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Historia 27195 — capítulo 4

La noche transcurrió lenta y pesada. Las horas se sucedían en la clase de Encantamientos sin que Harry pudiera siquiera acercarse a los caídos. No quería levantarse para no despertar a Ginny, que seguía durmiendo apoyada en su regazo y arrebujada con la manta que él había conjurado a mitad de la noche para que ella no pasara frío.

Sin nada más que hacer, se dedicó a observar los cadáveres de sus amigos. Estaban limpios y peinados y les habían puesto ropa nueva. Se habían encargado de que se les enterrara con el mejor aspecto.

Ya había amanecido cuando Ginny comenzó a despertarse.

–Buenos días, princesa –le dijo Harry una vez que abrió los ojos.

–Buenos días –contestó ella todavía algo adormilada – ¿Qué hora es?

–Hora de bajar a desayunar.

–Me parece una idea excelente –dijo ella mientras que se ponía de pie –, pero, si no te importa, voy a hacer antes una parada en la Torre de Gryffindor. Creo que necesito desesperadamente una ducha.

–De acuerdo, te espero en el Gran Comedor.

–No –dijo Ginny con expresión suplicante –. Ven conmigo, por favor.

Harry la miró compresivo.

–Está bien. Iré contigo.

–Gracias –contestó ella con una leve sonrisa.

Se cogieron de la mano y se dirigieron a la puerta. Antes de salir, Ginny dirigió una última mirada llena de tristeza a su hermano, suspiró y salió de la clase apoyada en el hombro de Harry.

– ¿Estás bien? –le preguntó visiblemente preocupado. Ella solo asintió firmemente con la cabeza. Él no consideró oportuno insistir.

Pasados unos minutos Harry le dijo:

– ¿Has dormido bien?

–Perfectamente.

–Lo que me recuerda –dijo Harry con enfado fingido –. Yo debería estar enfadado contigo, jovencita.

– ¿Por qué? –Ginny puso cara de no haber roto nunca un plato.

–Porque me prometiste que estarías conmigo un momento y que luego te irías a la cama, y tú no cumpliste tu parte del trato.

–Eso no es del todo cierto –ella tenía la cara maliciosa que solía poner cuando inventaba una excusa para su madre –. Yo te dije que me iría a dormir, pero en ningún momento mencioné dónde.

–Eres una pequeña tramposa –después de eso Harry no podía enfadarse con ella –. Pero, por otra parte, me alegro de que te quedaras conmigo –y la besó en el pelo mientras seguían caminando.

Al llegar al pasillo de la Sala Común vieron que la Dama Gorda ya estaba en su retrato.

–No tenemos contraseña –dijo Harry –. ¿Podemos pasar?

–Naturalmente. La profesora McGonagall dijo que nada de contraseñas hasta nuevo aviso.

–Gracias.

El retrato se abrió y dejó paso libre hasta la Sala Común, donde solo estaban Ron y Hermione, sentados juntos en uno de los sofás delante de la chimenea. Parecieron bastante extrañados al ver a entrar a Harry y a Ginny juntos.

– ¿Qué hacéis aquí? –preguntó Harry – ¿No bajáis a desayunar?

–Ya hemos desayunado –contestó Hermione –. Te estábamos esperando, Harry.

– ¿Y los demás? –esta vez era Ginny quien preguntaba.

–Algunos desayunando y otros han empezado a trabajar de nuevo –dijo Ron –. Ha venido mucha más gente a ayudar, por eso estamos aquí. Hoy no somos tan necesarios y queríamos hablar con Harry. ¿Y tú no desayunas? –preguntó dirigiéndose a su hermana.

–Ahora –contestó ella –. He venido a darme una ducha. ¿Cómo está mamá?

El rostro de Ron se ensombreció ligeramente.

–Un poco mejor, parece. Pero todavía llora en silencio cuando cree que no la vemos. Papá dice que es mejor no decirle nada por ahora, que llorar le irá bien, así se desahogará. De todas formas, ni él ni Percy la dejan sola. No creen que eso sea muy conveniente.

– ¿Y George?

–Intenta aparentar que está bien. Hace bromas y chistes, pero es obvio que está hecho polvo. Cuando todo esto se calme un poco intentaré hablar con él.

– ¿Y tú?

Ron pareció sorprendido por la nueva pregunta de su hermana.

–He tenido momentos mejores pero estaré bien –dijo mientras dirigía una tímida mirada a Hermione –. Y tú, ¿cómo estás?

–Más o menos como tú –y ella dirigió la misma mirada a Harry –. Bueno, os dejo hablar. Me voy a la ducha.

Le dio a Harry un pequeño beso en los labios y se perdió en las escaleras que subían a los dormitorios.

– ¿Así que habéis vuelto? –preguntó Ron con suspicacia una vez su amigo se hubo sentado en un sillón enfrente de ellos.

–Sí –contestó Harry midiendo sus palabras –. Y antes de que empieces con el interrogatorio te diré, para tu tranquilidad, que esta vez no pienso dejarla bajo ningún concepto, que la quiero más que a nada en este mundo y que daría mi vida antes que dejar que le pasara nada. Espero que estés de acuerdo, Ron, porque tu apoyo es muy importante para mí.

La expresión en el rostro de Ron se suavizó notablemente con las palabras de su amigo.

–Por supuesto que estoy de acuerdo, Harry. No podría estar con nadie mejor que contigo.

–Muchas gracias, amigo –dijo Harry con una sonrisa –. Y, ¿de qué queríais hablar?

–En realidad –empezó Hermione –, de nada en concreto. Es solo que no hemos tenido oportunidad de hablar a solas desde que salimos del despacho de Dumbledore y queríamos saber qué tal estás y si necesitas algo.

