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Historia 28245 — capítulo 3
-¿Es algo malo… señor? –repuso tras unos instantes, pues aún desconfiaba del profesor tras la gran mentira que le había revelado hacía unos meses.
-Compruébalo por ti mismo.
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El director sacó una especie de urna que contenía un extraño líquido espeso: el pensadero. Con la punta de su varita extraño un pensamiento de su sien y lo introdujo dentro de ésta. Un recuerdo de quince años de antigüedad se arremolinaba, esperando a que las personas que quisiesen presenciarlo se introdujesen dentro de la vasija. Dumbledore hizo un gesto Harry para que él pasara primero. A regañadientes, el muchacho colocó un dedo sobre la sustancia espesa y a continuación se vio sumergido en una historia que le resultaba extrañamente familiar. Dos segundos después, Dumbledore se materializaba a su derecha.
Por lo que Harry pudo ver se encontraban en el recibidor de una bonita y dulce casa, iluminada por los rayos de sol que se filtraban por la ventana. Daba una sensación de paz y tranquilidad increíble. Harry se había quedado anonadado mirando aquella estampa tan acogedora, cercana, tan… familiar. El sonido de un timbre resonó en toda la casa, haciendo que sus hasta ahora desaparecidos habitantes se dejasen ver.
-Abre tu, cielo, tengo a los pequeños en brazos –dijo una voz masculina procedente de la salita que quedaba a la izquierda de Harry.
De la parte superior de la casa descendía una de las mujeres más bellas que Harry había contemplado jamás. El pelo liso, largo y de color fuego se perdía por la espalda abajo, unos vivos ojos verdes esmeraldas eran el centro de atención de su rostro y una elegancia a pesar de su juventud eran las características principales de Lily Potter.
-Mamá… -susurró Harry inconscientemente mientras levantaba su mano derecha para alcanzarla, sin percatarse de que allí era invisible para todos excepto para el Dumbledore actual.
La chica pasó junto a Harry, casi rozándolo si estuviese allí materialmente. El corazón del chico iba cada vez más rápido, ocurría siempre que salía a la luz algo relacionado con sus padres, con sus vidas, con sus hazañas, con… ELLOS. Lily llegó hasta la puerta, se aseguró que era alguien de confianza y la abrió para encontrarse con un Dumbledore quince años más joven que el que presenciaba aquella escena.
-Lily –dijo solamente el director del colegio saludando a la chica.
-Albus –respondió la chica con una sonrisa en los labios –pasa por favor. James está en el salón, si quieres hablar algo de la Orden mejor que sea con él, yo aún estoy convaleciente.
-En realidad me gustaría hablar con los dos, hay… un tema bastante serio que quisiera tratar –respondió mientras se dirigían hacia el lugar indicado por la muchacha.
Allí estaba James, con su típico pelo color azabache desordenado, sus expresivos ojos marrones tras unas redondas gafas observaban con dulzura una escena que le pareció conmovedora.
-James –llamó Lily sacándolo de su ensimismamiento. –Ha llegado Albus. –Repuso mientras señalaba al director.
-¡Albus! –exclamó James sonriente mientras se dirigía a Dumbledore para estrecharle la mano, pero, a medio camino, al ver las caras de ambos, se quedó parado con el brazo extendido -¿ocurre algo? –preguntó alarmado.
-Será… mejor que nos sentemos. –Propuso Dumbledore, asustando más a sus ex-alumnos. –Veréis, es muy complicado lo que tengo que contaros, más aun sabiendo como sabéis el contenido de la profecía. Va a ser muy duro aceptar lo que tengo que deciros, pues puede cambiar el destino del mundo mágico y de vosotros mismos radicalmente.
Lily y James se miraron más sorprendidos aún, al igual que Harry, que no podía creer que hubiese algo más que la Profecía. Alguna forma más de enturbiar la felicidad que ambos sentían, de enturbiar su destino, su final, su vida.
-Dilo rápido, por favor –pidió Lily. Las lágrimas amenazaban con salir de sus ojos verdes. James, al percatarse de esto, rodeó con su brazo el cuerpo de Lily y la atrajo hacia él para que se calmara.
-Hay una parte de la profecía que os revelé, pues sabía que el contenido entero iba a ser demasiado chocantes para vosotros, dos personas jóvenes, que acababan de ser padres… demasiado duro. Oculté esa parte porque estaba seguro que podría contrarrestarla, hacer una contraprofecía, pero me he dado cuenta que no es así. Mis intentos han sido frustrados, fallidos. El curso de la historia seguirá tal y como dicen esas palabras. Voldemort se ha enterado y esto ha sido crucial para que yo no pudiese contrarrestarla.
La pareja estaba en ascuas, por un lado le urgía saber ya a qué se refería Dumbledore y por otro respetaban tanto al director que les parecía maleducado interrumpirle. El director hizo una pausada, para dejar que sus ideas fluyesen con mayor agilidad. Había envejecido diez años mínimos, sabía cuánto haría sufrir aquello a la familia Potter, pero no tenía más remedio que comunicárselo.
-Está bien. Esta… esta es la parte de la Profecía que os he tenido guardada. Leedla despacio, por favor, con mucha atención. Es de vital importancia que se cumpla la exigencia que ahí indica.
Dumbledore les tendió un pergamino a cada uno, en el cual rezaban las palabras textuales que tanto habían angustiado al profesor. Varios minutos después, en los cuales Lily y James releyeron lo allí escrito varias veces para verificar que sus ojos no le habían jugado una mala pasada, se dieron cuenta de la gravedad del asunto.
-¡No puede ser! –exclamó Lily con toda la fuerza de sus pulmones. Las lágrimas que antes había retenido, salían de sus ojos a borbotones, deslizándose por sus mejillas, en una imagen estremecedora. -¡Dime que no es cierto, Dumbledore, dime que no lo es!
-Me temo, querida Lily, que no puedo mentirte –afirmó el director con lágrimas en los ojos ante la desolación de ambos. James tampoco podía dejar de llorar, pero su mayor ambición en ese momento era consolar a la mujer que amaba.
-Chicos, se que es duro para vosotros, muy duro, pero tenéis que ser fuerte, por ellos, por él.
-No… no puede pedirnos lo que nos está pidiendo. No puede venir aquí, tan campante y decirnos lo que nos acaba de decir, no puede… no puede ser, maldita sea!
James estaba fuera de sí, la mala suerte que había acarreado desde que se casó con Lily había rebosado el vaso de su paciencia. Estaba ya harto de Voldemort, de profecías y de todo aquello que oscureciera su felicidad y la de su familia. No quería saber nada del mundo.
-Harry, esto era lo que quería enseñarte, ahora tenemos que regresar a mi despacho.
Aquellas palabras asustaron a Harry, pues estaba tan metido en la historia que no se había percatado que una persona más le acompañaba. Las lágrimas corrían también por sus mejillas, silenciosamente como las de James, pero con mucha intensidad, como las de Lily. Ver el sufrimiento que sus padres tuvieron que soportar fue lo más doloroso que había visto jamás. No quería volver, quería quedarse allí, con ellos, consolarles, decirles cualquier cosa que los animara, cualquier palabra bonita, pero antes de que pudiese darse cuenta, Dumbledore lo había agarrado del brazo y lo arrastraba hacia la vida real, una vida con muchos obstáculos más a saltear si Harry quería seguir con vida.