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Historia 27195 — capítulo 9
Cogieron el taxi que había dicho Ron y le dieron la dirección del hotel. Llegaron al cabo de unos minutos. Harry pagó la carrera y los tres se bajaron del coche. En el viaje habían silenciado la parte trasera para poder planear lo que harían una vez llegasen al hotel. Tenían un plan perfecto.
Se acercaron decididos al mostrador de recepción. Una vez allí, Hermione tomó la palabra.
–Buenas tardes. ¿Podría decirnos si se alojan aquí Wendell y Mónica Wilkins?
–Claro. Déjeme comprobarlo –el empleado de recepción tecleó algo en un ordenador, y al cabo de un minuto dijo –: Lo siento, señorita. Pero los señores Wilkins no me aparecen como huéspedes.
–Y, ¿podría decirme si lo fueron? ¿Sería posible saber si se hospedaron aquí en Julio del año pasado?
–Lo lamento mucho, señorita. Pero esa información es confidencial.
Harry ya estaba preparado para esa eventualidad. Sacó disimuladamente la varita del bolsillo y apuntó con ella al empleado. Realizó el hechizo Confundus sin que lo viera nadie.
–Lo suponía –continuó Hermione –. Pero verá –sacó la cartera de Harry del bolsillo y una hoja de papel en blanco y se las mostró –, somos agentes de la INTERPOL. Los Wilkins son sospechosos de robo a gran escala en Gran Bretaña. Tenemos una orden de busca y captura. Realmente necesito esa información.
El empleado, que a juzgar por la placa que tenía en su chaqueta se llamaba Paul, miró la cartera y el papel con los ojos ligeramente desenfocados, creyendo de verdad que eran una placa de la INTERPOL y una orden internacional de busca y captura.
–Sí, claro agente –dijo con la voz un poco ausente –. Déme sólo un minuto –volvió a teclear durante un par de minutos –. Sí. Aquí lo tengo. Wendell y Mónica Wilkins se alojaron aquí entre el veintitrés de Julio y el veintinueve de Septiembre del año pasado. El día de su partida pidieron un taxi hasta el aeropuerto. Espero que esta información le sirva, agente.
–Muchas gracias, Paul –dijo Hermione –. Ha sido de mucha ayuda.
Salieron del hotel con el ánimo un poco bajo y cogieron otro taxi camino del aeropuerto. Una vez dentro, Harry se atrevió a hablar.
–Hermione –empezó dudoso –, tus padres nos llevan meses de ventaja.
–Lo sé –casi no era capaz de hablar.
–Pero los encontraremos, cariño –Ron parecía el único convencido de eso –. Estoy seguro.
Hermione le agradeció sus palabras con una sonrisa algo forzada. No tenía buen aspecto. Tenía ojeras y estaba algo pálida. Ron no le soltaba la mano bajo ningún concepto, y Harry decidió cogerle la otra para mostrarle su apoyo. Ella le dio un apretón cariñoso cuando hizo eso.
En el camino al aeropuerto decidieron usar el mismo plan que en el hotel viendo que había dado tan buenos resultados. A Hermione le dolía acusar a sus padres de robo a gran escala, pero Harry y Ron la consolaron diciendo que Wendell y Mónica Wilkins no eran sus padres, que sus padres eran los señores Granger, así que, técnicamente, a ellos no los acusaba de nada. Además, esa mentira les ayudaría a encontrarlos antes.
Con algunos hechizos Confundus, la falsa paca y la supuesta orden de detención de los Wilkins no les resultó difícil acceder a las cintas de seguridad del veintinueve de Septiembre. Localizaron a los Granger comprando unos billetes en uno de los mostradores.
Se dirigieron allí y usaron la misma táctica con la azafata que atendía el mostrador. De esta forma averiguaron que los padres de Hermione cogieron un vuelo hacia Melbourne.
– ¿Cogemos otro nosotros? –preguntó Ron una vez se alejaron del mostrador.
