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Historia 28245 — capítulo 2
Pociones. Esa era la primera clase que tenían aquél día. A quién se le ocurría ponerle pociones a primera hora? Incomprensible. Pero Harry no estaba atento a la conversación para soltar algún resoplido o algún insulto en señal de protesta hacia Snape. Seguía pensando en la carta de Dumbledore, se había tirado todo el desayuno callado y no había cambiado su estado aún. Cuando sus amigos lo llamaron para irse a clase, salió de su ensimismamiento y aparcó el tema para otro momento. Ahora tenía que estar con sus cincos sentidos puestos en la nueva poción que harían hoy, para no hacer enfadar a Snape y que le quitara puntos a Gryffindor. El trío, pues Ginny tuvo que irse a encantamientos, se dirigieron hacia las mazmorras, lugar donde se impartían las odiosas clases.
El frío iba descendiendo conforme bajaban a aquella parte del castillo, a pesar de ser un día muy soleado. La cara de fastidio de Ron y Harry se iba haciendo patente conforme la puerta del aula se iba acercando. Odiaban aquella clase, la odiaban mucho, pero la necesitaban para ser auror. Snape lo sabía, y no podía echarlos de sus clases por haber superado el TIMO, pero disfrutaba haciéndoles sufrir. La cola que esperaba para entrar a la mazmorra había disminuido considerablemente. Ahora estaban allí todos los alumnos de 6º de todas las casas que habían superado la prueba con creces, y se reducían a veinte. Por suerte, solo dos alumnos eran de Slytherine y tampoco muy conocidos para tenerles odio.
-Adentro -exigió Snape asomando su cortinilla de pelo por la puerta, mientras dirigía una mueca de desagrado hacia Harry.
Cuando todos se habían sentado y esperaban que la clase comenzase, el profesor pasó lista, como solía hacer aquel curso para echar de su clase a cualquiera que faltara algún día. Sus ojos solo se levantaron para dirigirle una mirada de odio a Harry.
-Veo... que hay alumnos empeñados en intentar superar sus... deficiencias. -Era el típico comentario sarcástico que decía para hacer sentir mal a sus alumnos. -Hoy haremos una complicada poción llamada "Flor de la vida". No creo que nadie en esta... clase -dijo con desprecio -sea capaz siquiera de llegar a hacerlo la mitad de bien que debería, pero es la programación que tiene preparada Dumbledore. Esta poción consiste en rejuvenecer a aquellas personas que deseen hacerlo. No se debe usar con frecuencia, pues una utilización continuada provocaría la prematura muerte de quien la digiere. Las instrucciones están en la pizarra -concluyó haciendo un movimiento de varita.
En unos minutos los calderos comenzaban a hervir al tiempo que las caras de los chicos se iba poniendo roja por el calor. Realmente era complicada aquella poción. Al principio debía tener un color anaranjado, que fuese espesa, para ir pasando a un color marroncito y se fuese aligerando. Al final, tenía que estar de color morado, y totalmente líquida. Cuando la clase concluyó, ningún alumno había conseguido el color requerido, aunque, por supuesto, la de Hermione era la que más cerca estaba. La de Harry no había pasado siquiera al color marrón y seguía estando espesa. La de Ron, por su parte, estaba líquida, cosa que muy pocos habían conseguido, pero se encontraba en un color intermedio entre naranja y marrón.
-Ineptos -se escuchó la voz de Snape al observar las botellitas que sus alumnos le iban dejando al pasar.
El trío sabía que demasiado bien habían escapado para tratarse de dos horas seguidas de pociones y trabajando una poción tan difícil. Su siguiente clase sería transformaciones, una dura mañana para tratarse de un lunes. La profesora McGonagall les iba a enseñar cómo transformarse a sí mismos en un animal, con la ayuda de una varita.
-Lo que aprenderemos hoy es algo muy complicado de realizar, que requiere mucho poder y mucha fuerza mental. Podemos elegir el animal en el cual queremos convertirnos, aunque esto nos costará más trabajo. Normalmente la persona adopta la forma del animal según su personalidad, su carácter… -explica la profesora mientras los alumnos tomaban apuntes.
-Pero, profesora, lo que usted nos está explicando no es cómo convertirse en animagos? –preguntó Parvati Patil.
