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Historia 27195 — capítulo 6
Harry había vuelto al Ministerio junto con parte de su grupo a informar a Kingsley del resultado de las redadas. El resto trasladó a los detenidos a Azkaban de inmediato. Ya en el despacho del Ministro pudo enterarse de que los otros equipos habían tenido el mismo éxito que ellos. Habían logrado detener a cuatro mortífagos, incluyendo al que vagaba herido por el bosque que resultó ser Dolohov. Era obvio que el duelo con Lupin le había pasado factura.
Kingsley esperó a que llegaran todos para dirigirles unas palabras.
–Habéis hecho un excelente trabajo –su voz modulada era ideal para dar discursos –. Gracias a vosotros estamos más cerca de acabar de una vez por todas con la lacra de los mortífagos. Tan cerca que es probable que ya lo hayamos conseguido. Pero no podemos cantar victoria aún. Nunca hemos tenido un número exacto de los seguidores de Voldemort, así que no podemos estar seguros de haberlos atrapado a todos. Aunque algo es seguro, si todavía no están todos encerrados os garantizo que quedan muy pocos. Así que, alerta permanente –Harry sonrió con la clara referencia a Ojoloco Moody.
»Pero ahora marchaos a casa. Ya es tarde y os merecéis un descanso. Recordad que mañana a mediodía se celebrarán los funerales. Espero veros a todos allí. Muchas gracias a todos.
Los aurores agradecieron las palabras del Ministro y se fueron yendo poco a poco. Harry se acercó a Kingsley para agradecerle la confianza que había depositado en él, pero antes de que pudiera decir nada él le abordó muy efusivo.
–Harry. Buen trabajo. De no haber sido por ti se nos hubieran escapado dos.
–Gracias, Kingsley. Y gracias también por confiar en mí para esto.
–Por favor, Harry. Quién mejor que el hombre que se enfrentó a Voldemort dos veces en menos de una hora y le ganó las dos para atrapar al resto de sus seguidores. Habría sido absurdo no confiar en ti. Y hablando de otra cosa, ¿tienes dónde dormir?
–La verdad es que tenía pensado volver al colegio –miró su reloj y añadió –: Pero se nos ha hecho muy tarde. Ya deben estar todos acostados y no quiero sobresaltar a nadie. Después de todo lo ocurrido estamos todos un poco nerviosos. Así que creo que volveré a casa de mis tíos en Privet Drive y pasaré la noche allí.
–No tienes por qué volver allí si no quieres, Harry. Puedes venir a mi casa. Tengo una cama para invitados muy cómoda. Mañana puedes darte una ducha e ir al funeral desde allí, aunque necesitarías tu túnica de gala. ¿La tienes?
–La última vez que la vi Hermione la metía dentro de su bolso de cuentas. Supongo que debe seguir allí.
–Bueno pues desde mi casa podrás escribir al colegio y pedir que te la manden. Estará allí para que puedas ponértela por la mañana. ¿Qué me dices? ¿Te vienes?
Tras pensárselo un momento Harry accedió. No le apetecía lo más mínimo volver a Privet Drive esa noche. Llegaron a casa de Kingsley por la Red Flú. Una vez allí escribió a Ginny contándole lo ocurrido y pidiéndole que le dijera a Hermione que le mandara su túnica de gala a vuelta de lechuza. Comieron algo de cena y Kingsley le indicó dónde dormir. Efectivamente, la cama era muy cómoda. Apagó las luces y se durmió pensando en Ginny.
A la mañana siguiente, la lechuza parda de Kingsley había vuelto con su túnica de gala en un paquete y una breve nota de Ginny que decía que se alegraba de que todo hubiera ido bien y que se verían en un rato.
Mientras que desayunaban, Harry decidió hablarle a Kingsley de un tema que le venía preocupando desde que acabó la batalla.
–Kingsley –dijo mientras se untaba mantequilla en una tostada –. Hay una cosa que quisiera preguntarte.
–Soy todo oídos.
– ¿Cómo están mis tíos y mi primo? Hace casi un año que no sé nada de ellos. No sé dónde están ni lo que han estado haciendo todos estos meses.
Kingsley lo miró ligeramente extrañado.
–Pensaba que no te llevabas bien con ellos.
