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Historia 27195 — capítulo 10
Harry, Ron y los Granger despertaron temprano a la mañana siguiente, pero Hermione tenía demasiadas horas de sueño que recuperar. Ron quiso dejarla dormir y, cuando se levantaron sus padres, la llevó con cuidado al dormitorio. La dejó suavemente sobre la cama, la arropó con las sábanas y salió del cuarto después de darle un dulce beso en la frente.
Mientras preparaban el desayuno, el señor Granger telefoneó al aeropuerto para buscar un vuelo en el que volver a casa. Reservó cinco billetes en el de mediodía.
Tomaron un desayuno completo, tras el cual los padres de Hermione anunciaron que irían a dar un paseo por la ciudad.
– ¿Vienes con nosotros, Ron? –preguntó la señora Granger –. Así podemos ir conociéndonos mejor.
–Sí, por supuesto –contestó Ron –. Me encantará ir con ustedes.
– ¿Vienes tú, Harry? –inquirió el señor Granger.
Harry creyó que sería mejor dejarlos solos.
–No. Gracias, señor Granger –respondió –. Esperaré a que despierte Hermione.
–Como quieras, Harry. Nos veremos en un rato – se despidieron y lo dejaron solo en el apartamento.
Una vez solo, Harry cogió un libro que encontró encima de una mesita y se sentó a leerlo en el sofá. Hermione salió del dormitorio unos minutos después.
–Buenos días, dormilona –le dijo Harry en tono jovial.
–Buenos días –contestó ella ahogando un bostezo –. ¿Dónde están todos?
–Tus padres han salido a dar una vuelta y Ron fue con ellos –Hermione se sentó al lado de Harry y apoyó la cabeza en su regazo. Él le acarició el pelo –. Tú padre ha llamado al aeropuerto. Volveremos a casa en un vuelo que sale a mediodía.
–Genial –dijo sonriente –. Echo de menos Inglaterra.
– ¿Qué vas a hacer cuando volvamos?
– ¿A qué te refieres?
–A si volverás con nosotros a la Madriguera o te irás con tus padres.
–Aún no lo he hablado con Ron, pero lo cierto es que me gustaría volver a mi casa con mis padres. Los he echado muchísimo de menos y quisiera pasar tiempo con ellos. Sólo espero que Ron lo entienda.
– ¿A estas alturas todavía dudas de Ron?
–No, no es eso. Es que, después de lo de Fred, siento que Ron me necesita, y no me gusta la idea de dejarlo solo.
–Pero él no está solo, Hermione. Tiene seis, bueno –rectificó –, cinco hermanos, tiene a sus padres y me tiene a mí. Tú has estado casi un año sin ver a tus padres, necesitas estar con ellos y ellos te necesitan más que Ron. Y, además, él te quiere. Lo entenderá perfectamente –. Hermione agradeció las palabras de su amigo con una gran sonrisa.
– ¿Quieres desayunar? –preguntó él al cabo de un par de minutos.
–Lo cierto es que sí. Estoy hambrienta.
–Está bien. Te serviré el desayuno.
Apenas había empezado a desayunar cuando llegaron sus padres y su novio. Los saludó con efusividad y se acabó el desayuno. Hicieron las maletas y pidieron dos taxis para el aeropuerto. Harry y Ron dejaron que Hermione y sus padres cogieran el primero y ellos se montaron en el segundo.
–Ron –empezó Harry una vez estuvieron dentro del coche –. Hay algo que me gustaría decirte.
–Vas a decirme que Hermione quiere volver a su casa con sus padres y quieres asegurarte de que no hago ninguna estupidez como decirle que quiero que vuelva conmigo a La Madriguera o hacerla elegir entre sus padres y yo.
Harry se sonrojó ligeramente. Su amigo había adivinado parte de sus intenciones.
–Algo así. Sólo quería avisarte para que no te pillara por sorpresa. Te conozco demasiado bien y sé que no actúas racionalmente cuando estás bajo presión. No quería que, con los nervios, metieras la pata.
