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Historia 27195 — capítulo 24

Ron cerró la puerta tras de sí aún con Hermione en brazos. Apenas había dejado de besarla mientras la subía por la escalera, la deseaba con cada célula de su ser y sabía que ella sentía lo mismo. Lo notaba en la pasión que ella ponía en cada beso, en cada caricia.

La dejó con suavidad sobre la cama y la besó largamente. Ella enterró las manos en su cabello y le acarició la cabeza. Él comenzó poco a poco a desabrocharle la túnica, botón a botón, saboreando el momento. Cuando lo hubo descubierto, le besó el cuello, bajo la oreja, justo en el punto donde sabía que ella se estremecía. Hermione arqueó la espalda y soltó un leve gemido. Ron sonrió con malicia y siguió recorriendo el cuello de su chica con besos juguetones.

Sabiendo que eso le divertía, ella se revolvió en la cama e intentó zafarse de su abrazo. Él entendió que quería jugar y aprovechó que era más fuerte que ella para sujetarle las dos manos por detrás de la espalda. Hermione se rió con ganas y siguió forcejeando en vano mientras Ron la tendía boca abajo y le acariciaba la espalda por debajo del camisón. Ella cesó de jugar y se dejó hacer. Dejó que él la desnudara despacio, recorriendo cada centímetro de su piel con suaves caricias y apasionados besos, para luego hacer ella lo propio con él.

En pocos minutos yacieron en la cama desnudos y abrazados, y se rindieron a la pasión y al deseo. Se amaron como si no hubiera mañana y el amanecer los sorprendió sin haber dormido nada en absoluto.

Ron corrió la cortina del dosel para evitar que un rayo de sol le diera a Hermione en los ojos.

-Buenos días, amor -le dijo besándola en la frente.

-Buenos días -contestó ella acurrucándose en su pecho -. Me encanta despertar a tu lado.

-Es difícil despertar cuando ni siquiera hemos dormido -Hermione rió la broma y lo besó con pasión en los labios. Casi sin darse cuenta se abandonaron otra vez al frenesí e hicieron el amor de nuevo.

Ignoraron por completo el despertador, que sonaba sin piedad, y decidieron llegar tarde al trabajo, por primera vez y sin que sirviera de precedente.

Por segunda vez en menos de una semana, Harry despertó antes del alba, solo que esta vez no fue por el llanto de Teddy. Tenía muchas cosas que hacer y necesitaba hacerlas pronto si quería pasar un buen rato con Ginny antes de que se fuera a Hogwarts.

Esa era la primera vez en ocho años que le entristecía la llegada del uno de Septiembre, pero también era la primera vez desde que volvió con Ginny que se iba a separar de ella tanto tiempo. La iba a echar muchísimo de menos, aunque se consolaba pensando que ahora disfrutaba de una libertad que no tenía en sus tiempos de estudiante. Podría ir a visitarla cuando el trabajo se lo permitiera, y estaría todo el día con ella cuando fuera de visita a Hogsmeade.

Se duchó y bajó a desayunar. Era tan temprano que Kreacher aun no había salido de su habitación, así que se preparó un café y comió algunas sobras de la cena. Subió al salón de dibujo y usó la chimenea para ir al Ministerio. Allí tampoco había nadie todavía, con lo que paseó por los solitarios pasillos en dirección a su despacho ordenando los asuntos que tenía que resolver esa mañana en atención a su prioridad.

Pasó mucho rato trabajando solo hasta que empezaron a llegar sus compañeros. Ninguno se sorprendió al verlo allí, su relación con Ginny no era ningún secreto y todos supusieron que querría adelantar trabajo para ir a despedirla a la estación.

Acabó todo lo que tenía que hacer poco antes de las diez y media. No podía creerse que, habiendo empezado a trabajar antes del alba, hubiera terminado tan tarde. Sólo le daría tiempo a estar media hora con Ginny, y seguramente ni siquiera no podría estar a solas con ella.

Recogió sus cosas, salió del Ministerio como alma que lleva diablo, casi sin despedirse de nadie, y usó las chimeneas del vestíbulo para llegar cuanto antes a La Madriguera. En la cocina estaban Ron y Charlie acabando sus desayunos.

-Buenos días, chicos -saludó jovial.

-Buenos días, Harry -respondió Ron con la boca llena de gachas de avena -. ¿Por qué has tardado tanto? Mi hermana lleva horas preguntando por ti.

-Lo sé, lo sé -dijo resignado -. Tenía miles de cosas que hacer en el Ministerio y se me hizo tardísimo.

-¿Ni siquiera en un día como este te dan vacaciones, compañero? -preguntó Charlie aguantando la risa.

