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Historia 28177 — capítulo 2
En el mundo de los vivos…
Capítulo 1: La señal.
Entré en la biblioteca con un libro bajo el brazo, era uno de vampiros, que tenía que devolver; una afición que había descubierto hacía poco, nunca me había llamado la atención los vampiros, ni la sangre, ni los muertos, …nada de lo paranormal, a lo mejor algo de esoterismo, pero lo cierto es que lo paranormal no era algo que me fascinara, hasta que fui a la antigua biblioteca de mi ciudad.
Había ido allí muchas veces de niña, me había leído varios libros de la sección infantil, pero nunca fui capaz de adentrarme en la sección prohibida como la llamaban en susurros la gente cuando alguien entraba allí.
Se decía que había un libro, muy antiguo que te encontraba y te arrastraba con él hacía el mundo de las almas perdidas, un mundo oscuro y desolador del que no podrías salir nunca, pues la locura te arrastraría sin compasión.
Jeffrey, el bibliotecario me saludó al entrar como de costumbre, desde que descubrí mi pasión por la lectura me había hecho muy asidua a ese lugar, pero no me imaginéis como rata de biblioteca ni mucho menos.
Cogí el libro que estaba consultando toda esta semana acerca de los vampiros, sus orígenes e identificación; entonces volví la mirada al viejo Jeffrey, era un hombre menudo, siempre vestido con pantalones de vestir claros y una chaqueta vieja y áspera verde botella. Sus gafas redondas y doradas se le resbalaban por la ganchuda nariz; y su escaso pelo blanco y sus arrugas, no hacían más que acentuar su avanzada edad.
Me daba pena pensar que había dedicado su vida a los libros, se decía que se casó pero su mujer murió joven y no tuvieron tiempo de tener hijos, no se volvió a casar nunca más y permaneció sólo con la perenne compañía de los libros.
Seguí observando mi libro, no podía llevármelo a casa porque era sólo de consulta, así que todos los sábados iba a verlo; en las ilustraciones se veían caras malignas, muerte y sangre. Pero lo que me extrañaba era porque en esa leyenda nunca hubo un vampiro bueno, alguien que desafiara a los demás.
En el silencio de la antigua biblioteca con sus mesas de dura madera, se respiraba un aire tranquilo, pero cuando mirabas hacía arriba, se veía la sección prohibida, que se burlaba de mi cada día incitándome a descubrirla con ese nombre tan tentador.
Ya había terminado de leer el libro y de apuntar algunas cosas que me resultaban interesantes para buscarla después por Internet y comentarlas con Eric. Aunque no le gustaban en absoluto los vampiros, era mi amigo y me escuchaba aunque algunas veces pensaba que se aburría con mis tremendas conversaciones sobre lo que me apasionaba.
Había pasado una hora y media y mucha gente que antes estudiaba o leía el periódico ya se habían marchado.
Yo debería hacer lo mismo. Pues tenía muchas cosas que estudiar para los exámenes y no es que me fuera muy bien, además era invierno y hacía mucho frío fuera.
Cerré el libro levantando algo de polvo, que se veía vagando por la estancia por los rayos de sol que entraban por las altas ventanas, cerca del techo. Le di el libro a Jeffrey y me despedí hasta otro sábado.
La biblioteca estaba algo lejos de mi casa, era muy antigua, aunque lo cierto es que toda la calle parecía sacada de otro tiempo algo lejano para mi.
Tenía las manos heladas, las metí en los bolsillos del chaquetón negro, haber si conseguía entrar un poco en calor, aunque con este tiempo era una tarea casi imposible. El frío viento hacía que mis dientes chasquearan, y que mi nariz se pusiese más roja que la del reno de Santa Claus.
Me encantaba pasear sin tener que estar mirando el reloj a cada momento pensando que llegaba tarde a alguna parte, cosa que me ocurría muy a menudo.
Iba caminando lentamente y entonces recordé que me había dejado el móvil en la biblioteca, no había caminado mucho por suerte y corrí, rezando para que Jeffrey no hubiese cerrado ya.
Tiré, pero la puerta estaba cerrada, se oía algo dentro así que llamé fuertemente para que pudiera oírme, por suerte se dio cuenta y me abrió.
-
¿Qué te ha pasado ahora Ariadna? – dijo Jeffrey volviendo a ponerse sus gafas doradas en su sitio y entrecerrando los ojos para verme mejor.
-
Se me ha olvidado el móvil. Un día de estos se me va a olvidar la cabeza, menos mal que la llevo sujeta al cuerpo.- Sonreí como hacía siempre, para mi Jeffrey era como un abuelo y le quería por eso, era como si pensara que por estar sólo necesitara de mi cariño.
-
Cierra la puerta nos vamos a congelar aquí. ¿Esta nevando fuera?.- me dijo de espaldas, caminado hasta el mostrador, para dejar las llaves y coger su chaquetón de ante.
-
No, que va pero falta poco. Voy a ver si lo encuentro.
-
Seguro que lo has dejado en la tercera mesa empezando por el final a la izquierda, tu mesa favorita. – dijo guiñándome un ojo.
-
Seguro que si – le sonreí a su vez.
-
Voy a bajar al sótano a dejarle comida a las ratas, así no se comen los libros. – Abrió la puerta que había al lado del mostrador de madera oscura y empezó a bajar torpemente, si no fuera porque se enfadaba si me ofrecía a hacer algo por él, pues decía que así se sentía inútil, me habría ofrecido – No tardo nada, así que date prisa que voy a cerrar, o te dejaré dentro de la biblioteca. Aunque no creo que eso te molestara mucho, pues así podrías devorarte todos los libros hasta el lunes.