Ron sonrió abiertamente.
–Gracias amigo. Pero no hacía falta. Después de tanto tiempo separados, me imaginaba que querría estar con ellos. Ya tendremos tiempo para estar juntos ella y yo. Además, esta mañana lo he estado hablando con sus padres. Les he dicho que de ninguna manera iba a impedir que su hija volviera con ellos si eso era lo que quería. Pero tienes razón. No actúo bien bajo presión. A lo mejor habría metido la pata.
Ambos amigos rieron a carcajadas durante casi todo el trayecto. Cuando por fin llegaron al aeropuerto, bajaron del taxi secándose las lágrimas.
– ¿Se puede saber qué ha pasado? –preguntó extrañada Hermione al verlos salir del coche recomponiéndose del ataque de risa.
–Nada, cariño –contestó Ron al tiempo que la besaba en la mejilla –. Nos dio la risa tonta.
Harry y Ron cogieron las maletas de los Granger y entraron en el aeropuerto dejando atrás a una Hermione aturdida, cuestionándose la salud mental de su mejor amigo y de su novio. Tras un segundo de duda, se encogió de hombros y los siguió.
El señor Granger recogió los billetes en el mostrador de la compañía y facturaron las maletas. Compraron algunos aperitivos para el viaje y subieron al avión.
Hermione se sentó entre los dos muchachos, dejando a los Granger sentarse juntos en el lado de la ventanilla. Harry y Ron estaban algo nerviosos porque era la primera vez que volaban en avión, pero ella los tranquilizó diciendo que era muy divertido y que no pasaba nada.
Ante la perspectiva de casi catorce horas de vuelo, Harry decidió comer algo y echarse a dormir. Además, así dejaría solos a sus amigos para que pudieran hablar tranquilos.
Hermione no desaprovechó esa oportunidad.
–Ron –empezó cuando Harry se quedó dormido –. Hay algo que quisiera decirte.
–Dime, cariño –contestó él.
–Verás. Cuando lleguemos a Inglaterra...
–Quieres volver a tu casa con tus padres –interrumpió Ron.
– ¿Cómo lo sabes? –preguntó ella con los ojos abiertos de par en par.
–Lo suponía. Además me lo dijo Harry –le contó la conversación en el taxi y que era de eso de lo que se reían con tantas ganas –. Así que no te preocupes, tesoro. Lo entiendo perfectamente. Es más que normal que quieras estar con tus padres después de tanto tiempo separados. Además, no es como si no nos fuéramos a ver en meses. Te visitaré cada día y tomaré el té con tu familia. Y tú podrás venir a la Madriguera siempre que quieras. A mi madre y a Ginny les encantará verte. Nos va a sobrar el tiempo para compartirlo juntos, amor –le pellizcó cariñosamente la nariz y le dio un dulce beso en los labios. Ella se limitó a sonreír.
–Gracias –susurró mientras se acurrucaba entre sus brazos y se quedaba adormilada sobre su pecho –. Te quiero –alcanzó a decir antes de caer profundamente dormida.
–Yo también te quiero –contestó él. La besó en el pelo y también se durmió.
Los tres amigos durmieron durante casi todo el viaje. Sólo despertaron cuando quedaba poco menos de una hora para llegar a Inglaterra.
Aterrizaron sin novedad en el aeropuerto de Heathrow. Se demoraron unos minutos en recoger su equipaje y salieron a la Terminal donde les esperaba una grata sorpresa. Al otro lado de la barrera los esperaba la familia Weasley al completo con Andrómeda y el pequeño Teddy.
–Bienvenidos a casa –exclamó jovial el señor Weasley cuando se hubieron reunido.
–Muchas gracias, señor Weasley –contestó Harry estrechándole la mano.