–Y así era. Pero las cosas han cambiado un poco. Ya el día que dejé Privet Drive mi primo Dursley fue amable conmigo y hasta pareció lamentar nuestra separación. Y recientemente he sabido cosas de mi tía Petunia que desconocía y que han hecho que ahora la vea de otra manera. Y, al fin y al cabo, es la hermana de mi madre, seguramente ella no querría que yo dejara las cosas así. ¿Sabes algo de ellos?
–Sí, claro. Ya sabes que la Orden se encargó de su traslado y, posteriormente, también se encargó de su protección. Tu familia ha estado todos estos meses con Dedalus y Hestia. Por seguridad han estado cambiando periódicamente de localización. Ahora están en una pequeña casita de campo cerca de Stratford. Puedo mandarle un Patronus a Dedalus y decirle que ya pueden regresar a su casa, si quieres.
–No. Me gustaría ser yo quien fuera a recogerlos. Se han pasado meses huyendo simplemente por tener un parentesco conmigo. Creo que es lo mínimo que puedo hacer por ellos. Además, quisiera mantener una conversación con mi tía.
–Eres realmente una persona increíble, Harry. No muchos habrían hecho lo que tú. Si eso es lo que quieres así se hará. Avisaré a Dedalus y a Hestia de que se queden allí. Ahora el peligro es casi mínimo. Podrás ir a recogerlos cuando quieras. Tú sólo di un día y pondré un par de mis aurores como protección extra. Solo por si las moscas.
–Muchas gracias, Kingsley.
Acabaron de desayunar y se prepararon para salir. Se aparecieron en la calle principal de Hogsmeade y se dirigieron a colegio. Ya en los terrenos Kingsley fue recibido con los honores de Ministro por la profesora McGonagall y el resto de los profesores y Harry caminó hacia el haya donde había quedado con Ginny.
Ella estaba sentada en al hierba apoyada en el tronco del viejo árbol. Cuando lo vio acercarse se levantó y caminó hacia él. Los dos jóvenes se fundieron en un tierno abrazo y se dieron un cálido beso.
– ¿Cómo estás, cariño? –preguntó Harry.
–Bien. Un poco triste, pero nada fuera de lo normal, dadas las circunstancias –Harry sabía perfectamente a qué circunstancias se refería Ginny –. Todos te están esperando. ¿Vamos para allá?
Harry asintió con la cabeza y caminaron juntos en dirección a la orilla opuesta del lago donde ya estaba todo preparado para los funerales.
Por el camino Harry se interesó por el estado de todos. Al parecer la señora Weasley había aumentado la frecuencia de sus llantos con la cercanía del entierro de su hijo. El resto de los Weasley no estaban mucho mejor, pero aparentaban estar algo más enteros. La que parecía más serena era Hermione, tal vez queriendo compensar su momento de debilidad del día anterior. Y Andrómeda, que había llegado unos minutos antes de que Ginny fuera a encontrarse con Harry, era evidente que se había pasado toda la noche llorando a juzgar por sus ojos rojos y por sus grandes ojeras.
Antes de llegar a donde estaban todos, Harry le dijo a Ginny:
–Cariño, hay una pregunta que me ronda la cabeza desde hace un par de días.
–Dime.
Harry respiró hondo, como cogiendo fuerzas. Era un tema algo delicado y quería elegir bien las palabras.
–Si todo esto no hubiera acabado tan relativamente rápido, si esta guerra se hubiera prolongado muchos más años, si no hubiera durado sólo unos meses, ¿tú me habrías esperado?
Ginny lo miró unos instantes intentando decidir si hablaba en serio o le estaba tomando el pelo. El rostro ligeramente tenso de él le indicó que no hablaba en broma.
–Si quieres que te diga la verdad –dijo mientras que seguían caminando –, creo que siempre te habría esperado. Aunque esta locura hubiera durado años y tú estuvieras todo ese tiempo matando mortífagos y destruyendo Horcruxes y yo hubiera encontrado alguien que también me quisiera y con el que poder pasar los malos momentos. Si pasara todo eso y cuando todo acabase tú hubieras ido a buscarme, yo habría vuelto contigo, Harry. En el fondo de mi corazón siempre te hubiese esperado.
Harry le pasó el brazo por los hombros y le dio un beso en la frente.
–Gracias –le susurró al oído. Ella sonrió.