–No –contestó Hermione muy seria –. Sería muy caro y muy lento. Vayamos a los servicios. Nos apareceremos en los baños del aeropuerto de Melbourne.
– ¿Podrás hacerlo? –preguntó Harry.
–Creo que sí.
Hermione entró en el baño de señoras y comprobó que no hubiera nadie. Luego hizo pasar a Harry y a Ron. Se cogieron de la mano y se desaparecieron.
Aparecieron en un cubículo muy estrecho.
– ¿Dónde estamos? –preguntó Harry en un susurro.
–Deberíamos estar en un retrete de uno de los baños de señoras del aeropuerto de Melbourne. He pensado que sería mejor aparecer aquí por si había gente en el servicio.
–Buena idea –dijo Ron.
–Esperad aquí –ordenó Hermione –. Voy a comprobar que no haya nadie.
–Eso no será necesario –repuso Harry –. Traje la capa de invisibilidad –sus dos amigos lo miraron extrañados –. Me he acostumbrado a llevarla a todas partes. No me siento cómodo sin ella –añadió a modo de excusa.
Harry y Ron se taparon con la capa y salieron del retrete detrás de Hermione. Una vez fuera del baño se quitaron la capa.
Haciendo lo mismo que en Sydney le siguieron la pista a los Granger del aeropuerto a un hotel, donde estuvieron alojados dos semanas, y de allí de nuevo al aeropuerto. Al parecer habían cogido otro vuelo.
–Cariño –dijo Ron antes de un taxi al aeropuerto –. Se nos ha hecho muy tarde. ¿Por qué no pasamos la noche en el hotel y seguimos buscando mañana?
–Estoy de acuerdo, Hermione –añadió Harry –. Aquí ya ha anochecido y tú no has dormido esta noche. Cogeremos un par de habitaciones en el hotel. Seguiremos buscando mañana por la mañana.
Hermione parecía estar demasiado agotada como para discutir y se dejó llevar dócilmente de nuevo dentro del hotel.
Harry reservó y pagó dos habitaciones, una para él y otra para sus dos amigos. Cenaron en el restaurante del hotel y se fueron a dormir pronto. Ella tenía mucho sueño y se durmió enseguida, pero a ellos les estaba afectando el cambio horario. En Inglaterra no debía ser más que la hora de comer. Aún así se acostaron y lograron conciliar el sueño al cabo de un rato.
Por la mañana Hermione tenía mucho mejor aspecto. Desayunaron fuerte y cogieron un taxi hacia el aeropuerto.
Durante los dos días posteriores, siguieron la pista de los Granger por Melbourne, Canberra y Adelaida. Después de dos meses en Sydney, los padres de Hermione parecían tener intención de recorrer todo el país.
Estaban almorzando en el aeropuerto de Adelaida el tercer día de búsqueda cuando Hermione pareció perder toda esperanza.
–Se acabó –dijo derrotada –. Nos llevan demasiada ventaja. Se han recorrido medio país en tres meses. Y yo los dejé hace casi un año. ¿Y si les ha dado por cambiar de país? ¿O de continente? No los encontraré nunca –se tapó la cara con las manos y se echó a llorar.
Ron se apresuró a abrazarla y consolarla, y Harry le acarició cariñosamente la espalda.
–No digas eso, cariño –dijo Ron –. Los encontraremos.
–Sí, Hermione. Tranquila –se apresuró a añadir Harry –. Necesitas mantener la calma para encontrar a tus padres –pero Hermione no podía parar de llorar y Harry no sabía qué decir para consolarla. De pronto tuvo una idea –. Hermione. Tú te sabes de memoria toda la biblioteca de Hogwarts. ¿No habría algún hechizo o poción que nos sirva? ¿Algo como que te haga aparecerte con una persona y no en un lugar?
Hermione miró a Harry con la cara bañada en lágrimas.
–No, Harry –contestó apenada –. He estado pensando en ello los últimos tres días. No hay nada que haga... –pero fue interrumpida por una exclamación repentina.
