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Historia 28110 — capítulo 6

Rememorando

La luz se colaba entre las cortinas, golpeándola con su agradable, y poco frecuente, calidez justo en la cara. Pestañeó un par de veces para que sus pupilas se adaptaran a la luz de la habitación. Los ojos le dolían, la cabeza le ardía y la espalda y el costado izquierdo los notaba engarrotados. Vaya noche he debido de pasar, pensó Sara. Oyó un chorro de agua procedente del baño. ¿Qué hora sería? Se giró hacia la izquierda para ver su reloj pero, para su sorpresa, no estaba ahí. Ni siquiera había una mesita. Vio un sillón con una chaqueta cuidadosamente doblada. Se levantó sorprendida. Su cuello y su cabeza protestaron por eso, pero ella ignoró el dolor y se levantó con un gran esfuerzo. Aquella no era su habitación, ni mucho menos. Tan solo había una cama. Miró alrededor y vio sus zapatos. Tenía que ser la habitación de un chico, pero ¿qué chico? A penas recordaba nada de la noche anterior, ¿habría hecho alguna irresponsabilidad? Se estremeció solo de pensarlo. El chico seguía en el baño duchándose. Sara dudó entre esperarse a verle la cara o salir por patas. Al final se decidió por la opción más cobarde. Cogió sus zapatos, pues le era más que imposible ponérselos, y salió en silencio de la habitación.

Una vez más miró el techo mientras, con aire distraído, deslizaba su dedo índice por la espalda desnuda de la chica. Una vez más recordó los hechos difusos de la noche. Había visto tantas cosas y a la vez tan pocas. A Sara, por ejemplo, no la había visto casi nada a pesar de que se había propuesto vigilarla. Lo peor de todo era que tampoco había visto a Daniel coqueteando con todas las chicas que se le ponían a tiro. Prácticamente había estado desaparecido. Algo rarísimo. Había intentado buscar a Mario y disculparse por haberse molestado por su comentario que, en realidad, era una verdad como un templo; a él tampoco lo encontró. A la que si encontró fue a María, una argentina alta y morena, de pelo negro como el carbón y perfectamente rizado. Justo lo que sería una mujer explosiva. Alexander sonrió y volvió a deslizar su dedo por la espalda de la chica.

Su filosofía de vida siempre había sido carpe diem, vive el momento, aprovecha tu vida porque solo hay una. El amor no era lo suyo, pero las mujeres … eso era otra cosa, siempre y cuando no hubiera amor de por medio. Pero últimamente, solo una persona se paseaba por su cabeza totalmente a sus anchas: Sara. Alexander no tenía ni idea de por dónde empezar, que hacer, que decir … ¿A caso estaba loco? ¡Hasta había llegado a soñar con ella! Por eso pensó que, a lo mejor, volviendo a las andadas, a acostarse con todas las chicas que pudiera, se olvidaría de Sara. María había sido, sin saberlo, su conejillo de indias. Y su "experimento" había funcionado durante un par de minutos. Después, María había desaparecido, dejando paso a una imagen de Sara.

Cada vez estaba más desesperado. Eso nunca, nunca, le había pasado a él. A otros chicos, vale. Pero a él … no, jamás. Tal vez es que solo había sido una chica. Pero se propuso una cosa: María había sido la primera, pero no sería la única de aquel curso ni mucho menos.

Oyó que alguien trucaba tímidamente a la puerta y se levantó para ponerse los pantalones. Se frotó los ojos perezosamente para intentar ver algo y abrió la puerta.

Una chica de piel clara, con pequitas en la nariz y las mejillas, pelirroja y ojos grises estaba en la puerta. La chica tragó saliva mientras era incapaz de apartar sus ojos de los abdominales de Alexander. Dejó salir el aire de sus pulmones con un débil silbido.

-No me extraña que María desapareciera de la fiesta - murmuró la chica, todavía embobada con el cuerpo de Alexander -. Hola.

-¿Ya has vuelto? - le preguntó él con sarcasmo cuando la chica volvió a "pisar la tierra".

