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Historia 27195 — capítulo 7

Los señores Weasley habían insistido a Harry y a Hermione para que esa noche durmieran en La Madriguera. Todos los hermanos iban a pasar unos días en casa de sus padres antes de volver a sus respectivos hogares. Harry, que no quería dejar sola a Andrómeda, pidió a la señora Weasley que también la invitara, a lo que ella accedió encantada. Durante el embarazo de Tonks ambas mujeres habían forjado una ligera amistad que el dolor por las pérdidas había fortalecido.

Después de cenar en el colegio, los nueve Weasley, Harry, Hermione, Andrómeda y el pequeño Teddy llegaron a La Madriguera por la Red Flú. No tenían mucho ánimo para irse a dormir, así que Fleur, que parecía haber perdido todas sus maneras de princesita mimada durante las penalidades de la guerra, se ofreció a hacer té para todos.

Pasaron al salón aun con el humor lúgubre y se distribuyeron por los asientos. La señora Weasley se sentó en el sofá entre su marido y su hijo Percy; George, Charlie y Andrómeda ocuparon algunos de los sillones; Bill fue a la cocina a ayudar a su esposa; Ron y Hermione se sentaron cerca del sofá, sobre la alfombra; Harry tomó posesión de otro sillón y Ginny se sentó en el suelo con la cabeza apoyada en las rodillas de su novio. A Harry le sorprendió el lugar que había elegido para sentarse pero no dijo nada, se limitó a acariciarle el pelo con cariño.

Pasaron unos momentos en total silencio hasta que George tomó la palabra.

– ¿Os acordáis –dijo con una ligera sonrisa –de cuando Fred transformó el osito de peluche de Ron en una araña peluda? Todavía me acuerdo de tu cara, Ron.

Ninguno pudo evitar reírse a carcajadas, aun con los ojos llenos de lágrimas. Estuvieron un buen rato recordando las mejores bromas de Fred. La risa les hizo sentirse mejor y se prepararon para irse a la cama con el ánimo renovado.

Como eran muchos tuvieron que reorganizarse para dormir. Bill y Fleur dormirían en el antiguo dormitorio de Bill, Charlie y Percy también ocuparían sus antiguas habitaciones, Ron compartiría el dormitorio de los gemelos con George y Hermione dormiría con Ginny. La señora Weasley le ofreció a Harry el cuarto de Ron pero él prefirió cederlo a Andrómeda y a Teddy. Sugirió entonces que Charlie durmiera con George para que él y Ron pudieran compartir el dormitorio de su hijo mayor pero Harry se negó en rotundo. No quería sacar a nadie de su dormitorio.

–No se preocupe señora Weasley –le dijo –. Puedo dormir en el sofá.

–De ninguna manera, Harry. No puedes dormir ahí. Mañana te dolerá todo el cuerpo.

–Si algo le debo a mis tíos –contestó con una sonrisa –es haberme acostumbrado a dormir en cualquier sitio. Si aguanté diez años durmiendo en la alacena bajo la escalera puedo aguantar una noche durmiendo en un sofá.

La señora Weasley pareció seriamente ofendida por la revelación de Harry (nunca antes le había contado a nadie donde lo obligaban a dormir sus tíos antes de entrar en Hogwarts) y profirió toda clase de insultos a los Dursley. Pero finalmente cedió a las insistencias de Harry. Le dio unas mantas y una almohada y le deseó buenas noches.

Todos se despidieron de él salvo Ron, que le pidió dar un paseo antes de dormir. Hacía una noche apacible y cálida, así que aceptó gustoso. Ambos amigos salieron al dulce aire nocturno y caminaron juntos por el jardín. Después de unos minutos en silencio, Harry se atrevió a soltar la pregunta que desde hace un par de días le quemaba los labios.

–Así que –empezó sonriendo a su amigo de forma pícara –, por fin te decidiste a declararte a Hermione.

Ron enrojeció hasta las orejas, como era habitual en él.

–Bueno, sí... –balbuceó –. Mejor dicho, no... Más o menos.

–Ron, amigo –Harry hacía esfuerzos por no reírse –. Si no te explicas mejor no seré capaz de entenderte.

