30 maneras de verlo. — capítulo 7
Mordaza Por Cheis
No le gustaban. Para nada. Nunca lo habían hecho, ni de pequeña, ni frente a las estufas. Definitivamente menos le agradaban estando en el medio de los terrenos, sola, bajo el descampado cielo negro. En algunos momentos deseaba amordazar su boca, para no gritar del miedo, y algo de su auto control se lo permitía. Las tormentas eran hermosas siempre y cuando las viera por la maldita caja de televisión, a la cual tampoco era muy amiga en realidad. Maldijo para si misma, maldijo por querer hacerse la valiente: buscar a Crookshanks en plena noche, con agua torrencial y rayos en el firmamento estelar superaba su astucia y coraje.
Corrió. Corrió sin importarle nada cuando el agua ya era un diluvio sobre su cuerpo, cuando los truenos opacaban sus propios pensamientos y el centellear dorado en el cielo era suficiente para ver la silueta de Hogsmeade. Aunque no quería admitirlo, el miedo calaba sus huesos, mientras los pensamientos de diversas y horrorosas posibilidades de rayos cayendo en su cabeza surcaban su cerebro.
Ingresó en el colegio con el corazón en la boca y el aire queriendo regresar a sus pulmones. El agua chorreaba por ella, mojando el piso del castillo, y su cuerpo temblaba aún de adrenalina y frío. No se preocupó por eliminar su rastro y comenzó a adentrarse por el lugar. No había nadie a la vista, todos, más inteligentes que ella, se había resguardado bajo la protección de sus salas comunes. Ingresó en el primer pasillo camino a la sala de gryffindor. Estornudos sonaron en su cuerpo sin poder evitarlos.
- Salud.
Se detuvo. Sentía su cuerpo temblar inconcientemente ante cada aullido producido por la tormenta. Involuntariamente sentía sacudirse y aunque trató de evitarlo mientras buscaba a la persona que le había hablado simplemente, no podía.
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No es un buen día para pasear por los terrenos, Granger. – el muchacho apareció por un costado. Cabellos rubios prolijamente arreglados. Ropas secas y cálidas. Sonría ancha y divertida. – Te enfermarás. – le examinó de pies a cabeza, haciéndole sentir completamente vulnerable.
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No lo haré. - ¿Qué más podía decir con las luces de la tormenta aún reflejándose en su mirada? – Si me permites...
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¿Permitir que te enfermes? No lo creo. – Los ojos del hufflepuff volvieron a examinarla. Hermione ansiaba le dejara pasar, pero sobretodo que dejara de hacer aquello cuando sentía sus piernas cederían en cualquier momento.
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¿Qué quieres, Zacharias? – armó su cuerpo de valor. No podía dejar superarse por aquel hijo de mama que todo creía saberlo.
El chico sonrió y comenzó a acercarse. Instintivamente la muchacha intentó retroceder, pero sus piernas temblorosas le hicieron perder el equilibrio. Volvió a maldecir las tormentas, a su gato callejero y a sus tontas ideas por enésima vez. Los brazos del joven la sostuvieron, impidiendo que cayera. Ante de que pudiera reaccionar Zacharias apuntaba su varita hacia su pecho.
Un suave calor recorrió le recorrió desde el contacto con la varita al resto de su cuerpo. Temblaba. Por el cambio de temperatura. Por los truenos aún presentes. Por las eternas luces. Por el miedo aún en sus huesos. Por el contacto de las manos del joven, por la proximidad de sus rostros, por el cuidado de sus movimientos.
- Por más hermosa que se pegara la ropa contra tu cuerpo. – sonrió burlón ayudándole a enderezarse. – Estando seca no te enfermarás.
Hermione se separó de golpe. Su corazón latía, queriendo explotar su cuerpo, tal y como lo había hecho cuando había corrido a refugiarse de aquellas explosiones en el cielo. Solo que ahora, no era de miedo.
Él sonrió e hizo una pequeña reverencia. Sus ojos brillaban como ella nunca los había visto. Pero era incapaz de responder con gesto o palabra alguna. Hipnotizada. Sorprendida. Tambaleante.
- Será mejor que vayas al calor de tu cama. Una buena taza de leche caliente no vendría mal tampoco. – Escuchar a Zacharias Smith dar consejos no era algo que hubiese esperado, pero en aquel momento le parecía lo más normal del mundo. – Buenas noches...
Le vio alejarse. En silencio, confiado, ajeno a los ruidos que hasta ella era ahora incapaz de escuchar. Su voz resonaba en sus oídos, y su tacto convulsionaba en su piel. Camino hasta su sala común. Ni Harry ni Ron supieron de donde venía. Silencio sellaba su boca, amordazándola a miedo y placer