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Historia 27195 — capítulo 5
Harry:
Supongo que sabrás que algunos mortífagos lograron escapar después de la batalla. Hemos estado trabajando desde entonces y hemos logrado localizarlos. Están escondidos en varios puntos del país. Estoy preparando grupos de asalto para atacar todos los escondites a la vez. Pero me temo que voy a necesitar tu ayuda.
Dispongo de pocos aurores en condiciones de trabajar. Hay muchos que fueron heridos en la batalla, otros que se recuperan de la maldición Imperius a la que fueron sometidos bajo el anterior gobierno y otros tantos acaban de salir de Azkaban y están demasiado débiles. Por eso quisiera pedirte, Harry, que te unieras a uno de los grupos de asalto. Realmente necesito gente como tú para atrapar a los mortífagos que escaparon.
Si estás dispuesto a ayudarme no hace falta que contestes a esta carta, sólo ven a mi despacho del Ministerio a la una del mediodía. Allí ultimaremos los detalles.
Espero verte esta tarde, Harry.
Kingsley Shackelbolt.
– ¿Vas a ir, Harry? –preguntó Ginny una vez leyó la carta.
–Sí, claro. Kingsley necesita mi ayuda y yo necesito hacer algo útil después de haberme pasado todo el día de ayer durmiendo a pierna suelta.
–Y supongo que no podré ir contigo, ¿verdad? –interrogó ella haciendo un pequeño puchero.
–No, Ginny. No me pidas eso, cariño –Harry parecía desesperado –. No podría negarte otra vez la oportunidad de luchar pero no soporto la idea de que te hagan daño.
Ella negó con la cabeza.
–No te preocupes, Harry. No te lo voy a pedir.
–No te enfades, amor.
Ella le regaló una enorme sonrisa.
–No, tranquilo. No me enfado. Lo entiendo perfectamente. Ve con Kingsley, yo me quedaré reconstruyendo el castillo.
– ¿De verdad? –preguntó incrédulo.
–Sí, de verdad –él no la creía –. Lo prometo –añadió mirándole a los ojos –. Aquí soy más necesaria y tú tiene más experiencia en tratos con mortífagos. Sólo prométeme que tendrás cuidado y que me avisarás cuando termines para que sepa que estás bien, ¿de acuerdo?
–Te lo prometo –dijo Harry dándole un fuerte beso en la mejilla.
Los señores Weasley, que había presenciado toda la conversación, parecían muy complacidos con la reacción de ambos jóvenes. El señor Weasley le dijo a Harry:
–Harry. Si quieres ir al Ministerio usando la Aparición tendrás que salir del colegio. El encantamiento antidesaparición sigue lanzado sobre todos los terrenos del castillo.
–Gracias, señor Weasley.
–Pero antes de irte –dijo la señora Weasley –deberías ir a hablar con Minerva. Esta mañana te estuvo buscando y nos dijo que quería hablar contigo.
–De acuerdo. Iré en seguida. ¿Estará en su despacho?
–Sí –contestó ella –. Dijo que iba a estar allí toda la mañana.
–Pues voy para allá –se acabó una tostada y la taza de café e intentó levantarte pero algo se lo impedía. Su mano derecha, que había estado entre las de Ginny desde que se sentaron, seguía allí aprisionada, y ella no parecía dispuesta a soltarla. Imaginando lo que pasaba, añadió –: ¿Vienes conmigo, Ginny?
–Sí, claro –ella también acabó su taza de café y salió del comedor de la mano de Harry.
Caminaron juntos por los pasillos cruzándose con mucha gente que ya estaba trabajando y llegaron hasta la puerta del despacho del director. La gárgola que guardaba la puerta no estaba y en su lugar estaba la escalera de caracol que llevaba hasta la entrada.
–Adelante –dijo la profesora McGonagall una vez tocaron a la puerta –. Hola, Harry. Ah, Ginny, hola. No te esperaba.
–Hola, profesora –dijeron ambos mientras entraban en el despacho.
–Sentaos, por favor.
Ellos se sentaron delante del escritorio de la profesora. Harry echó un vistazo en derredor y notó pocas diferencias con respecto a la última vez que estuvo allí. Los anteriores directores de Hogwarts estaban en sus respectivos retratos, incluido Dumbledore, quien les guiñó un ojo.
–El señor y la señora Weasley me dijeron que quería hablar conmigo, profesora –dijo Harry.