Llegaron a la zona donde se iban a celebrar los funerales, que era la misma donde se celebró el funeral de Dumbledore un año atrás. Había numerosas sillas blancas colocadas en filas mirando hacia el lago. Allí había colocado un pequeño atril y, entre éste y la primera fila de sillas, estaban todos los cadáveres cubiertos por finas e inmaculadas sábanas bancas. Comprobó que la profesora McGonagall había cedido a su petición y habían colocado el cadáver de Severus Snape junto con todos los demás.
Había muchísima gente, era como si todos los magos del país hubiesen ido al colegio esa mañana. Algunos habían decidido sentarse pero la mayoría permanecía de pie esperando que llegara el Ministro. Entre estos últimos estaban los Weasley y Andrómeda, que llevaba al pequeño Teddy en un bonito cochecito de bebé. Harry y Ginny fueron hasta allí. Ella se abrazó a su madre y él se dirigió hacia su ahijado y su abuela. Le dio un fuerte abrazo a Andrómeda y la besó en la mejilla.
– ¿Cómo estás? –le preguntó al oído, muy bajito.
–Estoy destrozada, Harry –contestó ella de la misma forma –. No he podido dormir en toda la noche a pesar de que estoy muy cansada. No sé qué voy a hacer sin Dora, Harry –empezó a llorar aún abrazada a Harry –. Sencillamente no me quedan fuerzas. No puedo seguir. No me queda nada por lo que luchar.
–No digas eso, Andrómeda. Te queda Teddy. Tu nieto te necesita, y tú lo necesitas a él. Y estamos nosotros. No te vamos a dejar sola. Te lo prometo, yo voy a cuidar de vosotros.
–Gracias, Harry. Pero no quiero ser una carga. Tú tienes tus propios problemas y... –pero Harry la interrumpió.
–Tú no eres una carga. Tu hija y tu yerno me nombraron padrino de Teddy y es mi deber de padrino cuidar de él. Y cuidar de él pasa por que su abuela esté bien. Yo voy a estar contigo, Andrómeda. No tienes que pasar por esto tú sola. Lo sabes, ¿verdad?
–Sí, Harry. Y de verdad, no sé cómo agradecértelo.
–No hay nada que agradecer. Tú solo tienes que estar bien y cuidar de mi ahijado.
En ese momento vio que todo el mundo empezaba a sentarse y que la profesora McGonagall se dirigía al atril que había frente al lago. Se deshizo suavemente del abrazo de Andrómeda y caminaron juntos hacia las sillas. Se sentaron todos juntos en primera fila. En un extremo Andrómeda con el cochecito de Teddy delante suya; a su lado Harry quien le rodeaba los hombros con el brazo mientras que con la otra mano cogía fuertemente la de Ginny; ésta, a su vez, apretaba la mano de su madre; al lado de la señora Weasley estaba su marido que la estaba abrazando; sobre el regazo del señor Weasley reposaba la mano de su hijo Percy que tomaba con cariño la de su madre; después estaban Bill y Fleur, también abrazados, Charlie, que apoyaba su mano sobre el hombro de George y, por último, Ron que tomaba la mano de Hermione entre las suyas. En el rostro de todos estaba pintada la más absoluta tristeza, la desesperación. Todos lloraban quedamente, derramaban lágrimas silenciosas mientras que el resto de los asistentes ocupaban sus asientos. Había ido tanta gente que muchos tuvieron que crear sus propias sillas con su varita.
Cuando todos se hubieron sentado la profesora McGonagall empezó a hablar.
–Gracias a todos por haber venido. Es maravilloso teneros aquí para despedir a nuestros amigos. Para dar el último adiós a estas valientes personas que dieron su vida luchando por aquello en lo que creían, en lo que creíamos todos. Para conseguir un mundo mejor donde todos nosotros pudiéramos vivir libremente, sin miedo.
»Estos hombres y mujeres que ahora despedimos les debemos que podamos salir a la calle sin tener que mirar a nuestra espalda por si nos persigue un mortífago, que podamos decir abiertamente que somos nacidos de muggles, que podamos volver tranquilos a nuestras casa sin temer por encontrarnos la Marca Tenebrosa sobre nuestro tejado. En definitiva, les debemos el que, a partir de ahora, nuestra vida sea infinitamente mejor de lo que ha sido en años.
