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Historia 27195 — capítulo 8

Cuando Harry llegó a la Madriguera se encontró con algo que no esperaba. En el jardín, sentados a la mesa, no solo estaban los nueve Weasley, Hermione, Andrómeda y Teddy, si no también Neville y su abuela y Luna y su padre. La señora Weasley se levantó y le abrazó.

–Harry, querido –le dijo –. Qué sorpresa. No te esperábamos para el almuerzo.

–Ha sido más rápido de lo que yo esperaba –contestó Harry –. Veo que tienen visita –añadió señalando a la mesa.

–Tenemos, Harry –corrigió ella dulcemente –. Esta también es tu casa.

Harry agradeció las palabras de la señora Weasley con un cálido abrazo. Ella le acarició la mejilla con los ojos ligeramente humedecidos.

–Ven a comer, Harry. Has llegado justo a tiempo, aún no habíamos empezado. ¿Tienes hambre?

–Mucha, señora Weasley.

Ella se sentó a la mesa pero Harry tuvo que saludar a todos antes de poder hacer lo mismo. El señor Lovegood se disculpó más veces de las que Harry consideró necesarias. Intentó excusarse diciendo que no tenía otro remedio, que tenía que recuperar a su hija. Después de que Harry le asegurara que no tenía importancia y que él hubiera hecho lo mismo, pareció quedarse más tranquilo y dejó que se sentara.

Harry quiso aprovechar el almuerzo para felicitar a Neville y a Luna por su fantástica actuación en la batalla.

–Luna –dijo mientras se servía algo de comida –, tú estuviste magnífica peleando con Bellatrix. Y Neville, tú te enfrentaste al mismísimo Voldemort, y le cortaste el cuello a Nagini tan deprisa que aún no sé bien cómo ocurrió.

Neville se sonrojó muy deprisa pero Luna permaneció impasible, como si aquello no fuera con ella.

–Gracias, Harry –dijo con su habitual voz soñadora –. Tú también estuviste muy bien –todos rieron ante la ocurrencia de Luna aunque ella pareció no advertirlo.

Pero Harry no era el único que quería aprovechar el almuerzo para decir algo. Mientras la señora Weasley servía el segundo plato Bill tomó la palabra.

–Harry, hay algo que nos tiene muy intrigados desde la batalla –no tardó mucho en imaginarse qué era –. ¿Cómo te enteraste de todas esas cosas de Snape? Y, ¿de qué te enteraste, exactamente?

Harry miró interrogante a Ron y Hermione, que estaban sentados a su lado.

– ¿No les habéis contado nada? –preguntó.

–No nos creímos con autoridad para contarlo –contestó Hermione –. Al fin y al cabo, él te dio sus memorias a ti.

Harry sonrió agradecido por la lealtad de sus amigos y empezó a relatar la muerte de Snape y la mayor parte de lo que vio en el pensadero. Ocultó, no obstante, algunas de las escenas más íntimas, como las de Snape y su madre cuando eran niños o la de Grimmauld Place, cuando cogió la carta de Lily.

–Entonces –preguntó Neville cuando hubo terminado –, ¿trabajaba para nuestro bando todo el tiempo?

–Siempre –afirmó categóricamente Harry –. Incluso cuando huyó de la batalla. Debía mantener su tapadera ante Voldemort. Y también cuando nos persiguió por el cielo cuando salimos de casa de mis tíos. Por cierto, George –añadió dirigiéndose al aludido –, lo de tu oreja fue un accidente. Snape no te apuntaba a ti, apuntaba a un mortífago que iba a disparar contra Remus. Con la velocidad de la escoba se le desvió el disparo.

–Vaya –exclamó George impresionado –, ¿quién lo iba a decir? Después de tantos meses echándole la culpa a Snape de la pérdida de mi simetría y ahora resulta que, en realidad, me salvó la vida. ¡Ja! Ver para creer.

El resto del almuerzo transcurrió mientras discutían animadamente sobre la fantástica interpretación de Snape, que hizo que todo el mundo mágico lo odiara casi más que a nada en el mundo. Ninguno daba crédito a lo que contaba Harry, aunque no les quedó otro remedio que reconocer que era cierto.