–Sí, así es. Quería decirte que he estado hablando con el Ministro y hemos decidido celebrar los funerales mañana a mediodía, aquí en el colegio. Se les dará la oportunidad a los familiares de decidir si enterrar a los suyos aquí o hacerlo cerca de sus hogares. Y ese es el otro motivo por el que quería hablar contigo, Harry. Quería preguntarte qué quieres hacer con el cadáver de Remus.
– ¿El cadáver de Remus? –preguntó extrañado.
–Sí. Después de Tonks tú eras lo más parecido a un familiar que le quedaba. Creo que deberías ser tú quien decidiera eso.
Harry pareció impresionado, no sabía qué decir. Dedicó unos minutos a pensar qué es lo que debería hacer.
–Bueno –empezó confuso –, por una parte creo que él querría ser enterrado en el colegio. Aquí conoció a sus mejores amigos y pasó unos años muy felices, según sus propias palabras. Pero por otra, seguro que, fuera donde fuese, desearía ser enterrado junto a su esposa. Así que supongo que todo dependerá de lo que decida hacer Andrómeda con el cadáver de su hija.
La profesora McGonagall lo miró fijamente con los ojos ligeramente húmedos.
–Estoy segura de que eso es lo que él hubiera querido.
–Y hablando de eso, profesora –dijo Harry –. Me gustaría ir a casa de Andrómeda a verla a ella y a Teddy. Comprobar que están bien y, bueno, conocer a mi ahijado –sonrió abiertamente con esta última frase –. Pero no sé la dirección exacta y me preguntaba si usted podía dármela.
–Por supuesto que sí, Harry –contestó la profesora –. Ella se alegrará de verte.
Ella le dio la dirección y Harry y Ginny se levantaron para irse, pero cuando estaban en la puerta él se giró y dijo:
–Y otra cosa, profesora. Hay algo que me gustaría pedirle.
–Lo que quieras, Harry –dijo ella –. Si está en mi mano.
–Quisiera que alguien se encargara de recoger el cadáver del profesor Snape. Está en la Casa de los Gritos, en la sala que hay al final del pasadizo del Sauce Boxeador. Creo que debería ser enterrado mañana, con los demás caídos de nuestro bando. ¿Está de acuerdo?
–Si lo que dijiste sobre él en la batalla es cierto, por supuesto que lo estoy. Mandaré a alguien a por él en seguida.
–Estoy seguro de que a Ron y Hermione no les importará. Muchas gracias, profesora.
–Gracias a ti, Harry –añadió ella con una sonrisa.
Los dos jóvenes salieron del despacho cogidos de la mano.
Al bajar las escaleras, Harry le preguntó a Ginny:
– ¿Quieres venir conmigo a casa de Andrómeda?
–Sí, claro. Te prometí que iría contigo. Pero antes he de avisar a mis padres de que me voy.
– ¿Te acompaño?
–Como quieras.
–Lo digo porque yo también quiero avisar a Ron y a Hermione.
–Está bien. Ve a avisarles a ellos mientras yo aviso a mis padres. Nos vemos en diez minutos en el Vestíbulo.
– ¿Estás segura?
Ella asintió con la cabeza, le dio un rápido beso en los labios y se perdió por el pasillo en dirección al Gran Comedor. Él giró en dirección contraria y se dirigió a la enfermería. Allí se encontró con sus dos amigos que estaban comprobando el estado de los heridos. Todos parecían evolucionar favorablemente. Les contó lo sucedido desde que se separaron por la mañana y les dijo que estaría fuera todo el día. Prometió escribirles cuando acabaran las redadas y quedaron en verse al día siguiente antes de los funerales.
Se encontró con Ginny en el Vestíbulo y salieron juntos a los terrenos del castillo. Caminaron cogidos de la mano hasta que llegaron a Hogsmeade. Una vez allí se desaparecieron juntos y aparecieron en una pequeña calle peatonal que desembocaba en otra más transitada. Llamaron a la puerta de la casa y Fleur abrió pasados unos minutos.
–Haggy, Ginny –dijo entusiasmada mientras abrazaba a ambos muchachos –. Qué aleggia vegos. A Andgómeda le encatagá que hayáis venido. Pasad.
– ¿Cómo está ella? –preguntó Harry entrando en la casa.
–Algo mejog. Pego sigue muy tgiste. Está en el salón dándole el bibegón a Teddy. ¿Queguéis pasag a vegla?
–Sí, claro.
Fleur los acompañó hasta el salón y se volvió a la cocina con la promesa de traerles un té y unos bollos franceses.