-Sí, pero no me importaría volver.

Alexander se rió y alzó una ceja mientras le preguntaba:

-¿Cómo te sentirías tú si un tío se te quedase mirando el escote empanado?

-Si estuviera tan bueno como tú… Le dejaría todo el tiempo que él quisiera.

"Wow, si que es directa la chica", pensó Alexander, sonriendo.

-Supongo que no irás en serio con María - soltó la pelirroja, interrumpiendo los pensamientos de Alexander.

-¿Por qué dices eso?

-Oh, vamos. No intentes disimular. María estará como un tren, pero está claro que Dios solo le dio cuerpo y no cerebro. La pobre solo tiene la cabeza para lucir su melena.

-¡Joder! Tú eres de armas tomar.

-Pues sí. Y - se acercó al oído de Alexander -, te puedo demostrar que una chica con cerebro como yo es mejor en la cama que María.

-Demuéstramelo cuando quieras.

-¿María está dormida?

-Profundamente dormida.

-Entonces, ¿qué te parece si entramos al baño?

-Que ya estamos tardando.

No sin ciertas dificultades, Sara llegó a la puerta de su cuarto. No dejaba de preguntarse cómo podía estar tan mareada, apenas veía el suelo y el dolor de las ampollas de sus pies le impedía caminar como una persona normal. Rebuscó en su bolso y sacó las llaves. Tras doce intentos consiguió introducir la llave en la cerradura y un minuto más tarde se dio cuenta de que la estaba girando hacia el lado que no era. Nada más abrir la puerta vio a Shio-Lin con un chico y nada más, ya que unas manos le cubrieron los ojos.

-¡Habías dicho que acababais ya! - a Sara le pareció que aquella voz algo vasta era la de Eva.

-¡Calla y cierra! - exclamó Shio-Lin desde dentro, con la voz entrecortada.

Sara sintió como quien le tapaba los ojos la arrastraba al pasillo y cerraba la puerta mientras la soltaba. Sí que era Eva.

-¡Ay, ay, ay! - exclamó Sara, dejándose caer al suelo.

-¡Dios! Pero, ¿tú que pedo llevas?¿Qué has hecho en la fiesta de la pija esa?

-Me hablas como si fueras mi madre… - gruñó Sara, casi extrañada de que Eva le dirigiese la palabra -. Ya podrías hablar más flojito.

-Lo intentaré - resopló Eva -. ¿Qué tal la noche?

-¿Quieres hablar conmigo? - preguntó Sara, incrédula.

-Al menos hasta que la puta china se despida de su amiguito…

-Ah…

-Bueno, di, ¿qué tal?

-La verdad es que no lo sé. No recuerdo gran cosa. Mejor dicho. Casi no recuerdo nada. Estuve hablando mucho rato con Alexa y después… nada.

Eva se rió entre dientes.

-¿Qué pasa? - preguntó Sara molesta, creyendo que se reía de ella.

-Nada. Tú debiste de irte antes de ver lo que pasó en esa fiesta porque entonces lo recordarías, créeme. Aunque, ¿a dónde te fuiste?

-Tampoco lo sé.

-Y, ¿de dónde venías ahora?

-De una habitación que no conozco - reconoció Sara mordiéndose el labio inferior.

-Joder… De puta madre, niña - le soltó Eva.

Las dos se quedaron un rato sin decir nada, esperando.

-Tú no estabas invitada a la fiesta de Alexa - dijo Sara, de pronto.

-Me auto-invité.

-¿Qué hiciste? - le preguntó a Eva, casi temblando.

Esta vez, Eva se rió en voz alta. Su risa sonó como la risa del malvado de la película, y Sara se estremeció.

-No fue nada. Solo eché silicona alrededor de las puertas de los baños del salón para que nadie pudiera entrar y eche un poquito de laxante al chocolate que iban a repartir. Tendrías que haber visto a un montón de gente corriendo hacia el baño, y como no podían entrar salían por patas buscando algún otro baño. Para que Alexa se enterara de lo que había pasado le escribí en la pared "Una fiesta que te cagas, rubita". Fue genial.