Intercambiaron saludos y abrazos. Harry abrazó a Andrómeda y le preguntó cómo se encontraba. Al parecer estaba bastante mejor. Sonreía con sinceridad y jugaba feliz con su nieto. Harry se alegró mucho de verla así. Le pidió que le dejara coger a Teddy y ella accedió. El bebé pareció reconocer los brazos de su padrino y sonrió. Él le dio un beso en la frente y le hizo cosquillas en la tripa.
Aún con el bebé en brazos, se dirigió a saludar al último miembro de la familia Weasley que le quedaba. Ginny estaba hablando con Hermione, esperando paciente a que Harry terminara de interesarse por Andrómeda. Lejos de sentirse celosa o enojada, estaba orgullosa de que su novio llevara tan bien la responsabilidad de ejercer de padrino con Teddy y su abuela. En aquella conversación tan larga que mantuvieron poco antes de que se fuera a Australia, él le había contado que no estaba dispuesto a dejar que Andrómeda pasara por todo esto sola, y que quería hacer de padrino desde el primer momento. Ella no dudó en darle todo su apoyo.
Harry cogió a su ahijado con el brazo izquierdo y pasó el derecho por la cintura de Ginny. Delante de toda su familia no consideró apropiado besarla como le apetecía, así que se limitó a un casto beso en la mejilla y una caricia cariñosa con la punta de su nariz.
–Hola, mi amor –le dijo al oído.
–Hola, cariño –contestó ella rodeándolo con sus brazos –. ¿Qué tal el vuelo?
–Corto –respondió sonriendo –. Dormí todo el rato –añadió con una carcajada.
Ginny lo imitó.
–Te he echado de menos –dijo ella haciendo un puchero. Harry no pudo evitar reírse de ese gesto.
–Yo también te he echado de menos, tesoro. Pero ahora que he vuelto no vamos a separarnos ni un segundo.
Ella sonrió ante esa promesa y se dirigieron juntos hacia donde estaban los demás. Los Weasley y Andrómeda hablaban animadamente con los Granger. Cuando repararon en que estaban todos, los Weasley iniciaron la marcha hacia la calle. Una vez allí, Los señores Granger y Hermione cogieron un taxi y cargaron las maletas. A Ron y Hermione pareció no importarles la presencia de sus respectivas familias y se despidieron con un suave beso en los labios. Los padres de ambos parecieron muy interesados por sus propios zapatos en ese momento.
Cuando ya se hubieron montado, la señora Weasley se despidió diciendo:
–Y no se olviden. Los esperamos mañana.
Harry miró a Ginny con gesto de extrañeza.
– ¿Mañana? –preguntó.
–Es domingo –contestó ella como si fuera lo más obvio del mundo –. Durante vuestra ausencia mamá decidió que el domingo sería el día familiar. Dice que no puede evitar que cada uno vuelva a su casa pero que sí que puede obligarnos a comer un día a la semana en La Madriguera, todos juntos. Supongo que habrá invitado a Hermione y los Granger. Al fin y al cabo son de la familia, ¿no?
Harry asintió. Definitivamente esa era una buena idea. No sabía si la señora Weasley había incluido a Andrómeda en la lista de la familia, pero de no ser así decidió que iría a comer a su casa al menos un día a la semana. De esa forma mantendría el contacto con ella y con Teddy y podría cuidar de ellos.
Se aparecieron en La Madriguera y deshicieron las maletas. Después de catorce horas de vuelo y con el cambio horario, era casi la hora de la cena. Ron y Harry estaban sufriendo jet lag y apenas tenían hambre, así que decidieron dar un paseo por el bosquecillo cercano a la casa para abrir el apetito. Ginny quiso acompañarlos para que le contaran cómo había ido el viaje.
Después de más de una hora caminando, empezaron a sentir hambre y decidieron regresar a la casa. A pesar de que eran menos seguían siendo muchos para comer dentro y, de todas formas, hacía una noche muy apacible, así que volvieron a cenar en el jardín.
Fue una cena tranquila, amenizada con las anécdotas del viaje y las preguntas interesadas del señor Weasley acerca de cómo es volar en avión.