–La verdad es que fue más o menos a medias. Cuando nos separamos al salir del despacho de Dumbledore y bajábamos al Gran Comedor, casi sin darnos cuenta nos cogimos de la mano y tomamos el camino más largo, como si no quisiéramos llegar con los demás.

»Yo, bueno tú sabes que nunca he sido muy decidido, pero sabía que ese era el momento, que si lo retrasaba más igual la volvería a perder. Así que, después de pensarlo durante un par de minutos le dije:

»–Hermione, hay una cosa que quiero preguntarte.

»–Pregunta –me dijo muy bajito.

»–Ese beso que me diste durante la batalla, ¿lo sentías de verdad o fue por el calor del momento, por lo que dije de los elfos domésticos?

»Ella me miró sonriéndome y me dijo:

»–Si quieres que te diga la verdad fue por el calor del momento –en ese momento se me cayó el alma a los pies, y debió notárseme en la cara porque en seguida añadió –: Pero lo cierto es que hacía mucho tiempo que tenía ganas de hacer eso.

»No sabía muy bien qué quería decir con eso.

»–Eso significa...

»–Eso significa que te quiero, Ronald Weasley. Que te quiero desde hace tanto tiempo que ni siquiera recuerdo cuánto, que has sido un idiota por no haberte dado cuenta y que yo he sido aún más idiota por no habértelo confesado antes.

»Ella se había parado y me dijo todo eso mirándome a los ojos. Y entonces yo no pude más y la besé. Y fue maravilloso, Harry, fue mucho mejor que el primero. Hacía tanto tiempo que soñaba con ese momento. Cuando acabamos de besarnos la abracé y le dije al oído:

»–Yo también te quiero, Hermione. Me gustaría poder decir que desde que te conocí, pero los dos sabemos que eso sería una mentira. Eras tan compulsivamente sabelotodo. Pero he aprendido a quererte con los años, tal como eres, incluso con esos ataques de marisabidilla que te dan de vez en cuando y que ahora me parecen encantadores.

»Estuvimos abrazados un par de minutos y luego seguimos hacia el Gran Comedor. Allí vimos a Kreacher y le pedimos que te subiera algo de comer. Pareció encantado de poder hacer algo por ti. No nos habíamos planteado contárselo a nadie pero entramos al salón cogidos de la cintura, así que no tenía sentido negarlo. Mis padres se alegraron mucho y también Ginny. Ella me dijo lo mismo que tú. "Por fin". Nos preguntó dónde estabas y cuando se lo dijimos se fue no sé a dónde.

–A verme –Ron lo miró sorprendido –. Subió al dormitorio a verme.

– ¿Fue entonces cuando volvisteis?

–Así es –le contó todo lo ocurrido en la Torre de Gryffindor tras lo cual volvieron a la casa y se fueron a dormir.

Mientras, en el cuarto de Ginny, dos chicas se hacían las mismas confidencias antes de acostarse.

Después de la cena en el colegio, Harry le había pedido a Kingsley ir a recoger a sus tíos al día siguiente, así que, cuando bajó a desayunar esa mañana llevaba su mejor ropa muggle. Se dirigió a la cocina pero se sorprendió al verla vacía. Al parecer, como eran muchos, habían decidido desayunar en el jardín.

Encontró a Ginny colocando unos cubiertos. Caminó hacia ella, la abrazó por detrás y le dio un beso en la mejilla.

–Buenos días, amor –le dijo al oído.

–Buenos días, cariño –contestó ella –. ¿Por qué vas vestido así? –se había acostumbrado a verlo siempre ataviado con túnicas de mago.

–Es cierto –exclamó Harry –. Se me olvidó por completo contártelo anoche, cariño. Lo siento. Hoy voy a ir a recoger a mis tíos y a mi primo para llevarlos a su casa.

– ¿Y vas a ir tú? –Harry entendía perfectamente la sorpresa de Ginny. Él se había pasado años odiando a sus tíos, deseando no volver a verlos más, y ahora era él quien iba a buscarlos.

–Sí –contestó Harry –. Hay ciertos asuntos que quiero aclarar con mi tía. Además han cambiado muchas cosas desde la última vez que los vi. Es muy largo de explicar y tengo algo de prisa, pero te prometo que te lo voy a contar todo. Absolutamente todo. No quiero tener secretos contigo, cariño. Lo que pasa es que son demasiadas cosas y necesitaré un buen rato, tal vez una tarde entera, para ponerte al día de todo. ¿Estás de acuerdo?

