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Historia 27195 — capítulo 26
El mes de Septiembre dio paso a Octubre con poca, o más bien ninguna, novedad para Ginny y Luna. Ginny recibía varias cartas a la semana de su familia y de Harry y Neville les escribió un par de veces contándoles cómo le iban sus nuevos estudios y su relación con Ingrid.
Una fría mañana de mediados de mes, Ginny y Luna se dirigían a los invernaderos para una clase de Herbología cuando se encontraron con alguien a quien no esperaban. Doblaron la última esquina y apenas daban crédito a sus ojos al ver a Neville Longbottom charlando animadamente con la profesora Sprout.
-Neville -exclamó Ginny, que no pudo resistirse y salió corriendo hacia él dispuesta a abrazarlo -. Qué maravillosa sorpresa.
-¿Qué haces aquí? -preguntó Luna que acababa de llegar y dándole también un fuerte abrazo. Ninguna parecía haberse dado cuenta de que la profesora aún estaba allí.
-Hola, chicas -contestó Neville abrumado por el cálido recibimiento -. Pues, tenía que hacer un trabajo y vine a pedirle ayuda a la profesora Sprout -fue entonces cuando se percataron de su presencia.
-Lo siento, profesora -se disculpó Ginny -. No la habíamos visto.
Ella sonrió y le quitó importancia a la interrupción con un gesto de la mano. Les pidió que no tardaran mucho y entró a la clase, dejando solos a los tres amigos.
-¿Te quedarás a comer? -preguntó Luna cuando la profesora los dejó solos -. Podríamos tomar un té con Hagrid esta tarde.
-No sé, chicas. Me encantaría, pero a McGonagall igual no le hace gracia.
-Tonterías -respondió Ginny -. A McGonagall le encantará que te quedes. El colegio es muy distinto este año, Neville. Sigue habiendo disciplina, claro, pero está mucho más relajada. Luna y yo incluso comemos juntas casi todos los días y nadie nos dice nada.
-Eso es cierto, Neville - terció Luna -. La separación entre casas ya casi no existe, y tú no serías la primera visita que se quede a comer. El otro día vino al colegio el hermano de uno de los estudiantes enterrados en el cementerio a dejar flores frescas, y fue la propia McGonagall quien lo invitó a quedarse.
-Está bien -admitió el chico -. Hablaré con McGonagall. Y ahora id a clase, no hagáis esperar más a la profesora Sprout. Nos veremos en el almuerzo.
Les dio un beso en la mejilla a cada una y las despidió para que entraran en clase. Quedaron en verse a la hora del almuerzo en la mesa de Gryffindor y las chicas pusieron rumbo al invernadero tres, donde las esperaban el resto de sus compañeros.
Un par de horas después, se dirigieron al Gran Comedor animadas ante la perspectiva de almorzar con su amigo Neville, a quien hacía meses que no veían. Se sentaron las dos juntas y le guardaron un sitio frente a ellas.
Fue uno de los almuerzos más divertidos que recordaban en todos sus años de colegio, quizás porque era el primero en el que podían compartir mesa. Ginny, Neville y Luna se entendían a la perfección, se conocían íntimamente. Era mucho lo que habían pasado juntos, y todas esas cosas, buenas y malas, los habían unido para siempre.
Terminaron de almorzar y aprovecharon la tarde libre de las chicas para ir a tomar el té a casa de Hagrid. El guardabosque se alegró muchísimo de ver a Neville y lo recibió en su casa con toda la alegría.
Conociendo las escasas dotes culinarias de Hagrid, Ginny y Luna se ofrecieron para preparar la merienda mientras Neville le ponía al día de lo que le había ocurrido en esos meses.
-¿Y qué tal te va con Ingrid, Neville? -preguntó Ginny cuando sirvió el té y se sentó en un sillón.
-Pues sorprendentemente bien -contestó él.
-¿Sorprendentemente? -se extrañó Luna -. ¿Por qué sorprendentemente?
-Porque somos muy diferentes. Ella es un terremoto, es pura energía. Y, sin embargo, ya sabéis que yo soy más amante de la vida reposada.
-Pero eso no tiene por qué ser un problema -intervino Hagrid.
