Tituladas 16.2% · 32,298 de 199,415 descubiertas
Rescatado 61.5% · 57,949 de 94,296 páginas identificadas · 57,939/58,568 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Historia 27195 · de

Historia 27195 — capítulo 3

Cuando Harry despertó se sintió como si acabara de nacer. No sabía cuánto había dormido pero sí sabía que las horas de sueño habían tenido un efecto reparador. Seguía sucio y despeinado y su túnica todavía estaba rota y llena de manchas, pero se sentía increíblemente bien. Decidió darse una buena ducha de media hora antes de bajar a buscar a los demás.

En realidad no sabía si quedaría alguien en el castillo. Sabía por su reloj que eran cerca de las ocho, pero desconocía por completo de qué día. No era consciente de si había dormido doce o treinta y seis horas. O puede que incluso más. Estaba tan cansado cuando se acostó que podría haber dormido una semana seguida.

En cualquier caso, pensó, si se hubieran ido le habrían dejado un mensaje. No creía capaz a Ginny, Ron, Hermione o a la señora Weasley de dejarlo allí dormido sin avisarle. Este pensamiento, junto con la ducha fresca, lo reconfortó.

Al salir de la ducha, Harry miró con el gesto torcido el aspecto desastroso que presentaba su túnica. Le limpió las manchas a golpe de varita e intentó reparar los rotos, con escaso éxito. Con la túnica limpia y algo reparada y recién salido de la ducha tenía mucho mejor aspecto.

Se dirigió con decisión a la Sala Común. Al encontrarla vacía salió por el hueco del retrato, donde aún no estaba la Señora Gorda, y caminó por los desiertos pasillos en dirección al Gran Comedor donde, suponía, estarían todos.

Conforme se acercaba al vestíbulo notó que los daños del Castillo habían empezado a ser reparados. Las paredes tenían menos agujeros, las armaduras estaban en su sitio y la escalera principal estaba totalmente restaurada. Era evidente que mientras él dormía los demás habían estado trabajando. Sintió una repentina punzada de remordimientos. Al fin y al cabo, la noche había sido dura para todos, no solo para él. Por mucho que haya sido él quien acabara con Voldemort no lo habría conseguido sin la ayuda de todos los que habían luchado esa noche. Aunque, por otra parte, aún quedaba mucho por hacer y, ahora que él estaba descansado, podría trabajar duro mientras los demás descansaban también.

Siguiendo este tren de pensamientos había llegado hasta el Gran Comedor. Abrió la puerta casi de forma automática y se encontró con un espectáculo curioso. En vez de cuatro mesas a lo largo de la sala había sólo una colocada a lo ancho, y alrededor de ella estaban sentadas unas cincuenta personas. La profesora McGonagall estaba de pie en el centro de la mesa; era evidente que había sido interrumpida en mitad de un discurso. Ella y los demás de la sala lo estaban mirando sonrientes. Antes de que pudiera darse cuenta, Neville Longbottom se había levantado de su asiento y se dirigía hacia él con una gran sonrisa en el rostro.

–Harry –dijo mientras le echaba un brazo por los hombros y lo llevaba hasta la mesa–. Ya te has despertado. ¿Cómo te encuentras ahora? ¿Más descansado? Te merecías un buen descanso, Harry. Has hecho tanto por nosotros –Neville hablaba con tanto entusiasmo que casi no respiraba. Por un momento le recordó a Colin Creevey, y ese recuerdo le produjo un repentino dolor.

–Sí, gracias Neville –contestó Harry bastante abrumado ya que la mayoría de la gente había seguido el ejemplo de su amigo y se dirigían hacia él con intención de abrazarlo.

– ¿Has dormido bien, Harry? –esta vez era Hermione quien se interesaba por él.

–De maravilla. Me encuentro infinitamente mejor.

Su amiga le dio un fuerte abrazo al que siguieron otros muchos de todas las personas que había en el salón. Todos le preguntaban cómo se encontraba y si necesitaba algo. Reconoció a muchos compañeros del colegio, los profesores, algunos miembros de la Orden del Fénix y a los Weasley. La señora Weasley le dio un abrazo particularmente cálido con los ojos llenos de lágrimas.