En ese momento la puerta se abrió y salió el chico que había estado dentro con Shio-Lin. Las dos chicas se levantaron y entraron al cuarto. Su compañera japonesa se había tumbado en su cama y parecía dormir. Eva y Sara se echaron a dormir en sus respectivas camas, aunque Sara solo consiguió dormir una hora. Después se metió a la ducha para terminar de despertarse y se vendó los pies con tiritas para las ampollas. Se dio cuenta de que no tenía ni idea de qué hora era y miró el reloj de su mesita. Era las doce pasadas y su estómago rugía como una fiera hambrienta.

Decidió bajar al comedor, deseando que hubiese algo para un desayuno tardío. Para su suerte, encontró unos bollitos con pepitas de chocolate que engulló sin dudarlo. Cuando su estómago quedó saciado se dispuso a irse, aunque justo en ese momento apareció Lena por la puerta. Su amiga parecía no haber dormido nada, como indicaban sus ojeras, su pelo revuelto y su vestuario de la noche anterior. Entró cojeando y con los zapatos en la mano.

-¡Lena! - exclamó Sara al verla de esa guisa. Se acercó a ella corriendo -. ¿Se puede saber de dónde sales?

Lena se dejó caer resoplando en el sillón más cercano.

-Si te lo contara… no sé si me creerías.

-Cuéntamelo - la instó Sara, nerviosa.

-Llevo casi cuatro horas caminando. ¡Ésta ha sido la peor noche de mi vida!

-¿¡¿Qué?!?¿Cuatro horas caminando?¿Cómo…? Empieza por el principio.

-Mira, cuando vino Alexa y se te llevó, un chico empezó a hablarme. Estuvimos un rato charlando y bailando, pero después él dijo que se aburría de la fiesta de Alexa. Así que me preguntó si quería irme con él de copas a la ciudad, porque tenía al chofer en la limusina por si se aburría. Y yo le dije que sí. Así que me fui con él a eso de las cuatro, y no volvimos hasta que empezó a salir el sol. Íbamos muy borrachos y… me empezó a meter mano mientras íbamos en su limusina. No me importó mucho, pero después empezó a … acelerarse.

Lena hizo una pausa para evaluar la expresión de incredulidad y susto de Sara.

-Comencé a dar gritos como una auténtica loca - continuó -, diciéndole que parara el coche. Y lo hizo. Me bajé y él siguió en su puta limusina. He tenido que volverme a pie. Una porrada de kilómetros con estos zapatos. ¡Ha sido una tortura!

Sara se quedó un momento callada y sin saber muy bien que decir, y se echó a reír.

-¡Vaya noche tan movidita! Desde luego no podrás decir que has engordado - consiguió decir entre carcajadas.

Lena también empezó a reírse, contagiada.

-Sí, sí, tú ríete de mi desgracia… - comentó Lena, intentando poner cara de afligida, aunque sin éxito -. Luego envidiarás mi tipazo.

Entre más risas, Lena se levantó y comenzó a caminar como una modelo.

-He inventado un revolucionario método de adelgazamiento. Paso uno, váyase de copas con un desconocido pervertido en su limusina. Paso dos, vuelva por un camino casi desierto. Y paso tres, sea abandonada y tenga que volver andando.

Estaba tumbado en la cama, pensando en la noche que acababa de pasar. Sin duda había sido larga y estaba agotado, pero no había conseguido dormirse de ninguna manera. Miró a la derecha y vio a Richard resoplando tranquilamente, sumergido en algún profundo sueño. Aquel chico era un dormilón y costaba muchísimo despertarlo. "Menos mal que no vino a la fiesta porque si no …", pensó Mario.

La puerta de la habitación se abrió con un débil crujido, dando paso a Alexander. Entró con el pelo empapado, goteándole por la cara. Había sido sigiloso y no esperaba encontrarse a Mario despierto. No había olvidado la discusión que habían tenido, y no sabía si Mario lo habría olvidado, estaría molesto, seguiría enfadado … Su amigo, desde su cama percibió sus dudas y, conciliador le preguntó:

-¿Qué tal tu noche?