Después de comer todos colaboraron a recoger la mesa y entraron al salón, donde pasaron toda la tarde charlando y tomando té. Cuando ya empezaba a caer la noche, Neville y su abuela y Luna y su padre anunciaron que volvían a sus casas. Andrómeda también intentó irse pero Harry logró convencerla para que se quedara. No creía que estuviera preparada para volver a su casa sola.

Cenaron todos juntos de nuevo en el jardín aprovechando la noche apacible y cálida. Al acabar, todos se fueron a dormir salvo Ginny, que quería quedarse un rato con Harry. Una vez se quedaron solos ella lo llevó de la mano hasta uno de los árboles. Él adivinó las intenciones de su novia e hizo aparecer un manta que colocó en el suelo, bajo el árbol. Se sentaron juntos, él apoyado en el tronco y ella en el pecho de él.

–Harry –empezó ella al cabo de un momento –. Me gustaría que me contases lo que has estado haciendo estos meses, desde que os fuisteis de la boda de Bill y Fleur.

–Tesoro –contestó Harry –. Es muy largo de contar y es muy tarde.

–No tengo sueño –repuso ella tajante. Harry comprendió que sería inútil discutir.

–Eres una pequeña testaruda –le dijo al tiempo que le pellizcaba cariñosamente la nariz –. Está bien, te lo contaré todo. Pero es probable que acabemos muy tarde.

–No importa.

Viendo que no tenía otra salida, Harry le contó a Ginny todo lo sucedido desde que se separaron tantos meses atrás. Empezando por el desagradable encuentro que tuvieron en Totenham Court Road nada más irse de la boda hasta lo que había pasado esa misma mañana con su tía, incluyendo las escenas eliminadas del anterior relato de las memorias de Snape.

Ginny era una oyente maravillosa. Hacía las preguntas justas en los momentos oportunos y lanzaba expresiones de miedo o sorpresa cuando la ocasión lo pedía. Derramó lágrimas silenciosas cuando su novio le relató la visita a la tumba de sus padres o la escena del bosque, cuando él creía que caminaba hacia la muerte.

– ¿Eras tú de verdad? –dijo con los ojos llenos de lágrimas. Harry la miró con expresión de no entender –. Cuando consolaba a esa chica en los jardines creí sentir a alguien a mi espalda. Sé que suena absurdo pero, por un instante pensé que si me daba la vuelta tú estarías allí. Me sentí una estúpida cuando vi que no había nadie.

–Mi preciosa Ginny –le susurró al oído mientras la abrazaba con fuerza –. Si supieras cuánto habría deseado que me hubieras visto. Fue una tortura separarme de ti.

Ginny y Harry lloraron en silencio durante un par de minutos hasta que ella habló de nuevo.

–Cuando te vi muerto a los pies de Voldemort, yo... –la voz de Ginny se quebró –. Yo creí que no lo soportaba. Yo...

Pero Harry silenció a Ginny con un dulce beso en los labios. La volvió a abrazar.

–Ya pasó, mi amor –le dijo al oído, muy bajito –. Ya pasó todo. Yo estoy aquí contigo. Y ya no te voy a dejar.

Al cabo de un momento, Ginny se calmó y le pidió a Harry que siguiera con la historia. Él estuvo hablando un rato más, hasta que llegó a lo ocurrido esa misma mañana.

–Así que mi tía quiere que vayamos a tomar el té una tarde –concluyó –. ¿Qué te parece? –pero no obtuvo respuesta –. ¿Ginny? ¿Cariño?

Pero Ginny se había quedado dormida apoyada en su pecho. Harry suspiró. «¿Qué voy a hacer contigo?» pensó sonriente. Agitó su varita e hizo aparecer otra manta, con la que tapó a Ginny, y un almohadón en el que se apoyó. Se durmió en un par de minutos, aspirando el aroma de Ginny.

A la mañana siguiente, despertó porque alguien lo llamaba suavemente. Abrió los ojos y se encontró con la mirada dulce y maternal de la señora Weasley.

–Harry, querido –dijo –¿Cómo habéis dormido aquí? Vais a coger una pulmonía.

Harry se sobresaltó. Por la noche no pensó en que dormir con Ginny en su propia casa sería una falta de respeto a sus padres. Y después de cómo lo han tratado todos estos años eso era lo último que querría.

