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30 maneras de verlo. — capítulo 9

Húmedo Por Cheis

La noche era húmeda. Así era Londres, una masa oscura y grasosa, llena de lluvia triste. Odiaba la humedad, pero amaba la ciudad. Quizás era el aroma del callejón, o la imponente imagen de Gringotts, elevándose a un lado, prepotente y magnifico. Abrió su paragüas y maldijo la lluvia, ¿es que acaso no se podía proteger el callejón de aquellos aguaceros? Caminó con parsimonia, el recorrido era conocido, las calles iguales. Pocas personas paseaban por el lugar debido al tiempo, se preguntaba porque su esposo y cuñado no podían darse un día libre y no hacerla caminar bajo tanto gris.

Sortilegios quedaba a algunos metros de distancia, el local era llamativo, y sin embargo, sus ojos se posaron en otra vidriera. Se acercó rápidamente, ojeo la tapa del libro y entró en el lugar, cerrando el paragüas y sacudiéndolo de las gotas de lluvia. Se acercó al tomo. Había un montón apilados a un lado de la vidriera, un gran cartel anunciando su salida.

  • Siempre te gustó la lectura. – la voz le sorprendió, así como su dueño. Un hombre se encontraba parado a su lado, observando el reciente libro. Lo reconoció inmediatamente, aunque dudaba jamás hacerlo por el tono de sus palabras. El mismo cabello, la misma postura. – De la buena. – agregó el hombre, aún sin dirigirle la mirada.

  • Es… sí… sí, siempre me ha apasionado. – Llevó su mano hasta uno de los textos y sintió el contacto con su piel. Suave, terso. El artículo que día antes había leído al respecto informaba se trataba de una revisión de los últimos diez años del ministerio, desde la caída de Voldemort. Las tareas en casa, con Rose, el embarazo, y el trabajo le habían hecho olvidar la fecha de salida. – Quiero ver que tantas verdades y mentiras dicen.

Él la observó, y sonrió. Hermione se sorprendió de su mirada, o más bien, de toda su actitud. Con un gesto pidió el libro que ella tenía en su mano, y se lo cedió. En silencio comenzó a caminar hacia el mostrador.

  • ¿Cuándo es la gran fecha? – cuestionó el joven.

  • Un mes. – comenzaba a sentir la fatiga, pero estaba más sorprendida por la extraña conversación que ni siquiera podía concentrarse en su propio cuerpo. Dentro el pequeño comenzaba a patear en disconformidad.

  • Un bonito pelirrojo. - ¿Era aquello una mueca cínica? ¿Una nota de ironía?

  • Hermoso por sobre todo. – complementó ella. - ¿Tu?

  • El mejor como siempre. – ahora sí había aquella nota de superioridad en sus maneras. Pero ante la mirada insistente de la mujer río. – Haciendo compras en el día libre.

Ante el silencio del hombre ella no insistió más. El dueño del local les atendió con extremado cuidado. Cuando ella hizo amago de buscar su billetera, su viejo compañero se adelantó y la detuvo, pagando él por el objeto.

  • Permíteme. – sonreía. Hermione no sabía si divertido, o si no había un deje de pena en su voz. Una súplica. Pero comenzaba a creer la lluvia y las hormonas habían afectado sus sentidos.

Caminaron nuevamente en silencio hasta la salida. Cada uno con su paquete. Ella llevándolo cerca, como si fuera un tesoro y sin siquiera comprender por qué. La situación era incómoda y, sin embargo, no se sentía mal al respecto. Él abrió la puerta, y ella extendió el paragüas a su magnitud, cubriéndose de la lluvia, y sin soltar el fuerte agarre a su nueva adquisición.

  • El padre es muy afortunado. – musitó él, sonriéndole y alejándose bajo la lluvia, dejando que sus cabellos se empaparan en la sustancia húmeda.

Hermione lo observó alejarse. Impresionada, incapaz de reaccionar ante al situación. Sus hormonas debían estar fallándole. No había otra respuesta. Giró para dirigirse hacia Sortilegios Weasley, y mientras observaba el paquete en sus manos, decidió que lo que había escuchado en la voz de Zacharias Smith no había sido envidia.