-Claro que no -añadió Ginny -. Ahí tienes a Ron y a Hermione. O a mi hermano Percy y a Audrey. Estoy convencida de que por mucho que busque no encontraré en todos los días de mi vida dos parejas formadas por personas más distintas. Pero tampoco encontraré dos parejas tan unidas y tan bien avenidas como ellos.
-Sí, si eso lo sé -respondió Neville -. Y mientras me vaya bien con ella no me preocuparé por eso. Pero no sé si esta diferencia de caracteres será un problema en un futuro.
-Bueno -dijo Hagrid -. Pero eso será el problema de mañana, ¿no?
-Por supuesto, Hagrid -sonrió el chico -. Por supuesto.
Siguieron tomando el té hasta que cayó la noche sobre los terrenos del castillo. Entonces Neville se despidió de ellos con la promesa de cenar con ellos en el banquete de Halloween que tendría lugar en unos días.
El treinta y uno de Octubre llegó más rápido de lo que esperaban las chicas. El tiempo se pasaba asombrosamente rápido cuando había que hacer una redacción de más de un metro tras otra.
La semana antes del banquete, el colegio era un hervidero de rumores sobre lo que se estaba preparando para la fiesta. Que si iba a venir el Ministro, que si Harry Potter sería el invitado especial, que si iban a actuar las Brujas de Macbeth. Pero sólo eran rumores, y Ginny no quería ilusionarse con la visita de Harry para no llevarse una decepción enorme.
Intentó preguntarle a Harry qué había de cierto en todas esas habladurías, pero tan sólo obtuvo una breve misiva por toda respuesta.
Mi querida Ginny
Ojalá pudiera ir a Hogwarts ese día como todo el mundo piensa, pero el Ministro y yo tenemos un compromiso en otro punto del país demasiado alejado de Hogwarts como para escaparnos a hacer una breve visita.
Lamento mucho no poder verte en Halloween, amor. Te quiero.
Esa carta dejó a Ginny muy contrariada, ya que esa tarde, antes del banquete, había programada una excursión a Hogsmeade y ella contaba con encontrarse allí con Harry. Pero él no le había mencionado nada y ella no sabía si era porque no podía ir o porque ya daba por hecho que se verían en Las Tres Escobas.
Aun así, el día de Halloween se levantó temprano, ultimó sus deberes y subió a arreglarse como si fuera a ver a Harry. Eligió unos vaqueros oscuros y ajustados y una chaqueta negra sobre un bonito jersey de color azul que combinaba a la perfección con el medallón que Harry le regaló por su cumpleaños. Se maquilló ligeramente y se recogió el pelo en una coleta. Sabía que a su chico le gustaba más así.
Una vez lista, bajó corriendo las escaleras para encontrarse con Luna en el Vestíbulo. Saludó a su amiga y salieron juntas al frío de Octubre. Caminaron hasta el pueblo y se resguardaron del viento en el calor de Las Tres Escobas. Ocuparon una mesa cerca de una ventana y pidieron algo caliente.
Iniciaron una conversación muy animada que se vio abruptamente interrumpida por un par de manos que taparon los ojos de Ginny. Por el tacto y el aroma, ella no tardó en reconocerlas. Se zafó de ellas y se dio la vuelta emocionada.
-Harry -exclamó echándose a los brazos de su chico que sonreía exultante -. ¿Qué haces aquí, mi amor? Pensé que tenías algo importante que hacer.
-¿Acaso hay algo más importante que venir a ver a mi novia? -preguntó él besándola tiernamente.
-No seas bobo -protestó ella haciéndole una caricia en la punta de la nariz -. Me mentiste, me dijiste que Kingsley y tú teníais otro compromiso lejos de aquí.
-Lo sé, y no sabes cuánto lo siento, princesa. Pero el Ministro me hizo prometer que no diría nada. Quiere que nuestra presencia esta noche en la fiesta sea una sorpresa para todos.
-Entonces -empezó Ginny con inocencia -, ¿vendréis esta noche?
-Claro. Halloween siempre ha sido una fiesta importante en el colegio, y Kingsley quiere dejar constancia de que, a diferencia de las administraciones anteriores, él sí se preocupa por Hogwarts.
-¿Y dónde está el Ministro? ¿Por qué no estás con él? Pensé que era obligatorio que llevara siempre escolta.