Andrómeda estaba sentada en un sillón, con Teddy en sus brazos bebiendo leche de un biberón que le sostenía su abuela. Tenía los ojos rojos e hinchados, como si hubiera estado llorando hasta hace un momento. Al escuchar la puerta levantó la vista de su nieto y esbozó un intento de sonrisa.
–Harry, Ginny –dijo con la voz algo tomada –. No esperaba veros hoy. Pasad, por favor, sentaos.
Ellos entraron y se acercaron a donde estaba sentada. Ginny se sentó en un sillón a su lado y Harry se agachó delante de ella. Acarició con suavidad uno de los bracitos de Teddy y dijo sin poder disimular el orgullo:
–Así que este es mi ahijado. Es muy guapo.
–Estoy de acuerdo. Es tan guapo como su madre –una lágrima solitaria resbaló por su mejilla y Harry la limpió con su pulgar al tiempo que preguntaba:
– ¿Cómo se encuentra, señora Tonks?
–No paso por mi mejor momento, Harry. Se me cae la casa encima. Ya fue muy duro perder a Ted, pero perder a Dora... No sé cómo voy a superar todo esto.
–Con nuestra ayuda, señora Tonks. Nosotros vamos a estar con usted. Lo superaremos juntos.
Andrómeda lo miró fijamente a los ojos, sonrió ligeramente y dijo:
–Harry, querido. Eres el padrino de mi nieto. Somos casi familia. Hazme el favor de hablarme de tú y usar mi nombre de pila. ¿De acuerdo?
Harry también sonrió.
–Si es lo que quieres, no tendré ningún inconveniente –y viendo que Teddy ya se había acabado el biberón, añadió –: ¿Lo puedo coger?
–Claro, Harry –contestó ella mientras le ponía al bebé en los brazos –. Es tu ahijado.
Harry cogió a la criatura de manera algo torpe. No se sentía muy seguro estando de pie con algo tan delicado en brazos y decidió sentarse en un sofá enfrente de las dos mujeres. Creyó que ese era el momento oportuno para abordar la delicada cuestión que les había llevado allí.
–Andrómeda –empezó algo dudoso –. Principalmente hemos venido a comprobar que estáis bien y saber si necesitáis algo. Esa era al menos la idea inicial. Pero poco antes de salir del colegio nos hemos enterado de algo que tú también tienes que saber –Harry tragó saliva, aquello era de las cosas más difíciles que había hecho nunca –. Los funerales van a celebrarse mañana a mediodía, en los jardines del colegio –hizo una pausa a la espera de la reacción de Andrómeda, quien cerró los ojos y respiró despacio por la nariz.
–Bueno –dijo muy bajito –. Mañana es un día tan bueno como cualquier otro, supongo. ¿Sabes si podrán ser enterrados en Hogwarts? Estoy convencida de que Dora querría que la enterrara allí.
–La verdad es que quería hablar contigo de eso –le explicó lo que había decidido sobre el cadáver de Remus y añadió –: Así que supongo que será la mejor opción. Ellos estarían muy contentos. Van a ser enterrados juntos en Hogwarts, donde ellos querían.
–Sí –observó ella con vos triste –. Será lo mejor.
Ginny le cogió la mano y ella le devolvió el apretón a modo de agradecimiento. Por su parte Harry dividía su atención entre el estado de Andrómeda y su pequeño ahijado. El pelo le cambiaba de color por momentos. Oscilaba entre negro y el rosa pasando por distintos tonos de rubios, marrones y rojizos. Lo que nunca cambiaban era sus ojos. Harry se fijó intensamente en ellos y reconoció sin lugar a dudas los ojos de Remus. Tenían el mismo color marrón grisáceo. Era como volver a mirar a los ojos a su antiguo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Ahora empezaba a entender lo que sentían todas aquellas personas que conocieron a su madre cuando lo miraban a él a los ojos.
De repente, y sin previo aviso, Teddy empezó a llorar. Harry se sobresaltó y se sintió abrumado. No sabía qué hacer. Miró a Andrómeda en busca de ayuda y ella se levantó tendiéndole los brazos a su nieto.
–No pasa nada, Harry –dijo una vez lo tuvo en brazos –. Hace falta cambiarle el pañal. ¿Quieres hacerlo tú?
– ¿Yo? –era como si le hubiera preguntado si quería darle un beso a un dementor o hacerle la manicura a un escreguto de cola explosiva.
–Sí, claro –respondió ella con voz comprensiva –. Es muy fácil y tendrás que aprender tarde o temprano, ¿no crees Ginny?
