30 maneras de verlo. — capítulo 17
Chocolate Por Cheis
Las cocinas siempre habían sido un lugar casi sagrado para todo hufflepuff. No era como muchos solían pensar que vivieran a los atracones, pero tal vez la cercanía llevaba a todo hufflepuff a tener una relación especial con aquel lugar. Era casi un hecho que en tu primera semana en Hogwarts, si pertenecías a esta casa, tuvieras tu primera visita a las cocinas. Por la entrada que pocos conocían y muchos ansiaban saber. Obviamente aquello implicaba una relación bastante cercana con los elfos. Siempre presurosos a ayudar en lo que pidieran los alumnos del castillo.
Zacharias debía admitir se había aprovechado de aquel carisma que tales criaturas emanaban. No era que abusara de ellos, pero solía hacer alguna visita al menos una vez al día, llevándose contigo algún que otro goloso alimento. Llenaban sus bolsillos de pastas, dulces y chocolates. Le conocían y le llamaban por su nombre, y él recordaba el de unos cuantos.
Normalmente no encontraba a nadie fuera de los habituales elfos domésticos. Siempre se los veía atareados y a veces, debía de aceptar, admiraba su trabajo y su emoción. Para estar obligados a servir, lo hacía con una sonrisa que no daba vida a los ojos del joven hufflepuff.
Aquella mañana se sorprendió de ver a la muchacha allí. Estaba sentada a lo indio en medio de la cocina, rodeada de pasteles que no había tocado, y con libros de lectura entre estos. Nunca había cruzado palabra con ella, pero era difícil no reconocer a la mejor amiga del gran Harry Potter. Una sonrisa cínica se dibujó en sus labios ante el pensamiento, y decidiendo que nada perdía con quedarse, caminó en silencio hasta ella.
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¿Buscas algún milagro para ayudar a Potter? – La joven Gryffindor saltó de su lugar al sentir las palabras en su oído.
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¿Quién? ¿Qué?
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Zacharias Smith, compañero de casa del verdadero campeón de Hogwarts. – sonrió al ver como los ojos de la muchacha se contorsionaban en indignación. Todo su cuerpo se movilizó a punto de refutar aquella afirmación, pero nunca lo hizo. - ¿Encontraste algo? – agregó con sorna.
Hermione simplemente le observaba. Él disfrutaba. Lograr dejar a Granger sin palabras era algo que había escuchado pocos lograban.
- No es de tu interés. – agregó finalmente, juntando sus pertenencias.
Zacharias nunca se había fijado en ella. Potter y sus pequeñas aventuras nunca le habían importado, muchos podrían hablar del asunto, pero el le restaba importancia. Inclusive, tenía piedad del muchacho. No sabía como había logrado colarse en el torneo, pero debía estar muy loco para hacerlo. O demasiado necesitado de atención. Atención que él no pensaba otorgarle.
Sin embargo, ahora si se fijaba en la joven. Recordaba algo de ella del primer año, algo de ella del segundo, pero ahora ya no era esa niña que su mente se empecinaba en retraer. Pero mantenía una posición pulcra y orgullosa. Aquello no hacía más que divertir al joven Hufflepuff. Se agachó y alcanzó uno de los libros a manos de la muchacha. En cuclillas y sin caerse le mantuvo la mirada.
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La cocina no es el mejor lugar para estudiar, Granger. Los elfos son un poco molestos, ¿no crees? – la vio rabiar. Pero no se esperaba la siguiente reacción.
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¡Los elfos no son molestos! ¡Los tratan como escoria y no deberían!
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La cocina es un buen lugar para buscar chocolate. – le interrumpió. Un elfo se había acercado a él con algunas barras del delicioso dulce. – A ellos también les encanta.
Zacharias tomó una de las golosinas y la posó en una mano de la chica, el resto lo embolsó en su túnica, y antes que la joven Gryffindor pudiera decir nada, ya estaba fuera, camino a su sala común.