–Harry, querido –le dijo –. Menos mal que estás bien.

–Señora Weasley, yo... –no sabía muy bien qué decir pero sabía que tenía que decir algo –lamento muchísimo la muerte de Fred –se dirigió también al señor Weasley y al resto de sus hijos, que estaban rodeando a su madre –. Lo lamento de verdad. Nada de esto tendría que haber pasado.

–No te disculpes, Harry –sentenció el señor Weasley solemnemente –. No es culpa tuya. Todos nosotros te debemos muchísimo, y no creo que seamos capaces de agradecértelo lo suficiente.

– ¿Lo ves? –de entre sus hermanos mayores apareció Ginny, con una tímida sonrisa en los labios –. Te lo dije.

A Harry le apetecía abrazarla y besarla, pero no lo consideró adecuado estando allí sus padres y sus hermanos. En lugar de eso se limitó simplemente a sonreír.

–Ven a comer. Seguro que tienes hambre –dijo Ginny mientras que le cogía de la mano y lo llevaba despacio hasta la mesa.

Ambos se sentaron juntos mientras que la mayor parte de la gente se despedía y se iban a dormir. En el Gran Comedor sólo quedaron Ron, Hermione, Neville y George. Harry atacó con ganas la comida que aún quedaba en la mesa mientras que se interesaba por el avance de los trabajos de reconstrucción.

–La verdad es que me siento culpable –dijo –, porque yo estuve durmiendo todo el día y vosotros habéis estado trabajando duro. Casi se podría decir que el Vestíbulo no ha conocido ninguna batalla.

–Cada uno ha hecho lo que tenía que hacer, Harry –dijo George –. Tú necesitabas descansar más que todos nosotros. Y todos estábamos de acuerdo en eso.

Harry agradeció esas palabras con una sonrisa.

– ¿Sabéis algo de Andrómeda? –preguntó mientras mordía un trozo de pastel de filete y riñones.

–Sí –contestó Hermione –. Fleur mandó un Patronus antes de cenar. Parece que está algo más tranquila aunque sigue llorando bastante. Ha debido ser muy duro para ella perder a Tonks después de la muerte de Ted.

A Harry le hervía la sangre al pensar la cantidad de vidas inocentes que se habían perdido en esa guerra.

–Y, ¿qué fue de toda la gente que había en el Gran Comedor esta mañana?

–La mayoría prefirió volver a sus casas a descansar o a esperar a familiares que debían estar a punto de llegar de Azkaban –Neville volvió a ser el líder del ED, más serio y calmado –. Como Luna. Ella se disculpó con nosotros y dijo que quería estar en casa cuando su padre llegara.

– ¿Cómo está? ¿Está bien?

–Sí. Luna nos mandó un mensaje diciendo que estaba bien. Solo un poco débil. Dijo que no podría venir a ayudar porque iba a quedarse cuidando de él. Dijo que le iba a preparar...

–Infusión de Gurdyrraiz –contestaron a la vez Harry, Ron y Hermione. Los tres se miraron divertidos y estallaron en carcajadas. Ginny, Neville y George no tardaron en imitarlos. Después de tantas pérdidas, de tanto trabajo, de tantas lágrimas, las risas fueron como un bálsamo curativo.

Rieron hasta que les lloraron los ojos y les dolieron los riñones. Cuando recuperaron la compostura Harry siguió preguntando por todo lo acontecido mientras él dormía.

– ¿Y Kingsley?

–Se fue al Ministerio poco después de que te fueras a dormir –contestó Ron –. Allí también hay mucho por hacer, empezando por sacar a todos los que estuvieran bajo la maldición Imperios. Kingsley decía, además, que habría que hacer redadas para atrapar a los mortífagos que hubieran escapado. Supongo que habrá empleado todo el día en eso.

– ¿Redadas? –preguntó Harry extrañado –. ¿Quieres decir que hubo mortífagos que consiguieron escapar?

–Al parecer sí –dijo Hermione –. No creemos que fueran muchos, y ahora que la mayoría están muertos o en Azkaban y que tú has acabado con Voldemort –Ron soltó un leve gemido de dolor al oír ese nombre –no son muy peligrosos. Aun así Kingsley quería atraparlos cuanto antes. Dice que en este clima agitado y semifestivo será mucho más fácil.

