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Historia 27506 — capítulo 1

La joven de ojos castaños se despertó con el primer rayo de sol de la mañana. Había olvidado cerrar las persianas. Miró el reloj: eran las ocho.

  • Que tonta… - pensó – Encima es sábado.

Trató de volver a dormir, pero no pudo, así que se levantó. Abrió la puerta que daba al baño, y se miró al espejo. Siempre detestó verse al espejo por las mañanas. Los ojos casi cerrados, con unas grandes ojeras, el cabello castaño, normalmente ondulado, todo despeinado, la boca ligeramente abierta… en cuestión, cara de “eeh?”. Se lavó la cara, se peinó el enmarañado cabello hasta que quedara moderadamente aceptable, y volvió a entrar a su habitación. Lo primero que vio fue, encima de su cama, colgado el dibujo de Laura, que ella había enmarcado, de aquél chico que a ella le encantaba.

  • Buenos días – le deseó, con una sonrisa. El chico no le contestó. Claro, era un cuadro. La muchacha abrió el armario, tomó un jean y su remera favorita, se puso los anteojos de marco rojo oscuro, y volvió al baño a mirarse al espejo. Por lo menos estaba un poco más presentable. Pero faltaba algo. Fue hacia su mesa de luz, y tomó el collar negro con un dije de flor, que su madre le había traído de Brasil. Se lo colgó en el cuello, se puso las pantuflas peludas, y bajó a desayunar.

  • Buenos días – le deseó su padre, apenas la vio entrar a la cocina, y le dio un beso. La chica se acerco a su madre, quién estaba sirviéndole jugo a un niño de cuatro años, y le dio un beso también.

  • Buen día, mimu – le deseó.

Aun dormida, la chica se sentó frente a un chico de once años, que estaba tapado por la sección deportiva del diario.

  • ¿Qué haces despierta? – le dijo, corriendo la mirada durante un instante de un artículo que decía BOCA PENTACAMPEÓN – Son las ocho, ¿te das cuenta?

  • ¿Y Sari? – preguntó la chica, sin hacerle caso a su hermano.

  • No viene. Se fue a Bariloche, ¿no te acordabas?

La chica lanzó un resoplido. Se había quedado sin su pastel de los sábados. Encima esa semana tocaba su favorito. Tomó un vaso con jugo de naranjas, y estaba sirviéndose una tostada, cuando sonó el teléfono.

  • Yo voy – se ofreció su madre, y se paró a tomar el tubo - ¿Sí? Ah, Laura, ¿cómo estás? Si, ya te paso con Emily.

Emily tomó el teléfono.

  • ¿Hola?

  • ¡Hola! – se oyó la voz de su amiga Laura del otro lado del teléfono - ¿Cómo estás?

  • Dormida – dijo Emily, riendo – ¿Qué hacés despierta a esta hora?

  • Como estaba muerta de sueño, ayer me acosté temprano… y hoy me levanté temprano. Pero lo aproveché para jugar a la Play… ¿Te desperté?

  • No, tranquila, creo que mi subconsciente supo que me ibas a llamar y no me dejo volver a dormirme.

  • Ya veo… - Laura dudó – Llamaba para ver lo de Japo.

  • Ah, sí…

Todos los sábados por la mañana, Emily y Laura tenían clase de japonés. Pero aquél día, Emily no quería ir.

  • Eh…no voy a ir. ¿Estás segura de que llamaste por eso?

  • ¡Pues claro!

  • Esa no te la tragás ni vos. Si no me llamas nunca, siempre está dicho que tu viejo nos lleva y el mío nos trae. ¿O…te olvidaste?

  • Ehh… - Laura suspiró – No, en realidad llamaba para ver como estabas.

Emily suspiró. Estaba muy agradecida por que Laura se preocupara por ella, pero no quería que le hicieran tanto teatro. Después de todo, lo que había pasado no era tan grave.

  • Estoy bien – mintió – De verdad.

  • ¡Entonces hoy vamos juntas a japo! – exclamó Laura.

  • Eeh…no. Hoy voy a quedarme en mi casa.