-Kingsley está en Hogwarts. Allí está seguro y no me necesita. Me dio la tarde libre para venir a verte.
Ginny sonrió y lo abrazó de nuevo. Él se sentó con las chicas y almorzó con ellas. No mucho después se les unió Neville y los cuatro pasaron un agradable día paseando por el pueblo.
Cuando empezó a caer la tarde, emprendieron el camino de vuelta al colegio. Atravesaron los jardines pero Harry se despidió de ellos antes de entrar al castillo.
-¿No vienes con nosotros, amor? -preguntó Ginny.
-No puedo, princesa. Esta vez no hubo forma de convencer a Minerva de que me dejara cenar como un alumno más. Se empeñó en sentarme en la mesa de los profesores a la derecha del Ministro.
Ginny compuso un puchero que provocó una sonora carcajada en Neville. Harry se acercó a ella, la tomó por la cintura y borró la mueca de su rostro con un beso.
-No te preocupes, amor -le dijo -. Nos veremos después del banquete y le pediré permiso a Minerva para secuestrarte toda la noche.
-Preferiría que no lo hicieras -contestó ella ligeramente sonrojada -. No podría volver a clase de Transformaciones después de eso.
Harry rió la gracia de su chica y se despidió de ella con un beso en la mejilla. Vio como Ginny y sus amigos subían hacia la Torre de Gryffindor a prepararse para el banquete y él se dirigió caminando despacio hasta el despacho de la directora.
-Adelante -gritó Minerva al escuchar los golpes de Harry en la puerta -. Ah, eres tú, Harry. Ya nos preguntábamos dónde estarías.
Entró al despacho y se encontró con la directora, el Ministro y su cuñado Percy sentados alrededor de la mesa tomando té.
-Siento el retraso, señor Ministro -se disculpó tomando asiento él también -. Se nos hizo tarde almorzando.
-¿Seguro que fue almorzando, Potter? -le preguntó Percy al oído, en lo que intentó ser un susurro pero que en silencio de la estancia fue escuchado a la perfección por Minerva y por Kingsley quienes, sin embargo, fingieron no haber oído nada y sólo sonrieron tímidamente.
-Estábamos ultimando los detalles de la cena, Harry -dijo Kingsley -. Minerva nos presentará después de su pequeño discurso.
-Sigo pensando que yo no debería subir a la mesa de los profesores -sabía que era una guerra perdida de antemano, pero decidió plantar una última batalla -. Prefiero sentarme de incógnito en la mesa de Gryffindor.
-Ya hemos hablado de eso, Harry -contestó Minerva con fingida severidad -. Lograste convencerme a principio de curso pero no lo vas a lograr ahora. No eres cualquier persona, Harry. Eres el mayor héroe de nuestro tiempo, el hombre que ha acabado con Voldemort dos veces en diecisiete años, no pienso permitir que te cueles en el Gran Comedor y cenes casi a escondidas como si fueras un vulgar ladrón -Harry abrió la boca para protestar pero la profesora lo interrumpió -. Esa es mi última palabra, Harry, y creo que me conoces lo bastante bien como para saber que nada de lo que digas me hará cambiar de opinión.
-Está bien -admitió derrotado -. Pero conseguirás que deje de venir a Hogwarts si sigues tratándome como un héroe de guerra.
-Correré el riesgo -sentenció McGonagall esbozando una sonrisa.
Harry no tuvo más remedio que resignarse y aceptar las disposiciones de la Directora y el Ministro. Ultimaron los detalles de la cena y se prepararon para bajar al Gran Comedor.
Allí todo estaba tal y como Harry lo recordaba de sus tiempos de Hogwarts. Cientos de murciélagos revoloteaban por las cabezas de los estudiantes y el aroma de los deliciosos pasteles de calabaza inundaba el ambiente.
La única diferencia estribaba en la vestimenta de sus antiguos compañeros. En lugar del uniforme escolar, los alumnos lucían sus túnicas de gala. Imaginó al instante que Minerva lo había exigido así en la tradicional carta de principio de curso.
Harry, Percy y el Ministro esperaban a ser presentados en la sala de detrás de la mesa de los profesores. El chico no pudo resistir la tentación y se asomó con cuidado a la puerta para ver a Ginny. Suponía que había estrenado su túnica de gala nueva y estaba impaciente por ver cómo le quedaba.