-En realidad podría haberme ido cuando quisiera, pero entonces habría tenido que volver esta tarde y se me habría fastidiado la sorpresa -concluyó guiñándole un ojo a Ron que sabía perfectamente de lo que estaba hablando su cuñado.

Harry salió de la cocina antes de que a Charlie le diera tiempo a preguntar, y fue a buscar a Ginny. La encontró en su habitación repasando su baúl con ayuda de su madre y de Hermione. Cuando le vio entrar, dejó lo que estaba haciendo y fue corriendo a abrazarle y besarle. Poco le importó que estuvieran allí su madre y su cuñada.

-Harry, mi amor -chilló emocionada lanzándose a sus brazos -. Ya creía que no te vería antes de irme, cariño.

-Pero, ¿qué dices, tesoro? ¿Cómo podría no venir a despedirte? Es solo que el trabajo me retrasó más de lo que habría querido. Lo siento.

-Bueno, no importa. Lo importante es que has venido. No habría soportado irme sin verte.

Se besaron con ternura mientras la señora Weasley fingía prestar una atención extrema a los zapatos de Ginny y Hermione hacía como que recontaba por tercera vez sus calcetines.

Harry ayudó a su chica a acabar la maleta y, todos juntos, se dirigieron a Kings Cross. Lograron acomodarse todos en el amplio asiento trasero del nuevo coche de los Weasley, un antiguo Renault 21 de segunda mano que Arthur había comprado ese verano y al que había hecho algunos arreglos. Harry habría querido tener una cámara fotográfica para inmortalizar la cara que se le quedó a un muggle al ver salir de un coche familiar a once personas y un baúl enorme.

Ya en el andén 9 y ¾ se encontraron con Andrómeda y Teddy que también querían despedir a Ginny. Al ver la gran locomotora de color escarlata y a toda su familia rodeándola, Ginny empezó a ser consciente de que se iba a Hogwarts y de que no los vería en meses. De repente le entraron unas ganas enormes de quedarse allí, de agarrar su baúl y llevarlo de vuelta a su habitación en la Madriguera. Pero recapacitó al sentir la cálida mano de Harry apretando la suya. Su chico había intuido su momento de vacilación y había querido darle su apoyo. Ella se lo agradeció con una sonrisa y le hizo ver que estaba bien con una elocuente mirada.

Harry subió al tren con Ginny y le ayudó a acomodarse en un compartimento junto con Luna. Bajaron de nuevo al andén donde ella empezó a despedirse de todos sus hermanos. Le dio un abrazo particularmente cálido a George y pidió a Fleur que la mantuvieran informada del embarazo. Finalmente se despidió de sus padres. El señor Weasley la besó en la mejilla y la señora Weasley la abrazó con fuerza. Prometieron escribirle todas las semanas y se despidieron hasta Navidad.

Acongojada hasta las lágrimas, Ginny se acercó lentamente a Harry y lo abrazó con fuerza, como si no quisiera separarse de él nunca.

-No te preocupes, mi amor -le susurró al oído mientras le acariciaba el pelo -. Nos veremos antes de lo que te imaginas. Te lo prometo.

Selló su promesa con un dulce beso en los labios y se separó de ella sobresaltado al escuchar el silbido del tren que se preparaba para partir rumbo al norte.

Corriendo y casi sin pensar, Ginny se subió al tren y se despidió de todos desde la ventanilla agitando fuertemente la mano. Cuando los hubo perdido de vista, se sentó resignada en su asiento y se secó una lágrima traviesa que se asomaba a sus párpados.

-¿Estás bien? -le preguntó Luna.

-Sí, Luna -contestó Ginny -. Es solo que los voy a echar mucho de menos.

Su amiga se acercó a ella y la tomó de la mano.

-Ya verás como lo pasamos bien -dijo con su habitual voz soñadora -. Es nuestro último año. Va a ser divertido.

Ginny esbozó una sonrisa, más por tranquilizar a Luna que porque se sintiera mejor, pero pensó que su amiga tenía razón. Había pasado los mejores años de su vida en Hogwarts y ese no tenía por qué ser diferente. Además, ese año eran los EXTASIS, seguramente no tendría tiempo ni de respirar, mucho menos de echar de menos a Harry.

Algo más confortada, Ginny pasó el resto del viaje contándole a Luna cómo había ido su verano y escuchando las locas aventuras que su amiga había vivido en el suyo. Estaba claro que Lunática Lovegood no había cambiado en absoluto.