-
De acuerdo Jeffrey. Tenga cuidado.
-
Lo tendré.
Sonreí para mis adentros. Sabía que iba a tardar bastante, las piernas le fallaban últimamente, pero la voluntad de ese hombre era férrea.
Fui a mi mesa y vi que mi móvil estaba oculto tras las sombras en el banco donde me había sentado antes.
Miré de nuevo hacía la planta de arriba, y entonces alguien me guiñó un ojo desde arriba. El corazón me latió a mil por horas y el susto no se me quitaba del cuerpo, pero a la misma vez sentía curiosidad ¿quién era?. Miré la puerta abierta del sótano y subí las escaleras de madera que crujían un poco con mis pasos firmes.
Por primera vez había subido, en todos los años que había venido a la biblioteca. Entonces escuché la puerta del sótano y bajé corriendo, sabía que si Jeffrey se enteraba de que había subido arriba sin su permiso se enfadaría conmigo.
Antes de que él se percatara de que yo venía corriendo, me serené un poco y lo vi cerrando lentamente la puerta.
-
¿Lo has encontrado?.
-
Si, esta aquí, me lo había dejado en el banco. ¡Qué despistada soy!- sonreí para que viera que todo estaba bien y sobretodo para que no supiera que había subido a la otra planta.
-
Pues vamonos, seguro que ya te echan de menos en tu casa.
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Puede, o a lo mejor todavía nadie se han percatado de mi ausencia. – reí.
-
Es bueno tener quien te espere en casa. – un deje de añoranza tiñeron sus palabras.
Estuve tentada de preguntarle porque no se había vuelto a casar después de que su esposa falleciera, pero nunca me había hablado de eso y quizás le molestara mi intromisión, me dediqué a sonreír y me despedí.
Ya estaba de vuelta en mi casa, había ido por la calle casi volando, pero pensando todo el rato en quien podría ser la persona de la segunda planta, aunque quizás también podía haber sido mi imaginación que andaba demasiado suelta últimamente.
Abrí la puerta con las llaves, tenía las manos heladas y no atinaba a meter la llave en la cerradura. Cuando entré por fin en casa, me quité la bufanda multicolor y la puse en el perchero junto con el chaquetón. Mi casa era muy calentita y era de agradecer en esta época del año.
No me molesté en decir que había llegado al ver una nota en la mesa junto a la puerta, mis padres ambos eran cirujanos y seguramente tenían una urgencia, como las que tenían continuamente.
Mi hermano se iba todos los fines de semana con May su novia que vivía en Detroit. Nosotros vivíamos en Chicago en la avenida Michigan, en un ático con ascensor desde el que podía ver el Lago Michigan. Sus tranquilas aguas me relajaban cuando me sentía sola que era casi la mayor parte del tiempo de mi vida.
Fui a la cocina y busqué en la nevara haber si encontraba una pizza margarita pre-cocinada, la metí en el microondas a doce minutos y me fui a mi habitación a ver cuantas cosas tenía pendientes para el fin de semana. Mi perro Spook estaba durmiendo encima de mi cama. Me acerqué me lamió a la mano y siguió durmiendo ahora más tranquilo porque no estaba solo.
Aún no había mirado la nota de mi madre, pero como me imagina que diría que llegaría muy tarde ni si quiera me molesté.
Mi calendario estaba repleto de recuperaciones de exámenes, sólo me faltaba un curso e iría a la universidad a estudiar veterinaria, adoraba los animales, pero si no me ponía a estudiar fuerte me quedarían dos cursos y no uno para la esperada universidad.
No es que yo siempre hubiera sido así, antes en el colegio y en cursos más inferiores sólo sacaba sobresalientes y era la típica empollona tímida, pero comprendí que los estudios no lo eran todos, empecé a divertirme y a la vez a suspender. Así que tomé la decisión de volver a ser la empollona un año más y divertirme en un verano sin asignaturas pendientes.
El día se me pasó muy lento, estudiando, escuchando música a medio volumen, jugando con mi perro y leyendo un poco.
Eric no me había llamado y como no me había conectado al Messenger tampoco habíamos hablado. Laura me había dado un toque para que me conectara, pero como sabía que esa era mi perdición ignoré al móvil.
Ya eran las once de la noche y mi madre me había llamado a las nueve para decirme que habían acabado con todas las operaciones, pero que su turno empezaba a las diez, así que no se pasarían por casa hasta el día siguiente.
Me arrellané en el sofá rojo de dos plazas con mi perro a mi lado y encendí la televisión. Era aburrido estar sola todo el día, pero ya me había acostumbrado así que no echaba en falta la compañía de mi familia. Aunque si lo pensaba dos veces, preferiría que mis padres fueran de la clase media acomodada y no casi ricos, pues aunque viviría con menos lujos, disfrutaría de una familia. Nunca echaría en falta tanto dinero, no me había dado la felicidad en estos diecisiete años, no lo iba a hacer ahora.
Las horas pasaron viendo programas de la MTV, cuando miré el reloj eran las tres de la madrugada, así que me levanté del sofá, llamé a mi perro que se había quedado dormido boca arriba como las personas, algo característico en él. Apagué la televisión del gran salón impersonal y apagué todas las luces, me fui a mi habitación y mi perro y yo nos abandonamos en brazos de Morfeo hasta el día siguiente.