-Tranquilo, Harry -se sobresaltó al oír la voz de Percy a su espalda -. Mi hermana no se va a ir a ninguna parte.
Por el rabillo del ojo vio que Kingsley ahogaba una carcajada y él también esbozó una sonrisa. No recordaba a Percy tan divertido, aunque seguramente nunca lo había sido. Antes de pelear con sus padres y de dejar de hablarse con toda su familia, el tercero de los Weasley era pretencioso y pedante, sin sentido del humor y demasiado sentido de la responsabilidad. Se tomaba en serio cualquier trabajo que le mandaran, por ridículo que fuera (como aquel informe sobre el grosor del culo de los calderos) y desdeñaba cualquier cosa que pudiera llegar a ser divertida.
Sin embargo, aquel nuevo Percy era del agrado de todos. Seguía siendo trabajador y responsable, pero la disciplina con la que llevaba su vida se había relajado mucho. Harry, al igual que el resto de la familia, se sorprendió muchísimo de lo bien que parecía llevarse ahora con George, quien, junto con Fred, era quien más disfrutaba haciéndole de rabiar en el pasado.
El ruido de la puerta al abrirse sacó a Harry de su ensimismamiento. Al parecer, Minerva ya los había presentado y ya tenían que salir al Comedor. Allí los recibió una gran ovación procedente de las cinco mesas. Todos los presentes se habían puesto de pie y los miraban expectantes y admirados.
Harry se sintió tremendamente incómodo. No le gustaba tanta notoriedad, tanto protocolo. Prefería pasar desapercibido y cenar con la única compañía de su novia y sus amigos.
Mientras Kingsley hablaba con su modulada voz, Harry dirigió su mirada a Ginny. Estaba muy hermosa con su túnica de gala nueva, regalo de Bill y Fleur, y con el medallón que él mismo le regalo por su cumpleaños colgado del cuello. Se había recogido el pelo en un complicado moño y adornado las orejas con unos bonitos pendientes. Ella fue consciente de que él la miraba y le lanzó un beso.
Harry ya había dejado muy claro que aceptaba sentarse en esa mesa pero que de ninguna manera estaba dispuesto a dar ningún discurso, así que cuando el Ministro acabó el suyo, las cinco mesas se llenaron de exquisitos manjares y todos se pusieron a comer.
Al acabar la cena, el protocolo se relajó lo bastante como para que Harry pudiera sentarse en la mesa de Gryffindor con sus compañeros y Ginny pudiera abrazar a su hermano. Esa sobremesa resultó mucho más agradable para Harry que la cena en sí, ya que pudo pasar un rato muy agradable con sus amigos y su novia.
Algo más de media hora después, Harry, con Ginny sentado sobre sus rodillas, escuchaba interesado una historia muy graciosa que estaba contando Luna cuando Eric Molton, el ex auror compañero de Harry que ahora impartía Defensa Contra las Artes Oscuras, se acercó a ellos y lo llamó con timidez golpeándole en el hombro.
-Harry, he estado pensando -dijo cuando logró captar toda la atención del chico -, y me gustaría que te quedaras aquí esta noche y que mañana acudieras a algunas de mis clases. Con tu experiencia podrás enseñarles cosas muy valiosas a mis alumnos. Lo he hablado con Minerva y le parece bien. ¿Qué me dices?
Harry miró a Ginny para pedirle en silencio su opinión, aunque no era necesario porque tenía muy claro qué iba a contestar. Le dio la respuesta a su antiguo compañero y sonrió complacido ante la idea de pasar un día entero con Ginny.
Era una locura. En los últimos días esa palabra se paseaba por su mente sin que él pudiera hacer nada por evitarlo, pero ya había tomado una decisión y raras veces cambiaba de idea una vez que había decidido algo. Estaba convencido de que Audrey era la mujer de su vida, la única con la que quería compartir cada segundo de cada día. La amaba más allá de todo razonamiento posible, y sabía que, por muy loca que pareciera, la decisión que había tomado era la buena.
Él siempre había sido juicioso y cabal, nunca había cometido semejantes locuras pero, por otra parte, tanta cordura solo le había traído problemas y enemistades con su familia, así que, qué demonios, por Audrey estaba dispuesto a liarse la manta a la cabeza y lanzarse a la piscina.