–Claro que lo estoy, Harry. ¿Puedo ir contigo? –preguntó tímidamente.

–No creo que sea buena idea, amor. Ya sabes que mis tíos odian la magia y se han pasado casi un año conviviendo con dos magos adultos. Y además voy a ir por ellos con otros dos. Kingsley se empeñó en que me llevara dos aurores por si las moscas –añadió al ver la mirada de extrañeza de Ginny –. Así que no creo que la presencia de otra bruja, aunque sea una tan encantadora como tú –Ginny sonrió –, sea muy bienvenida. ¿No te enfadas?

– ¿Por quién me tomas, Harry? –preguntó ella un poco indignada –. ¿Por una cría de diez años? Claro que no me enfado. Lo haría si no me hubieses dado un motivo válido para no llevarme contigo. Pero sí lo has hecho, así que no veo ninguna razón para enfadarme.

Harry estaba avergonzado.

–Tienes razón –dijo casi sin poder mirarla a la cara –. No eres ninguna cría. Perdóname. Es solo que, desde la conversación en el dormitorio has intentado por todos los medios no separarte de mí, y pensé que si te volvía a decir que no podías acompañarme te enojarías.

Ginny sonrió un poco sonrojada.

– ¿Te has dado cuenta?

– ¿De qué? ¿De que no te querías separar de mí? –Ginny asintió con la cabeza –. Sí. La primera pista fue esa sucia treta que usaste para dormir conmigo en la clase de Encantamientos –dijo con una sonrisa –. Y mis sospechas se vieron confirmadas cuando a la mañana siguiente no me soltaste la mano cuando iba a hablar con McGonagall –Ginny se había puesto del mismo color que su pelo –Pero no tienes por qué avergonzarte, cariño –la abrazó –. Es normal. Yo tampoco me quería separar de ti –le dio un beso en la frente y ella recuperó poco a poco su color normal.

Mientras desayunaban todos parecían estar algo mejor, aunque la señora Weasley y Andrómeda aún tenían ojeras. Después de tanto dolor, era esperanzador ver cómo se consolaban y se apoyaban unos a otros. El desayuno transcurrió tranquilo y apacible, incluso con algunas risas. Empezaban a dar los primeros pasos para superar la desgracia.

Al acabar de desayunar, Harry se despidió de todos y prometió que volvería para la cena pero que no sabía si podría volver a almorzar. Salió al camino que conducía al pueblo y se desapareció. Había quedado en reunirse con los dos aurores que le mandó Kingsley a las afueras de Stratford.

Una vez se reunió con ellos caminaron juntos hasta la casa donde estaban sus tíos y llamaron a la puerta. Abrió una Hestia Jones exultante de felicidad.

–Harry –exclamó al tiempo que lo abrazaba y lo arrastraba dentro de la casa –. Qué alegría verte. Kingsley nos contó lo que hiciste. No tengo palabras para agradecértelo, de verdad. Gracias a ti ahora podremos vivir tranquilos.

Harry agradeció las palabras de Hestia con una enorme sonrisa.

–Gracias, Hestia –dijo –. Y gracias también por proteger a mi familia todos estos meses.

–No hay por qué darlas, Harry. Fue todo un placer.

–Permíteme que lo dude –repuso él con una ligera sonrisa –. Mis tíos nunca han sido muy encantadores, que digamos.

–Bueno –Hestia parecía algo incómoda con la conversación –, la convivencia no fue fácil, pero creo que nos tenían demasiado miedo como para ponernos excesivos problemas. Todo lo más tu tío Vernon protestaba cuando les decíamos que debíamos cambiar de nuevo de ubicación. Pero nada que no se solucionase con un par de verdades sobre lo que los mortífagos les hacían a los muggles por pura diversión, y mucho más si eran familia de Harry Potter.

Harry, Hestia y los dos aurores rieron con ganas durante unos momentos hasta que Harry preguntó:

– ¿Dónde están mis tíos?

–Están en la sala con Dedalus. Como nos les dejamos salir se pasan el día viendo ese aparato muggle que se llevan a todas partes.

