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Historia 27195 — capítulo 25

-¿Lo llevas todo, Ron? -le preguntó su madre desde debajo de la escalera -. ¿Llevas ropa de abrigo?

Hacía un par de días que en la Madriguera se había empezado un zafarrancho de combate motivado por la mudanza de Ron a Grimmauld Place. Él no hacía más que repetirle a su madre que no pasaba nada si se dejaba algo allí, que no se mudaba de país y que podría volver en un momento a buscarlo, pero ella parecía pretender que no le faltara absolutamente nada en su nueva casa.

-Creo que sí, mamá -gritó asomándose por la barandilla -. Pero no te preocupes, Harry tiene mantas en casa. Y tiene calefacción -añadió con una carcajada.

-No me hace gracia, Ronald Weasley -respondió ella con tono enfadado -. Ya empieza a hacer frío y no me gustaría que cogieras un catarro.

-En ese caso no habría problema, mamá -contestó aguantando la risa -. Dice Harry que Kreacher hace la mejor poción de pimienta del mundo mágico. Estaría bien antes de que tú te enteraras.

Enfurecida en grado sumo, Molly decidió ignorar a su hijo por el momento y concentrarse en la comida. Ese era el último almuerzo de Ron antes de la mudanza y quería hacerle sus platos favoritos.

Ron aprovechó que estaba distraída y entró a la cocina sin hacer ruido. La abrazó por detrás y la besó en la mejilla.

-No te enfades, mamá -le dijo con cariño -. No seguirás enojada porque me voy de casa, ¿no?

-Por supuesto que no, hijo. Hace tiempo que tu padre y yo asumimos que te independizarías tarde o temprano. Pero te vas de casa sólo unos pocos días después de que Ginny se vaya a Hogwarts y tu padre y yo nos vamos a quedar muy solos de repente.

-Sabes que si quieres que me quede, me quedaré.

-No, Ron. No podría hacerte eso. Pero te vamos a echar mucho de menos.

-Eso no es cierto, mamá. Vendré a tomar el té todos los días, y a almorzar los domingos. Incluso vendré a desayunar algunas mañanas. Va a ser como si no me hubiera ido, ya lo verás.

Ella se volvió y lo abrazó. Se enjugó unas pocas lágrimas traviesas que le rodaban por las mejillas y siguió preparando el almuerzo. Ron regresó a su cuarto y acabó de guardar sus cosas en cajas. Había quedado con Harry y Hermione después de comer para que lo ayudaran a trasladar las cajas y quería tenerlo todo listo.

Una hora después, Ron estaba sentado a la mesa de la Madriguera comiendo con sus padres, sus hermanos mayores y su cuñada Fleur. En unos minutos estaría viviendo con su novia y con su mejor amigo y estaba un poco nervioso. George pareció notarlo y se acercó a él mientras estaban quitando la mesa.

-Relájate, hermanito -le dijo cuidando que no lo oyera nadie más -. Tu novia no te va a comer -Ron rió con ganas la broma de su hermano.

No habían terminado de recoger el comedor cuando Harry y Hermione llegaron por la Red Flú. Saludaron a todos y preguntaron a Ron si lo tenía todo listo.

-Me ha costado dos días, pero sí -contestó -. Creo que no me dejo nada.

-Entonces, vámonos -dijo Harry -. Aun nos queda mucho trabajo en casa.

Ron asintió y subió a su dormitorio acompañado de Hermione y Harry. Recogieron todas las cajas y las bajaron levitando hasta la cocina. Arrojaron al fuego un puñado de polvos Flú, Harry atravesó las llamas de color verde y Ron le fue mandando las cajas una por una. Quince minutos después, todas las cosas de Ron estaban en Grimmauld Place y él se iba a pasar la primera noche fuera de su casa.

Se despidió de sus padres y de sus hermanos con fuertes y emocionados abrazos y atravesó él también la chimenea. Llegó al salón de dibujo de su nueva casa y se encontró con una gran pancarta donde podía leerse en grandes letras doradas "Bienvenido a casa, Ron"

-Bienvenido a casa, compañero -le dijo Harry tendiéndole la mano.