–Señora Weasley –se disculpó –. Lo siento. Es que Ginny se quedó dormida anoche y no quise despertarla. Lo lamento. Le juro que no ha pasado nada.

–Lo sé, Harry –dijo, compresiva –. Eres un chico formal –añadió con una sonrisa –. Es sólo que habréis estado muy incómodos. Si queríais hablar lo podríais haber hecho en su cuarto. De todas formas esta noche ha estado vacío. Ginny ya ha subido a ducharse. ¿Me ayudas a preparar el desayuno?

–Por supuesto, señora Weasley.

Intentó levantarse del suelo pero, antes de estar totalmente erguido, le dio un tirón al final de la espalda. Puso un gesto de dolor a la vez que se llevaba la mano a la zona dolorida.

– ¿Lo ves? –preguntó la señora Weasley –. A Ginny le ha pasado lo mismo. Anda ven, te daré algo que te aliviará.

Entraron a la cocina donde la señora Weasley le dio a beber una poción con un sabor bastante fuerte. Después de apurar la copa se sintió mucho mejor y pudo mover la espalda con total libertad.

Mientras cocinaban, Harry interrogó a la señora Weasley sobre algo que le había dicho unos minutos antes y que lo habían dejado intrigado.

–Señora Weasley –empezó –. ¿A qué se refería cuando ha dicho que el cuarto de Ginny ha estado vacío esta noche?

La señora Weasley esbozó una pequeña sonrisa.

–Al parecer, esta noche solo Arthur y yo hemos dormido en el lugar que nos correspondía.

»Anoche, Ron y Hermione fueron al cuarto de George a hablar con él. Ron estaba muy preocupado por su hermano, y parece ser que no le faltaba razón. Por lo visto, después de una larga conversación, los tres se quedaron dormidos tal cual estaban.

»Por otra parte, Percy le pidió a Charlie que le contara cómo habían ido las cosas por aquí en estos años que él no estuvo. Así que los dos se quedaron conversando en el salón.

»Y Bill y Fleur subían a dormir cuando escucharon llorar a Andrómeda en su cuarto. Fleur entró a consolarla y se quedó con ella toda la noche. Ella está bien –añadió al ver que Harry hacía ademán de interrumpir –. Sólo fue un pequeño bajón, nada de importancia. Esta mañana está mucho mejor. Bill, entonces, bajó al salón con Percy y Charlie. Creo que estuvieron hablando toda la noche.

»Y luego Ginny y tú dormís en el jardín –Harry se sonrojó ligeramente –. Así que ya ves, nadie durmió en su cuarto esta noche –concluyó con una sonrisa.

Harry también sonrió. Le alegraba verla sonriendo. Lo consideró buena señal. Sólo hacía dos días que había enterrado a su hijo, pero si ya era capaz de sonreír, todo saldría bien.

Para cuando terminaron de hacer el desayuno, el resto de la familia ya había puesto la mesa en el jardín. Después del relato de la señora Weasley sobre lo ocurrido por la noche, Harry observó detenidamente a todos mientras desayunaban.

La señora Weasley se esforzaba en aparentar normalidad. Charlaba animadamente y sonreía a menudo. Andrómeda hacía más o menos lo mismo, pero con menos éxito. Sus sonrisas eran claramente forzadas, al contrario de las de Molly, que aparentaban ser totalmente sinceras.

Bill, Charlie y Percy tenían profundas ojeras bajo los ojos, pero era normal teniendo en cuenta que se habían pasado toda la noche conversando y no habían dormido nada.

Fleur estaba algo pálida, pero lo achacó al hecho de que había estado consolando a Andrómeda hasta que se durmió.

Ron, Hermione, Ginny y el señor Weasley estaban bien. Contentos y animados, o, por lo menos, todo lo contentos y animados que podían estar dadas las circunstancias.

Se detuvo un minuto más en George. Sabía que él era el que más había lamentado la muerte de Fred, salvo quizás su madre. En la única ocasión en la que había hablado con él desde la batalla parecía estar bien, pero sospechaba, al igual el resto de su familia, que era sólo una fachada. Se preguntó cómo habría ido la conversación que Ron y Hermione mantuvieron con él la noche pasada.