– ¿Aún no les dejáis salir?

–Sí –contestó Hestia –, no les hemos dicho que todo ha acabado porque querrían volver a su casa en seguida, y sabíamos que tú querías venir a por ellos.

–Gracias. Voy a pasar a verlos.

–Claro, Harry –contestó Hestia –. Voy a avisarlos.

Hestia abrió la puerta de la sala y dijo:

–Señores Dursley, tienen una visita.

Desde el vestíbulo Harry escuchó el inconfundible sonido de su tío Vernon mascullando algo parecido a "¿y quién va a venir a visitarnos a esta casucha de mala muerte?". Sin darles tiempo a que se hicieran más preguntas sobre la identidad del visitante, Harry entró en la sala esbozando una tímida sonrisa, algo temeroso por como lo recibiría su familia. Tío Vernon y tía Petunia estaban sentados en un sofá y Dudley y Dedalus ocupaban sendos sillones.

–Hola, tío Vernon, tía Petunia, Gran D.

Dudley se levantó de un salto diciendo:

–Harry. Mira, mamá es Harry –dijo visiblemente emocionado mirando a su madre – ¿Cómo estás, Harry? ¿Acabaste ya con todos esos magos peligrosos? –preguntó inocentemente al tiempo que le tendía la mano.

–Bueno –contestó Harry un poco extrañado con el interés de su primo estrechándole la mano –, más o menos. Gracias por preguntar, Gran D.

–De nada. Me alegro de que lo consiguieras. Y me alegro de volver a verte.

–Yo también me alegro, Dudley.

Detrás de Dudley, Dedalus Diggle también se había levantado y se acercaba a él.

–Harry Potter –dijo mientras le tendía la mano –. Un honor, como siempre. Y mucho más después de lo que hiciste. No sé cómo darte las gracias.

–Gracias, Dedalus –contestó Harry mientras le estrechaba la mano que le tendía.

–Dedalus, ¿por qué no me acompañas a la cocina a preparar un té para todos? –Hestia intentaba de nuevo dejarlos a solas, con la diferencia de que ahora Harry le agradecía el detalle.

–Por supuesto, Hestia –contestó Dedalus –. Iré encantado –salió de la sala y cerró la puerta dejando a los tres Dursley y a Harry en un incómodo silencio que éste ultimo no tardó en romper.

–Bueno antes que nada quisiera disculparme por lo que habéis tenido que pasar estos meses –Harry tomó asiento y su primo lo imitó –. Pero ha sido lo mejor para vosotros. Voldemort y sus mortífagos han tomado terribles represalias contra aquéllos que se oponían o los que me apoyaban a mí y contra sus familiares. Con vosotros, por ser mi familia, habrían sido particularmente crueles.

»La buena noticia es que ya ha terminado todo. Voldemort está muerto al igual que bastantes de sus seguidores, y el resto ya han sido capturados y enviados a Azkaban. Y por eso estoy aquí. He venido a recogeros y a llevaros de vuelta a casa. Ya no hay peligro.

Tío Vernon y tía Petunia, que habían mantenido la misma expresión a medias incrédula a medias aterrada desde que Harry hizo acto de presencia en la habitación, se miraron inexpresivos y volvieron a mirar a Harry.

– ¿De verdad podemos volver a nuestra casa? –preguntó receloso tío Vernon.

–Así es –contestó Harry –. En cuanto hagáis vuestro equipaje volveremos en coche a Privet Drive. Yo iré con vosotros y dos aurores del ministerio nos seguirán desde el aire con escobas.

–Acabas de decir que ya no hay peligro –como siempre tío Vernon no desaprovechaba la oportunidad de atacar a Harry.

–Y no lo hay, pero Kingsley, que es el nuevo Ministro de Magia, se empeñó en ello. Sólo por si las moscas –sabía que mencionar al Ministro era jugar una buena carta, ya que era el único mago que había logrado ganarse la confianza de su tío.

–Bueno, siendo así, está bien –se levantó decidido y dijo –: Vamos Petunia. Hagamos el equipaje y acabemos con esta locura.

–En realidad –dijo Harry mientras tía Petunia y Dudley empezaban a levantarse –, quisiera hablar con tía Petunia a solas.

