30 maneras de verlo. — capítulo 24
Extra (Control versión fallida xD) Por Cheis
No entendía como había aceptado la apuesta. No, no era así, lo que no entendía, era como la había perdido. Confiado. Él era mejor, el era el indicado para demostrarle a Granger que no podía con todo. Justin había reído, había afirmado que contra Hermione nadie podía, y lo había retado. Entrar en la apuesta había sido una necesidad. Perderla, una estupidez. Menos aún entendía porque había aceptado cumplir con aquel castigo. Maldijo su necesidad de mantener su palabra. Pero aquello era más un reto que otra cosa, debía de ser el propio papel de la apuesta y no su resultado.
Zacharias había vivido toda su vida bajo el resguardo de la magia, y poco y nada conocía del mundo muggle. Error. Conocía lo suficiente para saber que no le gustaba y que no confiaba de nada que viniera de ellos. Bueno, tal vez, salvo cierta competidora causante de su actual desgracia. Pero eso era otro tema que prefería no llevar a su mente. Los muggles estaban locos. Ellos y sus objetos raros implicaban para Zacharias una perdida de paciencia inmediata. Entender que ahora debía confiar en ellos y en una de sus entupidas latas de metal le causaba casi repulsión. No era que tuviera algo en contra de ellos, simplemente le causaban… desconfianza. Vivir sin magia era algo que se le hacía imposible.
O tal vez no tanto. El instructor le sonrió como todas las tardes cuando se bajó del coche. Zacharias se imitó a mirarle sin interés. El hombre no le caía. Definitivamente no le caía. Casi tanto como no le gustaba el auto. Pinchudo, de color extraño y muy ruidoso. Aún para sus pocos conocimientos sobre aparatos muggles, sabe su instructor debe actualizarse. Zacharias continúa observándole mientras le indica suba. Muy bien, lo hace mecánicamente, porque aunque teme admitirlo, se ha acostumbrado a estas clases. Por más miedo que el hombre tuviera de él en un principio.
Arranca el coche. El sonido le recuerda al grito de las gradas de Hogwarts ante un partido de quidditch. Sonríe. Si, las primeras clases han sido tétricas. Confiar de una lata hecha por muggles no era algo que jamás hubiese estado dispuesto a hacer. Apuestas. Tontas apuestas. El primer día se había llevado por delante un poste de luz. Amaba su varita. Odiaba estar a la merced de ese cacharro. Hasta con las escobas uno tenía más control de los sucesos que en aquella caja ruidosa. Pero… se acostumbraba. Se acostumbraba y comenzaba a dominar. Llevaba prácticamente cinco clases sin mandarse alguna tontería, el instructor había prometido esa sería su última clase.
Zacharias sonrió y comenzó a andar. Tranquilo. Con dominio. Le demostraría a Justin que cumplía, y a Granger, que no solo su esposo podía conducir en la ciudad. La baratija muggle no le ganaría. Suya y a su merced. Como siempre debió haber sido.