Cuando acabaron de desayunar y de recoger la mesa, Ginny le propuso dar un paseo por el pueblo con Ron y Hermione. Todos aceptaron de buena gana. Se cambiaron de ropa y se dirigieron al pueblo dando un agradable paseo. Una vez allí se adentraron en un bonito parque cercano a la plaza principal y se sentaron en un banco.

– ¿Cómo fue la conversación con George, Ron? –Ginny formuló la pregunta que rondaba por la cabeza de Harry y que no se atrevía a hacer.

Ron la miró un momento, tomó aire y dijo:

–Relativamente bien. Desde luego está hecho polvo, pero le ayuda muchísimo su sentido del humor, y el de Fred –tragó saliva –. Yo le dije que no hacía falta que aparentara estar bien, que era normal estuviera triste y que lo lamentara más que nadie. Que no tenía que hacer eso por nosotros. Pero él me dijo que no lo hacía por nosotros, que ni siquiera lo hacía por él mismo, si no que lo hacía por Fred. Creo que sus palabras textuales fueron: «Si él me viera llorando a todas horas me echaría una maldición tan fuerte que ni el mismísimo Merlín sería capaz de volver a colocarme las orejas en su sitio»–los cuatro soltaron una pequeña carcajada y Ron añadió –: Va a ser muy duro, para él más que para nosotros. Pero estará bien.

»También estuvimos hablando de Sortilegios Weasley. Quiere reabrirla cuanto antes. «Por Fred», me dijo. Y cuando la abra yo voy a trabajar allí con él. Sé que dije que quería ser auror, pero lo cierto es que ya he tenido suficientes mortífagos para toda mi vida.

» ¿Tú sigues con esa idea, Harry?

Harry lo meditó un momento. Ahora que había terminado todo no sabía qué iba a hacer con su vida. Pero ser auror era la única carrera que se había planteado, y no creía estar preparado para hacer otra cosa.

–Sí –contestó al cabo de unos segundos –. Realmente no me veo dedicándome a otra cosa.

– ¿Hablarás con Kingsley entonces? –preguntó Ginny.

–Sí claro. Pero supongo que antes tendré que cursar séptimo y hacer los EXTASIS.

–Eso no va a ser necesario –dijo Hermione, y ante la mirada de extrañeza de sus dos amigos y de su novio, añadió –: La otra noche, después de la cena, estuve hablando de eso con la profesora McGonagall. Me dijo que nosotros estábamos exentos de cursar séptimo, que habíamos demostrado de sobra estar preparados para lo que nos espera fuera y que por lo que a ella respecta ya estábamos graduados. Al parecer Kingsley le había dicho que si queríamos trabajar en el Ministerio sólo tendríamos que pasar las pruebas correspondientes a nuestro departamento, que no nos iban a exigir ningún EXTASIS.

»Pero si tú lo que quieres es ser auror, Harry, no creo que nadie en su sano juicio te haga pasar las pruebas. No debe haber nadie en el mundo más preparado que tú para eso. Y además, si Kingsley no te ha pedido ya que te unas a la Oficina de Aurores, dudo que tarde mucho más. Tú debes ser como la joya de la corona del Ministerio.

Ron, Harry y Ginny rieron por las palabras de Hermione. Decidieron tomar un helado y regresar paseando a la Madriguera.

En el salón de la casa encontraron una visita inesperada aunque muy grata. Sentado en un sillón estaba Kingsley Shackelbolt que los recibió con una gran sonrisa.

–Kingsley –exclamó Harry mientras le estrechaba la mano –. Qué sorpresa. ¿Qué te trae por aquí?

–Bueno, siempre es un placer veros, claro. Pero lo cierto es que he venido por trabajo.

Ron y Hermione se sentaron en el sofá, Harry en un sillón y Ginny en el suelo, con la espalda apoyada en las piernas de Harry.

–Sigo remodelando el Ministerio –continuó Kingsley –, y he venido a solicitar vuestra colaboración para ello. He ofrecido a Arthur dirigir el nuevo departamento de Relación con los Muggles y a Percy el puesto de mi ayudante. Me complace anunciar que ambos han aceptado.

