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Historia 28245 — capítulo 1
Harry acababa de levantarse tras una apacible noche de sueño. Y eso era raro, pues desde su último encuentro con Voldemort y tras sufrir la pérdida de su padrino, no había habido ninguna noche que pudiese descansar en condiciones, sin pesadillas. Ese maldito recuerdo lo atormentaba día sí y día también. Apareciendo cuando más tranquilo y relajado se encontraba, cuando creía que dormiría una noche. Pero no. Siempre surgía. Ver como Sirius caía a través del velo, una y otra vez, sin que el pudiese hacer nada lo angustiaba hasta límites insospechados. Pensar que podría haber evitado aquella desgracia, al no a ver caído en la trampa de Voldemort, le reconcomía constantemente.
Hacía dos semanas que había comenzado el 6º año en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, y sus compañeros estaban ya acostumbrados a los repentinos gritos de Harry en sueños o a escucharle dar vueltas por la habitación cuando se desvelaba. Al principio les inquietaba la forma en que Harry se pasaba las noches sin poder conciliar el sueño, y cuando lo conseguía, tenía que levantarse pues las clases comenzaban en menos de media hora. Las ojeras eran constantes en su rostro. Pero poco a poco, sus amigos tuvieron que acostumbrarse a ello, y a todo lo que la muerte de Sirius había provocado en Harry.
Aquella mañana, tras pasar un noche sin soñar, se levantó realmente con ánimos de seguir adelante, de continuar con su vida, de intentar dejar atrás los fantasmas que atormentaban su existencia, de seguir queriendo a sus padres y a su padrino como si éstos estuviesen vivos. Sabía que no sería lo mismo y que no podría volver a escuchar las palabras de la persona más cercana a un padre que había tenido jamás, pero aún le quedaban sus amigos. Sus benditos amigos. Aquellos que lo habían seguido allí donde él fuese, arriesgando sus vidas, sin importarle que la muerte los acechaba, solo por él.
-Vaya Harry, te veo de muy buen humor hoy –le comentó Ron tras ver como su amigo volvía del cuarto de baños con una sonrisa en el rostro. Hacía mucho tiempo que no veía algo parecido en la cara de su mejor amigo.
-Sí –confirmó –hoy me siento… distinto.
Ambos compañeros bajaron a la sala común para esperar a Hermione y a Ginny, que seguramente no tardarían mucho tiempo en aparecer. Desde el ED y los sucesos en el Departamento de Misterios, Ginny se había unido a ellos más que nunca, y no había día que no estuviesen los cuatro juntos. Habían hecho una especie de alianza, sin palabras, sin pactos, simplemente cada uno de ellos sabía que no podía fallarle a otro, que estaría ahí siempre que necesitara su ayuda, que no les defraudaría. Y aunque había sido un trato silencioso, eso reconfortaba a los cuatro amigos. Se sentían unidos, especiales, protegidos.
-Espero que no tarden mucho en bajar, porque me muero del hambre –dijo Ron, como siempre.
-Como no… En serio, ¿tienes algún gemelo por ahí al que tengas que dar de comer sin que nadie se entere? –le preguntó Harry, haciendo que su amiga se riera.
Mientras charlaban, las chica hicieron su aparición y la mayoría de los chicos se quedaron prendados de ellas. La verdad es que ambas habían cambiado muchísimo en el verano, dejando atrás toda apariencia infantil y convirtiéndose en dos adolescentes. Ginny lucía su larga melena roja fuego, lisa, sin ninguna ondulación y que le cubría la mitad de la espalda. Su infantil rostro había dejado paso a uno juvenil, bonito, con unos ojos que mostraban transparencia, confianza. Hermione había dejado atrás su antiguo pelo enmarañado para dar paso a una cascada de bucles, que al igual que a Ginny, le cubría hasta media espalda. Su cara era una de las más bellas de Hogwarts, y eso se había demostrado en las innumerables citas que había recibido en solo dos semanas de curso, a las cuales todas rechazaron. Nadie sabía por qué. Ambas no querían novio, no porque no pudieran, pues chicos tenían de sobras, pero por algún motivo, se negaban. Para Harry y Ron no había pasado desapercibido el hecho de que sus amigas levantaban suspiros allí donde iban, y a pesar de sentirse incómodos por las miradas amenazadores que algún admirador les lanzaban, interiormente se sentían orgullosos de ver como las chicas se habían convertido en dos cisnes, tanto por dentro, como por fuera.