Había pasado la última semana ultimando los detalles. Lo tenía todo listo, desde el restaurante hasta las flores, pasando por un elegante traje de chaqueta muggle que se había comprado esa misma mañana.
Pero aun así, a pesar de tener pensada y ensayada cada coma del discurso, estaba aterrado. Parecía increíble que, después de haber luchado en la Batalla de Hogwarts contra cientos de mortífagos y contra el mismísimo Voldemort, tuviera tanto miedo de lo que iba a hacer esa noche. Así que decidió hacer lo que más efectivo había resultado contra sus nervios y temores: visitar a su hermano George.
Acabó de peinarse con la raya escrupulosamente dibujada en el lado izquierdo de su cabeza, se perfumó con la colonia que Audrey le había regalado varias semanas atrás y se apareció en la puerta de la casa de George después de asegurarse de que la pequeña cajita de terciopelo negro estaba bien guardada en el bolsillo interior de su chaqueta.
Rezó para que su hermano estuviera solo y no lo molestara si estaba en compañía de Angelina y tocó a la puerta.
-Mi querido Percy -exclamó George cuando abrió la puerta -. ¿Dónde vas tan elegante? ¿A cenar con la Reina?
Percy rió con ganas la gracia de su hermano y entró a la casa aceptando su invitación.
-Bueno, más o menos -contestó en el mismo tono jocoso -. Voy a cenar con mi reina.
-Acabáramos -rió George -. Y dónde piensas llevarla, hermanito. ¿A la Cámara de los Lores?
-No, pero casi. A Oxford, a un restaurante muy bueno que me recomendó Harry.
-Y, ¿celebráis algo? ¿Un aniversario o algo así?
Percy enrojeció de repente.
-En realidad -empezó vacilante -, espero tener algo que celebrar después de esta noche -George lo miró enarcando una ceja, dando a entender que no comprendía lo que le quería decir su hermano -. Pienso pedirle matrimonio -escupió Percy de golpe, como si se quitara una tirita.
Pero la reacción de George lo sorprendió en grado sumo. Habría esperado cualquier cosa de su hermano menos que soltara una sonora carcajada.
-¿De qué te ríes? -preguntó un poco irritado -. ¿Qué te resulta tan gracioso?
-Esto, mi querido Percy -y, dándose la vuelta, cogió una cajita pequeña de la estantería de la chimenea. Se acercó a su hermano y la abrió para enseñarle su contenido.
-¿Es eso lo que pienso? -interrogó perplejo.
-Exactamente lo mismo que piensas, hermano -respondió George con mucha calma -. Ni más ni menos. Yo también voy a pedirle matrimonio a Angelina.
-Pero, por todos los dragones, George. Tú sales con Angelina desde hace aún menos que yo con Audrey. Si lo mío ya me parece una locura lo tuyo está fuera de concurso.
-Lo sé, Percy. Créeme que lo sé. Pero tú deberías comprenderme, Perce. Estoy convencido de que sientes por Audrey lo mismo que yo por Angelina -mientras hablaba George había caminado por todo el salón obligando a su hermano a seguirlo con la mirada -. La amo, Percy. Amo a Angelina. La amo por encima de todo razonamiento posible. Y no me importa lo que digas, yo...
Pero se interrumpió al ver la expresión en exceso divertida de su hermano Percy, que lo miraba con una sonrisa de oreja a oreja y a punto de soltar una carcajada.
-¿Y ahora tú de qué te ríes? -esta vez era él quien estaba ofendido.
-De que esas son exactamente las mismas palabras que llevo usando varios días para intentar convencerme de que lo que estoy a punto de hacer no es la peor de las locuras.
-Pero tú me comprendes, ¿verdad? -preguntó George con apremio, como si la comprensión de su hermano fuera lo único que necesitara en el mundo -. ¿Tú no consideras que esto sea una locura?
-En realidad sí que lo es, George. Pero es la locura más maravillosa que vamos a cometer en nuestras vidas.
De repente y sin previo aviso, George se acercó a Percy y lo estrechó en un fuerte abrazo fraternal.