»También quería ofrecerte a ti entrar en la Oficina de Aurores. Minerva me dijo que es a eso a lo que te querías dedicar y, desde luego, no se me ocurre a nadie mejor que tú para ayudarme a sanearla. Qué me dices, ¿aceptas?

Harry se había quedado sin palabras. Hace unos minutos Hermione le había dicho que Kingsley no tardaría en ofrecerle un puesto de auror, pero lo consideró más un cumplido que una verdad absoluta. Y ahora que se había cumplido la predicción no sabía bien qué decir.

–Bueno –empezó –, la verdad es que siempre he querido ser auror.

– ¿Entonces aceptas? –se apresuró a decir Kingsley.

–Por supuesto que acepto –el ministro mostró una enorme sonrisa –. Pero supongo que antes tendré que pasar las pruebas y hacer los exámenes.

–De eso nada, Harry –dijo Kingsley de forma contundente –. Después de lo ocurrido todos estos meses has demostrado de sobra estar preparado para ser auror. Y uno de los buenos, me atrevería a decir.

–Gracias, señor Ministro –contestó con una sonrisa.

–No hay por qué, Harry. Y la última cosa que me ha traído aquí es esto –metió la mano en el bolsillo interior de su capa de viaje y sacó algo parecido a una bota vieja –. Es un traslador. Está programado para salir mañana a las ocho hacia Sydney. Ya lo he arreglado todo con el Ministerio de Magia australiano. Tenéis carta blanca para desapareceros en todo el país y usar la magia necesaria para buscar a tus padres, Hermione. Siempre y cuando no sea dañina, claro

Hermione miraba a Kingsley con los ojos como platos. Harry habría jurado que estaban ligeramente humedecidos.

– ¿De... de verdad? –balbuceó –. ¿Tan pronto?

–Sí –contestó el Ministro –. La verdad que ha sido todo más rápido de lo que yo creía, pero lo cierto es que ya está todo arreglado. Mañana por la mañana podrás empezar a buscar a tus padres. Te vuelvo a decir que si quieres llevarte a un par de aurores que te ayuden en tu búsqueda...

–No, Kingsley. Gracias, pero no. Yo sé dónde buscar. Muchas gracias, de todas formas.

–Como quieras –Kingsley se levantó –. Pues he hecho todo lo que tenía que hacer aquí, así que me voy.

– ¿No te quedas a comer, Kingsley? –preguntó la señora Weasley.

–No gracias, Molly. Debo volver al Ministerio. En estos días hay muchísimo trabajo. Pero cualquier día me dejo caer por aquí para almorzar. Echo de menos tus exquisitos guisos.

Dio un beso en la mejilla a la señora Weasley y estrechó la mano de su marido.

–Os espero en un par de días en el Ministerio, Arthur.

–Por supuesto, Kingsley. Muchas gracias de nuevo.

–No hay por qué darlas, Arthur.

Se despidió de todos y se marchó usando la Red Flú.

Tras la visita del Ministro, Hermione se quedó conmocionada unos minutos. Se tapó la cara con las manos y empezó a llorar quedamente. Ron la consolaba, aunque todos sabían que eran lágrimas de emoción. Llevaba casi un año sin ver a sus padres, sin saber siquiera si los volvería a ver, y se había emocionado con la idea de verlos en poco tiempo.

Tras el almuerzo, Harry, Ginny, Ron y Hermione se quedaron en el jardín. Harry jugaba con el pequeño Teddy haciéndole pompas de jabón con la varita.

– ¿Sabes dónde están tus padres, Hermione? –preguntó Ginny.

–No sé dónde están ahora, pero creo que sé dónde empezar a buscar. Cuando me fui de mi casa después de modificarles la memoria dejé sobre la mesa de la cocina un folleto de un hotel de Sydney con la esperanza de que quisieran ir allí y me fuera más fácil buscarlos luego. Empezaré por allí.

– ¿Como que "empezarás"? –preguntó Ron –. No pensarás ir tú sola, ¿no?

Hermione lo miró extrañada.

–Pues sí –dijo algo dudosa –. Tú querrás estar con tu familia, y Harry querrá estar con Ginny.