Alexander se dio cuenta de que lo había dicho con una sonrisa y sin malas intenciones.

-Noche genial y … también la mañana. ¿Y la tuya?

-Quitando lo primero, genial.

-Me alegro un montón, tío - le dijo Alexander, que había dejado en una silla su chaqueta, y se había sentado en la cama de su amigo.

-Oye, tengo que hablarte de una cosa - empezó a decir Mario, pero Alexander lo cortó.

-Antes de nada, debo disculparme. Me pasé un montón. Contigo y con Shio-Lin. Lo que pasa es que me siento mal por ti, porque te veo triste por una chica que no te merece, y tú eres mi amigo. No soporto eso. Hay muchas más chica, muchas mejores y que te querrán. No deberías torturarte por haber hecho lo correcto.

-Lo sé. Es justo lo que hice ayer por la noche. Estuve … reflexionando - Alexander miró a su amigo alzando una ceja -. Y hablando con una chica. Puede que … vayamos a ir en serio.

-¿Qué?¿Qué ya vais a ir en serio?¿Acaso ya la conocías?

-Pues sí. Al conocernos ya bastante bien, decidimos que nos saltaríamos "la primera cita" donde nos conocemos, "la segunda" de terminar de conocernos y pasar directamente a "la tercera cita".

Alexander sofocó una risa.

-Eres raro de cojones, Mario. Pero dime, ¿quién es?¿La conozco?

-Claro que la conoces, todo el mundo la conoce - Alexander fijó en Mario sus ojos azules, tenía una débil sospecha pero… no podía ser quien él creía -. Alex, es Alexa Pinkstone.

Mario aguantó la mirada de su amigo, que parecía confuso. La pequeña sospecha de Alexander se había hecho realidad de una manera brutal. Sabía que Alexa tramaba algo pero, de ahí a meter a Mario en sus planes había un gran paso.

-No te parece bien - entendió Mario, que agachó la cabeza.

-No es eso… me, me parece bien. Siempre que tengas cuidado con ella. Los dos sabemos que es algo más que una niña rica, es muy retorcida cuando quiere.

-Sí, la conozco y sé como es, pero anoche estaba muy… dulce conmigo. Nunca la había visto así.

-Siempre es cariñosa y mimosona con nosotros - apuntó Alexander.

-Pero anoche era diferente.

-Lo que tú digas… - susurró Alexander. Se quedaron un rato en silencio -. ¿No has sabido nada de las chicas?

-No. No han dado señales de vida. Seguramente seguirán dormidas.

-¿Bajamos a comer? - preguntó Alexander de sopetón.

-Tendremos que despertar a la marmota - dijo Mario, mirando a Richard -, y tú tendrías que cambiarte y secarte el pelo.

-Ocúpate de la marmota mientras me arreglo un poco.

El salón se había ido poco a poco llenando de alumnos que ya llevaban un rato despiertos y de otros que acababan de despertarse con el estómago rugiendo y el paladar seco por la resaca. Conforme el salón se llenaba, el tono de las conversaciones subía, y muchas personas ponían oreja en conversaciones que no eran las suyas para enterarse de los sucesos que habían ocurrido en la primera fiesta de Alexa Pinkstone.

-Entonces, ¿me estás diciendo qué no recuerdas que hiciste por la noche, ni sabes de quién era la habitación en la que has despertado?

-Eso es exactamente lo que me ha pasado - le respondió Sara a su amiga Lena.

Lena parecía ir a decir algo, pero la voz de Alexander la interrumpió.

-¡Buenos días, chicas! - saludó, dándoles un par de besos a las dos.

-Alex, ¿te has duchado? - preguntó Lena, arrugando la nariz.

-Dos veces. ¿Por qué lo preguntas?

-Porque hueles como una destilería.

-Yo por lo menos me ducho, que veo que tú sigues como por la noche. Y también hueles a destilería.