– ¡Eso es! – gritó Ron, exultante –. ¡Esa es la solución, Harry! ¿Cómo no se me ha ocurrido antes? –y empezó a rebuscar en sus bolsillos como si su vida dependiera de ello.
– ¿Qué buscas, Ron? –preguntó Harry –. ¿Cuál es la solución?
–Lo que tú has dicho, Harry –contestó mientras seguía buscando en sus bolsillos –. Es asombrosamente simple. Si lo que queremos es ir con los Granger, lo mejor es que nos aparezcamos donde están ellos. ¿No es maravilloso? –a Ron casi no le cabía la sonrisa en la cara, pero Hermione lo miraba como si fuera un escreguto de cola explosiva.
– ¿Es que no me escuchas cuando hablo, Ronald? –preguntó un poco irritada –. Acabo de decir que no hay ningún hechizo que haga algo así.
–Un hechizo no, pero esto sí –de uno de los bolsillos interiores de su chaqueta sacó un reluciente objeto plateado parecido a un encendedor.
– ¿El apagador de Dumbledore? –preguntó Harry, incrédulo.
–Claro que sí. ¿Verdad que es simple? Soy idiota. ¿Por qué no se me ha ocurrido antes? Si a mí me llevó con vosotros, ahora nos podrá llevar con tus padres, cariño.
Pero Hermione parecía muy poco convencida.
–No sé, Ron. Dumbledore te lo dio para que tú pudieras volver con nosotros. Lo más probable es que no funcione con otras personas.
–Pero Hermione –replicó su novio –. Cuando Dumbledore lo hizo no podía saber quién lo iba a necesitar.
–Ya, pero a lo mejor inicialmente sólo apagaba las luces, y lo modificó cuando decidió dártelo a ti.
–Yo estoy de acuerdo con Ron, Hermione –dijo Harry –. Dumbledore se pasó toda su vida diciendo que el amor era lo más importante. Que eso fue lo que hizo que mi madre me salvara. Según él, la falta de amor fue lo que convirtió a Voldemort en lo que fue. Y el amor fue lo que nos salvó a todos en la batalla. Estoy seguro de que el apagador lleva a cualquiera que lo use con la persona que ama. Por eso a Ron lo llevó contigo –las orejas de Ron se enrojecieron ligeramente –. Además, Hermione. Llevamos tres días siguiéndolos sin éxito. No perdemos nada por intentarlo.
Hermione esbozó una leve sonrisa por primera vez en días.
–En eso tienes razón –dijo en un tono más alegre.
–Pues claro que sí, mi amor –añadió Ron –. Venga. Vamos a los servicios.
Pagaron la cuenta del restaurante y se dirigieron alegremente hacia los baños. Entraron en el de señoras, Harry y Ron ocultos bajo la capa de invisibilidad.
–Si nosotros somos más –le preguntó Ron a Harry en un susurro –, ¿por qué tenemos que entrar siempre en el baño de mujeres? –los dos chicos ahogaron una pequeña carcajada.
Cuando se quedaron salieron de debajo de la capa mientras que Hermione cerraba la puerta con un hechizo.
– ¿No quedará sospechoso? –preguntó Harry.
–Pensarán que están limpiando –contestó ella.
– ¿Y vas a dejar la puerta cerrada para siempre? –ahora era Ron quien preguntaba.
–Cuando nos vayamos se deshará el hechizo.
–Guau –exclamó impresionado Ron –. Nunca dejarás de sorprenderme.
Las mejillas de Hermione se sonrojaron ligeramente.
–Bueno, ¿lo intentamos? –preguntó intentando disimular.
–Claro –contestó Ron mientras sacaba el apagador del bolsillo y se lo ofrecía a Hermione –. Toma, cógelo.
– ¿Cómo funciona? –preguntó a la vez que lo cogía.
–Ahora cierra los ojos –ella obedeció –. Piensa en tus padres. En cuánto los echas de menos, en las ganas que tienes de verlos. ¿Lo estás haciendo? –con los ojos cerrados ella asintió con la cabeza –. Entonces desaparécete. Sólo pensando en ellos.