–Estoy de acuerdo, Andrómeda –Ginny apenas podía aguantar las ganas de reírse –. Además seguro que lo haces muy bien –añadió guiñándole un ojo.
Harry taladró a su novia con la mirada. Más tarde se cobraría esa pequeña traición. No le quedó más remedio que subir al dormitorio con Teddy y su abuela mientras Ginny iba a la cocina a ayudar a Fleur con el almuerzo, ya que Andrómeda los había invitado a comer y ellos habían aceptado.
Una vez arriba Andrómeda colocó al bebé sobre un cambiador, sacó unos pañales de una bolsa y se los tendió a Harry. Éste los cogió como si fuera una bomba a punto de explotar. Respiró hondo y empezó a cambiar a su ahijado siguiendo las indicaciones de Andrómeda, lo que fue toda una odisea. Aquello le resultó más difícil que meter el brazo en un barril de babosas carnívoras y salir ileso. La criatura no dejaba de moverse y era casi imposible abrocharle el pañal de forma que no se le cayera. Finalmente, después de lo que le pareció una eternidad, logró terminar de vestir a Teddy y dejarlo igual que estaba antes.
Al menos, pensó Harry, el experimento ha servido para que Andrómeda se ría con ganas.
De vuelta al comedor, Andrómeda les contó divertida a Ginny y a Fleur la hazaña de Harry y los pañales y los cuatro rieron a carcajadas durante un buen rato.
Inmediatamente después del almuerzo, Harry se levantó de la mesa, se disculpó con Andrómeda y Fleur y se preparó para ir al Ministerio pues ya eran cerca de la una. Dio las gracias a Fleur por ocuparse de Andrómeda y de Teddy y quedaron en verse todos al día siguiente en Hogwarts. Salió al vestíbulo para desaparecerse y Ginny lo siguió.
–Ten cuidado, ¿vale, Harry? –le dijo visiblemente preocupada.
–Lo tendré, cariño, lo prometo.
– ¿Irás a dormir al colegio?
–Aún no lo sé. Depende de a la hora a la que acabemos las redadas.
–Pero, si no duermes en el colegio, ¿dónde lo harás?
Harry esbozó una pequeña sonrisa.
–No te preocupes por mí, Ginny. Estaré bien, de verdad. ¿Te veo mañana? –ella asintió con la cabeza –. ¿Quedamos a las once y media debajo del haya, al lado del lago?
–Me parece bien.
– ¿Qué vas a hacer tú?
–Me quedaré un rato aquí y luego usaré la Red Flú para volver al colegio. Quiero estar cerca de mamá.
–Me parece bien –dijo mientras la abrazaba suavemente –. Cuida de ella, ahora te necesita. Hasta mañana, cariño –añadió mientras le daba cálido beso en los labios –. Te quiero.
–Yo también te quiero.
Y despidiéndose de ella con un gesto de la mano se desapareció. Casi en el mismo instante apareció en un callejón solitario cerca de una cabina de teléfonos muy destartalada. Entró en ella y marcó los números necesarios para usar la entrada de visitas del Ministerio. Se colocó en una zona visible la chapa que ponía "Harry Potter, Visita al Ministro" mientras el suelo de la cabina bajaba.
El Ministerio estaba tal cual lo recordaba pero había menos gente de lo acostumbrado. Pasó todos los controles de seguridad necesarios y se metió en el ascensor. Mientras caminaba por los pasillos todos con los que se encontraba lo saludaban, le daban las gracias y le estrechaban la mano. Era obvio que ese último enfrentamiento con Voldemort había llegado a todos los oídos mágicos del país.
Llegó a las oficinas del Ministro donde había varias brujas y magos trabajando muy ocupados. Una de ellas levantó la vista de los pergaminos que estaba leyendo y le preguntó:
–Buenos días, señor. ¿Qué desea?
–Buenos días. Estoy citado con el Ministro.
–Sí, claro. ¿Su nombre, por favor?
–Potter, Harry Potter.
Su nombre, como era de esperar, causó sensación en la agitada oficina. La impresionada secretaria dijo:
–Por supuesto, señor Potter. Pase, el Ministro le está esperando.
–Gracias –dijo mientras entraba en la oficina de Kingsley.
–Harry –la voz profunda de Kingsley Shackelbolt se dejó oír por todo el despacho –, qué alegría volver a verte –se levantó de su asiento y le dio a Harry un fuerte abrazo.