Pero no sólo ellos dos tenían cosas que contar. En su ausencia, Percy y el señor Weasley habían empezado a trabajar en sus nuevos puestos de trabajo. Además, Percy, George, Bill y Fleur habían vuelto a sus respectivos hogares. No así Charlie, que había decidido no volver a Rumania y buscar trabajo y casa en Inglaterra, dándole a su madre una inmensa alegría.
Harry se preguntaba cómo llevaría George el volver a la casa que había compartido con su gemelo. Cuando acabaron de cenar, decidió interrogar a Ginny sobre ello. Aprovechó que se habían quedado solos recogiendo la mesa junto con Ron.
–Si quieres que te diga la verdad, no tengo ni idea –contestó ella con el rostro apenado –. Cuando está con nosotros parece ser el mismo de siempre. O casi, tiene una cierta expresión triste que nunca antes había tenido. Pero no sabemos cómo estará él cuando está solo en su casa.
– ¿A ninguno se le ha ocurrido preguntarle? –inquirió Ron, un poco indignado.
–Lo cierto es que decidió mudarse ayer. Sólo ha dormido allí una noche. Iba a hablar con él hoy, pero pensé que quizás deberías hacerlo tú, Ron. Al fin y al cabo, fuiste tú quien habló con él la otra vez. Pero no me importa hacerlo a mí si tú quieres.
–No, descuida –repuso Ron, más calmado –. Lo haré yo. Hablaré con él antes de que se vaya –Ginny asintió y siguieron recogiendo la mesa.
Una vez acabaron de recoger, la señora Weasley preparó té para todos que tomaron cómodamente sentados en el salón. Ron se sentó junto a George y ambos empezaron a hablar en susurros. Harry ocupó un sillón junto a Andrómeda que estaba dándole a Teddy el último biberón de día y Ginny volvió a sentarse en el suelo, con la cabeza apoyada en las rodillas de su chico. Conversaron animadamente durante un rato hasta que los hermanos Weasley decidieron marcharse a sus casas. Harry y Ginny subieron a sus dormitorios cuando ya no quedaba nadie en el salón. Andrómeda y los Weasley ya habían subido a acostarse y George y Ron estaban hablando en el jardín. Ahora sobraban dormitorios, así que Harry podía tener uno para él solo, pero para esa noche decidió compartir el de Ron. Se instalaría en el antiguo dormitorio de Percy por la mañana.
– ¿Puedo pasar a esperar a Ron? –preguntó Ginny en la puerta del dormitorio de Harry, donde se estaban despidiendo –. Quiero saber cómo esta George y no quiero esperar a mañana.
–Está bien –asintió Harry –. Aunque a tu hermano a lo mejor no le hace gracia –añadió con una sonrisa. Sabía que Ron posiblemente no vería bien que él y Ginny estuvieran juntos y solos en su dormitorio.
Ya en su habitación, Harry se sentó en la cama con la espalda apoyada en la pared y Ginny lo hizo entre sus piernas, apoyada en su pecho. Él la abrazó con dulzura y la besó en el pelo.
Esperaron casi sin cruzar palabra. Estaban cansados y somnolientos, no tenían muchas ganas de hablar. Al cabo de unos minutos, entró Ron. Harry no se equivocaba: se le cambió la cara cuando los vio en la cama.
– ¿Qué haces aquí? –pregunto a su hermana en un tono bastante acusador.
–Esperarte –Ginny no se dejó amedrentar –. Quiero saber cómo está George.
–Ah –Ron suavizó su actitud –. Bueno –empezó, sentándose en su cama –, desde luego no es su mejor momento, pero parece que lo lleva mejor de lo que cabía esperar. Dice que la prueba de fuego era la primera noche y que ya la ha pasado. Aunque si quieres que te diga la verdad, creo que no ha sido del todo sincero conmigo.
