaustos y nos merecemos un descanso. Así pues, todo el que desee quedarse a dormir en Hogwarts será bien recibido. Podreis elegir el dormitorio en el que pasar la noche de entre todas las salas comunes. Es el momento de estar todos juntos, sin importar la casa a la que pertenezcamos. Ahora más que nunca necesitamos estar unidos.
Un cálido aplauso acogió las palabras de la profesora McGonagall, pero éste se vió interrumpido por la repentida apertura de la puerta del comedor. Tras el sobresalto inicial todos se alegraron infinitamente al ver a Harry Potter parado en el dintel.