-Bienvenido a casa, Ron -repitió Hermione saliendo de la chimenea tras él.

-Vaya -exclamó Ron impresionado -. No me esperaba un recibimiento así. Muchas gracias, chicos.

Continuaron con la pequeña fiesta de bienvenida durante una hora pero pensaron que lo mejor era ponerse manos a la obra e instalar a Ron cuanto antes.

-¿Quieres que Kreacher te prepare una habitación o te vale con la de tu novia? -preguntó Harry no sin cierta sorna.

-Gracias, pero por ahora me basta con la de Hermione -contestó Ron en el mismo tono jocoso -. Si me hace falta otra te lo haré saber.

Ayudados por Kreacher e intercalando bromas continuas, los chicos colocaron en su sitio todas las cosas de Ron. Sus libros en la biblioteca, su ropa en la habitación que compartiría con Hermione, sus fotos en el salón. Para cuando terminaron, ya casi era la hora de la cena. Kreacher bajó a la cocina a prepararla y ellos se tumbaron exhaustos en el salón de dibujo.

-¿Quieres algo especial para tu primera cena en casa? -preguntó Harry desde su sillón favorito.

-No es necesario, gracias -respondió él -. Ya tuve una comida especial en la Madriguera. Pero sí que me gustaría salir a dar un paseo antes de cenar -añadió poniéndose en pie de un salto -. ¿Vienes conmigo, Hermione? -interrogó tendiéndole la mano a su chica.

-Sí, claro -contestó ella levantándose también y tomando la mano de Ron. Salieron juntos del salón dejando solo a Harry, quien decidió aprovechar para escribir a Ginny.

Mi queridísima Ginny

¿Qué tal tu primera semana en Hogwarts? Espero que no te agobien mucho con los EXTASIS y que puedas disfrutar de tu último año.

Por aquí todo bien. Ron acaba de mudarse a casa y esta es su primera noche con nosotros. Hermione está muy contenta, hace días que no deja de sonreír a todas horas, a pesar de que ella también te echa mucho de menos.

Teddy estará conmigo este fin de semana y vamos a ir a comer a casa de mi tía. No sé cómo reaccionará cuando vea el pelo del bebé cambiando de color a cada instante, solo espero que no ponga el grito en el cielo.

Disfruta mucho de tu tiempo libre, mi amor, y lleva al día tus deberes. Te echo de menos. Te quiero.

Con todo mi amor

Harry

Ron estaba soñando que Crookshanks, el gato de Hermione, le lamía la oreja y la punta de la nariz. Se revolvió en la cama e intentó apartarlo cuando sus manos se enterraron en una melena que nada tenía que ver con la del gato. Por fin abrió los ojos y se encontró los labios de Hermione a escasos centímetros de los suyos. Antes de que pudiera decir siquiera buenos días, ella lo besó con tanta pasión que acabó de espabilarle.

-Buenos días, amor -le dijo cuando decidió liberarle un par de minutos después.

-Buenos días, preciosa -contestó -. ¿Piensas despertarme así todos los días? -ella asintió con la cabeza -. Entonces me alegro de haberme mudado -ella lo besó de nuevo y salió de la cama unos segundos después.

-Me voy a la ducha.

Mientras ella cogía algo de ropa, Ron se levantó también y se dispuso a hacer la cama.

-¿Qué haces? -preguntó Hermione al ver lo que estaba haciendo.

Él lo miró extrañado. La respuesta le parecía bien evidente.

-Hago la cama, como todos los días.

-No la hagas. Kreacher se enfada si no la hace él.

-Osea, ¿me estás diciendo que tú, Hermione Granger, adalid de los derechos de los elfos domésticos, dejas a Kreacher hacer tu cama todos los días? -preguntó Ron aguantando la risa.

Hermione fingió enfadarse.