»Yo los conocí a todos. A todos ellos les di clase en algún momento de mi carrera. Y he sentido todas las muertes en lo más hondo de mi corazón.
»Pero, por mucho que lo intente, no podría hacerles justicia. A la mayoría de ellos no los conocí lo suficiente como para ensalzar sus virtudes todo lo que se merecen. Los más adecuados para ello son sus propios familiares. Por eso el Ministerio y la Dirección del Colegio hemos decidido dar la oportunidad a todo el que quiera de hablar sobre aquella persona que esta guerra le ha arrebatado. Todo el que tenga algo que decir podrá hacerlo.
»Somos conscientes de que eso podría alargar mucho el funeral, pero creo que estaremos todos de acuerdo en que ellos no se merecen menos.
»Y ahora, cedo la palabra a Kingsley Shackelbolt, Ministro de Magia.
Los asistentes brindaron un tímido aplauso a la profesora McGonagall, que se retiraba del atril, y a Kingsley, que se levantaba de su asiento y se disponía a decir unas palabras.
Pero Harry no escuchaba al Ministro. Sólo podía repetir en su cabeza las palabras de la profesora McGonagall. “Todo el que tenga algo que decir podrá hacerlo”. No lo había considerado, pero ahora que lo pensaba supo lo que tenía que hacer. Todos los caídos tenían a alguien que hablara por ellos. Dora tenía a Andrómeda, Colin a sus padres y su hermano, Fred tenía una familia muy numerosa, y así todos los demás estudiantes fallecidos. Los únicos que no tenían ese privilegio eran Remus y Snape. A ninguno les quedaba familia, nadie que pudiera lamentar su muerte y recordar su vida. Pero él podía tomar ese lugar, él hablaría por los dos. Se lo debía.
Después de tomar esa decisión su mente volvió al presente y escuchó las últimas palabras del discurso de Kingsley.
–Y ahora, no tengo más que ceder la palabra a todo aquel que lo desee.
El Ministro volvió a su asiento pero nadie parecía querer levantarse. Parece ser que la oportunidad de hablar sobre sus familiares les había pillado desprevenidos y aún estaban pensando qué decir. Pero Harry lo sabía muy bien. Como nadie se decidía a empezar, apretó cariñosamente la mano de Ginny y la besó, le dio a Andrómeda un beso en la mejilla y se levantó de su asiento. Se dirigió con decisión al atril y comenzó a hablar.
–Yo podría decir muchas cosas de muchos de los caídos –todos lo escuchaban expectantes –. Podría decir que Colin tenía tantas ganas de luchar que desobedeció las órdenes de la profesora McGonagall y no salió del colegio con los demás menores de edad, que Tonks pudo haberse quedado en casa con su bebé pero prefirió venir y luchar junto a su marido, que Fred murió luchando valientemente y que no era la primera vez que lo hacía. Pero no me corresponde a mí hablar de ellos sino a sus familiares, que son los que mejor los conocen. Yo quiero hablar de dos personas que no tienen quien hable por ellos. Yo quiero hablar de Remus Lupin y de Severus Snape.
»A Remus Lupin lo persiguió la desgracia toda su vida. Cuando no era más que un crío lo mordió un hombre lobo, contagiándole su maldita condición. Cada luna llena sufría dolorosas transformaciones que lo envejecieron prematuramente. Estaba condenado a ser un marginado social, un repudiado, alguien que ni siquiera tenía derecho a estudiar en Hogwarts. Pero gracias a Albus Dumbledore pudo venir al colegio como los demás niños de su edad. Aquí pasó algunos de los mejores años de su vida. Aquí conoció a mi padre, a mi madre y a mi padrino, que se convirtieron en sus mejores amigos. Tejieron una amistad que sobrevive más allá de toda barrera –se le hizo un nudo en la garganta al recordar los espectros de sus padres, de su padrino y del propio Remus, juntos aun estando muertos.
»Al terminar el colegio, cuando sólo contaba diecisiete años, se unió a la lucha contra Voldemort. Arriesgó su vida para acabar con él y con sus mortífagos. Hasta que lo perdió todo. En una noche perdió a todos sus amigos. Dos de ellos asesinados por el propio Voldemort y otro encerrado en Azkaban por un asesinato que no cometió –se negó en rotundo a hacer ninguna mención al traidor Pettigrew.