–Supongo que será cuestión de tiempo –senteció Ginny –. Tarde o temprano confiará en alguno de nosotros y nos contará cómo está realmente. No me parece buena idea presionarle demasiado, ¿no crees?
–Estoy de acuerdo con Ginny –añadió Harry –. Sé que no es lo mismo, pero cuando murió Sirius todos os empeñábais en que hablara de ello, y a mí no me apetecía lo más mínimo. Es posible que a George le pase lo mismo.
–Sí –musitó Ron –. Supongo que tenéis razón. Sólo espero que no tarde demasiado. No creo que le haga bien guardárselo todo mucho tiempo.
–Yo también lo creo –dijo Ginny mientras se levantaba de la cama –. Me voy a la cama. Que descanseis.
Ignorando el gruñido de Ron, le dio a Harry un apasionado beso en los labios y salió de la habitación después de besar a su hermano en la mejilla.
Harry creyó que Ron iba a regañarle cuando se quedaran solos, pero se limitó a ponerse el pijama y acostarse. Le dio la buenas noches en un tono amistoso, así que dedujo que no estaba enfadado. Se sintio muy aliviado por ello.
Agotado por el larguísimo viaje, Harry no tardó nada en caer profundamente dormido. Se levantó a la mañana siguiente como si hubiera dormido varios días. Observó que Ron seguía durmiendo y decidió no despertarlo. Se puso las gafas y miró su reloj. Eran poco más de las ocho. Conocía demasiado bien las costumbres de la Madriguera como para saber que la señora Weasley ya estaría preparando el desayuno. Se vistió deprisa y bajó a ayudarla. Se la encontró en la cocina, batiendo unos huevos y charlando con Andrómeda, que le daba a Teddy un biberón.
–Buenos días –saludó jovial.
–Buenos días, Harry –contestó Andrómeda.
–Buenos días, querido –la señora seguía usando un tono maternal con él –. ¿Qué haces despierto tan temprano?
–No podía seguir durmiendo. Pero he dormido mejor que en todos estos días. Las camas de los hoteles no eran demasiado cómodas –añadió sonriendo –. Déjeme que le ayude –se acercó al fregadero y puso unos platos a lavarse con un golpe de varita.
Cuando Teddy acabó su biberón, Andrómeda anunció que necesitaba un cambio de pañales. Se disponía a subir a su dormitorio cuando Harry la llamó.
– ¿Puedo hacerlo yo, Andrómeda? –preguntó.
Andrómeda lo miró sorprendida.
–Claro que sí, Harry –contestó ofreciéndole al bebé –. ¿Quieres que te ayude?
–No. Gracias, Andrómeda, pero creo que me acuerdo de la otra vez. Si se me resiste mucho te llamaré.
Andrómeda y Molly rieron por la actitud de Harry. Él tomó a la criatura con una sonrisa. Había cogido una cierta práctica y lo hacía casi como un padre experto. Preguntó dónde estaba los pañales y subió al dormitorio de su ahijado y su abuela. Esta vez se le dio infinitamente mejor que la primera que lo intentó. Apenas tuvo problemas para fijar los pañales en su sitio. Bajó de nuevo a la cocina apenas diez minutos después de haber subido.
–Veo que aprendes deprisa –dijo Andrómeda aguantando la risa –. No te esperábamos hasta dentro de media hora, por lo menos.
Ninguno pudo aguantar la risa más tiempo, ni siquiera Harry. Por lo visto, Fleur y Ginny le habían contado a Molly su primer y desastroso intento de cambiarle los pañales a Teddy. Estaba claro que ella lo consideraba una situción muy divertida.
Cuando bajaron Charlie y el señor Weasley, se los encontraron todavía riendose a mandíbula batiente. Tardaron unos minutos en recuperarse del todo.
Ginny y Ron bajaron unos instantes después y pusieron la mesa. Seguían desayunando en el jardín por pura costumbre, ya que ahora cabían perfectamente dentro de la casa.