Todos se rieron mientras se sentaban a la mesa. Cuando Richard pasó por detrás de su hermana le susurró a su hermana:

-Luego me lo contarás todo.

-¿De qué hablabais? - preguntó Mario, mientras cogía un panecillo.

-De la nochecita de Sara - respondió Lena.

Sara volvió a relatar su noche, intentando restarle importancia. Richard y Mario enseguida intentaron animarla. También Lena se unió a ellos. Solo Alexander se mantuvo callado y frío. Estuvo a punto de echarse a temblar. Se disculpó y se levantó, dejando solos a sus amigos.

Abandonó el salón a toda prisa y corrió por los pasillos hasta llegar a la habitación que estaba buscando. Aporreó la puerta hasta que la puerta se abrió.

-¿Quién coño…? Alexander, amigo mío, ¿qué te trae por mis dominios?

-Tú ya sabes lo que me trae por aquí.

Sí. Daniel sabía perfectamente que Alexander iría a verle tarde o temprano, pero le había sorprendido que lo hiciera tan pronto. No sabía que sabría, pero tenía varias opciones así que le preguntó:

-¿Qué te ha dicho tu deliciosa amiguita?

-No recuerda nada - escupió Alexander, apretando las mandíbulas y los puños.

La retorcida mente de Daniel trabajó rápidamente para dar con el comentario acertado.

-Pues es una auténtica pena, con lo bien que nos lo pasamos juntitos. Te lo contaría con todo lujo de detalles pero… creo te sentará bastante mal.

Alexander no tardó en responder con un puñetazo a la puerta, que con un crujido se hundió donde él había golpeado, astillándose. Una de las astillas se le clavó en el puño, lo que le hizo sangrar.

-Sí que te gusta esa chica - murmuró Daniel.

Alexander dejó de mirarse el puño y miró a su supuesto amigo con odio.

-Eres un monstruo desalmado, ¿lo sabías?

-Sí, me lo han dicho un par de veces.

-Debería partirte la cara ahora mismo.

-¿Por qué?¿Por una chica que ni siquiera es tu novia? Por favor… Pero si te hace feliz, ¿por qué no lo haces? - lo provocó Daniel.

Alexander se sacó de un tirón la astilla del puño, decidido a pegarle, y se remangó la camisa cuidadosamente.

-¡Oh, por favor! Hasta eres delicado para eso… - exclamó exasperado Daniel al verlo remangarse con tanta paciencia -. Si crees que así me intimidas, estás muy equivocado.

Sin remangarse y sin ningún miramiento, Daniel le dio un puñetazo en la cara que dejó a Alexander tendido en el suelo. Se llevó la mano al labio, ya que lo notaba muy dolorido, y se sorprendió al comprobar que le sangraba.

-¡Hijo de la gran puta! - gritó enfurecido. Como respuesta, Daniel cerró la maltrecha puerta de su habitación. Alexander se levantó y volvió a aporrearla con furia -. ¡Abre la puta puerta, capullo!

-¡A ver si te enteras, Alexander!¡No te tomes esto como algo personal, solo es una competición! Y tú has perdido este primer asalto, ¡asúmelo! - le dijo Daniel a través de la puerta con aquella voz suya tan vasta.

Alexander siguió aporreando la puerta un rato hasta que se cansó y se fue a la enfermería a que le curasen la mano y el labio.

Cada ciertas habitaciones había un pequeño espacio, al lado de un balcón, con un sofá y un par de sillones distribuidos alrededor de una mesita. A medio camino entre la habitación que Sara compartía con Eva y Shio-Lin y la de Richard, Alexander y Mario había uno de esos espacios y solían ocuparlo en vez de ir siempre a la habitación de los chicos, que más bien parecía una leonera. Allí estaban charlando cuando Alexander llegó. Mario en un sillón y Richard en el otro, mientras que Sara estaba descalza en el sofá, con la cabeza de Lena en el regazo.

-Hola - murmuró Alexander.