-¿No se te hace tarde para recoger a tu reina? -le preguntó cuando se separaron.
-Sí, tienes razón -contestó mirando su reloj -. Mucha suerte, George.
-Suerte a ti también, Perce.
Se despidieron con otro abrazo y Percy uso la chimenea de su hermano para llegar a casa de Audrey. Una vez allí encontró el salón vacío y supuso que su chica estaría acabando de arreglarse. Hizo aparecer con su varita un gran ramo de orquídeas y fue al dormitorio a buscarla.
-Audrey, mi amor -llamó -. ¿Estás lista?
-Hola, cariño -contestó una voz desde una de las habitaciones -. Ya casi estoy. Espérame en el salón, por favor.
Percy, obediente, regresó a la sala y se sentó a esperarla en uno de los sillones mientras leía el profeta del día que estaba tirado sobre la mesita.
Tan solo unos minutos después apareció ella. Más bella de lo que él la había visto nunca. Él le había dicho que iban a territorio muggle, así que ella había decidido comprarse un vestido nuevo, de tirantes finos y escote cuadrado, vaporoso y ligero se ajustaba bajo el pecho y se abría en suave caída hasta las rodillas. El rojo vivo le sentaba de maravilla, y los brillantes que adornaban sus orejas y su cuello se reflejaban en sus lindos ojos grises.
Percy quiso decirle lo increíblemente hermosa que estaba, pero las palabras se negaron a abandonar su garganta.
-Consideraré ese silencio como una buena señal, amor -bromeó ella cogiendo de una silla un chal y una pequeña cartera de mano del mismo color del vestido -. Y lo cierto es que no esperaba menos, porque no estoy acostumbrada a llevar tacones como estos -se señaló los pies y Percy pudo admirar sus hermosas sandalias formadas por estrechas tiras de piel en color rojo, con tacones largos y finos y adornadas con una hebilla con brillantes -. ¿Vamos?
Le ofreció la mano a Percy después de mirarse en un espejo y retocarse el complicado recogido. Él la tomó pero no pudo resistir la dulce tentación de besarla. No tenían mucho tiempo si querían llegar puntuales al restaurante, pero necesitaba decirle, aunque fuera con hechos en vez de con palabras, que era la mujer más bella que había conocido nunca.
-Estás francamente hermosa, mi amor -le dijo una vez dejó de besarla -. Yo pensaba que no podrías estar más bella pero hoy te has superado. Te amo.
-Percy -protestó ella ruborizándose -. Vas a hacer que me sonroje.
Él se separó de ella lo justo para asirla con fuerza y desaparecerse juntos. Aparecieron en un coqueto jardincillo a las afueras de alguna población y al abrigo de un alto muro de piedra.
-¿Dónde estamos, Percy? -preguntó ella intrigada por el lugar en el que habían aparecido.
-En unos jardines a las afueras de Oxford -contestó asiéndola de la mano -. Ven por aquí, mi amor. Nos están esperando y ya vamos tarde.
-¿Esperando? -el rostro de Audrey era la viva imagen de la sorpresa -. ¿Quién nos espera aquí? Pensé que íbamos a cenar solos, amor.
Percy esbozó una sonrisa traviesa y la miró divertido.
-Y vamos a cenar solos, princesa. Pero no quieras adelantarte, tengo preparada una noche muy especial y todo debe ser a su debido momento. Déjate llevar, mi amor.
Audrey se encogió de hombros y se dejó guiar por el oscuro jardín hacia lo que parecía una carretera principal. Su sorpresa creció al ver allí estacionado un gran coche de color oscuro y a un chófer con gorra de plato sentado al volante. Al verlos aparecer, salió del vehículo, lo rodeó y les abrió la puerta trasera.
-Buenas noches, señor Weasley -saludó solícito, haciendo una leve reverencia -. Señorita.
-Buenas noches, Henry. Pasa, mi amor -dijo mientras la ayudaba a entrar sujetándola de la mano.
-¿Qué significa todo esto, Percy? -interrogó Audrey una vez se sentó en la brillante tapicería de cuero -. ¿Desde cuando tienes chófer?
-En realidad sólo tendremos chófer por esta noche. Quería que te sintieras como una princesa y alquilé este coche. Lo cierto es que fue idea de Harry, puede llegar a ser muy romántico cuando no combate contra magos tenebrosos.