-Oye, hice la cama y recogí todas mis cosas las dos primeras semanas. Hasta que Kreacher vino casi llorando a preguntarme si no me gustaba cómo hacía él la cama o cómo trabajaba. "A la señorita Granger no le gusta lo que hace Kreacher -dijo imitando la voz del elfo -. Kreacher no es un buen elfo doméstico. Kreacher necesita ser castigado". Y empezó a darse cabezazos contra la pared antes de que pudiera explicarle nada. Harry me pidió que le dejara a él hacer las cosas de la casa, que había estado demasiado tiempo solo sin servir a nadie y que le gustaba sentirse útil. La verdad, Ron, no pude negarme.

Ron soltó una sonora carcajada que provocó que Hermione le lanzara una almohada y se fuera al baño antes de que él pudiera responderle.

Varios minutos después, bajaron juntos al comedor, donde se encontraron con Harry que los estaba esperando para desayunar. Acabado el desayuno, Harry se despidió de sus amigos y fue a buscar a Teddy a casa de Andrómeda. Se tomó un té con ella y se marchó al poco rato, asegurándose antes de que ella estaría bien.

Dio un largo paseo con su ahijado, aprovechando que hacía un buen día, y se desapareció camino de Little Whinging. Apareció en la el callejón que desembocaba en la calle Magnolia, donde los dementores lo atacaron a él y a su primo hacía años, y se dirigió a Privet Drive esperando que tía Petunia estuviera en casa. En realidad no le había avisado de que iría a comer y no sabía si habría salido. Sólo sabía que tío Vernon estaba de viajes de negocios y que ese fin de semana no estaba en casa, por eso decidió darle una sorpresa a su tía y a su primo.

Llegó a la puerta del número 4 y llamó al timbre. Su tía abrió al cabo de unos segundos y se llevó una muy grata sorpresa.

-Harry, querido -dijo mientras le daba un fuerte abrazo -. No te esperábamos. ¿Te quedarás a comer?

-Sí, si no es molestia, tía Petunia.

-Por supuesto que no, querido. Pasa, pasa -añadió apartándose de la puerta. Fue entonces cuando reparó en el cochecito de bebé -. Por todo lo sagrado, Harry -exclamó sorprendida -. ¿Por qué no nos lo habías contado antes?

Él la miró sin entender hasta que comprendió a qué se refería.

-¿Qué? No, esta criaturita no es mía. Es mi ahijado, el hijo de uno de los mejores amigos de mi padre y profesor mío en Hogwarts. Él y su esposa murieron durante la batalla y dejaron huérfano a este pequeño. Su abuela y yo nos hicimos cargo de él y este fin de semana está conmigo. Lo traje porque quería que lo conocieras. Así que, tía Petunia, te presento a Teddy Lupin, mi pequeño ahijado.

-Oh, qué monada de criatura -exclamó emocionada tía Petunia -. ¿Lo puedo coger?

-Claro que sí.

Harry sacó a Teddy del carrito y se lo pasó a su tía, quien lo cogió suavemente y lo acunó con cariño en sus brazos. Pero el pelo del bebé, que hasta ese momento había permanecido castaño claro, cambió justo en ese momento hasta ponerse de color marrón muy oscuro.

-Dios Bendito -se sobresaltó -. ¿Qué es esto, Harry?

-No te preocupes. Tía Petunia. Es sólo que Teddy es metamorfomago como su madre. Son unos magos que pueden cambiar su aspecto a voluntad. Su nariz, sus orejas, el color de su pelo. Teddy es aún muy pequeño y no lo controla, pero esos cambios de color son muy útiles. Son como un indicador de lo que le ocurre. El marrón oscuro es que necesita un cambio de pañales. ¿Te importa si lo hago arriba?

-En absoluto, querido. Puedes hacerlo en tu antiguo dormitorio, ahora lo dejamos como habitación de invitados.

-Gracias, tía Petunia.