Lena levantó la cabeza y enseguida se levantó del sofá, para sentarse en el suelo, a los pies del sillón en el que estaba su hermano Richard y dejarle sitio. Aunque al principio Alexander insistió en que no hacía falta que le dejara sitio, al final acabó tumbado en el sofá, con la cabeza en el regazo de Sara, como había estado Lena. Estaban hablando de Mario y Alexa. A todos les había chocado la noticia. Mientras hablaban, Sara había empezado a pasarle los dedos por el pelo a Alexander inconscientemente, como había hecho con Lena.

-Que pelo tan suave tienes - comentó Sara, de repente.

En ese instante cruzaron sus miradas y después se fijaron en los labios del otro.

-¿Qué te ha pasado en el labio? - preguntó Sara, preocupada.

-No ha sido nada - dijo Alexander, despreocupado.

-¿Y en la mano? - preguntó de nuevo Sara, al vérsela vendada.

Levantó la mano y todos la vieron.

-Alex, ¿qué te ha pasado? - preguntó Richard, casi con autoridad.

-Nada - insistió él, aunque al ver la mirada de Mario, rectificó -. Aporreé una puerta, la rompí, me clavé una astilla y por eso me gané un puñetazo.

Lena se rió.

-¿A qué fin vas aporreando puertas? - preguntó divertida.

-A tu amiga no se le ha pasado la borrachera, ¿verdad? - le susurró Alexander a Sara, que contuvo una risilla.

Después de eso, Mario siguió insistiendo en saber más sobre el ataque a la puerta de Alexander, pero éste le hizo callar con solo una mirada amenazadora. Se creó un breve pero incómodo silencio, que por suerte Alexa rompió. Andaba buscando a Mario y no dudó en llevárselo, acompañada por los silbidos de Richard y Lena.

Siguieron hablando un rato más hasta que Lena se fue a hacer deberes y Richard y Alexander se fueron a su cuarto a recogerlo un poco. Sara se quedó sola y decidió irse a su cuarto que, con un poco de suerte, estaría vacío y podría relajarse. Aunque no fue así.

En la habitación estaba Eva. La chica estaba tocando la guitarra sentada en su cama, algo bastante habitual. Eva dejó la guitarra a un lado en cuanto Sara cerró la puerta y, con actitud decidida, le preguntó:

-¿Qué piensas hacer?

-¿Hacer con qué? - le preguntó ella, desconcertada.

-Pues sobre lo del tío que no recuerdas. ¿Qué va a ser si no?

-¿Tienes que meterte en mi vida? - le preguntó Sara, molesta.

-No me meto en tu vida. Te pregunto sobre tu vida - Sara la miró con mala cara -. Lo creas o no, hay una diferencia abismal. Creo que puedo entenderte. No quieres hablar porque tienes miedo, eres cobarde - Sara abrió la boca para replicar, pero Eva siguió hablando -, y es una actitud comprensible. Posiblemente, yo actuaría igual. Preferiría vivir ignorando y hacer como que esa noche no ha existido a torturarme durante todo el curso. O incluso intentar encontrar a ese tío. Menudo grima…¿no?

Después de hablar, miró a Sara de reojo para comprobar su reacción y volvió a coger su guitarra. Sara se había quedado paralizada, pensativa. Al final, abrió la boca.

-No soy una cobarde. Ahora mismo pienso ir a buscar a ese chico. ¿Quieres acompañarme y comprobar de lo que soy capaz?

Eva se rió.

-Claro que te acompaño. ¿Cómo iba a perderme esto?

Las dos juntas salieron de la habitación. Mientras Sara recordaba el camino que había seguido por la mañana habló con Eva, que le contó que no había sido su intención llamarla cobarde, que solo quería que se decidiera a dar la cara.

A Sara no le disgustó nada Eva. Tenía una curiosa forma de ver las cosas y de convencer a la gente. También tenía un carácter muy fuerte, pero a la vez parecía tener una delicada sensibilidad.

-Creo que es aquí - dijo Sara, quedándose quieta frente a una puerta.