»Después de eso volvió a llevar una existencia desgraciada. De nuevo solo en la vida y de nuevo siendo un marginado por ser lo que era. Sin poder siquiera encontrar trabajo. Hasta que Dumbledore volvió a confiar en él y lo contrató para dar clase en Hogwarts. Entonces fue cuando yo lo conocí. Él fue el mejor profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras que hemos tenido nunca, con el que más aprendimos. Gracias a él conocí más a mis padres y él me hizo ver que mi padrino era inocente, dándome lo más parecido a un padre que he conocido jamás.
»Tras el renacimiento de Voldemort, él volvió a la lucha. Volvió a arriesgar su vida haciéndose cargo de peligrosas misiones. Me salvó la vida en más de una ocasión. Es mucho lo que yo personalmente le debo a Remus Lupin.
»Y la guerra se lo ha llevado cuando más feliz era. Cuando había logrado encontrar el amor y tenía un precioso bebé.
»Pero murió como quería. Murió luchando, intentando un mundo mejor para su hijo. Un mundo en el que pudiera crecer feliz y tranquilo. Murió peleando junto a su esposa. Es la muerte que él habría deseado.
Harry hizo una pausa para tragar saliva y aclararse la garganta. Nunca había hablado tanto rato seguido ni delante de tanta gente. Y lo que le resultaba más extraño es que todo el mundo escuchaba atento sus palabras. No estaba acostumbrado a esa sensación. Respiró despacio por la nariz y se preparó para seguir hablando.
–Apostaría todo lo que tengo a que Severus Snape ha sido el mago más odiado después de Voldemort durante todo el tiempo que ha durado esta guerra. Yo mismo lo habría matado con mis propias manos si hubiera tenido la oportunidad. Un sentimiento que seguro comparto con muchos de vosotros.
»Yo vi con mis propios ojos cómo mataba a Albus Dumbledore. Cómo pronunciaba la maldición asesina que acababa con la vida del que probablemente haya sido el mago más brillante de la historia.
»Pero lo que nunca podía imaginar es que mis propios ojos me engañaban. Lo que yo vi no fue más que una pantomima, una representación amañada por el mismísimo Dumbledore. Él se moría, hacía meses que sabía que su tiempo era limitado y, sabiendo eso, le pidió a Severus Snape que fuera él mismo quien lo matara, evitando así que uno de sus alumnos se convirtiera en un asesino con sólo dieciséis años.
»Severus Snape era espía de Dumbledore mucho antes de que Voldemort cayera la primera vez. A petición suya, Dumbledore siempre ocultó las verdaderas razones por las que traicionó a su señor, lo que motivó que muchos no llegaran a confiar totalmente en él. Pero lo cierto es que puso su vida en peligro para pasar información a nuestro bando. Y así siguió siendo cuando Voldemort regresó.
»Voldemort creyó hasta el último momento que Severus Snape era su más fiel sirviente. Que él mismo fue quien propició la muerte de Dumbledore. Cuando lo cierto es que hace muchísimos años que perdió su lealtad.
»Los alumnos y profesores que han estado en Hogwarts durante el último curso coincidirán en que ha sido una auténtica tortura. Pero la verdad es que, de no haber sido por él, habría sido aún peor. Su misión durante todo este curso era evitar que los Carrows tomaran el control del colegio. Ha sido un año duro, los castigos eran desmesurados y algunas clases una pantomima. Pero era necesario para mantener su tapadera. Porque él seguía trabajando para Dumbledore aun después de muerto. Él conspiraba entre las sombras contra su señor. Él nos ayudaba de incógnito para acabar con Voldemort.
»Severus Snape arriesgaba su vida todos los días infiltrándose con los mortífagos. De haberlo descubierto lo habrían matado instantáneamente. Pero él nunca pensó en abandonar, y gracias a su tesón y su valentía hoy podemos estar aquí, regocijándonos de la muerte definitiva de Voldemort.
»Él es, probablemente, el hombre más valiente que nunca haya conocido.
Harry no consideró necesario añadir nada más. Se retiró del atril y se dirigió lentamente de nuevo hacia su asiento. Sus palabras habían provocado una ligera conmoción y habían dejado un silencio sepulcral.