–Creo que deberías dejar que nosotros decidiéramos eso, Hermione –dijo Harry –. Ginny y yo estuvimos hablando anoche de esto. Tú me has acompañado en una búsqueda peligrosa durante meses. No pienso dejar que busques a tus padres sola. Ella lo sabe y está de acuerdo –Ginny asintió con la cabeza.

–Opino como Harry –añadió Ron –. Iremos los dos contigo, cariño. Iremos los tres juntos.

Hermione estrechó las manos de su novio y de su amigo y les agradeció con lágrimas en los ojos.

–Me encantaría ir con vosotros –dijo Ginny –. Pero aún soy menor de edad y seguramente sería más una carga que una ayuda.

–A mí también me encantaría que vinieras –dijo Hermione.

–Te voy a echar de menos, cariño –le dijo Harry mientras la besaba en el pelo.

–Y yo a ti –ella le dio un breve beso en los labios y Ron miró distraído hacia otro lado.

Antes de la cena, hicieron las maletas. Llenaron una mochila cada uno con ropa y cosas de aseo y las metieron en el bolso de cuentas de Hermione. Así podrían caminar a sus anchas, sin cargar con muchos bultos.

Esa noche Harry y Ron durmieron de un tirón, pero a Hermione le costó conciliar el sueño. Por la mañana estaba casi más cansada que cuando se acostó. Tomó el doble de café de lo habitual y no comió nada.

– ¿Estás bien, Hermione? –le preguntó Ron, bastante preocupado. Ella sólo asintió con la cabeza.

–Chicos –dijo Harry al cabo de unos minutos –, sólo nos quedan cinco minutos para que salga el traslador.

–Sí, vamos –contestó Hermione mientras se levantaba bruscamente de la silla.

Se despidieron de los Weasley, de Andrómeda y del pequeño Teddy. Harry había insistido en que se quedaran allí hasta que regresara. Sabía que a la señora Weasley no le importaba y no quería que Andrómeda volviera sola a su casa.

Los señores Weasley les pidieron que les mandasen un Patronus cuando llegasen para saber que estaban bien. Se comprometieron a eso y a mantenerles informados.

Cuando sólo faltaba un minuto para las ocho, Harry, Ron y Hermione se agarraron a la bota vieja y esperaron que fuera la hora. A las ocho en punto el traslador empezó a brillar con una pulsante luz azul y los tres sintieron como si un gancho, justo debajo del ombligo, tirara de ellos hacia delante. Flotaron en el aire unos instantes hasta que sus pies tocaron tierra de nuevo.

Cuando pasó la conmoción del viaje miraron a su alrededor. Habían aparecido en lo que parecía ser un callejón solitario del centro de Sydney, a juzgar por la cantidad de gente que veían caminando por la calle principal.

– ¿Sabes dónde estamos, Hermione? –preguntó Harry.

–He traído planos de casi todas las ciudades de Australia. Si averiguamos cómo se llama esa calle me podré orientar –señaló a la calle en la que desembocaba el callejón en el que estaban.

–Bueno –dijo Ron –, no creo que eso sea muy difícil. Vamos.

Los tres se dirigieron hacia el final del callejón mientras Hermione rebuscaba en su bolso de cuentas. Como tardaba mucho en encontrar lo que buscaba acabó por usar un encantamiento convocador para sacar el plano de Sydney.

No tardaron mucho en averiguar el nombre de la calle en la que estaban, y Hermione tardó mucho menos en localizarlos en el mapa.

–Tendremos que coger un taxi –sentenció al cabo de unos minutos –. El hotel está bastante lejos.

– ¿Por qué no nos aparecemos? –preguntó Ron –. Kingsley dijo que podíamos hacerlo.

–Porque no conozco la zona, Ron. Nunca he estado aquí y no sé dónde podríamos aparecernos sin que nos vean.

–Tienes razón –contestó su novio –. Mira, ahí hay un taxi. Cojámoslo.

Cogieron el taxi que había dicho Ron y le dieron la dirección del hotel. Llegaron al cabo de unos minutos. Harry pagó la carrera y los tres se bajaron del coche. En el viaje habían silenciado la parte trasera para poder planear lo que harían una vez llegasen al hotel. Tenían un plan perfecto.