-No, señorita Patil. La animagia es una transformación más compleja aún que la transfiguración personal. Requiere de unas clases especiales para conseguirlo y eso, por supuesto, no se enseña en Hogwarts.
La clase estaba entusiasmada ante la perspectiva de poder cambiar su cuerpo. Cuando la profesora McGonagall les dijo que aquella hora iba a ser solamente teórica, los ánimos se aplacaron, y siguieron copiando con aburrimiento los apuntes que ella dictaba.
-Oh, Dios! –Exclamó Ron nada más salir por la puerta –pensé que me moría del aburrimiento.
-Anda ya, Ron, no exageres. Ha sido muy interesante. Me parece genial que algo tan complicado como la transfiguración personal se enseñe en Hogwarts, y más aún en sexto curso.
-Bla, bla, bla –la imitó Ron, consiguiéndose una colleja por parte de la chica.
-Preciosa, si salieses conmigo no me metería jamás con tu forma de ser.
Hermione dio un respingo que por poco hace que se le caigan todos los libros al suelo. No había visto como un chico de séptimo se acercaba a ella le susurraba esas palabras al oído.
-Tienes razón –dijo Hermione coquetamente, haciendo que el chico creyera la posibilidad de una cita. –Si estuviese contigo me habría tirado ya desde la Torre de Astronomía.
Tanto el chico, como Ron y Harry se quedaron alucinados ante la respuesta de Hermione. Nunca la habían tan lanzada, tan seductora, tan… extrovertida.
-Chao guapo –concluyó Hermione su “espectáculo” mientras le lanzaba un beso con la palma de la mano. Tras esto, dio medio vuelta mientras su pelo rozaba la cara de bobo del chaval y se dirigió hacia el patio, para disfrutar del recreo.
Cuando los chicos le dieron alcance, vieron como ella estaba roja como un tomate.
-Vaya Hermione, nunca te había visto tan… lanzada. No pareces la misma. –Le aplaudió Ron por lo que acababa de hacer.
-Por poco me muero de la vergüenza! Nunca había hecho algo así.
-Hacer el qué? –preguntó Ginny que acaba de llegar incorporándose a la conversación.
Entre Harry y Ron le contaron lo sucedido a la pequeña de los Weasley, pues Hermione aún seguía demasiado cortada como para hacerlo ella misma. Ginny también le felicitó y dijo que eso tenía que hacer cada vez que algún “moscardón” se acercara a ella.
Las clases de la tarde se hicieron muy lentas para Harry, que estaba deseando llegar al despacho de Dumbledore y quitarse la gran duda que lo había corroído todo el día. Tras dos interminables horas de Encantamientos y Defensa Contra las Artes Oscuras, sus amigos le desearon suerte, esperando de verdad que no se tratara de algo que chafara de nuevo el buen humor de Harry.
Éste, nervioso como iba, corrió literalmente al despacho del director, y cuando se encontró frente a la gárgola no sabía si quería entrar. Por un lado lo deseaba, pues sentía que era algo importante, pero por otro se negaba a que le dieran otra mala noticia. Sacando fuerzas de flaqueza decidió que lo mejor era afrontar la realidad, la vida y pronunció la contraseña. Subió él mismo los escalones, a pesar de que la gárgola ascendía por sí sola. Cuando llegó ante la puerta del despacho, llamó con los nudillos, ansioso, nervioso, expectante. Una voz le indicaba que podía pasar.
-Harry –exclamó el director nada más verle –me alegra comprobar que has podido acudir a mi cita.
-Gracias, profesor –contestó Harry, un poco cohibido, pues la última vez que había pisado aquel despacho lo había destruido, práctica y literalmente.
-Toma asiento, por favor, lo que tengo que contarte va a ser un poco… chocante –repuso Dumbledore esperando la reacción de Harry.
“Ya está”, pensó el chico, “ya va a decirme cualquier otra cosa que destruya de mi camino o la escasa felicidad que tengo en estos momentos”.
-¿Es algo malo... señor? –repuso tras unos instantes, pues aún desconfiaba del profesor tras la gran mentira que le había revelado hacía unos meses.
-Compruébalo por ti mismo.