Transcurrieron un par de minutos antes de que otra persona se levantara y dijera unas palabras. El primero en hacerlo fue Dennis Creevey al que le siguieron otros muchos.
Como predijo la profesora McGonagall, el funeral se alargó bastante. Casi cuatro horas, durante las cuales hablaron familiares de todos los estudiantes fallecidos, Andrómeda habló de su hija y de su marido, asesinado simplemente por ser hijo de muggles, y Bill habló de Fred, en representación de todos los Weasley.
Las palabras de todos ellos les desgarraron el corazón. Nadie pudo contener las lágrimas al recordar a los caídos. Mientras Bill hablaba de su hermano, la señora Weasley, que había estado llorando quedamente, no pudo más y rasgó el silencio con un desgarrador llanto. Harry se sentía impotente y pudo leer esa misma impotencia en los ojos de Ginny mientras que intentaba consolar a su madre.
Una vez acabados los discursos, la profesora McGonagall se dirigió de nuevo al atril para pedir a todos aquellos que quisieran llevarse los cuerpos de sus familiares a sus respectivos lugares de origen que se acercaran para recibir un traslador que los llevaría de vuelta a sus hogares.
Cuando solo quedaron seis cadáveres, los de Dora, Remus, Fred, a quien su familia había decidido dejar allí porque eso era lo que él habría querido, Snape y otros dos estudiantes, el mago bajito y de pelo ralo que había oficiado el funeral de Dumbledore dijo también unas palabras, pero que sonaron huecas y vacías, tras lo cual agitó su varita y, donde hace un instantes estaban los cuerpos de los caídos, aparecieron blancas lápidas de mármol. Cada familia tuvo la oportunidad de poner en ellas lo que creyeran más conveniente. A Harry le correspondió escribir en la lápida de Lupin. Aparte de las fechas de nacimiento y muerte, realmente no sabía bien qué más poner, pero entonces recordó algo que le dijo Dumbledore hace muchos años, "para una mente bien organizada, la muerte no es más que la siguiente gran aventura", y pensó que era adecuada para la tumba de Remus.
Terminó de tallar el epitafio y colocó frente a la lápida unas flores que hizo aparecer con su varita. A su lado estaba Andrómeda llorando frente a la tumba de su hija. Harry la abrazó y ella se deshizo en lágrimas sobre su pecho. Tras unos minutos abrazados en silencio, se dirigieron juntos hacia la tumba de Fred, frente a la que estaban todos los Weasley, igualmente destrozados. Le pasó a Ginny un brazo por los hombros y la besó en el pelo. Ella se apoyó en su hombro y se echó a llorar.
Él se limitó a acariciarla en silencio. La dejó llorar sobre su hombro mientras tenía la vista fija en otra tumba distinta. Ya durante el funeral se dio cuenta de que habían reparado la tumba de Dumbledore. El cadáver del director volvía a estar en su sitio y la blanca lápida estaba de nuevo intacta. Pero ahora que estaba más cerca recordó que había algo que tenía que hacer en esa tumba. Se odió a sí mismo por no haberlo hecho antes, porque eso significaba que tendría que volver a profanarla para volver a colocar la Varita de Saúco en su antiguo lugar. La Varita había permanecido en el bolsillo interior de su túnica desde la batalla, no se había atrevido a alejarse de ella.
Al cabo de unos minutos, se alejaron todos juntos y se reunieron con todos los que aún quedaban en el colegio: los profesores, los miembros de la Orden del Fénix, el Ministro, algunos funcionarios del Ministerio y los familiares de los estudiantes enterrados en Hogwarts. La profesora McGonagall los había invitado a todos a un almuerzo tardío, o una cena temprana, en el Gran Comedor.
Antes de dirigirse de vuelta al colegio, se entretuvieron unos instantes dando y recibiendo pésames. Harry buscó con la mirada a Ron y Hermione. Los localizó a unos metros de donde él estaba. Apretó la mano de Ginny y le dio un beso en la frente:
–Cariño –le dijo –, he de hablar con Ron y Hermione. Quédate con ella –señaló a la señora Weasley que estaba cogida de la mano de su hija –. Volveré en seguida.
Harry y Ginny se miraron directamente a los ojos unos segundos. Ella supo que, fuera lo que fuese lo que tenía que hacer, tenía que hacerlo solo, sin ella. Él se lo contaría todo cuando fuera el momento.