– ¿Por qué?

–No sé –Hermione se encogió de hombros –. Cosas de aurores.

– ¿Y qué más habéis estado haciendo en el castillo? –Harry seguía preguntando con interés.

Entre los cinco le contaron todo lo ocurrido en Colegio durante el día. Cómo habían estado atendiendo a los heridos, arreglando las paredes, encerrando mortífagos en Azkaban y trasladando cadáveres a un lugar tranquilo.

– ¿Dónde están? –preguntó Harry una vez llegaron a este punto.

–En la clase de Encantamientos, en el octavo piso –contestó Neville.

Harry, que ya había acabado de cenar, se levantó de la mesa diciendo:

–Bueno, ya está bien de interrogatorio por hoy. Marchaos a dormir. Es tarde y estaréis muy cansados.

Los cinco salieron del salón y se dirigieron inconscientemente a la Torre de Gryffindor. Mientras caminaban, Harry y Ginny se habían quedado un poco rezagados. Se habían cogido de la mano y ella apoyaba la cabeza en el hombro de él. Al llegar al pasillo del séptimo piso Harry giró en dirección contraria.

– ¿Dónde vas, Harry? –le preguntó Ginny.

–A la clase de Encantamientos.

Ginny lo miró con expresión de no entender.

– ¿Para qué?

–Bueno –comenzó Harry –, yo ya he descansado suficiente por hoy. Me acabo de levantar y no tengo sueño. Y, la verdad es que no me gusta la idea de dejarlos solos. Ya sabes, a Lupin, a Tonks, a Colin, a... –dudó un momento – Fred. Siento que es lo único que puedo hacer por ellos.

Ginny se acercó a él y le dio un beso en la mejilla.

–Eso me parece muy noble – dijo mientras que una lágrima rebelde rodaba por su mejilla derecha –. ¿Puedo ir contigo?

–Ginny –contestó Harry a la vez que le limpiaba suavemente los ojos con la manga de su túnica –, es tarde y estás muy cansada. Vete a dormir. Vamos a tener mucho tiempo para estar juntos, cariño –ella se estremeció al escuchar la forma en que la había llamado.

–Sólo un momento –lo miró con ojos suplicantes –. Por favor. Me iré a dormir en seguida, lo prometo.

Harry no se sentía capaz de negarle nada.

–Está bien. Pero sólo un momento, ¿de acuerdo? –la miró fingiendo severidad. Ella tan solo asintió con la cabeza.

De nuevo cogidos de la mano se dirigieron al octavo piso. El espectáculo en la clase de Encantamientos era descorazonador. Los caídos parecían dormir plácidamente. Ninguno de los dos podía creer que, en realidad, no iban a despertar nunca. Se sentaron juntos en el alféizar de la ventana. Ginny se recostó sobre el pecho de Harry y él le acarició cariñosamente el pelo.

–Ginny –empezó a decir Harry al cabo de un rato de completo silencio –. Hay algo que quiero preguntarte.

– ¿El qué?

– ¿Tus padres saben lo nuestro?

Ella giró la cabeza para mirarlo a la cara.

–Aún no. Me pareció algo que no podía decidir yo sola.

Harry sonrió complacido.

–Pues pienso que se lo deberíamos contar.

– ¿Estás seguro?

–Totalmente. Tus padres siempre me han tratado como a uno más de tu familia. No me sentiría cómodo engañándolos. Además –añadió con una gran sonrisa –, soy tan feliz estando contigo que no quiero esconderme. ¿Te parece bien?

–Me parece genial.

–Se lo diremos por la mañana. Los dos juntos, ¿vale?

–Ginny asintió –Y ahora, señorita, creo que debería irse usted a dormir.

–Estoy de acuerdo.

Ginny deslizó la cabeza por el pecho de Harry hasta su regazo y se quedó profundamente dormida mientras él le seguía acariciando el pelo.


N/A: Sé que Neville ya no es así de entusiasta, que es más maduro y más serio y esas cosas, pero es que no pude evitar meter ese pequeño guiño a Colin Creevey. Es mi pequeño homenaje al fan número uno de Harry Potter (DEP)