Casi había olvidado lo hinchada que podía llegar a estar la vena de la frente de su tío y lo púrpura que podía llegar a ser su rostro.

– ¿CÓMO QUE QUIERES HABLAR CON ELLA? –soltó a voz en grito –. ¿ACASO CREES QUE TE VOY A DEJAR A SOLAS CON MI MUJER PARA QUE LA HECHICES O ALGO PARECIDO?

Dedalus y Hestia había vuelto a la sala alarmados por los gritos de tío Vernon.

– ¿Qué ocurre aquí? –preguntó la bruja.

–OCURRE QUE ESTE DESGRACIADO NO TIENE SUFICIENTE CON HABERNOS HECHO PERDER MESES DE NUESTRA VIDA SINO QUE AHORA QUIERE HACERLE ALGO MALO A MI ESPOSA.

–Permítame que lo dude, señor Dursley –repuso Dedalus –. No creo capaz a Harry de hacerle nada malo a su propia tía, ¿verdad que no, Harry?

–Por supuesto que no –contestó él extremadamente tranquilo. Al contrario que su tío, él no había perdido la calma, ni pensaba hacerlo –. Sólo quiero hablar con ella a solas. Mira, si te sientes más seguro le dejaré mi varita a Dedalus. No puedo hacer magia sin ella –en un gesto de buena voluntad, Harry sacó la varita del bolsillo de su pantalón y se la ofreció inocentemente al mago – ¿Te parece bien?

–CLARO QUE NO ME PARECE BIEN. PUEDES HACER MAGIA SIN ELLA. TE HE VISTO HACERLO. COMO AQUELLA VEZ QUE TE CRECIÓ EL PELO DE LA NOCHE A LA MAÑANA, O LA VEZ QUE HINCHASTE A LA POBRE MARGE, O...

Pero la presumiblemente larga retahíla de tío Vernon fue interrumpida por la tímida voz de tía Petunia.

–Está bien, Vernon. Hablaré con él –su marido la miró incrédulo.

–Pe...Petunia, querida –tartamudeó –. ¿Qué estás diciendo?

–Estoy diciendo que hablaré con él. Tú y Dudders subid a hacer el equipaje. Yo mientras hablaré con Harry.

–Pero Petunia, querida. ¿Y si te hechiza? ¿Y si te hace algo malo? ¿Y si...?

–YA ESTÁ BIEN, VERNON –el grito de tía Petunia pareció sorprender hasta a ella misma –. TE HE DICHO QUE HABLARÉ CON ÉL. Ahora, por favor, subid a hacer el equipaje.

Incapaz de replicarle a su esposa, tío Vernon salió de la sala visiblemente derrotado. Lo siguieron su hijo, que miraba a su madre incrédulo, Dedalus y Hestia.

Al quedarse a solas con su tía, a Harry, que sabía muy bien qué quería decirle, pareció haberlo abandonado su capacidad de hablar.

Intentando romper un poco el hielo, invitó a tía Petunia a sentarse en el sofá y él se sentó a su lado.

–Tía Petunia –empezó Harry mientras que, tímidamente, tomaba las manos de su tía entre las suyas. Ella pareció dudar momentáneamente, pero mantuvo el contacto –. Yo quería decirte que sé por qué odiabas tanto a mamá –su tía lo miró sorprendida –. Sé que de pequeñas estabais muy unidas y que os distanciasteis cuando ella se fue a Hogwarts.

La expresión en el rostro de tía Petunia era de absoluta sorpresa. Miraba a su sobrino totalmente incrédula.

– ¿Cómo...? –tartamudeó –. ¿Cómo sabes...?

–Un amigo de la infancia de mamá me lo contó hace unos días. Me contó que ella hacía magia antes de entrar a la escuela y que a ti no te gustaba. Que cuando ella recibió la carta del colegio tú quisiste que también te admitieran y que cuando Dumbledore te dijo que eso no era posible desarrollaste un odio irracional a todo lo relacionado con la magia. Incluida mamá. ¿Verdad?

Miró a su tía esperando una respuesta, pero ella había empezado a sollozar con la cara enterrada en su pañuelo. Se limitó a asentir levemente con la cabeza.