Tras el desayuno, todos se pusieron manos a la obra. La señora Weasley, al tener visita, había decidio que la casa debía estar perfecta. Mandó a Harry, Ron y Ginny a desgnomizar el jardín. A Charlie le tocó limpiar la casa y Andrómeda la ayudaría con la comida. Arthur tuvo que ir a arreglar un asunto urgente en el Ministerio.
Los hermanos Weasley empezaron a llegar temprano. Los primeros fueron Bill y Fleur, que trajeron unos pasteles franceses para el postre. Bill ayudó a su hermano a poner la mesa y Fleur se interesó por el estado de la desgnomización. Le pareció algo muy divertido y haste se empeñó en lanzar aunque sólo fuera un gnomo. Se fue a la cocina a ayudar a Molly riéndose de la cara que había puesto la pobre criatura.
Percy y George llegaron casi a la vez. Saludaron a su madre y se empeñaron en que saliera de la cocina y que descansara mientras que llegaban los Granger. Ella obedeció a regañadientes y ellos se dispusieron a acabar la comida.
Los últimos en llegar fueron Hermione y sus padres. Habían venido en coche y habían encontrado un poco de tráfico.
Se sentaron a la mesa y disfrutaron de la comida, que era excelente, como siempre. La señora Weasley se superó a sí misma con nuevos y exquisitos guisos.
Acabado el almuerzo, Bill se levantó con actitud solemne y pidió silencio.
–Quiero aprovechar este día familiar para daros una excelente noticia –cogió la mano de su esposa y anunció lleno de felicidad –: Fleur está embarazada.
La buena nueva provocó expresiones de sorpresa y alegría. El señor Weasley abrazó a su hijo mayor y la señora Weasley no pudo reprimir unas emocionadas lágrimas. El joven matrimonio Weasley recibió sonriente las felicitaciones de todos.
– ¿De cuánto estás? –preguntó Hermione cuando todos se hubieron sentado de nuevo.
–De seis semanas –contestó ella.
– ¿Y por qué no nos lo habéis contado antes? –inquirió la señora Weasley, que se había sentado al lado de su nuera y le acariciaba la tripa.
–Sólo lo sabemos desde hace un par de días –respondió Bill –. Y queríamos esperar a estar todos juntos para poder celebrarlo.
–Pero claro que lo vamos a celebrar –exclamó el señor Weasley exhultante de alegría –. Voy a por whiskey de fuego.
Entró en la casa y regresó unos instantes después con una botella y varios vasos que venían levitando siguiendo los movimientos de su varita. Los repartió entre todos los comensales y los llenó con el dorado líquido. Cuando todos tuvieron su vaso lleno, levantó el suyo y dijo:
–Por Bill y Fleur, y por la pequeña criatura que está por venir. Por el que esperamos que sea el primero de muchos nietos para Molly y para mí.
–Por Bill y Fleur –repitieron todos y apuraron sus vasos.
Tras un largo rato charlando animadamente, decidieron empezar a recoger y pasar a tomar el té el salón. Pero Harry, Ginny, Ron y Hermione prefirieron quedarse en el jardín, sentados bajo uno de los árboles disfrutando de la suave brisa estival.
–Estaba pensando –empezó Ginny al cabo de un momento –. Ron va a trabajar en sortilegios Weasley, Harry va a ser auror y yo he de volver a Hogwarts a cursar séptimo. ¿Y tú qué vas a hacer, Hermione?
–Lo cierto es que esta mañana he recibido una carta que me ha hecho plantearme esa misma pregunta. Mirad.
Sacó un pergamino cuidadosamente doblado de uno de sus bolsillos y se lo ofreció para que lo leyeran.
Querida Hermione
Me he enterado por medio de Arthur que has logrado encontrar a tus padres sanos y salvos. No puedo más que alegrarme por ello y decirte que fue un placer ayudarte a conseguirlo.