Cogió al bebé de los brazos de su tía y subió las escaleras con la bolsa de los pañales. Su antigua habitación estaba prácticamente igual que como él la dejó meses atrás, solo que con la pulcritud que caracterizaba a su tía Petunia. La cama, la mesita y el escritorio seguían en su sitio, pero en lugar de sus útiles de magia, había diversos cuadros y objetos decorativos.

La gran sorpresa le llegó cuando se encontró en su antigua mesita de noche una copia de la misma foto de su madre y su tía que ella le había regalado por su cumpleaños. Sorpresa porque durante todos los años que vivió allí, nada parecía indicar que tía Petunia tuviera una hermana.

Esbozó una sonrisa melancólica, preguntándose si colocar esa foto le habría costado una discusión con tío Vernon, y se dispuso a cambiarle los pañales a su ahijado. Bajó unos minutos después y se sentó en la cocina donde su tía preparaba el almuerzo.

-Dudley llegará en seguida -le dijo cuando se hubo sentado y cogido en brazos al pequeño -. Ha ido a comprarse unos libros. Empieza la universidad dentro de unos días y aún le faltan algunas cosas.

-Fantástico -tía Petunia ya le había informado algunas semanas atrás de la intención de su primo de matricularse en la Escuela de Economía. Su sorpresa fue mayúscula, jamás se había imaginado que a Dudley se le ocurriera estudiar en la universidad.

Dudley, efectivamente, llegó una media después. Saludó con afecto a su primo y al bebé y se sentó a la mesa donde la comida ya estaba servida.

Comieron con tranquilidad, intercalando conversaciones animadas, recogieron la mesa y pasaron al salón a tomar un té.

-¿Ginny no ha querido venir contigo, Harry? -preguntó tía Petunia sirviéndole una taza.

Él negó con la cabeza tomando la taza que su tía le ofrecía.

-En absoluto. Lo que ocurre es que está en Hogwarts. Se marchó hace una semana.

-Vaya por Dios, querido. Debes echarla mucho de menos.

-Lo cierto es que sí, pero es algo inevitable. Nos escribimos varias veces en semana y nos veremos cuando ella vaya de excursión al pueblo. Y en Navidad, claro.

Tía Petunia y Dudley pidieron que le dieran recuerdos a Ginny en su próxima carta y continuaron merendando hasta que se hizo tarde y Harry decidió marcharse.

Al llegar a casa, la encontró vacía. Supuso que Ron y Hermione estarían dando un paseo y Kreacher encerrado en su habitación contemplando sus tesoros. Aprovechó la soledad para salir al jardín con Teddy y leerle de nuevo las cartas de sus padres. Se las había leído cada vez que su ahijado había pasado el fin de semana con él, como si fuera uno de los cuentos de Beedle el Bardo. Sabía que aún era muy pequeño para entenderlas, pero sentía la necesidad de que el bebé conociera a sus padres desde muy pequeño. Le contaba cosas de ellos, cómo eran, qué sentían y qué deseaban.

El bebé siempre escuchaba atento esas historias, como si de verdad las comprendiera, y a Harry le gustaba, porque consideraba que cumplía la última voluntad de Remus y Dora. Y había pocas cosas en el mundo que le alegraran más.

Ginny despertó al despuntar el alba. Debía acabar una redacción de Pociones y quería escribir cartas a su familia. Salió de la cama y se encontró con Atenea, la lechuza de Harry, apoyada en el alféizar. Le abrió la ventana y cogió el sobre que llevaba atado a la pata. Sonrió al leer la carta de su chico y le dio una chuchería al pájaro, que batió las alas y se colocó en su hombro, esperando una respuesta.

Bajó a la Sala Común y se sentó en su sillón favorito junto a la chimenea, el que antaño fue el sillón habitual de Harry. Cogió una pluma y un pedazo de pergamino y empezó a escribir.

Querido Harry

Por aquí todo bien, aunque nos mandan muchísimos deberes. Pero no es nada extraño dado que es el año de los EXTASIS , y siempre nos dijeron que este era mucho peor que el de los TIMOS .