-Vaya… cada día levantáis más pasiones –dijo Ron cuando llegaron a la altura de ellos.
-Sí, Ron, sí, lo que quieras –replicó Hermione a la que no le gustaba para nada ser el centro de atención.
-Es en serio –aseguró Harry –este año tenéis a Hogwarts revolucionados. Deberíamos sacar nuestro lado macho y no dejar que nadie se acercara –continuó Harry con una sonrisa en los labios.
-¡Oye! –recriminó Ginny –que no somos animales de zoo para que vengas a domarnos.
Harry se rió ante la ocurrencia de su amiga. Sabía que le molestaba aquello y lo hacía para picarla.
-Tranquila, pequeñaja, era una broma –repuso Harry mientras le daba un pequeño abrazo.
-Veo que estás… más animado –observó Hermione mientras los cuatro amigos salían por el hueco del retrato. –Me alegra que sea así.
-Sí, la verdad es que hoy me he levantado… no se… más… despierto. Me he dado cuenta que sigo queriendo a mis padres y a… a Sirius –esta última palabra le costó mucho más trabajo decirla, pues aún así, todavía estaba muy reciente –pero creo que es hora de intentar levantar cabeza y disfrutar esta vida, que ellos me proporcionaron.
-Vaya Harry, que… profundo. Es muy bonito. –Expresó Ginny.
Siguieron bromeando y hablando de temas más banales, riendo aquí y allá, como bien había dicho Harry, disfrutando de la vida. Cogieron sus asientos favoritos en el Gran Comedor, parecía que ese sitio estaba ya reservado exclusivamente a ellos y nadie los utilizaban. Los chicos lo agradecían.
Las lechuzas matutinas hicieron su aparición, dejando las cartas a sus destinatarios, entregando paquetes, derramando zumos, tostadas, cereales, todo aquello que encontraban a su paso, picoteando a sus amos para recibir la atención o alguna recompensa. Harry ya no se molestaba en levantar la vista al techo, pues sabía que Sirius no volvería a escribirle, y sería una acción un tanto estúpida. Por eso le sorprendió mucho cuando una lechuza parda se posó delante de ella y comenzó a ulular para llamarle la atención. Levantó la cabeza de su plato con asombró y desató con curiosidad la carta que la lechuza portaba. Dejó que esta picoteara algo antes de marcharse a la lechucería y miró extrañado a sus amigos.
-De quién será? –preguntó, pues en el sobre no se leía ningún nombre.
-¡Ábrela! –le apresuró Hermione.
El muchacho hizo lo que su amiga le pedía y abrió la carta con sumo cuidado, con miedo a romperla. Al principio no reconoció la letra, pero pudo comprobar su emisor al terminar de leerla.
-Es de Dumbledore. –comunicó Harry un tanto serio. Cada vez que el director del colegio le mandaba alguna carta era para decirle noticias malas. Y precisamente aquel día estaba demasiado feliz para que se lo estropearan.
-¿Qué dice? –preguntó Hermione, que, como siempre, no se conformaba con poco.
-Toma, léela.
“Harry, necesito que vengas a mi despacho esta tarde, después de las clases. Hay un importante asunto que tengo que tratar contigo y me gustaría que fuese cuanto antes. Nos vemos luego. La contraseña es: chocolate con nueces
Albus Dumbledore”
-Vaya –exclamó Ron, quien también se había parado a leer la carta. -¿Qué crees que querrá?
-Ni idea… pero cada vez que Dumbledore me llama, es para darme malas noticias. Y ya no sé que más podrá haber ocurrido.
-No te preocupes, seguro que es para que sigas con él las clases de oclumancia –repuso Ginny, quien estaba al tanto de todo e intentaba animar a Harry.
-Puede ser –contestó Harry aferrándose a esa esperanza.