Harry y Ron la cogieron de la mano y se desaparecieron con ella. Aparecieron en una especie de pasillo con muchas puertas a ambos lados.
Hermione supo al instante que había funcionado. Lo sentía.
– ¿Dónde estamos? –preguntó Ron.
–Parece un edificio de apartamentos –contestó Harry –. ¿Sabes si tus padres están aquí, Hermione?
Pero Hermione no lo escuchaba. Paseaba por el pasillo ausente, con la mano derecha levantada como si quisiera tocar algo que hubiera en el aire. A Harry le recordó muchísimo a lo que hizo Dumbledore en la cueva la noche que murió.
De repente se paró frente a una puerta en concreto.
–Están aquí –dijo.
– ¿Estás segura? –preguntó Ron.
–Completamente. Siento las huellas de mi hechizo. Además, lo siento aquí –y se llevó una mano al corazón.
–Bueno, pues comprobémoslo –dijo Ron mientras tocaba a la puerta.
Al cabo de pocos segundos abrió una señora castaña, con hermosos ojos marrones y el pelo muy rizado. No cabía duda de que era la señora Granger, era la viva imagen de su hija.
–Mamá –dijo Hermione con los ojos llenos de lágrimas. Pareció olvidar que su madre no la reconocía.
– ¿Perdone? –preguntó extrañada la señora Granger –. Creo que se equivoca, señorita. Yo no tengo ninguna hija.
Hermione pareció haber perdido la capacidad de hablar, y Ron estaba demasiado ocupado consolándola, así que Harry decidió tomar las riendas del asunto.
Apuntó disimuladamente a la madre de su amiga con la varita y le lanzó un hechizo Confundus.
– ¿Mónica Wilkins? –preguntó.
–Sí, soy yo –contestó la señora Granger un poco ausente.
–Perdone que la molestemos –continuó Harry –. Somos de la policía –le enseñó su cartera – y querríamos hablar con usted y con su marido en relación a un caso que estamos investigando.
–Por supuesto –dijo ella –. Pasen por aquí.
Se apartó de la puerta y les cedió el paso. Harry empujó suavemente a Ron y a Hermione para que entraran primero. Una vez que la señora Granger cerró la puerta tras ellos, Harry localizó al padre de Hermione sentado en un sofá.
No se había equivocado con su suposición inicial. Aquello era un apartamento pequeño pero bien amueblado. Muy acogedor. Al parecer se limitaba a un salón con cocina integrada, un dormitorio y un baño.
El señor Granger se levantó e interrogó a su esposa sobre lo que ocurría en la puerta. Se quedó muy extrañado cuando la vio acompañada de tres jóvenes, pero no tuvo tiempo de preguntar nada porque Harry le lanzó a él otro hechizo Confundus. El padre de su amiga desenfocó los ojos y lo miró ausente.
Harry se volvió hacia sus amigos, pero antes de que pudiera decir nada Hermione preguntó:
– ¿Qué les has hecho?
–No te preocupes –dijo comprensivo –. Nada ilegal ni peligroso. Sólo los he confundido –ella pareció convencida –. Hermione –añadió mirándola a los ojos –, tú eres la única que puede deshacer el hechizo. Pero no puedes hacerlo en este estado de nervios. Ve a la cocina y tómate un té fuerte. Te calmará. Yo entretendré a tus padres. Improvisaré algo. Quédate con ella, Ron –su amigo asintió con la cabeza y guió suavemente a su novia hasta la cocina.
Entre tanto, Harry pensó deprisa cómo entretener a los Granger mientras Hermione se calmaba. De pronto se le ocurrió que, cuando su amiga deshiciera el hechizo, sus padres quizás no recordaran lo que habían hecho todos esos meses. Como pensó que Hermione querría saberlo, decidió aprovechar su condición de supuesto policía para interrogarles sobre eso.