En otro orden de cosas, sigo renovando el Ministerio. Creo que sabes que he empezado por los departamentos más importantes, como el de Relación con los Muggles o la Oficina de Aurores, además de mi gabinete personal. Pero tras la renovación de más urgencia, me veo en la obligación de buscar a gente nueva para ocupar puestos en los demás departamentos. Y ese es el motivo principal de mi carta.
Ha llegado a mis oídos tu empeño desmedido por mejorar las condiciones laborales de los elfos domésticos. Es por eso que quiero ofrecerte un puesto en el Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas. Allí podrás elaborar tu proyecto de mejora y dispondrás de poder suficiente para llevarlo a cabo.
Sobra decir que estás exenta por completo de realizar ningun tipo de prueba para trabajar aquí. Después de lo ocurrido en estos meses, nadie en su sano juicio me acusará de favoritismo por no someterte a los exámenes reglamentarios.
Tómate el tiempo que quieras para pensártelo. Cuando tomes una decisión mándame una lechuza al Ministerio.
Espero de verdad que decidas unirte a mi equipo, me hace falta gente como tú.
Un saludo
Kingsley Shackelbolt
Ministro de Magia
–Eso es genial, cariño –dijo Ron, emocionado, cuando acabó de leer la carta –. ¿Ya le has contestado?
–Aún no. Es una oferta muy tentadora, pero me parece más sensato pensármelo aunque sólo sean veinticuatro horas. Posiblemente acepte el puesto, pero no me gusta precipitarme en mis decisiones.
Sus amigos se sonrieron. Conocían demasiado bien a Hermione como para no extrañarle su actitud. Ella siempre era la prudencia personificada.
–Entonces, ¿vas a aceptar? –preguntó Harry.
–Sí, creo que sí. Sé que a vosotros el PEDDO siempre os pareció una chorrada, pero la esclavitud de los elfos domésticos me parece una reminiscencia del pasado que creo que no es beneficiosa. Además, el considerarlos como seres inferiores que necesitan ser dominados me recuerda demasiado a “La magia es poder” y a la estúpida creencia de que ser mago te hace ser el dueño del mundo. Y me parece muy sano eliminarla.
–Estoy de acuerdo contigo, Hermione –sentenció Harry cuando ella acabó su discurso.
– ¿De verdad? –preguntó ella, visiblemente asombrada.
–Claro que sí. Los elfos domésticos me parecen criaturas nobles y fieles. No estoy de acuerdo en tratarlos como a esclavos. Aunque no creo que te sea fácil convencerlos de lo contrario. Ellos están felices así.
–Bueno –añadió Hermione –, supongo que todo será cuestión de tiempo.
– ¿Y cuándo vas a empezar? – inquirió su novio.
– ¿Cómo quieres que lo sepa, Ronald? Ni siquiera he aceptado aún. Pero espero que no sea inmediatamente. Me gustaría pasar una temporada tranquila con papá y mamá. Y buscar un apartamento en Londres, cerca del Ministerio para poder ir paseando cuando no me apetezca aparcerme.
– ¿Vas a irte a vivir sola? –preguntó Ginny.
–Sí. Mis padres nunca han tenido problemas con la magia, pero no sé si seguirán pensando lo mismo cuando vivan con una bruja adulta que trabaja para el Ministerio.
– ¿Te pasa algo, Harry? –le preguntó Ron a su amigo, quien había permanecido muy callado los últimos minutos.
–No –contestó él –. Sólo estaba pensando que no creo que sea necesario que busques un apartamento.
– ¿Cómo dices? –preguntó extrañada.
–Lo he estado pensando y creo que voy a restaurar Grimmauld Place. Ahora que Kreacher está de buenas nos podrá ayudar a quitar de las paredes todo aquello que no pudimos eliminar aquel verano. Limpiaré toda la casa, compraré muebles nuevos y la dejaré totalmente habitable. Cuando esté lista me mudaré, y hay habitaciones de sobra. Puedes ocupar una de ellas. La casa es demasiado grande para mí solo. ¿Qué opinas?