Después de cálidos saludos por ambas partes, Kingsley indicó a Harry que se sentara en una silla frente a su mesa.
–Bueno, Harry. Me alegra que hayas decidido unirte a las redadas.
–Gracias, Kingsley. Y bien, ¿qué se sabe de los mortífagos huidos?
–Pues hemos localizado mortífagos en tres puntos distintos del país –agitó la varita en el aire y un gran mapa se desplegó en una de las paredes –. Hay unos cinco o seis mortífagos escondidos en una casa en el sur, cerca de Brighton –volvió a agitar la varita y apareció una pequeña aspa roja en un punto determinado del mapa –; otros dos o tres en una cueva en las montañas cerca de la frontera con escocia –otro movimiento de varita y otra aspa roja – y, por último, mis aurores llevan casi un día siguiendo a distancia a otro mortífago por un bosque en el centro del país –y una última aspa roja –. Creemos que está herido y por eso no se ha desaparecido, pero no he dado orden de atraparlo porque no quiero que avise a los otros y que huyan. Ya sabes que ellos tienen medios de comunicación inmediatos –Harry comprendió que se refería a la Marca Tenebrosa.
–Y, ¿cuál es el plan?
–Ven conmigo a la Oficina de Aurores. Allí ultimaremos los detalles.
Harry y Kingsley recorrieron el Ministerio hasta llegar al Cuartel General de Aurores. Allí había una veintena de magos y brujas que se pusieron de pie cuando entró el Ministro. Estuvieron alrededor de una hora planeando los ataques, que debían ser simultáneos. Pasado ese tiempo se habían divido en varios grupos y se habían repartido las tareas. Fueron todos al Vestíbulo y allí se desaparecieron todos juntos para ir a sus respectivos destinos.
A Harry lo habían colocado en el grupo que iba a asaltar la casa donde había más mortífagos. Se apareció junto con los demás de su grupo en un pequeño bosquecillo cerca de la casa. Sacó su varita y se preparó para entrar al ataque. Volvió a sentir esa excitación previa a la batalla, el corazón le palpitaba con fuerza contra las costillas y sentía la sangre agolpándose en su sien. Reguló su respiración y su pulso y continuó caminando hacia su objetivo.
Al cabo de unos minutos divisó la casa al final de un camino poco transitado. Era una casa de campo pequeña y algo deteriorada, con numerosos desconchones y algunas ventanas rotas. Se situó en su lugar, a la derecha de la puerta, con la varita en ristre. Uno de los aurores se colocó a la izquierda. El resto rodeó la casa. Cuando llegó el momento de actuar el auror que acompañaba a Harry susurró Alohomora y abrió la puerta. Harry entró en la casa con la varita preparada y lo siguieron tres aurores más. Se dividieron entre las cuatro habitaciones que había en el piso de abajo. Allí no había nadie. Para inspeccionar el piso de arriba se les unieron otros tres aurores.
Localizaron a los mortífagos en una habitación al final de un pasillo. Habían lanzado hechizos antidesaparición y colocado a dos aurores al pie de la ventana para evitar que escaparan. Tomadas esas precauciones uno de ellos abrió la puerta de golpe a la vez que los otros lanzaban hechizos aturdidores a los que allí se encontraban.
A los mortífagos de la habitación no les dio a reaccionar. Cayeron desmayados antes de poder siquiera sacar la varita. Pero Harry se dio cuenta pronto de que algo no iba bien. Kingsley dijo que en esa casa había cinco o seis mortífagos, sin embargo allí sólo había tres.
Salió de la habitación mientras sus compañeros ataban a los prisioneros. Había algo que no le daba buena espina. Volvió a recorrer las otras habitaciones pero allí no parecía haber nadie. Sabía que, de haber habido alguien más en la casa cuando entraron, tenía que permanecer allí. No habrían podido desaparecerse porque habían lanzado el hechizo nada más llegar. De repente tuvo una inspiración. Alzó la varita y susurró Homenum Revelio.
Dio resultado. Había dos personas en otra habitación. Sin pronunciar palabra avisó a uno de los aurores y le explicó con señas lo que pasaba. Gracias al encantamiento Harry sabía exactamente dónde estaban los mortífagos, así que él fue delante. Entró en tropel en la habitación y lanzó un hechizo aturdidor. Un mortífago cayó al suelo como un peso muerto. Casi instantáneamente el otro auror hizo lo mismo y aturdió al otro mortífago.
Ahora sí los habían atrapado a todos.