Cuando empezó a anochecer y se acercaban al colegio, Ginny y Luna se pusieron sus uniformes y cogieron sus baúles. Cuando el tren se detuvo totalmente, las dos chicas salieron casi las primeras, deseosas de ver su amigo Hagrid que llamaba a gritos a los alumnos de primero.

-Hagrid -gritó Ginny mientras se acercaba hacia el guardabosques.

-Ginny, Luna -saludó jovial -. Qué alegría volver a veros. Vamos, corred si no queréis quedaros sin carruaje. Os veré en la cena.

-De acuerdo, Hagrid -exclamó Luna -. Hasta luego.

Se despidieron del guardabosques con un movimiento de la mano y se dirigieron a montarse en un carruaje. Compartieron uno con Dennis Creevey y un par de alumnos de Hufflepuff.

El breve paseo hasta el castillo transcurrió tranquilo. Dennis les contó cómo habían pasado ese verano sin Colin. Fue duro, pero lo estaban superando juntos. A Ginny le recordó el verano que ella y su familia habían pasado sin Fred.

Los carruajes se detuvieron y Ginny y sus amigos se bajaron deprisa. Tenían hambre y estaban deseosos por probar los deliciosos manjares que les habían preparado los elfos domésticos. Entraron decididos al Comedor donde los esperaban los profesores y se sorprendieron al encontrar una silla vacía aparte de la de Hagrid. Todos se preguntaron para quién sería.

Se sentaron en sus mesas y empezaron a entrar los alumnos de primero, dando comienzo la ceremonia de selección. Los cincuenta nuevos alumnos fueron puestos en sus nuevas casas veinte minutos después. Fue entonces cuando la profesora McGonagall se levantó para decir unas palabras.

-Quiero daros la bienvenida a un nuevo curso en Hogwarts. Este es un curso especial. El primero después de la guerra contra Voldemort. Un curso en el que aun nos recuperamos de las pérdidas sufridas, pero que supondrá un antes y un después en nuestras vidas. Y para inaugurar este curso tan especial, tengo el inmenso honor de presentaron a Kingsley Shackelbolt, Ministro de Magia.

Un silencio sepulcral se adueñó del salón mientras todos miraban alrededor buscando al Ministro. Tras unos segundos de incertidumbre, se abrió la puerta que había detrás de la mesa de los profesores y Kingsley entró en la estancia provocando que todos lo allí presentes estallaran en un gran ovación.

Y aprovechando esa confusión momentánea, alguien se deslizó por detrás de la mesa de Gryffindor y le tapó los ojos a Ginny. Ella se volvió sobresaltada y se encontró con la persona que más ganas tenía de ver en el mundo.

-Harr... -empezó a decir, pero Harry la silenció poniéndole la mano en la boca.

-No grites, no quiero que nadie se entere de que estoy aquí.

-Va a ser difícil, esto está lleno de gente.

-Están muy entretenidos con el Ministro. Hazme un hueco en el banco, quiero sentarme contigo antes de que Kingsley acabe de hablar.

Harry se acomodó junto a Ginny y, con la complicidad de sus amigos de Gryffindor, se ocultó del resto del colegio. Quería cenar tranquilo con su novia y sus antiguos compañeros.

-¿Por qué no me dijiste que vendrías con el Ministro? -preguntó Ginny al cabo del rato.

-Porque entonces no habría sido una sorpresa, pequeña -contestó Harry pellizcándole con cariño la nariz.

-Y, ¿cómo es que no estás ahí arriba con Kingsley, recibido con todos los honores?

-No sabes lo difícil que fue convencer a Minerva de que no me presentara como un héroe de guerra. Si por ella fuera, me habría puesto una alfombra roja a la puerta y me habría cedido su sillón de directora. Pero yo prefería cenar aquí, en mi antigua mesa y contigo.

-Te quiero, Harry.

-Yo también te quiero, preciosa.

Acabaron la cena y Minerva se levantó de nuevo para dar otro discurso y los avisos normales de principio de curso. Fue entonces cuando Harry y Ginny se levantaron con disimulo de la mesa y se ocultaron bajo la capa de invisibilidad para salir del Comedor sin ser vistos. Aun bajo la capa, bajaron a los terrenos y se sentaron bajo el gran haya que tan buenos recuerdos les traía.

-De todas las personas con las que pensaba encontrarme aquí -empezó Ginny unos segundos después -, tú, sin duda, eras la última.

-Ya te dije esta mañana que nos veríamos antes de lo que imaginabas.

Ginny sonrió y se acomodó en su pecho. Dejó que él la abrazara con fuerza y se perdió en ese abrazo.

-Te prometo que no me vas a echar de menos, princesa.

-¿Lo prometes?

-Lo prometo -le dijo solemnemente Harry besándola en el pelo.