–Pues ahora que lo dices –contestó Harry pensativo –, lo que más necesito ahora es saber cómo estáis.

Ron y Hermione se miraron sorprendidos. Fue ella la que habló primero.

–Bueno, una noche entera de sueño y una ducha han hecho maravillas. Físicamente estamos mejor de lo que hemos estado en semanas. Emocionalmente es otra cuestión. Han sido demasiadas pérdidas, demasiadas muertes –hizo una pausa durante la cual los ojos se le humedecieron ligeramente –. Todo esto es muy injusto –añadió airada, era como si hubiera estado guardando esas palabras durante mucho tiempo y por fin se atreviera a soltarlas –. Colin no era más que un crío, ni siquiera debería haber estado aquí. Lupin y Tonks dejan huérfano a un bebé de semanas. Hay por lo menos otros cincuenta estudiantes muertos, sin contar con todos los que han muerto durante todos estos meses. Y Fred... –incapaz de añadir nada más, se abrazó a Ron y empezó a llorar sobre su pecho.

Él la abrazó, la besó en la frente y le acarició el pelo. Intentaba consolarla pero él mismo hacía esfuerzos sobrehumanos por aguantar las lágrimas que se agolpaban en sus ojos. Harry se levantó de su asiento y se sentó en el sofá junto a sus amigos. Abrazó a Hermione y apretó con fuerza la mano de Ron. Él respondió a su apretón. Harry sabía que nada de lo que pudiera decir les aliviaría, así que se limitó a acariciarles con cariño.

En ese momento apareció Ginny, con la túnica limpia y el pelo mojado. Al contemplar la dramática escena se acercó al sofá y se agachó delante de su amiga, cogiéndola de la mano.

–Tranquila, Hermione –dijo con sorprendente calma –. Lo superaremos. Todos juntos. No será hoy, ni tampoco mañana, y será duro. Pero lo lograremos.

Ron acarició cariñosamente el rostro de su hermana y dirigió a su novia una tierna mirada.

–Ginny tiene razón, cariño –dijo –. No va a ser fácil, pero te prometo que lo vamos a conseguir. Yo voy a estar aquí contigo.

–Y yo, Hermione –añadió Harry –. Nos apoyaremos entre todos. Lo pasaremos juntos.

Hermione se incorporó y se enjugó las lágrimas con la manga de su túnica.

–Lo siento, chicos –dijo con un hilo de voz –. Es que tenía demasiada tensión acumulada. Llevamos demasiados meses con los nervios a flor de piel. Y los últimos días han sido demasiado duros. Me pudo la presión.

–No te disculpes, Hermione –dijo Ginny –. Solo era cuestión de tiempo que alguno de nosotros se derrumbara. Lo que tenemos que hacer ahora es seguir trabajando duro.

–Tienes razón –dijo Hermione decidida –. Vamos a trabajar, y vosotros dos a desayunar, que estaréis hambrientos.

Los cuatro amigos se levantaron y se fundieron en un cálido abrazo que duró unos segundos, tras el cual salieron de la Sala Común. Ron y Hermione fueron hacia la enfermería a comprobar cómo evolucionaban los heridos, y Harry y Ginny se dirigieron al Gran Comedor.

Por el camino decidieron que hablarían con los señores Weasley tan pronto los vieran. Y eso ocurrió antes de lo que se imaginaban, porque cuando entraron al Gran Comedor los vieron sentados en una de las mesas. Se pararon instintivamente, se miraron con complicidad y siguieron caminando hacia donde estaban los padres de Ginny cogidos de la mano.

–Mamá, papá –dijo Ginny una vez que se sentaron enfrente de sus padres –. Harry y yo tenemos algo que deciros.

Los señores Weasley se miraron extrañados.

– ¿El qué, querida? –dijo la señora Weasley.

Ginny iba a hablar, pero Harry la interrumpió.

–Señores Weasley –dijo con toda la decisión de la que fue capaz –. Sé que, probablemente, este no sea el momento adecuado para esto, pero ustedes me han tratado siempre como a uno más de su familia, y no podría mantenerles oculto por más tiempo lo que siento por su hija –Arthur y Molly Weasley miraban a Harry expectantes –. Hace más de un año que me enamoré de ella y tuve la suerte de que ella también se enamoró de mí. Empezamos a salir pero la dejé en el funeral de Dumbledore. No porque quisiera, porque romper con Ginny ha sido una de las cosas más duras que he tenido que hacer en mi vida, si no porque me aterraba la idea de que, si Voldemort se enteraba de mi relación con ella, la usara para hacerme daño, como ya hizo con Sirius. Pero no he dejado de quererla en todos estos meses. La quiero incluso más que antes, si eso es posible. Y lo cierto es que Ginny y yo hemos recuperado nuestra relación. Lo hemos estado hablando y hemos decidido contárselo a ustedes.

–Sí mamá –añadió Ginny –. Os lo queríamos contar cuanto antes. Es muy importante para nosotros que lo sepáis. Y esperamos de verdad que os parezca bien.

– ¿Bromeas, querida? –preguntó su madre –. Por supuesto que nos parece bien.

–Claro que sí, pequeña –continuó su padre –. No podrías estar con nadie mejor que con Harry.

–Y Harry –dijo la señora Weasley –. Nos alegra enormemente que ahora seas de verdad uno más de nuestra familia...

Pero Molly Weasley fue interrumpida por la llegada de una lechuza parda que se paró justo delante de Harry. El chico cogió el sobre que el ave llevaba atado a la pata y lo abrió.

– ¿De quién es Harry? –preguntó Ginny.

–Es de Kingsley.