-Suerte - le deseó Eva, poniéndole la mano en el hombro un instante. Después se fue a "esconder" en una esquina desde donde poder ver la puerta y acudir a ayudar a Sara en caso de que viera que las cosas podían ponerse feas. Ella la había animado a hacerlo y no tenía ningún inconveniente en partirle la cara a cualquiera.

Sara llenó de aire sus pulmones y trucó a la puerta, mientras miraba la esquina tras la que estaba Eva. Temblaba como un flan, estaba tan nerviosa que sentía ganas de vomitar. Oyó pasos tras la puerta y como se quitaba el cerrojo de la habitación. Contuvo el aliento mientras se abría la puerta.

La fiesta de la noche anterior había sido un auténtico éxito y nadie podía decirle a Alexa lo contrario. Salvo por el incidente causado por la chica con la que Alexa Pinkstone estaba enemistada, la fiesta había cumplido todas las expectativas. Mirela se lo había pasado genial: había bailado, cantado, bebido, disfrutado… Había merecido la pena ayudar a Alexa a organizar todo. Además, debía seguir guardando las apariencias con su amiga. Alexa sin duda le caía bien y le iba de muerte tenerla a su lado, pero no podía negarse que después de tanto tiempo juntas Mirela estaba cansada. Cansada de ser la segundona e ir siempre un paso por detrás de Alexa.

Frustrada, siguió pintándose de rojo pasión las uñas. Alyson estaba estudiando tumbada en su cama. Mirela le dirigió una mirada rápida. Alyson le caía bien, pero seguía preguntándose por qué Alexa no había solicitado que les dieran una habitación juntas, como el curso pasado.

Algo raro había pasado, estaba segura. Alexa seguía aparentando ser la de siempre. Pero Mirela la conocía lo suficiente como para saber que algo había cambiado en ella por dentro.

El aire salió de sus pulmones con un leve suspiro. Aunque una décima de segundo después se preguntó por qué suspiraba aliviada. Que conociera a aquel chico no cambiaba nada de nada. Daniel estaba en la puerta, sorprendido de encontrársela a ella.

-Sara - la saludó -. ¿Cómo tú por aquí?

-Daniel. Estaba buscando una habitación.

-Oh. ¿Y la has encontrado?

-Dímelo tú. ¿Estuve aquí anoche?

Daniel miró hacia los lados del pasillo y le hizo un gesto para que entrara. Sara dudó, pero al final entró. La invitó a sentarse en uno de los sillones y ella al final se sentó.

-Por favor, se sincero. Estuve aquí anoche, ¿verdad?

Daniel se quedó en silencio, con los codos sobre las rodillas y las manos sujetándose la barbilla. Apretó los labios y frunció el ceño. Su perturbada mente pensaba a toda velocidad, buscando que decir. Rehuyó la mirada de Sara en todo momento, hasta que se encontró con que la chica no dejaba de mirarlo con expresión de sufrimiento. Ya sabía que decirle, pero aguardó un poco más. Le gustaba ver el sufrimiento de otros y disfrutaba con él. Tuvo que contener una sonrisa al saber que la chica tenía el corazón en un puño.

-Sí que estuviste aquí, pero déjame que te lo explique - añadió eso último porque le había dado la sensación de que Sara había dejado de respirar -. Te encontré sola en la terraza. Estuvimos charlando un rato, pero… estabas mal. Creo que te pasaste con la bebida. Quise llevarte a tu cuarto y por eso te preguntaba que dónde estaba. No dijiste nada. Y no podía dejarte dando tumbos por ahí sola y borracha. Decidí llevarte a mi habitación. Era plenamente consciente de lo que podías llegar a pensar, pero tenía intención de explicártelo todo por la mañana. Aunque por la mañana te habías marchado.

-Tenía miedo. Creía que habría hecho alguna locura y… - se le escaparon unas lágrimas.

Por dentro, Daniel se relamió. Desde luego, la había hecho sufrir. Se levantó y se sentó junto a Sara. Sacó un pañuelo y se lo dio para que se secase las lágrimas.