–Lo que quiero decirte, tía Petunia, es que no te culpo. Yo habría reaccionado igual ante un rechazo como ese. Y también quiero darte las gracias por haberme acogido en tu casa a pesar de que me odiabas a mí tanto como a ella. Teniéndome aquí contigo cerraste la protección que mamá puso sobre mí al morir. Hiciste que su sacrificio no fuera en vano. Y es por lo que te estoy más agradecido.

Ella evitaba a toda costa mirarlo a los ojos.

–Mírame, tía Petunia –cogió suavemente la barbilla de su tía y la obligó a mirarlo a la cara –. Te llamaba Tuney, ¿verdad?

En ese momento los ojos de ambos se cruzaron por fin. Tía Petunia posó sus ojos en los verdes de Harry y encontró algo allí que la hizo llorar desconsoladamente.

– ¡Oh! ¡Lily! –sollozó mientras se abrazaba a su sobrino.

A Harry le sorprendió la reacción de su tía pero se recuperó enseguida y la abrazó cariñosamente. No le costó mucho adivinar lo que había pasado. Recordar lo unida que estaba ella a su hermana cuando niñas la había enternecido y en los ojos de su sobrino había reconocido los de su difunta hermana.

–Lo siento, Lily –dijo entre llantos mientras aún abrazaba a Harry –. Lo siento tanto. Te he odiado tanto todos estos años. Y ahora te has ido y no me puedes perdonar.

–Sí que puede, tía Petunia –le dijo Harry suavemente –. Sé que ella puede verte y oírte. Y seguro que está orgullosa de ti y que te ha perdonado.

– ¿Cómo puedes saber eso?

–Magia –contestó Harry sonriendo –. Los magos tienen formas de hacerse oír después de muertos.

Su tía lo miró totalmente desconcertada.

–Tú... ¿Tú la has visto?

–Sí. Y sé que está bien. Está con mi padre y con sus mejores amigos. Me dijo que estaba orgullosa de mí. Y seguro que también lo está de ti. Sé que ella siempre te quiso mucho.

– ¿Cómo puedes saber todo eso?

–Ya te lo he dicho. Me lo contó un amigo de la infancia de mamá.

–Pero ella sólo tenía un amigo. Ese muchacho tan raro que vestía de manera extraña. Ese Snape.

–Precisamente. Lo que me lleva al segundo asunto que quería aclarar contigo.

Tía Petunia puso cara de no entender.

–Él, se puede decir que me lo contó todo antes de morir –tía Petunia se tapó la boca con las manos –. Sabía que yo necesitaba saber. Y hay algo sobre él que quiero que sepas. Sé que nunca te cayó bien, pero debes saber que él hizo todo lo que pudo para salvar a mamá, para que Voldemort no la asesinara. Y cuando no lo consiguió continuó trabajando para protegerme a mí. Puso su vida en peligro por ello. Fue muy valiente. Y no sería justo que no lo supieras.

Ella siguió sollozando y volvió a abrazarse a Harry. Él la dejó llorar unos minutos sobre su hombro Pero antes de que pudiera decir nada para consolarla entró tío Vernon como una exhalación, otra vez de color púrpura y con la vena de la frente hinchada. Se abalanzó sobre su sobrino cogiéndolo del jersey y levantándolo del sofá.

– ¿QUÉ LE HAS HECHO, DESGRACIADO? –gritó –. ¿POR QUÉ ESTÁ LLORANDO?

–Vernon –intentó interrumpir tía Petunia.

– ¿QUÉ ES LO QUE LE HICISTE? –seguía gritando y agitando a Harry en el aire. Él no perdió la compostura, lo que pareció poner más nervioso a tío Vernon.

–Vernon –volvió a decir su tía. Dudley y Dedalus intentaban que tío Vernon lo soltara, con escaso éxito.

– RESPÓNDEME, ¿QUÉ LE HICISTE?

– ¡VERNON! –esta vez era tía Petunia quien había gritado. Su marido la miró desconcertado –. Suéltale. Él no me ha hecho nada. Al menos nada malo.

Tío Vernon soltó bruscamente a Harry y se dirigió hacia su esposa con gesto preocupado.

–Petunia, querida. ¿Qué te hizo? ¿Te hechizó? ¿Te modificó la memoria como hicieron con Marge?