–De acuerdo. No tardes mucho.
–No lo haré –volvió a besarla y se alejó.
Ron y Hermione estaban un poco retirados de los demás, abrazados. Cuando se acercó a ellos lo incluyeron en el abrazo.
–Chicos –dijo al cabo de unos momentos –, he de pediros un último favor.
–Lo que quieras, Harry –contestó Hermione.
–Aún no he devuelto la Varita de Saúco a la tumba de Dumbledore y me preguntaba si me ayudaríais.
–Por supuesto que sí, Harry –dijo Ron –. Lo haremos contigo.
–Gracias. Pero si vamos a destrozar de nuevo la tumba de Dumbledore creo que antes deberíamos ir a hablar con McGonagall.
–Será lo mejor –sentenció sabiamente Hermione.
Se dirigieron los tres juntos hacia donde estaba la directora. Estaba hablando con el profesor Flitwick.
–Disculpe, profesora –empezó Harry tímidamente –. ¿Podríamos hablar un momento con usted?
–Por supuesto, Harry –contestó –. Discúlpame, Filius –añadió dirigiéndose al profesor –. Hablaremos en la cena.
–Por supuesto, Minerva –y se alejó camino del colegio.
– ¿Qué se os ofrece, chicos?
–Verá, profesora –Harry quiso tomar las riendas del asunto –. Queríamos anunciarle que hemos decidido devolver esto –sacó la varita del bolsillo de su túnica – a su antiguo lugar.
Ella observó la varita con detenimiento y pareció reconocerla.
–Esa es... –dijo impresionada – la varita del profesor Dumbledore.
–Así es –dijo Harry –. Voldemort la cogió de su tumba y yo quiero devolverla a su lugar. El profesor Dumbledore, bueno, su retrato, está de acuerdo. Sé que esto implica volver a profanar su tumba, pero creo que es necesario. Por eso quería hablar antes con usted. ¿Está de acuerdo?
–Claro que estoy de acuerdo, Harry. Si el profesor Dumbledore está conforme no creo que yo tenga nada más que añadir. Lo único que os pido es que volváis a dejar la tumba como estaba.
–Eso ni lo dude, profesora.
–Creo que sería mejor que lo hicierais durante la cena. Así no os molestará nadie ni os harán preguntas innecesarias.
–Está bien. Muchas gracias, profesora.
–De nada, Harry –y se dirigió al colegio hacia donde se dirigían todos lo demás.
La cena transcurrió tranquila. Habían vuelto a poner solo una mesa donde se sentaron todos juntos. Harry se sentó al lado de Ginny y Ron y Hermione se sentaron en frente de ellos. Hablaron muy poco, casi nada. Todavía se escuchaban algunos sollozos ahogados, algunos de ellos soltados por la señora Weasley que era consolada por su hija y su marido, aunque ninguno de sus otros hijos la dejaba sola mucho rato.
Al terminar la cena, Harry volvió a despedirse de Ginny prometiéndole que no tardaría en regresar y que más tarde le contaría todo.
Harry, Ron y Hermione se escabulleron del Gran Comedor intentando pasar desapercibidos. No fue algo muy difícil dado el número de personas que se había quedado a cenar. Salieron a los jardines y se dirigieron al cementerio. Inconscientemente se habían cogido de la mano, como dándose ánimos mutuamente.
Cuando llegaron a la tumba de Dumbledore, Hermione empuñó la varita con la mano temblorosa y levantó la tierra que la cubría, acumulándola en un montón. Tras eso, Ron sacó levitando el cadáver del director. Los tres estaban aterrados por lo que estaban haciendo. Les pareció algo horrendo e irrespetuoso, pero se consolaban pensando que el propio Dumbledore estaba de acuerdo con eso. Una vez que el cadáver estuvo fuera, Harry se acercó y colocó de nuevo la varita en las manos de su antiguo dueño. Intentó no mirar a la cara al cadáver, no creía que pudiera seguir haciendo eso si lo miraba a la cara. Terminó de poner la varita y él mismo volvió a depositar el cadáver en su sitio. Con un último movimiento de su varita, el cadáver de Albus Dumbledore volvió a reposar de nuevo bajo tierra.