Al parecer, en Adelaida no estaban muy lejos de encontrarlos. Después de pasar allí una semana decidieron hacer un viaje por el desierto australiano que duró un mes entero. Y cuando acabó optaron por dejar de ir de hotel en hotel y se establecieron en ese mismo apartamento en el centro de Sydney, en el que vivían desde entonces.
Al llegar a este punto de la narración, Hermione, que parecía estar mucho más calmada, llegó a donde estaban sus padres y se sentó en el sillón que había estado ocupando Harry enfrente de ellos, y que su amigo le ofrecía amablemente.
Harry y Ron se alejaron un poco para que Hermione pudiera hacer el hechizo tranquila. Ella sacó la varita de su bolso e hizo un complicado movimiento con ella, al tiempo que murmuraba palabras incompresibles. Debió ser un hechizo muy complicado el que usó Hermione para modificarles la memoria a sus padres, porque tardó alrededor de medio minuto en deshacerlo. Cuando por fin lo logró, los Granger parecieron despertar de un sueño. Sacudieron la cabeza y parpadearon numerosas veces.
– ¿Hermione? –preguntó la señora Granger con un hilo de voz – ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estamos?
–Mamá, ¿qué es lo último que recuerdas? –Harry contaba los segundos que faltaban para que su amiga rompiera en llanto.
–Que estábamos en el salón de casa y nos dijiste que tenías algo muy importante que decirnos. ¿Qué ocurre, pequeña?
Pero Hermione ya no pudo más y corrió a abrazar a sus padres con los ojos llenos de lágrimas.
–Mamá, papá –sollozó con la cara enterrada en el regazo de sus padres, abrazándolos con fuerza, como si tuviera miedo de que pudieran irse de nuevo.
Los Granger parecían no entender nada, pero el llanto de su hija hizo que se les llenaran los ojos de lágrimas.
–Mimí (1) –dijo su padre muy bajito –. ¿Qué es lo que ha pasado, pequeña?
Harry comprendió que sería inútil intentar que Hermione les contara a sus padres lo ocurrido, así que le dio un pequeño codazo a Ron y le hizo un significativo gesto con la cabeza. Su amigo lo entendió a la primera.
–Si me permiten, señores Granger –empezó con envidiable serenidad –. Yo les contaré todo.
Hermione, que seguía arrodillada delante de sus padres, levantó la cara bañada en lágrimas y le agradeció el gesto a su novio con una mirada cargada de cariño.
Ron llevó una silla al lado de ella y se sentó acariciándole cariñosamente el pelo. Ella no parecía estar dispuesta a moverse de allí.
Observando la escena, Harry comprendió que él estaba de más. Decidió dejarles solos y dar un paseo por la ciudad. Pero antes de que pudiera llegar a la puerta, Hermione lo llamó.
–Harry –le dijo aún abrazada a sus padres –. ¿Dónde vas?
–A dar una vuelta. Supongo que querréis estar solos, en familia y...
–Pero tú también eres mi familia, Harry –interrumpió ella –. Siempre has sido como mi hermano, y ahora además somos cuñados. Quédate, por favor.
Él comprendió que no serviría de nada discutir con ella, así que tomó asiento en el sillón en el que había estado sentado antes.
–Mamá, papá –dijo Hermione –. Este es Harry Potter, mi mejor amigo del colegio, del que os he hablado tanto. Y este es Ron Weasley. Él es mi ami... bueno, él es mi... –se puso súbitamente colorada, cerró los ojos como tomando fuerzas y acabó de hablar –. Él es mi novio.
Los Granger parecieron asombrados pero complacidos por la noticia. Felicitaron a la pareja, aunque brevemente porque estaban impacientes por saber qué es lo que había pasado.
Hermione, que ya estaba mucho más serena, y Ron les contaron todo lo sucedido. Harry prefirió convertirse en un espectador silencioso.
Les costó bastante asimilar que habían perdido meses de su vida, de los que ni siquiera se acordaban. El señor Granger pareció especialmente molesto porque su hija los hubiera excluido de su vida de una manera tan radical.