Audrey rió la broma y le acarició con cariño la mejilla.
-Eres maravilloso, ¿lo sabías? -preguntó con un brillo especial en la mirada -. Te amo.
-Yo también te amo -se acercó a ella y la besó mientras Henry arrancaba el coche y ponía rumbo a la ciudad.
Tras unos minutos de travesía, el vehículo se detuvo en la calle principal de la ciudad, frente a un lujoso hotel que tenía un restaurante en la planta baja. Henry se bajó del coche y le abrió la puerta. Percy salió primero y ayudó a Audrey a salir también. Se despidieron de Henry y entraron al hotel.
En la puerta les atendió un maêtre quien los condujo hasta un reservado en el que se encontraba una mesa puesta para dos, adornada con orquídeas y con algunas velas. El suave aroma a flores y la leve música de jazz llenaban el ambiente.
Percy rodeó la mesa y retiró una de las silla para que Audrey se sentara, se sentó él también y aceptó la carta de vinos que el maêtre le ofrecía. Tras estudiarla un momento, pidió un chardonnay para el primero y un vino tinto de Burdeos para el segundo.
-¿Desde cuándo sabes tú tanto de vinos muggles? -interrogó Audrey una vez se quedaron solos en el reservado.
-Desde que me he pasado las tres últimas semanas leyendo todo lo que he encontrado sobre ellos.
-¿Y puede saberse a qué viene tanta preparación? ¿Celebramos algo y no me he enterado?
-Aún no -respondió Percy con picardía -. Pero no adelantemos acontecimientos.
Ella quiso preguntar más, pero él no parecía dispuesto a soltar más información, al menos de momento, y prefirió desistir y disfrutar de la cena.
La comida resultó deliciosa, y la compañía inmejorable. Audrey no recordaba una cita en la que disfrutara tanto, y Percy estaba seguro de que nunca se había sentido tan feliz como esa noche.
Por fin llegaron los postres, y con ellos volvieron los nervios de Percy quien tuvo que esforzarse al máximo para que su novia no notara cómo le temblaba el pulso.
Cuando el camarero abandonó el reservado tras dejar los postres sobre la mesa, Percy inspiró profundo para acumular valor y tomó a Audrey de la mano.
-Mi amor -dijo -. Estos pocos meses contigo han sido los mejores que recuerdo en mucho tiempo, posiblemente los mejores de mi vida -ella lo miraba expectante, escuchando con atención cada una de sus palabras -. Es por eso que ya no me imagino la vida sin ti. Lo único que deseo es pasar contigo cada día de mi vida -metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta mientras continuaba -. Audrey, mi amor -se levantó de la silla, hincó una rodilla en el suelo frente a la impresionada Audrey, abrió la cajita de terciopelo negro y concluyó -, ¿quieres casarte conmigo?
A Audrey parecía haberla abandonado el color de sus mejillas y su capacidad de emitir sonidos. Era incapaz de componer una sola sílaba, sólo podía contemplar el hermoso anillo de platino y brillantes que reposaba en el fondo de la cajita.
Por fin, tras varios minutos de absoluto silencio, la chica reunió valor suficiente para decir algo.
-Percy, mi vida. ¿Me estás hablando en serio?
-Totalmente, mi amor. Lo he pensado mucho en estos días y sé que puede ser una absoluta locura, pero Audrey, cariño, tú eres la única con la que quiero compartir mi vida y no necesito un noviazgo razonable para saber eso. Me basta con estos pocos meses. Qué me dices, princesa. ¿Te casas conmigo?
Por un breve instante Percy creyó que le iba a decir que no, pero entonces Audrey se levantó también de la silla, se arrodilló junto a él y lo besó con tanta pasión que se le cortó la respiración unos pocos segundos.
-Pero claro que quiero casarme contigo, Percy -le contestó con lágrimas en los ojos -. Nada en el mundo podría hacerme más feliz, mi amor.
Percy sonrió tanto que casi le dolían los mofletes. Sacó el anillo de la cajita, cogió con suavidad la mano izquierda de Audrey y lo colocó en su dedo anular. Más feliz de lo que había estado nunca, la abrazó y la besó.
-Te amo, princesa.
-Yo también te amo.