-Gracias - murmuró -. Podrías haberte… aprovechado de mí o haberme dejado sola.

-No tienes por qué darlas. Es lo que hacen los amigos, ¿no? Se ayudan. Yo jamás te hubiera hecho algo que tú no quisieras. Aunque… no te he dicho una cosa. Me besaste y no fui capaz de resistirme a ti. Lo siento sé que…

-No digas nada - lo interrumpió Sara -. Contaba con algo… mayor. Eso no me preocupa. Siento haber hecho eso.

-No lo sientas - murmuró entre dientes Daniel.

-¿Decías algo?

-No, nada.

-Bueno, muchas gracias de todos modos - se despidió Sara dándole un beso en la mejilla.

-Lo hubiera preferido en otro sitio - pensó el chico cuando Sara se hubo marchado.

Sara salió, soltando un suspiro aliviado. Aun se quedó un instante en la puerta, pensando en lo sucedido, y mirando el suelo. Se extrañó de ver una mancha de sangre en la alfombra. Normalmente estaban completamente inmaculadas. Luego se volvió hacia la puerta, y vio que estaba algo hundida y astillada, como si le hubieran dado un golpe.

-Alex - murmuró.

Buscó a Eva por el pasillo, pero no la encontró. Debía de haberse cansado de esperarla.

Depositó un débil beso en sus labios y lo vio como se marchaba a buscarle su té verde. Le sentaba bien la presencia de Mario en su vida como algo más que un amigo, le aliviaba tenerlo a su lado y olvidarse de su vida de diva. Alexa pasó los dedos por sus tirabuzones rubios. Hacía tiempo que Mario le gustaba. Era guapo, agradable, amable, gracioso… y también era rico. Sacó el móvil y vio que tenía dos mensajes. Llevaba todo el día en silencio y si la habían solicitado ella no se había dado cuenta. Abrió el primero, que era de Alexander.

"Alexa, tienes que explicarme ciertas cosas y más vale que tengas respuestas que me gusten. Si no, acabaré contigo."

Frunció el ceño. Alexander quería respuestas y ella se las daría. No iba a tener ningún problema, ni con Daniel ni con Alexander. Su plan era perfecto. "Hablando del otro rey de Roma", pensó Alexa al ver que el segundo mensaje era de Daniel.

"Tú y yo tenemos que hablar."

Daniel siempre era más escueto pero no por eso dejaba de ser peligroso. Alexa sabía perfectamente que podía estar jugándosela metiéndose entre Alexander y Daniel. Aunque en aquellos momentos pensaba que, si ya estaba en medio, ¿por qué no jugar un poco con ellos?

Buscó en la agenda el número de Alexander y lo llamó. No tardó nada en contestar, parecía ansioso por recibir su llamada.

-Alexa, ¿a qué estás jugando? ¡Me prometiste que te encargarías de que Daniel no se acercara a Sara! - intentaba que su voz sonase serena, pero ella percibió que no lo estaba en absoluto.

-Puede que Daniel se acercase a Sara, pero seguro que no le hizo nada.

Alexa oyó un gruñido.

-Te lo repito, Alexa. ¿A qué juegas?

-Escúchame bien porque no te lo voy a repetir. Se vuestro secretito y no tienes por qué pedirme explicaciones. Si quiero que no hagas daño a Sara ninguno de los dos, lo haré. Y de hecho, es lo que acabo de hacer. Te he hecho creer que Daniel no le haría nada, y a Daniel le hice creer que se la conseguiría. Se la dejé a Daniel asegurándome de que sería imposible que no le hiciese ningún daño.

-¡Estás mintiendo! Sara ha vuelto esta mañana de su habitación. ¡Y he hablado con él y me lo ha contado!

-Alex, ¿estás seguro?

-Completamente.

-Te lo diré de otra manera. ¿A quién creerías antes: a Daniel o a mí? - le preguntó Alexa, justo antes de colgar.

En ese instante volvía Mario con su té. Le dio las gracias con otro beso y se acurrucó a su lado, volviendo a sentir aquella agradable sensación de paz.