– ¿Por qué hiciste eso, Mimí? –preguntó en un tono de voz algo severo –. Nosotros te habríamos apoyado en todo. Incluso si no querías volver a la escuela, si querías ir a buscar lo que fuera que buscaste.
–Eso ya lo sé, papá –respondió ella, dolida por las palabras de su padre –. No lo hice por eso. Lo hice para protegeros. Cuando descubrieran que estaba con Harry os habrían buscado y torturado y... –no pudo acabar la frase –. Fue lo único que se me ocurrió para que no os encontraran. Perdóname, papá.
Ella miró a su padre con ojos suplicantes. Él le mantuvo la mirada un momento pero enseguida sucumbió. Abrazó fuertemente a su hija y la besó en el pelo.
–Claro que te perdono, pequeña –le dijo muy bajito.
Tras ese breve descanso siguieron con la narración. No se saltaron ni un solo detalle. Incluso Ron insistió en contarles su marcha precipitada. Les pidió humildemente perdón a los Granger por haber abandonado a su hija y, tras jurarles que nunca lo volvería a hacer, sus disculpas fueron aceptadas.
Como el relato era muy largo y se demoraban mucho en contarlo, Harry decidió ir a la cocina a preparar la cena. Pero no era muy habilidoso con la magia doméstica, y mucho menos para cocinar del modo muggle, y derramó un bote de sopa y rompió dos platos.
–Lo siento –se disculpó, colorado como un tomate maduro.
Los cuatro estallaron a reír a carcajadas. Hermione se levantó por fin del suelo.
–Anda trae –dijo en tono maternal mientras se acercaba a la cocina –. Ya lo haré yo. ¿Me ayudas, Ron?
–Por supuesto, cariño –se levantó y fue también a la cocina.
Hermione les pidió a sus padres que pusieran la mesa mientras ellos cocinaban.
–Así que Mimí, ¿no? –preguntó Ron con una sonrisa socarrona.
–Ni tan siquiera lo pienses, Ronald –dijo ella en tono de advertencia –. Eso es exclusivo de mi padre. Ni siquiera mi madre se atreve a llamarme así.
–Pues a mí me parece muy dulce –le susurró al oído, haciendo que ella enrojeciera hasta las cejas.
–Ron –le regañó –. Compórtate.
–Lo siento –se disculpó con cara de niño bueno y le dio un beso en la mejilla.
Cenaron apaciblemente mientras Harry contaba lo que habían hecho los Granger durante esos meses, ya que ellos no lo recordaban. La señora Granger lamentó bastante no acordarse del viaje por el desierto porque pensaba que habría sido muy interesante. Se consolaron pensando que, al menos, tenían las fotos.
Harry, Ron y Hermione recogieron la mesa a golpe de varita y prepararon té, pero los padres de Hermione estaban muy cansados y se fueron a dormir enseguida. La señora Granger les dio sábanas a los chicos para que pudieran dormir en los dos sofás, y Hermione dormiría en una pequeña cama plegable.
Mientras tomaban el té, Hermione se sentó al lado de Harry y le dio un fuerte abrazo. Él le acarició suavemente el pelo.
–Muchas gracias, Harry –dijo en un susurro –. Muchísimas gracias por todo.
–No me las des, Hermione. Tú has hecho lo mismo por mí. Anda, ve a dormir. Estás muy cansada.
Ella se levantó, le dio un beso a Harry en la mejilla, uno en los labios a Ron y se acostó en su cama. Se durmió antes que los chicos se hubieran puesto siquiera el pijama. Ellos se acostaron y también se durmieron. Al día siguiente regresarían a Inglaterra.
(1) Lo sé, es un diminutivo ridículo, pero probé todas las combinaciones posibles con el nombre de Hermione y esa la única lo bastante cursi como para que sólo la usara su padre y absolutamente nadie más en el mundo. De todas formas, a mí, al igual que a Ron, también me parece muy dulce xDDDDDD