  • Emily – Laura quería sonar firme, pero su voz tembló – De verdad, yo me preocupo mucho por ti. No quiero que te pongas mal, porque después me siento culpable. De verdad, me siento muy mal…

  • No tenés porqué sentirte mal, Lau – le aseguró Emily, con sinceridad – De verdad. Lo que pasó no fue tu culpa. Y…ya se me va a pasar. No quiero que todas empiecen a sentirse mal por mi culpa.

  • Pero…. – Laura volvió a poner su voz firme – Entonces voy a hacer lo posible por ayudarte. ¿Qué tal si mañana salimos? Hoy tengo clases de matemáticas.

Emily sonrió.

  • Con tal de hacerte feliz…

  • ¡Sí! – el grito de alegría contagió a Emily. Se sentía muy agradecida con su amiga – Entonces nos vemos mañana.

  • Bien, hablamos mañana. Un beso.

Cortaron. Emily subió a su habitación, y se tiró en la cama. ¿Por qué tenía que pasarle esto a ella? Desde que lo había conocido había creído que tenía una oportunidad. Aunque fuera pequeña. Aquél chico la tenía loca desde hacía dos años. Pero nunca, nunca, podía hablarle con normalidad. Y la otra noche…en la fiesta…estaba decidida a decirle lo que sentía. Al menos, él sabría. Pero no pudo. No pudo hacerlo. Porque él le confesó que estaba enamorado de otra antes de que ella pudiera decirle nada. El pequeño rayo de esperanza pareció desvanecerse en el aire. Y lo peor de todo, es que esa chica, que estaba condenada a ser odiada por el resto de su vida…era su mejor amiga. No podía odiarla. Simplemente no podía. Sólo podía quererla más. Cuanto había hecho Laura por ella… cuánto la había ayudado para que pudiera al menos decirle “hola” a ese muchacho con anteojos y pelo castaño, algo despeinado, que siempre llevaba el mismo buzo verde… Decidió que no quería pensarlo más. Ya se olvidaría de él. Ya encontraría a alguien que la querría. Tomó el libro que había en su mesada, y lo abrió en una página cualquiera.

Lupin había sacado un libro y se había puesto a leer. Sirius miraba a los estudiantes que se paseaban por los jardines, con aire un tanto altivo y aburrido, pero con elegancia. James seguía jugando con la Snitch, y cada vez dejaba que se alejase un poco más; la pelota siempre estaba a punto de escapar, pero él la atrapaba a último momento.

Apoyó el libro sobre sus rodillas, dejando ver la tapa azulada, con las letras blancas que formaban las palabras “Harry Potter y la Orden del Fénix” sobre ella. ¿Por qué no existían chicos como los merodeadores? ¿Por qué no chicos como ellos tres? Emily se puso a pensar. ¿Qué pasaría si ella viviera en el mundo de los merodeadores, y fuera al colegio con ellos? Era su vida ideal. Una vida donde ella pudiera ser una persona distinta. Donde pudiera ser…lo que ella quería. Allí estarían los tres. Lupin, Sirius y James. Volvió a tomar el libro, y continuó leyendo, aunque se había salteado varios párrafos.

  • ¿Qué tal, Evans? – la saludó James con un tono de voz mucho más agradable, grave y maduro.

  • Déjenlo en paz – repitió Lily. Miraba a James sin disimular su profunda antipatía. -¿Qué les hizo?

  • Bueno – respondió James, e hizo como si reflexionara acerca de la pregunta – es simplemente que existe, no sé si me explico…

Y también estaba Lily. No se olvidaba de Lily, claro. ¿Por qué todo lo bueno ocurría solo en la ficción? ¿Por qué su vida no podía ser como ella? Todo tipo de pensamientos como ese pasaban por su mente. Si solamente…pero no. Eso nunca ocurriría. Se levantó de la cama, y subió a elegir una película. Esa tarde, su amiga Mora iba a ir a su casa, así que debía elegir una buena película para ver. Qué mejor manera de olvidar sus problemas que viendo una película, comiendo chocolate y hablando sobre sus historias y cuentos. Las historias que ellas escribían. Como había olvidado pasar por el videoclub, tomó la que mejor le pareció: Harry Potter y el Prisionero de Azkaban. Alan Rickman, Emma Thompson, Gary Oldman, Emma Watson, Tom Felton…todos juntos en una sola película. Además, era Harry Potter. ¿Qué mejor que ver Harry Potter, y encima con Mora? Tomó el DVD, y lo apoyó sobre la televisión, esperando a que su amiga llegara.