– TE HE DICHO QUE NO ME HIZO NADA, VERNON –él no podía creer que hubiera vuelto a gritarle –. Sólo estuvimos hablando.

– ¿Y por qué llorabas?

– Por nada. Cosas mías. Y a partir de ahora haz el favor de tratar bien a Harry. Es lo único que me queda de mi difunta hermana.

El primer sorprendido por las palabras de tía Petunia fue Harry, pero su sorpresa no era nada comparada con la de su primo y, sobre todo, con la de su tío. Los ojos de Vernon Dursley estaban a punto de salirse de sus órbitas.

–Petunia, querida –dijo con hilo de voz –. ¿Estás bien?

–Nunca he estado mejor, Vernon –contestó ella decidida –. Y ahora coge las maletas. Volvamos a casa.

Tía Petunia salió de la sala seguida de su hijo y de Harry, que la ayudó a coger algunas maletas. Tío Vernon fue el último en salir. Parecía estar recuperándose aun de la impresión.

Metieron las maletas en el coche que conduciría su tío. Dedalus ocupó el asiento del copiloto y tía Petunia y Dudley se sentaron atrás a ambos lados de Harry. Los dos aurores alzaron el vuelo antes de que arrancaran para comprobar que todo estaba bien. Como Hestia no cabía en el coche y no tenía escoba, iba a aparecerse directamente en su casa. Se despidió de los Dursley y de Harry y les deseó buen viaje. Harry, por su parte, volvió a agradecerle todo lo que había hecho por ellos, y su tía y su primo sorprendieron a todos haciendo lo mismo.

Cuando los aurores comprobaron que todo estaba despejado partieron en dirección a Surrey. El viaje duró unas dos horas, durante las cuales Harry contó, a petición de tía Petunia y de Dudley, a grandes rasgos, cómo había pasado él todos estos meses, cómo había matado a Voldemort y lo feliz que era porque tenía una novia maravillosa.

Llegaron al número cuatro de Privet Drive y lo encontraron tal cual lo dejaron unos meses atrás, sólo que con una espesa capa de polvo que Harry no tardó en eliminar a golpe de varita. Después de ayudarlos a sacar las maletas del coche, Dedalus y los dos aurores se despidieron y se desaparecieron.

Harry volvió a su antigua habitación. Fue una sensación extraña. Creyó que nunca volvería allí y, sin embargo, allí estaba. Apiló todo lo que no se había llevado la primera vez en un solo montón y lo mandó mediante un hechizo al único lugar que se le ocurrió en ese momento, el número 12 de Grimmauld Place. Al fin y al cabo, era su casa.

Bajó de nuevo y se encontró a su familia la cocina, almorzando algo. Tía Petunia lo invitó a que se quedara pero él se excusó diciendo que lo esperaban en la Madriguera. Se volvió para irse cuando su tía lo llamó.

–Harry, querido. ¿Por qué no venís tu novia y tú a tomar el té una de estas tardes?

–Lo siento, tía Petunia –dijo mirando de reojo a tío Vernon –. Pero no creo que sea buena idea.

–El muchacho tiene razón, Petunia –gruñó tío Vernon –. No creo que sea bue... –pero se cayó al ver la mirada asesina que le lanzaba su esposa.

–Por favor, Harry –ella volvió a mirarle a él con gesto dulce. Harry estaba impresionado –. Estoy segura que a mamá le gustaría.

Había dado en el clavo. Harry también estaba seguro de eso y ahora no podría negarse.

–Está bien –dijo derrotado –. En un par de días salgo de viaje. No sé cuánto estaré fuera, aunque espero que no mucho. Pero cuando vuelva hablaré con Ginny y vendremos a tomar el té.

–Gracias, Harry.

–De nada, tía Petunia. Bueno, os dejo almorzar. Hasta pronto.

Pero su tía quiso acompañarlo a la puerta de la casa.

–Una última cosa, tía Petunia –le dijo antes de irse –. Mamá está enterrada en un pequeño pueblo llamado el Valle de Godric, en el cementerio que hay a la espalda de la iglesia. Estoy convencido de que le encantaría que fueras a verla.

La besó en la mejilla y se desapareció en el vestíbulo dejando a tía Petunia con los ojos bañados en lágrimas.