Me alegra que mi hermanito se haya decidido por fin a mudarse a casa, la verdad, no sé por qué no lo hizo a la vez que Hermione. Y me alegra también por ella, me consta que tenía muchas ganas de convivir con él.

Dale a Teddy muchos, muchos besos y dile que lo echo de menos. Dale también recuerdos a tu tía y a tu primo. Dile que en Navidad quizás podamos ir a tomar el té con ellos.

Y no te preocupes, amor, que siempre llevo al día mis deberes. Estudiar es lo único que me hace olvidar lo mucho que te echo de menos. Yo también te quiero.

Con amor

Ginny

Selló la carta y la ató a la pata de Atenea. Le dio otra chuchería, la llevó en el brazo hasta la ventana y la vio alejarse sobrevolando el Bosque Prohibido. Volvió a sentarse en el sillón y se concentró en su tarea de Pociones.

Casi una hora después, terminó la larguísima redacción que les había mandado Slughorn y empezó a sentir hambre. Recogió sus cosas y bajó al Gran Comedor.

Al llegar al Vestíbulo se encontró con Luna, y ambas amigas decidieron aprovechar que la disciplina en cuestión de casas se había relajado el último año para sentarse juntas en la mesa de Gryffindor.

Luna hablaba sin parar de animales seguramente ficticios e historias imposibles, pero Ginny se servía el desayuno de manera automática, sin prestar atención a lo que hacía. Su amiga en seguida notó que algo no iba bien.

-¿Ocurre algo? -preguntó sirviéndose café.

-No, nada -contestó Ginny de manera poco convincente -. Es sólo que he recibido una carta de Harry y lo echo mucho de menos. Y también a mi madre, y a mis hermanos, y a Hermione. Y lo peor es que sólo llevo aquí una semana, no sé qué voy a hacer cuando llevemos tres meses.

-Pero, Ginny. Este no es tu primer año en el colegio. Ya has estado separada de ellos antes. ¿Por qué este año es diferente?

-No lo sé. Sé que no es razonable, pero no lo puedo evitar. El otro día, en el Andén, me falto muy poco para darme la vuelta y volverme a casa. Se me está haciendo muy cuesta arriba separarme de mi familia este año.

Luna la miró con tristeza y suspiró. Quería hacer algo para animar a su amiga pero no sabía qué. De pronto se le ocurrió algo que seguro la alegraría.

-Se me había olvidado enseñarte esto, Ginny -dijo entusiasmada sacando un pergamino del bolsillo de su túnica. Ginny lo cogió y reconoció la letra de Neville.

Queridas Ginny y Luna

¿Qué tal está Hogwarts este año? Espero que mejor que el anterior, y que no tengáis que acabar el año encerradas en la Sala de los Menesteres. En cualquier caso, ya sabéis cómo hacerla aparecer, y si necesitáis ayuda sólo tenéis que escribirme y volveré a usar el pasadizo del Cabeza de Puerco

Ginny detectó el tono de sorna de su amigo y sonrió.

Yo estoy muy bien. Hace unos días empecé mis estudios de Herbología y me va de maravilla. Aquí todo el mundo es muy simpático y los profesores son muy buenos, aunque muy exigentes. Y mis compañeros son todos estupendos.

En cuanto a eso, he conocido a una chica fantástica. Se llama Ingrid y es alemana. Llevamos saliendo algunos días y soy muy feliz. Tengo muchas ganas de que la conozcáis, estoy seguro de que os caerá genial.

En fin, chicas. Os deseo mucha suerte en este último año y que no os agobien mucho con los exámenes.

Espero noticias vuestras.

Con mucho cariño

Neville.

Ginny sonrió de nuevo y le devolvió la carta a Luna. Tener noticias de su amigo Neville le había subido el ánimo. Seguía echando de menos a Harry, pero se encontraba mucho mejor. Acabó su desayuno y se dirigió junto a su amiga a visitar a Hagrid. Eso le acabaría de alegrar el día.