A las dos de la tarde, sonó el timbre. Emily se apresuró a abrir la puerta. Del otro lado, se encontraba una muchacha con el cabello bien lacio, castaño con mechas rubias, y unos anteojos con marco verde oscuro. Emily apreciaba mucho a Mora, ya que podía compartir muchas cosas que con Laura, o cualquiera de sus amigas, no podía. Empezando por la afición hacia Harry Potter.

  • ¡Hola! – saludó Mora, y las dos chicas se abrazaron - ¿Qué tal?

  • Ahí ando - contestó Emily.

  • ¿Aún preocupada por lo de…?

  • Sí. Pero no hablemos del tema, que me da náuseas.

Mora sonrió.

  • Muy bien.

  • Por supuesto que Emma Thompson es la mejor actriz de toda Inglaterra. De hecho…la mejor del mundo!

  • Bueno, bueno, no exageremos, que hay muchos actores muy buenos.

Estaban las dos chicas sentadas en el sillón. Eran las doce de la noche. Mora había decidido quedarse a dormir. Acababan de terminar de ver Harry Potter y el Prisionero de Azkaban, y discutían acerca de los actores.

  • Alan Rickman tiene un acento que mata… - le dijo Mora con una sonrisa.

  • Si, todos en esta película… ¡Como adoro el acento británico! – exclamó Emily, soñadora.

  • ¿Vemos otra peli? – ofreció Mora.

  • ¿Cuál?

  • Ehh… ¿Dicen por Ahí?

  • Dale.

Pusieron el DVD, y comenzaron la película. A Emily se le caían los párpados.

  • Tengo sueño – declaró.

  • Dormite.

  • Pero quiero ver el final… - inmediatamente, los ojos se le cerraron. Comenzó a soñar con caballos…no…¿hipogrifos? Se sintió muy cómoda. Estaba en su cama… Un rayo de sol entraba por la ventana. ¿Qué hora sería? ¿Qué día sería? Seguro tenía que ir al colegio… sintió un bostezo a su lado. Seguro era su madre, que venía a despertarla. O su padre, que venía a buscar pasta de dientes a su baño.

  • Ya voy… - rezongó la chica – ya me despierto.

Abrió los ojos lentamente. No estaba en su cama. Tampoco en su habitación. Era…extraño. Y el bostezo no fue ni de su madre, ni de nadie de su familia.

Fue de un muchacho. Un muchacho de cabello negro, muy buen mozo, que dormía profundamente a su lado. No llevaba remera, por lo que Emily supuso que dormía en pantalones…lo más decente que se le pudo ocurrir. Sonrió. El chico abrió los ojos. Ella reaccionó. Gritó con todas sus fuerzas. El chico también, y se incorporaron. Había otros tres chicos en la habitación, que se despertaron de golpe al oír el grito de las dos personas.

  • ¡DEMONIOS! – gritó uno a su lado, con todo el cabello despeinado - ¡VOY A MATARTE!

Mora también se incorporó. Se encontraba al lado de uno de ellos, en la misma cama, con cara de dormida. El chico era castaño, casi rubio, y tenía unos bonitos ojos color miel. Se miraron un instante, y ambos gritaron.

  • ¿Qué demonios…? – exclamó el muchacho despeinado, que se encontraba en la cama que estaba entre Emily y Mora.

Emily miró al muchacho que estaba a su lado, que la miraba anonadado. Luego miró a Mora, que seguía mirándose fijamente con el muchacho rubio, como si jugaran una competencia de “el que primero parpadea pierde”. Se oían pasos por afuera. La gente debía de haber oído los gritos. Un minuto. ¿Qué gente? ¿Qué estaba pensando? No sabía donde se encontraba, ni quienes eran esos muchachos, solo sabía que no era su casa. Se miró las manos. Estaba desapareciendo. Intercambió una mirada de soslayo con Mora, antes de desaparecer completamente.